
Al recuerdo de mi madre
Ver al otro envejecer
Como un estilo como una canción
Como una película que te dio
A la salida del cinema
Un resto de inspiración fuerza u orgullo.
No vale lo que sentirás luego
Antes que el cuerpo incline la cabeza
Y apague el aliento
Y tú no acredites lo que ves
Ni menos a lo que ahora te aplicas:
Poner horizontal al cuerpo
Y juntar sus como lejanas manos
Mientras su corazón aún te mira.
Entre el tiempo pasado
Y el futuro más remoto
Todavía
Entre el vértigo de lo que uno no es
Sino sólo nuestra madre
Y su émbolo
Y el carrusel de sus brazos
Para mirar
Entre las musarañas y el mal
Entre lo mío lo propio
O el desasosiego
Una mano abierta
Mariposa o picaflor
Nos revolotea y nos hace reír.
Escribo pero no te escribo
Es redundante
Restauro el cordón umbilical
Que está partido
Que está enterrado
Y a eso me avoco
Porque así se está dando
Y porque he llegado a viejo
Mi perro muy inquieto
Ausculta mi cabeza
Ausculta mi mirada
Ausculta mis lágrimas
Y por fin se sosiega
Y mueve blandamente la cola
Y se esfuma como una lagartija
Pedro Granados, ROXOSOL (Arequipa: Cascahuesos, 2018)
VER AL OTRO ENVEJECER: RESTAURAR EL CORDÓN UMBILICAL
Mientras la poesía de gabinete necesita «restar sentido al sentido» para disimular su falta de sangre, «Ver al otro envejecer» (Roxosol, 2018) demuestra que la verdad del poema no se calcula en una pizarra: se padece y se encarna.
Frente a los juegos de artificio de la cofradía, aquí la escritura toca la tracción física de la muerte y el cuidado: «Poner horizontal al cuerpo / Y juntar sus como lejanas manos / Mientras su corazón aún te mira». La pérdida no es un «efecto de texto» ni un retruécano metalingüístico; es un peso real que obliga al cuerpo a inclinarse.
Inmanencia y cordón umbilical: «Escribo pero no te escribo / Es redundante / Restauro el cordón umbilical». El poema no busca representar a la madre ni posar ante la ausencia, sino restituir la materia viva y la memoria soterrada.
La mirada animal: La irrupción del perro que «ausculta mi cabeza / ausculta mi mirada / ausculta mis lágrimas» no es utilería. Es la presencia del mundo no humano —el cuerpo anfibio— leyendo el dolor donde la Ciudad Letrada solo ve conceptos.
Frente al laboratorio aséptico de la familia Mallarmé, donde el signo diseca el cadáver que no se atreve a tocar, la familia del Cholo sostiene la gravedad del afecto, la vasija de la memoria y la vida que envejece en carne viva.
Ignacia Augusta, 2026
