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Ensayo

EDGAR ARTAUD JARRY: EL CHOQUE CUÁNTICO Y NUESTRA FRONTERA POSHUMANA

La reciente partida física de mi querido cuate Edgar Altamirano (1953–2025), el entrañable Edgar Artaud Jarry, nos deja a la intemperie pero con la imperiosa necesidad de cartografiar lo que fue nuestra larga complicidad intelectual y poética. Si tuviera que definir el motor que alimentó nuestro diálogo por casi dos décadas, diría que fue un ejercicio permanente de afinidades electivas y tensiones filosóficas radicalmente complementarias. Éramos dos piratas en los márgenes de los discursos oficiales, unidos por una saludable y rabiosa alergia a las capillas letradas, las argollas institucionales y la solemnidad de los salones culturales que se reparten el prestigio. Sin embargo, la verdadera riqueza de nuestra hermandad radicaba en una diferencia de fondo sobre cómo entendíamos los límites de la realidad y del sujeto contemporáneo.

Yo operaba desde la trinchera del poeta-humanista y el crítico especialista en César Vallejo; Edgar, en cambio, habitaba la orilla del científico-poeta puro. Él descreía de cualquier “mística” romántica y miraba con profundo escepticismo el supuesto prestigio moral o metafísico de las Humanidades. Para su mente entrenada en laboratorios cuánticos y lenguajes de programación como LISP, la poesía no era una iluminación espiritual ni una comunión sagrada. Era, más bien, un acto de riesgo absoluto, un chocar violentamente la cabeza contra la pared del lenguaje para revelar que detrás de los grandes discursos no hay trascendencia divina, sino átomos observando átomos, inercia cósmica, entropía y la ineludible vejez del carbono.

Esta divergencia nos situó en las dos vertientes más fascinantes del pensamiento poshumano contemporáneo. Edgar militaba con lucidez en una concepción H4a: veía en la tecnociencia y la Inteligencia Artificial las opciones de diseño para una mejor plataforma que diera soporte a lo humano frente a su obsolescencia biológica. La máquina, para él, era una extensión necesaria del avatar virtual que padece la finitud del universo. Por mi parte, yo me plantaba en la vereda del H4b, abrazando un multinaturalismo que descentra al hombre no mediante los microchips, sino a través de la carnalidad, el erotismo y el reconocimiento de otras agencias míticas, históricas y cósmicas sepultadas por la modernidad occidental.

Por eso, cuando titulé uno de mis ensayos críticos como “Vallejo en Marte”, no hacía otra cosa que fundar nuestro espacio común. Fui yo quien arrojó la red humanista sobre la desolación de sus poemas espaciales para demostrar que su “astronauta” flotando en el vacío no era mera ciencia ficción, sino la radical orfandad vallejiana reubicada en el planeta rojo. Edgar nos daba el frío código del silicio y la inmensidad cuántica; yo ponía la persistencia del mito, el barro y la memoria afectiva del cuerpo.

¿Qué nos conectaba y permitía que estas dos posturas opuestas convivieran sin destruirse? El humor. El humor corrosivo, el absurdo compartido y ese talante “pendejista” y desmitificador eran nuestro territorio libre de aduanas. Ante el vacío del cosmos que su ojo científico constataba y el dolor del mundo que mi pulso humanista cargaba, la risa era el único salvavidas real. Nos unía la risa cómplice ante los poetas compactos y omniscientes del establishment y la certeza de que, al final del día, la poesía descarnada y limpia de pretensiones líricas de Edgar terminaba siendo, precisamente por su absoluta falta de pretensión, la muestra más desgarradora, conmovedora y viva del corazón humano. Buen viaje al espacio exterior, mi estimado cuate; la plataforma cambia, pero el código de nuestra risa sigue intacto.

© Pedro Granados, 2026

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La laringe-pene y el viento inmerecido

En la modorra de un campo literario local que se debate entre gacetillas de autopromoción y tesis académicas que parecen escritas por algoritmos de la sospecha, la aparición de un poema como “Eunucos” (Pedro Granados, 2023) opera como un hachazo de inmanencia pura. No es solo un texto; es un contra-aparato crítico que desmonta, desde el puro nervio somático, el andamiaje metropolitano con el que solemos clasificar (y adormecer) la poesía.

El poema nos sitúa ante una paradoja de entrada: el canto del eunuco. Despojado de las utilerías del cálculo reproductivo, biológico o ideológico, este personaje canta «a favor del viento inmerecido» y, en su vibración, revienta «cualquier diferencia / parteaguas / entre izquierda / y derecha». No se trata de una neutralidad cobarde, sino de una soberanía ontológica: la renuncia al binomio simplista para acceder a lo radial y lo simultáneo.

Esta disolución de los opuestos encuentra un correlato visual y sagrado en la arqueología de nuestra costa norte: el Sacerdote ciego de la tumba 32 de la Cultura Mochica. En esta soberbia pieza de arcilla, el rostro del chamán está tatuado de escarificaciones: felinos frente a frente en las cejas, aves y peces en los pómulos; pero lo más perturbador es el modelado de una vulva en el mentón y un pene en la garganta. Al igual que el eunuco de Granados, la voz de este sacerdote no emerge de unas cuerdas vocales comunes; brota de una laringe-pene que transmuta la palabra en semen cósmico, un soplo hermafrodita destinado a la fertilización del mundo.

La simetría ciega vs. la estrechez del dogma

Es aquí donde el poema y el barro mochica nos plantean una lección ética que la crítica oficial es incapaz de digerir. El rostro del sacerdote exhibe una simetría geométrica y ritual perfecta: los sexos alineados en el eje central, las fieras y los peces equilibrados. Sin embargo, para sostener esa armonía divina, el vidente debe portar una asimetría radical: sus ojos están ciegos, borrados. El sacerdote renuncia a la “nitidez” del ojo occidental —ese que clasifica, mide y separa— para poder acceder a la simultaneidad de la vida. Es la mirada ciega la que sostiene la simetría del mundo.

Frente a esta sabiduría del subsuelo, la escena crítica e institucional peruana —custodiada históricamente por figuras de gran calado académico como Susana Reisz y reproducida hoy con celo por sus epígonas— ofrece un paisaje drásticamente opuesto. Mientras Reisz y su cortejo institucional han construido un canon poético bajo la bandera de la visibilización de género, lo cierto es que su perspectiva del lenguaje permanece blindada dentro de una estrechez mental insalvable: la imposibilidad de trascender el binarismo.

Para la academia letrada y sus herederas, el género es una trinchera de roles politizados, un inventariado de diferencias necesarias para el usufructo del poder cultural. Su pensamiento necesita marcar la frontera: hombre/mujer, oprimido/opresor, animal/humano, teoría/creación. Se trata de una parálisis del binomio que, incapaz de arriesgarse ante la marea viva y caótica de la cultura local, prefiere dar un paso atrás y refugiarse, invariablemente, en los libros europeos de siempre, ya sea el psicoanálisis de manual o el posmodernismo de importación.

El canto en la catacumba

El “eunuco” de Granados es la refutación viva de esa estrechez. Mientras las epígonas necesitan el “parteaguas” para legitimar sus capillas y administrar sus cuotas de visibilidad, el eunuco atraviesa el signo y se sitúa en la intemperie:

«¿A qué jinete obedecemos?

Al animal o al ser humano…»

En la poética de Granados no hay parcelas. El animal y el humano, el cuy y el cernícalo, conviven de manera simultánea en el “pecho de tortuga” del vidente. Incluso la genealogía del afecto quiebra las leyes lineales del tiempo burgués: «Dentro de mi hija / su padre», un verso que dialoga directamente con esa vulva y ese pene que se muerden la cola en el mentón del sacerdote mochica.

La diferencia, a la larga, es de orden ético. El constructor del canon y sus herederos se guarecen en las certezas de la biblioteca y en los premios de mentirijillas. El “actor invisible”, en cambio, avanza seguro de casi nada, escribiendo sobre el camino, dispuesto a que la poesía actúe sobre el cuerpo como una infección o un yerro de la tinta.

Ante el impávido cemento de la realidad, allí donde el discurso de gacetilla se desgasta en su propio cansancio semiótico, nos queda la resistencia de la catacumba: el yaraví cantado a dos voces en una casucha de calamina, o este canto de eunuco que, adosado desde ya al olvido, se las arregla para preñar de nuevo el vacío.

Ignacia Augusta

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LA FÁBULA DEL MAESTRO Y EL SUBSUELO DE BARRO EN CHAN CHAN

La historiografía literaria peruana ha vivido cómodamente instalada en un mito fundacional: la narrativa del tutelaje absoluto de Antenor Orrego sobre un César Vallejo supuestamente “ingenuo”, “pueril” y “aislado” del concierto de las vanguardias globales. Este relato, diseñado pacientemente por el propio Orrego a partir de sus célebres Palabras prologales a Trilce (1922) y expandido en sus escritos póstumos, pretendió encasillar el nacimiento del mayor poemario de la lengua castellana como un producto exclusivo de la Bohemia de Trujillo, obliterando cualquier influjo del ambiente limeño, de las elegías familiares de Abraham Valdelomar o del diálogo con el postmodernismo internacional. Sin embargo, el reciente y riguroso trabajo de archivo de investigadores como Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi ha venido a poner en indispensable cuarentena esta tramoya testimonial, revelando las costuras de una operación de idealización tan cuestionable en su integridad textual como políticamente intencionada.

El epicentro de este terremoto filológico se sitúa en la carta más famosa de César Vallejo; aquella misiva de 1922 donde el poeta presuntamente confiesa: «El libro ha caído en el mayor vacío… Siento gravitar sobre mí… la obligación sacratísima de ser libre». El acucioso cotejo de las sucesivas reescrituras publicadas por Orrego demuestra una alarmante falta de respeto por la literalidad del documento. En su primera versión impresa en el diario El Norte en 1926, el participio original era “nacido” («El libro ha nacido en el mayor vacío»), una frase que implicaba una crítica material y contextual al entorno de producción del libro. Décadas más tarde, en los años 50, Orrego altera el texto sustituyéndolo por “caído”, acomodando convenientemente la frustración del poeta frente a la incomprensión de la crítica limeña para agigantar, en contraposición, su propio rol de mentor y salvador estético. Al transformar la carta en una paráfrasis idealizada de la que nunca se ha hallado el manuscrito original, Orrego no solo se autoerigió en el Ralph Waldo Emerson de América Latina —buscando en Vallejo a su Walt Whitman de “prodigiosa virginidad”—, sino que secuestró la autonomía intelectual del cholo.

Podría argüirse, en una primera lectura superficial, que el empeño posterior de Orrego por fijar el verbo “caído” en vez de “nacido” constituía una tentativa oculta por hacer justicia a los antecedentes locales de la Bohemia o a un sustrato compartido, subsanando una supuesta miopía de Vallejo sobre su propio entorno. Nada más lejos de la realidad. La maniobra de Orrego no buscaba reconocer una tradición o una horizontalidad comunitaria; su fin era deshistorizar el poema. Al volverlo un aerolito que “cae” del cielo metafísico, Orrego desvinculaba a Trilce de cualquier proceso consciente de filiación o lectura para presentarlo como un milagro ciego, una eclosión puramente intuitiva e infantil. Así, el crítico creaba el vacío perfecto para alzarse él como el único exégeta capaz de dotar de “conciencia” y “significado vital” a ese balbuceo salvaje.

Esta instrumentalización de Vallejo se vuelve aún más evidente cuando se examina el desplazamiento crítico que Orrego realiza en 1926 al prologar El libro de la nave dorada de Alcides Spelucín. Es allí donde introduce una distinción tramposa: define a Vallejo como un mero “revolucionario de la retórica y la técnica” (un barroquismo que deja intactas las palabras), mientras eleva a Spelucín a la categoría de “revolucionario del significado vital de la forma”, de la palabra como encarnación real. Esta lectura, defendida de forma complaciente por la crítica canónica contemporánea (como los ensayos de Javier Suárez), pretende reducir a Vallejo a un sujeto atrapado de forma individualista en su spleen romántico o en su queja decadente, mientras Spelucín es presentado como el portador de una direccionalidad histórica colectiva, un maestro capaz de reconciliar opuestos bajo la égida de un Haya de la Torre o de un Cristo sonriente. Pero detrás de esta taxonomía estética se esconde una operación política evidente: hacia 1926, el progresivo alejamiento de Vallejo de las filas embrionarias del APRA contrasta con la militancia de Spelucín. La balanza crítica de Orrego se inclina a favor de este último no por razones de estricta radicalidad poética, sino por lealtad ideológica al proyecto político en marcha. Vallejo jamás fue un revolucionario individualista ni un esteticista inconsciente; al contrario, su poesía ejecuta una encarnación somática y mítica plenamente conectada con una ontología andina postantropocéntrica y viva.

Frente a este panorama de disputas por el tutelaje vertical, una nueva y deslumbrante perspectiva crítica emerge desde el subsuelo mismo de la costa norte: la lectura de Visiones de Chan Chan, de José Eulogio Garrido, en tanto posible hipotexto fundamental de Trilce. Aunque el manuscrito de Garrido se consolidó formalmente entre 1926 y 1931, sus núcleos líricos y las caminatas compartidas por las ruinas de barro ya preexistían en la década de 1910, cuando Garrido operaba como el verdadero catalizador aglutinante de “La Bohemia”. A la luz de los vectores de nuestro Vallejo Simétrico, la prosa lírica de Garrido no funciona como un magisterio impuesto, sino como una matriz estética y territorial común que permite rastrear cuatro coordenadas esenciales compartidas con Trilce:

  • La repetición rítmica y obsesiva (El eco simétrico): Como destaca Horacio Alva Herrera, la técnica de Garrido se basa en una prosa poética tallada a base de repeticiones que suenan a eco. Su Visión I arranca de golpe: «Me he despertado, repentinamente, aquí, en Chan Chan. / Me he despertado en el recinto de un palacio de magia. / Me he despertado repentinamente». Este recurso a la tautología eufónica no busca el adorno modernista, sino fijar un trauma temporal o una fijeza espacial. Vallejo toma este mecanismo de retorno insistente del sonido sobre sí mismo y lo eleva en Trilce a su máxima potencia vanguardista mediante el balbuceo y la reiteración numérica o verbal, quebrando la linealidad discursiva occidental.
  • La desarticulación del tiempo y el sujeto impersonal: En su Visión II, Garrido escribe desde las terrazas de adobe: «Y me quedo inactual… No revivo el pasado… Ni me acuerdo del presente… Ni me inquieta el futuro… Estoy desasido de lo anterior». Esta renuncia explícita a la cronología burguesa para habitar un estado de pura inmanencia es el corazón de la revolución de Trilce. Ante unos palacios que “han vencido al tiempo”, el yo biográfico de Garrido se disuelve en interrogantes ontológicas («¿Soy? / ¿He sido? / ¿Seré?…»). Vallejo radicaliza este desasimiento volviendo al sujeto indeterminado, un no-nacido atrapado en la inmovilidad del trauma y de la orfandad corporal, desvinculado por completo de los moldes de la Ciudad Letrada limeña.
  • La materia geológica como plano de inmanencia: Para Garrido, el adobe de la ciudad prehispánica no es pintoresquismo arqueológico ni decoración decorativa; es una epidermis viva y hostil que aprisiona por dentro: «Muros amarillos… formando sombras arbitrarias y rincones de angustia… concretos e insondables». Existe una continuidad estética directa entre estos “rincones de angustia” modelados por el barro de Chan Chan y las celdas, los números asfixiantes y las superficies ásperas de Trilce. El barro norteño deja de ser paisaje costumbrista y pasa a ser el sustrato físico que esculpe el desgarro existencial de ambos autores.
  • La inmovilidad geométrica frente al mar (El Archipiélago): El texto de Garrido se clausura bajo la obsesión de una geometría sagrada que detiene la vida: «Inmovilidad. Inmovilidad de este triángulo. Inmovilidad. Inmovilidad mía…», situada paradójicamente a la orilla de una “Cinta Azul” marítima que permanece como lo único que canta e interpela al laberinto de adobe. Si recordamos nuestra categoría crítica del Archipiélago Vallejo, donde el mar opera como la fuerza gravitacional simétrica que estructura y une las islas fragmentadas del texto, las Visiones de Garrido prefiguran exactamente esa misma tensión: la fijeza del adobe y la orilla de un océano que dinamiza el absoluto desierto. El triángulo inmóvil de Garrido y los números truncos de Vallejo son respuestas paralelas ante la misma inmensidad litoral.

Leer Visiones de Chan Chan como hipotexto demuestra que Trilce no surgió de un vacío absoluto ni fue un milagro provocado únicamente por la experiencia carcelaria. Surgió de una sensibilidad territorial compartida en el norte peruano que ya estaba ensayando de forma colectiva la fragmentación, el eco rítmico, la inmanencia del barro y el borramiento del sujeto lírico tradicional frente a la geografía sagrada de la costa. Es hora, por lo tanto, de suspender la fe en la anécdota biográfica vulgar que convierte la cuita dolorosa del hombre en una escena de circo o en un fetiche de la academia global. El valor histórico de Orrego en la defensa humana de Vallejo es innegable. Pero la subordinación intelectual de Vallejo a su magisterio debe ser sepultada. El rigor filológico de los archivos y la lectura simétrica le devuelven al poeta su comunidad estelar y su soberanía sobre el texto. Desahuciados los celadores de la claridad trujillana, la verdad de la materia se impone: por su propia abundancia hablará la boca del Cholo.

© Pedro Granados, 2026

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Un acontecimiento en la biografía crítica de César Vallejo: «Y me quedé Vallejo ante Muchay» en la Revista Allpanchis

La historiografía vallejiana acaba de registrar un punto de quiebre fundamental. En el más reciente número de la prestigiosa Revista Allpanchis (año LIII, núm. 97, enero-junio de 2026, editada en Arequipa), el poeta y crítico Pedro Granados publica un ensayo medular que promete sacudir los cimientos con los que se ha construido el canon biográfico del autor de Trilce.

Bajo el título «Y me quedé Vallejo ante Muchay». Hacia una biografía multinaturalista, este estudio —inscrito en un riguroso dossier de homenaje a la obra del antropólogo Alejandro Ortiz Rescaniere— propone desmontar el “eurocentrismo metodológico” y el positivismo burgués que, durante décadas, han parcelado la vida y obra del genio de Santiago de Chuco.

La trampa del eurocentrismo y el “héroe sin fisuras”

Granados abre el fuego examinando críticamente cómo las biografías tradicionales han proyectado sus propias agendas e invalideces sobre Vallejo. Desde el retrato vulnerable y aminorado de Juan Espejo Asturrizaga, pasando por los celos ideológicos de Georgette —quien llegó a sepultar la complejidad humana del poeta bajo un molde de militancia ortodoxa—, hasta las lecturas anglosajonas de Stephen Hart, que reducen el erotismo simétrico vallejiano a una actividad “casi animal” o individualista. Tampoco escapan al examen las ficciones de González Viaña o Bolaño, empeñadas en moldear a un héroe político monolítico y sin dobleces.

Frente a este escenario de fragmentación, Granados rescata las propias palabras de Vallejo durante su viaje a Rusia, donde el poeta defendía una «orgánica y subterránea unidad vital» por encima de cualquier etiqueta o “caos ideológico”.

El hallazgo: Una traducción inversa en Budapest

El corazón del artículo de Granados radica en una deslumbrante relectura de la crónica-cuento «Un atentado contra el regente Horthy» (escrita en Budapest en 1928 y posteriormente titulada «Teoría de la reputación»). A través de un minucioso cotejo textual, Granados restituye un párrafo omitido donde emerge la enigmática figura de Ossag Muchay, un personaje ostensiblemente otomano.

¿Qué ve Vallejo en este tabernero turco en medio de la represión magiar? El artículo propone que el poeta opera una anagnórisis simétrica (un reconocimiento profundo). Al oír el nombre de Muchay, la sensibilidad de Vallejo viaja por debajo del mapa geopolítico europeo y activa la vibración semántica de la raíz quechua muchay (que significa “reverenciar”, “adorar” o “besar”).

Apoyándose en las herramientas teóricas del multinaturalismo y el perspectivismo de Eduardo Viveiros de Castro, Philippe Descola y el pensamiento simétrico, Granados demuestra que el encuentro con el “otro” otomano no es una exótica metáfora, sino una traducción inversa: Vallejo des-nacionaliza al sujeto para devolverlo a una mismidad espiritual, a una ontología andina donde los seres comparten un alma continua bajo vestiduras geográficas distintas.

La “Firma Expandida” y el optimismo trágico

La investigación concluye que la evolución ideológica de Vallejo entre 1924 y 1929 no está hecha de etapas sucesivas o compartimentos estancos (el vanguardista, el comunista, el andino), sino que responde a una persistencia ontológica de capas simultáneas, comparable al mito de los nacimientos simultáneos de Pariacaca o al palimpsesto de Inkarrí. La identidad de Vallejo se revela así como una “firma expandida” —en diálogo con la deconstrucción de Derrida—, un acontecimiento y un rastro que circula como un bien común, donde el marxismo y la matriz amerindia convergen en una resistencia postantropocéntrica.

Con este artículo, Pedro Granados no solo enriquece los estudios vallejianos globales con un marco metodológico simétrico y de vanguardia teórica, sino que lanza una invitación urgente a leer a Vallejo con el pecho puesto sobre la materia viva de su lenguaje. Una entrega capital que ya se puede consultar, debatir y habitar a través de su registro oficial.

Ficha Técnica del Artículo:

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SIMULACRO, FRAGMENTO E INMANENCIA CORPORAL EN LIHN, LAMBORGHINI Y LA POÉTICA DEL TEMBLOR

La poesía de la segunda mitad del siglo XX en el Cono Sur clausuró con violencia cualquier optimismo fundado en la transparencia del lenguaje. Ante la caída de las grandes utopías modernas, la palabra poética dejó de ser un puente hacia el ser para convertirse en un foso, un simulacro o una maquinaria de trituración histórica. En este panorama de asfixia epistemológica, las propuestas de Enrique Lihn y Osvaldo Lamborghini representan dos estaciones terminales de la sospecha lingüística: la del desencanto analítico y la del sabotaje material. Sin embargo, cuando esta tradición dialoga con la poesía contemporánea —específicamente con el poema “Qué pasa exactamente” (2014)—, el vacío heredado por la vanguardia y la antipoesía no deviene en nihilismo estéril, sino en un territorio liminal, un aire contaminado donde el cuerpo se aferra a la inmanencia tecnológica para ensayar un giro reparador, una desesperada escritura desde el pecho.

Enrique Lihn sitúa su poética en la distancia insalvable entre el verbo y la materia. En “La realidad no es verbal” (Al bello aparecer de este lucero), el poeta chileno ejecuta una deconstrucción forense del lenguaje, asumiendo una lucidez trágica que deja al ser humano en una condición de inferioridad ontológica frente a la naturaleza. Mientras que los animales presienten la crecida del río porque “realmente lo saben”, los seres humanos habitamos la palabra como una “falsa ciencia” o una “superstición” alienante. La consecuencia de esta condena es el agotamiento: “Hablar cansa: es indecible lo que es”, postula Lihn, señalando que “de las palabras se retira el ser / como de la crecida inminente del río”. La gramática misma es denunciada como un engranaje falso, un “simulacro” que inventa direcciones y complementos para ocultar que “siempre se habla de nada”. El texto lihneano se clausura en la ironía doméstica y burguesa de los amantes: “Tú y yo hablamos del amor”, sugiriendo que, aun conscientes del vacío de la corriente, persistimos en el vicio de modular fantasmas.

Si en Lihn la sospecha se resuelve en fatiga existencial, en la obra del argentino Osvaldo Lamborghini la crisis del lenguaje se asume como una política de la crueldad textual. En “El contenido y la historia molestan” (Poemas 1969-1985), el referente y la anécdota no son añorados con melancolía, sino desalojados por resultar estorbos para la autonomía del poema: “El contenido y la historia molestan / aunque la trama igual sigue”. Lamborghini no analiza la gramática desde fuera; la sabotea desde dentro mediante el balbuceo, el tropiezo y la enmienda en tiempo real (“aquello que se insinuó / insinuara mejor dicho”; “la catarata atruena / atrona”). El fluir del río lihneano se congela aquí en un “abismo en vez de pico” o en la esterilidad absoluta de un “huevo de piedra” pulido inútilmente. Hacia el cierre, el poema abandona cualquier metafísica para conectar la disolución del sentido con la violencia del Estado y la delación: “El trámite de la muerte del rosarino / obligado a morder una cápsula de veneno”. Para Lamborghini, la destrucción de la sintaxis reverbera en la impunidad de una maquinaria histórica impersonal; por ello, su sentencia final es rotunda: “La historia no tiene autor”.

Frente a la orilla contemplativa de Lihn y el vórtice criminal de Lamborghini, el poema “Qué pasa exactamente” (2014) asume el diagnóstico de sus predecesores, pero altera drásticamente su dirección ontológica. El escenario de la crisis ya no es la naturaleza alegórica (el río, la catarata), sino el espacio enrarecido y claustrofóbico de la mediación digital: “Qué ocurre / Entre esta noche y mi corazón / Entre este computador y mi idea”. El sujeto poético reconoce la fractura de la correspondencia y la opacidad de la memoria, definiendo ese espacio intermedio como un “aire contaminado / Irrespirable y terrorífico / De belleza obscena, inmunda”. Sin embargo, a diferencia de Lihn, este vacío no es una condena al silencio, sino un útero originario: “Allí he de morir porque allí he nacido”.

Asimismo, el poema incorpora el temblor y el error sintáctico emparentado con Lamborghini (“No sé pero me represento / (…) / O también me equivoco yerro / No hallo sino un temblor”), pero despojándolo de la parodia cínica para transformarlo en una exploración chamánica de la vulnerabilidad. Donde Lihn y Lamborghini ven una asfixia terminal (el ahogamiento virtual o la cápsula de veneno), este texto erige una resistencia por la supervivencia biológica y afectiva: “En aquel territorio nos jugamos la vida / Por el aire / Minutos largos dura la existencia / Pero todo es por encontrar aire / Alguien alguna otra oblicua mirada”.

El desenlace de “Qué pasa exactamente” consuma una ruptura radical con el escepticismo del Cono Sur al proponer una inmanencia corporal allí donde los otros decretaron la nada. Ante la insuficiencia de la palabra abstracta (“Que no creo que estoy harto que / Me muero es decir muy poco”), el sujeto ejecuta un acto de comunión física con el soporte tecnológico: “Pego los labios a la pantalla / De este computador / Pego la frente cierro los ojos / Y ya no veo / Alienta la tibieza de su resplandor”. La pantalla del computador deja de ser un frío simulacro para operar como un palimpsesto sagrado que refracta el calor del otro. En este punto, la poesía abandona la mediación lingüística y busca una transmisión orgánica, una “diplomacia cósmica” de los cuerpos: “Y quisiera dejar las manos / Y escribirles directamente / Con el pecho”. El poema concluye afirmando la materialidad del afecto sobre el vacío del signo (“Besos resplandecientes de su boca acaso son”), demostrando que si bien la realidad no es verbal, el cuerpo, en su obstinado temblor, es capaz de refundar el aire.

IGNACIA AUGUSTA

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UNA TERCERA ORILLA DE LA ESCRITURA: INTEMPERIE CASUAL Y EL DIOS DE LA CONTINGENCIA

Santa Teresa de Ávila escribía previa pausa mística, suspendiendo el mundo para que el Espíritu Santo —un Absoluto vertical y jerárquico— dictara a través de su pluma. Por su parte, el surrealismo y otros ismos de la vanguardia europea cultivaron la escritura automática como un desahogo del inconsciente, un chorro de imágenes caóticas que reaccionaban contra la lógica racional occidental pero que solían quedar atrapadas en el mero juego lingüístico o en el narcisismo del Yo. Frente a la pausa mística y el automatismo freudiano, nuestro procedimiento se sitúa en una tercera orilla: una que es profundamente americana, liminal y orgánica. No buscamos la intervención de una trascendencia divina externa ni nos entregamos al descontrol psíquico o al azar ciego; procedemos mediante la intemperie casual y el pensamiento simétrico, un método de operación pulido desde los descampados de Villa Koschka hasta la mediación de nuestros talleres de creación por cuarenta años.
En este proceso, la disposición de la pausa no es para que descienda una divinidad exterior, sino para sintonizar una frecuencia estrictamente horizontal. El sujeto poético se retira como autor burgués, se vacía de su neurosis urbana y deviene una antena, un sujeto desocupado de sí mismo. No esperamos un milagro celestial; nos abrimos a la intemperie cósmica —a la manera de la Voyager 1— donde la materia viva, el árbol de la infancia o las estrellas tornasoladas ya están emitiendo su propia música, haciendo que la poesía sea una comunión simétrica y no una revelación de arriba hacia abajo. Esta captura opera mediante el arpón de luz: no es un fluir constante y a ciegas, sino una epifanía fulminante que ocurre en una fracción de segundo y suspende el tiempo de los relojes. Mientras el inconsciente surrealista busca lo oculto del trauma personal, nuestro estado de melting o fusión busca el mito colectivo, los hervores y fermentos del cuerpo de Inkarrí, lanzando un timón-flecha para refractar la agencia directa del Sol.
Esta fusión sensible-especulativa define nuestro régimen contemporáneo. Si en la juventud la poesía nos asaltaba de modo obligatorio y volcánico, hoy nos abrimos a ella de una manera casual, conectando de forma natural la sensibilidad con la especulación teórica. Escribimos inundados por el aura de la experiencia fáctica: nuestro aparato crítico, las lecturas trasatlánticas de poetas españolas y la poesía brotan del mismo manantial gratuito. Es el método del etnógrafo anónimo o del cronista posmoderno que describíamos en Vallejo, introduciéndonos en el lenguaje para dejar que nuestras células y la totalidad del mundo dejen su inscripción o su tatuaje en la página. Así, mientras Teresa esperaba a Dios y Breton al inconsciente, nosotros nos sentamos a la intemperie a comulgar con el universo, registrando el instante donde el sujeto y el objeto se funden de forma simétrica y completamente gratuita.
Esta praxis justifica y sintoniza de manera exacta con la propuesta filosófica de Quentin Meillassoux y su noción de un “Dios virtual” o “Dios por venir”, en directa analogía con el Deus sive Natura de Baruch Spinoza, poniendo el dedo en la llaga de la gran batalla silenciosa de nuestra obra: el problema de la justicia dentro del Pensamiento Simétrico. Como sugeríamos en Cuneiformes, la simetría horizontal, si se reduce a una mera equivalencia matemática o a un paisaje armónico de la materia, sigue siendo en cierto modo injusta. La intemperie es fría; el desierto, el vacío interestelar y el desmembramiento de Inkarrí conllevan dolor y contingencia pura. Si la simetría es solo un espejo donde todo vale lo mismo, el desamparo se vuelve insoportable. Frente al esquema trascendentalista griego que necesita un Dios arquitecto, un juez externo que organice el caos desde arriba y administre la asimetría urbana y colonial, la inmanencia de Meillassoux plantea un Dios que emerge desde la propia contingencia del mundo. No es una persona ni una jerarquía, sino la trama viva del universo; un Dios que no nos saca de la intemperie, sino que es el acompañante en ella. Es la luz gratuita que se clava en medio del pecho en el descampado de Villa Koschka, un absoluto inmanente que no resuelve la vida fáctica, sino que inocula la certeza de la existencia en medio del desamparo.
Es ahí donde se enmienda la injusticia de la simetría desértica a través de la gratuidad y el duelo colectivo del mito. El Dios por venir es el único capaz de hacer justicia a los muertos del pasado, un tema profundamente vallejiano encarnado en figuras como Pedro Rojas y los caídos cuyos cadáveres terminan llenos de mundo. Nuestra escritura procede bajo esa misma fe post-antropocéntrica: no escribimos para adorar a un Dios del poder ni lo hacemos desde el vacío nihilista europeo, sino desde una esquizofrenia acompañada, donde el sujeto poético abdica de su ego para permitir que ese Dios inmanente y colectivo use su cuerpo como una antena viva de mediación conceptual.
© Pedro Granados, 2026

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«Y me quedé Vallejo ante Muchay»: HACIA UNA BIOGRAFÍA MULTINATURALISTA

Este artículo critica el canon biográfico de César Vallejo por omitir su componente multinaturalista amerindio. Mediante una relectura de la crónica «Un atentado contra el regente Horthy», se propone que la evolución ideológica de Vallejo entre 1924 y 1929 manifiesta una persistencia ontológica antes que etapas sucesivas. El estudio introduce una perspectiva amerindia-multinaturalista centrada en Ossag Muchay, en cuya onomástica Vallejo reconoce la raíz quechua muchay («reverenciar»). Al identificar esta «firma» andina bajo el ropaje otomano, el poeta realiza una traducción inversa: des-nacionaliza al sujeto para re-culturalizarlo en un universo simétrico. Apoyado en Viveiros de Castro, Descola y Derrida, el texto concluye que la identidad vallejiana es una «firma expandida» donde marxismo y ontología andina convergen en una lógica de pensamiento simétrico y resistencia post-antropocéntrica. P.G.

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POETAS PERUANOS S. XXI: “CUADRÚPEDOS INTENSIVOS”

Hacia fines de los años cincuenta se inició en la poesía culta del Perú, como bien advirtiera el maestro Alberto Escobar, uno de esos balances cíclicos con los que se cuestiona no solo un estilo o una moda, sino el sentido entero del poetizar y sus nexos con la vida social. Esto se tradujo en la adopción generalizada del “británico modo”: el monólogo dramático anglosajón que, matizado luego con los metros de Ezra Pound y la clonación del verso proyectivo de Charles Olson, pretendió fijar el horizonte de expectativas de una Ciudad Letrada básicamente universitaria. Sin embargo, frustraciones y acomodos políticos mediante, con el paso del tiempo el cultivo de esta forma quedó atrapado en la mera pantomima o en su pura carpintería sonora. El británico modo y el cinismo terminaron conformando las dos caras de una misma moneda. Desde los años 60 (con Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza), pasando por la vocinglería de los 70 y 80, hasta el presente post-2000, los poetas peruanos hemos constituido una verdadera bola de taimados: sujetos que creen que con el lenguaje formalmente acabado basta y no reparan en la indigencia del sujeto que le proponen al lector. Frente a esa legión de astutos y sobrescritas que por oleadas nos asolan, urge un salto cualitativo que supere las taxonomías coloniales de la academia para evaluar, por fin, sensibilidades y opacidades culturales.

La propuesta de esta antología, Once titular: Poetas peruanos S. XXI. “Cuadrúpedos intensivos” (2025), se planta de cara contra ese cinismo y se conecta de forma natural con nuestra muestra previa de la revista Arquitrave (2014) a través de un gozne exacto: la poesía de Frido Martín. El concepto que sustenta este volumen se halla sucintamente contenido en el verso de César Vallejo: “Cuadrúpedo intensivo”. Esto significa escribir acopiando en los poemas el mayor número de dimensiones de las Humanidades posibles (H1: Libros, H2: Pueblos, H3: Narrativas, H4: Post-antropocéntrico), tal un animal bien sostenido en sus cuatro patas, rechazando cualquier asimilación parasitaria o imitativa. Antes que evaluar plataformas o empaques textuales redondos, nos interesa identificar sensibilidades. La poesía siempre rezuma al lenguaje empleado; constituye, como decía mi finado hermano Germán (obrero y poeta), su “humito”. Ni el “giro lingüístico” de la academia norteamericana ni la “diseminación” de la deconstrucción francesa consiguen dar cuenta de la complejidad de nuestra vanguardia tutelar, porque operan desde el escepticismo de la desconexión.

Frente al callejón sin salida del narcisismo, la melancolía y el sentimiento de derrota que asfixia las obras tardías y estériles de autores canónicos que jamás salieron de su biblioteca o de su balneario aristocrático, el verdadero gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje (geografía sagrada). Mientras la metafísica occidental de un Vicente Huidobro en Altazor apostaba por una paulatina descorporeización intelectual, Vallejo y el unánime José María Arguedas respondían desde una metafísica amerindia o multinaturalista: la inclusión de todos y cada uno de los cuerpos posibles y el fervor del paisaje fundido en lo humano. El problema es que la poética chilena del simulacro, el humor abstracto y la deconstrucción que enmascara la nostalgia del mito se ha ido exportando e instalando en los países de nuestra región, domesticando a los creadores bajo una noria de sujetos que no tienen absolutamente nada que decir, pero escriben.

Nuestra propuesta desactiva conscientemente dos trampas del oportunismo editorial: la Mímesis de Élite (reemplazamos el Zeitgeist europeo importado por el mito andino como motor de la vanguardia) y la Instrumentalización de la Miseria (rechazamos el testimonio crudo o porno-miserabilista para buscar la utopía activa que emerge del dolor transformado por la conciencia mítica). Para ilustrar este giro ontológico, basta observar la dinámica incesante entre palimpsesto y prototipo en Luis Hernández Camarero, el gran ausente e imán de este linaje. Los pastiches de Hernández no son fragmentos sin referente; son refracciones y fermentos de un prototipo fundacional americano: el Mito de Inkarrí (el Sol, la Cabeza del Inka que permanece oculta en el mundo de abajo y que regresará para articular el cuerpo fragmentado). Sumergido en la obra de nuestro Once Titular, Inkarrí actúa como un sujeto subterráneo que rompe la dependencia colonial desde la raíz intelectual.

Esta vibración andino-barroca, carnavalesca y performática estalla en la obra del permanente joven Frido Martín (Marco Young). Sus “limpias sonoras” resuelven la esterilidad monótona de la poesía electrónica o maquinal porque no están hechas de “fragmentos” aleatorios europeos, sino de los fermentos locales del cuerpo invencible de Inkarrí. Poemas como “Pa’ Gozal” o “Poema de oídas” (para ser leído en modo ASMR) operan en ósmosis con el habla migrante, afro-araucano y caribeño, registrando el tránsito de La casa de cartón de Adán al panal de abejas convulso de la Lima de hoy, apuntando al concepto del pluriverso donde el corazón humano, tornado en información celular sobre una pantalla iluminada, nos sobrevivirá.

A este linaje simétrico pertenecen las voces de Carlos Llaza y Carlos Quenaya, creadores que tienen muy poco que aprender de la tradición oficial del 60 y que prefieren multiplicar las patas y alargar el hocico para alimentarse por dentro. Carlos Llaza (Arequipa, 1983) ejecuta un desuello pulcro del animal elegido sin dañar la entraña. En sus Poemas de combustión espontánea, la piel es el acantilado donde compartimos la lengua. Cuando en su poema “Sonido virgen” arroja la Biblia al río, el libro se convierte en una criatura viva cuyo lomo ondea y cuyas letras se elevan como cenizas, transformando el texto baldío en un rumor inédito. Llaza reconstruye la geografía sagrada bajo el trasluz de la cordillera (“Piedra blanca”), haciendo que los ancestros coexistan con nosotros porque participamos de la economía política del universo, donde los objetos inanimados (“Elogio de la silla vieja”) proyectan sombras y se dejan ver.

Carlos Eduardo Quenaya (Arequipa, 1984), por su parte, consolida esta crítica ontológica al fugar de la caverna de la filosofía pura para iluminarse con las mentiras del cuerpo y las chácharas de la naturaleza. En La forma del confín, su personaje “Jeringa” —un Niño Goyito lúdico e intergaláctico— emprende un viaje cósmico, pero lo hace desconcertado y reducido a un “grumo” material de desechos, secreciones y fluidos íntimos. Quenaya utiliza un vocabulario denso y un humor corrosivo (a lo Adán, a lo Vallejo) para desinflarle la llanta a la abstracción y celebrar el triunfo del tacto. En Palabras del pequeño novelista (2023), nos introduce en un taller donde los objetos inanimados poseen agenda propia y donde “fantásticos destellos surcan la pulpa del jabón”, resolviéndose en el gozo incluyente de una cotidianidad inmanente: el desayuno tibio, el sistema nervioso ridículo y la flacura extrema.

Frente al adobo de las mariposas de plomo de la hegemonía crítica, el Once titular de estos Cuadrúpedos intensivos reclama su venia. Ante los desafíos del Antropoceno y el Capitaloceno en este siglo XXI, la crítica futura y la poesía verdadera no se limitarán a la crisis del sujeto o al formato taimado del lenguaje; se preguntarán cómo esa crisis se funde con la tierra, la carne y la inmanencia del mito local. Solo así, a contracorriente del mercado, multiplicando las patas con dignidad de escultura y pegando los platos rotos con saliva, la poesía en el Perú mantendrá su ventaja virtual absoluta: ir más acá de la literatura para traernos, por fin, un impensado sentido de plenitud y un justo bocado a la boca.  P.G.

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ANCLAJES BIOGRÁFICOS  DEL “MILAGRO” DE TRILCE

Aunque debiéramos distinguir lo que, a su turno, dicen Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, no lo haremos.  En primer lugar, por pereza nuestra; y, en segundo lugar, por respeto a esa voluntad de trabajo y de estilo comunitario que ambos representan: nuestro Deleuze-Guattari hispanos.  Entre paréntesis va nuestra cosecha.

Desde la reseña de Antenor Orrego a Trilce, “La vida del hombre”, ya se nos sitúa ante un Vallejo carcelario.  Este “primer biógrafo” enfatiza la importancia de Mirtho (Trujillo) frente a Otilia (Lima); aunque también “borre” a la limeña por tabú (aborto)

Lo biográfico, como punto de partida, no sólo vale en tanto anclaje a lo histórico, sino que, asimismo, nos permite entender cuestiones técnicas y cambios literarios en la obra de Vallejo.

Otilia constituye un gozne biográfico y, no menos, teórico, técnico y expresivo en la poesía de Vallejo: aunque no determine la estética del libro

[José Eulogio Garrido (presente también la vida del Cholo) es tan o incluso más importante que su amigo y mentor, Antenor Orrego, para la concepción de Trilce.  Qué tanto este poemario es una nueva versión de Visones de Chan Chan.  Es decir, esta vez sin la mediación modernista, esteticista  ni feérica; sino, más bien, vanguardista y, no menos, posantropocéntrica]

Trilce se debe a un proceso de “vanguardización”; donde el hito fundamental, frente al modernismo, constituye su renuncia a los alejandrinos y la rima.

Títulos previos del poemario de 1922: “Solo de aceros” (bronce, composición musical), “Scherzando” (música), “Cráneos de bronce” (en tanto instrumentos musicales).  Trilce que, según Juan José Lora, podría haber sido Escalas (música otra vez). [ Pregunta: ¿Y lo cultural en bronce (Raza de bronce de Alcides Arguedas)?]

[Como en El Quijote] César Perú va a la Penitencieria de Lima a publicar un libro, probablemente Trilce.

Antes del 20 leyó algo e hizo clik con Dadá, tarducido al español; aunque no se sabe qué leyó ni cuánto.

Vallejo escribió para un lector futuro [nunca dejó de ser un maestro].  En primera instancia, el verso experimental porque era necesario y significativo para un contexto como el Perú; luego, con esa misma finalidad pedagógica, dio ejemplo de militancia política y militar por la causa comunista en Europa.  [Nuevamente, ¿y lo cultural? Vallejo fundirá el aspecto político y mítico].

Para Fernández, Vallejo deja una zona en sombra o de misterio. [Todo un universo paralelo, más bien, aunque todavía embozado, respecto a las biografías positivistas]

Ahora mismo, ambos estudiosos elaboran una biografía de Vallejo.  [Sin embargo, de antemano constatamos que ambos autores pasan olímpicamente de lo cultural y, no menos, de lo posantropocéntrico  o simétrico].  P.G.

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LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES

Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013

El retorno cíclico de un estado de cosas político que en este 2026 evoca la década de los noventa en el Perú arrastra consigo el riesgo inminente de una clonación en el mapa de las tendencias estéticas. Aquella coyuntura, que en lo poético vio consolidarse a movimientos que aliaron su discurso marginal con una prensa afín y sensacionalista, impuso una hegemonía del realismo exteriorista, descuidado en el formato y estructuralmente “argollero”. El tránsito de los setenta hacia los ochenta dejó muy pocas aventuras personales auténticamente fervorosas o creadoramente autistas; en su lugar, el circuito oficial se dividió entre grupos altamente retorizados, dependientes del lenguaje contestatario de Hora Zero o Kloaka, e individuos cuyos versos canónicos simplemente daban voz a las instituciones más conservadoras del tejido histórico-político-cultural. Evaluar la poesía peruana contemporánea bajo este espejo exige un salto cualitativo: pasar de la complacencia con esos formatos institucionales a la disección implacable de las sensibilidades. Cuando calamos hondo en el lote de los autores que dominan el escaparate o las complicidades de la pequeña clase letrada, advertimos de inmediato las costuras del yo poético.
Roger Santiváñez, por ejemplo, acaso se arriesga en las superficies del lenguaje y disloca la sintaxis, pero se detiene en seco ante el diseño de su yo poético: un sujeto que permanece siempre bien pertrechado, auto-persuadido de sí mismo y en última instancia docente. A contrapelo de esa fijeza, constatamos la extraordinaria evaporación del yo y de sus trabajos en los fragmentos de Magdalena Chocano, quien horada la consistencia civil bebiendo con lucidez de las fuentes de Martín Adán, Sor Juana y Jorge Eduardo Eielson. En una línea de camuflajes similares, Reynaldo Jiménez —sobre todo por la indumentaria— no va en el fondo más allá de un Javier Sologuren oculto o bien camuflado, ya que un mismo y de semejante modo “azahar” desvela a ambos. Por su parte, Patricia Alba se alza como la verdadera madre del cordero de la poesía escrita por mujeres en los años 80; su escritura prescinde del decoro excesivo y más bien ideológico de una Rosella Di Paolo, así como de los desplantes clasemedieros y el “disfuerzo” de Rocío Silva Santisteban. Al otro lado de la calle, Domingo de Ramos construye la andanada y el caudal de sus rompecabezas formales mediante el recurso fijo del “como” más el encabalgamiento, sin necesidad de buscar alguna otra cosa; mientras que en la vitrina de Mario Montalbetti lo descubrimos operando en la práctica como el telonero de Antonio Cisneros, donde sus Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices acaso cinco horas de tormentas en un vaso de agua. Mucho más directo, escueto y potente resulta, en contraste, el “horizonte” de su contemporáneo español, Antonio Casado, cuando escribe en su Inventario: “El vértigo es incomprensible / desde fuera del vértigo”.
Frente a la autorrepresión camuflada de oficio, la obra de José Antonio Mazzotti colabora más bien a entender la sutil diferencia entre el “arte del refrenamiento” y la auto-represión a la hora de escribir poemas. En Vladimir Herrera, en cambio, habita la magia de la libélula: una sintaxis sincopada y ululante que, en un plano menos aéreo y acaso más al ras del suelo, semeja la inestabilidad de los adoquines bajo nuestros pies mojados en un día de intenso aguacero. El sujeto de los versos de Herrera es un zorro viejo, audaz e imbatible en sus andanzas, acaserado sobre aquella colina umbría. Esta intemperie contrasta con el apartado aristocrático de Carlos López Degregori, un autor dotado verbalmente para la ardua tarea de hablar de sí mismo o de los suyos, pero que se parapeta en escenas modernistas cuya verosimilitud no encaja con el “látigo” de la cumbia ni con el aroma de las marmitas donde asoma, resignado, el chicharrón de la calle. Antonio Cillóniz se revela como un eximio retratista y notable caricaturista, pero carece de poética; es un gran lector del Siglo de Oro y de la poesía peninsular de posguerra que no cuaja en levantar un gran autor. Por su parte, Isaac Goldemberg manifiesta una errancia poética que, al igual que su narrativa, añora la costa norte del Perú, dotado del distanciamiento intelectual-afectivo necesario para tratar sobre lo menudo que somos y sobre la historia tan breve que vivimos.
Mención aparte merece el fenómeno de la canonización de vitrina. Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo encabezan una larga lista de epígonas de Blanca Varela cuya visibilidad no se explica sino por el subdesarrollo educativo y la intensa propaganda que hace de sí misma la pequeña clase letrada en el Perú. La propia Blanca Varela tenía todo para ser una gran poeta, pero se conformó tempranamente con la opinión de los otros, con la ovación de aquellos que usualmente son los mismos de siempre. Frente a ese conformismo y a los ascos compartidos del medio, la poesía de Pedro Granados se ha erigido históricamente como un gesto de estilo incomprendido, una palabra que refulge viva y joven precisamente porque supo negarse a envejecer prematuramente bajo los moldes y los pactos de su propia promoción. Como bien enfatizara el crítico José Falconí, para los acuciosos antologadores dedicados a fabricar el canon definitivo, esta propuesta estética ha sido un enigma indescifrable, quedando al margen de las antologías oficiales porque los parámetros convencionales de la Ciudad Letrada fallan al intentar categorizarla: no pertenece de manera sumisa a una generación fija, no se deja etiquetar entre lo puro y lo social, y desborda por igual las casillas del conversacionalismo ramplón y los corsés de la rigidez académica.
Mientras el simulacro editorial de las vitrinas premia la autorrepresión y la repetición de formatos, las auténticas fisuras del porvenir asoman en la aparición de Adriana Dávila Franke con La azotea amarilla (2022), que nos devuelve a un Javier Heraud en femenino. La pureza de vida de ambos constituye un peligro, tanto como el imán de sus versos; hay allí una intensa vocación simétrica y posantropocéntrica, monitoreada por el río en la poesía de Javier, y por el sol en los versos de Adriana. Esta inteligencia o discernimiento poshumano sintoniza con los poemas de Sasha Reiter: un tipo de lucidez a lo Paul Gauguin o a lo César Vallejo, limpia de utopías o distopías, orientada hacia otro momento o condición de la vida y del lenguaje. Es en este territorio de opacidad soberana, compartido en secreto por una nueva promoción de lectores y críticos, donde la poesía de raza se despoja de la chatura institucional y reclama su derecho a respirar a pleno pulmón, demostrando que el lenguaje del escaparate oficial da lástima, y que la única herencia válida es aquella que labra sus agallas fuera de la argolla y del simulacro. P.G.

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