Archivo de la categoría: Narrativa

Narrativa

POETA SIN ENCHUFE

Caro peso welter,
hice lo que pude, aunque acaso pude hacer más, por la poesía dominicana.  Algún día se valorará lo que intenté hacer con ella; es decir, liberarla de un club de señoritos y de burócratas… muy venidos a menos por cierto.  Creo en la poesía dominicana; pero hay que embarrarse los zapatos, negociar ante una pistola    –tu vida o la cartera–, pasar por descuidado o bobo o débil o aquello que no calza en la RD con el obligatorio perfil de dictador.  Esto no es nada fácil y hay que tener juventud para hacerlo; y esta última es la que ahora mismo escasea.  Agüero es un crítico dominicano de la siguiente generación.
Recibe un abrazo largo,
Pedro

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Gómez vs Rosa

Crucificado en una esquina
del ring,
……………se desploman 230 libras
de carne maltratada:
………………………..piernas y brazos
que al fortachón
humillan.
…………….En lo alto de la esquina
se puede leer: Everlast,
……………………………con la misma
acepción que si dijéramos
Inri

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UN CHIN DE AMOR (Fragmentos de la novela)

Portada: Christian Bendayán

El artículo que Juvenal Agüero escribiera sobre poesía dominicana reciente, lo había indispuesto con casi todos sus poetas. La poesía en República Dominicana, pensaba Juvenal, existía por todas partes menos en su poesía. La increíble y cotidiana creatividad del lenguaje de sus calles, todavía no constaba —filtrada o hecha un pastiche— en la literatura culta. En los poetas dominicanos existía una fundamental inhabilidad para hacer del habla un evento, una fabulación de lo real, y sólo se limitaban a darle un uso costumbrista en textos que necesitaran una gran dosis de efecto de realidad. En el panorama nacional, por lo común, la adquisición de cierta cultura sólo acrecentaba el complejo de alejarse de la gente donde, paradójicamente, residía la mayor dosis de invención con la lengua. Taras del colonialismo, de seculares luchas intestinas entre caudillos por el poder, de una dictadura de cuarenta años y de una falta de libertad de expresión —que perdura hasta hoy en día— quizá podrían representar el inicio de una explicación. Haber sido alfabetizado y, mejor aún, ser poseedor de un verbo elocuente todavía constituye un símbolo de distinción social en la República Dominicana. Para nada, ni a nadie, le interesa la literatura: tomar distancia de la ficción en que se vive, del juego local y planetario en el que uno está inmerso; mucho menos, proponer la alternativa de otros juegos, de otras lecturas.

Pero frente a toda esta irrealidad, piensa Juvenal, el dominicano es un ser bendito y, en este sentido, debe tomarse atento ejemplo del varón local. Es proverbial que nadie mama el toto como él; ningún otro sabe prenderse tan bien de allí; aquél es un buceador nato. Conexiones con la realidad más fuertes que ésta existen muy pocas. Frente a la absoluta irrelevancia, e inexistencia de sus poetas y de su poesía, está una buena mamada de toto. Sin embargo, tampoco esto es ninguna novedad para la gran poesía. Como le sugirió alguna vez su amigo Alan Smith, extraordinario lector de César Vallejo, no a otra cosa alude el famoso verso final de Trilce XIII: “¡Odumodneurtse!”, sobre todo tratándose de un contexto de complicidad dichosa —goce carnal y plenitud espiritual— entre el yo poético y el Sol (Padre), y que tendría su ápice expresivo en aquella oportunísima onomatopeya. En Vallejo, en su poesía, un gesto es más elocuente que mil palabras; aquí reside el misterio de su honda antipoesía: crear cosas, situaciones, emociones con las palabras, jamás hacer un fetiche de estas últimas. Y es por este motivo que el poeta peruano es tan diferente al resto, su poesía no está hecha de palabras; más bien, digamos que se vale de éstas sólo para empezar una tarea de tipo harto manual: radicalmente espiritual y corporal. Es más, César Vallejo ha hecho ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma. El espíritu (el Verbo) habita ahora en la pinga y en la chocha. Es quizá inspirado por esta santa paradoja que Juvenal Agüero se animó a escribir y publicar Prepucio carmesí, su primera novela de humor místico.

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¡Fozi Lady!

César Vallejo y Otilia Villanueva Pajares (“O.”)

Novela breve sobre el poeta César Vallejo, esta vez  en Foz do Iguaçu (Paraná, Brasil); y también, paralelamente, sobre Juvenal Agüero.  ¡Fozi Lady! continúa la saga de Prepucio carmesí y otras novelas cortas (Lima: Tribal, 2013).  ¿Las últimas palabras del poeta fueron, realmente, las dedicadas a España (“-Me voy a España”)?  Postrado en su lecho, próximo a la muerte, aquéllas –y reiterativas– fueron más bien  otras; para disgusto de Georgette y su venganza contra la máscara mortuoria del poeta a la que hizo pedazos.  Hace un par de años se publicaron unos muy pocos ejemplares de ¡Fozi Lady!, de modo artesanal (Guardanapo Editores) y en versión bilingüe, traducidos magníficamente al portunhol selvagem por Bruno Melo Martins.  Aquí les va el pdf –por gentileza de “Vallejo Sin Fronteras Instituto” (VASINFIN)– con la versión íntegra en español.

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SIN ENCHUFE (Nueva novela breve)

“[Puntualiza Don Emir, amigo fortuito de Ludwing] -¡Záfese de este ambiente!- susurró con dramatismo-. Ahora quien importa es usted. ¡Záfese! -exclamó de pie-. ¡No permita que esta se convierta en la ciudad de sus ruinas!”
Nan Chevalier, El Viaje sin retorno desde un puerto fantasma.

Al Santo Domingo que viene.

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Las memorias apócrifas de Juvenal Agüero

Sin embargo, poco a poco, llegó a dominar lo esencial del fulbito que es el ritmo y la confianza propia, y la alegría. Es más, hacia sus dieciocho años jugaba literalmente a voluntad; arrancaba desde su propio arco si quería, y después de sembrar sobre el asfalto a todos sus adversarios –incluido al siempre improvisado arquero-, hundía la pelota en la red rival. Amasada la bola, cimbreante sus muslos, el esférico pendulaba a gusto entre sus pies ligeros; conoció algunos instantes de éxtasis y de gloria, pero nunca entendió lo que era un juego de competencia. Se concentraba en los amistosos, pero en los partidos serios se cagaba de risa. Era una risa incontenible; algunas veces, flojas las piernas, chuecas de tanto reírse, tenía que abandonar allí mismo el campo de juego.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/wp-content/uploads/sites/97/2012/08/presentacion_prepucio_carmesi.pdf

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Juvenal Agüero y el fútbol peruano

“El poeta de la zurda”

Entre los jugadores peruanos, admiraba la guapeza de Roberto Challe y la inteligencia de César Cueto, el “Poeta de la zurda”; atesoraba dos escenas que, tal como el juego de este último, emergían de pronto de su memoria del modo más inesperado, eran dos auténticas epifanías: un pase de casi setenta metros, perfectamente elíptico, para que el “Ciego” Oblitas pegara la corrida y metiera el gol con el que el Perú ganó a Francia en el Parque de los Príncipes en la antesala del Mundial de Italia en 1986; la otra, el “Poeta de la zurda” pasando con pelota dominada a través de un túnel de argentinos manolargas para servir en el vacío, frente al área chica del arco contrario, una pelota que recogió como una luz “Patrulla” Barbadillo, descolocó al arquero, infló la red y dejó completamente muda a la hinchada celeste que abarrotaba –en un partido trascendental para ambos equipos, y que empató Maradona en el último minuto– el monumental estadio de River Plate.

Pero, eso sí, a pesar de sus muchos goles y hartísimas fotos en la prensa local e internacional, nunca lo terminó de convencer el “Nene” Teófilo Cubillas. Como algunos escritores que ya son profesionales desde chiquititos y van acaparando todos los premios, así le pareció siempre el juego del moreno del Alianza Lima (¡Alianza corazón!); disciplinado y prudente, fácilmente se hizo al gusto de los que alaban la profesionalidad –que al final es sólo purita prudencia– y hoy por hoy, por supuesto, aquel zambito del equipo afincado en el barrio de La Victoria es lo que es en los Estados Unidos de Norteamérica. A Juvenal mucho más le gustó el juego del “Cholo” Hugo Sotil, que siempre enfiló hacia el arco contrario como si llamaran para comer. Serrano de origen, de modo análogo a lo que sucedió en Chimbote durante el boom de la pesca con los que –desde diversos puntos de los andes– bajaban hasta este puerto buscando alguna colocación, se hizo patrón de lancha al día siguiente de haber aprendido, sujeto a un cable por la cintura, a nadar por lo menos sus tres brazadas. Es decir, a costa de punche y de sentimiento, aparte de su enorme talento para hacer lo que quería con la pelota, Sotil se metió en el bolsillo a todos los públicos. Los entendidos, al principio, no le aceptaban tantísimo chiche; acostumbrados a la marinera o, máximo, a la zandunga, no entendían para nada aquel endiablado baile que más tenía de fuga de huaylas o de embestida de borracho; mas, el “Cholo” Hugo Sotil fue también observando a los otros jugadores, refinándose, y sin perder para nada la esencia de su estilo –de por sí, pícaro y valiente — fue gloria en el Barsa y, ahorita mismo, lo único que al grueso de los catalanes anima para hablar alguna vez bien sobre el Perú.

De Prepucio carmesí (New Jersey: ENE, 2000)

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Prepucio carmesí

nadie es feliz. una cremallera aprisiona tu prepucio infantil.  olores de oso, los tuyos, de perezosas arañas, de hormigas sorprendidas apelotonadas, y con la cabeza gacha, al interior mismo de sus galerías.  añoras la concha, el estuche, la vaina.  eres sistemáticamente violado por la intemperie.  nadie es feliz, carajo.  cien son las prohibiciones y mil las limitaciones.  dos mil son nuestras penas.  sin embargo, eres un ángel y no lo sabes; un niño aún, y lo ignoras.  sientes que estás como abandonado, y entonces corres detrás de la amistad, persigues infatigablemente la compañía. -Lucho no sale a jugar, está haciendo sus tareas.  frente a la casa de Angélica, ni preguntar.  y tu jugando vanamente con una pelota de jebe contra los muros, botes.  entre los muros.  tuya es el hambre y la inocencia.  tuya también la curiosidad.  ¡qué coro de ángeles atormentados son todos!, eso piensas, y quisieras no pensar, no recordar, nunca traficar más con lo humano.  añoras la vaina, la concha, la madriguera.   tu genitalidad precoz, sin embargo, te atrae irresistiblemente hacia tus semejantes.  a los siete años ya has dormido con más de una mujer, has robado, has sido descubierto, se te ha dictado sentencia.  sin embargo no estás en una cárcel.  a pesar de lo malo, cruel e inconsciente que eres no estás en una cárcel.  y juegas libre con tus arañas: en cautiverio las alimentas y las haces pelear hasta que sólo una de ellas queda viva.  has robado y sabes que a tus padres los has puesto más viejos y más tristes, a tus hermanos más desamparados todavía.  todo esto lo sospechas, lo sabes ya a tus siete años.  como el olor de Marcela que salta en calzón y con todos sus bucles sobre una cama amplísima y mágica para tí; como las hermanitas mayores de Marcela que literalmente te dan a pelliscar, a besar sus culos en una ronda de nunca acabar, del piso –el de aquel dormitorio que no es el tuyo– a aquella tan espaciosa cama.  eres un ladrón, los cincuenta soles aunque no los cogiste para ti, los robaste.  eres un ladrón, entonces, y un huele culos.  añoras la vaina, el estuche, la madriguera.  sólo tus moscas, tus hormigas y tus arañas te otorgan algo de consuelo, te hacen furtivamente feliz.  un niño no eres, entonces, aunque a la maestra sonrías como un infante, y te hayan premiado en tu escuelita por haber enseñado a escribir AGUA correctamente a todos tus compañeros, AGUA sobre la pizarra y en tiza blanca, AGUA ante los ojos de todos aquellos niños que escribían AHUA, AUA, HAGUA, etc.  letras que no te dicen mayormente nada porque para ti son mucho más elocuentes las sensaciones que sientes sobre tu carnoso prepucio, y las moscas brillantes y acorazadas que has aprendido –nadie te lo cree- a hipnotizar, a ensartar con una aguja y  tener patitas arriba, y contemplarlas volar poco después como si absolutamente nada hubiera sucedido.  no eres un niño, carajo.  en este mundo nadie es feliz.  por eso adoras sorprender sonriendo a tus padres, aunque sea a cada uno por separado, pero sonriendo.  botes mucho más largos y espaciados los que atinas a dar ahora con esta pelota.  el prepucio te duele para siempre.

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“El poeta más odiado del Perú”*

Tengo una cantidad innumerable de enemigos literarios; de izquierda y de derecha; del submundo  y del cielo.  Los cuales no cambiarán de opinión  sobre mi obra porque de hacerlo, a estas alturas, significaría admitir que estuvieron despistados en el juicio o, peor aún, actuaron con hartísima mala fe.  Es más, ya que para el que escribe poesía por lo menos la mitad del asunto estriba en ser un crítico con olfato; aquello sería admitir que fueron poetas mediocres y, por lo tanto, en este aspecto  también existieron  en vano.

Es un milagro que haya persistido en la poesía sin grupete de amigos; sin ser líder de nadie; y sin que me hayan fagocitado como requisito previo  para algún  halago.  Es más, me entero, que los poetas de la corte imponen ciertas condiciones para asistir a los festivales  si también yo voy a asistir.  Sucede, exactamente lo mismo, si acaso alguien planea  incluirme en alguna antología.

Mi invisibilidad, asimismo, constituye prueba irrefutable de que la poesía (la crítica) de los últimos cuarenta-cincuenta años en el Perú propiamente ha desaparecido; aunque no por esto sea menos activa, influyente  o decisoria.  Invisibilidad al cuadrado, para ser más precisos, porque los extranjeros que leen la literatura de este país andino se apoyan a su vez en lo que les informan o seleccionan los ineptos o, más bien,  monitoreados lectores locales.   Bola de nieve, entonces, intrascendente y, desde ya, extinta.  Cómo se podría justificar pues, aquí, toda aquella legión de los que aludo.  Que todo lo hicieron por alimentar lo mejor posible a sus vástagos, vale; que sus progenitores fueron militares y que a ellos, tampoco, nadie va a pisarles el poncho, salve; que cierta iglesia católica y cierta oligarquía  les aseguraron su puesto en un periódico o en alguna universidad, allá ellos; que mientras más ignoraban incluso mucho mejor les iba, es lo usual; que en el intento de manipular a todos lograron finalmente manipularse a sí mismos, también es lo usual; que ignoraban mayormente, que no sabían, pase.  Pero que de ninguna manera pudieron con Juvenal Agüero, justo de esto trata esta novela.

De aquello y de lo que diría acaso un joven crítico profesional –o una joven crítica que entenderá todo primero en inglés– allá por los años 2050, si no, antes.  Un crítico de estos precoses y sabiondos, a veces de sonoro apellido, e incluso algo simpáticos, a los que martirizó su papá.  Y que por esta razón se afirman, a como dé lugar, en aquello que ignoran.  Y se empecinan, a la par de la institución que los ampara o los financia, en hacer escuchar su preciosa voz,  absolutamente inofensiva, de puro malestar estomacal. Que cómo no reparamos en Juvenal Agüero  mucho más temprano; de lo ciegos que andaban los grupos de poder y sus instituciones, etc., etc., etc.  Mejor nos anticipamos a todos ellos y desde ya rechazamos sus discursos, en conjunto y el de cada uno por separado, que nosotros lo decimos desde ya y mejor.  Antes que el largo brazo del remolino nos alcance o que la piedra sea muy gorda y alta sobre el río.  Ahora que estamos todos reunidos todavía aquí.  Habrase visto.

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UN CHIN DE AMOR

De mí no quedaba más que un

instinto de expectativaRoberto Arlt

Lo único que quiero

es que me dé un chin,

un chin chin de amorChicho Severino

Así podría recomenzar la novela de mi vida. Efervescente, transparente y ligera. Pero resulta que mi hermano Germán ya falleció y Elimane cuida un niño de otro ahora; uno que probablemente fue saliendo de su entraña como un coco. Y emprendérmelas cual un barco rompehielos contra mi propio desamor resulta guerra avisada que puede matar gente. Para empezar, a mí mismo. Desaparecer bajo el triturador de mi cocina primero con un ruido áspero, pero después como un sonido uniforme, tan uniforme como el agua que lava y tan humilde desaparece.

De pura casualidad estoy en Santo Domingo. Una vez que no fui requerido para continuar como instructor de español en la University of North Florida, hice planes de irme cuatro meses a México a pasar el rato y escribir un ensayo sobre la poesía mexicana penúltima. Pero la visa que me daban iba a ser sólo por un mes y, entonces, decidí —el viernes 1 de agosto de 2003 y en el mismo aeropuerto internacional de Miami— marcharme a cualquier país que no requiriera a un peruano hacerse notar demasiado. Comencé por casa, por supuesto, pero no hallé vuelos para ese día y, los pocos que había para el día siguiente, estaban literalmente por los cielos. Así que me vine a República Dominicana, lugar donde no tengo amigos, pero sí conozco gente amable y, cómo podríamos denominarlo, algunas lindas muchachas que aún no conozco pero que muy pronto voy a conocer.

Ahora mismo, entonces, empiezo la novela. Son como las seis de la tarde de un jueves. Día harto lluvioso que me ha tenido —hasta hace pocos minutos— tendido en la cama escuchando a Barry White. Curiosa música que (lo pude leer en el folleto adjunto al CD) de antemano volvía elegante al customer; estaba expresamente editada para que el comprador se sintiera guapo y elegante. Quizá es por este motivo que de un salto nos hemos puesto directamente a escribir: perdonados y bellos frente a nuestra iluminada pista de baile.

http://www.eldigoras.com/eom03/2004/2/tierra28pgr01.htm

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