Archivo por meses: septiembre 2026

LA INSPIRACIÓN COMO DISPONIBILIDAD: ENTRE EL CHISPAZO Y LA MESA DE TRABAJO

Existe la idea persistente de que el poema auténtico es únicamente aquel que brota de un solo trazo, dictado por un trance irreflexivo. Sin embargo, en el oficio de la escritura sabemos que la inspiración no pertenece en exclusiva al primer chispazo: recae con la misma intensidad sobre el acto de la revisión. A veces el texto nace casi listo, con la forma entera y pulida desde el primer impulso; otras veces, el peso verdadero del poema exige la paciencia del artesano que vuelve a la mesa de trabajo para limar la aspereza, ajustar la clavija y hallar la tensión exacta de la materia verbal.

En ambos casos —tanto en el alumbramiento intempestivo como en la corrección minuciosa— se requiere estar en estado de «inspiración». Pero no se trata de una iluminación etérea, sino de una postura ética y espiritual frente al lenguaje. Se exige una síntesis compleja de actitudes: estar deseoso y al mismo tiempo contenido; lúcido en la atención a la forma y meditativo en la escucha del ritmo; amoroso hacia la vida y los seres que pueblan el verso, pero profundamente consciente de la propia condición insignificante ante la vastedad del universo.

Cuando el texto atraviesa esa depuración, incluso un cambio en apariencia mínimo —como pasar del énfasis de «mucho» a la contención de «algo»— reorganiza la arquitectura interna del poema. Esa pequeña modificación frena la pretensión del ego y afina la ironía, dejando que el decir no se sobreponga a la materia, sino que desemboque con sobriedad en la pausa, el monosílabo y el silencio. Corregir no es traicionar el impulso inicial; es habitar esa lucidez donde la palabra aprende a replegarse para rozar aquello fundamental.

Granados, 2026

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[SOY EL MEJOR POETA DEL PERÚ]

Soy el mejor poeta del Perú

Sobre cualquier otro de mis contemporáneos

Contemporáneas

Por eso no me invitan a ninguna Feria del Libro

Mucho menos a recitales

(dejo constancia de ello)

Ni de los Ice-Cream ni, si los hubiere,

Aquellos más clandestinos

Y nosotros muriéndonos de ganas

De recitar nuestros versos donde fuere

Y como fuere

Espolvorearlos tal canela para la buena onda

Ruda más chancapiedra contra el odio

El canon local e internacional

Lo ocupan los demás

Y yo gasto todos mis minutos

-en una imaginada presentación-

Hablando de mi infancia

Y recordando mis numerosos amores

Aunque tuve algo más que decirles

Y espolvorearles y ungüentos para sobarles

Junto a un par de monosílabos y vastísimo silencio

 

Pedro Granados, 2026

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ABC DE TRILCE: DESCLANDESTINIZAR EL MISTERIO EN 4 SESIONES

El desafío central del ABC de Trilce es «desclandestinizar» el libro sin quitarle un ápice de su misterio, alejándonos del frío análisis filológico para entrar de lleno en la experiencia vital y sensorial de la lectura. Se trata de invitar al lector a que no se asuste si no «entiende» a la primera, sino que aprenda a «escuchar» la falla del lenguaje.

Sesión 1: Lima y el estallido de la «Modernidad» El objetivo es entender que Trilce no nace en el vacío, sino en una ciudad que empieza a ir más rápido que las palabras. El lenguaje tradicional (el de los periódicos, el de las leyes) ya no servía para describir la vida en 1919; Vallejo siente que las palabras son un «hechizo» o una máscara que oculta la verdadera vida. En la práctica de lectura, leeremos poemas donde Vallejo rompe la gramática como si rompiera un juguete para ver qué hay dentro, observando cómo el ritmo de la ciudad (el ruido, el cine, la prisa) se mete en los versos. La clave consiste en leer por capas: no buscar un «mensaje» único, sino sentir la vibración del texto. Como bibliografía de apoyo, revisaremos los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui (el capítulo sobre el proceso de la literatura) y una selección de Artículos y crónicas del propio Vallejo sobre la vida en Lima.

Sesión 2: El amor por Darío y la «Demolición Cariñosa» Buscamos desmitificar la idea de que la vanguardia odia el pasado; Vallejo rompe el lenguaje porque lo conoce a la perfección. Rubén Darío era el maestro de la precisión, y Vallejo no lo rechaza, sino que lo usa como base: si Darío construyó palacios de cristal con las palabras, Vallejo toma esos cristales para tallar algo más humano y rugoso. En la lectura, compararemos un poema musical de Darío con uno de Trilce para notar cómo Vallejo mantiene la «precisión» del maestro, pero la aplica a temas que el Modernismo no quería ver: el hambre, el cuerpo que duele, el error. La clave radica en entender la «precisión» no como claridad de diccionario, sino como la palabra exacta para un sentimiento exacto, aunque esa palabra sea inventada. Contaremos con la lectura en voz alta de Prosas profanas de Rubén Darío y fragmentos de Los hijos del limo de Octavio Paz.

Sesión 3: El mito y la fiesta detrás de la celda Esta sesión sitúa la cárcel de Trujillo no como una biografía trágica, sino como el lugar donde el lenguaje se desnuda. En el encierro, Vallejo se da cuenta de que las palabras «normales» no sirven para la libertad; aunque allí solo se escribieron algunos poemas, el aislamiento le permitió llegar al «mito»: esa verdad profunda que el lenguaje cotidiano suele esquivar o «soslayar». Analizaremos el poema XVIII no como una queja de preso, sino como una exploración de los límites: ¿qué pasa cuando solo tengo cuatro paredes y mi propio cuerpo? La clave es ver la cárcel como una metáfora de los límites que todos compartimos (el tiempo, la muerte, el cuerpo). La bibliografía de apoyo incluye César Vallejo: Itinerario del hombre de Juan Espejo Asturrizaga y el estudio de André Coyné sobre la soledad y la metafísica vallejiana.

Sesión 4: El Archipiélago y la Fiesta del Sentido El propósito final es dejar de ver poemas sueltos y empezar a contemplar un sistema vivo. Trilce no es un caos; es un archipiélago donde cada poema es una isla, pero lo que realmente importa es el «mar» (el pensamiento) que las une. Es una fiesta de significados donde el lector es invitado a participar completando los vacíos. Conectaremos los temas que han aparecido a lo largo del taller para observar cómo el libro se cierra con una sensación de totalidad orgánica. La clave final: aprender que leer Trilce es como entrar en una fiesta donde no conocemos a nadie, pero después de un rato, empezamos a reconocer la música y terminamos bailando. Nos apoyaremos en César Vallejo en su fase trílcica de Eduardo Neale-Silva y La movediza modernidad de Saúl Yurkievich.

INFORMES E INSCRIPCIONES

  • Público: General. Modalidad online en pequeños grupos.
  • Fechas (Mes de octubre, 4 sesiones): Martes 8, 15, 22 y 29 / Jueves 3, 10, 17 y 24.
  • Horario: 7:30 – 9:00 pm.
  • Inversión: 120 soles (vía Plin), abono por adelantado por las cuatro fechas.
  • Contacto: vasinfin@gmail.com

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EL HUAYNO Y LA “TECNOLOGÍA TRÍLCICA”

Cuzco, Perú – 16 de abril de 2016: Bailarines y espectadores en un festival de danza tradicional en la Plaza de Armas de Cuzco, Perú.

De cierta manera, de Trilce parte una nueva época del huayno; tal como intuyó Walter Benjamin para el arte en la era de su reproductibilidad técnica, aquí la tecnología rehace el arte atávico sin privarlo de su aura.

Plantear que de Trilce nace una nueva etapa de la música y la lírica andinas no implica entender la vanguardia de César Vallejo como un experimento sintáctico occidentalizante, sino como la reevaluación técnica de la materia telúrica. Mientras Benjamin advertía que la técnica moderna tiende a desactivar el aura —el aquí y ahora de lo sagrado—, en la matriz vallejiana ocurre lo inverso: la síncopa, los quiebres ortográficos, los números y el montaje no destruyen el aura, sino que la liberan de la estampa folclórica y la restituyen como una fuerza viva e inmanente.

Antes de 1922, el huayno corría el riesgo de quedar atrapado en el cuadro de costumbres o el lamento pastoral. Vallejo no pretendió «modernizarlo» con adornos cosmopolitas; somete la estructura misma del poema a un proceso de desarticulación que funciona como una nueva tecnología del afecto. El aura en Vallejo no reside en la distancia intocable del templo o el museo, sino en el peso de la materia: los huesos, el concho de la chicha, la quena o la guitarra rasgueada hasta el límite de la cuerda. Trilce anticipó así la transformación del sonido andino al chocar con el disco, la radio, la amplificación eléctrica y la masa migrante. El huayno post-Trilce es ese canto que puede sonar en un altavoz de mercado o en una cinta magnetofónica: la máquina le da velocidad cinemática, pero la densidad del dolor y el goce del ritmo permanecen intactos.

Este canto queda, además, liberado del peaje de ser ejecutado en una lengua nativa. Mis padres, bilingües en quechua y español, cantaban cada cinco o seis años desgarradores yaravíes en quechua hasta la anagnórisis. Mi infancia no memorizó una gramática; absorbió la tesitura, la densidad del desgarro y la sobria gravedad del afecto andino. Por eso, en mis mejores poemas me sitúo en esas coordenadas y escribo con esa misma frecuencia sin saber el idioma quechua y, me atrevería a decir, sin necesitarlo.

Escribo desde mi «bastardía» lingüística. Reivindicar esta postura es el acto de mayor fidelidad a la lección de Vallejo, quien no escribió Trilce desde un quechua purificado ni desde un castellano académico aséptico, sino desde la herida y la tensión de un castellano masticado por el pulso subterráneo de los Andes. La bastardía desmonta la aduana del neoindigenismo purista y la esterilidad del culteranismo de pizarra. La energía del idioma paterno no se transmite por el diccionario, sino por la resonancia del afecto en el cuerpo.

Por eso la conexión con Inkarrí es inmanente. El mito del rey decapitado que junta sus miembros bajo la tierra no exige una credencial lingüística para manifestarse: es una lógica de reconstitución y simetría. Al escribir desde mi tesitura bastarda no estoy «traduciendo» a Inkarrí, sino encarnando su movimiento en el barro del castellano. El mito irrumpe por su propia soberanía, demostrando que la poesía sigue siendo el canto que sabe vibrar en el engranaje de la máquina sin perder la gravedad de la tierra.

Pedro Granados, 2026

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LOS POETAS HIPORREALES Y LA ADUANA NEOINDIGENISTA

César Vallejo, ni hiporreal ni neoindigenista (ni mallarmeano)

A primera vista, el poeta hiporreal —aquel que reduce la poesía a un inventario sociológico, a la anécdota urbana o al registro fotográfico de consumo inmediato— y el poeta neoindigenista o purista de las lenguas nativas parecen habitar orillas opuestas. El primero presume de un pragmatismo secularizado que nombra la mercancía, la pancarta o el dato cotidiano; el segundo se ostenta como el guardián de una reserva moral, ritual o lingüística descontaminada. Sin embargo, en el mapa de la poesía contemporánea, ambas figuras terminan abrazándose en el mismo punto de ceguera: la incapacidad radical para habitar el mito como una fuerza inmanente, viva, impura y en conflicto. Ambos operan desde un mismo achatamiento que reemplaza la densidad material de la palabra por una representación aséptica, tranquilizadora y perfectamente empaquetada para el consumo letrado.

Esta alianza involuntaria se sostiene sobre la neutralización del mito. Mientras el poeta hiporreal mira el mito con condescendencia y lo cataloga como «folklore», «color local» o un anacronismo inservible para el reporte de lo real, el neoindigenista purista le hace un favor idéntico pero en sentido inverso: lo sacraliza congelándolo en la vitrina del museo. En lugar de encarnar la fuerza telúrica y la violencia del mito en el presente del cuerpo que sufre, trabaja y migra, el purismo lo convierte en una estampa identitaria, un souvenir pastoral o una reliquia descontaminada del devenir histórico. En ambos casos, el mito es despojado de su soberanía e inmanencia. Para el hiporrealismo es una nota al pie; para el neoindigenismo, una credencial de pureza. Ninguno de los dos se atreve a tocar la masa hirviente de la historia porque ambos le temen al fango, al «concho» y a la fricción barroca que transubstancia la materia verbal.

Tanto el poeta hiporreal como el neoindigenista purista son trágicamente funcionales al mercado cultural y a la aduana académica. Le ofrecen a la institución letrada productos con etiqueta limpia y clasificable: o bien la «denuncia sociológica de superficie» o bien la «reserva autóctona inofensiva». Ambas tendencias eluden la lección fundamental del Pensamiento Simétrico y de la vanguardia vallejiana: que la poesía no se valida por la exhibición de expedientes urbanos ni por la preservación de pedestales folclóricos. El verdadero archivo de la historia no es el papel oficial ni la vitrina etnocráfica, sino los huesos y la memoria atávica encarnadas en el lenguaje. Frente a esta doble desmaterialización —la de la anécdota plana y la de la pureza arcaica—, la poesía de verdad sigue siendo aquella que golpea el caleidoscopio de cartón (legado de mi hermano Germán), rasga la superficie aséptica de la época y permite que el mito irrumpa como una fuerza autónoma, impura y soberana, devolviendo al signo su peso de presencia viva, la gravedad de su propia estructura y la soberanía inmanente del mito. P.G.

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EL HILO INVISIBLE: DE «EL CUARTO MUNDO» AL PREMIO JOSÉ DONOSO 2026

El fallo del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026, presidido por Diamela Eltit y otorgado a Mario Montalbetti, no es un hecho fortuito ni una mera coincidencia de agenda institucional; es la consagración de una estricta coherencia estética e ideológica que lleva décadas articulándose desde la maquinaria crítica trasandina. Al revisar mi ensayo sobre El cuarto mundo (1988) a la luz de este dictamen, la filiación salta a la vista: lo que Eltit percibió, reconoció y premió en Montalbetti es el triunfo del significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.

En El cuarto mundo, Eltit ensayaba una subversión de la taxonomía patriarcal a través de una inmersión claustrofóbica, corporal y placentaria. Aquella promesa de una «obra sudaca terrible y molesta» se sostenía todavía en la fricción de la carne, el frote incestuoso y la «combinatoria de afinidad de desperdicios y excedentes evacuados por el desamparo del mundo». Si bien operaba en el límite de la legibilidad, la novela mantenía un ancla irreductible con la biología, la marginalidad y el residuo social.

Sin embargo, a lo largo de las últimas cuatro décadas, esa matriz teórico-creativa fue sufriendo un proceso de depuración e higienización. La experiencia del cuerpo doliente y la perversión del sentido cedieron terreno ante la fascinación por la técnica de la elisión, la tautología escolarizada y el repliegue abstracto sobre las imposibilidades del decir. Lo que Eltit legitima hoy en la poesía de Montalbetti es, precisamente, la perfecta ejecución de esa tecnología del vaciamiento: la consolidación de un culteranismo de aula que sustituye la densidad histórica, el aluvión popular y la herida corporal por un desplazamiento incesante de términos donde el lenguaje se celebra a sí mismo como una farsa incapaz de rozar la realidad.

El fallo del Premio José Donoso funciona así como una ilustración modélica de la geopolítica cultural en la región. La institucionalidad letrada chilena —con sus jurados, sus fondos de distribución y su prestigio académico— consagra en el Perú no a las poéticas del «concho», del «hueso» o de la inmanencia popular, sino a su propia réplica aséptica. El discurso que en los años 80 pretendía disputarle la objetividad al poder termina reconvertido en el protocolo oficial de validación regional: la confirmación de que, para el canon hegemónico, la única poesía «iluminada» es aquella que ha aprendido a extirparle al verso la materia viva, la memoria colectiva y los tentáculos del deseo.

Pedro Granados, 2026

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GEOPOLÍTICA EDITORIAL Y LA CAPTURA DE LA POESÍA PERUANA

En el plano de la geopolítica cultural del continente, la última década ha consolidado el desplazamiento de los viejos ejes de gravitación poética. Si entre los años 80 y 90 el neobarroso rioplatense (Perlongher, Echavarren, Milán) irradiaba una potencia libertaria, hinchada de cuerpo, deseo y marginalidad, el siglo XXI ha atestiguado la imposición del eje trasandino: un neomallarmismo o posestructuralismo escolarizado que promueve el repliegue, la «falla del lenguaje», el significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.

Esta maquinaria crítica y editorial —potenciada por el circuito de alianzas trasandino-mexicano, sus fondos institucionales y la red de distribución académica— opera en la región como una cabecera de playa. Su función estratégica consiste en despojar al poema de su densidad histórica, su oralidad y su conflicto social para sustituirlo por un producto aséptico, neutro y fácilmente circulable en las vitrinas de la Ciudad Letrada global.

El fenómeno, en el fondo, responde a una histórica dinámica de extracción en la que la poesía peruana ha funcionado como la gran cantera inmaterial del continente. Desde la irrupción de César Vallejo, la tradición poética del Perú ha sido un botín estético del cual diversas hegemonías regionales han extraído mineral para procesarlo, empaquetarlo y venderlo bajo marcas registradas de exportación.

Un ejemplo diáfano de esta captura se observa en la trayectoria de la neovanguardia y el infrarrealismo. La irrupción de Roberto Bolaño en el mapa editorial internacional logró hegemonizar y estetizar la violencia y la noche latinoamericana, operando una sustitución simbólica: en el imaginario global, el impulso épico-callejero de figuras como Mario Santiago Papasquiaro o Rubén Vicente Anaya pasó a ser el «mito Bolaño». Para lograr esa operación, la fuente de combustible verbal indispensable fue Hora Zero y la poética del «poema integral» (Verástegui, Ojeda, Pimentel). La matriz peruana puso el cuerpo, la sangre y el aluvión marginal; la máquina editorial trasandina se quedó con la propiedad intelectual del relato.

Esta relación de subordinación y vampirización tiene raíces más profundas. La antipoesía de Nicanor Parra, en su genialidad desmitificadora, resulta impensable sin la previa secularización del lenguaje, el quiebre de la sintaxis noble y el desgarro cotidiano de Trilce y los Poemas humanos. Del mismo modo, en la retórica de Gonzalo Rojas, el jadeo sagrado y la tensión del erotismo reenvían constantemente a la respiración vallejiana, procesada desde la alta consagración institucional.

La hegemonía del modelo neomallarmista actual no es casual: requiere desarticular la potencia material del lenguaje que va desde Vallejo hasta Luis Hernández, Pablo Guevara o el movimiento del 70. Una vez que al poema se le extirpan los tentáculos del deseo, el barro y la memoria colectiva, queda reducido a un silogismo de pizarra o a un elegante souvenir de diseño. Frente a esa máquina de vaciamiento, la poesía en el Perú conserva su ventaja insobornable: la capacidad ancestral de jugar al filo del reglamento, volver encarnadas las palabras y devolvernos, más allá del mercado, la dignidad de un justo bocado a la boca.

Pedro Granados, 2026

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PISA-PERÚ: PLAN PARA ALFABETIZAR A LA LECTURA A TRAVÉS DE LA ESCRITURA LITERARIA

La premisa convencional de que para aprender a leer hay que empezar consumiendo el canon o a los clásicos comete un error pedagógico y epistemológico fundamental. Se le pide al estudiante que sea un espectador o consumidor pasivo de un templo ya construido, en lugar de invitarlo a entender la arquitectura desde adentro, ensuciándose las manos con el barro de la palabra.

La propuesta de alfabetizar a la lectura a través de la escritura literaria —implementando dinámicas de creación colectiva y mediación clínica— invierte la ecuación: el estudiante no se vuelve lector porque le imponen un libro, sino porque al experimentar la pulsión de la creación (la escritura encarnada), necesita descubrir cómo otros resolvieron sus mismos problemas de expresión.

El camino para alfabetizar en la comprensión no es la imposición del fardo canónico, sino el hechizo de la producción propia. Quien descubre el fuego de la palabra en su propia hoja, se vuelve lector por necesidad vital.

Más detalles (Teoría, metodología, actividades, mediadores, presupuesto y cronología) se brindarán a las Instituciones Públicas que deseen implementarlo.
pgranad@gmail.com

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DEL POEMA CAPCIOSO AL POEMA ENCARNADO

En su célebre manifiesto La acción subversiva de la poesía, Aldo Pellegrini sentenciaba con vigor surrealista que «en el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos», concluyendo con André Breton que la aprobación del público debe rehuirse por encima de todo para no convertirse en un «león domesticado». Sin embargo, vista hoy en perspectiva, esa dicotomía tajante entre popularidad y subversión peca de un purismo idealista. Al aislar al poeta en un altar de marginación pura, termina por castrar su rol político-estético sobre el tejido social. Si la poesía no circula, si no toca cuerpos ni resuena en la plaza, en la barra de un bar o en la pantalla, se reduce a un ejercicio solipsista. Un poema inaudible no subvierte nada. La clave no está en esconderse del mundo, sino en la posición desde la cual se ocupa la esfera pública: no para halagar la asepsia del establishment, sino para intervenir la realidad con la materia cruda de una voz situada.

Este problema atañe directamente a la madurez de la escritura. Es necesario dar el salto decisivo del poema capcioso al poema encarnado. Mientras un autor permanece en lo primero, se encuentra aún aprendiendo, ensayando o copiando modelos prestados. El poema capcioso opera como un mecanismo cerrado, una demostración de destreza retórica o una trampa de gabinete donde los instrumentos —la métrica, la pirotecnia verbal o la jerga teórica de moda— se repliegan sobre sí mismos en el vacío. Los instrumentos no se inventaron para jugar entre sí, sino para hallar finalmente una sustancia real en la cual aplicarse.

El poema encarnado marca, por el contrario, la verdadera mayoría de edad para un autor e, idealmente, para toda una cuenca cultural. Ocurre cuando la herramienta deja de contemplarse al espejo y golpea sobre la materia viva: el cuerpo, el territorio, la herida, el deseo o la fricción del habla cotidiana. Se pasa, en suma, de lo general a lo particular; o, como bien señalaba Luis Cernuda, se pasa de la «literatura» a la «poesía». Mientras la literatura acumula moldes, formas abstractas y pretensiones de época, la poesía irrumpe en la singularidad irreductible de la experiencia humana. No teoriza la orfandad en abstracto, sino que la encarna en el calor de un caldo, en la mirada de una mujer tras la barra o en la luz enraizada de una palabra. Alcanzar esta encarnación implica dejar atrás la pirotecnia inofensiva para asumir el poema como una epistemología viva, capaz de reconstruirnos y sostenerse de pie en mitad de la intemperie.  P.G.

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[MI CUESTIÓN CON EL INGLÉS]

Mi cuestión con el inglés

Y con el idioma inglés

Vuelo Boston – Madrid

Un señor mayor al lado

Al que no sé por qué

Confié que escribía poesía

Un señor cuya especialidad había sido

Sopesar (testar) el paso del conocimiento

De oriente hacia occidente

Pero que no tenía empaque académico

Y me sugiriera no regresar a los Estados Unidos

O viera quedarme en mi lengua materna

Si es que en realidad me interesaba la poesía

Que ser profesor ya no era lo de antes

Al menos eso creí entender

Y hoy por hoy tan sólo

Un modo de estar comprobadamente ocupado

La conversación quedó allí

Unas horas más tarde tomaba ya el autobús

Que me llevaría del aeropuerto al centro de la ciudad

Y de aquí a mi primer café con leche madrileño

Adicción tenaz de mi espíritu

Pero las palabras de aquel bello viejo

Todo un caminante sobre el desierto del aire

No las olvidaría

Escribir en español y dedicarse a la poesía

Viviendo en los Estados Unidos

O es una humorada o peor un auto engaño

Cosa muy distinta consiste en traducir

Aunque esto sea siempre a posteriori

Y ya constituya otro poema

Y otra historia

Y muy distinta economía

Modo en que se troza un pescado

Y se abre una mujer

Una lengua y una mujer

Pedro Granados, 2026

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