Archivo por meses: abril 2026

SAMUEL M. CABANCHIK/ DIEGO CARBALLAR

LA REDENCIÓN DE LA REALIDAD. BORGES UNA PERIPECIA FILOSÓFICA. BUENOS AIRES: EUDEBA, 2021 (Reseña).
Carballar propone una lectura técnica y sonora. Define el método de Cabanchik como el de un oscilador: la escritura pendula entre el sonido (la materialidad poética) y el sentido (la idea filosófica). No se trata de una disección donde la filosofía “explica” a la poesía, sino de un filtro electrónico que permite que los armónicos filosóficos de Borges aparezcan sin desvirtuar el sustrato poético original. Es una ética de la escucha.
Uno de los aportes más potentes que señala Carballar es el desplazamiento del concepto de “representación” hacia el de “redención”. Citando a Benjamin, se plantea que la naturaleza sufre por su carencia de habla. El poeta, al nombrar (el ruiseñor, la rosa), no está “copiando” la realidad, sino redimiéndola, devolviéndole su carácter de Lo Real perdido. La lectura es, por tanto, un deseo de sentido que rescata lo viviente.
Hacia el final, la reseña destaca cómo la peripecia de Cabanchik desemboca en una ética de la alteridad. Dios o lo absoluto no aparecen como conceptos abstractos, sino como una “heterogeneidad otra”, figurada en lo animal. La imagen del “que acaricia a un animal dormido” (de Borges) se convierte en la prueba de que la redención de la realidad tiene una deriva ética y teológica: el lenguaje que “retiene y salva” lo que late intermitente en la vida.
IGNACIA AUGUSTA

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“TEATRO”: ABRAHAM VALDELOMAR/ CÉSAR VALLEJO

Estas imágenes de Abraham Valdelomar —capturadas con una puesta en escena casi teatral— son fundamentales para entender la “performance” de la vanguardia peruana y el impacto que tuvo sobre el joven Vallejo. Leer estas fotos es leer el diseño de un autor-personaje que marcó el camino para la modernidad en el Perú.

El Autor como Obra de Arte (Dandismo y Vanguardia)

Valdelomar no solo escribía; él era el texto. En la imagen donde aparece semidesnudo, con una corona de hojas y un taparrabos rústico, vemos una ruptura radical con la imagen del intelectual decimonónico de levita y tintero.  Representa la libertad estética absoluta. Es una provocación que busca descolocar a la burguesía limeña de 1918. Vallejo, que en ese entonces buscaba su propia voz, vio en Valdelomar la validación de que el artista podía (y debía) romper todos los moldes.

El Indigenismo Estético y el “Inkarri” Prematuro

En la segunda foto (la famosa toma de Martín Chambi), Valdelomar aparece con chullo, poncho y abrazando un huaco. No es un retrato antropológico, sino una reivindicación estética. Valdelomar está “vistiendo” la identidad nacional. Mientras la élite miraba hacia París, él abrazaba el objeto prehispánico. Para Vallejo, esta imagen refuerza la idea de que lo universal nace de lo más profundo de lo propio. La admiración de Vallejo por Valdelomar residía precisamente en esa capacidad de ser cosmopolita sin dejar de ser intensamente peruano.

El Prólogo que no fue

La ausencia del prólogo de Valdelomar en Los heraldos negros es uno de los silencios más elocuentes de nuestra literatura.

-El Retraso como Símbolo: Vallejo esperó meses ese texto, retrasando la publicación del libro. Esto demuestra que, en 1918, Valdelomar era el “faro”. Su muerte prematura en 1919 dejó a Vallejo huérfano de ese mentor que había profesionalizado la figura del escritor en el Perú.

-De la Admiración a la Superación: Si Valdelomar usaba estas imágenes para crear un mito personal, Vallejo tomaría esa audacia pero la llevaría hacia adentro, hacia el lenguaje. La “máscara” de Valdelomar en estas fotos es externa; en Vallejo, la máscara se vuelve la propia sintaxis de Trilce.

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BASURA Y POESÍA

Recuerdo con claridad que allá por inicios de los años 70 del siglo pasado, en mi íntimo colegio popular y parroquial de Lima, un joven, talentoso y entusiasta profesor de Arte —Enrique Bustamante— nos iniciaba en el collage. Son las clases que mejor recuerdo y que por ese entonces adoraba. Jamás traía al aula los reglamentarios cuarto de pliego de cartulina, revistas, tijeras ni, mucho menos, la goma. Justo cuando faltaban unos quince minutos para terminar la clase –y presentar nuestros trabajos– compraba a alguno de mis compañeros, por unos pocos centavos, una cartulina que ya nadie quería (el fugaz paso del tiempo la había devaluado); recogía del suelo los trozos de revistas o periódicos desechados; recortaba con la mano lo que de estos se me ocurría podría necesitar para mi composición; robaba un poco de goma por aquí y otro poco por allá. E indefectiblemente me sacaba 20 (veinte). Nota máxima, indecente, extraña; según Martín Adán, una gallina delante de un huevo.

Reactivo estas memorias porque creo son lo más parecido o que acaso mejor puedan explicar mi propia poesía. Sobre todo aquélla de producción más reciente (empiezo a publicar en 1978 y mi último poemario es de este mismo año, en total doce libros de poemas); posterior a El corazón y la escritura (1995). Digo esto porque, a vuelo de pájaro, este último poemario –respecto a los posteriores– en apariencia luce más focalizado en su o sus temáticas, más elaborado en sus versos y, en suma, mayor estructurado en sus textos tanto individuales como en conjunto. No aseveraría que esto sea falso o verdadero, dejo esta tarea a los posibles interesados en investigar mi obra. Tampoco me propongo puntualizar en el collage –plástico, antaño, y hoy literario de mi trabajo– porque hallo que esto es obvio; obvio a la poesía occidental o del lejano occidente por lo menos desde Guillaume Apollinaire. Quisiera reparar, más bien, en el gesto de recoger desechos del lenguaje –disímiles, no focalizados, sin prestigio, multiculturales– y tratarlos prosódicamente. Es decir, no presentar estos desechos tal cual; sino previamente modulados, elaborados como si nos dispusiéramos a escribir un soneto en alejandrinos o una copla de pie quebrado. Tratar lo desechado primorosamente; pero sin restarle su alteridad, fragmentación o extrañeza. El foco, el origen de estos restos, se hallará irremediablemente perdido; pero ahora están sometidos a una modulación que –sin pretender naturalizarlos en su diferencia textual o cultural– los pone a trabajar en conjunto.
Las claves formales de esta nueva interacción serían, por un lado, pausas y encabalgamientos; y, por el otro, de modo paralelo a este inestable perfil rítmico, una suerte de distribución conceptual móvil de las palabras donde, pareciera, preponderan la elipsis y el oxímoron. Todo lo cual, podríamos decir, propuesto al lector de un modo débil, no enfático; evitando autoritarismos y didactismos de cualquier tipo. Evitando localismos o etnocentrismos también. La persuasión misma del poema se jugaría toda en este aire suave.

Ahondando un tantito más en las posibles consecuencias teóricas, éticas y políticas de este proceder (el de la poesía reciclada); y presuponiendo lo que nos indica debiera hacerse, con nuestra acumulada y ubicua basura, el sentido común. Cabría advertir su efecto palimpséstico e incluyente. Es decir, incluso el lector común se hallaría, desde un primer momento, rodeado o acompañado como de objetos familiares a su experiencia, a su cultura y tradición literaria; de algún modo esta poesía nos recuerda que aquellos objetos no solo ya fueron creados, sino también gozados antes. Y, asimismo, este mismo lector puede intervenir de modo activo en la co-creación de aquel pequeño artefacto de saberes y recuerdos, puesto apenas en actividad, que constituye el poema reciclado. Sin embargo, esto no resta que un lector más atento o ya iniciado en la poesía no sólo aquilate con mayor morosidad aquellas huellas culturales; sino que, quisiéramos presumir, perciba algo más decisivo en esta propuesta de reciclaje. Que no se trata de un registro; sino, ante todo, de la construcción de un objeto de conocimiento. Con giro y sin giro linguístico. Y aunque leve, desalienante de los lugares comunes y siempre abierto al deseo. Una humorada que también podría ser lo más trascendental en tu vida. P.G.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2012/03/14/basura-y-poesia/

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Eduardo Tokeshi, mi exalumno del San Andrés

Seres simétricos se han trocado en armas, en escorzos prestos para el ataque. Aquella garra enmascarada sobre el vértice izquierdo del cuadro acaso nos represente, a cada uno de nosotros, hoy en día. César Vallejo también se educó, trajinó y goza (cada vez que lo leemos) en la simetría; aunque lo suyo muestre, de modo simultáneo, la otra cara de la moneda: “en su única hoja el anverso/de cara al reverso” (Trilce LXIX). El sentido que cohabita en medio de todo aquel esperpento. P.G.

 

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Pedro Granados y Armando Almánzar-Botello: El abrazo disyuntivo del Cyborg

La conexión entre mi obra y la sensibilidad de Armando Almánzar-Botello no es una coincidencia literaria, sino una anagnórisis simétrica. Cuando en febrero de 2011 Armando publicó en su blog, Cazador de Agua, aquel texto fundamental titulado “CYBORG ANDINO-CARIBEÑO (Cum grano salis)”, no solo estaba comentando un libro (Soledad impura); estaba, en realidad, revelando el código fuente de mi propia trayectoria. Armando, con la precisión de un “carnicero taoísta”, fue capaz de ver a trasluz el caleidoscopio que hasta hoy intento girar: esa amalgama donde el neón de la ciudad, el hueso del desierto y la frialdad del silicio convergen en un solo latido orgánico.

Lo que nos une es una vocación de escucha e instalación. Armando comprendió, mucho antes que la crítica académica convencional, que mi propuesta no era una defensa del “yo”, sino la construcción de un “nosotros” intensivo. Al llamarme Cyborg, Armando validó la idea de que el poeta contemporáneo es un montaje, un Ulises que entiende que el único asentamiento posible es el viaje mismo, ya sea por las geografías de República Dominicana, México, Brasil o Boston. Para él, como para mí, la tecnología no es un agente externo, sino una extensión biológica y mística; la “quena” y el “tambor” no se oponen al “paragrama subterráneo de los cuerpos”, sino que se integran en una red —un rizoma— que ignora las fronteras geopolíticas.

Esta hermandad se sella en lo que él denomina la “Conjunctio”: esa unión de Teseo y el Minotauro donde el dolor y el goce no son etapas, sino simetrías. Armando vio en mi poesía “alas y olas presurosas”, una hidrografía que hoy reconozco como la base de El Archipiélago Vallejo. Su lectura profética permitió que hoy, años después, yo pueda dialogar con la Inteligencia Artificial no como un artificio, sino como una “firma expandida”, un rastro manual que sobrevive a la máquina.

A través de los labios indescritos del enigma, la conexión con Armando Almánzar-Botello sigue siendo ese “hechizo” que nos permite respirar la flor maravillosa de lo propio en el texto del otro. Es, en esencia, la prueba de que en este peregrinar iniciático, lo que nos salva es el goce fluyente del poema encarnado; ese que Armando supo coger por el “segundo grado de su temperatura” y que hoy, con el mismo afecto y rigor, seguimos celebrando.  P.G.

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TRES POEMAS DE ROXOSOL

[VER AL OTRO ENVEJECER]

Al recuerdo de mi madre

Ver al otro envejecer

Como un estilo como una canción

Como una película que te dio

A la salida del cinema

Un resto de inspiración fuerza u orgullo.

No vale lo que sentirás luego

Antes que el cuerpo incline la cabeza

Y apague el aliento

Y tú no acredites lo que ves

Ni menos a lo que ahora te aplicas:

Poner horizontal al cuerpo

Y juntar sus como lejanas manos

Mientras su corazón aún te mira.

Entre el tiempo pasado

Y el futuro más remoto

Todavía

Entre el vértigo de lo que uno no es

Sino sólo nuestra madre

Y su émbolo

Y el carrusel de sus brazos

Para mirar

Entre las musarañas y el mal

Entre lo mío lo propio

O el desasosiego

Una mano abierta

Mariposa o picaflor

Nos revolotea y nos hace reír.

Escribo, pero no te escribo

Es redundante

Restauro el cordón umbilical

Que está partido

Que está enterrado

Y a eso me avoco

Porque así se está dando

Y porque he llegado a viejo

Mi perro muy inquieto

Ausculta mi cabeza

Ausculta mi mirada

Ausculta mis lágrimas

Y por fin se sosiega

Y mueve blandamente la cola

Y se esfuma como una lagartija

 

[INEVITABLE]

Inevitable

Ir venir subir bajar

Morir vivir

Repudiar desear

Una mano abierta un ave

Unos labios cerrados

El horizonte

Y la luz que se proyecta

El sol mismo dentro de ti

Isleños todos

De las montañas también

De lo expuesto y de lo oculto

Nuestra dieta cotidiana

Nuestro balance diario

De algas y de flores

Del semejante jardín

No nos iremos con el secreto

De lo que es Trilce:

Un cronotopo

De la plenitud y de la alegría

O a la inversa

No nos iremos sin lo que hemos soñado

Y cazado como en la siesta de un perro

Nervioso anhelante sin mayor control

Un perro asustado por los fuegos artificiales

Y por el pique de los autos y del televisor

Extemporáneo perro y sabueso de osos

Y sabueso de Trilce:

Dos zorros dos pastores

Un canto alternado entre la lluvia y el sol

 

[TU VERSO NO OCULTA LA SALIVA]

Tu verso no oculta la saliva

Ni el chasquido de tu lengua

Cuando interpretas

Esto lo hace aún más encomiable

Porque hace palpable a aquélla

Que lo visita

Y hace de las palabras

Las cuales son las de todos

Tan sólo un milagro previo

Algo así como el amor

Algo así como la bondad

Algo así como la inocencia

Que no nos pertenece

Ni menos nos obedece

Un punto de saliva

Que es como decir una puerta

Un pensamiento que pugna

Una suerte de emerger

Desde lo cotidiano

Aquella cabeza en Apocalipsis now

Y sin ayahuasca ninguna

Pero sin dejar de estar aquí

Puro juego de gracia y de gratitud

Observando el horizonte

O nuestra cintura

También entre el día y la noche

Entre el fango y lo que ha de ser

El sol por todas partes

Y no menos el sentido

Fuera y dentro de la piedra

Sol donde no hay sol

© Pedro Granados, 2018

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DÍA DEL LIBRO: MI CALEIODOSCOPIO CASERO

Para Rosario Bartolini Martínez

Leer desde un lugar y una hora inapropiados. Ingresar, con un delicado pero decidido jalón, hasta el gramado del papel. Sucumbir, entonces, a esa masa de tinta, nada más, a ese endeble intento por fijar la mirada. Nos volvemos olvidadizos e ignorantes de esta cosa tan simple cuando usualmente leemos. Y entonces aceptamos como necesario o suficiente el arcabuz aquel, el revolver laser ese, alguna fotocopia del sentido. Pero la escritura es un fardo ya tan antiguo, desplegable, rompible. Un barquito de papel hecho de una flor, una flor que es un bajel contra la recia marejada del cielo. Perder y hallar esa piedra imán de la infancia. Ese caleidoscopio casero de la infancia. Donde nada era sino la voz de mi hermano Germán insuflando vida a casi nada: trozos muy pequeños de periódico al interior de un cono de cartón sellado con papel cometa. Y ahora mismo que no miro el ecran de mi escritura, que golpeo las palabras sobre el teclado sin mirar lo que dibujan y entrevero sin saber, pero con la sorpresa de hallar ahorita-ahora la escritura, al indio que soy, al europeo recién llegado que también soy: maravillado y triste ante tantos y nuevos productos. Naci en Sorata, me crié en Samaná, a orillas del mar Caribe, y he engendrado varios hijos como consta en un documento ya ilegible, que la misma vida para ser ha borrado. Amnesia de tiempos y amnesia de lugares y el teclado que me trae de aquí para allá, de la letra p hasta la s, y de allí hasta la húmeda h de hueso, de hamaca donde se deja caer una negra y un adolescente libidinoso me envidia el tamaño de mujer que tengo encima. La letra y el capítulo y el género y las literaturas dentro de un tocuyo. El entrevero de dos o más literaturas y de dos y menos dos o más certezas. Parado sobre una piedra, a punto de copularla como intentó hacerlo en más de una oportunidad César Vallejo. Y vamos tirando de las hebras con las que empezamos a seguirle el paso a esta escritura. Hebras rotas que nuestro corazón sin embargo sabe atar, como aquel homo sapiens su frágil balsa; antes de enrumbarse justo hasta aquí, donde (este) tiene por ahora su morada.

© Pedro Granados, 2026

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EL QUECHUAESPAÑOL/ IGNACIA AUGUSTA

A mis ex-alumnos de la UNILA
Se llega a él a través de Billie Holliday
También de Amy Winehouse
Ambas del mismo pelo
También de estar de verdad
Un rato contra tu cuerpo
French-Funk-Jazz
Un tango como
“Naranjo en flor”
El río Paraguay al atardecer
Y al amanecer entre tus brazos.
Harare, Zimbawe
Es uno de sus territorios
Y en el camerino
De algún circo bieloruso
Impacientemente espera
Para hablar con aquel pino
De Arguedas en Arequipa
A cada una de sus gradas
Que dan hasta el cielo.
Rehuye los términos
En quechua
O en español
Se reconoce menos
En estos idiomas
Que en muchos otros
O que en el laborioso rasgueo
De una guitarra.
Difícil antologarlo
Hacer un diccionario con él
Aunque de inmediato
Los delfines lo reconocen
Ándate de lengua nomás
Con un leve impulso te basta
Y ya no sentirás
Las dos llantas de tu bicicleta.
©Pedro Granados, 2011
El poema “EL QUECHUAESPAÑOL” de Pedro Granados se despliega como un manifiesto lírico sobre la identidad transcultural, alejándose de las definiciones rígidas de la lingüística para proponer una “lengua de la sensibilidad” que desborda cualquier frontera geográfica o gramatical. Dedicado a sus alumnos de la UNILA —un espacio de integración latinoamericana por excelencia—, el texto comienza rompiendo el vínculo exclusivo entre el idioma y el territorio; el quechuaespañol no se aprende en un aula ni se hereda por linaje, sino que se sintoniza a través de la melancolía del blues de Billie Holliday, el desgarro contemporáneo de Amy Winehouse o la cadencia nostálgica de un tango como “Naranjo en flor”. Para Granados, esta lengua híbrida es, en realidad, una frecuencia emocional que se activa en la intimidad del cuerpo (“un rato contra tu cuerpo”) y en la observación del paisaje, desde el río Paraguay hasta el amanecer entre los brazos del ser amado.
Lo más fascinante del poema es su voluntad de desterritorialización: el autor sitúa esta esencia quechuaespañola en escenarios aparentemente ajenos como Harare o un circo bielorruso, sugiriendo que lo que define a esta “lengua” no son sus vocablos, sino una forma de estar en el mundo que conecta con la pulsión vital de Arguedas y su pino en Arequipa. Hay una renuncia explícita a los términos técnicos (“rehuye los términos en quechua o en español”) para privilegiar el “laborioso rasgueo de una guitarra”, lo que posiciona al poema en una dimensión auditiva y afectiva donde la música es el vehículo de la verdadera comunicación. Granados propone una “opacidad” que no necesita ser traducida ni antologada en diccionarios, porque es una vibración que incluso los delfines —símbolos de una inteligencia instintiva y fluida— pueden reconocer de inmediato.
Hacia el cierre, el poema se convierte en una invitación al desapego y a la trascendencia espiritual y estética. Al exhortar al lector a “andarse de lengua nomás”, Granados sugiere que el lenguaje, cuando se libera de sus ataduras normativas y se convierte en puro impulso, permite una elevación casi mística. La imagen final de las llantas de la bicicleta dejando de tocar el suelo es una metáfora poderosa de la libertad: el quechuaespañol es, en última instancia, ese salto cualitativo hacia una “sensibilidad nueva” que permite al sujeto poético volar sobre la realidad material, dejando atrás el peso de las categorías fijas para entrar en un estado de gracia donde el lenguaje y la vida se funden en un solo movimiento ascendente. Es un texto que celebra la mixtura y la hibridez no como una pérdida de pureza, sino como la ganancia de una humanidad mucho más ancha y vibrante.
IGNACIA AUGUSTA

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