Hay artículos en los que la memoria, más que un inventario soporífero o un ccharwi quechua, se vuelve un ejercicio de estilo y un acto de humor insoslayable. El poeta Vladimir Herrera —con la magia de la libélula y esa sintaxis quebrada, ululante e inestable como adoquines bajo el aguacero— ha soltado un texto que actúa como un soplete sobre la mitificada generación del 70: esa que, en sus palabras, “mereció el olvido y la pena y sin embargo perdura como la desesperanza de unos años sin excusa”.
Frente al “tal como éramos” deformado por el compadrazgo y la propaganda oficial, Herrera dispara con amor y mala leche, uniendo su lucidez a nuestra propia línea de demolición crítica. El diagnóstico de su bitácora destruye las tres grandes aduanas de la complacencia local:
1. El zaguán de los hechos frente a la perversión de Santiváñez
La historia oficial de los setenta ha sido burdamente pasteurizada por sus sobrevivientes. Herrera restituye la verdad material del zaguán de La Crónica en 1975, recordando cómo introdujo a Carmen Ollé ante un Enrique Verástegui de gafas empañadas (“Zambo te voy a presentar a una hembrita a la que le gusta tu poesía y además es blanquita”). Al desmentir a Roger Santiváñez —quien pretendió sacar a Vladimir de la escena inventando que Ollé trabajó en la redacción—, Herrera expone la copia y el oportunismo. Como le confiesa un importante crítico: “Lo que te copia él, Santiváñez, es tu sintaxis quebrada, el léxico y el tono. Y con los mismos ingredientes hace una poesía mucho peor. O sea que entre dos poetas malos, el más malo es el que copia”.
2. La demolición de Hora Zero: Pobreza y oportunismo fujimorista
El texto de Herrera va directo a la yugular de uno de los fetiches más sagrados de la Ciudad Letrada actual: “La patraña de HZ, que es la mayor patraña de la literatura peruana actual. Un cuentazo vil que ha chorreado sobre muchos jóvenes incautos”. Coincidiendo con nuestro desmontaje del pabellón de autoayuda y la ilusión grupal, Vladimir define la sustancia de ese rótulo: “Pobreza conceptual, poca poesía, patería y bulla”. Una cofradía que pasó de la efervescencia de Quilca a morder la teta del presupuesto fujimorista en los años dos mil, operando como una pandilla de ancianos sin dentadura dedicada a ocultar la poesía real que se escribía a la intemperie de Europa.
3. Vallejo and Company: La estética del pensamiento débil
El parangón cierra con la radiografía de los herederos de esa inercia: los gestores de Vallejo and Company. Herrera los desnuda como chicos de nuestra época con mucha información pero nulo gusto literario, que no le juegan a nada y sufren la tragedia de pertenecer a una clase media limeña colgada del fin del mundo y a punto de desaparecer. Nutridos del prestigio ajeno, habitando la crisis de los cincuenta entre problemas de dinero y falta de identidad, son los estandartes del “pensamiento débil”. Hablan por boca de ganso en una Lima donde cualquier cosa es poesía porque les falta el rigor del conflicto y la carne opaca del lenguaje.
El testimonio de Vladimir Herrera demuestra que la poesía y la crítica de raza en el Perú no se hacen con consensos de servilleta ni con manuales de aduana. Se hacen metiendo el cuerpo contra el poniente, con la lengua amarga del sabor de la tierra y el estilo suficiente para llamar a las cosas por su nombre. Frente a la obesidad mental de la peruchada literaria, Herrera prefiere el riesgo del vértigo. Dejémosles correr a los incautos con sus atrapa nieblas; el subsuelo simétrico ya ha dictado su sentencia. P.G.









