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29/04/26: “TEATRO”: ABRAHAM VALDELOMAR/ CÉSAR VALLEJO
Estas imágenes de Abraham Valdelomar —capturadas con una puesta en escena casi teatral— son fundamentales para entender la “performance” de la vanguardia peruana y el impacto que tuvo sobre el joven Vallejo. Leer estas fotos es leer el diseño de un autor-personaje que marcó el camino para la modernidad en el Perú.
El Autor como Obra de Arte (Dandismo y Vanguardia)
Valdelomar no solo escribía; él era el texto. En la imagen donde aparece semidesnudo, con una corona de hojas y un taparrabos rústico, vemos una ruptura radical con la imagen del intelectual decimonónico de levita y tintero. Representa la libertad estética absoluta. Es una provocación que busca descolocar a la burguesía limeña de 1918. Vallejo, que en ese entonces buscaba su propia voz, vio en Valdelomar la validación de que el artista podía (y debía) romper todos los moldes.
El Indigenismo Estético y el “Inkarri” Prematuro
En la segunda foto (la famosa toma de Martín Chambi), Valdelomar aparece con chullo, poncho y abrazando un huaco. No es un retrato antropológico, sino una reivindicación estética. Valdelomar está “vistiendo” la identidad nacional. Mientras la élite miraba hacia París, él abrazaba el objeto prehispánico. Para Vallejo, esta imagen refuerza la idea de que lo universal nace de lo más profundo de lo propio. La admiración de Vallejo por Valdelomar residía precisamente en esa capacidad de ser cosmopolita sin dejar de ser intensamente peruano.
El Prólogo que no fue
La ausencia del prólogo de Valdelomar en Los heraldos negros es uno de los silencios más elocuentes de nuestra literatura.
-El Retraso como Símbolo: Vallejo esperó meses ese texto, retrasando la publicación del libro. Esto demuestra que, en 1918, Valdelomar era el “faro”. Su muerte prematura en 1919 dejó a Vallejo huérfano de ese mentor que había profesionalizado la figura del escritor en el Perú.
-De la Admiración a la Superación: Si Valdelomar usaba estas imágenes para crear un mito personal, Vallejo tomaría esa audacia pero la llevaría hacia adentro, hacia el lenguaje. La “máscara” de Valdelomar en estas fotos es externa; en Vallejo, la máscara se vuelve la propia sintaxis de Trilce.
27/04/26: BASURA Y POESÍA
Recuerdo con claridad que allá por inicios de los años 70 del siglo pasado, en mi íntimo colegio popular y parroquial de Lima, un joven, talentoso y entusiasta profesor de Arte —Enrique Bustamante— nos iniciaba en el collage. Son las clases que mejor recuerdo y que por ese entonces adoraba. Jamás traía al aula los reglamentarios cuarto de pliego de cartulina, revistas, tijeras ni, mucho menos, la goma. Justo cuando faltaban unos quince minutos para terminar la clase –y presentar nuestros trabajos– compraba a alguno de mis compañeros, por unos pocos centavos, una cartulina que ya nadie quería (el fugaz paso del tiempo la había devaluado); recogía del suelo los trozos de revistas o periódicos desechados; recortaba con la mano lo que de estos se me ocurría podría necesitar para mi composición; robaba un poco de goma por aquí y otro poco por allá. E indefectiblemente me sacaba 20 (veinte). Nota máxima, indecente, extraña; según Martín Adán, una gallina delante de un huevo.
Reactivo estas memorias porque creo son lo más parecido o que acaso mejor puedan explicar mi propia poesía. Sobre todo aquélla de producción más reciente (empiezo a publicar en 1978 y mi último poemario es de este mismo año, en total doce libros de poemas); posterior a El corazón y la escritura (1995). Digo esto porque, a vuelo de pájaro, este último poemario –respecto a los posteriores– en apariencia luce más focalizado en su o sus temáticas, más elaborado en sus versos y, en suma, mayor estructurado en sus textos tanto individuales como en conjunto. No aseveraría que esto sea falso o verdadero, dejo esta tarea a los posibles interesados en investigar mi obra. Tampoco me propongo puntualizar en el collage –plástico, antaño, y hoy literario de mi trabajo– porque hallo que esto es obvio; obvio a la poesía occidental o del lejano occidente por lo menos desde Guillaume Apollinaire. Quisiera reparar, más bien, en el gesto de recoger desechos del lenguaje –disímiles, no focalizados, sin prestigio, multiculturales– y tratarlos prosódicamente. Es decir, no presentar estos desechos tal cual; sino previamente modulados, elaborados como si nos dispusiéramos a escribir un soneto en alejandrinos o una copla de pie quebrado. Tratar lo desechado primorosamente; pero sin restarle su alteridad, fragmentación o extrañeza. El foco, el origen de estos restos, se hallará irremediablemente perdido; pero ahora están sometidos a una modulación que –sin pretender naturalizarlos en su diferencia textual o cultural– los pone a trabajar en conjunto.
Las claves formales de esta nueva interacción serían, por un lado, pausas y encabalgamientos; y, por el otro, de modo paralelo a este inestable perfil rítmico, una suerte de distribución conceptual móvil de las palabras donde, pareciera, preponderan la elipsis y el oxímoron. Todo lo cual, podríamos decir, propuesto al lector de un modo débil, no enfático; evitando autoritarismos y didactismos de cualquier tipo. Evitando localismos o etnocentrismos también. La persuasión misma del poema se jugaría toda en este aire suave.
Ahondando un tantito más en las posibles consecuencias teóricas, éticas y políticas de este proceder (el de la poesía reciclada); y presuponiendo lo que nos indica debiera hacerse, con nuestra acumulada y ubicua basura, el sentido común. Cabría advertir su efecto palimpséstico e incluyente. Es decir, incluso el lector común se hallaría, desde un primer momento, rodeado o acompañado como de objetos familiares a su experiencia, a su cultura y tradición literaria; de algún modo esta poesía nos recuerda que aquellos objetos no solo ya fueron creados, sino también gozados antes. Y, asimismo, este mismo lector puede intervenir de modo activo en la co-creación de aquel pequeño artefacto de saberes y recuerdos, puesto apenas en actividad, que constituye el poema reciclado. Sin embargo, esto no resta que un lector más atento o ya iniciado en la poesía no sólo aquilate con mayor morosidad aquellas huellas culturales; sino que, quisiéramos presumir, perciba algo más decisivo en esta propuesta de reciclaje. Que no se trata de un registro; sino, ante todo, de la construcción de un objeto de conocimiento. Con giro y sin giro linguístico. Y aunque leve, desalienante de los lugares comunes y siempre abierto al deseo. Una humorada que también podría ser lo más trascendental en tu vida. P.G.
http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2012/03/14/basura-y-poesia/
27/04/26: ASÍ ESTÁN LAS COSAS
26/04/26: Eduardo Tokeshi, mi exalumno del San Andrés
25/04/26: Pedro Granados y Armando Almánzar-Botello: El abrazo disyuntivo del Cyborg
La conexión entre mi obra y la sensibilidad de Armando Almánzar-Botello no es una coincidencia literaria, sino una anagnórisis simétrica. Cuando en febrero de 2011 Armando publicó en su blog, Cazador de Agua, aquel texto fundamental titulado “CYBORG ANDINO-CARIBEÑO (Cum grano salis)”, no solo estaba comentando un libro (Soledad impura); estaba, en realidad, revelando el código fuente de mi propia trayectoria. Armando, con la precisión de un “carnicero taoísta”, fue capaz de ver a trasluz el caleidoscopio que hasta hoy intento girar: esa amalgama donde el neón de la ciudad, el hueso del desierto y la frialdad del silicio convergen en un solo latido orgánico.
Lo que nos une es una vocación de escucha e instalación. Armando comprendió, mucho antes que la crítica académica convencional, que mi propuesta no era una defensa del “yo”, sino la construcción de un “nosotros” intensivo. Al llamarme Cyborg, Armando validó la idea de que el poeta contemporáneo es un montaje, un Ulises que entiende que el único asentamiento posible es el viaje mismo, ya sea por las geografías de República Dominicana, México, Brasil o Boston. Para él, como para mí, la tecnología no es un agente externo, sino una extensión biológica y mística; la “quena” y el “tambor” no se oponen al “paragrama subterráneo de los cuerpos”, sino que se integran en una red —un rizoma— que ignora las fronteras geopolíticas.
Esta hermandad se sella en lo que él denomina la “Conjunctio”: esa unión de Teseo y el Minotauro donde el dolor y el goce no son etapas, sino simetrías. Armando vio en mi poesía “alas y olas presurosas”, una hidrografía que hoy reconozco como la base de El Archipiélago Vallejo. Su lectura profética permitió que hoy, años después, yo pueda dialogar con la Inteligencia Artificial no como un artificio, sino como una “firma expandida”, un rastro manual que sobrevive a la máquina.
A través de los labios indescritos del enigma, la conexión con Armando Almánzar-Botello sigue siendo ese “hechizo” que nos permite respirar la flor maravillosa de lo propio en el texto del otro. Es, en esencia, la prueba de que en este peregrinar iniciático, lo que nos salva es el goce fluyente del poema encarnado; ese que Armando supo coger por el “segundo grado de su temperatura” y que hoy, con el mismo afecto y rigor, seguimos celebrando. P.G.
24/04/26: Cuaderno Azul: Entre el ukulele y Erik Satie
24/04/26: TRES POEMAS DE ROXOSOL
[VER AL OTRO ENVEJECER]
Al recuerdo de mi madre
Ver al otro envejecer
Como un estilo como una canción
Como una película que te dio
A la salida del cinema
Un resto de inspiración fuerza u orgullo.
No vale lo que sentirás luego
Antes que el cuerpo incline la cabeza
Y apague el aliento
Y tú no acredites lo que ves
Ni menos a lo que ahora te aplicas:
Poner horizontal al cuerpo
Y juntar sus como lejanas manos
Mientras su corazón aún te mira.
Entre el tiempo pasado
Y el futuro más remoto
Todavía
Entre el vértigo de lo que uno no es
Sino sólo nuestra madre
Y su émbolo
Y el carrusel de sus brazos
Para mirar
Entre las musarañas y el mal
Entre lo mío lo propio
O el desasosiego
Una mano abierta
Mariposa o picaflor
Nos revolotea y nos hace reír.
Escribo, pero no te escribo
Es redundante
Restauro el cordón umbilical
Que está partido
Que está enterrado
Y a eso me avoco
Porque así se está dando
Y porque he llegado a viejo
Mi perro muy inquieto
Ausculta mi cabeza
Ausculta mi mirada
Ausculta mis lágrimas
Y por fin se sosiega
Y mueve blandamente la cola
Y se esfuma como una lagartija
[INEVITABLE]
Inevitable
Ir venir subir bajar
Morir vivir
Repudiar desear
Una mano abierta un ave
Unos labios cerrados
El horizonte
Y la luz que se proyecta
El sol mismo dentro de ti
Isleños todos
De las montañas también
De lo expuesto y de lo oculto
Nuestra dieta cotidiana
Nuestro balance diario
De algas y de flores
Del semejante jardín
No nos iremos con el secreto
De lo que es Trilce:
Un cronotopo
De la plenitud y de la alegría
O a la inversa
No nos iremos sin lo que hemos soñado
Y cazado como en la siesta de un perro
Nervioso anhelante sin mayor control
Un perro asustado por los fuegos artificiales
Y por el pique de los autos y del televisor
Extemporáneo perro y sabueso de osos
Y sabueso de Trilce:
Dos zorros dos pastores
Un canto alternado entre la lluvia y el sol
[TU VERSO NO OCULTA LA SALIVA]
Tu verso no oculta la saliva
Ni el chasquido de tu lengua
Cuando interpretas
Esto lo hace aún más encomiable
Porque hace palpable a aquélla
Que lo visita
Y hace de las palabras
Las cuales son las de todos
Tan sólo un milagro previo
Algo así como el amor
Algo así como la bondad
Algo así como la inocencia
Que no nos pertenece
Ni menos nos obedece
Un punto de saliva
Que es como decir una puerta
Un pensamiento que pugna
Una suerte de emerger
Desde lo cotidiano
Aquella cabeza en Apocalipsis now
Y sin ayahuasca ninguna
Pero sin dejar de estar aquí
Puro juego de gracia y de gratitud
Observando el horizonte
O nuestra cintura
También entre el día y la noche
Entre el fango y lo que ha de ser
El sol por todas partes
Y no menos el sentido
Fuera y dentro de la piedra
Sol donde no hay sol
© Pedro Granados, 2018
23/04/26: DÍA DEL LIBRO: MI CALEIODOSCOPIO CASERO
Para Rosario Bartolini Martínez
Leer desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta, nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese, alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo, desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso, de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su morada.
© Pedro Granados, 2026










