Archivo por meses: septiembre 2026

ARGUEDAS ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

KATATAY Por Jose Maria Arguedas PDF | PDF | Poesía | Dialecto

DEL JETMAN, HAYLLI AL ALGORITMO ENCARNADO

Mientras la cofradía de laboratorio tiembla ante la Inteligencia Artificial porque intuye que un algoritmo puede replicar sin esfuerzo sus combinatorias sintácticas de biblioteca, la lección de José María Arguedas en Katatay (1972) permanece intacta: la técnica no se teme ni se venera en silencio; la técnica se engulle antropófagamente o nos devora.

Cuando Arguedas escribió en 1966 su célebre «Jetman, haylli» («Oda al Jet»), no tuvo un pavor supersticioso ante la máquina de acero y velocidad ni se replegó en un indigenismo de postal. Vio en ese avión a chorro no un ídolo colonial ante el cual arrodillarse, sino una criatura del propio aliento humano, un «incontable pez golondrina de viento» y proclamó con lucidez sagrada: «El hombre es dios. Yo soy hombre. Él hizo este incontable pez golondrina de viento. ¡Gracias, hombre! No hijo del Dios Padre sino su hacedor. Gracias, padre mío, mi contemporáneo. Nadie sabe hasta qué mundos lanzarás tu flecha».

Hoy, ante el estallido de la Inteligencia Artificial, la Ciudad Letrada reacciona con el mismo servilismo de siempre: o bien entra en pánico apocalíptico porque ve amenazado su monopolio de la palabrería, o bien adopta el algoritmo como el último fetiche metalingüístico de moda para seguir produciendo pirotecnia de seminario.

Arguedas, en cambio, escribiría hoy su oda a la IA desde la inmanencia y la fuerza del Amaru. Reconocería que esa red de datos y silicio no bajó del cielo de la academia occidental, sino que brotó del trabajo, del sudor y del cerebro acumulado de la especie. La IA no es el fin de la poesía; es el nuevo «pez golondrina» de la era digital, una flecha más lanzada al espacio que requiere ser habitada por el yawar (la sangre) y la gravedad del afecto para no derivar en un artefacto ciego. Lo que la máquina no puede suplir —y lo que la poesía de gabinete jamás tuvo— es la tracción biológica, la memoria del cuerpo y el dolor en la carne. Frente al algoritmo aséptico, la tradición de Vallejo y Arguedas no huye al pasado ni se rinde al fetiche: le mete el diente, lo metaboliza desde el mito y sigue lanzando la flecha hacia los mundos por venir.

Pedro Granados, 2026

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[VER AL OTRO ENVEJECER]

Puede ser una imagen de perro
Al recuerdo de mi madre
Ver al otro envejecer
Como un estilo como una canción
Como una película que te dio
A la salida del cinema
Un resto de inspiración fuerza u orgullo.
No vale lo que sentirás luego
Antes que el cuerpo incline la cabeza
Y apague el aliento
Y tú no acredites lo que ves
Ni menos a lo que ahora te aplicas:
Poner horizontal al cuerpo
Y juntar sus como lejanas manos
Mientras su corazón aún te mira.
Entre el tiempo pasado
Y el futuro más remoto
Todavía
Entre el vértigo de lo que uno no es
Sino sólo nuestra madre
Y su émbolo
Y el carrusel de sus brazos
Para mirar
Entre las musarañas y el mal
Entre lo mío lo propio
O el desasosiego
Una mano abierta
Mariposa o picaflor
Nos revolotea y nos hace reír.
Escribo pero no te escribo
Es redundante
Restauro el cordón umbilical
Que está partido
Que está enterrado
Y a eso me avoco
Porque así se está dando
Y porque he llegado a viejo
Mi perro muy inquieto
Ausculta mi cabeza
Ausculta mi mirada
Ausculta mis lágrimas
Y por fin se sosiega
Y mueve blandamente la cola
Y se esfuma como una lagartija
Pedro Granados, ROXOSOL (Arequipa: Cascahuesos, 2018)

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La gran estafa de la categoría conversacional en el Perú

A propósito del artículo, MARIO MONTALBETTI Y LA NUEVA POESIA PERUANA/ Roger Santiváñez

El desmontaje del dispositivo crítico de Roger Santiváñez revela que la dicotomía entre «conversacional» y «no conversacional» (o «poesía del lenguaje») no es más que una trampa metodológica que opera en la pura superficie de la forma o de la técnica retórica. Se trata de una tipología previsible y adocenada por la academia que le sirve a Santiváñez no solo para autojustificarse o lavarle la cara a la deriva metalingüística de Mario Montalbetti, sino para acomodar el mapa poético a las exigencias del mercado editorial e institucional. Al reducir la discusión a una simple disputa de estilos —el tono coloquial frente a la especulación conceptual—, se encubre la auténtica línea de fractura de la tradición peruana: la grieta entre una poesía encarnada (simétrica o posantrópica) y una poesía desencarnada (asimétrica, especular o puramente académica).

El esquema que plantea Santiváñez parte de una premisa falsa: asumir que el poema coloquial de los años 60 y 70 era mero realismo llano y que la reacción de revistas como Nubetonta o Hueso Húmero supuso un «salto cualitativo» hacia la complejidad del signo. Esa división es un artefacto comercial y académico que despolitiza y neutraliza la materia, tratando la palabra como un simple recurso de catálogo donde hablar como en la calle es «conversacional» y citar a Heidegger o dudar del referente es «complejo». Asimismo, este esquema salva el nicho de mercado al permitir que los poetas que se retiraron a la torre de marfil del lenguaje —como el propio Montalbetti o la deriva estética del Santiváñez post-Kloaka— se presenten como la vanguardia «rigurosa», cuando en realidad solo están ejecutando un ejercicio de pirotecnia de gabinete.

La poesía peruana no se divide por la técnica del verso, sino por su posición ontológica ante la realidad, el cuerpo y el cosmos. Por un lado, la Poesía Encarnada (Simétrica / Posantropocéntrica) es aquella donde la palabra no «representa» ni «juega a no nombrar», sino que se hace materia, hueso, flujo e inmanencia. En ella no hay una separación entre el sujeto que piensa y la materia que sufre o canta; el poema es un organismo vivo, una gravitación donde lo humano se descentra para integrarse en un sistema ontológico más amplio (animal, mineral, ancestral, mítico). Por otro lado, la Poesía Desencarnada (Asimétrica / Aséptica) es la línea que representan Montalbetti y sus exégetas: una poética que sitúa al sujeto en un pedestal intelectual para mirarse el ombligo y regocijarse en la tautología («el lenguaje no puede decir nada»). Esta es una poesía antropocéntrica e hiper-racional en su propia impotencia, que presupone que el mundo se agota en la mente del lingüista o del teórico del aula.

Cuando se aplica el filtro de la poesía encarnada y simétrica, el canon real del Perú cobra su verdadera dimensión y los falsos debates estilísticos se desmoronan. César Vallejo se erige como el vértice de esta simetría poética: en su obra el lenguaje no es una abstracción de pizarra, sino carne, húmero, pan y matriz cósmica, donde la sintaxis se rompe no por un juego tipográfico o una teoría neomallarmiana, sino porque la materia física del dolor y la solidaridad humana desbordan el molde cartesiano. En Martín Adán, más allá del soneto o del verso libre, su poética constituye una inmersión ontológica donde el sujeto se disuelve en el mar, en la arquitectura o en la rosa, manifestando una continuidad indivisible entre el ser, la materia y el vacío, lejos de cualquier ejercicio aséptico. Por su parte, en Luis Hernández la utilización del habla cotidiana o de la frase de esquina no era un «estilo conversacional», sino cuerpo vivo y música encarnada; su poesía bordea el posantropocentrismo al integrar el sistema solar, los cuadernos astronómicos, la física y la calle en un solo pulso biológico. Al sustituir este continuum encarnado por la taxonomía escolar de Santiváñez («de lo conversacional a la metalingüística»), lo que se hace es domesticar la tradición peruana, amputándole su rasgo más peligroso y radical: su densidad terrenal, inmanente y simétrica.

Ahora, señalaríamos que el genealogismo Santiváñez-Mazzotti va directo a la raíz del problema de la crítica poética en el Perú. José Antonio Mazzotti es, en efecto, la figura pivotal de esa bisagra ambigua: un poeta y académico «entre vertebrado e invertebrado» que intentó cavar un puente imposible entre el compromiso político e histórico (lo «vertebrado») y la pirotecnia neobarroca o neo-vanguardista (lo «invertebrado»), terminando por esterilizar ambos lados en una fórmula de laboratorio. Mazzotti fue uno de los principales introductores e ideólogos de la lectura del neobarroco o «neobarroso» (Medusario) para la tradición peruana. Sin embargo, a diferencia de la densidad ontológica de un Martín Adán o un César Vallejo, el barroquismo proyectado por Mazzotti opera como un artificio de utilería: una superficie saturada sin cuerpo donde la acumulación de referentes, el cultismo andino-virreinal y la torsión sintáctica surgen de un cálculo formal y no de una necesidad biológica, mítica o gravitacional. Además, presenta un «compromiso» de cartón donde su pretendido entronque con la historia, el mito o lo andino no llega a encarnarse en materia viva, quedándose en una cita bibliográfica y en una escenografía académica para el consumo de la Ciudad Letrada transnacional.

Al abrevar de la matriz mazzottiana, Santiváñez hereda esa misma limitación epistemológica articulada en taxonomías desencarnadas. Necesita la falsa oposición entre «conversacional» y «no conversacional» porque hereda de Mazzotti la costumbre de clasificar la poesía desde la retórica externa y no desde la posición ontológica del poema. Esta evasión metalingüística, al no poder sostener la violencia y el fuego vital de la calle que animó sus inicios, convierte el refugio en la «poesía del lenguaje» o en el neobarroco en el mecanismo que permite a esta estirpe de poetas autolegitimarse como «vanguardia» sin tener que poner el cuerpo en la pira de la historia o del cosmos.

Tanto en la línea Mazzotti-Santiváñez como en la vertiente puramente aséptica de Montalbetti, la constante es una incapacidad estructural para la simetría y la encarnación. Mientras que la línea Mazzotti-Santiváñez trata la materia como un ornamento, un significante para manipular o una cita culta, la poesía encarnada y simétrica la entiende como sustancia viva, hueso, flujo, inmanencia y sistema abierto con el cosmos. Frente al sujeto cartesiano que actúa como un «ingeniero del verso» o un «teórico de la forma», la poesía simétrica propone un sujeto descentrado y posantrópico que se disuelve en el territorio, la maresia o el pan. Frente a los resultados críticos de gabinete asentados en categorías comerciales («conversacional vs. neobarroco»), la poética encarnada exige el reconocimiento del continuo ontológico que une a Vallejo, Adán y Hernández. La pretensión de articular un discurso «comprometido» desde una estructura formal desencarnada convierte a esa poesía en un ejercicio híbrido y tibio que no logra ni la radicalidad del abismo ni la fuerza de la tierra, instalándose en la comodidad de la aduana académica y preparando el terreno para que la institucionalidad (como el Premio Donoso) termine consagrando la versión más neutra y limpia de esa misma desmaterialización.

Pedro Granados, 2026

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LA INSPIRACIÓN COMO DISPONIBILIDAD: ENTRE EL CHISPAZO Y LA MESA DE TRABAJO

Existe la idea persistente de que el poema auténtico es únicamente aquel que brota de un solo trazo, dictado por un trance irreflexivo. Sin embargo, en el oficio de la escritura sabemos que la inspiración no pertenece en exclusiva al primer chispazo: recae con la misma intensidad sobre el acto de la revisión. A veces el texto nace casi listo, con la forma entera y pulida desde el primer impulso; otras veces, el peso verdadero del poema exige la paciencia del artesano que vuelve a la mesa de trabajo para limar la aspereza, ajustar la clavija y hallar la tensión exacta de la materia verbal.

En ambos casos —tanto en el alumbramiento intempestivo como en la corrección minuciosa— se requiere estar en estado de «inspiración». Pero no se trata de una iluminación etérea, sino de una postura ética y espiritual frente al lenguaje. Se exige una síntesis compleja de actitudes: estar deseoso y al mismo tiempo contenido; lúcido en la atención a la forma y meditativo en la escucha del ritmo; amoroso hacia la vida y los seres que pueblan el verso, pero profundamente consciente de la propia condición insignificante ante la vastedad del universo.

Cuando el texto atraviesa esa depuración, incluso un cambio en apariencia mínimo —como pasar del énfasis de «mucho» a la contención de «algo»— reorganiza la arquitectura interna del poema. Esa pequeña modificación frena la pretensión del ego y afina la ironía, dejando que el decir no se sobreponga a la materia, sino que desemboque con sobriedad en la pausa, el monosílabo y el silencio. Corregir no es traicionar el impulso inicial; es habitar esa lucidez donde la palabra aprende a replegarse para rozar aquello fundamental.

Granados, 2026

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[SOY EL MEJOR POETA DEL PERÚ]

Soy el mejor poeta del Perú

Sobre cualquier otro de mis contemporáneos

Contemporáneas

Por eso no me invitan a ninguna Feria del Libro

Mucho menos a recitales

(dejo constancia de ello)

Ni de los Ice-Cream ni, si los hubiere,

Aquellos más clandestinos

Y nosotros muriéndonos de ganas

De recitar nuestros versos donde fuere

Y como fuere

Espolvorearlos tal canela para la buena onda

Ruda más chancapiedra contra el odio

El canon local e internacional

Lo ocupan los demás

Y yo gasto todos mis minutos

-en una imaginada presentación-

Hablando de mi infancia

Y recordando mis numerosos amores

Aunque tuve algo más que decirles

Y espolvorearles y ungüentos para sobarles

Junto a un par de monosílabos y vastísimo silencio

 

Pedro Granados, 2026

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ABC DE TRILCE: DESCLANDESTINIZAR EL MISTERIO EN 4 SESIONES

El desafío central del ABC de Trilce es «desclandestinizar» el libro sin quitarle un ápice de su misterio, alejándonos del frío análisis filológico para entrar de lleno en la experiencia vital y sensorial de la lectura. Se trata de invitar al lector a que no se asuste si no «entiende» a la primera, sino que aprenda a «escuchar» la falla del lenguaje.

Sesión 1: Lima y el estallido de la «Modernidad» El objetivo es entender que Trilce no nace en el vacío, sino en una ciudad que empieza a ir más rápido que las palabras. El lenguaje tradicional (el de los periódicos, el de las leyes) ya no servía para describir la vida en 1919; Vallejo siente que las palabras son un «hechizo» o una máscara que oculta la verdadera vida. En la práctica de lectura, leeremos poemas donde Vallejo rompe la gramática como si rompiera un juguete para ver qué hay dentro, observando cómo el ritmo de la ciudad (el ruido, el cine, la prisa) se mete en los versos. La clave consiste en leer por capas: no buscar un «mensaje» único, sino sentir la vibración del texto. Como bibliografía de apoyo, revisaremos los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui (el capítulo sobre el proceso de la literatura) y una selección de Artículos y crónicas del propio Vallejo sobre la vida en Lima.

Sesión 2: El amor por Darío y la «Demolición Cariñosa» Buscamos desmitificar la idea de que la vanguardia odia el pasado; Vallejo rompe el lenguaje porque lo conoce a la perfección. Rubén Darío era el maestro de la precisión, y Vallejo no lo rechaza, sino que lo usa como base: si Darío construyó palacios de cristal con las palabras, Vallejo toma esos cristales para tallar algo más humano y rugoso. En la lectura, compararemos un poema musical de Darío con uno de Trilce para notar cómo Vallejo mantiene la «precisión» del maestro, pero la aplica a temas que el Modernismo no quería ver: el hambre, el cuerpo que duele, el error. La clave radica en entender la «precisión» no como claridad de diccionario, sino como la palabra exacta para un sentimiento exacto, aunque esa palabra sea inventada. Contaremos con la lectura en voz alta de Prosas profanas de Rubén Darío y fragmentos de Los hijos del limo de Octavio Paz.

Sesión 3: El mito y la fiesta detrás de la celda Esta sesión sitúa la cárcel de Trujillo no como una biografía trágica, sino como el lugar donde el lenguaje se desnuda. En el encierro, Vallejo se da cuenta de que las palabras «normales» no sirven para la libertad; aunque allí solo se escribieron algunos poemas, el aislamiento le permitió llegar al «mito»: esa verdad profunda que el lenguaje cotidiano suele esquivar o «soslayar». Analizaremos el poema XVIII no como una queja de preso, sino como una exploración de los límites: ¿qué pasa cuando solo tengo cuatro paredes y mi propio cuerpo? La clave es ver la cárcel como una metáfora de los límites que todos compartimos (el tiempo, la muerte, el cuerpo). La bibliografía de apoyo incluye César Vallejo: Itinerario del hombre de Juan Espejo Asturrizaga y el estudio de André Coyné sobre la soledad y la metafísica vallejiana.

Sesión 4: El Archipiélago y la Fiesta del Sentido El propósito final es dejar de ver poemas sueltos y empezar a contemplar un sistema vivo. Trilce no es un caos; es un archipiélago donde cada poema es una isla, pero lo que realmente importa es el «mar» (el pensamiento) que las une. Es una fiesta de significados donde el lector es invitado a participar completando los vacíos. Conectaremos los temas que han aparecido a lo largo del taller para observar cómo el libro se cierra con una sensación de totalidad orgánica. La clave final: aprender que leer Trilce es como entrar en una fiesta donde no conocemos a nadie, pero después de un rato, empezamos a reconocer la música y terminamos bailando. Nos apoyaremos en César Vallejo en su fase trílcica de Eduardo Neale-Silva y La movediza modernidad de Saúl Yurkievich.

INFORMES E INSCRIPCIONES

  • Público: General. Modalidad online en pequeños grupos.
  • Fechas (Mes de octubre, 4 sesiones): Martes 8, 15, 22 y 29 / Jueves 3, 10, 17 y 24.
  • Horario: 7:30 – 9:00 pm.
  • Inversión: 120 soles (vía Plin), abono por adelantado por las cuatro fechas.
  • Contacto: vasinfin@gmail.com

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EL HUAYNO Y LA “TECNOLOGÍA TRÍLCICA”

Cuzco, Perú – 16 de abril de 2016: Bailarines y espectadores en un festival de danza tradicional en la Plaza de Armas de Cuzco, Perú.

De cierta manera, de Trilce parte una nueva época del huayno; tal como intuyó Walter Benjamin para el arte en la era de su reproductibilidad técnica, aquí la tecnología rehace el arte atávico sin privarlo de su aura.

Plantear que de Trilce nace una nueva etapa de la música y la lírica andinas no implica entender la vanguardia de César Vallejo como un experimento sintáctico occidentalizante, sino como la reevaluación técnica de la materia telúrica. Mientras Benjamin advertía que la técnica moderna tiende a desactivar el aura —el aquí y ahora de lo sagrado—, en la matriz vallejiana ocurre lo inverso: la síncopa, los quiebres ortográficos, los números y el montaje no destruyen el aura, sino que la liberan de la estampa folclórica y la restituyen como una fuerza viva e inmanente.

Antes de 1922, el huayno corría el riesgo de quedar atrapado en el cuadro de costumbres o el lamento pastoral. Vallejo no pretendió «modernizarlo» con adornos cosmopolitas; somete la estructura misma del poema a un proceso de desarticulación que funciona como una nueva tecnología del afecto. El aura en Vallejo no reside en la distancia intocable del templo o el museo, sino en el peso de la materia: los huesos, el concho de la chicha, la quena o la guitarra rasgueada hasta el límite de la cuerda. Trilce anticipó así la transformación del sonido andino al chocar con el disco, la radio, la amplificación eléctrica y la masa migrante. El huayno post-Trilce es ese canto que puede sonar en un altavoz de mercado o en una cinta magnetofónica: la máquina le da velocidad cinemática, pero la densidad del dolor y el goce del ritmo permanecen intactos.

Este canto queda, además, liberado del peaje de ser ejecutado en una lengua nativa. Mis padres, bilingües en quechua y español, cantaban cada cinco o seis años desgarradores yaravíes en quechua hasta la anagnórisis. Mi infancia no memorizó una gramática; absorbió la tesitura, la densidad del desgarro y la sobria gravedad del afecto andino. Por eso, en mis mejores poemas me sitúo en esas coordenadas y escribo con esa misma frecuencia sin saber el idioma quechua y, me atrevería a decir, sin necesitarlo.

Escribo desde mi «bastardía» lingüística. Reivindicar esta postura es el acto de mayor fidelidad a la lección de Vallejo, quien no escribió Trilce desde un quechua purificado ni desde un castellano académico aséptico, sino desde la herida y la tensión de un castellano masticado por el pulso subterráneo de los Andes. La bastardía desmonta la aduana del neoindigenismo purista y la esterilidad del culteranismo de pizarra. La energía del idioma paterno no se transmite por el diccionario, sino por la resonancia del afecto en el cuerpo.

Por eso la conexión con Inkarrí es inmanente. El mito del rey decapitado que junta sus miembros bajo la tierra no exige una credencial lingüística para manifestarse: es una lógica de reconstitución y simetría. Al escribir desde mi tesitura bastarda no estoy «traduciendo» a Inkarrí, sino encarnando su movimiento en el barro del castellano. El mito irrumpe por su propia soberanía, demostrando que la poesía sigue siendo el canto que sabe vibrar en el engranaje de la máquina sin perder la gravedad de la tierra.

Pedro Granados, 2026

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LOS POETAS HIPORREALES Y LA ADUANA NEOINDIGENISTA

César Vallejo, ni hiporreal ni neoindigenista (ni mallarmeano)

A primera vista, el poeta hiporreal —aquel que reduce la poesía a un inventario sociológico, a la anécdota urbana o al registro fotográfico de consumo inmediato— y el poeta neoindigenista o purista de las lenguas nativas parecen habitar orillas opuestas. El primero presume de un pragmatismo secularizado que nombra la mercancía, la pancarta o el dato cotidiano; el segundo se ostenta como el guardián de una reserva moral, ritual o lingüística descontaminada. Sin embargo, en el mapa de la poesía contemporánea, ambas figuras terminan abrazándose en el mismo punto de ceguera: la incapacidad radical para habitar el mito como una fuerza inmanente, viva, impura y en conflicto. Ambos operan desde un mismo achatamiento que reemplaza la densidad material de la palabra por una representación aséptica, tranquilizadora y perfectamente empaquetada para el consumo letrado.

Esta alianza involuntaria se sostiene sobre la neutralización del mito. Mientras el poeta hiporreal mira el mito con condescendencia y lo cataloga como «folklore», «color local» o un anacronismo inservible para el reporte de lo real, el neoindigenista purista le hace un favor idéntico pero en sentido inverso: lo sacraliza congelándolo en la vitrina del museo. En lugar de encarnar la fuerza telúrica y la violencia del mito en el presente del cuerpo que sufre, trabaja y migra, el purismo lo convierte en una estampa identitaria, un souvenir pastoral o una reliquia descontaminada del devenir histórico. En ambos casos, el mito es despojado de su soberanía e inmanencia. Para el hiporrealismo es una nota al pie; para el neoindigenismo, una credencial de pureza. Ninguno de los dos se atreve a tocar la masa hirviente de la historia porque ambos le temen al fango, al «concho» y a la fricción barroca que transubstancia la materia verbal.

Tanto el poeta hiporreal como el neoindigenista purista son trágicamente funcionales al mercado cultural y a la aduana académica. Le ofrecen a la institución letrada productos con etiqueta limpia y clasificable: o bien la «denuncia sociológica de superficie» o bien la «reserva autóctona inofensiva». Ambas tendencias eluden la lección fundamental del Pensamiento Simétrico y de la vanguardia vallejiana: que la poesía no se valida por la exhibición de expedientes urbanos ni por la preservación de pedestales folclóricos. El verdadero archivo de la historia no es el papel oficial ni la vitrina etnocráfica, sino los huesos y la memoria atávica encarnadas en el lenguaje. Frente a esta doble desmaterialización —la de la anécdota plana y la de la pureza arcaica—, la poesía de verdad sigue siendo aquella que golpea el caleidoscopio de cartón (legado de mi hermano Germán), rasga la superficie aséptica de la época y permite que el mito irrumpa como una fuerza autónoma, impura y soberana, devolviendo al signo su peso de presencia viva, la gravedad de su propia estructura y la soberanía inmanente del mito. P.G.

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EL HILO INVISIBLE: DE «EL CUARTO MUNDO» AL PREMIO JOSÉ DONOSO 2026

El fallo del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026, presidido por Diamela Eltit y otorgado a Mario Montalbetti, no es un hecho fortuito ni una mera coincidencia de agenda institucional; es la consagración de una estricta coherencia estética e ideológica que lleva décadas articulándose desde la maquinaria crítica trasandina. Al revisar mi ensayo sobre El cuarto mundo (1988) a la luz de este dictamen, la filiación salta a la vista: lo que Eltit percibió, reconoció y premió en Montalbetti es el triunfo del significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.

En El cuarto mundo, Eltit ensayaba una subversión de la taxonomía patriarcal a través de una inmersión claustrofóbica, corporal y placentaria. Aquella promesa de una «obra sudaca terrible y molesta» se sostenía todavía en la fricción de la carne, el frote incestuoso y la «combinatoria de afinidad de desperdicios y excedentes evacuados por el desamparo del mundo». Si bien operaba en el límite de la legibilidad, la novela mantenía un ancla irreductible con la biología, la marginalidad y el residuo social.

Sin embargo, a lo largo de las últimas cuatro décadas, esa matriz teórico-creativa fue sufriendo un proceso de depuración e higienización. La experiencia del cuerpo doliente y la perversión del sentido cedieron terreno ante la fascinación por la técnica de la elisión, la tautología escolarizada y el repliegue abstracto sobre las imposibilidades del decir. Lo que Eltit legitima hoy en la poesía de Montalbetti es, precisamente, la perfecta ejecución de esa tecnología del vaciamiento: la consolidación de un culteranismo de aula que sustituye la densidad histórica, el aluvión popular y la herida corporal por un desplazamiento incesante de términos donde el lenguaje se celebra a sí mismo como una farsa incapaz de rozar la realidad.

El fallo del Premio José Donoso funciona así como una ilustración modélica de la geopolítica cultural en la región. La institucionalidad letrada chilena —con sus jurados, sus fondos de distribución y su prestigio académico— consagra en el Perú no a las poéticas del «concho», del «hueso» o de la inmanencia popular, sino a su propia réplica aséptica. El discurso que en los años 80 pretendía disputarle la objetividad al poder termina reconvertido en el protocolo oficial de validación regional: la confirmación de que, para el canon hegemónico, la única poesía «iluminada» es aquella que ha aprendido a extirparle al verso la materia viva, la memoria colectiva y los tentáculos del deseo.

Pedro Granados, 2026

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GEOPOLÍTICA EDITORIAL Y LA CAPTURA DE LA POESÍA PERUANA

En el plano de la geopolítica cultural del continente, la última década ha consolidado el desplazamiento de los viejos ejes de gravitación poética. Si entre los años 80 y 90 el neobarroso rioplatense (Perlongher, Echavarren, Milán) irradiaba una potencia libertaria, hinchada de cuerpo, deseo y marginalidad, el siglo XXI ha atestiguado la imposición del eje trasandino: un neomallarmismo o posestructuralismo escolarizado que promueve el repliegue, la «falla del lenguaje», el significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.

Esta maquinaria crítica y editorial —potenciada por el circuito de alianzas trasandino-mexicano, sus fondos institucionales y la red de distribución académica— opera en la región como una cabecera de playa. Su función estratégica consiste en despojar al poema de su densidad histórica, su oralidad y su conflicto social para sustituirlo por un producto aséptico, neutro y fácilmente circulable en las vitrinas de la Ciudad Letrada global.

El fenómeno, en el fondo, responde a una histórica dinámica de extracción en la que la poesía peruana ha funcionado como la gran cantera inmaterial del continente. Desde la irrupción de César Vallejo, la tradición poética del Perú ha sido un botín estético del cual diversas hegemonías regionales han extraído mineral para procesarlo, empaquetarlo y venderlo bajo marcas registradas de exportación.

Un ejemplo diáfano de esta captura se observa en la trayectoria de la neovanguardia y el infrarrealismo. La irrupción de Roberto Bolaño en el mapa editorial internacional logró hegemonizar y estetizar la violencia y la noche latinoamericana, operando una sustitución simbólica: en el imaginario global, el impulso épico-callejero de figuras como Mario Santiago Papasquiaro o Rubén Vicente Anaya pasó a ser el «mito Bolaño». Para lograr esa operación, la fuente de combustible verbal indispensable fue Hora Zero y la poética del «poema integral» (Verástegui, Ojeda, Pimentel). La matriz peruana puso el cuerpo, la sangre y el aluvión marginal; la máquina editorial trasandina se quedó con la propiedad intelectual del relato.

Esta relación de subordinación y vampirización tiene raíces más profundas. La antipoesía de Nicanor Parra, en su genialidad desmitificadora, resulta impensable sin la previa secularización del lenguaje, el quiebre de la sintaxis noble y el desgarro cotidiano de Trilce y los Poemas humanos. Del mismo modo, en la retórica de Gonzalo Rojas, el jadeo sagrado y la tensión del erotismo reenvían constantemente a la respiración vallejiana, procesada desde la alta consagración institucional.

La hegemonía del modelo neomallarmista actual no es casual: requiere desarticular la potencia material del lenguaje que va desde Vallejo hasta Luis Hernández, Pablo Guevara o el movimiento del 70. Una vez que al poema se le extirpan los tentáculos del deseo, el barro y la memoria colectiva, queda reducido a un silogismo de pizarra o a un elegante souvenir de diseño. Frente a esa máquina de vaciamiento, la poesía en el Perú conserva su ventaja insobornable: la capacidad ancestral de jugar al filo del reglamento, volver encarnadas las palabras y devolvernos, más allá del mercado, la dignidad de un justo bocado a la boca.

Pedro Granados, 2026

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