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"A poesia de Pedro Granados comparece aqui por meio de uma tradução assinada por Leila Yatim. O poema faz a descrição da cidade de Samaypata, na Bolivia. Tecem os versos, por meio de uma dicção objetiva, de contornos sintáticos condensados, a memória particular do lugar, reduzido a uma visão disfórica, ainda que o passado do sujeito, que emana como voz a mirar e a mirar-se nesse espaço e tempo que retorna, se nutra de algumas lembranças menos marcadas pela imagem da morte".

Texto completo:

http://www.revistaeutomia.com.br/v2/wp-content/uploads/2011/12/APRESENTA%C3%87%C3%83O_SUSANNA_BUSATO_p.398-403.pdf

Poema "Alturas de Samaypata", versión de Leila Yatim:

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17/12/14: AMAROS (II)

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[Capa de brea fresca]

Capa de brea fresca.

Capa de aceite industrial.  Activo jaboncillo.

El salón de clases como un espejo.

Signos que no circulan.  Signos

que patinan de culo, de barriga.

Signos que la astuta serpiente pica

y el ingeniosísimo ratón alcanza.

Esto de ser un profesor, a veces,

esto de ser un miserable payaso, a veces.

Como si no bastara, como si

suficiente no fuera, como si

no tuviéramos ya esta lengua de mosca apretada contra el vidrio.

Estos ojos de mosca apretados contra el vidrio.

Este sexo.

 

[Habría que interpretar] 

Habría que interpretar

el dolor, la ausencia y la muerte.

Interpretarlos y diluirlos

y aceptarlos allí adentro.

Tal como al discretísimo

deterioro de todo.

La poesía es lo único real.

Fríos o maliciosos.

Testigos mezquinos o generosos

da lo mismo.

Oh, mi flor del estercolero!

Oh, mi mulatica hedionda!

Lo cierto es que si te inclinas hacia aquí

escuches.  Y discretamente  entiendas.

Y no menos sonrías

y te reconozcas.

Un ave más.

Un árbol más.

Otro silencioso e inquieto conejo.

Pero, las cosas a veces

no son así.  La poesía

no es así, qué va.

No debe ser así,

De acuerdo.  Entiendo.

Pero no obedezco.

Y ya sé.

Como la serpiente sé.

Como Adán .

Como Eva sé

que me enseñó a ser su hijo

y varón.

Y con mis dedos cortos

y con mis dedos largos

también sé.

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Poeta Magdalena Chocano

William Rowe*: “No se debe tomar por sincera la sinceridad del poeta

“No hay una especie de temporalidad única y homogénea en la poesía”.

“Hoy, no se debe tomar por sincera la sinceridad del poeta [hoy ni tampoco antes; ni mucho menos  la del crítico]”

“El público para la poesía está todavía con la cabeza en las modalidades tradicionales”

El asunto es relativamente simple: de qué público y de qué tradición nos habla William Rowe.  La novedad fundamental y más positiva para la poesía y su crítica, en el mundo globalizado de hoy, es la emergencia de lo particular: de la pertinencia de los saberes y prácticas locales versus los saberes y prácticas cosmopolitas, coloniales y tradicionalmente dominantes y canónicas (llámense europeas o norteamericanas).  Mundos lejanos a Adorno (Doris Sommer dixit) a los que asimismo, pareciera, no atina a entender William Rowe.  Cómo es posible, existiendo ya el descentramiento del yo vallejiano --obra sobre la que el profesor inglés pasa como un especialista-- donde es más pertinente concebir al sujeto poético en tanto “archipiélago” y donde no falta el intercambio u opacidad de roles genéricos ni la parodia, tener que ampararse --para describir todo aquello-- en referentes tan dudosos como Raúl Zurita o Eduardo Milán**… porque  a Olvido García Valdéz recién la estamos leyendo en la página digital “Poemas del Alma”.  O William Rowe no la ve (hablando del Perú, el aporte extraordinario de Luis Hernández que inagura su poesía postmoderna; o la magnitud, popular y poética, de los versos de Magdalena Chocano) o, en buen peruano, sencillamente se hace aquí el cojudo.

 

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Este espléndido congreso internacional (Lima, Trujillo, 20-24 de octubre de 2014) tuvo, entre otros aciertos, la feliz idea de publicar sus actas por anticipado y en dos tomos: Gladys Flores Heredia (ed.) Vallejo 2014 (Lima: Cátedra Vallejo), quedando pendiente incluso la publicación de un tercero, con el objetivo de: “cartografiar el estado de la cuestión respecto a los estudios vallejianos en lo que va de estos dos primeros decenios del siglo XXI”.  Ambos volúmenes constituyen una selección generosa de las ponencias presentadas en aquel evento.  Estructuradas, a su vez, entre aquéllas dedicadas al estudio de la poesía y narrativa del autor de Trilce(Tomo I).  Y los artículos correspondientes a “Tesis, artículos periodísticos y crónicas”; “”Recepción crítica, traducción y representaciones vallejianas”; tanto como “Vallejo: vida, educación, política y otras constantes” (Tomo II).  Nuestra reseña, por su lado, ventila algo semejante a una inevitable segunda selección entre aquellos casi sesenta estudios compendiados en estos dos  interesantes volúmenes.
            En general, respecto a una dialéctica que nos animaríamos a describir entre saberes y prácticas cosmopolitas (George Lambie, Alain Sicard, Ricardo Silva-Santisteban, etc.) vs. saberes y prácticas locales (Enrique Foffani, Gonzalo Espino Relucé, Stephen Hart, etc.), constatamos que en dichas ponencias existe un balance entre ambas maneras de situarse ante el estudio de la obra de César Vallejo; con acaso mayor expectativa, en cuanto significación o interés de los artículos antologados, de la segunda frente a la --canónicamente predominante-- primera manera.  No es que, dado el caso, detectar la presencia Pitágoras o Ernst Haeckel en la poesía de Vallejo sea prescindible o irrelevante, ni mucho menos.  Es más, en particular el texto de Alfredo Rosas Martínez (UAEM), “Destrucción de la armonía pitagórica en Trilce”, se muestra aquí incluso necesario --en su insularidad o “esoterismo”-- frente a la abrumadora mayoría de trabajos volcados a la biografía, al hogar, a la madre o, sobre todo, a la filiación política del poeta.  Sin embargo, a estas alturas del adentramiento en el conocimiento de la vida y obra del autor peruano, pareciera que nuestro criterio y sensibilidad actuales --sobre todo desde la óptica de los estudios post-coloniales-- se inclinan o requieren situar aquella obra en su contexto literario, político-ideológico y cultural sean estos peruanos o regionales.  De esta manera, por ejemplo, un texto tan bien articulado y sugestivo como el de George Lambie (“La política de César Vallejo en el siglo XXI”), sobre todo en aquello de vincular a Vallejo (tal como lo estuvieran Orwell o Malraux) con la causa del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) --democrático y liberal, frente a fascistas y comunistas-- nos puede resultar hoy en día  ontológicamente insuficiente, por más interés o pertinencia que guarde aquí, según Lambie,  la relación Vallejo-Gramsci.  Por qué no incluiríamos en el escenario de la concepción política vallejiana del siglo XXI, por ejemplo, un mito como el de Inkarrí. Pareciera que un punto de vista crítico urbano no se sostiene por sí solo sin incluir el saber o herencia cultural locales: “mapeado por la tendencia de los pueblos amerindios a la incorporación barroquizante de lo exógeno asimétrico” (Amálio Pinheiro).  Más aún si nos proponemos comprender a un autor como el nacido en Santiago de Chuco.
            Otro tanto de lo anterior sucede con la filología del reconocido profesor Alain Sicard (“Avatares de la carencia”); donde, una vez reconocida su deuda con el binomio conceptual “abundancia/ carencia” de Julio Ortega, el profesor francés se propone estudiar: “la carencia [solidaria] a partir de la cual la poesía de César Vallejo realiza su propia secreción”.  En el interín de su trabajo, Sicard coteja conceptos y ensaya análisis de textos no menos pertinentes y persuasivos; por ejemplo: “El 1 de Trilce es un Jano bifronte: culpable de la pesadilla numérica ('No deis el 1…'), es a la vez su víctima emblematizada, el 1 de la orfandad”. O, asimismo, aquello de la “dialéctica agónica” de esta poesía --en particular de España, aparta de mí este cáliz--que los marxistas de los años treinta hubieran mirado con recelo.  Sin embargo, tal como en el caso del bien documentado y honesto  trabajo de Lambie, nunca es de un polo único esta poesía; más bien, a la orfandad, vacío, no ser --obvios o deducidos-- se suman siempre la alegría y la plenitud por lo general sutiles: opacos o implícitos.  En pocas palabras, el fragmento vallejiano (Los heraldos negros, Trilce oEspaña, aparta de mí este cáliz) sería el cuerpo mismo del Inca restituyéndose; obvio, en tanto proceso actuante y mesiánico, un motivo extraordinario de gozo.  Distante o incluso a contracorriente del fragmento europeo de la vanguardia que representa, cual denominador común: destrucción, absurdo o vacío.   Aquella “dialéctica o revolución de la carencia”, que intenta demostrarnos con su trabajo Alain Sicard, adquiriría incluso de esta otra manera una idónea --en tanto más icónica y  mejor aclimatada-- explicación: “Si es posible hallarle al dolor un aspecto positivo es que por primera vez, gracias a él [César Vallejo], la carencia tiene cuerpo” (p. 169).
            He incluso otro tantito de lo mismo lo constituye el inspirado artículo de Antonio Melis, “El laboratorio del poeta: las libretas de apuntes de César Vallejo” [Contra el secreto profesionalEl arte y la revolución], donde el estudioso italiano --famoso por aquello de: “en su marxismo [el de la poesía de Vallejo] se percibe un énfasis en el materialismo biológico, concebido como algo anterior, por supuesto no cronológicamente sino ontológicamente, al materialismo histórico”--  insiste que en el Vallejo de los años de los “apuntes”: “se encuentra un auténtico enamoramiento por la dialéctica”; y enfatiza ahora: “esta forma de pensamiento alimenta en profundidad el estilo poético de Vallejo, configurando una estructura de la imagen y de la metáfora, que no admite comparación alguna en la poesía contemporánea, resultando, por eso mismo, inimitable”.   El problema con Melis, y no menos con la mayoría de los vallejólogos actuales, es el prejuicio --cultural, racial, social, político-- de que Vallejo recién empieza a pensar una vez salido del Perú; y, de modo paralelo, de que existe una especie de “progreso” ético en su obra sólo después de Los heraldos negrosy Trilce.  Obvio, son resultas de nuestras profundas limitaciones actuales para leer “dialécticamente”, o en su especificidad, sobre todo Trilce.  Es decir, leerlo también como un pensamiento híbrido y complejo --cultural, política y socialmente situado-- que se debe añadir al debate entre los indigenismos y europeismos estrechos o gaseosos de la época: Riva Agüero, Gálvez, Sánchez, etc.; y, por qué no, tener su propio lugar entre aquellos más canónicamente aceptados hoy en día como los de Mariátegui o Churata.  Y de este modo, no continuemos incurriendo en la división internacional del trabajo que reedita en su artículo Antonio Melis: “Benjamin [piensa] de manera sistemática; Vallejo, por medio de intuiciones”.
            Son varios más los textos que ameritan un comentario, pero acaso sea el de Stephen Hart uno que --para bien-- lo torna ineludible.  Este estudioso inglés, a cuyos trabajos desde hace unos años hemos ido  observando de modo puntual y crítico, merece  --tanto como James Higgins o Alain Sicard, también premiados por su comprobado vallejismo-- la distinción que, en el ámbito del Congreso Internacional “Vallejo Siempre”, le otorgara la Universidad Nacional de Trujillo.  El crítico inglés ha multiplicado las aristas de su acercamiento a la obra vallejiana, se ha complejizado; pero sobre todo ha ido --a punta de privilegiar los saberes y prácticas locales-- matizándose culturalmente… tornando incluso cada vez un poquito más híbrido su propio enfoque académico.  En su artículo, “Las 'tres potencias' de César Vallejo: homo philosophicus, homo politicus, homo sacer” [“Oh revolcarse, estar, toser, fajarse,/ fajarse la doctrina, la sien, de un hombre al otro,/ o por siete o por seis, por cinco o darlo/ por la vida que tiene tres potencias”], sostiene lúcidamente: “Para Vallejo, el pensamiento era un proceso poético, filosófico y también político.  Para él, no había una distinción irrevocable entre los tres campos del saber”.  A lo que, en otro significativo pasaje, este mismo crítico añade: “El yo poético de Vallejo --si no el Vallejo empírico que tenía convicciones políticas y se unió al partido comunista-- veía a todo el mundo como su camarada [el hombre entendido en su totalidad], y no solamente a la clase trabajadora, según señala en su tercera estrofa de 'Quisiera hoy ser feliz de buena gana…': Hermano persuasible, camarada,/ padre por grandeza, hijo mortal,/ amigo y contendor, inmenso documento de Darwin”.  Asimismo, respecto a la obsesión de Hart por el poema “Ascuas”, donde en apariencia se ventila el amor incestuoso del poeta por su sobrina Otilia Vallejo Gamboa, también la óptica del crítico inglés ha dado como un salto dialéctico: “A diferencia del homo sacer pagano cuya muerte no tenía valor, la muerte del poeta Vallejo proyectada en este poema sí tiene valor, porque se convierte en una tragedia del 'amor prohibido': el amor es un Cristo pecador (“Amor prohibido”) […] lo 'sagrado' vallejiano supera y trasmuta la fórmula girardiana al fusionar los dos sentidos del homo sacer (el 'paria' junto con el 'hombre sagrado'), según leemos en 'Espergesia': Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo” […] Finalmente, concluye: “el homo sacer es una túnica que le cae muy bien a Vallejo, paria sagrado de la cultura peruana”.  Como es usual en Stephen Hart, conclusión ésta última con su tanto --simultánea al fervor-- de desapego por la obra del poeta peruano; este tipo de talante, y no tanto su positivismo que a veces es muy soso, pensamos va por buen camino.
            Por último, quizá no vale la pena ni siquiera destacarlo, confluyen también en esta cartografía otros tipos de textos, podríamos decir no académicos.  Aquellos demasiado en agraz o que son un refrito, más bien emotivo, de lo ya suficientemente ventilado por la crítica; otros que actúan como estandarte de alguna fe; e incluso alguno que ha sido escrito, entre líneas y al final de cuentas, sólo para restar simpatías a otros poetas “limeños” [Blanca Varela, Javier Sologuren, Rodolfo Hinostroza, Julio Ortega, etc.] en cuanto su supuesta indiferencia, en los años sesenta, por la obra vallejiana: “al parecer, les resultaba poco útil en su ascenso profesional”.   En fin, existirá siempre un autor y un público para todo.

Conviene concluir poniendo énfasis en la línea directriz de este sumario ensayo: saberes y prácticas cosmopolitas vs. saberes y prácticas locales; con la salvedad de que es precisamente su dialéctica lo más pertinente y urgente tanto en el vallejismo actual como en el de los años por venir.

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Qué vale más que una palabra

Para los pudientes que mantienen su honra

No olvido los días de acudir al río

Como una gota

Huérfana.

 

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22/11/14: AMAROS (I)

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Visión de Lima

La ciudad
Debajo de una serpiente herida
La ciudad mi ciudad
Hecha polvo
Mi madre mi padre
Mis hermanos ausentes
Y esta nube de tierra
Y esta serpiente de tierra
Sobre mi atónito
Y silencioso corazón

 

Visión de La Paz

Sobre los cuatro mil
metros de altura
te escribo. Sobre
las treinta mil
personas que he visto
en el camino.
Inhóspito el aire
para la poesía.
Enorme atalaya es ésta
para el control de
vidas y almas
y sexualidades.
Toda Bolivia se halla
en el ropero. También
el Perú. Y probablemente
el completo casco andino.
Encerrados en el ropero
de nuestros deseos
y de nuestra aplazada dignidad.
Un gigantesco amaru se ahoga
por la dura costra
que lo separa de la superficie.
Un flamante neumático
ahora mismo lo pisa.
Ver y correr y ser derrotado
enésimas veces.
En qué onda
pillar el aire.
A través de qué escondrijo
palpar finalmente tus piernas,
tu culo redondo,
tu espumosa vagina.
Todos somos salvos.
Todos somos inocentes
sobre tan rígido ice cream del mundo.
Ni todas las muecas del diablo pueden disimular
nuestros dientes de leche.
El mundo andino pasa todo
por un agudo periodo de refrigeración.

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Para Vladimir Herrera Delgado

Referí  alguna vez la extraña angustia que pasaba de niño durante la misa cuando  mi madre, devota y conmigo en la primera fila de la iglesia, alcanzaba las notas más altas de “Dios está aquí” o algún otro de los cantos del misal dominical.  Esto era en Lima, donde ella junto con mi padre eran migrantes andinos hablantes gozosos del quechua y del español.  Muchos años después, en un viaje que hice al lejano pueblo de mi madre, y durante una procesión donde se acompañaba al Cristo de Lampa, reconocí entre los alaridos devotos entonados en runa simi --en honor  del Hijo de Dios-- el mismo tono  y la misma tesitura de las notas  que alcanzaba mi madre, los domingos y en nuestro barrio limeño,  en las canciones  de la iglesia.  Es decir, para las notas más altas, mi madre no sólo apelaba a una mayor  intensidad, sino --sin abandonar para nada las pegajosas  letras en español-- también se cambiaba de cultura.  Semejante caso de intensidad y de opacidad, de sutil entrecruzamiento cultural, creo percibir también en BROZOVICH MÁLAGA GRANADOS, tres escritores andinos reunidos en AUQUI por la mano sabia de Vladimir Herrera.  El tema fundamental y final de dichos autores es la poesía misma y, en este estado de plenitud o madurez en el recorrido de sus respectivas obras, han logrado el destilado, la mixtura o --siempre por el pudor radical inherente a todo gran poeta-- el más adecuado  camuflaje.   Poesía es siempre no revelar el secreto a riesgo de perder o malograr el poema.  Muchas palabras la aniquilan, acierta a decirnos por su parte Óscar Málaga.  Y Raúl Brozovich la engasta, acaso ya para siempre, en la tornasolada sortija del tiempo:

Yo quiero hablar de la gardenia oscura

que adorna la patria estival de la piedra congelada

y de su fina arquitectura

 

Yo apenas supe del espeso lenguaje de la

   lluvia

y me echo a dormir en esta ribera del tiempo

(melancólico – confuso – desafiante)

 

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