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Ensayo

Palavras perdidas em meios silêncios, de Gerson Albuquerque

“Diálogos com Drummond e Pessoa”, lema al inicio del poema “Veredas”, podría constituir una de las capas fundamentales del hojaldre que arma Palavras perdidas em meios silêncios (Rio Branco: Nepan Editora, 2017.141 p.); reciente y espléndido primer libro de  Gerson Albuquerque.  De Drummond le viene el fuerte sentido de pertenencia a un lugar y a una identidad; aquello de “Alguns anos vivi em Itabira./ Principalmente nasci em Itabira”. De Pessoa, mientras tanto, la invitación a considerar que esto último es — sino una completa invención– al menos sólo un leve diseño, un mapa a cuyas selectas aristas ilumina una frágil, aunque porfiada memoria: “minha filha/ re-desenha meu coração”.  Aquella dialéctica constituye, pues, el círculo concéntrico más amplio que enmarca  los diferentes motivos de esta compleja propuesta:

-el de la identidad: “Nasci em Manaus/e nem sei o gosto das águas sujas do rio Negro/ Sei que o mar passa longe/ e que essa Paris de puta sem dentes/ é minha fratria”

-el del desamor: “Nem a sombra de tuas palavras/ teus beijos frágeis/ teus prazeres instantâneos/ nem tuas obscenidades/ Percorro meu corpo/ e nada de cicatrizes”

-el del encuentro con la poesía: “Fundo de rede/ No fundo da tarde/ uma manhã/ No próximo da noite/ o mês de julho/ No não dito / o mal dito/ No fundo da rede/ uma tarde”.

Otros motivos complementarios, aunque no menos articulados o yuxtapuestos al principal en el conjunto del poemario, serían el del compromiso político-socio-cultural:

Consciência

O que mais detesto em mim

é essa inconsciência da fome alheia

Retóricas

Meu manifesto é uma dor

oposto ao desamor

Asimismo, por ejemplo, la perspectiva ecológica o post-humana; aunque no  como un mero o incluso entusiasta concepto políticamente correcto, sino ante todo como una necesidad particular, de concentrada y sutil fuerza metonímica: “Restam serenos/ a chuva encharcando as paredes de madeira/ os pés de jasmins”.  Haikus zen, entre varios otros en este poemario, pero no del Japón, sino de la amazonía.  Todo lo anterior, sin dejar de lado, felizmente para todos, la ironía o el humor; cauterio suave de las mismas heridas que levanta la lucidez:

“Digite uma palavra

Traduza minha senha

delete minha ausência

configure minha sombra

armazene meu sexo

Formate minha língua

imprima meus pensamentos

digitalize meus sonhos

grave minha voz

Word-me

Page make-me

Corel draw-me

Access-me”

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PUCP: Mediados 70/ 100

Porque allí pillé a Góngora
Leyendo a Góngora
En la voz de Luis Jaime Cisneros
Lo mismo que a Salomón Lerner
Incrédulo y de a pie
Repasando alguno de mis poemarios
Porque no por las huevas estuvo allí
Luis Hernández Camarero
Que estar allí, acompañar,
Es mucho más poderoso
Que el mero hecho de estudiar
Porque en la PUCP, y junto con algunos de mis profesores,
Ensayábamos explicar la verdad hasta confinarla
A un esquema
Algo mucho más humano que el solo hecho de creer
Y porque entre algunas de mis compañeras
De aquel entonces
Descubrí la bondad, la inteligencia
Incluso el amor
Porque desde el segundo piso de Letras
En el Fundo Pando
Mirando hacia la playa y por las tardes
Se ve a Trilce o a Inkarrí
Da exactamente lo mismo
Una sonrisa de tan amplia
Aparentemente horizontal
Dorada y abozaleada
Remando contra lo corriente

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Mujer fatal, compañera y madre en la poesía de César Vallejo

En lo fundamental, este trabajo pretende mostrar los matices y alcances de la alteridad femenina vallejiana. Es decir, cómo el tema de la mujer, presente desde un inicio en la poesía de César Vallejo, nos permite hurgar –creemos que muy productivamente– en la poética e ideología de este complejo autor. Alteridad, aquélla, en tanto motivo en esta poesía y, además, auto-auscultación sistemática por parte del yo poético. En síntesis, distintos y sucesivos hitos de lo femenino que, de modo simultáneo, caracterizan o definen cada una de las etapas poéticas de este autor: desde Los heraldos negros, y pasando por Trilce, hasta los poemas póstumos, en particular, “España, aparta de mí este cáliz”.
Palabras claves: Poesía de César Vallejo, poesía y psicoanálisis, estudios de género, dualismo andino.

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Lectura de María/ Harold Alvarado Tenorio

A finales de tercero de bachillerato, cuando ya había descubierto a Borges en la Luis Angel, y bebía cervezas con un filipichín del Restrepo, presumido de vestir de sastre, con ternos que imitaban las vitrinas de El Romano de la 24 y su padre pagaba para que luciera como Oscar Golden o un estudiante del Gimnasio Moderno, el maestro de literatura, un viejecillo cuyo nombre no recuerdo, nos hizo leer, completa, de cabo a rabo, Maria, de Isaacs, justo en el momento que los nadaístas la quemaban y denigraban de ella. Fuimos a comprar un ejemplar a las librerías de viejo cerca de la Casa de Nariño, y de regreso, me parece estar viéndolo, mi amigo me indicó a Mario Rivero haciendo cola, a eso de las once, en uno de los bajos del edificio Murillo Toro donde está todavía el Ministerio de Comunicaciones, en la sucursal del Banco Popular, que era entonces Caja Agraria, con una alcancía de metal, que tenía un orificio lateral para ingresar billetes, en la mano. Mario nunca perdió esa costumbre, se creía tan pobre, que apenas debía gastar cinco pesos diarios, como contó su bellboy, el infatigable camarlengo Federico Diaz Granados, que salió debajo de una mesa de cantina a servir a Rivero hasta que ascendió al trono de la poesía de la mano de una agiotista y un desahuciado apodado El ovejo. A Diaz lo enviaba desde las nueve a sacar cinco mil pesos de los años noventa, tanta veces, que incluso decía que había llegado a la mayoría de edad parado en la puerta del banco, mientras Mario descendía a pie, desde su inmensa casa de La Candelaria, repleta de pinturas y dibujos que había expoliado a los artistas que ponía en la revista del grupo Dinero o había entrevistado en Monitor, un programa de radio dominical de Caracol, mientras su chofer negro que hablaba inglés le seguía a distancia en un Mercedes Benz sedan color verde mareo australiano de los años setenta, que no usaba para no gastarlo. Diaz Granados también contó en aquellos años que Rivero no escribía las críticas de arte sino su mujer, una anciana hermana de Antonio Panesso Robledo, más culta que todo el mundo, pero avergonzada de su vejez y postergada por su hermano famoso, porque decía, nadie iba a creer que ella era capaz de decir tanta impostura sobre una recua de pintores de quinta que publicó esa revista. Algo de cierto debió haber en ello, porque Rivero de lo único que hablaba con rigor era de las fluctuaciones del dólar y de chismes de farándula, con una señora caleña, de pelo de ceniza, que fue su amante platónica por años.

La edición que compramos por tres pesos, un dineral entonces, si pensamos que para todo el mes yo recibía trescientos cincuenta pesos, era hecha en Paris en tapa dura con relieve, donde una chica abre su sombrilla sentada sobre una roca cetrina y fondo azul, de la Librería de la Viuda de Charles Bouret, que vendía los libros en español en 16 de Setiembre y Bolivar de Ciudad de México, esquina. La perdí después de atesorarla por años cuando estando enfermo, postrado en la Clínica Shaio, un chiquilicuatro que decía ser librero, pésimo poeta huilense, nieto de una famosa lírica medio comunistoide y libertina, amancebada con un abogado de narcos, que hizo la pubertad sentado en el bufete esperando para abrir la puerta, fue hasta casa de mi madre y sisó de mi biblioteca unos setecientos ejemplares, dedicados y primeras ediciones. Luego encontré algunos de ellos en una librería de lance de la Calle del Doctor Rizal en Barcelona, donde estaban vendiendo Historia de un deicidio dedicada por Mario Vargas, por la módica suma de 125 euros. A mi mamá el bandido le había dado diez pesos por cada libro, con la promesa, solemne, de que volvería por el resto, que eran seis mil.

Lejos de casa, a dos mil seiscientos metros de altitud, con una lluvia inagotable y el frio calando los huesos, mientras leía en Maria repasaba los paisajes de mi niñez y sin que hubiese conocido sentimiento amoroso alguno, la historia me enganchaba hasta las mismas lágrimas. Efrain regresa a la hacienda de sus padres al terminar sus estudios en Bogotá y conoce a Maria, de quien se enamora sin saber que está enferma y ha de morir. Un aleteo de poesia invade el texto. En un admirable y lento discurrir Isaacs presenta el mundo idílico de las relaciones entre los enamorados, hecho de silencios, equívocos, medias voces, secretos, palabras no pronunciadas, adivinaciones, juegos de manos y miradas. Idilio romántico y realismo concurren pero lo que más impactó en mi eran las descripciones de la campiña que yo bien conocía y que en Maria termina por ser un trasunto de los padecimientos de los personajes. La descripción de la naturaleza hecha alma de acuerdo a los sentimientos impresiona por su autenticidad, ofreciendo una sobria novela tropical con su ilimitada botánica, los pueblos blancos colgando de azules montañas, el viento, las ceibas de las llanuras, las vegas con sus torrentes espumosos, los sauces, la soledad de la luna y la llanura, la luciérnaga, los yarumos, los juegos del sol en el recinto de las arboledas, los gualandayes violetas y amarillos, las colinas verdes de loros y palmeras, el naranjo, la populosa vegetación donde los cazadores acosan un venadillo, la ondulación en el aire de garzas plateadas y las águilas negras, el tigre, el canto de los pájaros, el estanque con rosas, la culebra que cuelga de las ramas y el eterno paso de la luz a través de una habitación oscura: la vida.
Nunca he olvidado el momento cuando Efrain va en busca de un médico para Maria. El crecimiento de la enfermedad de la niña coincide con el comportamiento de la naturaleza cuando él deja su habitación para montar el caballo que habrá de llevarle hasta el galeno. El cierzo mueve los sauces, de los naranjos vuelan las aves asustadas, los relámpagos iluminan la honda noche todavía, la lluvia alcanza a humedecer las sienes, el ave negra roza la frente y Efrain la sigue con la mirada hasta que se oculta en el bosque. Y al llegar al Amaime, que encuentra crecido, ese fragmento memorable del cruce del rio sobre el caballo:

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Publisía latinoamericana de hoy

“El poeta reconocido/ tiene, en ello mismo,/ ya su merecido” (Pregón popular)

Grosso modo, la diferencia entre poesía y publicidad estriba en que en esta última nosotros hablamos y, en la poesía, permitimos más bien que –según Lacan o César Vallejo– el lenguaje hable por nosotros. Es decir, podemos lograr imágenes muy bellas o efectos sorprendentes e incluso originales, a fuerza de novedad, pero –para un oído aguzado– todo eso será prescindible y aquél quedará como esperando, aguardando, que al fin suceda algo. Que afloren, sobre las secas arenas del desierto, los viejos canales rebosantes de agua.

Sin embargo, cuando repasamos la producción reciente de América Latina, literatura en tanto publicidad –moldes preconcebidos y lenguaje efectista– es lo que por lo general encontramos. Por ensayar una caricatura, esto ocurre tanto en los poemas “privados” de la pequeña o mediana burguesía urbana; como en aquellos “públicos y comprometidos” tipo “Acción Poética”. Uno ve esos paneles y se pregunta quién está detrás manipulando y acaso lucrando con todo eso… y no constituyen, en absoluto, una excepción los poemas “privados” tipo Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik elevados a la cuarta potencia; es decir, desfigurados de tan manidos y banalizados hasta la involuntaria frivolidad.

Otro tanto acurre con nuestro neo-barroco, que acaso alcanzará a que sus principales administradores, aún en vida, vean el desplome definitivo del negocio. Y, asimismo, con una especie de coda del mismo que se escribe en monemas, particularmente en la triple frontera (Brasil, Argentina, Paraguay); una cosa son Wilson Bueno o Douglas Diegues, y otros los diletantes o hipnotizados con aquella cajita de música. Y sucede otro tanto con los declamadores –tipo Raúl Zurita– porque ya se sabe que lo suyo fue todo un tinglado, apoyado por su gobierno, para demostrar el poder expansionista de su país incluso en este ámbito de cosas, el de la poesía. Y, a modo de continuar tomándole el pulso a esta espesa y contaminada marea, toda la poesía hecha (no sólo escrita: pintada, bailada, declamada) nada más que por encargo: la del PT, la de la violencia en el Perú, la chavista o –¿por otro lado?– aquella que auspició y auspicia sistemáticamente la fuga de la realidad, tipo la del “pensar” o la del “giro lingüístico” o la “preciosista”; con abundantes ejemplos de esta última, por ejemplo, en Colombia, y en particular en Bogotá.

Para no hablar, por último, de lo que ocurre con nuestros profesores-poetas, escribiendo desde algún país metropolitano –donde fueron a estudiar y a costa de todo, incluso de entregar el alma, se quedaron– que no la ven.  Que, por ejemplo, una cosa es el neo-barroco y otra, muy distinta, escribir reprimido o en complicado.

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A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI

PRico

Pareciera que toda nueva antología sobre poesía puertorriqueña, más o menos reciente, no puede brindarnos mayores opciones que la de presentarnos –por enésima vez y porque a la postre constituye lo más valioso entre lo compilado– la obra de  Mayra Santos Febres o, si retrocedemos tan sólo unos pocos años, la de José Luis Vega.   Obras, estas últimas, ya canónicas en el contexto del Caribe insular hispano; aunque otra cosa es decir palpitantes o vivas o necesarias.  Lo contracultural y el feminismo de agenda (norteamericana, por cierto) se aceptaron, ya desde hace tiempo, sin mayores regañadientes culturales, ni políticos, ni de especificidad histórica.  Se volvieron oficiales y han reproducido incontables epígonas/epígonos publicados en libro.  Obvio, este proceso –aunque con otros protagonistas y en distintas velocidades– se constata en casi toda América Latina entre los años que van del 80′ para arriba.  Por su parte, la poesía de  José Luis Vega –como también, verbigracia, la de José Mármol en la República Dominicana– sigue constituyendo, en sí misma,  como la otra cara de la moneda de lo que es, todavía, la literatura o poesía en toda nuestra región.  Textos finos, pulidos, capciosos e intertextuales; con un sujeto –socialmente distinguido y sexualmente  más o menos compacto– que ejercita a sus anchas el arte del decoro y del refrenamiento.  Esto en sí no está mal.  Por ejemplo, este tipo de textos consigue incluso hoy mismo los premios que, buscando poesía experimental, convoca regularmente la Casa de América de Madrid.  Es más, el 90% de la producción de lo que se considera poesía en nuestra región va también por ahí.  Y parecería no apetecerse alguna otra cosa.  Porque son las instituciones literarias en su totalidad, en tanto organización política-cultural, las periclitadas.  Donde, dado el caso, en un momento entró  Neruda y no salió más.  Y donde, por lo tanto, valoramos el poema que nos llena la página; que se torna elocuente; que procurando sorprender canjea, impunemente, publicidad por poesía; que disimula un yo soberbio y auto-persuadido hasta el hartazgo, camuflado — de modo oportunista– el alguna pena de éstas, de aquéllas o de las otras.  En fin, aunque hoy por hoy al menos, un Neruda que no se animaría a dárselas de comprometido.  Por otro lado, precoces o decepcionados, que lo erótico, el haiku, la bautade son tan sólo un ingrediente más o un escorzo del poema; que lo contrario –el monopolio de ello en el poema– es cansón o redundante exhibicionismo.  Todo el mundo es  más o menos inteligente o arrecho.

Qué mal hemos leído a Vallejo en el Caribe; mejor dicho, qué bien hemos aprendido la crítica sobre él  tanto para –memorizando la lección– aprobar nuestros exámenes en el bachillerato, como para luego reproducir por ahí –esta misma ignorancia–  multiplicada y sin ningún empacho.  ¿Qué aportaría la poesía de Vallejo a los jóvenes del Caribe?  A escribir en clandestino, de modo soterrado y simultáneamente gozoso; a conectarnos con nuestro fuero interno para no producir ya más nunca poesía de auto-ayuda; a sentir orgullo de lo que somos; a sacudirnos de nuestro pasotismo; a ser poetas hasta dejar de serlo.  A no leer, sino a  acompañar la poesía.

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Huella imborrable de estilo: Armando Almanzar Botello en “Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse´s Crucifixion:”/ Eli Quezada

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“Un creador es un ser que trabaja por gusto.” G. Deleuze

Lacan evoca la frase de Buffon cuando dice:                                                                                        “Estilo: Este es el hombre (…) que se extiende por el”

“Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse´s Crucifixion:” no es solo otra de esas piezas poéticas enmarcada o, debo decir, redondeada como en una especie de pentagrama de lo poético, (con sus blancas, y sus negritas, sus silencios, y su detonar in crescendo, hasta literalmente explotar en boom…) donde podemos descifrar el extenso mundo intenso en lo que a profundidades temáticas, polisémicas y simbólicas, nos tiene acostumbrados este autor que, sin temor a equivocarme o a parecer subjetiva; antes bien, consciente de estudiar poema por poema, ensayo por ensayo, su valiosa obra, es uno de los poetas dominicanos que apuesta a la “creación” (Lezama Lima) de nuevos signos semióticos o lo que es lo mismo, a presentar y re-presentar un sustentado y preclaro discurso postmoderno, en sus proposiciones y proyectos creativos.

Un discurso donde se reta las variabilidades actuales del mismo… donde no nos insta, simplemente, a no con-formarnos con lo que se dijo hace dos o tres décadas, sino a confrontar las nuevas teorías, elaborando, como todo investigador serio y obstinado, su propio pensamiento. Pensamiento poético, en este caso, en el que se destilan con igual fuerza, las polaridades ontológicas-filológicas, el eros y tánatos y esa música particular de sus morfemas y fonemas, de sus deconstrucciones en clave “hessiana”, (Hesse) cual tratado estepario, lobo con sed de beber y “dar-a-ver”, cazador de la más clara de las aguas del saber, en fin… con esa filigrana exquisita, huella estilizada, pero única de este paradigmático escritor. Entre los poetas dominicanos, el más indispensable, “junto a León Felix Batista”, como dice, el experto critico literario peruano, Pedro Granados, en su reciente obra: “Breve teatro para leer: Poesia dominicana reciente”.  Añade:

“Rara vez nos hemos topado con tamaño erúdito del presente; de cuanto libro sobre teoría cultural y psicoanalítica hallemos en las librerías. Pasmoso y serio conocedor que, de algún modo hemos de decirlo, cultiva un discurso a caballo entre arqueología del saber, ciberespacio, gótico y un ‘ligao local de sabor muy dominicano’…” PP. 50 Esto último, que señala Granados me parece que es fundamento de ese ingrediente lúdico en ese explorar un lenguaje ultramoderno adecuado al devenir de los tiempos…

Y el creador, el poeta, el pensador, se pregunta y nos pregunta en el poema que da título a su libro “Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse´s Crucifixion”:

“¿Por qué alguien escribe, pinta, miente? / Al borde de otro cuerpo, desnudo precipicio, / la mano ardiendo late: hambre absorta en vocación de abismo / suspendida. (…)”

Se puede leer en esta obra: “Lenta mi boca se acercó hasta la insolencia… / Puso en ella su verdad: / la lengua… / Tímida caricia…”, nos dice en un fragmento de su poema “Sócrates y el Lirio”, de la obra que comentamos.

Particularmente creo que Armando Almánzar-Botello nos regaló una pieza, repito, de arte en lo contemporáneo de la obra de Bacon, y como él, se desgarró; se transfiguró como un Cristo en la cruz, se desangró en cada letra, en cada verso escondido y expuesto en este su trabajo. Y trascendió a él, y nos identificó y se mostró endeble, descarnado. Se miró en el espejo de la obra de Bacon y de todas las obras de los grandes que han dejado su sangre en sus obras; al fin y al cabo todo poeta tiene que vivir esa transfiguración. Esa muerte, ese suicidio permanente para luego resucitar, como lo hace Bacon al inspirar con sus inquietantes y magníficas obras de arte y, con su pensamiento filosófico-pictórico, esta obra que le hace mucho honor.

Y Armando dice:

“Portraits and Self-Portraits: estallidos de la luz en negro / espejo: posiciones radiográficas del rostro que se pierde. / Condensa en un instante su perfil el asesino, rabia de pinceles / y de espátulas. Torso que deviene retorcido, / herida, semen, lodo, sangre. / Se encharca dios en malva triste su carne / vulnerada, / su flujo leopardo goteando labios rotos. / Coitus reservatus / Coitus interruptus / Deus absconditus / Placas radiográficas de Ausencia… “

Armando, el hombre poeta, es él y su discurso, es él y sus fantasmas, es él y sus referentes, su modus vivendi, su modus pensanti… Almánzar es él y Deleuze: es él  y Lacan (Freud), es él y Zizek, finalmente, es él y Bacon encarnado en estos poemas…

De hecho les dedica, frecuentemente, sus textos a sus referentes, demostrando una u otra teoría que éstos defienden.

“Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse´s Crucifixion” es epifanía sacra e irreverente, retrato a un genio, Francis Bacon, desde la genialidad de otro, el pensador.

“Con duro hierro araña, corta marca labra

-garra del halcón, cuchilla enardecida-

la mano”

Armando, ¡claro que volvió! Francis Bacon, vuelve… vuelve bañado de gloria, justamente, instalado en tu mirada, en tu estilo…que ya es eterno.

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Lago del Fondo: Poesía reciente

Lago de Fondo

Pedro Granados analiza poética de Ángela Hernández

La poesía de Enriquillo Sánchez: “puñal y maicena”

Nan Chevalier: El viaje sin retorno

“Ante el yugo de la llama” (Intervención en León Félix Batista)

Respuesta al correo de una gran poeta dominicana y mejor amiga

PREGUNTAS SOBRE POESÍA DOMINICANA RECIENTE

Isis, Valentín y Pedro

Nueva visita a El Conde, 2016

Los peruanos y la Española

Soledad Álvarez: ¿sus versos de agua?

En casa de Frank Etienne, el extraordinario poeta y pintor haitiano

Haití

Las madres de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946)

Todavía en Haití

El Caribe, de Pedro Ureña Rib y Jean-Paul Duviols, hacia un “diccionario nocturno”

Breve teatro para leer: poesía dominicana reciente

Protestas contra Mario Vargas Llosa en la República Dominicana

Sin duda en una de mis vidas soy dominicano

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En el cumpleaños de José María Arguedas

Jose-maria-arguedas-1966_DCE

José maría Arguedas y mi mamá

Devota. Cuando de niño me llevaba con ella a la iglesia de nuestro barrio pasaba yo una vergüenza sin nombre. Incluso a veces, aunque me cueste reconocerlo, me alejaba de ella justo en aquellos momentos para mí de los más bochornosos. Resulta que mi madre alcanzaba las notas más altas de los cantos de la misa con una voz que no parecía de este mundo; al menos, del de los citadinos y citadinas que se congregaban en aquel rito dominical. Muchos años después, y en uno de mis viajes al “Perú profundo”, descubriría con estupor que los campesinos en sus procesiones –en honor a la Virgen o al Cristo Crucificado– daban de alaridos en un runa simi muy parecidos a los del castellano que –en tanto repasar el cancionero de la iglesia– echaba mano mi madre los domingos en Lima. Es decir, de modo análogo –aunque distinto– a la hazaña de la obra de José María Arguedas (aquello de verter al español el espíritu del quechua), con su reticencia o falta de encandilamiento hacia la obra de su “paisano” mi madre en la práctica –y de modo no menos sutil– me estaba demostrando lo siguiente: Que era viable transvasar de otro modo las lenguas. Sin utilerías. Ni exóticas escenografías o referencias. Que yo mismo era, por más limeño o cosmopolita –y sin saber el quechua– acaso su más demorada traducción.

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VENTANAS VALLEJIANAS

Utah Vallejo

Incomodidad de “El palco estrecho”

Politics, Poetics, Affect: Re-visioning César Vallejo (Reseña)

Vallejo/Bukowsky/Granados

Pedro Zulen & César Vallejo

Hitos de mis estudios vallejianos

Reseñas de las Actas del Congreso “Vallejo Siempre”, Montevideo 2016

Reseña I: Laurie Lomask, “Teoría y espectáculo del cuerpo en el teatro de César Vallejo”

Reseña II: Vallejo en Uruguay

Reseña III: La sensibilidad vallejiana

VASINFIN, en homenaje a Henrique Urbano (1938-2014)

Vallejo Siempre 2014, Reseñas de las Actas. Tomos 1,2 y 3

(N)húmeros para (des)cifrar un pambiche/ Pedro Delgado Malagón

El canto de la lluvia: La palabra poética de César Vallejo  (TRILCE LXXVII)/ Gabriella Menczel

Surrealismo/ Dadaísmo en la poesía de César Vallejo

En torno a César Calvo y César Vallejo

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