CONTRA LA FALSA MODESTIA

El mejor poeta del Perú soy yo

No luego de o después de sino

Solo más joven que César Vallejo.

¿Debo esperar lo confirme

Ricardo González?

También, aunque sin proponérmelo,

Sino por necesidad pura

El mejor lector de poesía

Nacido y muerto justo

Más tarde que el cholo.

¿Debo decir amén a lo que no dicen

Los porfiados de El Comercio

O a lo que dicen

El granel de epígonos

De Antonio Cornejo?

¿Debo aceptar mi tiempo

Tan manoseado como está

Y callar?

¿Debo atenerme a mi fama póstuma

Como si fuera fama lo que procurara

Y no aquello a lo cual me avoqué:

Un cernidor para separar

Poesía de charlatanería

Un cedazo, tampoco muy fino,

Para aplicarlo como a un estadio lleno?

Con entraña nací

No sólo con oído

Para dar entre mil

Y simultáneos textos

Con aquello que vale

Y en el formato que estos vengan

Barroco coloquial minimalista

Y tantas mezclas felices

Con tal que las acompañe

Un corazón aguerrido

Así que críticos

Que se ganan la vida

Estando críticos

Poetas que pasan por poetas

Queridos contemporáneos

Algunos muy listos

Que la inteligencia no basta

Que tampoco la religión alcanza

Ni acaso es suficiente

El hecho de todos haber sufrido

Una bala cruza rauda en campo abierto

Y nos derriba.

© Pedro Granados, 2026

http://poesiaensutinta.blogspot.pe/2016/06/contra-la-falsa-modestia.html

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EL CUERPO EN VALLEJO: DE LA “ÉTICA DEL FRAGMENTO” A LA MATRIX DEL PENSAMIENTO SIMÉTRICO Y POSANTROPOCÉNTRICO

  1. El marco del debate: Clayton y el epigonalismo de la “modernidad lírica”

La reciente traducción al español del prefacio/resumen del libro de Michelle Clayton (Poetry in Pieces: César Vallejo and Lyric Modernity, 2011) —presentada y divulgada en el ámbito crítico por Raúl Soto— permite medir con precisión quirúrgica el alcance y los límites del enfoque anglosajón/historicista sobre la obra de César Vallejo.

Tanto en el libro de Clayton como en la síntesis de Soto, la clave explicativa de la poética vallejiana se reduce a dos nociones axiales:

  1. La «ética de lo fragmentario» como el modo “más responsable de la modernidad lírica”.
  2. El «lenguaje del cuerpo» entendido como un “contexto desmembrado” donde el sujeto intenta infructuosamente articular la violencia, la expulsión y el sufrimiento del otro.

Si bien esta perspectiva representa un esfuerzo meritorio de sistematización y difusión para el ámbito académico angloparlante, incurre en una lectura que obtura la verdadera dimensión revolucionaria de Trilce y de la obra posterior. Al situar a Vallejo dentro del marco de la “modernidad lírica” occidental, la crítica anglo-continental convierte el cuerpo en una metáfora de la alienación o en un registro sociológico de la derrota.

  1. Diferencias sustanciales: La brecha teórica

Al confrontar esta “ética de la fragmentación” con la visión mítico-posantropocéntrica y la estructura del Pensamiento Simétrico (El Archipiélago Vallejo), quedan al descubierto las divergencias conceptuales de fondo:

Eje de análisis La escuela de Clayton / Soto (“Ética de lo fragmentario”) La Visión Mítico-Posantropocéntrica / Pensamiento Simétrico
Estatuto del Cuerpo Cuerpo desmembrado / traumatizado: El cuerpo es la víctima que registra la violencia de la modernidad, la escisión política y el sufrimiento pasivo. Cuerpo como Matrix y Mar Gravitacional: El cuerpo no es un “pedazo” roto, sino la fuerza integradora y biológica que une las “islas” del texto; es el “mar” del Archipiélago.
Relación con la Modernidad Reacción defensiva: La poesía es una “respuesta responsable” al desmembramiento urbano, técnico y político europeo. Descentramiento del paradigma occidental: Vallejo no “responde” a la modernidad; la desborda y la juzga desde una ontología otra (andina, afro-costeña, material).
Lenguaje y Espuma Falta de autoridad / balbuceo: “Un poeta expulsado que llama sin ser escuchado” y que sufre por no poder hablar por el otro. Fusión ontológica (Vallejo + Borges): “Quiero escribir pero me sale espuma”. El lenguaje no es incapacidad de hablar; es materialidad pura, ritmo de jarana y simetría mística. Y el poeta es solo una anécdota del poema.
Sujeto y Colectivo Antropocéntrico y empático: Basado en una “empatía cinestésica” de cuerpos divididos y alienados por el lenguaje oficial. Posantropocéntrico y Mítico: Superación del ego; integración del cuerpo humano en el flujo cósmico, mítico (Inkarri) y mineral/orgánico.

 

  1. ¿Cómo se suma la traducción de este texto al debate?

La aparición de esta traducción en español, la cual celebramos, no hace sino confirmar y profundizar la vigencia del diagnóstico que formulé en mi reseña de 2012 (“Vallejo in Pieces”):

  1. La consagración de una lectura “correcta” pero reduccionista: La traducción divulga en nuestra lengua una visión de Vallejo domesticada para las facultades de literatura del Norte: un Vallejo que encaja pulcramente en los estudios culturales de la fragmentación, el trauma y la modernidad poscolonial.
  2. El equívoco del “lenguaje del cuerpo”: Clayton y sus divulgadores ven el cuerpo como algo “fragmentario” porque aplican la óptica del observador occidental que descompone el objeto. Sin embargo, para Vallejo, el cuerpo no es una “anécdota de sufrimiento” ni una suma de partes rotas; es la matriz viva donde lo sagrado, lo profiláctico y lo profano conversan simétricamente.
  3. El paso del paradigma occidental al paradigma propio: La insistencia de Soto/Clayton en la “modernidad lírica” demuestra por qué es indispensable desplazar el eje hermenéutico hacia El Archipiélago Vallejo. Mientras ellos ven un “cuerpo tratando de articularse en un contexto desmembrado”, la lectura posantropocéntrica demuestra que la poesía de Vallejo es aquella cartografía gravitacional (las islas no “flotan” a la deriva) que restituye la unidad perdida, disolviendo las fronteras impuestas por el eurocentrismo.

Conclusión

La traducción de este texto de Clayton por parte de Raúl Soto funciona como un excelente síntoma de época: demuestra el techo de la crítica anglosajona frente a Vallejo. Al reducir la complejidad vallejiana a una «ética de lo fragmentario», la crítica tradicional se queda en la corteza de la modernidad lírica. Frente a esto, la visión mítico-posantropocéntrica no lee a Vallejo en pedazos, sino en cuanto cartografía gravitacional: un universo donde las islas no van a la deriva y donde el cuerpo no es la prueba de la derrota, sino la materia prima de la transfiguración mítica y poética del nuevo siglo.

Pedro Granados, 2026

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Poética mexicana contemporánea (2000–2004): Entre la sombra de Paz, la megalomanía crítica y los hibridismos del nuevo siglo

Presentamos la republicación de este ensayo crítico redactado en 2004 a propósito de la antología Poética mexicana contemporánea (BUAP, 2000), editada por Víctor Toledo.

En este texto se diseccionan las tensiones, polémicas y anacronismos que configuraban la vitrina de la poesía mexicana al cambio de milenio:

  • El conservadurismo veterano: La mirada autoritaria y descontextualizada de figuras como Jaime Labastida, paralizada en un concepto pre-vanguardista y romántico de la poesía.
  • El contrapunto de los 80: Las disputas entre el neobarroco escolástico de Eduardo Milán y la búsqueda neorromántica, sacralizada o cuántica de voces como Vicente Quirarte, Javier Sicilia y Víctor Sosa.
  • Las grietas de los 90: La emergencia de lecturas lúcidas y desinhibidas en José Homero y Ernesto Lumbreras, donde la lección de Vallejo y la hibridez borgeseana abren brecha frente al deslumbrado y omnipresente fantasma de Octavio Paz.

Un corte transversal que revisa el mapa socio-cultural, el elitismo institucional y las formas en que la tradición mexicana dialogó (o se negó a dialogar) con la experimentación latinoamericana e internacional.

(A continuación se inserta el texto íntegro del artículo)

Poética mexicana contemporánea

Por Pedro Granados

Poética mexicana contemporánea es el título de un volumen editado por Víctor Toledo en Puebla (BUAP, 2000). Interesantísimo libro que funciona como vitrina tanto de lo que se especula es la poesía de México hoy en día, como de los propios crítico-poetas —nativos o avecindados en el país— que también ahora mismo son quizá sus autores más representativos. Los invitados por Toledo a colaborar han sido: José Pascual Buxó (España, 1931), Jaime Labastida (Sinaloa, 1939), Eduardo Milán (Uruguay, 1952), Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954), Javier Sicilia (Ciudad de México, 1956), Víctor Sosa (Uruguay, 1956), José Homero (Veracruz, 1965), Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) y Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965). Como a simple vista podemos apreciar, y después tendremos oportunidad de comprobar, el editor aclimata voces de promociones distintas y de tendencias, diríamos, también disímiles. Mas, para sorpresa del lector, no permite que este saque sus propias conclusiones una vez leídas las opiniones y los poemas de los antologados, sino que se encarga de colocar —justo inmediatamente después de la “Introducción”— un “Breve semblante de cal y canto” donde intenta advertirnos de lo que vendrá luego. En este sentido, este libro es también una marquesina de las ideas del mismo Víctor Toledo (Veracruz, 1957).

José Pascual Buxó y Jaime Labastida, intelectuales de amplia trayectoria, constituyen algo así como los veteranos en esta selección. Como Octavio Paz, aunque con matices diversos, ambos aparecen finalmente inmersos en la tradición del poeta romántico. Sin embargo, entre los dos es Labastida el más elocuente y, de esta manera también, el que se expone más a la crítica. A una pregunta de Clemencia Corte (alumna de Víctor Toledo en la Maestría de Literatura Mexicana en la BUAP), “¿qué poetas han sobresalido en los últimos veinte años?”, Labastida contesta del modo siguiente: “[En vistas a reeditar una antología] me he puesto a revisar los poemas que puedan sostenerse en el mismo plano de igualdad con poemas como Muerte sin fin o Primero sueño de Sor Juana, y debo decirles que no encuentro ninguno” (51). Tal declaración, es obvio, aunque no deje de ser una respetable opinión, cae por desproporcionada y, sobre todo, por descontextualizada. Mas, son otros también los exabruptos; sobre todo aquellos que revelan, por último, ignorancia, desinterés o desdén sobre lo que escriben los más jóvenes: “¿Qué es lo que ocurre entonces con la poesía de hoy? [Se pregunta Labastida a sí mismo] La poesía es exclusivamente lírica, ya no hay épica, ya no narra; se deja a la prosa la función de narrar” (53), lo que revela una supina falta de información sobre la hibridez discursiva de la poesía de ahora mismo. O esta otra: “Lo que está haciendo mi buena amiga Griselda Álvarez ahora, poner en sonetos los artículos de la Constitución, no es poesía. Yo le dije a ella que no lo hiciera, pero en fin, lo está haciendo. Eso no es Jurisprudencia ni poesía” (61); lo que muestra, por lo menos, una concepción autoritaria de la crítica y una idea esencialista de la literatura que pasa por alto cosas tan elementales como la teoría de la recepción o la práctica de la experimentación que, al menos desde la vanguardia, esta es el pan de cada día en la literatura contemporánea. Y así, podríamos continuar brindando más ejemplos de megalomanía y desubicación; como esta perla: “Hace mucho tiempo me ha llamado la atención el hecho de que en América Latina, a diferencia de México […] hay poetas que a los veinte años anuncian ser genios, a los treinta se reducen a ser solamente hombres de talento y a los cuarenta son mediocres” (63). Si está hablando, solo por poner un caso, por ejemplo del Perú —cuya poesía, por lo menos en el siglo XX, no es nada desdeñable a nivel continental—, pareciera ya de mala intención soslayar el absoluto privilegio, en cuanto apoyo del Estado y de otras instituciones como los municipios, que tienen los escritores mexicanos respecto a sus pares peruanos; esto sin admitir que dicho fenómeno sea verificable en un poeta de vocación auténtica y sin profundizar en cuál es el resultado final de la intervención estatal en México; es decir, cuál, en este hipotético caso, de las poesías entre ambos países resulta ser la mejor.

Pasando a la generación del 80 —Eduardo Milán, Vicente Quirarte, Javier Sicilia, Víctor Sosa y el propio Víctor Toledo—, el asunto se hace un poco más complejo por el mejor y más variado enfoque de lo contemporáneo en poesía y, además, por las polémicas implícitas y explícitas entre estos críticos-poetas, particularmente entre el editor de este libro y Eduardo Milán. En aquel “Breve semblante de cal y canto”, Toledo arremete diciéndonos que Milán: “Fue un gran crítico (sobre todo con su participación en la Revista Vuelta de los años ochenta) […] El problema está, últimamente, entre un mal filosofar y un poetizar venido a menos, que da como resultado un escolasticismo neobarroco” (17). Nosotros, sin necesariamente escamotear propiedad a este juicio sobre Milán como crítico^1, no creo que haya sido oportuno darlo por parte de Víctor Toledo, porque pasa como si fuera un golpe bajo; además, porque soslaya algunos interesantes aportes del periodista uruguayo. A nuestro entender, estos radican fundamentalmente en su crítica oblicua a la poesía contemporánea mexicana e, indirectamente también, quizá a escritores como el propio Víctor Toledo. Primero, Milán al elucubrar sobre la importancia de Nicanor Parra para la poesía latinoamericana de nuestros días: “Esa especie de crítica incisiva de Parra al ser del poeta, al estatuto” (82); segundo, al recordarnos que, según John Keats, “los poetas no tienen identidad” y que para Rimbaud “yo es otro” (82) y, tercero, en su respuesta a la pregunta, “Usted dice que la poesía del siglo XX tiene una condición femenina, ¿puede explicarlo?”: “El problema de esa femineidad aquí trasciende lo genérico sexual, en el sentido de romper la barrera de la interferencia que significa la interferencia del ego (sic) [que, según José Ángel Valente, no es propicia para el acto místico o poético]” (94). No haría sino decirnos que la poesía latinoamericana y particularmente la mexicana tendría, por defecto, un lenguaje con demasiado nítido perfil; es decir, el que refleja un yo enfático o ingenuamente persuadido de su valiosa identidad^2. Ahora, y ya que Toledo hace explícita —a través de su “Breve semblante de cal y canto” y su reseña a un poemario de José Homero, poeta declaradamente lírico—, digamos, su preferencia por una poesía de corte ético y neorromántico^3, también le caería el guante lanzado por Eduardo Milán.

Entre los otros representantes de la generación del 80 —Vicente Quirarte, Javier Sicilia y Víctor Sosa—, encontramos que, en general, tienen un concepto neorromántico de la poesía y una alta idea —diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de Nicanor Parra— del poeta y de su función en la sociedad o, al menos, una idea melancólica de que aquello está en crisis o irremediablemente perdido. Claro, en todo esto, unos con más énfasis que otros. Para Quirarte la poesía (y los poetas) es cofradía, milicia, perpetua adolescencia, esfuerzo y milagro, “inexplicable forma de felicidad que significa ser traspasado por el rayo y rendir testimonio de esa muerte” (113). Javier Sicilia va incluso más lejos al conectar, de modo más insuficiente y vehemente que el propio Octavio Paz, poesía con religión: “En la poesía el mundo recupera su sacralidad y su infinito, y nuestra lengua su condición espiritual: el mundo y el hombre no son esto o aquello, sino el ser en su misteriosa trascendencia” (136).

Frente a ambos, la posición de Víctor Sosa, sin ser menos romántica, resulta —sobre todo en comparación con Sicilia— un poco más especulativa. El título de su ponencia reza: “Cambiar la vida (Rimbaud, las vanguardias y la posmodernidad)”; de este modo, piensa que en nuestros días el “sueño ha terminado” y que ya “no hay Abisinias donde reclinar la cabeza, porque ahora el presente es perpetuo y la metafísica ha sido expulsada de la república posmoderna” (165). Mas, sobre todo en su exposición sobre el vacío, queremos leer que va más allá de Paz; es decir, y no por mejor o peor, su pensamiento no se instala ya en una sociedad pre-industrial —edén del romanticismo y del surrealismo— y asume, en su defecto, plenamente la nuestra: la del escepticismo y la carencia. Tratando de explicar el título de uno de sus libros, Sunyata, Sosa nos ilustra: “La física contemporánea, la física moderna, a partir de la mecánica cuántica, coincide con los postulados orientales en el hecho de que nos descubre nuevamente que el mundo está hecho de vacío […] de alguna manera somos un gran vacío” (179). A partir de aquí, aunque figurativamente, estamos a solo un paso de un gesto crítico muy contemporáneo y no menos polémico. Es el que lidera en nuestros días la obra de Ricardo Piglia para el que, en resumidas cuentas, el marco mayor de la literatura no es describir lo que de real tenga la ficción, sino lo que de esta tenga la realidad. Inspirado en la obra de su compatriota Jorge Luis Borges, el punto de vista de Piglia asume la ficción —no la minuciosa realpolitikcomo el objeto fundamental de la crítica literaria; hecho que le cuestiona al crítico (y también al poeta) pensar y escribir como si uno estuviera haciendo constantemente el papel de ministro del Interior. Le exige, más bien, abrirse a la conciencia de que la realidad —empezando por el propio sujeto que ejerce la crítica— está atravesada de ficciones; de que, por ejemplo, el Estado es un surtidor de ficciones, y allí se juega el concurso del intelectual frente al poder y a cualquier tipo de manipulación. Obviamente, este gesto tampoco tiene solo de Borges, sino también de cierto tipo de distanciamiento crítico inspirado en la obra de Bertolt Brecht e influenciado por la deconstrucción de Jacques Derrida y la psicología de Jacques Lacan; todo esto por aquello de obligar al crítico a mirarse ante el espejo, a tratar de reconocer la carpintería previa a su discurso e involucrarse en el hecho de que, finalmente, él mismo es también un ente de ficción.

Pasando de lleno a la generación de poetas-críticos de los 90: José Homero, Ernesto Lumbreras y Jorge Fernández Granados; constatamos que los tres —aun viviendo en plena época de los desbarajustes de las utopías, de las megalópolis como México DF y de la pérdida del aura—, son dignos herederos de la, supuestamente, poesía meditativa que caracteriza a estas latitudes. José Homero, por ejemplo, resume de este modo su poética: “Aun cuando como crítico escribo sobre el neobarroco, no sé, me oculta la necesidad de volver al poema las emociones y también de recusar tanta teoría y también ese escamoteo referencial vuelto tópico. El referente siempre será huidizo por más que se indique, ¿para qué la complicación?” (193-4). Que, en otras palabras, no es otra cosa que apelar a la lección magistral de César Vallejo, vanguardista no deshumanizado, que en su poesía aclimata —entre otras muchas cosas— la imposibilidad de hacer literatura (“quiero escribir, pero me sale espuma”); mejor dicho, el no querer hacer literatura, con un hedonismo por las palabras que le viene especialmente de Góngora. Algunos poetas latinoamericanos transitan actualmente por aquí, por esta productiva aleación de lo aparentemente disímil o contradictorio; fusión de poéticas, lo podríamos denominar, que es uno de los aspectos del típico hibridismo posmoderno.

Por su parte, la reflexión de Ernesto Lumbreras tiene la principal virtud de reflejarse también en sus poemas (estos van, reiteramos, después de la exposición y entrevista a cada uno de los convidados). Y este no es un hecho banal, ni mucho menos, ya que en gran parte de la poesía en español de hoy día (incluida España), aunque especialmente en el Cono Sur, se confunde manifiesto con poesía o, a la inversa, creación de lenguaje con verborreica teorización. En ninguno de los otros invitados de su generación percibimos esta coherencia que, no está de más decirlo, no hace sino hablar positivamente del oficio de Lumbreras. En segundo lugar, resaltaríamos algo que ya encontrábamos, aunque nomás insinuado, en la intervención de Víctor Sosa, y es el asumir de un modo más funcional —y sin énfasis— propuestas como la siguiente: “Me agrada la idea de que el poeta es una anécdota del poema” (216). Postura, sin duda, de raigambre borgesiana (aquello de “el lenguaje y la tradición” en “Borges y yo” donde, a buena cuenta, lo imaginario es más consistente ontológicamente que la fama —”Borges”— y que la anécdota —”yo”—); pero, a su vez, combinada en el discurso y la poesía de Lumbreras con una franca apertura al mundo exterior y psicológico (testimonio, sentimiento, experiencia, obsesión, etc.), tal como se nos revela en este singular pasaje: “La poesía es destino, es una metáfora de la luz. Pero, no siempre al abrir una ventana se le encuentra. A veces, ocurre a menudo, se nos presenta como una legión de fantasmas, al cerrar esa misma ventana” (216). Es decir, en la obra de Lumbreras creemos se cumple aquella aclimatación de la que también hablábamos antes, la coincidencia, aunque sea efímera, de Borges y Vallejo.

Por su parte, Jorge Fernández Granados, después de autoproclamarse en su tratado “un prejuiciado romántico” (225), intenta trazar —aplicando, aunque con creativas variantes, el ABC of Reading de Ezra Pound— un esquema de lo que es la poesía mexicana contemporánea. De esta manera, en consonancia a los conceptos usados por Pound en su estudio (phanopoeia, melopoeia y logopoeia), Fernández Granados postula que cada una de estas diferentes —y no pocas veces complementarias, aunque una de ellas sea la predominante— maneras de “cargar el lenguaje con sentido al grado máximo” se encuentran en México distribuidas históricamente por regiones: “Norte: la imagen [phanopoeia]. Sur: la experiencia [referencial]. Oeste: el vocablo [¿melopoeia?]. Este: la idea [logopoeia]” (232). Puntualizando el crítico, entre otros curiosos razonamientos, que respecto a la poesía del oeste: “Con la sola y enorme excepción de Octavio Paz, parece que los Constructores de lenguajes no provienen de movimientos o escuelas que hayan tenido en México mucha fuerza. Por esto mismo, resulta significativa su conformación y vigencia en la generación emergente de poetas mexicanos” (236). Y concluyendo que es la logopoeia, o “poesía del intelecto”, la que mejor se ha aclimatado a este suelo: “El núcleo radiante en la tradición de la poesía mexicana que alimenta esta región es la generación de los Contemporáneos” (237).

No es lugar aquí para discutir en detalle este esquema de Fernández Granados. Solo nos restaría agregar que nos parece sugestivo; aunque, haciendo la salvedad de que a su perspectiva estructuralista le falta, lamentablemente, el específico sustrato socio-cultural de México; lo que haría que su phanopoeia, melopoeia o logopoeia no sea intercambiable, por ejemplo, con la de Argentina, Bolivia o Brasil. En general, este aspecto socio-cultural está descuidado o soslayado —poniendo énfasis, casi exclusivo, en el aporte cosmopolita— por la mayoría de los entrevistados. En todo caso, dicho esquema sirve para comprender, un poco más, al menos la poesía de su propio autor. Aunque los poemas que se incluyen en esta antología ilustran, s bien, el paso que va de su prejuiciado romanticismo a su prejuiciado intelectualismo, en nuestra reseña sobre Reversible Monuments: Contemporary Mexican Poetry ya habíamos mencionado que en Fernández Granados hallábamos: “Hedonismo por las palabras de ascendencia barroca; aunque su poesía trasluce muy poca experiencia vital. Neobarroco —más bien lite— demasiado elocuente y, sobre todo, fatalmente libresco”. Efectivamente, muy poco convincentemente romántico, desde el principio parece haber habido, en este autor, el avizoramiento de una salida por el intelectualismo.

Conclusión

En general, después de este corte oblicuo a Poética mexicana contemporánea, comprobamos lo que para la poesía mexicana de esta misma época ya antes habíamos observado: la flagrante vigencia de la obra de Octavio Paz, es decir, de su legado neorromántico, surrealista o pre-industrial. Tal como allí mismo nos advertía una voz anónima: “los mexicanos no tuvimos ojos para lo demás, el expresionismo abstracto, el pop art, el happening transformado en performance. Las nuevas lecturas fueron ignoradas por ese deslumbramiento ante el surrealismo” (Granados 2003), algo análogo ocurre también con la crítica, por lo menos con la que tenemos a mano en este libro de Víctor Toledo. Sin embargo, junto con esta falta general de sentido del humor —que se toma demasiado en serio, solemnemente, a la poesía y al poeta—, advertimos también, particularmente entre los más jóvenes, algunas voces lúcidas y auténticas; sobre todo quizá las de José Homero y Ernesto Lumbreras. La del primero por lo sanamente adolescente, desinhibida, y probablemente no menos certera: “Los poco reflexivos poetas mexicanos se juzgan ahora críticos solo porque pergueñan temas de la filosofía negativa y salpican sus notas con referencias a la vanguardia, a Girondo y Wittgenstein, como antes citaban a Bachelard. Es claro que quien no tiene ideas no puede escribir. Yo me cito a mí mismo” (197). La del segundo porque creemos que es, y probablemente no solo en el ámbito de esta antología, la más integrada de todas, típica de un sujeto que ha encontrado sentirse a gusto en su propio pellejo, el de ser un reflexivo poeta y, a la vez, un inspirado lector.

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TALLER DE POESÍA: EL MICROCHIP POÉTICO (en CHICLAYO)

Precisiones sobre el ritmo, la fusión simétrica y el desnudamiento del yo
Imparte: Pedro J. Granados Agüero, PhD (Boston University)
¿Escribes sobre tus emociones o dejas que la materia misma respire en tu sintaxis?
Gran parte de la poesía contemporánea padece un malentendido de origen: confundir el hecho poético con la anécdota adjetivada, la pose ideológica o la catarsis privada. Escribimos sobre las cosas, pero permanecemos trágicamente separados de ellas.
El «Microchip Poético» no es un artefacto digital ni una prótesis tecnológica; es la activación de un dispositivo somático, intuitivo y rítmico que se enciende cuando apagamos la interferencia del yo anecdótico para dar paso a la frecuencia del ritmo. Cuando el microchip se activa, ocurre la fusión (melting): la frontera entre el sujeto que percibe y el mundo percibido se disuelve.
Este taller es un laboratorio intensivo diseñado para desaprender la representación tradicional y adentrarse en una poética posantropocéntrica, simétrica y viva.
¿Qué abordaremos?
• Sesión 1: La amputación de la anécdota y la desinstalación del «Yo»
Desarticulación del egocentrismo sentimental. La tijera autobiográfica frente a la densidad del lenguaje.
(Lecturas: César Vallejo, Alejandra Pizarnik)
• Sesión 2: El Melting y la perspectiva no-humana (Multinaturalismo)
Hablar desde la cosa y no sobre la cosa. El acoplamiento con la materia viva sin la trampa de la personificación.
(Lecturas: Eugenio Montale, Clarice Lispector, Eduardo Viveiros de Castro)
• Sesión 3: El ritmo como ecualización somática
El ritmo no como métrica rígida, sino como respiración, tensión fisiológica y choque de frecuencias sintácticas.
(Lecturas: Luis Hernández, Enrique Verástegui, Paul Celan)
• Sesión 4: La IA como espejo no-antropocéntrico y el poema expandido
Uso de la Inteligencia Artificial como laboratorio para auditoría de clichés, detección de automatismos y consolidación de la firma expandida.
(Lecturas y dinámicas: Pensamiento simétrico y pruebas de alteridad sintáctica)

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“Y ME QUEDÉ VALLEJO ANTE MUCHAY”: UNA BIOGRAFÍA MULTINATURALISTA DE CÉSAR VALLEJO

La ética periodística de César Vallejo Perú La Libertad | CULTURA | CORREO

La reciente aparición del ensayo «“Y me quedé Vallejo ante Muchay”. Hacia una biografía multinaturalista» en la revista Allpanchis (DOI Oficial: https://doi.org/10.36901/allpanchis.v53i97.2704) no es un trámite académico más dentro de la ya abultada bibliografía vallejiana. Se trata, en rigor, de un desmonte epistemológico que desarticula el canon biográfico tradicional —aquel empeñado en encasillar al poeta en etapas lineales, evolutivas o puramente ideológicas— para restituir a César Vallejo a su suelo nativo: un universo simétrico y multinaturalista.

El punto de inflexión del trabajo se sitúa en la relectura de la crónica «Un atentado contra el regente Horthy», redactada por Vallejo durante su periplo europeo entre 1924 y 1929. Frente a la miopía de la crítica ilustrada, que solo ha sabido ver en este periodo un tránsito mecánico hacia el marxismo o una mera crónica de consumo periodístico, el ensayo revela una maniobra radical encarnada en la figura de Ossag Muchay. Bajo este ropaje otomano o centroeuropeo, Vallejo reconoce y activa la raíz quechua muchay («reverenciar» o «adorar»). Lejos de ser un mero adorno estilístico o un juego verbal, esta operación constituye una traducción inversa que des-occidentaliza al sujeto histórico para re-culturalizarlo en una ontología andina.

Lo que el artículo demuestra  —articulando el perspectivismo multinaturalista de Eduardo Viveiros de Castro, la antropología de Philippe Descola y la deconstrucción de la firma en Jacques Derrida— es la existencia de una persistencia ontológica en la escritura vallejiana. La experiencia del viaje europeo no borra ni reemplaza el sedimento andino, sino que lo expande. La adscripción a la causa social y al marxismo no supuso la abdicación de la memoria mítica, sino su síntesis en un pensamiento simétrico donde lo humano, lo vegetal, lo animal y lo mineral coexisten en un plano de equidad, libre de subordinaciones antropocéntricas.

Al posicionar a Vallejo «ante Muchay», el ensayo introduce el concepto de la «firma expandida». Vallejo no firma únicamente con el nombre de su fe de bautismo; firma desde el ancestro, desde la materia viva y desde una resistencia postantropocéntrica que interpela tanto al dogmatismo político de su época como al positivismo de la academia contemporánea.

Enmarcado en el dossier en homenaje al antropólogo Alejandro Ortiz Rescaniere, este texto prueba que la vanguardia de Trilce y de las crónicas europeas no fue una simple importación de las modas parisinas ni una pirotecnia formal, sino la manifestación de un mar de fondo multinaturalista. Una lectura imprescindible que resitúa la obra de César Vallejo en el centro de los debates continentales sobre la ecología del lenguaje, el pensamiento simétrico y las poéticas de la liberación.

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LA DAMA BURGUESA Y LOS SOCIÓLOGOS: BLANCA VARELA, EL CAMPO POÉTICO PERUANO Y LA APERTURA MULTINATURALISTA

CASLIT

Resumen:

El presente ensayo propone una relectura desmitificadora del campo poético peruano de la segunda mitad del siglo XX a partir de la tensión generada por las declaraciones críticas de Blanca Varela sobre la intermediación de poetas-críticos —como José Antonio Mazzotti y Eduardo Chirinos— en la academia norteamericana, y la subsiguiente respuesta defensiva de los sectores vinculados a la poesía sociológica y de grupo (Hora Zero, Kloaka). Lejos de validar la dicotomía tradicional entre la “pureza existencialista” de la Generación del 50 y el “realismo visceral/militante” de las promociones del 70 y 80, este estudio demuestra que ambos bandos compartían una misma matriz epistemológica: un horizonte estrictamente urbano, individualista, burgués y antropocéntrico. De un lado, se analizan los límites formales de Varela, cuya poesía —aun abierta referencialmente al barro y lo animal— permanece tributaria de los moldes de Octavio Paz y no alcanza la disolución ontológica de Clarice Lispector ni el desnudamiento somático de Alejandra Pizarnik. Del otro, se desmonta la hipertrofia del yo en los gonfaloneros del realismo (Tulio Mora, Mazzotti), cuya trinchera sociológica redujo el poema a disputa por el poder simbólico y discurso de ocasión. Finalmente, el artículo sostiene que el agotamiento de esta querella bifronte abrió, por omisión y saturación, el verdadero espacio de la poesía peruana contemporánea y venidera: un eje multinaturalista, simétrico y posantropocéntrico que reconecta con el futuro-pasado remoto de la memoria ancestral.

Palabras clave: Blanca Varela, poesía peruana, sociología literaria, antropocentrismo, Octavio Paz, Hora Zero, Kloaka, multinaturalismo, pensamiento simétrico.

(iN PROGRESS)

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LIBRO DE HORAS/ GABRIEL ESPINOZA SUÁREZ

Un libro de horas (también denominado horarium) es un tipo de manuscrito iluminado muy común en la Edad Media. Suele contener textos de rezos, salmos, así como abundantes iluminaciones alusivas a la devoción cristiana.  Wikipedia

Lo que de iluminado tiene este horarium limeño es la fuerte presencia de varias Marías Santísimas; las cuales constituyen toda una red femenina –la esposa, la madre: “ Como ellas, atravesaría las nubes en silencio, como si un pensamiento me estuviera pensando” – e incluido aquí lo que de mujer tenga el propio sujeto poético.  Esto último, sutilmente revelado a través del ama de llaves en que –literal y de modo reiterativo– aquél se nos muestra en estas páginas.  Ergo, Trilce I (“Quién hace tanta bulla”) se troca aquí con un: ¿A DÓNDE VAS?, me preguntó mi esposa… Ella ya sabía a dónde iba”. Textos liminares en los cuales un sujeto poético va solo, aunque luego se halle ante la infinitud de todo un archipiélago simétrico; y el otro se presente, desde el pitazo inicial (Espinoza también habla de fútbol), muellamente acompañado con su lado femenino, el cual se denomina aquí “esposa” (un tanto en paralelo a aquélla de los poemas del mexicano Edgar Artaud Jarry).  Si en sinapsis con Inkarrí, la presencia de Otilia Villanueva es también una constante en el libro de 1922, será recién en Trilce LXXVII, una vez superadas las zozobras con su amada, donde eclosionará la portentosa y germinativa presencia de la pareja de Inkarrí.  Es decir, donde el sujeto poético va ahora, íntima e indisolublemente, acompañado por su Coya. En este sentido, el poemario de Gabriel Espinoza Suárez sería como una continuación de Trilce.  Hecho que, por lo demás, no debería sorprendernos ni extrañarnos tratándose ambos de libros que experimentan las primicias de la luz, por no decir que van iluminados.  P.G.

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EL DESNUDAMIENTO CONTAMINADO EN LA CRÍTICA

Si el paper contemporáneo se ha convertido en el epítome de la “limpieza” burocrática (un artefacto hiper-regulado, indexado, ciego al contexto y diseñado para no contaminarse con la realidad exterior), aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica literaria no solo es posible, sino urgente. Significa una insurrección metodológica.

Podemos articular cómo opera esta contaminación crítica frente al monopolio del paper en tres frentes:

1. Contra la asepsia del “sujeto neutral” (El crítico encarnado)

El paper exige un sujeto discursivo castrado: una tercera persona neutra, una voz sin cuerpo ni geografía que finge hablar desde ninguna parte. El desnudamiento contaminado en la crítica implica escribir con el húmero. Significa que el crítico se asume como un cuerpo afectado: canoso, incrédulo, apasionado, situado en una Lima de ahora o en una carretera Paraná adentro. La crítica contaminada no oculta sus condiciones de producción (el hambre, la pillería de la sociedad literaria, el asombro); al contrario, las exhibe como la única garantía de honestidad intelectual.

2. El desmontaje de la cita-escudo

En el paper monopolizador, la cita a pie de página ya no es un diálogo, sino un blindaje o un trámite burocrático (el famoso impacto de citas). Es una arquitectura rígida que tapa el hueso. El desnudamiento propone una relación promiscua y horizontal con los textos: contaminar la teoría con la vida y la vida con la teoría. Lorca en su cueva de Altamira o Vallejo con los pies desnudos sobre la playa de Barranco no son “objetos de estudio” estáticos a los que se les aplica un marco teórico europeo; son interlocutores vivos que violentan el presente del crítico.

3. La forma-insecto frente a la forma-plantilla

El paper encierra el pensamiento en una estructura previsible: Introducción, Metodología, Resultados, Discusión. Es una línea de montaje industrial. Frente a esto, una crítica contaminada adopta el Protocolo de la Hormiga: una escritura fragmentaria, simétrica, intuitiva, que avanza a ras de tierra pero mira a la Vía Láctea. Rompe la sintaxis uniforme de la academia porque entiende que el lenguaje formal —esa obsesión por que “el gato sea gato”— da lástima ante el hechizo del poema.

Aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica es transformar el ensayo en un huaco: un objeto ambiguo, andrógino, texturado por el barro, que desafía la pulcritud del maniquí de la tienda de departamentos que la burocracia universitaria nos quiere vender como conocimiento.

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EL DESNUDAMIENTO CONTAMINADO (Y LA SOLEDAD IMPURA)

“Escribir no con la cabeza domesticada por el primor sintáctico, sino con los pulmones: un arte respiratorio que asume el abismo del papel desde la plenitud de la cotidianidad y los pozos de la zozobra”.
Nos topamos hoy con la necesidad urgente de renombrar al arte de la poesía. O, acaso, constatar que de esto se ha tratado siempre: un gran poeta no continúa una inercia lírica, sino que reinventa el arte desde sus cimientos a pesar de que las instituciones asimilen su propuesta a ese nombre secular y domesticado.
¿Qué es lo que hace o a qué denominamos usualmente “poesía” en el circuito oficial? A un dispositivo de autoafirmación burguesa y pacificación afectiva. Es el living donde el sujeto lírico enfoca directamente sus sentimientos de forma transparente y legible; echa mano de una sintaxis a la que trata con primor coreográfico; y construye un espacio de complacencia donde el yo finalmente se distiende y, pase lo que pase, siempre “tiene razón” y sale absuelto. Esa es la poesía como narcótico.
El reverso de la pancarta: La denuncia como indulgencia laica
Paradójicamente, la denominada poesía militante o de “denuncia” encaja a la perfección en este mismo formato utilitario, volviéndolo incluso más abstracto y descarnado. Lo que se presenta como el reverso radical de la boutique lírica comparte su misma estructura profunda. Aquí, la utilería de moda se cambia por la pancarta, pero el poema sigue operando como una transacción moral para la descarga del sentimiento de culpa.
Al apropiarse de una causa justa (la periferia, la opresión, la miseria), el yo no la encarna en su áspera y contradictoria materialidad, sino que la instrumentaliza para eximirse del desastre. Al denunciar el horror del mundo desde una atalaya resguardada, el intelectual limpia su conciencia y se sitúa en el lado correcto de la historia. El dolor real de los cuerpos se evapora, transformado en una entelequia teórica y en una consigna predecible. Si en la lírica confesional el yo tenía razón por su sensibilidad herida, en la poesía de denuncia tiene razón por su superioridad ideológica. En ambos casos, el tribunal de la complacencia queda intacto y la ontología del lector jamás es alterada.
La genealogía de la impureza: De la carne a la fijeza
Frente a este doble engranaje del consuelo —el del neón comercial y el del panfleto abstracto—, la operación de una vanguardia real y local postula el desnudamiento contaminado. Esta categoría teórica coincide significativamente con un núcleo fundacional que ha guiado mi praxis poética desde siempre: la soledad impura.
Pensar y escribir con los pulmones significa arrancar la palabra de la gimnasia verbal y el exhibicionismo culturoso para devolverla a su peso somático. La soledad no es impura por un capricho conceptual, sino porque está constitutivamente mezclada con la contingencia: está a medias sola y a medias acompañada; convive con el recuento de la historia familiar, la crónica de la trashumancia, el asalto del frío de Boston o el calor de Santa Cruz de la Sierra. Es una poética que prescinde de las nostalgias de espacios ideales o epifanías inmarcesibles. No hay un lugar ni un tiempo ideal: lo que hay es el abismo del papel y la inminencia de nuestra propia extinción.
Esta impureza es la que permite encabalgar con naturalidad el erotismo y la muerte, la zozobra y la verdad grabada a pulso, como cuando en el poema a mi hermano Eduardo la muerte se confunde con los ojos en blanco de una morena en cualquier esquina de la trampa que ha sido el Perú. El afecto se queda a la intemperie, sí, pero preserva su dignidad frente al reino de las apariencias y de los estados unidos virtuales.
La poética áspera y oblicua
El desnudamiento contaminado, arraigado en esa soledad impura, desmantela el tinglado letrado desde la raíz:
-El enfoque oblicuo: El sentimiento no se expone como una mercancía limpia; irrumpe distorsionado por la fricción de la materia. Es la boca atragantada con tierra en Pachacámac o Samaypata, donde el afecto está contaminado por el desconcierto biológico y la finitud.
-La sintaxis rota: No hay primor ornamental ni sumisión gramatical. La sintaxis se tuerce y colisiona porque el cuerpo del viviente, con su “cara de perro”, no cabe en los moldes higiénicos de la metrópoli.
-El Yo abofeteado: El sujeto poético no sale a ganar el debate ni a dictar sentencias morales desde el banquillo. Sale expuesto, desnudado en su limitación. Ante la muerte del hermano Germán, el poema no es una lección de filosofía, es una mano que se abre y exhibe las entrañas, una renuncia a toda distensión burguesa para abrazar la fijeza mineral de la pérdida.
La vanguardia vallejiana profunda —y la estirpe en la que nos reconocemos— no es revolucionaria por la corrección política de su tema, sino porque destruye la sintaxis misma que sostiene la ilusión de ese yo ordenado y virtuoso. El desnudamiento contaminado no busca que el yo tenga razón ni ofrece un callejón sin salida ideológico; mete la mano en el barro de la contingencia para tocar el húmero de la vanguardia, recordándonos que la verdadera transformación —el Pachakutiy— no nace de una idea bienintencionada, sino del vuelco ritual, descarnado y profundamente impuro de la materia.

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