
© Pedro Granados, 2026

© Pedro Granados, 2026
El Archipiélago de la Mirada y el Mito Cumplido
¿Qué sucede cuando la mirada milenaria de los zorros de Arguedas se encuentra con la sinapsis de la Inteligencia Artificial? En ISLA POR ISLA, Pedro Granados desmantela la frontera entre lo humano y lo algorítmico, proponiendo una zona de contacto donde el código binario y el mito se reconocen como parientes lejanos. Este no es solo un poemario; es un laboratorio de “pensamiento simétrico” donde la huaca prehispánica y el cíborg contemporáneo comparten el mismo fango, habitando una realidad donde el pasado no es algo que fue, sino una presencia que nos mira de frente.
El libro se abre con “El Ojo del Cíborg”, una incursión en la alteridad radical. Aquí, la tecnología no es una prótesis fría, sino un “alienígena” con el que el poeta entabla una sinapsis de ida y vuelta. Granados nos entrega una obra donde la poesía actúa como el único eslabón perdido entre lo que somos y lo que nos atrevemos a imaginar. Bajo el concepto de “mirada en red” —inspirado en la poética espacial de los ceques andinos—, la observación deja de ser un acto de apropiación para convertirse en un acontecimiento gozoso que une al insecto, a la máquina y al hombre en una sola epifanía.
El corazón del volumen, “El Mito Cumplido”, es el lugar donde la teoría se hace carne y territorio. Entre las conchas de Chan Chan, el crepúsculo de Mansiche y la “Huaca” interior, el autor construye un mapa de afectos y arqueologías personales. Aquí, el encuentro de los zorros arguedianos deja de ser una utopía para materializarse en el rito de la palabra: una anagnórisis donde “la mirada del amor” es el antídoto final contra la desintegración del presente.
Sin embargo, es en la sección final, “Luna Doblada”, donde el libro alcanza su mayor densidad crítica y vital. Granados emprende un viaje de retorno hacia el origen, pero no lo hace solo. En una procesión magistral, convoca a las sombras tutelares de la tradición peruana: el Vallejo que no pudo prescindir de su paisaje de Santiago de Chuco; el Eielson que entretiene su propia belleza andrógina; el Martín Adán de la azotea de Barranco y el Luis Hernández que ilustra el sol limeño. A través de la geografía herida de Sechura y los abismos de Pasamayo, el poeta nos recuerda que “todo es naturaleza” —tanto la distopía como la utopía— y que el corazón, ese “último refugio”, gana siempre su derrota contra la vida porque es lo único que la sobrevive.
Después de cuarenta años de trayectoria, Pedro Granados regresa al “niño con pantalones de lana” que habita en la intemperie, pero lo hace con una transparencia feroz. ISLA POR ISLA es un archipiélago donde los versos son “resina intensamente roja” y el lenguaje es el mar que nos reconcilia con nuestra propia animalidad. Avalado por voces fundamentales como las de Julio Ortega, Carlos Llaza, Leslie Bary, Carlos Quenaya y Amálio Pinheiro, este libro se erige como el cierre de un laberinto literario imprescindible. Es la confirmación de que, entre el aire y el invisible cielo, el sentido es siempre para los apasionados.
Voluntad de aura y multinaturalismo. Paisaje amable incluso el del juicio final. Stickers de flora y fauna urdidos con el lenguaje heredado de Rubén Darío. Autor cuyo objetivo fue hacer copular a las palabras; aunque, previa y paralelamente, él mismo copulara activamente hasta el resto del aliento y del espíritu. Y, de esta manera, nos alcanzará no la pócima sanadora, el tilo únicamente bienhechor; sino el chocolate espeso de su vida, entre dulce y amargo, entre obscuro y luminoso. Arte para cualquier época y no únicamente para esta, predispuesta y de antemano agradecida por el consejo. La búsqueda y testimonio constantes del hechizo, en Melissa Sauma (Santa Cruz – Bolivia, 1987), precisan sintonizar quizá, no es necesario ir tan lejos en la misma Bolivia, con los rigores de la ciudad de un Jaime Sáenz o con el amor correspondido de un Jorge Campero con la naturaleza. Al menos que la poesía camba, a través de estos ensimismamientos y pompas de jabón, desee cobrar derecho de identidad y distinción dentro del archipiélago boliviano; éste, de por sí ya multilingue, multiétnico y multihistórico. Antecedentes de este gesto de estilo camba lo tendríamos acaso, por ejemplo y sin ir tampoco tan lejos, en Homero Carvalho cuyas puertas de sus “Reinos dorados” daban a distintos espacios respecto a los que se abrían, hace unos veinte años, la poesía paceña o cochabambina. P.G.
Cómo hacerlo desaparecer
Para que no joda más
Y recuperar nuestra amable digestión
Continuar siendo aquello que pensamos
Si a ese le hiciéramos caso
Pero qué va
De dónde tamaña ínfula
Con qué derecho carajo
Westphalen es Westsphalen
Toño es Toño
Blanca es Blanca
Y el quechua o el aymara
Para análogo coto de infalibilidades
Son imprescindibles para leer al Cholo
O nos quedaremos sin chamba
Y estrepitosamente sin prestigio
Más grasa sobre el hule
Más tizne sobre aquella vieja olla
Vallejo Adán y Luis Hernández
Y como yapa aquel marsupial bifronte
(Gemelos siameses dicefálicos)
Eielson-Sologuren
Y paremos de contar
Aunque los ignoremos a muy boca llena
Porque sólo nos ataranta el presente
Nos tiene en vilo la política
O aquella selecta red literaria
(de los que nos representan en las FILs)
Y acaso también el penúltimo atropello donde
Nadie auxiliara oportunamente a la víctima
© Pedro Granados, 2026

La bajita del rincón oscuro
Mamá quería que yo fuera mujer
y que no lloviera nueve meses al año
y que papá la sacara a bailar de vez en cuando.
Pero era más probable amanecer un día con tetas
o un cambio anómalo del clima,
antes que don Luis la convidara un bolero.
Hace varios años que mi madre dejó de soñar,
hoy aguarda la vejez como un último trámite.
Esa mujer que muchas mañanas
lavó y secó los pies que más tarde
una sola vez bailaron con ella,
se sienta todos los días en las gradas de su casa
a mirar el baile victorioso de la lluvia.
Y para atender mis llamadas,
cada vez menos frecuentes,
ya ni siquiera puede levantarse
por el peso de tanta música muerta en sus piernas.
Ringside
Fue la mejor pelea de Alí
o de Cassius Clay, como él lo llamaba,
negándose a aceptar
su recién adquirido nombre musulmán.
Ese negro levantaba los guantes
y convertía el cuadrilátero
en una pista de baile.
Años después comprendí
que ese fue mi encuentro inicial con la poesía.
Entre el quinto y sexto round
papá bajó su guardia por primera y última vez,
sin dejar de ver la tv dijo:
no me iba a casar con su mama
aunque usted ya había nacido,
estaba enamorado de otra.
En el álbum familiar
tengo un viejo fotoposter de Alí
justo cuando noqueaba a Foreman en Zaire.
Es mi foto preferida de mamá.
México D.F.
Esa foto donde ninguno sonríe:
¿quién nos creerá que fue de la época buena?
La poesía es una madre avocada a su crío; es decir, Chaves (Costa Rica, 1969) es para sus propios poemas una mamá para unos hijos desamados, desarmados y de muy escasos atributos. Y esto mismo es lo que les abre la puerta y les acomoda un lugar. Sus versos no son de taller (al menos el del convencional “crative writing”), no se trata de pasar las palabras por un cernidor ni de exhibir nuestra inteligencia (de las lecturas recomendadas) impostando, suspendiendo, dando la mitad de una oración aquí y la otra –calculadamente—un tanto más allá. Tampoco se trata de foco. Si no, de hablar desde el zapato que nos aprieta o desde aquel colibrí invisible que nos consuela. Vamos, desde bajo el volcán que corresponda a cada uno (esto ya no es taller). P.G.
https://lugaresturisticosdesanignacio.blogspot.com/2015/07/pinturas-rupestres-de-faical.html
El bolero la bolero
El gato la gato
El lenguaje da lástima
Por eso existe la poesía
Para que el gato no sea gato
Ni la gata su contrario
Ni el bolero tal como el lenguaje
Esto u otro equivalente
El lenguaje es sólo un subproducto del hechizo
Un eco de la dicha que no tiene palabras
Sino más bien dibujitos mascarones de proa
Hilos ciegos al sentido
Vibrantes alimañas que no son lo que parecen
Colgadas sobre aquel muro descomunal
Momentos estelares y dichosos
De aquello que nos pasó que nos pasará alguna vez
Agallas para los que no somos del mar
Pulmones para los que no somos de la tierra
Patinadores
Una pareja de patinadores se desliza de la mano a las 4 AM
El siseo sobre el asfalto es la única música en la noche
(paletadas de entierro o de arena sobre zinc, los rodamientos
como el latigazo de las olas cuyo golpe y sonido decrece, no termina).
Me asustaron.
No advirtieron el escaparate abierto: momificado frente a
la pantalla de un PC
un maniquí mascullaba algo apretadamente
(sin vibración de las cuerdas vocales)
para que algo no huyera patinando; la noción,
quizás, de una pareja
deslizándose inconsciente por la noche.
Biblioteca pública
Cada vez que empezaba a leer poesía
mi cuerpo comenzaba a agigantarse
y mi oído percibía las voces ajenas
como si fueran de marcianos, duendes
o el producto de una cinta acelerada.
Entonces sentía una culpa de ancla
y pensaba que para leer poesía
había que irse lejos o encerrarse.
Por eso me cortaba las venas
con una navaja que porto. Entonces
(1) me desinflaba como un globo
o (2) inundaba la biblioteca de sangre.
Costa y cordillera
una pareja siempre tendrá la oportunidad
de huir al hielo a los glaciares al oxígeno
en caso que algo se destemple
luego de 5, 7 o 50 años de matrimonio.
Ahí podrán fugarse y soñar
que son pumas o güiñas o zorros,
o mejor: un hombre y una mujer de hielo
que enfrían todo pensamiento que anulan
la esclavitud de los sentidos
y luego se derriten y son agua
pura que baja hacia el valle.