“Humano más que humano”/ Alejandro Alonso Aguirre

 

Si algunos poetas son luz de un día, capaces de acaparar los elogios de la crítica especializada de su momento y luego morir, otros, en cambio, logran que su luz se prolongue de manera indefinida. El pabilo y la cera que constituye a esta veladora perenne es una profundidad de pensamiento, que asoma al lindero de lo profético y la filosofía, y una complejidad de formas acorde con esa ambición del hombre por extender su abstracción siempre hacia el universo incógnito.

Evidente resulta el ejemplo de tal escenario con el peruano César Vallejo (1892-1938), protagonista de un drama que es la representación de la vida misma, de la naturaleza con sus misterios y avatares. El libro que mueve estas reflexiones sobre el autor de textos periodísticos, relatos, obras de teatro y, de manera sublime, poesía, es Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo, del también peruano, crítico, narrador y poeta Pedro Granados (Lima, Perú, 1955).

La cuestión es que el tutor de la obra citada no tira la barca en mar desconocido (la dimensión poética de César Vallejo). Antes bien, diserta con los salteadores intelectuales de un camino profusamente allanado. De ningún modo esto va en detrimento del presente trabajo; en principio, y de manera sucinta, podemos subrayar que Pedro Granados ofrece una visión del poeta Vallejo desde la óptica de la poesía misma. Cierto es que el crítico aplica la rigurosidad del método académico para diseccionar los poemas, los versos, las palabras, los símbolos y paradigmas contenidos en la Pandora de Vallejo. Pero no se limita únicamente a la cirugía de rutina: tras cada intervención, el médico experto deja sobre la mesa de quirófano la piel, la carne, la sangre, el corazón de una poesía consabidamente compleja y, como colación, al poeta en su esencia humana, más que humana.

Para lograrlo, Granados asume de manera ecléctica y crítica “…todos los enfoques que han ido fijando y modificando el sentido de esta poesía”. A través del método hermenéutico nos expone la yuxtaposición que Vallejo logra entre poesía y utopía en sus diferentes etapas creadoras, mismas que dan orden y sentido a este estudio, a saber: 1. La poética de la inclusión: Heraldos negros y heraldos blancos en Los heraldos negros; 2. La poética de la circularidad: El mar y los números en Trilce; y, por último, 3. La poética del nuevo origen: La piedra fecundable de los poemas de París —poemas póstumos I— y La piedra fecundada de España, aparta de mí este cáliz —poemas póstumos II—.

Pedro Granados comienza el análisis de la obra publicada en 1918, Los heraldos negros, a partir de los formidables versos que anuncian a un poeta con fuerza y contundencia irreprochable: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… /. Yo no sé / Golpes como el odio de Dios…”

De manera progresiva nos son develados los conceptos predominantes y congruentes dentro del texto. También, análisis fundamental de Los heraldos negros, por su extensión simbólica en poemas posteriores, es su ocupación por la numerología: cero, uno y dos. Para Pedro Granados su ejercicio justifica la cábala de la inclusión y advierte que las unidades que habitan Los heraldos negros nunca aparecen solas, independientes, inconexas; al contrario, la unidad implica lo binario, lo uno en el otro. A su vez, se concluye en el planteamiento de dos poemarios de acuerdo con esta lógica de mensajes.

En cuanto a la poética de la circularidad depositada en Trilce, Pedro Granados apunta que “César Vallejo no sólo se vale del lenguaje como un alfabeto, un conjunto discreto de caracteres simbólicos, sino también como una serie de iconos, puestos ambos en movimiento y en mutua interacción”.

El número, como el cero, y que guarda relación con la circularidad emblemática de la vagina, confiará su referéndum en elementos como la mar, evocación siempre femenina de la fertilidad. Pero el agua, esencia de la mar, excede los litorales del mare nostrum y se trasmuta en lluvia; el Génesis bíblico sustenta al imaginario vallejiano en cuanto al líquido en el que se embalsa la creación. De igual modo, en correspondencia con el movimiento caprichoso de la mar o con la gestación intempestiva de la lluvia, “Trilce almacena y distribuye su información, creando un espectáculo cambiante como la vida misma; escenas, asimismo, donde no está ausente a veces la ironía o el humor”.

Hacia la tercera parte del libro, fragmentada en los poemas póstumos de París y España, Pedro Granados hace hincapié en la polaridad que subyace en la numerología de Vallejo: por una parte, el hermetismo del símbolo, “en este sentido no sería descabellado denominar a César Vallejo ‘místico del azogue’, en cuanto poseedor de un conocimiento profundo de aquel inestable Dios; lo que justificaría, asimismo, tomar en cuenta la probable condición de iniciado ocultista en nuestro poeta”.

A la vez, los números nos indican una posición en el universo que no necesariamente tiene que ver con la lógica del positivismo occidental: “Es muy probable que César Vallejo, como el Inca Garcilaso de la Vega , ‘fuera consciente de las dificultades existentes para presentar a un público de habla española (leamos europea) la conceptualización dualista en los Andes, y que era visible tanto en la forma de concebir el espacio —hanan/hurin—como la constitución dual de la autoridad: siempre había dos curacas simultáneos en cada grupo étnico, también en el Cusco’.”

Con la licencia de la dualidad tiene lugar la dicotomía de conceptos: en Los heraldos negros, negros / blancos, Trilce, sol / mar, mientras que en los Poemas póstumos de París, yo poético / piedra.

De acuerdo con el discurso que nos plantea Pedro Granados, independientemente de tales perspectivas, destaca el hecho de que César Vallejo se nutriera del abrevadero científico imperativo de su época: Marx, Darwin y Freud, para sustentar sus pensamientos, su perspectiva de la realidad, sus obsesiones simbólicas. A todas luces tenemos un poeta que trabaja los versos a cincel y nutre su obra con los riesgos que conlleva todo conocimiento trasgresor. La congruencia entre pensamiento y espíritu trasciende en su poética: “Al final del poema XV (de España, aparta de mí este cáliz), todas aquellas dicotomías que habían constituido los poemarios anteriores: Los heraldos negros, Trilce y los textos que trabajamos de los poemas póstumos I, convergen y mutuamente se funden y productivamente se resuelven.”

Planteado de esta manera, parecería ser que el análisis realizado por Pedro Granados apunta a destacar el imperativo de una lógica simbólica dentro de la poesía de César Vallejo. Por fortuna, además de satisfacer este horizonte, destaca el crítico: “Lo que brinda el impulso a esta poesía de Vallejo no es ninguna previa teoría o antelada fe, sino sobre todo la experiencia real y concreta de su pobreza; él no vive como piensa, piensa o escribe como vive.” Vale la cita a un solo verso de Vallejo para constatar tal afirmación: “Su cadáver estaba lleno de mundo.”

En las conclusiones finales de Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo, el autor señala que “leer a Vallejo puede ser una auténtica cantera de hallazgos para el lector aficionado y, especialmente para otros poetas”. Cierto, la poesía del autor de Los heraldos negros siempre mueve a la sorpresa y la reflexión; también lo es cuando se nos revela una poética exhaustiva a través de la sensibilidad de otro poeta, el caso de Pedro Granados, cómplice con un Dios tutelar de la utopía —Vallejo— cuyo credo predica con la honestidad e introspección del espíritu.

Autor de varios libros de poesía y relatos de ficción, colaborador en diversas revistas y actualmente en vísperas de su novela prima, por la catadura del análisis que vierte en este estudio Pedro Granados nos invita a la lectura y relectura de César Vallejo, y me parece que, inconscientemente, a conocer el pensamiento del Perú de nuestros días a través de su propia obra literaria.

Ciudad de México, diciembre 2004.

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Cumplirá 10 años creando, Editorial La Cartonera de Cuernavaca

En el colmo de mi descaro, evoco además la Poesía para teatro, del gran conversador –de la palabra hablada y la palabra escrita- peruano, Pedro Granados; así como al trio de títulos de Edgar Artaud, quien en Soy poeta admite su contradictoria condición humana:

Soy poeta. Pero odio la Poesía.
Odio a los estudiantes.
Pero de ellos vivo.
Odio el amor. Pero amo.
Para mí la poesía no es un
asunto de belleza,
sino de vida o muerte.

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“México en Marte, Marte en México: La poesía de Edgar Artaud Jarry”

Congreso Internacional México Trasatlántico, 2018

Escuela de Humanidades y Educación, y Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey/ Proyecto Trasatlántico de Brown University.  20 al 23 de marzo

22 de marzo, Mesa 26: Poesía mexicana del siglo XX

Biblioteca Cervantina, 11: 30  a.m.

Modera: Rafael Eduardo García González

Pedro Granados (Vallejo sin Fronteras Instituto -VASINFIN-), “México en Marte, Marte en México: La poesía de Edgar Artaud Jarry“.  

Resumen

Edgar Altamirano Carmona (Chilpancingo, México, 1953), profesor investigador en ciencias de la Universidad Autónoma de Guerrero es además, y paralelamente, el poeta Edgar Artaud Jarry: voluntario para un viaje sin retorno a Marte y, a través de sus escritos, de más que evidente vocación intergaláctica.  Cuya obra –en pleno proceso de expansión–  conecta en su país tanto con contemporáneos como con infrarrealistas; aunque su performance  al lado de este último grupo lo ubica, ante el gran público, como uno más de los compañeros de ruta de Bolaño o Papasquiaro.   Nuestro papel estriba aquí en llamar la atención sobre la particularísima articulación que constituye esta obra; entre culta y coloquial, entre contenida e infidente, entre estoica y desopilante.  Rasgos, asimismo, que colaboran en configurar las variadas máscaras con las que invariablemente aparece pertrechado leyendo ante el público; la mayoría, gente muy joven que ahora mismo lo sigue por doquier.

Palabras clave

Poesía mexicana contemporánea, poesía de Edgar Artaud Jarry, neo-naturalismo y poesía.

PROGRAMA GENERAL DEL CONGRESO

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El día que Roberto se convirtió en libro/ Edgar Artaud Jarry

Aún lo recuerdo, sucio, con el cabello largo
leyendo poemas
en la torre de Rectoría
parecía el hermano gemelo de Mario Santiago
caminábamos bajo la lluvia, un grupo de jóvenes poetas
que mas bien parecíamos, una pandilla de maleantes;
en busca de alcohol y un poco de tabaco, para
paliar el frío en Ciudad de México
en los años setentas, cuando la inconformidad estudiantil
se mostraba en los mercados, con altavoces
hablando mal del gobierno, por supuesto
que los jóvenes siempre tuvimos la razón de nuestro lado.

En la glorieta de Tlalpan, con José Peguero, bebiendo pisco
en espera de la luna, para leer poemas que inventábamos
mirando a los sonámbulos trasvestis, discutiendo
sobre Poesía y Poetas. Todos compartimos
aquel viejo amor por la Poesía que nos corría en las venas
pues creímos, que todo Poeta era inmortal.

En los muelles de Cataluña, pensando en las muertas de Juárez,
taciturno, mirando el mar mediterráneo, respirando el pasado
esperando a que lloviera, en espera del milagro
trabajando para ello, así ocurrió, Roberto Bolaño, se
convirtió en libro, en el Hospital de Vall d’Hebron
cerca de la salida de la estación del Metro con el mismo nombre
en Barcelona.

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O medo adentra/ Indran Amirthanayagam

Frankétienne, Pedro e Indran Amirthanayagam

Eu sinto o menino nas entranhas

do meu corpo. Estira, vira, come.

Devo ser feminino como a terra,

Mas, identifico também com a chuva

recaindo ao mar. Sou poeta! Aceito

agüentar a criança. Aceito ser

homem e mulher. Deus entende

o porquê, mas não diz nada.

Ele representa o mistério enquanto

sinto um barco com suas velas

construidas pelo vento e o tesouro

adentro que depende da minha alimentação.

Mas, eu não posso saber quando tombara

o barco acabando também com nosso futuro.

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César Vallejo y el “Chulo de la Muerte”

En Los detectives salvajes (1998), San Epifanio, uno de los tantos personajes de la novela, señala que la poesía “distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, ninfos y filenos”.

Según el personaje de Roberto Bolaño, los maricones y maricas tenían la mayor categoría y en Latinoamérica, los dos únicos poetas “maricones” eran los peruanos “César Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez?”.

Citamos la novela:

22 de noviembre (pp. 82-85)

Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas […] Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillen, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. […] De hecho, la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban […]

El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la palabra. Los mariquitas, según San Epifanio, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban —aunque no siempre— los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucedía era que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte.

Y en Latinoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rokha (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García) excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón. Pero sigamos. En Nicaragua dominan mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos, tipo Ernesto Cardenal. Maricas también son los Contemporáneos de México…

—¡No —gritó Belano—, Gilberto Owen no!
—De hecho —prosiguió imperturbable San Epifanio—, Muerte sin fin es, junto con la poesía de Paz, La Marsellesa de los nerviosísimos y sedentarios poetas mexicanos maricas. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa, Rubén Bonifaz Nuño, bujarrón amariposado, Sabines, bujarrón abujarronado, nuestro querido e intocable Josemilio Pe, loca. Y volvamos a España, volvamos a los orígenes —silbidos—: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus padrotes del alma [“chulos de la muerte”]. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren en sus propios ojos hundidos la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada (o del silencio o de la otredad). Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricas y maricones sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras

Ergo:

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Prepucio carmesí

nadie es feliz. una cremallera aprisiona tu prepucio infantil.  olores de oso, los tuyos, de perezosas arañas, de hormigas sorprendidas apelotonadas, y con la cabeza gacha, al interior mismo de sus galerías.  añoras la concha, el estuche, la vaina.  eres sistemáticamente violado por la intemperie.  nadie es feliz, carajo.  cien son las prohibiciones y mil las limitaciones.  dos mil son nuestras penas.  sin embargo, eres un ángel y no lo sabes; un niño aún, y lo ignoras.  sientes que estás como abandonado, y entonces corres detrás de la amistad, persigues infatigablemente la compañía. -Lucho no sale a jugar, está haciendo sus tareas.  frente a la casa de Angélica, ni preguntar.  y tu jugando vanamente con una pelota de jebe contra los muros, botes.  entre los muros.  tuya es el hambre y la inocencia.  tuya también la curiosidad.  ¡qué coro de ángeles atormentados son todos!, eso piensas, y quisieras no pensar, no recordar, nunca traficar más con lo humano.  añoras la vaina, la concha, la madriguera.   tu genitalidad precoz, sin embargo, te atrae irresistiblemente hacia tus semejantes.  a los siete años ya has dormido con más de una mujer, has robado, has sido descubierto, se te ha dictado sentencia.  sin embargo no estás en una cárcel.  a pesar de lo malo, cruel e inconsciente que eres no estás en una cárcel.  y juegas libre con tus arañas: en cautiverio las alimentas y las haces pelear hasta que sólo una de ellas queda viva.  has robado y sabes que a tus padres los has puesto más viejos y más tristes, a tus hermanos más desamparados todavía.  todo esto lo sospechas, lo sabes ya a tus siete años.  como el olor de Marcela que salta en calzón y con todos sus bucles sobre una cama amplísima y mágica para tí; como las hermanitas mayores de Marcela que literalmente te dan a pelliscar, a besar sus culos en una ronda de nunca acabar, del piso –el de aquel dormitorio que no es el tuyo– a aquella tan espaciosa cama.  eres un ladrón, los cincuenta soles aunque no los cogiste para ti, los robaste.  eres un ladrón, entonces, y un huele culos.  añoras la vaina, el estuche, la madriguera.  sólo tus moscas, tus hormigas y tus arañas te otorgan algo de consuelo, te hacen furtivamente feliz.  un niño no eres, entonces, aunque a la maestra sonrías como un infante, y te hayan premiado en tu escuelita por haber enseñado a escribir AGUA correctamente a todos tus compañeros, AGUA sobre la pizarra y en tiza blanca, AGUA ante los ojos de todos aquellos niños que escribían AHUA, AUA, HAGUA, etc.  letras que no te dicen mayormente nada porque para ti son mucho más elocuentes las sensaciones que sientes sobre tu carnoso prepucio, y las moscas brillantes y acorazadas que has aprendido –nadie te lo cree- a hipnotizar, a ensartar con una aguja y  tener patitas arriba, y contemplarlas volar poco después como si absolutamente nada hubiera sucedido.  no eres un niño, carajo.  en este mundo nadie es feliz.  por eso adoras sorprender sonriendo a tus padres, aunque sea a cada uno por separado, pero sonriendo.  botes mucho más largos y espaciados los que atinas a dar ahora con esta pelota.  el prepucio te duele para siempre.

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“El experimentalismo en México”/ Heriberto Yépez (Tijuana, 1974)

El experimentalismo en México
No puede entenderse sin identificar
Sus dos facetas: el deseo de renovar la forma
Entrenzado con el auto-odio moralista de lo experimental.

Mathias Goeritz encarna esta ambivalencia.
Buscaba lo Nuevo y simultáneamente aborrecía la Vanguardia.
El Museo Experimental El Eco
Fue el Templo de esta contradicción.

El Eco es Dios. El Eco es el Mito de un Origen en la Forma.
El Eco es el “Primitivo” Grito (Judeocristiano)
Contra la Frivolidad (la Mierda) del (Banal) Arte Moderno.

Goeritz (El Harto), sin embargo, es sólo un Gran Purista Experimental
No el único. Casi todo experimentalismo en México reza.

Reza, muchísimo, la Estética de Vasconcelos
Reza La Ruptura
Reza Jodorowsky
Reza Juan Acha
Rezan Los Infrarrealistas
Reza la poesía visual ochentera
Rezan Los Caifanes
Reza Cuauhtémoc Medina
Reza Avelina
Reza la apropiacionitis
Reza Casi Todo Performance
Reza Emmelhainz
Reza El ECOnceptualismo
Reza todo experimentalismo no-secular

Rezo Yo

 

Amén.

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