Archivo de la categoría: Ensayo

Ensayo

Mis poemas hasta el 2020

He tenido (tengo) algunos mentores fundamentales para mi vocación y dedicación –conscientemente desde los quince años– a la poesía.  Mi madre, Lastenia Agüero, la cual me enseñó que ninguno es monolingüe o que el asunto de identificar cuántas lenguas uno practica no es cuestión de contarlas, sino de ahondar desde ya  en la mezcla; para alcanzar las notas más altas del cancionero, los domingos en una iglesia de Lima, y con suma naturalidad, ella se pasaba del castellano al quechua de su pueblo.  Mi hermano Germán (obrero, poeta y tallador), al que le dediqué y dedico siempre, “Cada vez me parezco más a mi hermano Germán“.  Martín Adán (algunos entre ustedes conocen la anécdota de que la lectura de mi segundo poemario, Juego de manos, precipitó su deceso).  Javier Sologuren al que, hacia mis veinte años, visitaba eventualmente en su casa de Los Ángeles (Chosica) y al cual dediqué mi tesis de Bachiller para la PUCP; y cuya metodología para leer sus poemas me ha marcado hasta hoy.  Manuel Velásquez Rojas, que reseñó mi primer poemario, Juego de manos (1978), con generosidad suma.  Y también, por supuesto, Jorge Eduardo Eielson, a quien he leído y leo y compruebo que él también me leyó.

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“Martín Adán en el manicomio”, de Rodrigo Núñez Carvallo

Retrato de M.A. por Rodrigo Núñez Carvallo

Bonito homenaje a través de una recreación polifónica de voces –todas pertinentes, fehacientes o históricas– de lo que ha significado Martín Adán para la poesía de la región (a pesar de Pablo Neruda).  La II parte más entretenida y, por momentos, incluso inspirada en relación a la I (*).  Del  anecdotario o perfil del poeta, Rodrigo Núñez trata de vender y hacer potable (cool) –y creemos que, a estas alturas del partido, sin duda lo consigue pues era un secreto a voces– la condición de homosexual del autor de La casa de cartón.  Otro caballito de batalla de parte del autor de este relato es su crítica, incluso desafío, a la institución psiquiátrica nacional-internacional; se salva Max Arnillas, frente a Honorio Delgado, porque aquél no es un figuretti y, sobre todo, le interesa la poesía (y la naturaleza del poeta: “Usted no está enfermo, usted es solamente diferente”).  Aunque su acierto más notable, el de Núñez Carvallo, sea su sabrosa anécdota (entre inventada o documentada, no es relevante) sobre la resolución de parte de Adán de irse al Cuzco para emprender, en deuda con su gran amigo Juan Mejía Baca, un poema alternativo al que, en 1954, dedicara Neruda a Macchu Picchu:

“Salí de la librería con la tentación colgándome en los testículos y lo primero que hice fue irme a la estación de Morales Moralitos de la avenida Grau y subirme al primer interprovincial que partía.  En la primera tienducha, como quien compra una golosina, me hice de un pisco para el frío y la altura y me embarqué.  A la mañana siguiente desperté de la bomba en Ayacucho.  Me había equivocado de bus”

Martín Adán –“el único verdadero creador que se dice civilista”– no logró escribir La mano desasida en ese momento; sin embargo, lo hizo pocos años después y, con esto, consiguió: “joder la divina presunción de Neruda”.

Por otro lado, aquello de “en el manicomio” no pareciera  describir aquí al entorno social del poeta; al final todos lo aprecian, lo aceptan o incluso amicalmente lo aman.  Tampoco propiamente describir al “delirante” Larco Herrera.  Creemos, más bien, que aquel lema apunta al núcleo familiar; pero acaso no sólo del poeta, sino a todo núcleo familiar y de cualquier época:

“El padre ido tempranamente, allí está la razón de todo, y una madre sin carácter.  La batalla edípica aún no ha terminado.  Pero es tan peligroso vencerla como perderla […] La huida de su padre, la muerte de su hermano Ramón, el tío loco que migró al cielo de los orates en 1927 […] Y ahora su madre Rosa Mercedes y su tía Tarcila en el umbral de la partida”

Pasaje, el más dramático de “Martín Adán en el manicomio”; y, con obvios matices, fresco  de fantasmas que habitan –aquí o acullá– la vida de cada uno de nosotros.  Pareciera plantarse, sobre este álgido punto, este leve y muy ameno relato.

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From Taoism to Teaism/ Renato Sandoval Bacigalupo

De una apertura cernudiana (“Peregrino”), aquello de: “Solo soy un atisbo, un resuello,/ un respiro, apenas un asomo/ sobre lo que nunca será dicho/ ni tampoco pensado” (“Ser palabra”), Renato Sandoval pasa a un posicionamiento, en su tablero, más bien modernista o simbolista.  Este último, a lo Eguren, tanto por el misterio o el claroscuro: “Quién deambula entre los pinos y perturba/ la paz de los helechos.  Una liebre/ se asoma entre las matas y en un nido/ se empolla un diamante.  Es otoño/ y por fin se asoma el horizonte” (Para su Tungpo”); como por lo enfermizo o deforme que atraviesa y apañan sus versos: “El sol es un sueño retorcido en el remanso” (“Del Taoísmo al Teísmo”).  A lo que habría que sumar, en este breve poemario trilingüe, incluso a Vallejo. “Con cuál de mis pies/ daré el próximo paso,/ …/ si no me corro,/ si no me arrastro/ si no me mezo en el columpio” (“Con cuál de mis pies”).  En suma, tal como reza el sugestivo título de esta entrega, From Taoism to Teaism, el poeta se propone también aquí acercar, hacer coincidir, conjugar varias y diversas poéticas; las cuales, en principio, aparecen muy disímiles e incluso contrarias.  Sin embargo, las mismas constituyen aquí las mieses de Renato para elaborar su pan; para esperar su vino.

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Alexis Gómez-Rosa (1950 – 2019)

Il miglior fabbro dominicano ha muerto.  Y con él se cierra y, al mismo tiempo se abre, toda una época en la poesía  y la cultura letrada de su país: la desubicación del Canto General, frente a la ubicación de Trilce.  La insignificancia, en el tiempo, de la ideología y del verbo desmesurado; frente al “giro ontológico” que nos ha legado el peruano.  Ni utopía ni distopía, entonces, y sí post antropocentrismo.  Aquello de su “máquina hilandera”; aquello de que seres humanos y naturaleza salimos de semejante y cíclico turbillón de olas.  Tal como Ovidio en sus Metamorfosis, Alexis Gómez-Rosa captó y honró en su poesía el endiablado perspectivismo de su Caribe.  Un ligao es una jeba; y ésta, puede ser un bizcocho.  “!-Dulce!”, según el primer tip, sobre la vida en la República Dominicana, que aprendí de parte de un taxista.  Gómez-Rosa entendió, como Rancière, que la ética no pertenece o, en propiedad, es independiente de la literatura; y que es en el lenguaje y en la identificación (melting) con las cosas donde se juega la política de la poesía.  Y, en este asunto de la política, flecha transversal a toda su obra, estuvo cada vez más atinado, sobre todo en sus últimos libros:

Reencuentro de unos viejos poemas a los que “he lavado la cara”, según nuestro autor. Escritos desde el diámetro y hondura del volcán de los años. La emoción no gana al fabbro, aunque aquella sobrepuje como una ventolera; ráfaga muy próxima a una esquina o, mejor dicho, al que a la larga ha constituido su ángulo en el ring: Duarte con Paris. Que es como decir el cruce entre las antillas mayores y menores; la raya que divide lo conocido, de lo otro; el punto brillante, aunque desdibujado, porque allí se concentra todo lo vivido.

La poesía dominicana, e incluiría aquí a la del caribe insular hispano en pleno, tiene en la obra de Alexis la posibilidad de retomar sus raíces más poderosas, aunque aparentemente también más obscuras: las islas subterráneas que suben –y bajan– hasta lo más escarpado de los andes.  Mayor que Pedro Mir, cuyo discurso comprometido constituye hoy, y en privado, una monótona  eufonía.  Más palpable que “la poesía del pensar”, la cual –se hallaba entre sus aristas ideológico-estéticas– de algún modo inventó.  Más femenino, a lo Vallejo: “y hembra es el alma de la ausente/ y hembra es el alma mía”, que las propias feministas.  La poesía de nuestro recordado poeta atraerá siempre mucha agua de mar.

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AUTISMO COMPROMETIDO: SOBRE POESÍA PERUANA RECIENTE

A manera de prólogo

Artículos

Los poetas vivos y más vivos del Perú, y también de otras latitudes

José Watanabe y las trampas de la fe

“Spasmo-Dolviran”: ¿el último cuaderno de Luis Hernández?

‘Mirko Lauer y Mario Montalbetti / POST-2000’

Hitos del erotismo en la poesía de Javier Sologuren

Algunos gestos de estilo en la poesía arequipeña: 1950 al presente (1)

De lo neobarroco en el Perú

Apuntes sobre la actualidad “teórica” de la poesía de César Vallejo

¿César Vallejo, por bulerías?

Eielson – Vallejo: El des/ nudo en la más reciente poesía de J. E. Eielson(1)

Reseñas

Cadáveres/ Alejandro Susti

Tratado de arqueología peruana/ Roberto Zariquiey

Poemas de Juan W. Yufra

Poesía ilustrada y Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI) en el Perú

Víctor Coral o la nada visible

Octubre/ Manuel Fernández

“FELIZ – ID – ASS”/ Lawrence Carrasco

Nuevos poemas italianos/ Renato Cisneros

Indicios de José Luis Falconí: Poemas 1996-2006

Premio Copé Internacional de Poesía 2007: por una lúcida amnesia

Sobre Elogio de otra vana invención de Carlos Eduardo Quenaya

Poemas de Juan Carlos de la Fuente Umetsu

Extravío personal de Bruno Mendizábal

Hipertiroidismo y diabetes en el último poemario de Antonio Cisneros

Raúl Brozovich, El duro oficio de vivir

Reseña del Congreso Trilce y la Vanguardia Internacional

Sobre “César Vallejo y la música popular peruana” de Juan Carlos Garay

El César Vallejo que no conoció Julio Ortega

Poesía y acción, el caso de Trilce de César Vallejo

“César Vallejo, el acto y la palabra” por William Rowe

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Últimas canciones de Emilio Estrella, de Roberto Zariquiey*

R. Zariquiey junto a un niño y al maestro kakataibo, Emilio Estrella

desde el principio

la selva era selva

Sobre Tratado de arqueología peruana (2005), un poemario anterior del autor,  decíamos ya lo siguiente:

En la tradición de la poesía peruana y latinoamericana se han sucedido buenos ejemplos que han intentado dar cuenta de la arqueología de la región. El modernismo la trabajó como una escenografía lujosa más para devolver a París. Neruda la abrumó de adjetivos que terminaron recubriéndola y alejándonosla. Martín Adán la trató como si fuera su propia alma de piedra aristocrática, aunque no por eso menos húmeda y hospitalaria: “y bañarnos con la india desnuda/ en chorro/ donde sólo alguna agua nos vea”. En los sesenta –de Ernesto Cardenal o Antonio Cisneros– formó parte de una prenda de marca (más o menos verde oliva), y la arqueología también se dividió simplistamente en dos, como todo, como todos. En el Perú, algo después, Javier Sologuren se planteó el ir a ella de nuevo y desenterrarla. Pero el que ha emprendido la tarea con el recogimiento, temblor y gozo propios –de quien se adentra en un auténtico tabú– es el presente libro de Roberto Zariquiey. Y en esto acierta el poeta, no se pueden tratar las cosas realmente significativas sino con el respeto que inspira un auténtico candor.

Hoy, con Últimas canciones de Emilio Estrella (2019), luego de casi tres lustros, Zariquiey pareciera haber pasado o estar en proceso de pasar del multiculturalismo –noción de las humanidades en tanto pueblos, minorías o culturas– a un decidido multinaturalismo o sobrio pasmo post-antropocéntrico.  Es decir, en la inercia misma de un “giro ontológico”: comprobar que todos somos seres humanos, pequeños animales de monte y cochas o caños incluidos.  Como es lógico, van quedando algunos resabios de filantropía en el camino; aunque Roberto desde ya esté  llamado a convertirse en una lechuga o, más bien, y tal como una famosa tela de Tilsa Tsuchiya: “en una hermosa col/ con sus hojas frescas y calladas”.  No hay destino más noble que este, dejar de ser alguna lengua o, tal como lo que es, alguna traducción de un mito (“un idioma nuevo pero parecido al de la gente”) para convertirnos directamente en oficiantes eternos de un duelo (“Las lágrimas son un ave”) o, no menos eternas, las nupcias entre un jaguar y los pechitos que ya despuntan en aquella muchachachita de “Ucayali”.  Tránsito donde se hacen simétricas las huellas de una mariposa y las de un distraído tractor.  Contra correlacionalismos ya superados, aquello de que las cosas sólo existen en mí y de que no hay centro ni sentido, tránsito –el de Roberto– donde se comprueba que el ser es acaso contingente hasta la médula; pero es ser,  pero hay ser.  Ni utopía ni distopía, entonces, y sí post-antropocentrismo desplegado y batiente.

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Poesía, dipsomanía y corrupción/ Harold Alvarado Tenorio

Acaba de aparecer en Bogotá, en medio de un extraordinario jubileo y ruido de panderetas, publicado por el Gimnasio Moderno y la Universidad Central, un volumen titulado Una antología de una generación sin nombre, seleccionado y prologado por María Paz Guerrero, una señorita licenciada en una de esas universidades secuela de los motines y revueltas de los años sesenta, cuyas reales protestas y destrozos tuvieron más que ver con las dificultades de vastos sectores de ladinos, que nunca alcanzaban el puntaje forzoso, para atender clases en las rancias academias parisinitas. 

Esta miscelánea incluye, en un descosido desperdicio de 400 páginas que van cayendo a medida que se consumen, sin cosa distinta a un discurso falaz que llaman archipiélago [Conjunto de islas próximas entre sí con un origen geológico común], a Alvaro Miranda, Augusto Pinilla Vargas, Dario Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, Elkin Restrepo, Giovanni Quessep, Henry Luque Muñoz, Jaime García Mafla, José Luis Diaz Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, María Mercedes Carranza, Martha Canfield y Miguel Méndez Camacho. 13 criaturas nacidas entre 1939 y 1949. 

La mayoría de ellos, hijos de la clase media, educados en colegios oficiales o de baja estofa y apenas uno o dos, cachorros de ricos comerciantes o terratenientes. Otros pocos profesores universitarios y la mayoría empleados estatales, carga ladrillos de caciques políticos o escribanos de presidentes. Una cofradía inventada por las ambiciones de gloria de José Luis Díaz-Granados, padre de Federico Díaz-Granados, el gerente cultural del Gimnasio Moderno y la Tertulia de Gloria Luz. Una falacia que nada tiene ver con la historia literaria nacional, ni los eventos que pueden configurarla. Una patraña, un camelo, un tour de force para despistar ingenuos. Un acto más de corrupción, la médula que nutre a Colombia desde la aparición del Frente Nacional y su fruto perverso: el narcotráfico.

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“Tardíos setenta: el caso de la poesía de Pedro Granados”*/ Gaspare Alagna**

* Ponencia leída el sábado 13 de agosto de 2005, durante la última jornada del Seminario: “Poesía Peruana del 70”; el encuentro académico fue organizado por la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima.

** Gaspare Alagna. Perú. Poeta y traductor. Bach. en Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado el poemario Memorias de un dios herido, Lima 1986. En la Revista Fórnix, N° 3-4, Lima 2004, dio a conocer su versión del italiano del libro de poemas Cuaderno gótico (1947), del escritor Mario Luzi (1914-2005).

La poesía de Pedro Granados (Lima, 1955) irrumpe en el contexto peruano altamente politizado de los años 70. Aunque su primer libro, Sin motivo aparente (1978)1, no ve la luz en plenos años velasquistas, sí lo hace en medio de un escenario social y político polarizado, precisamente, a partir del triunfo y posterior veloz desmantelamiento de aquella tromba histórica que significó la revolución de Juan Velasco Alvarado en el Perú. Los ánimos, por doquier, estaban caldeados; las ideologías a flor de piel. Obviamente, las instituciones literarias –llámense éstas universidades, talleres, congresos, premios, páginas culturales, etc.– no hacían oídos sordos a todo esto y, más bien, en medio de este ambiente tenso y no menos confuso, se adherían a uno u otro de los bandos simbólicos. La racionalidad política parecía, literalmente, querer dominarlo todo; incluso afectos, diversiones o el inconsciente si era preciso.

Muy pocas aventuras personales –auténticamente fervorosas o creadoramente autistas– hubo en el paso de los poetas del setenta hacia el ochenta. En esta última década se consolidaron o tornaron como oficiales, por un lado, grupos más bien altamente retorizados –verbigracia, Kloaka — influidos aún por el lenguaje marginal-contestatario de Hora Zero; o, por otro lado, individuos que representaron con sus versos canónicos a las instituciones más conservadoras de aquella coyuntura histórico-política-cultural. En todo este contexto, creemos, y por eso la estudiamos, la poesía de Pedro Granados fue y es, incluso hasta ahora mismo, un gesto de estilo incomprendido, pero no por ello quizá menos asimilado en secreto, particularmente por los otros poetas de su generación. La palabra de Granados refulge viva y joven hoy más que nunca; ha sabido no envejecer prematuramente como las de algunos de los poetas del 60, muchas de los del 70 y casi todas entre las de su propia promoción.

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Stephen M. Hart (2019). El Vallejo «verde» de Los heraldos negros. Revista Archivo Vallejo 4(4): 47-71

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Vallejo   deliberada   y   conscientemente   crea   una   dimensión   endogámica en el terreno del lenguaje poético, la cual es análoga al  incesto  genético (Hart 68)

Obvio, desde una perspectiva  positiva y lineal del parentesco, no rizomática; la cual constituye, esta última, el modo específico y cultural donde debemos situar a la “familia” o el archipiélago o el “ciliado arrecife” donde nació el poeta.

¿Cuál  es  el  resultado  de  la  decisión  tomada  por  Vallejo  de  «endogamizar» la lengua? Primero, se nota que las palabras gozan de esta pérdida del control y empiezan a crear un nuevo mundo  basado en nuevas leyes; un adjetivo, por ejemplo, puede adoptar  la  modalidad  de  otro  componente  gramatical,  el  sustantivo  puede comportarse como si fuera un adjetivo, el adverbio puede disfrazarse de sustantivo, y el sujeto puede convertirse en objeto. Esta  aventura  llegaría  a  su  cúspide  en  Trilce, pero  ya  existen  algunos  indicios  de  esta  trayectoria  en  Los  heraldos  negros (Hart 69)

¿Y Quevedo?  ¿Y Góngora?  Aquellas metamorfosis, el tantear y ventilar conceptualmente  diferencias y simetrías, le vienen a César Vallejo de sus atentas lecturas del Barroco; en particular, de la poesía de Luis de Góngora (Ej. Fábula de Polifemo y Galatea) que remite, asimismo, a la Metamorfosis de Ovidio.  En este sentido, no olvidemos que los famosos protagonistas de aquella fábula gongorina –Polifemo, Galatea, Doris y Acis– son todos ellos, tras distinta apariencia y función en el poema, finalmente agua (Granados: Trilce XLVII y el “no nacido”).

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