Literatura digital: prácticas creativas y procedimientos en la literatura latinoamericana contemporánea

Anahí Ré, José Aburto (centro) y Luis González

Luis Felipe González, “Poemas en clave twitter: @poetatuiteame y @Elhombredetweed.  Aportes a la poesía colaborativa”.  Universidad Santo Tomás, Colombia.

Poesía en clave de twitter, redes sociales y otras plataformas digitales.  Importancia, otra vez, de la forma (como en la poesía concreta).  J.L.Borges como horizonte de expectativas: toda la literatura no son más que tres o cuatro metáforas que repetimos y combinamos.  Una aplicación fue, por ejemplo, la interconexión entre twitter y reggaeton (sus letras románticas o pegajosas) para incentivar la lecto-escritura en el aula.

Pregunta:

-Cuando trabajamos con la gente en los talleres de creación literaria–en aras de romper el yo clasista y autoritario, e ir ejercitándonos en una democracia más perfeccionada– cabe superar lo lúdico o el boutade, o  lograr esto último es ya de por sí suficiente.  O, en otro caso, al trabajar con la gente cabe superar la “poesía de auto-ayuda” (tipo Acción Poética).  Si es así, ¿cómo?

Anahí Alejandra Ré, “Instrucciones de uso en la poesía digital (o de cómo desprogramar la lectura)”.  Universidad Nacional de Córdova, Argentina.

Como su nombre lo indica, Ré propuso rescatar el gesto libérrimo del lector ante el pacto de lectura (Lejeune); con la salvedad de que no podemos soslayar del todo el manual de instrucciones porque, si no, caeríamos en el caos.   Desarrollar nuestros propios artefactos (Deleuze), por lo tanto, tiene sus inevitables límites.  Contactos con Rayuela y, más bien contra, los Manifiestos vanguardistas.

José Aburto Zolezzi, “Murmullos, corpus abierto de poesía escrita en forma digital”.  Poeta peruano.

La materia o el soporte modifica el significado.  El blog sería el límite (hacia abajo) de la literatura digital.  Su proyecto “Murmullos” –el más reciente, entre otros análogos  desarrollados desde hace varios años–  se propone construir un Instagram de Poesía.  Es decir, y al margen de la posible calidad de la misma, busca integrar todo lo escrito en verso.  Además de pretender reunir, como en torno a una gran familia, a todos los que practican poesía en verso (novatos y consagrados, basta con que hayan publicado algo en la Internet).  A esto último describe como: “nueva utopía para el texto poético”… conectar poemas con las personas interesadas o militantes en la poesía.  Expositor, por lo demás, muy  solvente en el tema.

Preguntas:

-El caleidoscopio –y en especial el casero, hecho con un cono de cartón– no sería, si no de modo exclusivo, un antecedente de este sugestivo juego con monemas a los que incluso podemos añadir color.

-“Murmullos” transita por la estilística cuantitativa (Ej. Meo Zilio contando cada uno de los huesos de César Vallejo); pero sería posible agregar o deslizar hacia este formato una, más bien, cualitativa, social, contextual o política.  Cabe valorar en la Internet o sólo debemos, por principio democrático, incluir –y difundir– literalmente todo lo que viene.

-Durante la exposición de José Aburto pensaba, aunque de modo intermitente, en Carlos Argentino –autor del poema “La tierra”, en el cuento El Aleph de J.L.Borges–.  El afán de ser puntilloso o exhaustivo puede ser (o más bien es) un sofisma.  La poesía es el atajo por excelencia; semejante a una pequeña esfera brillante –donde podemos ver, y en tiempo real, cada uno de los granos de arena de una playa– y no un mapa.  Aunque un buen archivo, acaso, bien nos podría ayudar.

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La pandemia literaria

Julio Ortega, La comedia literaria.  Memoria global de la literatura latinoamericana.  Lima: PUCP Fondo Editorial/Tecnológico de Monterrey, 2019.

En una entrada anterior de nuestro blog, citábamos puntualmente al autor de este archivo-memoria-autobiografía-documento de época-“carta al rey”-cuita al desocupado lector:

“Me doy cuenta ahora de que cada tanto yo cambiaba de opinión, y me llenaba de remordimientos: después de preferir la poesía de Rodolfo [Hinostroza], me resultó algo sobrescrita; después de preferir la de Antonio Cisneros, me pareció algo astuta; y después de preferir la de Lucho Hernández, me sorprendió la candidez de su ingenio”

Y, al respecto, concluíamos lo siguiente:

Fino comentario de parte del que desde hace tiempo es un claro maestro; fino y oscilante y tentativo y no menos exacto.  Por este motivo Julio Ortega, a diferencia de otros críticos que más bien calculadamente  la auspiciaron, no ha creado escuela, ni discípulos directos.  El legado de su lectura, en tanto “comedia” se opone a (a)cademia, es finalmente dialógico y antiacadémico.  A modo de la  concentración y seriedad con que los niños juegan.

Sin embargo, es obvio, nos quedamos muy cortos en la reseña.  Es decir, salta a la vista que el discurso de Ortega, aunque de empaque “aterciopelado”, tiene varios niveles yuxtapuestos de lectura, por lo menos tres.  El primero, patente, es el de los ingentes datos y anécdotas, aquella militancia trasatlántica y “memoria global” del título de este libro, que el narrador sortea  sobrio; es decir, en pleno control argumentativo y emotivo.  Mesura profesional del docente universitario; tamizada por una fe o, por lo menos, permanente confianza en un diálogo de estirpe gadameriano.  El segundo nivel, constituye propiamente la percepción de la academia en tanto “comedia”, explicado de modo sucinto más arriba.  Zambullida y sostenida ironía de un sujeto antisistema o contracultural; pero uno muy especial ya que, al menos entre los prototipos de los años 60′, Julio Ortega –de Chimbote a Providence– jamás encarnó ninguno de ellos; salvo el de proponernos aquí una especie de biblioteca alternativa o paralela a la canónica.  La tercera lectura sería propiamente el grito –Papa Inocencio X bajo los ojos de Francis Bacon– ante el residuo aceitoso que queda de la vida y de incluso el ejercicio u honra de cualquier vocación; ergo –en tanto escritor o docente– también aquella que nos convoca  a asumir la vida literaria.  En suma, la constatación de la calidad fugaz de lo temporal.  Aunque no definida ésta en tanto vanitas, de ascendencia barroca; sino, tal como también en el caso de José Emilo Pacheco celebrando a su admirado T.S.Eliot: “en la más contemporánea [y no menos clásica] de la definición de lo humano como lo más precario”.  Precariedad, en el caso de La comedia literaria, asimismo vinculada a un mito inscrito en el paisaje o escena reiterativos en la narración; no necesariamente expresados de un modo concreto y puntual, sino diluido y transversal.  Estupor y desconcierto semejantes al que, en ocasión de haber involuntariamente traicionado la confianza de uno de sus entrevistados, y ante la secular indiferencia de la institución de la prensa en el Perú, un joven periodista Ortega nos confía:

“Mi humillación fue total.  Mi derrota, imparcial. Mi vergüenza, completa.  Sin saber qué hacer, salí a caminar el amargo centro colonial de Lima, y nunca más volví al diario [al Perú].  Pateaba yo las calles negras, húmedas, roídas, heridas de una suciedad atávica, de una basura hecha argamasa, escenario de una sociedad banal y perversa, o peor aún, inocentemente maligna, alegremente canalla”

Es aquella percepción de la literatura y de la vida literaria –o de ésta en tanto “comedia del arte de hacer comedias”– a la que a este nivel se torna en  “pandemia”; es decir, algo asimismo proclive, y de ningún modo inmune, a ser afectado por el virus de lo fugaz.  Y, por lo tanto, de aquí su consecuente ironía.  Y ulterior exhibición y, en simultáneo, expandido maquillaje sobre aquella fugacidad o fragilidad a pesar del aparente enhiesto  Aleph de escritores, profesores, libros, almuerzos, viajes, llamadas telefónicas, becas, un cangrejo gigante –y bastante colorado– en medio de un plato de caldo humeante.

Sin embargo, aquello que prima para nosotros será aquel fascinante archivo de información que constituye este libro.  Ingentes datos apócrifos, sagaces reflexiones, jocosas anécdotas, sobre el mundo literario que a Julio Ortega le tocó leer y a muchos de sus protagonistas acompañar.  Notas que reverberan como desde un sincopado y espeso cajón peruano.

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¿Qué pretendía Juvenal Agüero?

Juvenal y amigos en Marcahuasi, hace un huevo de años.

A modo de Daniel Alcides Carrión, aunque en el área de las Humanidades o de la poesía peruana, Juvenal Agüero se auto-inoculó el virus del anonimato.  Entiéndase, el manejarse sin grupete de amigos o de colegas en esta área y, lógico, lo esfumaron de ciudad y campo.  Corre ya el año 2020 y, al menos en el Perú (su patria), Juvenal es un total desconocido y, en respuesta a esto, debe ganarse tenaz y meticulosamente la existencia.  Objetivo cumplido, entonces.  ¿Qué pasó, qué demostró?  Que la literatura no la hacen los individuos, sino las instituciones por más equivocadas o periclitadas que éstas sean.  Que cuando un determinado autor (si es que esta categoría aún debe permanecer) se adapta o se maneja en consonancia con alguno de aquellos clanes o grupos todo puede ir sobre ruedas; es decir, uno entra en el canon y se coloca en algún punto del partidor.   Pero si no.

Un  desencuentro clave de Juvenal, iba a decir una de las principales fugas en la sinuosa cañería de sus desgracias, se produjo de modo muy puntual.  Corría el año 1994 y a  Juvenal no le agradó la poesía de una colega.  No recuerda qué gesto improvisó en la cara; pero éste no le gustó  en absoluto al yerno de aquella poeta, uno de los dueños de El comercio, que le devolvió la mueca elevada al cubo y deletreando entre los labios algo aquí indeletreable.  Obvio, Juvenal se jodió ante el 80 o  casi 90% de las comunicaciones en el Perú.  Aquella suegra de yerno tan suspicaz y Juvenal, junto a otros dos poetas locales, leían en el “Encuentro con la Poesía Hispanoamericana” organizado por la Universidad de Lima aquel mismo año.  Dicho sujeto se  sentaba en primera fila y, para ser más precisos,  justo frente al lírico escenario.  Festival del dramático –arrivederchi, sobre una  silla de ruedas, de Emilio Adolfo Westphalen ante un numeroso y compungido público; aunque el autor de Las ínsulas extrañas sobreviviría, gordito y contento y por unos diez años más, por las oportunas y múltiples atenciones que le prodigaron en la clínica Maison de Santé del distrito de Chorrillos.  Ahora, ya no con El comercio, sino frente a la ancha base de la pirámide del Perú que constituye la  Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), no nos explicamos por qué Juvenal cayó de pronto tan mal allí.  Hasta el extremo que ni compartiendo semejante vaso de chicha morada y respectivo pan con palta, en análogos kioskos del campus, sus colegas de Letras  –por un par de años (2018-2019) el protagonista de Prepucio carmesí enseñó redacción en EE GG Ingeniería– no lo hubieran invitado siquiera para hablar de  “Huaco”, de Los heraldos negros, poema vallejiano sobre el que Juvenal era muy elocuente y no menos persuasivo.  Pregunta acaso demasiado extensa para respuesta sumaria.  Juvenal jamás acreditó en orientaciones  neo-hispanas ni neo-indigenistas; ni en, programáticamente, pitucas o damnificadas.  Ambas actitudes, creía Juvenal,  atentaban contra el libre pensamiento y la inmotivada alegría; auténtica medida de lo humano, añadía para sus adentros aquel ex vecino del barrio de Breña.  El problema estriba siempre en cuanto, a costa de tanta anuencia, nos vamos cargando de poder y poco a poco transformamos  nuestro complejo, único  y expresivo rostro en una vulgar cara de poto, perdón, de palo.

Por otro lado,  ¿cómo iba la química de Agüero con las actuales hornadas peruanas de escritores o periodistas o curadores o acróbatas de la cultura?  Amnésicas, orgánicas a la hora  del vitute y nerviosas por todo, obvio, ignoraban al arrecho irredento que fuera el del accidente con la cremallera (Prepucio carmesí) y el cual –¿acaso lo ignoraban?– precipitara el deceso del escurridizo beato, Martín Adán, justo en llegando al su postrer domicilio en el hospicio Canevaro (Juan Mejía Baca dixit).   Nada, pues, con los para siempre sub veinticincos ni sub treintas; ni con aquellos que pretenden ser filósofos a la hora de pergueñar sus versos, sin jamás haber aprendido, de modo paralelo y constante, del insondable arte zen de tender cotidianamente su cama.  Y en esto Juvenal no discrimina entre X e Y.  Mucha barba, la parafernalia de alguno de estos nuevos tabloides, para tan poca quijada…  chateaba Juvenal  hace poco con uno de los poquísimos amigos que le quedaban…refiriéndose a V & C, mosquitos aturdidos por su propio zumbido y atentos a la venia de los que mueven el asunto en Argentina o en México…  al otro lado del wasap alguien se cagaba de la risa.  Porque Mingo cada día y cada vez más, tormentosamente, sabe que es un farsante; como cada uno de los kloakas y, un poco más atrás, cada uno de los canillitas de HZ.  La cuarentena tendrá el mérito de obligarnos a sumir el estómago y despojarnos de lo prescindible, que es casi todo.  Otro sabroso libelo; aunque, esta vez, de parte de su harto desocupado interlocutor.  Coincidencias, más bien, que compartían de vez en cuando y de puro aburridos ambos amigos.

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Daniel Beteta: Poemas

Navegando entre mis archivos,  cuarentena por medio,  di con estos poemas de mi antiguo ex alumno de algún taller en EE. GG. Letras de la PUCP (no recuerdo las fechas exactas).  Luego, al curiosear por la Net para ver qué hubo de su vida, me doy con la grata sorpresa que –era de esperarse– ha llevado a buen puerto varias iniciativas artísticas, entre literarias y antropológicas, y que no ha menguado su dinamismo ni su exultante creatividad.   Por ejemplo, que ganó unos importantes  juegos florales de poesía en el Perú; que ha publicado varias novelas; que ha liderado un muy interesante proyecto integrador de las artes a nivel de la región (Cuaderno azul); que cultiva o cultivaba un blog desafiante: “la muerte miente”; o que tiene a su cargo, ahora mismo, la primera escuela de ukulele en su país.  Creo, aunque acaso el propio Daniel una vez los vea publicados me desmienta, que estos poemas son inéditos (los pasé yo mismo,  tal como estaban, de word al pdf).  Entre el fervor por Luis Hernández Camarero, lo que en poesía se hallaba de moda en Lima por aquellos años, y su don para mirar y escribir entre pliegues; el legado de estos poemas no es el absurdo, sino, más bien, algo así como una alegría venidera.  Y, por esto mismo, por el afán de compartir dicha primicia –hecha carne ya en nuestro poeta– es que ha necesitado difundirla, repartirla, socializarla por doquier y a través de distintos soportes.   De este modo, desde la lógica del derroche y el gozo, o de unas ciencias sociales a la altura de estas vivencias, es que podemos entender su acertado tránsito o ida y vuelta de la literatura a la antropología.  P. G.

P[1].Daniel Beteta

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OBRA NEGRA

“De tanto quejarnos del aislamiento de la literatura dominicana en el Universo no se sabe quién envió a Pedro Granados, el poeta peruano, a Santo Domingo, por allá por los años 90 del siglo pasado. Granados se encandiló con la poesía y con la gente dominicana y se jodió para siempre, que está preso por la guardiemón”

Clodomiro Moquete (Revista Vetas)

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Vallejo y cierta literatura argentina

Borges
Las “cosas” (anverso sin reverso) del poema “Reliquias” (Los conjurados), de Borges, son semejantes a Trilce LXIX: “anverso/ de cara al reverso”. Es decir, para ambos poetas todo es puro significante; la membrana móvil del mar en Vallejo, o la Penélope ya sin cara –sin mirada y, por lo tanto, sin “reverso”– serían equivalentes.

Cortázar
Probablemente quien mejor ha aprovechado el legado vallejiano –no sólo de Trilce, sino desde Los heraldos negros— es la cuentística de Julio Cortázar. En lo fundamental nos referimos a la manera de aprovechar el oxímoron; el de aclimatar, de modo efímero, y no menos contraponer dos significados en una palabra o frase. Por ejemplo, en “Continuidad de los parques”, aquel principio de yuxtaposición semántica hace posible que, en efecto, estemos al final del cuento ante dos posibles desenlaces: el amante mata a su rival, por pasión, o no lo mata porque, en última instancia, duda de la sinceridad de la mujer, cae en la cuenta de la manipulación de ésta. El mismo título de este relato estaría ilustrando, didácticamente, tal recurso del oxímoron. Aquella “continuidad” no aludiría sólo a la estructura de dos espacios –el del “lector” y el de la “novela” o “cabaña del bosque”– los cuales, juntos, en realidad constituyen sólo uno  y abierto al espacio de cada lector ante el cuento de Cortázar.  Sino también, tal recurso al oxímoron, en la posible hermandad semántica intrínseca  entre los opuestos.

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César Vallejo musical

Mención necesaria y liminar, en este ensayo, merece el famoso artículo de Xavier Abril (“Vallejo, la música, exégesis del poema XLIV de Trilce, el influjo mallarmeano y la crítica”) (Abril 63-91).  Título y palabras claves, a un tiempo, que nos permiten asentir en lo sustancial con aquel talentoso crítico peruano, sobre todo con su postura contra la “incuria ultraísta” o vanguardista según la cual Vallejo –en Trilce— renunció a la música.  Aunque, no asentir, en el focalizado y sistemático fervor mallarmeano que Abril cree entrever en la poesía del autor de Los heraldos negros.  En síntesis, acierta el autor de Exégesis trílcica, cuando percibe aquel  poemario de 1918 en franco “acatamiento rubeniano” o verleniano y, no menos, pleno de “referencias musicales”.  Ni sólo Mallarmé –aquello de que no se trata ya más de “trozos sonoros regulares o versos, sino de subdivisiones prismáticas de la Idea”– ni únicamente la música culta o europea constituyen aquello que satisface a plenitud al “melómano” Vallejo.  Sino que fue también, y sobre todo, la música popular o cotidiana o incluso “mítica” (glosolalias cuyas ondas, según Paul Zumthor, persisten aunque la cultura que las originó haya históricamente desaparecido) a lo que César Vallejo, en lo fundamental, y en toda su riqueza y complejidad, supo prestar oídos.

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Vallejo/Oswald: Trilce antropofágico/ Amálio Pinheiro

O festim antropofágico da Lima de Vallejo era uma mescla dançante e musical que se insemina como pauta sonora em Trilce. Nem os traumas classistas da miscigenação (“Eres cholo y basta”, diziase na Colônia), poderia impedir essa abrupta confluência disonante de vozes populares e versos múltiplos ao mesmo tempo descentrados e compactados, em estado de máxima festa barroquizante. Pedro Granados chega acertadamente a falar “en el baile de jarana que es todo este libro” [2017], a começar pelas entranhas sonoras do próprio título.

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