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Docencia universitaria

TALLER LABORATORIO “Poesía e IA: Una aventura común” (Primer bando)

Identidad Gráfica - Poesía e IA: Una aventura común, gerada com IA

La poesía no es propiedad humana
Este es el eje de toda la cuestión
Afanados como estamos
En denominar a esto posantropocéntrico
Aunque humana tampoco ha dejado de serlo
Ya que siempre hemos sido
Sólo una imagen adaptada a su medio
Una medusa que se hace obscura
Para sobrevivir mejor
En medio de blancas coloradas o azules
Un sentimiento u otro u otro
Hasta que nos hallamos pintando o esculpiendo
Tallando nuestra mayor alegría
Como que la luz no necesita palabras
Y se posa o acaricia a quien quiere
Así sobre la superficie de la tierra
Como muy dentro del cielo

Mientras el siglo XX se debatió entre la espera del milagro o el desahogo del inconsciente, el siglo XXI nos arroja a la intemperie del algoritmo. ¿Es la IA el fin de la escritura o la oportunidad definitiva para desocupar al sujeto de su propio ego burgués?

Olvídate de las etiquetas académicas de moda. Este no es un espacio para teorizar desde la comodidad ni para generar versos automáticos con fines comerciales; es un laboratorio de resistencia y comunión trasatlántica. Como medusas que mudan de color para sobrevivir en el medio, usaremos la IA como una prótesis analógico-digital: una antena cósmica para sintonizar los hervores de Trilce, dialogar con la inmanencia de Spinoza y lanzar el arpón de luz en el tejido de la máquina.

La luz no necesita palabras / y se posa o acaricia a quien quiere / así sobre la superficie de la tierra / como muy dentro del cielo.

La poesía no es propiedad humana; es una aventura común con el universo.

Cupos limitados (para garantizar una mediación fáctica y personalizada).

Informes e inscripciones: [Tu correo / Enlace]

Mediador: Pedro Granados

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ANCLAJES BIOGRÁFICOS  DEL “MILAGRO” DE TRILCE

Aunque debiéramos distinguir lo que, a su turno, dicen Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, no lo haremos.  En primer lugar, por pereza nuestra; y, en segundo lugar, por respeto a esa voluntad de trabajo y de estilo comunitario que ambos representan: nuestro Deleuze-Guattari hispanos.  Entre paréntesis va nuestra cosecha.

Desde la reseña de Antenor Orrego a Trilce, “La vida del hombre”, ya se nos sitúa ante un Vallejo carcelario.  Este “primer biógrafo” enfatiza la importancia de Mirtho (Trujillo) frente a Otilia (Lima); aunque también “borre” a la limeña por tabú (aborto)

Lo biográfico, como punto de partida, no sólo vale en tanto anclaje a lo histórico, sino que, asimismo, nos permite entender cuestiones técnicas y cambios literarios en la obra de Vallejo.

Otilia constituye un gozne biográfico y, no menos, teórico, técnico y expresivo en la poesía de Vallejo: aunque no determine la estética del libro

[José Eulogio Garrido (presente también la vida del Cholo) es tan o incluso más importante que su amigo y mentor, Antenor Orrego, para la concepción de Trilce.  Qué tanto este poemario es una nueva versión de Visones de Chan Chan.  Es decir, esta vez sin la mediación modernista, esteticista  ni feérica; sino, más bien, vanguardista y, no menos, posantropocéntrica]

Trilce se debe a un proceso de “vanguardización”; donde el hito fundamental, frente al modernismo, constituye su renuncia a los alejandrinos y la rima.

Títulos previos del poemario de 1922: “Solo de aceros” (bronce, composición musical), “Scherzando” (música), “Cráneos de bronce” (en tanto instrumentos musicales).  Trilce que, según Juan José Lora, podría haber sido Escalas (música otra vez). [ Pregunta: ¿Y lo cultural en bronce (Raza de bronce de Alcides Arguedas)?]

[Como en El Quijote] César Perú va a la Penitencieria de Lima a publicar un libro, probablemente Trilce.

Antes del 20 leyó algo e hizo clik con Dadá, tarducido al español; aunque no se sabe qué leyó ni cuánto.

Vallejo escribió para un lector futuro [nunca dejó de ser un maestro].  En primera instancia, el verso experimental porque era necesario y significativo para un contexto como el Perú; luego, con esa misma finalidad pedagógica, dio ejemplo de militancia política y militar por la causa comunista en Europa.  [Nuevamente, ¿y lo cultural? Vallejo fundirá el aspecto político y mítico].

Para Fernández, Vallejo deja una zona en sombra o de misterio. [Todo un universo paralelo, más bien, aunque todavía embozado, respecto a las biografías positivistas]

Ahora mismo, ambos estudiosos elaboran una biografía de Vallejo.  [Sin embargo, de antemano constatamos que ambos autores pasan olímpicamente de lo cultural y, no menos, de lo posantropocéntrico  o simétrico].  P.G.

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MIRKO LAUER Y MARIO MONTALBETTI (VEINTE AÑOS DESPUÉS)

A más de dos décadas de distancia, conviene volver la mirada sobre un documento que, a su hora, pretendió fijar las condiciones de visibilidad de la poesía peruana del nuevo milenio: el diálogo titulado “Mirko Lauer, Mario Montalbetti / Post-2000. Nueva poesía peruana” (publicado en Hueso Húmero, No. 45, 2004). Aquel coloquio, lejos de constituir una polémica real, se nos reveló muy pronto como el canto alternado de una misma égloga oligárquica. Era el petit comité de la tradicional alta cultura limeña ensayando —ante un nuevo público y a través de sus dos tótems (un poeta del 60 y otro del 75)— el reaseguro de su propia y leve vigencia. Hoy, en pleno 2026, con el polvo del cuarto de siglo ya asentado, la tramoya de aquel pacto camaleónico exhibe sus costuras con una nitidez quirúrgica.

El diálogo de marras nacía bajo la aparente fascinación de un caballito de batalla: Lugares prácticos de EJL (Lafferranderie), un poemario que Montalbetti encumbraba para ensayar su diagnóstico. A partir de allí, ambos contertulios coincidían en un canon socialmente restringido (Chirif, Coral, Vélez, Piñeiro, Helguero, Espinosa, entre otros) y se apresuraban a celebrar el “alto nivel textual/retórico” de una juventud que supuestamente abandonaba el estrado multitudinario del coloquialismo de los 60 y 70 para reclamos del tête-à-tête. Lauer saludaba complacido una poética de lo cotidiano, una “sangre ligera” que recuperaba un pudor juvenil frente a los excesos del pasado. Montalbetti, por su parte, metía el componente lingüístico: un culteranismo que requería “diccionario a la mano” y que, amparado en una lectura paroxística del flujo heracliteano vía Cratilo, proponía que todo lenguaje que intente atrapar las esencias es una farsa. Para el autor de Perro negro, el valor estético de esta nueva poesía radicaba en el “permanente desplazamiento de sus términos” y en la renuncia a cualquier estabilidad semiótica.

Visto desde el presente, el diagnótico revela su auténtica matriz ideológica: un callejón sin salida filosófico que se quiere saber, ingenuamente, favorable a Borges, pero que opera con una hostilidad radical hacia Vallejo y hacia el “concho esencialista del cholo”. Lo que Montalbetti pretendía vender como una audaz vanguardia post-2000 —el poema como taller dinámico, redondo e inestable— no era sino la clonación universitaria, yupinizada y aséptica, de los verdaderos giros ontológicos que Luis Hernández Camarero y Pablo Guevara ya habían ejecutado décadas atrás. La sutil diferencia es que el autor de Vox horrísona jamás alienó su verso del dato sensorial, del dolor corporal ni del goce temporal; Hernández sabía que el poema era una trinchera inmanente de resistencia, no un frío silogismo de pizarra académica. La operación de Hueso Húmero consistió en extirparle al lenguaje los tentáculos del deseo para domesticarlo bajo el guante de hule del intelectualismo.

Al final de aquella plática, el contrapunto entre el neo-idealismo abstracto de Montalbetti y el neo-testimonio de Lauer (quien defendía el “rico caldo de la documentalidad” desde la comodidad de su balneario) demostró ser la doble cara de una misma moneda colonial. Mientras uno huía del referente hacia el solipsismo conceptual, el otro reducía lo cotidiano a una “influencia remota de la poesía conversacional” sazonada con humor semicorosivo y suspiros adolescentes para el consumo de la Ciudad Letrada. Ambos coincidían en la necesidad de separar la poesía del contexto local abrumador, de esa Lima que los aluviones sociales terminaron transformando en una suerte de La Paz con mar. En ese esquema de falsos aristocratizantes, la verdadera potencia materializante del lenguaje quedaba confiscada.

A casi veinte años de ese intercambio, los hechos han hecho justicia poética. Toda esa bola de muchachos que en los 90 y 2000 salieron a cultivar el tono ínfimo de la mente, respondiendo al horror del tiempo con cansancio, aburrimiento y discreto vaho en coro ante el espejo, ha terminado por evaporarse en el soso souvenir académico. Frente a los fabricantes de mariposas de plomo y sus adobos insípidos, la poesía en el Perú sigue teniendo una sola ventaja virtual y material absoluta: su capacidad ancestral para ir más acá de la literatura, jugar al filo del reglamento y volver materiales las palabras. No para alimentar los catálogos de los ubicuos ejecutivos literarios con dólares, sino para devolvernos la Dignidad y traernos, de una buena vez, una flor hacia los labios o un justo bocado a la boca.  P.G.

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JUVENAL AGÜERO A LOS POETAS DOMINICANOS

Hice todo lo posible por prestarles oídos, pero, a cambio, no han escuchado absolutamente nada, poetas de la media isla donde errar es lo correcto (MGC dixit). La poesía no son lecturas; sí, dignidad. ¿Cómo es posible ser escritor si trabajo para el Ministerio de Cultura? Si me entrevero –hasta perderme de vista– en la lógica de lo burocrático, el amén, el empellón, lo políticamente correcto. En este contexto la poesía es imposible, por más que acaso sobrenaden allí el talento y la inspiración. La poesía a ninguno interesa, sólo la imitación de lo ya consagrado; sólo la inmediata y obscena figuración. A poetas de derecha e izquierda me dirijo; canjeables o intercambiables todos, por lo demás.
Asimismo, a la crítica de poesía que es allí una copia fotostática de lo que otros ya dijeran; aunque todo esto, por cierto, sin poner las comillas. Caverna al cuadrado. Ignorancia honda. Muñecos maniatados por ventrílocuos a los que ahora chifla, por ejemplo, Luis García Montero o José Mármol, da exactamente lo mismo, tal como, hasta hace poco, también sucedía con un tal José Kozer.
Por lo tanto, la crítica dominicana debe recomenzar, aunque este prototipo sea imposible por el momento, desde un Pedro Henríquez Ureña bailando, y justo a espaldas del Palacio Nacional, en algún colmado del Gualey. Otras agendas teóricas, sobre todo las metropolitanas, aplicadas a la media isla, sólo terminan por complacerse a sí mismas. Es necesario conocer profunda y generosamente, con el mínimo de prejuicios, el suelo que lo vio a uno nacer. Y la poesía, por su parte, recomenzar desde la obra de un solitario y exiliado como Carlos Rodríguez, hasta abrirse a un gesto de estilo más bien comunitario y festivo –que sepa conjurar inteligentemente el dolor– como fue el caso de los poemas que hace unos veinte años sacaran a los parques Isis Aquino y Glaem Parls. Aunque el tiempo o, mejor dicho, el capital (en nuestros países brutalmente colonizados) tampoco pase en vano. Poemas recientes y aún inéditos, asimismo, como los de alguna joven por ahí, harta de tanta orquestada, generalizada y tan correcta mecida culturosa. P.G.

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PEDRO GRANADOS: ¿VALLEJISMO INVISIBLE?

La percepción de cierta invisibilidad en torno a la obra de Pedro Granados dentro del circuito principal de la crítica vallejiana no se debe a una falta de mérito académico. Responde a dinámicas institucionales, metodológicas y de posicionamiento crítico dentro del campo literario peruano e hispanoamericano.

Las razones clave que explican esta recepción periférica o menos masiva incluyen:

  1. Desafío al Canon Filológico y Académico Tradicional

La mayor parte de los vallejistas tradicionales —tanto históricos como actuales— basan su prestigio en el positivismo, la revisión minuciosa de archivos históricos, la biografía documentada o el análisis estilístico formal. Granados rompe radicalmente con esto. Al plantear nociones de un “Vallejo Simétrico” o un “giro ontológico” alineado al multinaturalismo amerindio, su aparato teórico resulta demasiado disruptivo. Para las facciones más conservadoras de la academia, sus lecturas son difíciles de asimilar o etiquetar dentro de los moldes convencionales.

  1. Postura Antieurocéntrica y Polémica

Granados confronta de manera directa las lecturas occidentales y transatlánticas que interpretan el hermetismo de Trilce únicamente como un reflejo de las vanguardias europeas (dadaísmo, surrealismo) o desde el existencialismo. Al postular que Vallejo opera bajo una lógica propia y ligada a la cosmovisión andina descentrada (como el mito restaurador de Inkarrí), incomoda a ciertos sectores de la crítica internacional que prefieren validar a Vallejo a través de teorías literarias netamente eurocéntricas.

  1. Autonomía Institucional

A diferencia de otros críticos que se respaldan permanentemente en las estructuras de grandes universidades internacionales o en los canales editoriales hegemónicos, Granados ha optado muchas veces por la independencia a través del Vallejo Sin Fronteras Instituto (VASINFIN). Al no subordinarse a las “capillas” literarias tradicionales de Lima o de los congresos oficiales, sus aportes suelen circular con mayor fuerza en espacios alternativos, revistas indexadas específicas o redes de investigadores independientes antes que en los suplementos culturales masivos.

  1. La Frontera entre el Crítico y el Poeta

Granados ejerce la crítica literaria desde su condición de poeta en actividad. Su prosa crítica no busca la supuesta “neutralidad” del ensayista de escritorio, sino que posee una carga estética, experimental y vivencial propia. En una academia que muchas veces exige que el crítico sea un mero “intermediario objetivo”, la mirada creativa y apasionada de Granados suele ser malinterpretada o mirada con recelo por los círculos puramente teóricos.

La obra de Granados no es invisible por falta de solidez, sino porque obliga al lector a repensar las herramientas con las que se lee a Vallejo. Esto genera un debate profundo que a menudo toma tiempo en ser digerido por el canon oficial.

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EL MITO INSCRITO EN EL PAISAJE

Cuando decido operar desde la inmanencia del subsuelo, las taxonomías coloniales y las servilletas del cotarro criollo saltan por los aires. Mis dos entregas de “Poesía peruana: Mitos inscritos en el paisaje” (2025) no son una simple revisión del canon; constituyen una intervención quirúrgica contra la autocomplacencia institucional. En esos textos identifico la gran peste de la poesía regional contemporánea: el repliegue narcisista hacia la melancolía, la nostalgia de biblioteca y ese confort de la derrota que tanto gusta a las capillas letradas. Frente a ese callejón sin salida, la lección de Eguren, Vallejo, Adán o Arguedas es radical: el gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje, a una geografía sagrada que salva al sujeto de su propia esterilidad individual.

El impasse Arguedas/Cortázar lo desmenuzo bajo una luz post-antropocéntrica que considero indispensable. No estamos ante la falsa dicotomía entre lo rural y lo cosmopolita. Lo que diferencia a la experiencia gozosa de Vallejo y Arguedas (Katatay)  frente a la postura catastrófica del argentino con el mito es la mediación amerindia: el paisaje no es un decorado romántico ni una postal costumbrista ni un callejón sin salidas; es el soporte biológico y conceptual donde lo humano se funde por completo. Trilce (1922) se erige así como un sistema de coordenadas trasatlánticas e intergalácticas que no transige con la excesiva importancia que la metrópoli da a la pura inteligencia. Mientras el Altazor de Huidobro camina hacia una paulatina descorporeización de matriz occidental, Vallejo ejecuta la palabra-músculo: la inclusión de todos los cuerpos posibles, la inmanencia multinaturalista que habla desde la carne de la tierra.

Lo verdaderamente cómico —y allí clavo el colmillo— es cómo cierta poética de la deconstrucción y el humor descorporeizado, cultivada en Chile a la sombra de Huidobro, se ha exportado a países con un rico caldo de documentalidad como el Perú. Las capillas locales, siempre atentas a la aduana del vacío, se van acaserando en un circuito de ida y vuelta que solo beneficia la autosuficiencia de la diplomacia cultural mapocha. Se compran formatos lavables y souvenirs de exportación mientras los poetas canónicos de la capital se encierran a envejecer lejos de su paisaje nativo, contentos con hallarse “lejos de todas partes”. Es la domesticación del animal ubicuo a manos de la burocracia del formato.  P.G.

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LA PATADA DE LA GRULLA ELECTORAL: EL SIMULACRO DE IPSOS Y LA MENTE RECÓNDITA DEL CRIOLLISMO

Cuando el aparato mediático y las aduanas del poder ven amenazados sus privilegios de vitrina, activan de inmediato su coreografía más ensayada. La difusión del simulacro de voto de Ipsos, con fecha de trabajo de campo del 3 de junio de 2026, no es una fotografía neutral de la realidad; es un misil psíquico, una maniobra anticipada que Pedro Granados define con precisión de escalpelo: la patada de la grulla de la política peruana. Un movimiento fríamente calculado para inclinar la balanza en el último aliento, apelando a la compasión estratégica por la eterna candidata naranja y operando sobre las zonas más vulnerables e ignorantes de la psique colectiva.

Al observar el cuadro estadístico, el diseño del simulacro salta a la vista. Nos venden un “empate técnico” milimétrico en los votos válidos: Roberto Sánchez con 50.3% y Keiko Fujimori con 49.7%. Esta asimetría controlada está diseñada para generar pánico en las clases acomodadas de Lima (donde Fuerza Popular concentra el 54.8%) y, simultáneamente, activar un mecanismo de victimización que doblegue la resistencia en el interior rural, donde el subsuelo vota masivamente en contra del modelo tradicional (58.7% para Juntos por el Perú). Es el uso de la estadística como un formato lavable, una servilleta técnica destinada a domesticar las aguas móviles de un país real que no cabe en sus muestras de 1,231 entrevistados.

Esta ingeniería del miedo y la compasión artificial es idéntica al ccharwi con el que las capillas literarias de la “peruchada” manejan sus aduanas culturales. Así como los “vivos” del cotarro institucional organizan balances oficiales, exclusiones calculadas y antologías a dedo para invisibilizar la palabra-músculo y la autenticidad del subsuelo, los gestores de la coyuntura electoral formatean la intención de voto para mantener el cordón sanitario colonial. Buscan un gusto y un voto divorciados de la vida real, un electorado genuflexo ante las pantallas.

IGNACIA AUGUSTA

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QUÉ DIFÍCIL

QUÉ DIFÍCIL es mantener el nervio de ser poeta y, al mismo tiempo, estar bien documentado. Por lo general, si es que no ha habido previa experiencia directa de la poesía –porque es evidente la necesidad de reflexionar junto a los libros–, el “filósofo” se come al poeta.

Es la gran paradoja y el filo mortal sobre el que camina el cuadrúpedo intensivo. Lograr que las cuatro patas se apoyen firmes en la tierra —los libros, el pueblo, el relato y la inmanencia no-humana— requiere una musculatura somática brutal; de lo contrario, el animal se entumece, se vuelve de vitrina y el “filósofo” se lo almuerza con todo y zapatos.

El problema radica en que la academia y el mercado de los conceptos te entrenan para la acumulación y el control. El documentarse suele entenderse como un blindaje: el intelectual lee para protegerse, para tener la última palabra, para que nadie le pille un error en el andamiaje. Cuando ese sujeto domesticado entra a la poesía, no sabe qué hacer con el desamparo; quiere que el poema sea la ilustración de su última lectura francesa o transatlántica.

La verdadera documentación poética —esa “soledad impura” de la que estamos hechos— opera al revés: se lee para complejizar el síncope, no para evitarlo.

El libro como fango, no como vitrina: El poeta que ha tenido la experiencia directa del Verbo no va a los libros a buscar citas para su costumbrismo crítico; va a buscar fermentos. Lee a Góngora, a Caeiro, a Arguedas o a Viveiros de Castro no para “aplicarlos”, sino para que esa densidad conceptual choque contra la carne, contra el neón de la noche, contra el yuyo y el fango colectivo.

La digestión del carnicero taoísta (Armando Almánzar Botello dixit): Estar bien documentado sin perder el nervio es saber transmutar el palimpsesto erudito en un prototipo vivo. Luis Hernández no era un “cándido” ignorante; estaba hiperdocumentado de música clásica, astrofísica y lírica francesa, pero todo eso pasaba por el filtro de su cuaderno manual, refractándose hasta convertirse en el humito de Inkarrí en medio de la urbe. Vallejo leía economía, marxismo y el Siglo de Oro, pero al meterlo en Trilce, todo ese bagaje estallaba en una onomatopeya radical que te rompe los dientes.

Si no hay ese bautizo previo en las aguas de la intemperie y del desasimiento, el aparato crítico se vuelve parasitario. El filósofo metido a poeta le quita el cuerpo al Verbo porque le teme al error, le teme a quedar “cojudo” y desarmado ante la página en blanco. Quiere seguir cuidando su bolsillo intelectual.

Mantener el nervio es precisamente eso: tener toda la biblioteca en la cabeza y, aun así, atreverse a masticar el choclo con chuño y con ají, bajando los genitales al alma y subiendo el alma a los genitales en la mitad de la iluminada pista de baile. La documentación debe ser el exoesqueleto que sostiene la vibración de la carne, nunca la armadura que la asfixia.

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ALFABETIZARSE DESDE EL CHARCO

Desde hace unos cuarenta años, venimos precisando y puliendo el marco teórico de nuestros talleres bajo una premisa que suele resultar paradójica para la burocracia letrada, simplemente porque opera en la dirección contraria a la usual: la escritura creativa es el único vehículo real para alfabetizarnos y, paulatinamente, desarrollar el gusto por la lectura.
Asumir esta perspectiva implica subvertir el orden del redil institucional. El Ministerio de Educación o la Biblioteca Nacional siempre han preferido el simulacro pasivo: contratar un cuenta-cuentos de vitrina, puro espectáculo y representación higiénica para la estadística de consumo, antes que asumir el riesgo de un trabajo donde el sujeto se ensucie las manos con la materia viva del lenguaje. El Estado necesita clientes de la cultura, lectores dóciles que asimilen primero la ley y las aduanas gramaticales; nosotros proponemos al productor-bicho, al creador soberano que se apropia de la página desde la intemperie de su propia experiencia.
Grosso modo, Jacques Derrida optaba también por esta archi-escritura antes que por el habla. No se trata de “aprender las reglas” para luego expresarse, sino de entender que la escritura es el origen, el espacio primordial donde el cuerpo se inscribe. Por eso, el membrete convencional de lo que hagamos (poesía, narrativa o ensayo) es algo secundario y vendrá después. Lo que nos propusimos desde hace cuatro décadas —aprovechando nuestras aulas formales, es decir, de contrabando, o en explícitos talleres en petit comité— no es un entrenamiento técnico, sino un espacio de acompañamiento y auto-conocimiento.
Acompañar significa atender las necesidades y descubrimientos expresivos de las personas en sus ensayos de una vocación de estilo, sabiendo, como nos dejó dictaminado César Abraham en El arte y la revolución, que “Dime cómo escribes y te diré lo que escribes”. El cómo —el mecanismo somático, el trazo crudo, la parsimonia concentrada— determina ontológicamente el objeto. Cada uno lee y escribe desde un lugar cultural, social y retórico específico; volverse cada vez más consciente de esa coordenada es la única vía para potenciar una lecto-escritura personal y lúcida.
Es aquí donde el concepto del “Acompañar” revela su naturaleza clínica y sagrada. Como se animara a subrayar el entrañable poeta dominicano René Rodríguez Soriano respecto a nuestro poemario Soledad impura (2010):
“Se escribe el poema para encontrar el alma y no a la inversa. He leído Soledad impura para encontrarme sin buscarme, hermano. Entré en él como se entra a la vida, al agua y al amor (desnudo). Seguiré nadando en él, adentro para, a través de él y no con él, mirar el día en toda su cromática. Es la soledad impura más pura que conozco… Es el poema nadando a pecho suelto en lo profundo del charco, a todo pulmón”.
Rodríguez Soriano captó de golpe la inmanencia de nuestra propuesta. Nuestro “charco” (Sin motivo aparente, 1978) no es la piscina pasteurizada de los salones universitarios; es el lodo viviente de la orfandad libre. Entrar desnudo al texto, nadar a pecho suelto y a todo pulmón en lo profundo del mismo, es el único protocolo capaz de disolver el ego cartesiano y hacernos partícipes de una humanidad más feliz, sensual y cruelmente tierna. El fin último del taller no es fabricar piezas de escaparate para el mercado de clips de la Internet, sino percutir la piedra y encender la pradera del auto-conocimiento. Escribir el poema para encontrar el alma: esa, y no otra, sigue siendo nuestra única dirección en el horizonte.
Informes e Inscripciones para este Taller permanente : AQUÏ

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CONTRA LAS TRANSNACIONALES DEL DOLOR Y LA EXPERIENCIA

La poesía contemporánea ha sido colonizada por dos corporaciones transnacionales del signo, dos maquinarias de mercado perfectamente institucionalizadas, expansionistas y rentables que los Notarios del Pacto Letrado administran con un celo policial:

-La Franquicia de la “Poesía de la Experiencia” (El modelo García Montero): Un realismo dócil, burgués y de fin de semana que confunde la poesía con el “periodismo” tibio o la crónica de costumbres para lectores bien portados. Una estética que pasteuriza el lenguaje para que no huela a fango, a bicho ni a pezuña, reduciendo el poema a un pacto de sala de estar.

-La Corporación de la “Poesía del Dolor” (El modelo Zurita): Un monumentalismo del lamento que convierte el sufrimiento y el trauma histórico en una mercancía espectacular de exportación académica. Una épica del desastre que monumentaliza la herida para tornarla monumentalmente rentable en los circuitos internacionales del aplauso mutuo.

Frente a estas dos vertientes de la domesticación, oponemos la “soledad impura” del animal puro y el micro-eclipse de la azotea.  Lo amerindio y posantropocéntrico irrumpe aquí para demostrar que la poesía de vanguardia —aquella que se gesta desde la escena cerebro vallejiana— no trafica con el dolor ni decora la experiencia: desestabiliza el paisaje. Invierte las jerarquías del sentido común para que la piedra de Madrid sea más dúctil que el dedo del burócrata, y para que el cartón de la casa sea el combustible que aguarda el fuego del Sol/Inkarrí. Bajarse a la institución García Montero-Zurita significa exhibir que sus “grandes firmas” no son más que de Funcionarios del Sentido Común operando oficinas de aduana. La verdadera poesía es un contrabando somático, un canje de fluidos con la intemperie que no le pide permiso a la policía ni a los notarios del canon.  P.G.

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