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FERNANDO PESSOA Y CÉSAR VALLEJO

Tanto César Vallejo como Fernando Pessoa constituyen las dos columnas más radicalmente originales de la vanguardia en lengua romance del siglo XX, pero sus proyectos parten de dos fracturas y apuestas ontológicas opuestas. Frente al abismo de la existencia, Pessoa multiplica el Yo a través de la abstracción intelectual y el repliegue (heteronimia), mientras que Vallejo descoyunta el lenguaje a través del gozo intensivo de un cuerpo que se reorganiza y arremete desde la inmanencia (Pensamiento Simétrico).
En la fragmentación del sujeto, entendida como heteronimia frente a descoyuntamiento, Pessoa destaca por la multiplicación cerebral. Para el poeta portugués, el “Yo” es una ilusión. Su respuesta ante la fragmentación de la modernidad es crear un sistema de heterónimos (Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis) que no son pseudónimos, sino poetas con biografías, cartas astrales, estilos literarios y filosofías propias. Pessoa se convierte en un drama (un teatro del ser), descentralizando el sujeto a través de una operación intelectual e hiperlúcida: fragmenta su mente en otros sujetos para poder sentirlo todo de todas las maneras posibles, operando desde la melancolía y el aislamiento de la mónada. Por el contrario, ocurre el descoyuntamiento del cuerpo en Vallejo, quien no necesita inventarse personalidades alternativas porque su sujeto poético en Trilce ya ha pulverizado el pronombre personal occidental. Su descoyuntamiento no es una herida pasiva ni el resultado de un lamento biográfico; es el crujido de un organismo intensivo, el gozo intrínseco de un cuerpo de Inkarrí deconstruyéndose y reconstituyéndose en el plano de lo virtual. No es un Yo sufriente que se repliega; es una potencia vital que se deforma y estira las costuras del lenguaje porque ya no cabe en ellas. Su sujeto es un nudo de vibración cósmica que es a la vez niño, madre, fango, piedra y ancestro sin cambiar de firma.
Respecto a la naturaleza y la realidad, el conflicto se define como fingimiento contra inmanencia. Ocurre en Pessoa el fingimiento poético tal como él mismo dejó escrito: “O poeta é um fingidor. Finge tão completamente / Que chega a fingir que é dor / A dor que deveras sente”. Para Pessoa, la poesía es una traducción e intelectualización del sentir, donde incluso el dolor pasa necesariamente por el filtro del pensamiento y de la distancia estética. El objeto exterior o la naturaleza son meras excusas para la especulación filosófica, consolidando una estética de la mediación mental y la aristocracia de la mente. En contraste, se alza la inmanencia visceral de Vallejo, donde no hay fingimiento ni mediación representativa, sino una entrega a pecho abierto a la materia y a la contingencia de lo real. El dolor o el gozo no se piensan, se encarnan y fermentan doliendo y vibrando en los “húmeros”, en la “helada”, en la piedra o en el fango colectivo. Vallejo opera en el multinaturalismo ontológico y el Pensamiento Simétrico, donde el poeta, el animal, el muro y el mar son nudos de una misma red vital y horizontal. No hay separación entre lo corporal y lo social; la realidad muerde al poeta y el poeta muerde a la realidad.
En la batalla con el lenguaje, se enfrenta el límite del concepto versus la onomatopeya radical. Pessoa se mantiene bajo el rigor de la sintaxis y, a pesar de su tremenda revolución estética (como la vena futurista de Álvaro de Campos), escribe con un dominio pulcrísimo, casi clásico, de la gramática y de las estructuras sintácticas portuguesas. Su vanguardia se despliega en el plano de las ideas, las paradojas conceptuales y las posiciones metafísicas, siendo el lenguaje occidental el vehículo perfecto y ordenado para cartografiar el vacío y el tedio existencial. Por su parte, Vallejo provoca el estallido ortográfico al dinamitar la gramática de la “Ciudad Letrada” y la herencia colonial del castellano. En Trilce, violenta la ortografía, inventa palabras, fractura la sintaxis y balbucea desde una libertad lúdica extrema. Introduce la onomatopeya radical —el “humito” del lenguaje— como una ofensiva ontológica que corta y fisura el monólogo eurocéntrico. Tensiona el idioma porque la razón occidental le queda chica para expresar la naturalidad de la variación de su mundo interior (mítico, simétrico, polifónico). El poema vallejiano expone las costuras rotas del lenguaje para que emerja la energía del Uku Pacha.
Finalmente, el destino del trauma se debate entre el tedio metafísico y la utopía reparadora. Pessoa se encamina hacia el desasosiego, cuyo destino final —que encuentra su cumbre en el Libro del desasosiego— es el aislamiento, el tedio, la parálisis de la acción y la imposibilidad de la comunión. El universo de Pessoa es estrictamente monádico, donde cada perspectiva es una celda aislada que contempla el desmoronamiento de la ilusión occidental desde una ventana en Lisboa, refugiándose en el “parque natural” de la pura experiencia artística. Por el contrario, Vallejo se vuelca hacia la urgencia colectiva, transformando el trauma de la fragmentación en un fermento vivo que activa una ofensiva ontológica y un programa de acción y justicia futura en el plano terrenal. Su poesía (como Poemas humanos o España, aparta de mí este cáliz) rechaza la metáfora pura y se vuelca hacia la indexicalidad, la literalidad y la pragmática colectiva. Al romperse el parentesco burgués, el sujeto se emparenta simétricamente con el hermano, con la masa y con el universo entero. Es un chamanismo político y cósmico donde el descoyuntamiento es solo la antesala necesaria para levantar a la comunidad humana de los escombros de la realidad.
En suma, frente al abismo de la existencia, Pessoa reacciona como un demiurgo cerebral que disuelve su soledad poblando el mundo de mentes alternativas y fingimientos lúcidos; Vallejo actúa como un organismo intensivo que, asumiendo la variación como naturaleza, hace estallar la palabra colonial para celebrar, desde el fango colectivo, el gozo político y cósmico de un Dios Inmanente en pleno proceso de reconstitución. P.G.

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¡FOZI LADY!: La Novela Política de Trilce

El protocolo de Pedro Granados ejecuta un sabotaje de amplio espectro contra la domesticación biográfica de César Vallejo. Frente al “héroe sin fisuras” —didáctico, galante y parlamentario— que fabrican las novelas comerciales y los manuales coloniales anglosajones, se restituye aquí al Vallejo inmanente: el ser doliente, el bicho erótico y el fermento de sol que militó políticamente desde el síncope y el estruendo de Trilce. Todo arranca con el bisturí afilado de Juvenal Agüero desnudando la palabra-fetiche de los burócratas del intelecto: cuando alguien te hable de cultura, cuida bien tus bolsillos. La cultura oficial es el robo, la máscara, la aduana que pasteuriza al animal. La verdadera madre no es esa entelequia ilustrada, sino la Poesía: la que te hincha las pelotas, la que te regala lágrimas y te hace comprender la radical orfandad de estar viviendo por las puras huevas. Y el remate es quirúrgico, pues cuando te hablen de poesía de vitrina, también debes cuidar tus bolsillos. El término molar de tu colega Adolfo nos deja sin muelas, pero nos deja los caninos para hablar desde la inmanencia de la carne.

Es que la literatura de Juvenal Agüero es de una densidad somática arrolladora. Desvestir a la muchacha de dieciocho años en Foz do Iguaçu —con el olor de sus axilas, sus pies manchados de tierra y el yuyo de su entrepierna— o poseer a Cardonia en las Antillas —con sus muslos de tunas recién liberadas de la concha y su aroma a peñas batidas— no es mero erotismo burgués; es multinaturalismo puro. Es la misma urgencia manual que se intuye en Vallejo en la Clínica Arago: un cuerpo que se niega a ser un palimpsesto pulcro y que encuentra en el desparpajo del desamor y el sexo la única vía de salvación contra el congelamiento institucional. César Vallejo ha hecho ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma. Por eso, este desmontaje crítico opera un deslinde fundamental ante Monsieur Pain de Bolaño y Vallejo en los infiernos de González Viaña. Ambas novelas son persuasivas, pero cometen el mismo pecado de la Ciudad Letrada: evitan o rodean Trilce. Construyen un héroe plano, unitario y didáctico, ya sea el perseguido político de París o el mártir del Grupo Norte. Frente a este diseño, se postula la novela política de Trilce: un libro que no está hecho para descifrarle “sentidos” abstractos a las palabras, sino para entrar en performance, para meterle el cuerpo, los de afuera y el ritmo de la danza, incorporando la marinera limeña, el callejón y el performance popular afroperuano. Trilce no es individualista ni edípico; es un poemario absolutamente social, político y utópico porque se asocia al fango de la jarana para revertir las postergaciones seculares de los cholos, negros y zambos.

El desmontaje de la recepción vallejiana se corona al revelar cómo tanto la viuda Georgette como el profesor Stephen Hart leyeron al poeta desde el prejuicio cultural y la taxonomía académica. Georgette lo encerró en la clave de un marxismo ortodoxo y póstumo, siendo incapaz de escuchar el eco insondable de 1922. Hart, por su parte, reduce la andadura andina a una degradación picaresca y calla calvinistamente cuando toca hablar del sexo. La tesis doctoral de Boston University (2003), publicada por la PUCP en 2004, se levanta aquí como el farallón definitivo: “Parado en una piedra” en los poemas de París no es un simple “paro” político de museo; es una cópula virtual con la piedra, con la materia misma de lo incaico. Trilce es la versión escrita, sintética y sincrética del Mito de Inkarrí. Lo político en Vallejo jamás se contrapuso a lo mítico ni a lo somático; su experiencia de lo sagrado era comunitaria y, por ende, requería el pudor, el fermento de sol y la levadura de sombra. El problema es que Vallejo no hablaba nunca de esto con nadie; su experiencia de lo sagrado se tocaba con su radical experiencia de la poesía y para él, tal como en aquellos versos finales de “Huaco” donde se define como un fermento de sol, levadura de sombra y corazón, le eran inherentes el pudor o el secreto. La máquina está artillada a punta de ritmo, y la cabeza de Vallejo son dos: la Sudamérica de la sien izquierda y el África blanco-oscura de la otra sien, habitando con precisión milimétrica aquella línea mortal del equilibrio.

Ignacia Augusta, 2026

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JUVENAL AGÜERO o LA INSOLENCIA DE LA INVISIBILIDAD

www.jornada.unam.mx

Antoni Tàpies, Mirada y mà, 2003

El veredicto de Pedro Granados en este díptico fundamental es inapelable: en un ecosistema literario donde la visibilidad se compra con la sumisión y las antologías se gestionan bajo la higiene glosemática del pacto de clases, la invisibilidad es la única prueba irrefutable de que la poesía aún respira. Al asumir el mote lanzado por Vladimir Herrera —”El poeta más odiado del Perú”—, Granados no incurre en el lamento del damnificado; ejecuta una operación de alta política cultural. Invierte el insulto de la corte para transformarlo en un blasón de soberanía ontológica.

La primera parte del texto desnuda la endogamia de una “legión” extinta: esa burocracia de poetas oficiales, becarios de gabinete y críticos precoces que, prohijados por la oligarquía o la academia pontificia, se fagocitan mutuamente. Frente a este panorama de “bola de nieve intrascendente”, Granados introduce un personaje que es a la vez escudo y profecía: Juvenal Agüero. Él representa la fractura de ese tiempo lineal y complaciente. Anticipándose al previsible malestar estomacal de la crítica del año 2050 —esa que presumiblemente “entenderá todo primero en inglés” para lavar la culpa de su ignorancia presente—, el poeta rechaza el rescate tardío de las instituciones. No hay pacto posible con quienes confinaron la verdad en un esquema.

Es en la segunda parte donde el díptico alcanza su plenitud teórica, conectando la biografía con el mito simétrico. La analogía con Sócrates no apela a la defensa jurídica, sino a la exhibición de la única riqueza indomable: la “radical pobreza”. Esta pobreza no es carencia material ni autocompasión; es el grado cero del despojo, la desnudez indispensable para sacudirse el barro del asfalto y asumir el “oro propio”.

Granados traza aquí una genealogía de proscritos ilustres que supieron vestir esas “nuevas y mejor aderezadas ropas”: es el dios Cuniraya Viracocha cubierto de harapos ante el desamor; es Arguedas acorralado por la soberbia de la antropología oficial; es Vallejo disputándole el sentido a la última luz del crepúsculo; o Grau en Punta Angamos. Todos ellos habitan la misma balsa abandonada que ya vislumbrábamos en ROXOSOL y Amerindios.

Al final, “El poeta más odiado del Perú” se revela como el único título noble en una república de letras domesticada. Sin el odio de los “diablos de poca monta”, no existiría el reverso de la verdadera abundancia; sin la exclusión de la corte, no habría espacio para que el Sol sea arrancado de su plataforma remota e impotente y devuelto al corazón humano. Granados nos recuerda que el odio de los inertes es el tributo involuntario que la inercia le rinde a lo que está vivo, intergaláctico y multi-temporal.

IGNACIA AUGUSTA, 2026

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EL QUECHUAESPAÑOL/ IGNACIA AUGUSTA

A mis ex-alumnos de la UNILA
Se llega a él a través de Billie Holliday
También de Amy Winehouse
Ambas del mismo pelo
También de estar de verdad
Un rato contra tu cuerpo
French-Funk-Jazz
Un tango como
“Naranjo en flor”
El río Paraguay al atardecer
Y al amanecer entre tus brazos.
Harare, Zimbawe
Es uno de sus territorios
Y en el camerino
De algún circo bieloruso
Impacientemente espera
Para hablar con aquel pino
De Arguedas en Arequipa
A cada una de sus gradas
Que dan hasta el cielo.
Rehuye los términos
En quechua
O en español
Se reconoce menos
En estos idiomas
Que en muchos otros
O que en el laborioso rasgueo
De una guitarra.
Difícil antologarlo
Hacer un diccionario con él
Aunque de inmediato
Los delfines lo reconocen
Ándate de lengua nomás
Con un leve impulso te basta
Y ya no sentirás
Las dos llantas de tu bicicleta.
©Pedro Granados, 2011
El poema “EL QUECHUAESPAÑOL” de Pedro Granados se despliega como un manifiesto lírico sobre la identidad transcultural, alejándose de las definiciones rígidas de la lingüística para proponer una “lengua de la sensibilidad” que desborda cualquier frontera geográfica o gramatical. Dedicado a sus alumnos de la UNILA —un espacio de integración latinoamericana por excelencia—, el texto comienza rompiendo el vínculo exclusivo entre el idioma y el territorio; el quechuaespañol no se aprende en un aula ni se hereda por linaje, sino que se sintoniza a través de la melancolía del blues de Billie Holliday, el desgarro contemporáneo de Amy Winehouse o la cadencia nostálgica de un tango como “Naranjo en flor”. Para Granados, esta lengua híbrida es, en realidad, una frecuencia emocional que se activa en la intimidad del cuerpo (“un rato contra tu cuerpo”) y en la observación del paisaje, desde el río Paraguay hasta el amanecer entre los brazos del ser amado.
Lo más fascinante del poema es su voluntad de desterritorialización: el autor sitúa esta esencia quechuaespañola en escenarios aparentemente ajenos como Harare o un circo bielorruso, sugiriendo que lo que define a esta “lengua” no son sus vocablos, sino una forma de estar en el mundo que conecta con la pulsión vital de Arguedas y su pino en Arequipa. Hay una renuncia explícita a los términos técnicos (“rehuye los términos en quechua o en español”) para privilegiar el “laborioso rasgueo de una guitarra”, lo que posiciona al poema en una dimensión auditiva y afectiva donde la música es el vehículo de la verdadera comunicación. Granados propone una “opacidad” que no necesita ser traducida ni antologada en diccionarios, porque es una vibración que incluso los delfines —símbolos de una inteligencia instintiva y fluida— pueden reconocer de inmediato.
Hacia el cierre, el poema se convierte en una invitación al desapego y a la trascendencia espiritual y estética. Al exhortar al lector a “andarse de lengua nomás”, Granados sugiere que el lenguaje, cuando se libera de sus ataduras normativas y se convierte en puro impulso, permite una elevación casi mística. La imagen final de las llantas de la bicicleta dejando de tocar el suelo es una metáfora poderosa de la libertad: el quechuaespañol es, en última instancia, ese salto cualitativo hacia una “sensibilidad nueva” que permite al sujeto poético volar sobre la realidad material, dejando atrás el peso de las categorías fijas para entrar en un estado de gracia donde el lenguaje y la vida se funden en un solo movimiento ascendente. Es un texto que celebra la mixtura y la hibridez no como una pérdida de pureza, sino como la ganancia de una humanidad mucho más ancha y vibrante.
IGNACIA AUGUSTA

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LA POÉTICA DEL EMBALAJE: COHESIÓN Y CONTINUIDAD RADIAL


 

A Rosario Bartolini

Esta imagen no es solo un registro; es la culminación física del Manifiesto de la Materia. Al depositar el poema dentro de una bombonera de vidrio prensado sobre la resistencia industrial de la cinta de embalaje, el texto abandona el campo de la “idea” para habitar el de la saturación. La cinta, en su naturaleza adhesiva, se convierte en el soporte de un nuevo cuneiforme que simboliza la reunión, cohesión y afinidad entre todo lo que existe. Es el material que permite que los fragmentos de la realidad se mantengan unidos a través del viaje del tiempo, actuando como el tejido conectivo de una geopolítica de la lectura que no distingue entre lo orgánico y lo manufacturado.

El cristal facetado de la bombonera —al igual que el tejido de crochet de los aparejos previos— invoca un universo de contenedores y texturas tradicionalmente asociados a lo femenino, pero aquí integrados de modo multinaturalista y radial. Superando largamente las metas binarias de Occidente —que apenas alcanzan la igualdad de género o lo queer—, estos objetos operan como tecnologías de la persistencia. El cofre de vidrio encierra el tiempo mismo, capturándolo como un elemento más de la materia resguardada para quienes se han iniciado en la lectura táctica de la corteza.

De aquí surge la importancia radical de la poesía: al estar “embalada” y preservada en este receptáculo inmanente, se vuelve continuidad y garantía de vida. La poesía garantiza nuestra permanencia no por salvar un espíritu abstracto, sino por asegurar la cohesión de la materia, manteniendo intacta la afinidad entre los seres y las cosas dentro de este cacharro de presente continuo.

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MESA DE NOCHE: PEDRO GRANADOS/ VÍCTOR CORAL

Un libro: Trilce. Porque es yuxtaposición de innumerables cosas en principio imposibles de aclimatarse incluso efímeramente.
Un poema: Cualquiera de los de Diario de poeta de Martín Adán. Hace confluir de modo ejemplar coloquialismo y barroco; son lección actualísima para aquellos que andan emtrampados en la diferencia.
Un cuadro o pintor: Las meninas de Velásquez.
Una obra teatral: Alguna de las obras de Bertold Brecht donde se nos enfatiza que el teatro es solo literatura, pero donde uno sale casi irremediablemente convencido de que la realidad inmediata no lo es menos.
Una película: Apocalipsis now, de Coppola, porque es capaz de satisfacer simultáneamente a variados públicos.
Un actor o actriz: Anthony Hopkins, por su plasticidad. Es un autor prácticamente sin rostro propio.
Un lugar en el mundo: Las callejuelas que desembocan en un malecón o dan directamente al mar. Metáfora de que existe siempre algún bello tipo de salida.
Una comida o bebida: Jugo de naranja y papaya o, tal como lo denominan en el Caribe, de china y lechosa.
LIBROS & REVISTAS, Año XIX, No 996, 2006 (1.06)

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[Una palabra tuya bastará]

Una palabra tuya bastará

Con ropas de desnudo te lo digo

Dios está aquí

Tal como cantara mi madre

Cada domingo en la iglesia del barrio

Hasta hacerme levitar

Halado de ambas tetillas

Dios está aquí

Aquél y el de ahora

Halando igual

Aunque desde nuestros cabellos

Nariz y pómulos en los que nos resumimos

Rasgos comunes a muchos otros animales plantas

Y encuadres de cualquier paisaje

Incluidos aquellos del sueño

Dios halando y cobrando

Aquello que alguna vez amó con locura

Una salamandra unas larvas de mosca

La mitad de una res suspensa en la carnicería

En cada uno de sus arrebatos de amor

Menudo trabajo de araña madre

Recios mordiscos de amante fiero

© Pedro Granados, 2026

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”Cabalgando entre las gomas”/ Jazmín Gutiérrez

“Para entender la poesía de mi profesor Pedro Granados, me animé a diseñar lo que creo que significa ese proceso. ”Cabalgando entre las gomas”, es la idea que tengo para explicar lo que quiere decir, cuando escribe y aparentemente no dice. Decir algo, en su poesía, es decir, leyéndola entre las líneas, interpretando los fragmentos que construye sin linealidad. Es como el juego de las gomas, de mi infancia. El que consigue pasar esa telaraña de gomas, inventadas a propósito, es el que posiblemente descubra el sentido de la poesía, lo que ella grita, a escondidas”.
Gutiérrez, J. (2013). Cabalgando entre las gomas. Blog de Pedro Granados.
Este hallazgo no es solitario. Se apoya en una genealogía de lectores que, como Jazmín Gutiérrez hace más de una década, entendieron que mi poesía no se lee, sino que se ‘cabalga entre las gomas’. Esa metáfora del juego paraguayo —donde el cuerpo debe saltar entre hilos de tensión para no quedar atrapado— es la precursora de lo que hoy llamo el pensamiento simétrico. Aquel ‘grito a escondidas’ que Jazmín detectó en 2013 es el mismo que hoy resuena en la sinapsis del cíborg: un recordatorio de que el sentido es un montaje rítmico, un salto atinado sobre el abismo de lo no dicho. No es solo un comentario de una estudiante brillante; es una teoría lúdica sobre la lectura de vanguardia. P.G.

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