Este artículo critica el canon biográfico de César Vallejo por omitir su componente multinaturalista amerindio. Mediante una relectura de la crónica «Un atentado contra el regente Horthy», se propone que la evolución ideológica de Vallejo entre 1924 y 1929 manifiesta una persistencia ontológica antes que etapas sucesivas. El estudio introduce una perspectiva amerindia-multinaturalista centrada en Ossag Muchay, en cuya onomástica Vallejo reconoce la raíz quechua muchay («reverenciar»). Al identificar esta «firma» andina bajo el ropaje otomano, el poeta realiza una traducción inversa: des-nacionaliza al sujeto para re-culturalizarlo en un universo simétrico. Apoyado en Viveiros de Castro, Descola y Derrida, el texto concluye que la identidad vallejiana es una «firma expandida» donde marxismo y ontología andina convergen en una lógica de pensamiento simétrico y resistencia post-antropocéntrica. P.G.
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27/06/26: POETAS PERUANOS S. XXI: “CUADRÚPEDOS INTENSIVOS”
Hacia fines de los años cincuenta se inició en la poesía culta del Perú, como bien advirtiera el maestro Alberto Escobar, uno de esos balances cíclicos con los que se cuestiona no solo un estilo o una moda, sino el sentido entero del poetizar y sus nexos con la vida social. Esto se tradujo en la adopción generalizada del “británico modo”: el monólogo dramático anglosajón que, matizado luego con los metros de Ezra Pound y la clonación del verso proyectivo de Charles Olson, pretendió fijar el horizonte de expectativas de una Ciudad Letrada básicamente universitaria. Sin embargo, frustraciones y acomodos políticos mediante, con el paso del tiempo el cultivo de esta forma quedó atrapado en la mera pantomima o en su pura carpintería sonora. El británico modo y el cinismo terminaron conformando las dos caras de una misma moneda. Desde los años 60 (con Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza), pasando por la vocinglería de los 70 y 80, hasta el presente post-2000, los poetas peruanos hemos constituido una verdadera bola de taimados: sujetos que creen que con el lenguaje formalmente acabado basta y no reparan en la indigencia del sujeto que le proponen al lector. Frente a esa legión de astutos y sobrescritas que por oleadas nos asolan, urge un salto cualitativo que supere las taxonomías coloniales de la academia para evaluar, por fin, sensibilidades y opacidades culturales.
La propuesta de esta antología, Once titular: Poetas peruanos S. XXI. “Cuadrúpedos intensivos” (2025), se planta de cara contra ese cinismo y se conecta de forma natural con nuestra muestra previa de la revista Arquitrave (2014) a través de un gozne exacto: la poesía de Frido Martín. El concepto que sustenta este volumen se halla sucintamente contenido en el verso de César Vallejo: “Cuadrúpedo intensivo”. Esto significa escribir acopiando en los poemas el mayor número de dimensiones de las Humanidades posibles (H1: Libros, H2: Pueblos, H3: Narrativas, H4: Post-antropocéntrico), tal un animal bien sostenido en sus cuatro patas, rechazando cualquier asimilación parasitaria o imitativa. Antes que evaluar plataformas o empaques textuales redondos, nos interesa identificar sensibilidades. La poesía siempre rezuma al lenguaje empleado; constituye, como decía mi finado hermano Germán (obrero y poeta), su “humito”. Ni el “giro lingüístico” de la academia norteamericana ni la “diseminación” de la deconstrucción francesa consiguen dar cuenta de la complejidad de nuestra vanguardia tutelar, porque operan desde el escepticismo de la desconexión.
Frente al callejón sin salida del narcisismo, la melancolía y el sentimiento de derrota que asfixia las obras tardías y estériles de autores canónicos que jamás salieron de su biblioteca o de su balneario aristocrático, el verdadero gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje (geografía sagrada). Mientras la metafísica occidental de un Vicente Huidobro en Altazor apostaba por una paulatina descorporeización intelectual, Vallejo y el unánime José María Arguedas respondían desde una metafísica amerindia o multinaturalista: la inclusión de todos y cada uno de los cuerpos posibles y el fervor del paisaje fundido en lo humano. El problema es que la poética chilena del simulacro, el humor abstracto y la deconstrucción que enmascara la nostalgia del mito se ha ido exportando e instalando en los países de nuestra región, domesticando a los creadores bajo una noria de sujetos que no tienen absolutamente nada que decir, pero escriben.
Nuestra propuesta desactiva conscientemente dos trampas del oportunismo editorial: la Mímesis de Élite (reemplazamos el Zeitgeist europeo importado por el mito andino como motor de la vanguardia) y la Instrumentalización de la Miseria (rechazamos el testimonio crudo o porno-miserabilista para buscar la utopía activa que emerge del dolor transformado por la conciencia mítica). Para ilustrar este giro ontológico, basta observar la dinámica incesante entre palimpsesto y prototipo en Luis Hernández Camarero, el gran ausente e imán de este linaje. Los pastiches de Hernández no son fragmentos sin referente; son refracciones y fermentos de un prototipo fundacional americano: el Mito de Inkarrí (el Sol, la Cabeza del Inka que permanece oculta en el mundo de abajo y que regresará para articular el cuerpo fragmentado). Sumergido en la obra de nuestro Once Titular, Inkarrí actúa como un sujeto subterráneo que rompe la dependencia colonial desde la raíz intelectual.
Esta vibración andino-barroca, carnavalesca y performática estalla en la obra del permanente joven Frido Martín (Marco Young). Sus “limpias sonoras” resuelven la esterilidad monótona de la poesía electrónica o maquinal porque no están hechas de “fragmentos” aleatorios europeos, sino de los fermentos locales del cuerpo invencible de Inkarrí. Poemas como “Pa’ Gozal” o “Poema de oídas” (para ser leído en modo ASMR) operan en ósmosis con el habla migrante, afro-araucano y caribeño, registrando el tránsito de La casa de cartón de Adán al panal de abejas convulso de la Lima de hoy, apuntando al concepto del pluriverso donde el corazón humano, tornado en información celular sobre una pantalla iluminada, nos sobrevivirá.
A este linaje simétrico pertenecen las voces de Carlos Llaza y Carlos Quenaya, creadores que tienen muy poco que aprender de la tradición oficial del 60 y que prefieren multiplicar las patas y alargar el hocico para alimentarse por dentro. Carlos Llaza (Arequipa, 1983) ejecuta un desuello pulcro del animal elegido sin dañar la entraña. En sus Poemas de combustión espontánea, la piel es el acantilado donde compartimos la lengua. Cuando en su poema “Sonido virgen” arroja la Biblia al río, el libro se convierte en una criatura viva cuyo lomo ondea y cuyas letras se elevan como cenizas, transformando el texto baldío en un rumor inédito. Llaza reconstruye la geografía sagrada bajo el trasluz de la cordillera (“Piedra blanca”), haciendo que los ancestros coexistan con nosotros porque participamos de la economía política del universo, donde los objetos inanimados (“Elogio de la silla vieja”) proyectan sombras y se dejan ver.
Carlos Eduardo Quenaya (Arequipa, 1984), por su parte, consolida esta crítica ontológica al fugar de la caverna de la filosofía pura para iluminarse con las mentiras del cuerpo y las chácharas de la naturaleza. En La forma del confín, su personaje “Jeringa” —un Niño Goyito lúdico e intergaláctico— emprende un viaje cósmico, pero lo hace desconcertado y reducido a un “grumo” material de desechos, secreciones y fluidos íntimos. Quenaya utiliza un vocabulario denso y un humor corrosivo (a lo Adán, a lo Vallejo) para desinflarle la llanta a la abstracción y celebrar el triunfo del tacto. En Palabras del pequeño novelista (2023), nos introduce en un taller donde los objetos inanimados poseen agenda propia y donde “fantásticos destellos surcan la pulpa del jabón”, resolviéndose en el gozo incluyente de una cotidianidad inmanente: el desayuno tibio, el sistema nervioso ridículo y la flacura extrema.
Frente al adobo de las mariposas de plomo de la hegemonía crítica, el Once titular de estos Cuadrúpedos intensivos reclama su venia. Ante los desafíos del Antropoceno y el Capitaloceno en este siglo XXI, la crítica futura y la poesía verdadera no se limitarán a la crisis del sujeto o al formato taimado del lenguaje; se preguntarán cómo esa crisis se funde con la tierra, la carne y la inmanencia del mito local. Solo así, a contracorriente del mercado, multiplicando las patas con dignidad de escultura y pegando los platos rotos con saliva, la poesía en el Perú mantendrá su ventaja virtual absoluta: ir más acá de la literatura para traernos, por fin, un impensado sentido de plenitud y un justo bocado a la boca. P.G.
21/06/26: DÍA DEL PADRE
A Teodoro
El último ángulo el limón postrero
La noche que pende de un hilo de una saliva
Larga elástica muy transparente
Callados todos en este trance de vida
En este intervalo de muerte
Negras mis alas firme y osco mi pico
Mis picos
Un momento, que soy del Perú
Aunque peruano no sea
Únicamente del Perú y sus alrededores
Aquella madriguera de hormigas
Con su propio líder algo más alto más oscuro
Y que aparece sólo en tribuna llena
Pero la pendiente nos verá
La noche más triste nos verá
Y también el amanecer nos verá
© Pedro Granados, 2026
21/06/26: ANCLAJES BIOGRÁFICOS DEL “MILAGRO” DE TRILCE
Aunque debiéramos distinguir lo que, a su turno, dicen Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, no lo haremos. En primer lugar, por pereza nuestra; y, en segundo lugar, por respeto a esa voluntad de trabajo y de estilo comunitario que ambos representan: nuestro Deleuze-Guattari hispanos. Entre paréntesis va nuestra cosecha.
Desde la reseña de Antenor Orrego a Trilce, “La vida del hombre”, ya se nos sitúa ante un Vallejo carcelario. Este “primer biógrafo” enfatiza la importancia de Mirtho (Trujillo) frente a Otilia (Lima); aunque también “borre” a la limeña por tabú (aborto)
Lo biográfico, como punto de partida, no sólo vale en tanto anclaje a lo histórico, sino que, asimismo, nos permite entender cuestiones técnicas y cambios literarios en la obra de Vallejo.
Otilia constituye un gozne biográfico y, no menos, teórico, técnico y expresivo en la poesía de Vallejo: aunque no determine la estética del libro
[José Eulogio Garrido (presente también la vida del Cholo) es tan o incluso más importante que su amigo y mentor, Antenor Orrego, para la concepción de Trilce. Qué tanto este poemario es una nueva versión de Visones de Chan Chan. Es decir, esta vez sin la mediación modernista, esteticista ni feérica; sino, más bien, vanguardista y, no menos, posantropocéntrica]
Trilce se debe a un proceso de “vanguardización”; donde el hito fundamental, frente al modernismo, constituye su renuncia a los alejandrinos y la rima.
Títulos previos del poemario de 1922: “Solo de aceros” (bronce, composición musical), “Scherzando” (música), “Cráneos de bronce” (en tanto instrumentos musicales). Trilce que, según Juan José Lora, podría haber sido Escalas (música otra vez). [ Pregunta: ¿Y lo cultural en bronce (Raza de bronce de Alcides Arguedas)?]
[Como en El Quijote] César Perú va a la Penitencieria de Lima a publicar un libro, probablemente Trilce.
Antes del 20 leyó algo e hizo clik con Dadá, tarducido al español; aunque no se sabe qué leyó ni cuánto.
Vallejo escribió para un lector futuro [nunca dejó de ser un maestro]. En primera instancia, el verso experimental porque era necesario y significativo para un contexto como el Perú; luego, con esa misma finalidad pedagógica, dio ejemplo de militancia política y militar por la causa comunista en Europa. [Nuevamente, ¿y lo cultural? Vallejo fundirá el aspecto político y mítico].
Para Fernández, Vallejo deja una zona en sombra o de misterio. [Todo un universo paralelo, más bien, aunque todavía embozado, respecto a las biografías positivistas]
Ahora mismo, ambos estudiosos elaboran una biografía de Vallejo. [Sin embargo, de antemano constatamos que ambos autores pasan olímpicamente de lo cultural y, no menos, de lo posantropocéntrico o simétrico]. P.G.
20/06/26: TRONCOS DE LA PLAYA
Un enorme tronco de playa, desgastado por la sal y el tiempo, emerge de la arena como una vibrante alimaña de madera, una escultura inmanente cuyos brazos retorcidos apuntan al cielo desierto. A sus pies, mimetizado con la opacidad del entorno, un pelícano descansa en absoluto refrenamiento, borrando las fronteras entre el reino animal y la materia vegetal inerte. No hay aquí romanticismo ni la complacencia de las metáforas gastadas; hay una ontología del paisaje en tanto soporte de lo viviente, un testimonio somático de que la naturaleza y la cultura se funden en el mismo nudo del mito. Al igual que los fragmentos de Trilce, este bodegón de playa opera en el grado cero del hechizo: nos demuestra que el universo entero late en la inestabilidad de la orilla y que la verdadera poesía existe para otorgar agallas y pulmones a los que habitamos la frontera indómita entre la tierra y el agua, salvaguardando la pureza de vida fuera de las argollas y del simulacro. P.G.
20/06/26: LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES
Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013
19/06/26: LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)
18/06/26: MIRKO LAUER Y MARIO MONTALBETTI (VEINTE AÑOS DESPUÉS)
A más de dos décadas de distancia, conviene volver la mirada sobre un documento que, a su hora, pretendió fijar las condiciones de visibilidad de la poesía peruana del nuevo milenio: el diálogo titulado “Mirko Lauer, Mario Montalbetti / Post-2000. Nueva poesía peruana” (publicado en Hueso Húmero, No. 45, 2004). Aquel coloquio, lejos de constituir una polémica real, se nos reveló muy pronto como el canto alternado de una misma égloga oligárquica. Era el petit comité de la tradicional alta cultura limeña ensayando —ante un nuevo público y a través de sus dos tótems (un poeta del 60 y otro del 75)— el reaseguro de su propia y leve vigencia. Hoy, en pleno 2026, con el polvo del cuarto de siglo ya asentado, la tramoya de aquel pacto camaleónico exhibe sus costuras con una nitidez quirúrgica.
El diálogo de marras nacía bajo la aparente fascinación de un caballito de batalla: Lugares prácticos de EJL (Lafferranderie), un poemario que Montalbetti encumbraba para ensayar su diagnóstico. A partir de allí, ambos contertulios coincidían en un canon socialmente restringido (Chirif, Coral, Vélez, Piñeiro, Helguero, Espinosa, entre otros) y se apresuraban a celebrar el “alto nivel textual/retórico” de una juventud que supuestamente abandonaba el estrado multitudinario del coloquialismo de los 60 y 70 para reclamos del tête-à-tête. Lauer saludaba complacido una poética de lo cotidiano, una “sangre ligera” que recuperaba un pudor juvenil frente a los excesos del pasado. Montalbetti, por su parte, metía el componente lingüístico: un culteranismo que requería “diccionario a la mano” y que, amparado en una lectura paroxística del flujo heracliteano vía Cratilo, proponía que todo lenguaje que intente atrapar las esencias es una farsa. Para el autor de Perro negro, el valor estético de esta nueva poesía radicaba en el “permanente desplazamiento de sus términos” y en la renuncia a cualquier estabilidad semiótica.
Visto desde el presente, el diagnótico revela su auténtica matriz ideológica: un callejón sin salida filosófico que se quiere saber, ingenuamente, favorable a Borges, pero que opera con una hostilidad radical hacia Vallejo y hacia el “concho esencialista del cholo”. Lo que Montalbetti pretendía vender como una audaz vanguardia post-2000 —el poema como taller dinámico, redondo e inestable— no era sino la clonación universitaria, yupinizada y aséptica, de los verdaderos giros ontológicos que Luis Hernández Camarero y Pablo Guevara ya habían ejecutado décadas atrás. La sutil diferencia es que el autor de Vox horrísona jamás alienó su verso del dato sensorial, del dolor corporal ni del goce temporal; Hernández sabía que el poema era una trinchera inmanente de resistencia, no un frío silogismo de pizarra académica. La operación de Hueso Húmero consistió en extirparle al lenguaje los tentáculos del deseo para domesticarlo bajo el guante de hule del intelectualismo.
Al final de aquella plática, el contrapunto entre el neo-idealismo abstracto de Montalbetti y el neo-testimonio de Lauer (quien defendía el “rico caldo de la documentalidad” desde la comodidad de su balneario) demostró ser la doble cara de una misma moneda colonial. Mientras uno huía del referente hacia el solipsismo conceptual, el otro reducía lo cotidiano a una “influencia remota de la poesía conversacional” sazonada con humor semicorosivo y suspiros adolescentes para el consumo de la Ciudad Letrada. Ambos coincidían en la necesidad de separar la poesía del contexto local abrumador, de esa Lima que los aluviones sociales terminaron transformando en una suerte de La Paz con mar. En ese esquema de falsos aristocratizantes, la verdadera potencia materializante del lenguaje quedaba confiscada.
A casi veinte años de ese intercambio, los hechos han hecho justicia poética. Toda esa bola de muchachos que en los 90 y 2000 salieron a cultivar el tono ínfimo de la mente, respondiendo al horror del tiempo con cansancio, aburrimiento y discreto vaho en coro ante el espejo, ha terminado por evaporarse en el soso souvenir académico. Frente a los fabricantes de mariposas de plomo y sus adobos insípidos, la poesía en el Perú sigue teniendo una sola ventaja virtual y material absoluta: su capacidad ancestral para ir más acá de la literatura, jugar al filo del reglamento y volver materiales las palabras. No para alimentar los catálogos de los ubicuos ejecutivos literarios con dólares, sino para devolvernos la Dignidad y traernos, de una buena vez, una flor hacia los labios o un justo bocado a la boca. P.G.










