22/11/14: AMAROS (I)

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Visión de Lima

La ciudad
Debajo de una serpiente herida
La ciudad mi ciudad
Hecha polvo
Mi madre mi padre
Mis hermanos ausentes
Y esta nube de tierra
Y esta serpiente de tierra
Sobre mi atónito
Y silencioso corazón

 

Visión de La Paz

Sobre los cuatro mil
metros de altura
te escribo. Sobre
las treinta mil
personas que he visto
en el camino.
Inhóspito el aire
para la poesía.
Enorme atalaya es ésta
para el control de
vidas y almas
y sexualidades.
Toda Bolivia se halla
en el ropero. También
el Perú. Y probablemente
el completo casco andino.
Encerrados en el ropero
de nuestros deseos
y de nuestra aplazada dignidad.
Un gigantesco amaru se ahoga
por la dura costra
que lo separa de la superficie.
Un flamante neumático
ahora mismo lo pisa.
Ver y correr y ser derrotado
enésimas veces.
En qué onda
pillar el aire.
A través de qué escondrijo
palpar finalmente tus piernas,
tu culo redondo,
tu espumosa vagina.
Todos somos salvos.
Todos somos inocentes
sobre tan rígido ice cream del mundo.
Ni todas las muecas del diablo pueden disimular
nuestros dientes de leche.
El mundo andino pasa todo
por un agudo periodo de refrigeración.

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Para Vladimir Herrera Delgado

Referí  alguna vez la extraña angustia que pasaba de niño durante la misa cuando  mi madre, devota y conmigo en la primera fila de la iglesia, alcanzaba las notas más altas de “Dios está aquí” o algún otro de los cantos del misal dominical.  Esto era en Lima, donde ella junto con mi padre eran migrantes andinos hablantes gozosos del quechua y del español.  Muchos años después, en un viaje que hice al lejano pueblo de mi madre, y durante una procesión donde se acompañaba al Cristo de Lampa, reconocí entre los alaridos devotos entonados en runa simi --en honor  del Hijo de Dios-- el mismo tono  y la misma tesitura de las notas  que alcanzaba mi madre, los domingos y en nuestro barrio limeño,  en las canciones  de la iglesia.  Es decir, para las notas más altas, mi madre no sólo apelaba a una mayor  intensidad, sino --sin abandonar para nada las pegajosas  letras en español-- también se cambiaba de cultura.  Semejante caso de intensidad y de opacidad, de sutil entrecruzamiento cultural, creo percibir también en BROZOVICH MÁLAGA GRANADOS, tres escritores andinos reunidos en AUQUI por la mano sabia de Vladimir Herrera.  El tema fundamental y final de dichos autores es la poesía misma y, en este estado de plenitud o madurez en el recorrido de sus respectivas obras, han logrado el destilado, la mixtura o --siempre por el pudor radical inherente a todo gran poeta-- el más adecuado  camuflaje.   Poesía es siempre no revelar el secreto a riesgo de perder o malograr el poema.  Muchas palabras la aniquilan, acierta a decirnos por su parte Óscar Málaga.  Y Raúl Brozovich la engasta, acaso ya para siempre, en la tornasolada sortija del tiempo:

Yo quiero hablar de la gardenia oscura

que adorna la patria estival de la piedra congelada

y de su fina arquitectura

 

Yo apenas supe del espeso lenguaje de la

   lluvia

y me echo a dormir en esta ribera del tiempo

(melancólico – confuso – desafiante)

 

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La biografía intelectual de Pedro Granados es sumamente extensa. Tanto que enumerar sus hechos y dichos, hablar de su vida académica, del sitio que ocupa desde ya entre nuestros contemporáneos, por el momento es vano. Su impronta de crítico. Sus breves e intensos artículos sobre los días y las horas de los poetas del Perú y sus aledaños, lo han convertido en un personaje bizarro de las letras.  Nadie sabe a qué atenerse con Granados. Incluso alguien que no sabe qué hacer con los poetas como nuestro epónimo M.A. Denegri acierta con Granados. Con su levadura crítica. Y no digamos de otros contemporáneos suyos que permanecen perplejos ante la novísima lectura que de Vallejo ha hecho el Granados estudioso y burlón. En este caso, el editor propone Activado, el último libro de Granados por ser poesía de la buena y de la mejor. Con que mejor factura  no hubiera, si agregamos a lo anterior que cierta marginalidad gozosa es la que comparten editor y editado.

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El próximo juves 20 de noviembre, a las 03:00 p.m., en el local de eventos Mayja Mayja, ubicado en el jirón Arica Nº 210, de la provincia de Huancané, se presentará  el libro “30 Voces Contemporáneas en la Poesía Puneña”.

El poeta huancaneño Fernando Chuquipiunta Machaca ha publicado el libro “30 voces contemporáneas de la poesía puneña” (Ángeles de Papel, 2014). En él, hace un trabajo de recuperación de algunas voces supuestamente postergadas de Puno, pertenecientes a diferentes generaciones, pero en su mayoría a la polémica Generación de Fin de Siglo.

Efraín Miranda Luján, José Paniagua Núñez (Jóspani), José Luis Ayala Olazával, Jorge Flores-Áybar, Omar Aramayo Cordero, Gloria Mendoza Borda, Vladimir Herrera Delgado, Boris Espezúa Salmón, Leoncio Luque Ccota, entre otros, aparecen en esta antología.

El escritor Mauro Mamani Macedo opina que en este volumen “converge la variedad de cada uno de ellos con sus temas, tonos y ritmos, por ello consideramos que un ejemplo rotundo de la riqueza poética puneña está en este libro”.

El libro será presentado el 20 de noviembre, a las 3 p.m., en el local de eventos Mayja Mayja (Jr. Arica 210, Huancané, Puno).

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El joven crítico cordobés Bernardo Massoia acaba de publicar Lima y sus poetas.  Agravios y desagravios (Buenos Aires: Edición del autor, 2014).  Aquello de “Tumi” viene de un poema de Pablo Guevara (“En la vía sigue caída la Luna/ Luna llena o cuarto creciente o cuarto menguante/ Luna Tumi/ todos amanecen degollados en un mundo de ceremoniales/ los vagones parecen piscinas de sangre”) cuya obra, junto a las  de César Vallejo, José María Arguedas, José Gálvez y otros, son ventiladas también en esta segunda entrega del estudioso argentino (la primera fue Absurdo pero en Lima.  Universal pero Vallejo, 2012).  Como apreciamos, los últimos versos citados parecieran ilustrar la crisis y violencia  inherentes al hondo y complejo --aunque por lo de “Luna Tumi”, no menos mágico-- proceso de migración del Perú profundo hacia su capital; proceso observado desde una perspectiva poético-crítica que, en el caso de Guevara: “es una de las más diacrónicas de la literatura peruana” (29).  Aunque no obstante, y muy significativamente, el mismo Guevara califique a César Vallejo como nuestro “primer migrante [en relación al poema liminar de Trilce]” (28).

Aquello de “insondable”, alude al final mismo de este nuevo libro de Massoia donde, a contrapelo de melancolías culturales y traumas históricos propios de la migración, se elabora lo siguiente: “No habrá relato poético de re-apropiación y edificación de un mundo nuevo en Lima sin ternura lúdica, mas no por ello inocua: 'ganadito será la gente/ chacritas los parques' [Óscar Colchado], la infantil, la de Trilce, la de Los ríos profundos, la de Gregorio, la del Perú insondable, poco a poco señor de Lima” (91). Es decir, desde este punto de vista, la capital del Perú a través de su literatura constituye todavía una obra abierta o en proceso de experimentación; aunque los migrantes sean de suyo los agentes, y de ninguna manera los entes pasivos, de éstas entre duras, trabajosas, reconfortantes e imaginativas metamorfosis.

Obvio, en el interin, el autor establece nuevas calas [cierta afinidad entre Una Lima que se va, de José Gálvez, y Trilce; o entre Lima, hora cero (1954) de Enrique Congrains Martin, y A Nuestro Padre Creador Túpac Amaru (1962) de José María Arguedas; o incluso otra implícita, no menos sugestiva, entre los antinerudianos versos de El Paseo Ahumada de Enrique Lihn y La mano desasida de Martín Adán] y lúcidas interpolaciones; y las apunta, nos alegra decirlo, con honestidad crítica y libertad de espíritu.  Sin embargo, sus fuentes  primarias (libros y revistas) habría que pasarlos todavía por un tamiz crítico algo menos crédulo o principista; aunque esto no se ha hecho  ni siquiera en el Perú.  Es decir,  por ejemplo, qué tanto no hemos integrado todavía Trilce --cuya propuesta poética prácticamente  coincide con la Constitución de 1920 de Augusto B. Leguía: “donde se reconoce la existencia legal de la comunidad indígena, técnicamente el viejo ayllu prehispánico” (18)-- en el debate de los indigenismos de la época.  Aunque la propuesta vallejiana, fruto de su radical perspectiva oximorónica, desafíe cualquier “indigenismo oficial”.  U otro debate absolutamente menor, pero pertinente en cuanto desorienta un poco la lectura del presente post-arguediano o, mejor diríamos, post-trilceano: qué tanto Hora Zero, y sobre todo Kloaka (y sus simpatizantes), fueron movimientos poético-políticos absolutamente conservadores y retardatarios en tanto se tornaron oficiales o canónicos (respecto a otras propuestas poéticas de la época) y homogeneizaron --con la anuencia de los medios de comunicación-- la poesía culta del Perú incluso  hasta los años finales del siglo pasado.  Todavía no tenemos una lectura crítica de nuestra pretendida izquierda intelectual; pareciera tan arrogante y ciega a los matices (que a la larga son los grandes claro oscuros) como lo suele ser, de modo ya caricaturesco, la derecha.  En este sentido, sería conveniente que Massoia integre en su estudio o preguntas a Lima y sus poetas aquel repertorio que nos informa, por ahora, deja de lado: Luis Hernández Camarero, la poesía de la propia Magdalena Chocano y, por qué no, acaso también pudieran resultar ilustrativos los poemarios de éste su servidor y ahora mismo puntual reseñista (1978, Sin motivo aparente; hasta el poemario Activado, a presentarse este 17 de noviembre en el Cuzco bajo la Editorial Auqui, nueva época).

 

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Para mi condiscípulo Luis Rebaza Soraluz

Nos acercamos curiosos a esta antología de ensayos breves, de Marco Martos (Poéticas de César Vallejo. Lima: Cátedra Vallejo, 2014), buscando alguna ampliación sobre la dialéctica o performance --entre los dígitos 1 y el 0-- que leímos alguna vez muy productivamente en el libro del cual aquél es coautor con Elsa Villanueva: Las palabras de Trilce (1989).   Cala intuitiva,  aquella percepción de la metamorfosis entre los números en el espacio de la página, a la catadura multidimensional de Trilce que quizá sea una de las líneas críticas vallejianas --en tanto teoría, metodología y contextualización del libro de 1922-- todavía por desarrollarse.  Es decir, a la manera del cine tan de moda y en tanto paradigma artístico de la época, considerar Trilce como un teatrín incluyente --donde los lectores debemos participar-- que pone en escena  la capital del Perú en las coordenadas de su modernización (consolidación del capitalismo, migración interna, multiculturalidad, etc) en los años 20 de siglo pasado.  Y lo que básicamente encontramos en Poéticas de César Vallejo,  es como una exudación de “madurez” en el criterio y un exceso de lugar común en las calas, aunque en la bibliografía --al final de cada uno de estos ensayos-- escaseen las referencias puntuales de los autores discutidos.

Acaso no sea ocioso puntualizar que, en el Perú, el estructuralismo pasó sin fortuna para los estudios de su literatura, y en particular de su poesía.  Obvio, no nos referimos a aquella sarta de galimatías (sememas, arborizaciones y gráficos amnésicos de su temática) que hacían insufrible leer algunos libros de crítica y la mayoría de textos sobre lingüística durante  los años 70 y 80.  Nos referimos a leer paradigmas de modo proyectivo, es decir, de modo íntimo, dinámico y creativo; incluso aceptando que en aquella escuela por lo general se descuida el contexto.  El caso es que el grueso de la crítica literaria peruana jamás abandonó el positivismo y la filología; o la variable estilística y peninsular de esta última.  Y de este modo, hasta el presente, no penetra los textos literarios a no ser por un chispazo o golpe afortunado; o un talento muy particular, por ejemplo, Antenor Orrego leyendo  Trilce o Edmundo Bendezú Aybar leyendo a Martín Adán.  Nos quedamos, impotentes, observando el hecho poético como a través de un fanal; y narramos --junto a bibliografía más o menos pertinente -- como en tercera persona y cual un culebrón decimonónico nuestra experiencia.  Así sucede de modo abrumador hasta nuestros días  donde, a guisa de estar a tono con los estudios culturales o post coloniales de moda, nuestro desconectado relato se tiñe abundantemente de color local.

 

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Está circulando entre nosotros el segundo libro de Luis Rebaza Soraluz bajo el sello de Ruray Editores.  Se trata de Hipervivientes, poemario que funciona como una muestra retrospectiva de poemas publicados entre 1975 y 1979.  Obviamente, se incluyen en este nuevo libro una selección de textos pertenecientes a un anterior poemario, Población activa, aparecido en 1978…

Podemos comprobar en el oficio de este joven autor, estudiante de literatura en la Universidad Católica, que algunos usos del lenguaje van encontrando su lugar más preciso.  El in crescendo, la paradoja, el rigor de las imágenes son características para destacar en cualquier poeta; en el caso de Luis Rebaza son su arco más firme y se interrelacionan con sutileza, citamos: “Dónde acabar/ Resonado los pasos/ Nada más esta calle/ El rumor de explicar una demora/ Hacia dónde la carrera los ecos/ Quién que sube del asfalto/ hacia tus pies/ El lugar aún el silencio/ Donde las paredes pesan el polvo que seremos/ Y más/ O nosotros/ o la luz que parece/ seguirnos a este cuarto” (“Poema”).

También es evidente un mayor aliento en los versos e inclusive se experimenta con la prosa poética; lo cotidiano y un interesante buceo en la historia otorgan el relieve temático a estos nuevos textos.   Creemos que la modulación más personal de Rebaza va en consonancia con los poemas breves.  Son notables entre estos “Mentira de la verdad romántica” y “Para Claudia”, del cual citamos los siguientes versos: “Sin haber susurrado a tus sueños/ vienes de la muerte que diluye/ el recuerdo/ un dios empieza y acaba en tus cuadernos/ de hojas de colores/ Regreso al lugar que tú has dejado”.  Aquí la fisonomía no es preciosista y repetitiva como en los poemas largos; llámense estos “Quinto viaje a desaparición de Cristóbal en curso de rutina” o “Infierno”, y  además  se reconoce con más cabalidad a un joven creador, un aliento y tono más propios.

Cabría todavía destacar las bondades formales del libro, la excelente fotografía de la carátula debida a Carlos López Degregori, y los dibujos y diagramación del propio Luis Rebaza Soraluz, de probada sensibilidad inclusive en este campo de las artes.

 

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