He tenido (tengo) algunos mentores fundamentales para mi vocación y dedicación –conscientemente asumida desde los quince años– a la poesía. Mi madre, Lastenia Agüero, la cual me enseñó que ninguno es monolingüe o que el asunto de identificar cuántas lenguas uno practica no es cuestión cuantitativa; sino, más bien, de ahondarlas y, entre lo diferente, encontrar aquello común. Los domingos en nuestra iglesia de Breña (Chacra Colorada), para alcanzar las notas más altas de la canción, aunque sin aspavientos, ella pasaba del castellano al quechua de su pueblo (Lampa, Parinacochas, Ayacucho). Otro mentor ha sido mi hermano Germán (obrero, poeta y tallador), al que dediqué y dedico siempre, “Cada vez me parezco más a mi hermano Germán”. Asimismo, Martín Adán. Según testimonio de Juan Mejía Baca (El Comercio, domingo 10 de febrero de 1985), sobre lo último que leyera el poeta en el Hospicio Canevaro, algunos de ustedes ya conocen la anécdota de que fue mi segundo poemario (Juego de manos,1984), el que acaso lo matara. Luego, Javier Sologuren al que, hacia mis veinte años, eventualmente visitaba en su casa de Los Ángeles (Chosica) y al cual dediqué mi tesis de Bachiller para la PUCP (“Estancias, síntesis de imágenes aéreas en la poesía de Javier Sologuren: 1944-1960); y cuya metodología, forjada para leer sus poemas, me acompaña hasta el día de hoy. También, Manuel Velásquez Rojas, que reseñó mi primer poemario, Juego de manos (1978), con generosidad. Y, por supuesto, Jorge Eduardo Eielson, a quien he leído y leo y compruebo que también él me leyó.
Espacio aparte lo debo dedicar a mis traductores, hasta ahora sobre todo al portugués y al inglés, porque toda traducción es al final de cuentas la mejor o más contundente crítica literaria; aunque sobre esto me explayaré en una próxima oportunidad. P.G.








