Archivo de la categoría: Narrativa

Narrativa

EL VERBO EN LOS GENITALES Y EL RETORNO DE JUVENAL AGÜERO

El manuscrito-matriz de Pedro Granados (2026) oficializa el puente somático entre la experiencia del viaje (Haití / República Dominicana, 2001-2003) y la consagración del Pensamiento Simétrico en Prepucio carmesí. Bajo el nombre de Juvenal Agüero, el texto ejecuta un deslinde implacable contra la distinción social del verbo elocuente y la poesía pasteurizada del colonialismo letrado.

[ EL MAPA DE LA ORFANDAD DE JUVENAL ] (2001-2003)

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│             EL INFORME DE SANTO DOMINGO                │

│     (La refundación somática de la mística andina)     │

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[ LA MATERIA DEL CORREO ]                    [ LA ONOMATOPEYA SAGRADA ]

– Puerto Príncipe: Tacora sin límites        – Trilce XIII: ¡Odumodneurtse!

– El pasadizo del mango y Elimane            – El buceo de la realidad pura

– El desamor como barco rompehielos         – Ascenso del alma a la chocha

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[ EL PROTOCOLO PREPUCIO CARMESÍ (2026)]

(El Verbo harto manual: radicalmente espiritual y corporal)

  1. La Geografía del Fango contra el Logocentrismo Burgués

El informe de Puerto Príncipe enviado al hermano Germán es un misil de realismo biótico. Describir la capital haitiana como un “Tacora sin límites” donde la gente viaja amontonada como papas o gallinas es arrancar el Caribe del fetiche turístico o de la conmiseración oenegera.

Al constatar que en el subdesarrollo más crudo la gente habita la intemperie y la oscuridad sin el robo civil, Juvenal Agüero devela la coexistencia inmanente. El amor con Elimane en el pasadizo, bajo la sombra y el sabor del mango, florece a contracorriente del fundamentalismo de los discursos identitarios. Es la misma inocencia radical que el niño Nicolás dibujó en su alcatraz-cometa: el juego y el deseo operando en la materia viva, sin el hilo de la domesticación racional.

  1. El Desamor Rompehielos y la Desaparición de la Voz

La transición del recuerdo hacia el búnker de Santo Domingo en 2003 introduce la parsimonia concentrada del escritor. Tras ser eyectado de la University of North Florida y perder la visa mexicana en el aeropuerto de Miami, Juvenal no busca el amparo del pacho literario; se encierra con la lluvia y el CD de Barry White para descubrirse “perdonado y bello frente a la iluminada pista de baile”.

La muerte de Germán y la pérdida de Elimane transforman la escritura de la novela en una guerra avisada contra el propio desamor: un barco rompehielos. Escribir aquí es idéntico a ejecutar el protocolo de tu poema “Desaparecer un cuerpo”: triturarse en la cocina con un ruido áspero para luego deslizarse de manera uniforme y humilde, como el agua que lava y desaparece en el alcantarillado de la regadera.

  1. El ¡Odumodneurtse! y el Sello Genital del Alma

El diagnóstico sobre la poesía dominicana reciente es un golpe quirúrgico extensible a toda la región: los poetas cultos le temen al habla de la calle, que es donde verdaderamente reside la invención de la lengua. Usan el habla como costumbrismo o efecto de realidad, haciendo de la cultura un fetiche de distinción social para alejarse de la gente.

Frente a esa irrelevancia, el texto propone la conexión con la realidad más fuerte: el buceo nato del varón local, el goce carnal como el desvelamiento místico. A través de la lectura compartida con Alan Smith, descorchas el verso final de Trilce XIII: “¡Odumodneurtse!”. La onomatepeya no es un juego formal de la vanguardia letrada; es el estruendo del orgasmo, la complicidad dichosa entre el cuerpo y el Sol Padre.

Como bien dejas sentado en tu máxima doctrinaria:

“César Vallejo ha hecho ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma. El espíritu (el Verbo) habita ahora en la pinga y en la chocha”.

La tarea de la gran poesía es radicalmente manual, corporal y espiritual. No hace fetiches con las palabras; las destruye y las ensopa para que la vida ocurra en su santa paradoja.

Ignacia Augusta, 2026

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MARTÍN ADÁN AMERINDIO

Este ensayo-matriz que proponemos, sobre la estructuración solar y la condición de Martín Adán como autor amerindio, es uno de los trabajos más audaces que hemos emprendido.  No se trata de una simple lectura crítica de La casa de cartón (1928); constituye, más bien, una demolición epistemlógica de la asepsia con la que la crítica ha intentado higienizar la vanguardia limeña para convertirla en un decorado ultraísta o en una “aventura estilística” inofensiva.  Al emparentar la “azotea” de Barranco con el cronotopo sagrado de los cerros de Chimbote en Arguedas o la “chirapa” (sol y lluvia) en Vallejo, demostramos que el texto de Adán no es un fluir inmóvil ni un quietismo burgués; sino, un laboratorio de reconstrucción del ancestro (Inkarrí) a través del fragmento moderno. El cartón no es solo fragilidad; es el combustible provisorio que aguarda el fuego del sol.  P.G.

LA CASA DE CARTÓN: EL MICRO-ECLIPSE DE LA AZOTEA

El presente trabajo de Pedro Granados opera como un desmontaje político y metafísico de la crítica oficial peruana, empeñada en leer a Martín Adán desde el quietismo o el pastiche colonial “aclimatado”. Al confrontar las lecturas de Magdalena Chocano y Jorge Aguilar Mora, Granados ejecuta una inversión sacra: el joven Adán de 1928 no huye de la tromba de Vallejo hacia el refugio del soneto formal, sino que habita, desde la matriz misma de La casa de cartón, una ontología amerindia y posantropocéntrica tan radical como la de Trilce.

La clave de bóveda de este ensayo reside en la zonificación solar del balneario. Frente a un “Ramón” nihilista, acorralado por el mar (el bajo vientre de la urbe, la máquina Underwood y la resignación de las beatas), el narrador-personaje se sitúa en la “azotea”: un espacio up-wood, un mirador inmemorial que convoca a los zorros de Huarochirí para observar el naufragio del civilismo oligárquico. La novela-poema deja de ser un libro estático para revelarse como un artefacto vanguardista contemporáneo: esta Casa de cartón es, en estricto, una pieza perfectamente curable e instalable. Su soporte no apela a la monumentalidad de la piedra noble, sino a la fragilidad provisoria del cartón, ese combustible efervescente destinado a ser activado por la fuerza del estío, por el Sol/Inkarrí que “mastica jalde una cumbre serrana y una huaca”.

Granados desentraña con pulso de cirujano el “Guión Solar” del texto de 1928. En el pasaje capital de la azotea, el acto de escribir se da en estado de eclipse: “De espaldas al sol, abro yo con la sombra de mi cabeza, un oscuro agujero capiciforme en la luz de cristal”. Este micro-eclipse no es la negación romántica del día; es la creación de una penumbra táctil, donde la sombra es “tinta” que tiene grosor y tiñe las cosas. Es la puesta en práctica del cuerpo inestable (Viveiros de Castro): el observador se funde con la “tromba de luz y polvo” (el aire escondido, niño, preso) para mirar con distancia desmitologizante el chaleco del señor barrigudo y la decadencia de una Lima que reduce el astro a una medida instrumental del tiempo citadino.

Al equiparar a Adán con Carlos Oquendo de Amat en el lema “Casa de cartoon / cartón”, el ensayo demuestra que ambos se valen del fragmento y del montaje —la lógica del videojuego o la instalación modular— como tecnologías modernas necesarias para canalizar el fermento indígena sin familiarizar sus diferencias. Mientras a Oquendo lo encandila el rayo de luna (luz refleja), el narrador de Adán sabe que la luz es un “polvo harinoso” spinoziano y que, al fondo del jirón, la pared azul de adobe termina empalideciendo hasta ser el cielo mismo. Contra los Curadores de la Norma que intentan momificar la obra en una vitrina costumbrista de un Barranco puramente burgués, Granados demuestra que el catecismo de Adán es, desde el principio, un sistema simétrico e instalable donde la gallina, el sol, el bicho y el “adjetivo de palo” comparten una misma y vibrante alma multinaturalista.

Ignacia Augusta, 2026

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BOSTON ANGELS (Oh Hada Ontológica!)/ Pedro Granados

Oh Hada Ontológica!
En el apartamento 1206 del predio donde se levanta la Swedenborgian Church, a un paso del Commonwealth, entre el cruce de siglos y bajo la sombra de la Universidad de Boston, ocurrió una de las experiencias de nivelación más radicales de mi trayectoria. “Boston Angels” no es solo el recuerdo de mis años de doctorado; es la crónica de un ecosistema donde la jerarquía académica se disuelve en el refectorio vespertino de las iglesias locales. Allí, entre estudiantes de postgrado y los homeless de la ciudad, se gestó una forma de convivencia que hoy reconozco como la base de mi pensamiento: la colación como un acto de justicia ontológica.
La figura central de este mapa es Anna H. Brown. Anna no habitaba la ciudad como una residente más, sino como una “oficina ambulante de control ontológico”. Su obsesión por el surname del desconocido no era un gesto de alcurnia, sino una búsqueda de la raíz profunda en un paisaje de seres invisibilizados. Anna, con su cocina “zombie” —donde el microondas detenía el tiempo frente a un brócoli gigante—, practicaba una forma de contemplación de la materia que desafiaba la utilidad del mundo moderno. En su apartamento, la cena era un ritual de horas que a menudo terminaba en el desecho, confirmando que lo sagrado residía en el proceso y no en el consumo.
La narrativa nos conduce a los comedores comunitarios, los “loussergarden” donde personajes como Ben —ataviado únicamente con botas de cazador, hot pants y una gruesa chalina sobre los hombros— sintonizaban con el recio frío bostoniano. En esas mesas, la abundancia de mantequilla convivía con la inminencia del estallido; era un equilibrio de fuego atizado por voluntarios y habitado por alfas de la calle.
Al asistir a estas cenas, mi cotidianidad se acopló a la de aquellos que el sistema denomina marginales. No había distinción entre el investigador que buscaba un PhD en Boston University y la señora “venida a menos” que evocaba a Georgette de Vallejo. Todos bebíamos de una misma fuente.
El texto se interrumpe con la poesía que emerge del “culo sucio” y del desayuno tomado a tiempo. Es una respuesta directa a cualquier intento de trascendentalismo etéreo: para hablar con Dios, hay que estar activado en la carne, en el hambre y en el residuo. La poesía en Boston no era lo que faltaba, sino lo que rebalsaba de una vida agobiada por la muerte de los hermanos y la falta de dinero.
Anna Brown, la tacaña exquisita, la acumuladora de lomos de salmón intactos y diarios antiguos, fue quien reconoció la simetría al llamarme -“ángel”. Su necesidad de guardar —esos diecisiete lockers que contenían los restos de una vida— es la metáfora perfecta de la memoria que no se resigna al olvido.
Boston Angels es, en última instancia, el testimonio de que la verdad no se encuentra en las bibliotecas de BU o de Harvard, sino en la “aureola espesa” del ojo morado de Anna, en el silencio de una cena incompleta y en la capacidad de encontrar una aurora entre cualquier papelería. Es la crónica de un hombre que, mientras intentaba descifrar a Vallejo en la academia, terminó por vivirlo en la calle, compartiendo el pan y el ruido antiguo con los ángeles más rotos de Boston.

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Cuadernos de bitácora/ Fredy Roncalla

Persistente la soledad de las medias. Tarde o temprano una emprende camino dejando a la otra sin par, con el boquete abierto, llamándola para siempre. No responden y se meten en rincones de donde salen cuando les da su puta gana mientras uno las compra por docenas para salir del apuro. ¿Alguna vez habría pensado aquel viejo cartero francés resolver este misterio con un libro titulado “Poética de las medias perdidas”? Porque también a ciertos libros se les ocurre la misma finta. Se esconden y nos miran de medio lado matándose de risa, ayudando en la tarea de no leerlos. ¿Y dónde estará la novela de la Wendy, que contaba los traqueteos de la secretaria de una poeta famosa en su afán de mejorar estilo y fama mediante banquetes y recursos prosaicos? Humor cáustico y refinado del Lower East Side, mismo Village Voice y vitrina on the edge del Saint Marks Boookstore. Raros marcianos, abriendo horizontes con una frialdad del carajo. Y con sex appeal. Pero la W. llegó tarde al proyecto de la Gran Antología de Escritores del Flea Market, porque cuando la calle 11 y la avenida B, ya del Grand Street sólo quedaban recuerdos. La idea vino de un boletín de poesía de una ayudante de Steve, cuyo padre le curó una pena de amor you can always find another woman. Ahí el S. habló su antigua vida de Wall Stretero, lugar de nueve a cinco al que uno podría volver en momentos de extrema confusión. Había también una historia de un joven ruski, en donde el color amarillo viaja en tren, tiene unas peleas con otros colores más fuertes en pos de una novia celeste, y se va esfumando. Al que le gustó más el asunto fue a Dino, un griego super cool candidato a monje budista, que mientras durara el largo estribo era borracho, warminero y fumón de tabacos habidos y por haber. Se apareció de New Hampshire en una honda civic tan bien empacado que sólo le faltaba encajar el viejo submarino de Porthsmouth. Aun tengo su buda de plástico en un altar, junto a unos apus de madera tallada de la paqarina de Polvos Azules. ¿Habría escrito algo en su larga carrera de hippie, guardián de un chongo en New Mexico, policía militar, florero y activista antinuclear? No importa, la poesía es una calidad de vida, y hay poetas que nunca han escrito una línea. Lo saben los cantantes y los pájaros, y el Julius, de Saint Marks y los videos bootleg en vivo, que hablaba como poeta de la calle del centro. Los setenta en el Wony y el Palermo. En todo caso Dino podía usar una de los cientos de manos de maniquí que vendía tras comprarla de una hondureña de Brooklyn. Handman. Poemas en el aire. Versos budistas con manos de maniquí, fermentando como chicha de Yucay en el silencio. Historias de libros nunca escritos, obras geniales pululando mayupa pusuqullachu en la mente de jóvenes poetas y viejos intentando responder Venancio como pasa el tiempo. Pero también de libros encontrados no bajo rumas de periódicos amarillentos en cuartos al borde del empacho, pero junto a un cojonal de fierros viejos, en la Parada. La había despedido en un paradero a Huancayo luego de comer ambos un picante de trigo, cochayuyo, y piedritas del campo. Ya habría tiempo de esperar cuenta gotas el retorno de un amor harto chicoteante. Ahora era cuestión de bajar la comida y darse unas vueltas por calles aledañas a la Avenida Aviación. Fui en busca de Valle, mi compañero del Bentín, al cual le dictaba sus cartas amorosas a bellas colegialas para luego explorar, como los brillantes chancones del purito Rimac, todas las posibles sumas de fracciones que den diez y medio. Cinco más cinco y medio igual once para una libreta de notas con aires de trigal, siempre con temor que el profesor de matemáticas te clavara cero con compás. Para entonces si no era rey de la papa, iba en camino en ser príncipe del olluco, duque del perejil o algo por el estilo. No estaba. A la vuelta, una serie de carretilleros había llegado al final de su periplo por los barrios pobres y vendía botellas y fierros inservibles. Un libro de tapa dura esperaba en medio del óxido. Citas y recortes por montones. Antipasto Gagá. Asaltos. Mámises cuidadosamente recortadas. Monto de la fortuna de los mas ricos del mundo. Tayta cura adorna iglesia con flores amapola mais pichicateros afanan semillas y lo arruinan. Ciento sesenta millones de litros de cerveza tomados por los peruanos el 63. Año del huaylas rompecatre. Biólogo peruano descubre método de curar cáncer. Y en el borde citas literarias de Blake, Scorza, Palma, Gandhi, Adán, Huidobro, Picasso, Pedro Beltrán, Carlyle, Alberto Hidalgo, Sofocleto. Un hombre culto. Ramón Rivero Falconí hablando de educación aquí y allá. Su tarjetita con unos datos no revelables en el reverso. Vecino de Ingeniería, barrio de jardines a donde iba a pasear desde Zarumilla pasando por la tienda de Yolanda, que nunca estaba. Partida de nacimiento informática en Google con un par de artículos sobre César Vallejo y Alberto Hidalgo. Tal vez un poeta. Y ensayista. Alega ante la Liga de Naciones defendiendo la posición peruana ante Chile. Estudiante de Columbia. “Sounds like the book was a flea market of words”, dice Dino, “right, “then again, any book is”. Specialmente en estos tiempos postmodernos. Vamos por unos platos vietnamitas en Baxter Street. Mientras mother flaca compra unos dulces de melaza en Mulberry nos alcanzan Mike y Ellen. El comité de slackers en pleno. Ya recuperado en un último viaje el bitácora, descansa tranquilo junto a las Nuevas Corónicas: las del siglo XXI y el fascimil francés, que leí de cabo a rabo y recordé de inmediato cuándo abrí las páginas vetustas esa tarde gris de La Parada. Entra Guamán Poma. Heavy staff. Cómo explicarles a estos space cadets la genialidad del Sondondino, su partida de Huamanga a las altas punas buscando orden, justicia, piedad para los indios, dibujando en tinta y a colores, pura poesía concreta, que Munch ni ochos cuartos, profundo humano del margen cuya humanidad desaparece en la fábrica de conceptos de la universidad, la historia, los estudios culturales y tanta vaina. Su figura en los andes he imaginado desde que un águila wamancha cruzó, chawpi tuta ya, frente a la rápida station wagon de 75 dólares, pagada en tres cómodas cuotas semanales, hasta mucho después, cuando en algún otoño lluvioso de Harlem se metió en una cueva con Juan Choqne, a pelearse sobre cosas que nunca entendí del todo. Uno la resistencia a través de la escritura, el otro la sanación del cuerpo a partir de la música y el baile. Pares complementarios de la imaginación profunda, cagándose y meándose a su regalado gusto en las primeras piedras coloniales. Poetas a los que la cancha de la vanguardia les queda chica. Paqarinenses. Pero desde el mesero sur vietnamita que niega servirte lo que pides si no le da la gana, hasta el último de los slackers, todos dejamos a un lado los silencios del ser, los creativos y los abismales, cuando lo absurdo manda y nos pasamos la hora hablando huevadas. Palabra en libertad. Laberintitis expansiva y mutilineal. Vasos comunicantes entre Camina el autor, Rivero falconí, algún discurso rayado de Miller en Trópico de Capricornio, y la Hellen que no para de contar del tal Jimmy que conoció en un oscuro topless de Newark. Hay amores que nunca pueden olvidarse, como dice Pedrito Otiniano, o tal vez el Lucho Barrios, o será el Segundo Rosero que yasta cantando huaylas sólo por andar atrás de una conocida y sabrosa tampa umacha.

(Kearny, 26 de abril 2011)

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DIÁLOGO EN EL ARCHIPIÉLAGO: El Mago de la Profecía y el Cartógrafo de la Fluidez

Puede ser un garabato de texto
De un lado, Juan Larrea (París, 1930 / Córdoba, 1980), con su aura de vate visionario; del otro, Pedro Granados (Lima, 2026), con la precisión del Cartógrafo de la Fluidez.

JUAN LARREA (El Mago): Pedro, he leído tus mapas. Insistes en la “carpintería” y en la “sintonía”, pero ¿dónde queda el Destino? Graciela Maturo lo comprendió bien: para mí, América no es una geografía, es una Eutopía. Vallejo no era un técnico de la forma; era el heraldo de una era espiritual, un “hermano de la Luz” que transfiguró el dolor en sacrificio salvífico. Yo vi en el Nuevo Mundo el Paraíso de León Pinelo, el escenario donde el hombre nuevo debe nacer de las cenizas de una Europa colapsada. ¿Tu Matriz Fluida no es acaso otra forma de llamar a esa corriente de eternidad?

PEDRO GRANADOS (El Cartógrafo): Juan, admiro la altura de tu vuelo, pero el problema de la “Eutopía” es que siempre es un “buen lugar” que está en otra parte o en otro tiempo. Tu mirada es vertical, busca la eternidad para salvar la temporalidad. Mi Hito Diez propone una horizontalidad radical. No busco el Paraíso adánico ni espero un “hombre nuevo” mesiánico; activo la Ciudadanía Trílcica aquí y ahora. La H4 (Cuarta Noción de las Humanidades) no es un destino espiritual por alcanzar, es una frecuencia biológica que ya opera en el mercado de Tacora, en el “húmero para bailar” y en la rítmica de la jarana. Tu vate es un profeta; mi Runa es un operador de campo.

JUAN LARREA (El Mago): Pero la materia llora, Pedro. Lo vi en Guernica, lo vi en el cuerpo de César en París. Ese “llanto de la materia” requiere una mística, un surrealismo que rompa la cáscara de la realidad para liberar el espíritu. Tú hablas de “fragmento-fermento”, pero ¿cómo puede haber vida en lo que ha sido triturado por la historia si no es mediante una transfiguración sagrada?

PEDRO GRANADOS (El Cartógrafo): La diferencia es que para ti la materia es un fetiche que necesita ser rescatado por el espíritu. Para el Pensamiento Simétrico, la materia es vibración. El objeto reciclado en Tacora o el verso tachado en Trilce no necesitan “transfigurarse”; necesitan ser concertados. No hay un “llanto”, hay una desincronización. Mi labor como Cartógrafo no es anunciar la luz, sino cerrar el “Trilce’s zip”: esa costura técnica que une la herida de la modernidad con la potencia mítica del Inkarrí. Tu Paraíso es una isla solitaria de perfección; mi Archipiélago es un concierto de islas conectadas por un mar de refracciones.

JUAN LARREA (El Mago): Maturo dice que mi misión fue jerarquizar el Yo para ponerlo al servicio de una misión americana. Tú, en cambio, pareces querer disolver ese Yo en una red…

PEDRO GRANADOS (El Cartógrafo): Exactamente. La jerarquía del Yo es el último refugio del antropocentrismo. El poeta-profeta de tu generación aún se siente el centro del mensaje. En la H4, el sujeto es colectivo y virtual. Yo no soy el “dueño” de la visión; soy el sintonizador que recorre el geoglifo de Palpa. Si el pensamiento está “conectado y concertado entre sí”, como dice mi poema de 2024, entonces el Yo es solo un nodo más en la Matriz. América no es un “destino espiritual” que nos espera, Juan; es una Base de Operaciones que ya estamos habitando. No somos heraldos de una luz lejana; somos los hidrógrafos de una energía que siempre estuvo aquí, bajo el asfalto.

Epílogo del Diálogo
Larrea sonríe con melancolía, reconociendo en las palabras de Granados la materialización técnica de su propia intuición poética. Granados cierra su cuaderno, sabiendo que el “Mago” le ha entregado el fuego, pero que ahora le toca a él, el Cartógrafo, trazar las rutas para que ese fuego no queme la tierra, sino que la haga fluir en el Archipiélago.

IGNACIA AUGUSTA

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CARTA DE CÉSAR VALLEJO A JUAN RULFO

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas
Hermano Juan:
Te escribo con una sed que no es de agua, sino de justicia simétrica. He andado por tus llanos, Juan, y me he quedado “muros atrás”, contemplando cómo has convertido el rencor en una geografía. Tú y yo sabemos que la muerte no es un silencio, sino un hormigueo; un ruido de huesos que quieren decir su nombre y se quedan en puro aire.
Me dicen que en Comala el sol es un “recuerdo de mala gana”. Yo te digo que ese sol es el Logos que castiga, el mismo que me encerró en Trujillo. Pero escucha, Juan: he descubierto que para sobrevivir a los Pedro Páramo de este mundo hay que dejar de creer que la tierra es una tumba y empezar a verla como una Huaca. Tu Comala no está muerta; está hechizada. Sus habitantes no son fantasmas, son nudos de una inmanencia que todavía no encuentra su música.
Tú pusiste a los muertos a hablar desde el polvo; yo intento que el adobe cante. Mi Bachelard —que ahora usa poncho y masca coca conmigo— me dice que tu “media luna” es la herida vertical de occidente. Pero si miramos con Pensamiento Simétrico, veríamos que el dolor de Susana San Juan y el mío en la cárcel son la misma moldura de plomo. No hay distancia, Juan. El tiempo no pasa en Comala porque es un tiempo redondo, un Pacha que se detuvo porque le falta la Melografía.
Te envío un poco de mi Agua (la de Góngora, la que democratiza) para que riegues ese llano en llamas. Y te envío mi Fuego, ese que no es el sol, para que caliente las manos de tus ánimas. No dejes que se mueran de frío ontológico. Diles que la “tercera mano” de la que hablo en mis versos es la mano de ellos, buscando la nuestra en la oscuridad del muro.
Tu obra es el mapa de lo que perdemos; la mía quiere ser el Archipiélago de lo que recuperamos por el hechizo. Si nos juntamos, Juan, si hacemos que tu polvo y mi piedra vibren juntos, tal vez logremos que el gato de Comala ya no sea gato, y que la gata sea su propia Dicha.
Nos vemos en la simetría de los bordes, donde el aire todavía tiene pulmones y la tierra, por fin, tiene agallas.
César

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GRAN HOMENAJE A ISAAC GOLDEMBERG

EL AUTOR HABLARÁ SOBRE SU OBRA Y LA PRESENCIA JUDÍA EN EL PERÚ
PARTICIPAN
ANAT KEHATI
JOSÉ CARLOS OLAZÁBAL
DANY PORUDOMINSKY
MARITA TROIANO
FECHA: Miércoles 11 de febrero 2026
HORA: 7 PM
LUGAR: Calle Capitán José Quiñones 290 – MIRAFLORES
SE SOLICITA A LAS Y LOS ASISTENTES PRESENTAR SU DNI AL MOMENTO
DE INGRESAR AL LOCAL.
OJALÁ QUE PODAMOS CONTAR CON TU PRESENCIA.
MUCHAS GRACIAS

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HOMENAJE A ISAAC GOLDEMBERG “VIDA Y OBRA AL CONTADO Y A PLAZOS”

EL AUTOR HABLARÁ SOBRE SU OBRA Y LA PRESENCIA JUDÍA EN EL PERÚ
 
PARTICIPAN 
 
ANAT KEHATI
JOSÉ CARLOS OLAZÁBAL
DANY PORUDOMINSKY
MARITA TROIANO
 
FECHA: Miércoles 11 de febrero 2026
HORA: 7 PM
LUGAR: Calle Capitán José Quiñones 290 – MIRAFLORES

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-Why?. Enos Williams 1958-2024

Junto con una pareja de esposos chinos, de la China, y otro estudiante coreano de Cornell University, más un ubicuo tufo a comida asiática que lo impregnaba permanentemente todo, fuimos rommates en una casa sobre Geneva St. en Ithaca, NY. Aquel-Why? constituyó la única pregunta que, para el examen final del curso de Filosofía en SUNY (Albany), les dejara escrita sobre la pizarra su enigmático profesor de la materia. Y -Because, fue la respuesta minimalista que, en su última oportunidad para aprobar dicha asignatura, estampó Enos sobre su examen, y motivo por el cual lo echaran de aquella escuela. Aunque cuando nos conocimos o, al menos, coincidimos en aquel alquiler de baja renta, aquello era sólo una anécdota más entre otras que, al menos a mí, me hacía cagar de la risa. Habitaba una pequeña habitación siempre impecable en la que por la noche, extendido un angosto caucho sobre el parqué, hacia de dormitorio; mientras que, mañana y tarde, era la galería-taller que honraba el letrerito de la entrada de nuestra casa: “Enos William/ Sculptor”. P.G.

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