
“Cada vez que decido emprender el viaje hacia la identidad, parto una y otra vez de un trozo de tierra de Martinica denominado, curiosamente, Morne de Perú”. Este nombre, rescatado por Édouard Glissant, no es un simple azar toponímico; es el eje sobre el cual basculan mis cuencas culturales. El “Morne” (ese monte caribeño) de Perú es el lugar donde la verticalidad andina se sedimenta en la horizontalidad antillana, el punto exacto donde la “asfixia” del Caribe y el “nudo” de los Andes se funden en una sola Poética de la Relación. Mi obra, y específicamente la saga de Juvenal Agüero, es el laboratorio donde esa relación glissantiana se hace carne, ritmo y bachata.
Esta conexión no es un accidente geográfico, sino una correspondencia ontológica. A través de los años, este vínculo se ha manifestado en dos frentes que hoy convergen: la crítica literaria como acto de deslinde y la ficción como bitácora de la identidad mitimae. En el plano de la crítica, mi lectura de la poesía dominicana reciente —como en la antología Indómita & brava— parte de una premisa radical: en la isla, leer poesía es leer a Vallejo. La “lengua ósea” dominicana ha sabido resistir al colonialismo permaneciendo fiel a su vitalidad y erotismo, encontrando en la sequedad vallejiana su mejor defensa contra la elocuencia vacía.
Esta soberanía cobra cuerpo en Juvenal Agüero. Él es el mejor poeta dominicano actual precisamente porque encarna el “Perú” de Glissant: es totalmente andino y criollo, un habitante de las profundidades que reconoce en el “estertor por constricción” de la bachata su propio “asfixiao”. Juvenal no constituye el protagonista de una novela decimonónica de inicio y fin, sino un aglutinado de voces, monólogos y poesía que busca decir las cosas veladamente, pero de la forma más directa posible. Su escritura es una “ola que rompe”, donde lo ligero es, de puro hondo, la única forma de capturar la postmodernidad inteligente y erótica del Caribe.
Partir del Morne de Perú implica también un deslinde ético frente a la “purita prudencia”. En mi mapa, no hay lugar para los escritores profesionales que, como el “Nene” Cubillas, se hacen al gusto de los centros de poder. Prefiero la sensibilidad elíptica de un César Cueto o la “embestida de borracho” del Cholo Sotil, quien conquistó el mundo sin perder su esencia serrana y pícara. Esa misma esencia es la que hallo en la poesía de Raúl Gómez Jattin; es el rechazo a ser un “profesor-poeta” escolarizado y la apuesta por ser un navegante cuya brújula es la belleza y cuya rosa de los vientos es la “arrechura”.
La bitácora de Juvenal, desde el dolor iniciático de Prepucio carmesí hasta el cosmopolitismo de Un chin de amor, es la cartografía de una existencia que se niega a ser un “libro muerto”. Al fundir los mares encrespados en “pampitas de arena”, Juvenal demuestra que la identidad es un juego de libertad. No buscamos un palmarés de proezas, sino saborear ese “delicioso fracaso” que es la fuente de la narración: la búsqueda de un ideal que se nos escapa entre las manos de una hilandera.
Me siento dominicano porque me siento un puente. Juvenal Agüero es la prueba de que el “Perú” no es una cárcel geográfica, sino una patria portátil que vibra con igual fuerza en una calle de Lima que en algún rincón insólito de la República Dominicana. Es el “chin de amor” que nos salva del vacío y nos devuelve a la humanidad que palpita, como diría el viejo Malcolm Lowry, en cualquier lugar donde seamos capaces de contar una historia que nos devuelva la “chispa de vivir”.
© Pedro Granados, 2026
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