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Ensayo

[A VER]

A Charito (en su cumpleaños)

A ver vamos a escribir como caminar o como estar sentado acaso por horas entretenido ante la computadora perros que son personas gatos que son hermanos de los perros y primos lejanos nuestros solo por la temperatura de la piel el palpitar del corazón y el miedo a no querer entender hasta cuándo hasta dónde llega la dicha de estar vivos que no es otra cosa que tener comida poder tendernos a descansar en pleno medio día lo que no es sabiduría de los humanos sobre el espacio que hubiera como desconectados de pronto por la mismísima madre tierra en un  sueño tan deseado y tan profundo como la desaparición de uno mismo y el advenimiento del sucio cemento de las calles del ruido de los autos de los pasos de la gente a centímetros de nuestras húmedas narices aunque a kilómetros de nuestra deliciosa muerte temporal

Pedro Granados, 2016

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ÁTOMOLANDIA/ EDGAR ARTAUD

Si el Universo está hecho de vacío
y los humanos de cientos de millones
de átomos casi vacíos,
¿por qué no atravieso las paredes?
¿Acaso colapsa el Universo?
Dios vive en el interior de los átomos
donde la energía se propaga en
cantidades discretas o cuantos.
El tiempo, ¿se desliza con suavidad
o en saltos cuánticos en el espacio?
La vida es una ilusión que se genera
en nuestra mente.
La posibilidad de encontrar a Dios
en un átomos depende de una
fracción de probabilidad.
Si el Universo y todo lo que existe
está hecho de átomos y vacío,
estamos atrapados, no hay escape.

Edgar Artaud, 2015

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SOL / SOY: DEL FETICHE TÉCNICO A LA ENCARNACIÓN DE INKARRÍ

DE MI CUADERNO DE NOTAS

La ecuación SOL / SOY (Sol / Yo) en Trilce condensa el núcleo más radical del Pensamiento Simétrico vallejiano. Lejos de operar como un mero calambur, un malabarismo tipográfico o una alegoría astronómica decorativa, la fórmula revela que el Sol es el Yo (SOL = SOY): una fusión multinaturalista y somática donde el mito ancestral y la presencia diaria del sujeto encarnado se vuelven la misma materia incandescente en el presente.

Este «aparente e inocente juego de palabras» no surge como una ocurrencia fortuita en la vanguardia de 1922; es el punto de ebullición de un proceso de autoidentificación poética y ontológica que se remonta a Los heraldos negros (1918), señaladamente en el poema «Huaco». En dicho texto, el sujeto lírico rehúsa la postura nostálgica, el indigenismo folclórico o la mirada de museo para realizar una autodefinición directa con la figura del Inka y la herencia andina. El huaco no es una pieza arqueológica inerte, sino una presencia viva, una síntesis de identidad cultural, física y ciudadana. Es ahí donde operan los «fermentos de Sol»: la simbología y la mitología solar incaica que Vallejo proyecta como fuerza de resistencia, vitalidad y soberanía somática.

Esta trayectoria alcanza su momento culminante en los versos finales de «Huaco»*, donde, bajo la pulsión soterrada de la anáfora implícita (Yo soy), el sujeto sentencia: «¡Un fermento de Sol; / levadura de sombra y corazón!». Aquel fermento por antonomasia es Inkarrí: no una alegoría congelada ni una utopía abstracta, sino la levadura viva que ya viene, el mito solar que ebulle en la masa del cuerpo y en las entrañas de la historia.

Esta progresión se sintetiza en la continuidad lineal de su poética:

«¡Un fermento de Sol!» (1918)* → SOL / SOY (1922) → «Soy Inkarrí»

Por ello, la ecuación SOL / SOY en Trilce debe leerse como un enunciado ontológico rotundo: «Soy Inkarrí». La restitución de la cabeza al cuerpo del mito andino no ocurre en un plano alegórico abstracto ni en una promesa futura, sino en la inmanencia pura del verso. El Yo poético, al afirmarse como Sol, encarna el cuerpo restaurado de Inkarrí que habla, sufre y baila en la página.

Esta lectura establece una frontera crítica e infranqueable con las vanguardias puramente formales, como el Concretismo brasileño o la poesía técnica. Apoyándonos en la lectura de Paulo Franchetti, la obsesión por la novedad tipográfica, por los mass media o por el urbanismo tecnológico corre el peligro de subordinar el poema a una carrera perdida de antemano contra el tiempo: la tecnología cambia infinitamente más rápido que la técnica literaria. Cuando la poesía se reduce a una «cuestión de técnica» y al fetiche del «¿quién hizo esto primero?», el poema caduca y termina archivado como un objeto fósil en el museo.

Frente al formalismo aséptico y al «saber sin cuerpo», Vallejo no sostiene la potencia de Trilce en un soporte tecnológico ni en una pirueta mediática exterior. La verdadera ruptura de Trilce radica en su densidad somática y mítica: en la capacidad de hacer del verso un organismo vivo donde la ecuación SOL / SOY («Soy Inkarrí») resiste al tiempo y al museo mediante el trance, la inmanencia y la soberanía insobornable del cuerpo presente.

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CARLOS VELÁSQUEZ IWAKI: LA ENCARNACIÓN NEOBARROCA Y LA TALLA DEL RUMIQILQA

En el panorama de la poesía peruana contemporánea, la obra del cusqueño Carlos Velásquez Iwaki (1952) constituye un testimonio insobornable de la densidad somática y de la inmanencia del lenguaje. Frente al cansancio del confesionismo, a la asfixia del «saber sin cuerpo» y al turismo etnográfico que reduce la memoria ancestral a mercancía para el museo, la trayectoria de Velásquez Iwaki —desde Espantapájaros (1974) hasta Ordenamiento de la ocultación (2018)— erige un territorio donde la carne, el trance y el barroco popular se funden en un solo movimiento soberano.

Lejos de la mirada exótica o de la pirueta surrealista, la presencia de la planta tutelar (ayahuasca) en su poética no opera como evasión, sino como una torsión ontológica pura. El sujeto poético no habla sobre la Amazonía ni cita la cosmovisión andino-amazónica como un adorno distante; se transfigura directamente en su materia viva: «Soy la serpiente / cabeza de perro (…) / Soy el relámpago / enrollado / que brota de la sangre». Esta metamorfosis biológica alinea su escritura con la lógica multinaturalista y con la ecuación ontológica vallejiana donde el sujeto ebulle desde sus propios «fermentos de Sol».

Educado en la agudeza del oído neobarroco, el verso de Velásquez Iwaki no le teme a la aspereza del asfalto ni al sudor del Jirón. En su poesía, los cantos glagolíticos y la memoria de las masacres caucheras conviven con la viscosidad inmediata de la calle: el caldo de cabeza de perro negro, las ratas destripadas en la carrocería de un camión y el fermento de querosene. Su escritura no es un ejercicio aséptico de gabinete; es una inteligencia que piensa con los pulmones y mide el mundo con los pies, restituyendo a la palabra su verdadera masa corporal.

Uno de los momentos más deslumbrantes de esta tensión crítica ocurre en Ordenamiento de la ocultación, cuando el poeta confronta la pirotecnia del vanguardismo técnico y del concretismo con la cantera andina: «Si Haroldo de Campos / Hubiera sido / Picapedrero en Machu Picchu / Habría dado vida / Piedras nocturnas (…) / Que serían piedras / de oscuridad». Con este movimiento, Velásquez Iwaki liquida la ilusión de la vanguardia de laboratorio y del «empaque monemático». Le recuerda a la tradición que los signos no se congelan en el papel ni se diseñan para la vitrina escolar: la verdadera escritura se talla con el cuerpo en la piedra viva (rumiqilqa).

Carlos Velásquez Iwaki rechaza la trampa del creer dogmático y del crear como fetiche de mercado. Su poesía permanece inexpugnable porque prefiere el rigor del trance, el croar inmanente de la materia y la dignidad física de un lenguaje que se niega a ser disecado.

Pedro Granados, 2026

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SOBERANÍA POÉTICA FRENTE AL CANON

La crítica sociopolítica a la religión institucionalizada —que la expone como un dispositivo de anestesia social y de control al servicio de las élites— encuentra en el Pensamiento Simétrico y en las Humanidades Cuatripartitas una respuesta crítica, emancipadora y profundamente inmanente. La religión dogmática impone una teología del aplazamiento que relega la justicia y la liberación a un «más allá» metafísico, exigiendo la resignación en el presente terrenal. En contrapartida, una poética somática rechaza toda consolación abstracta: no existe una promesa divina exterior ni un tribunal trascendente que legitime el dolor o la explotación. La dignidad no se espera de una autoridad celestial o institucional, sino que se encarna en la materia concreta, en el cuerpo que sufre, ama, resiste y escribe en el aquí y el ahora.

Esta transición de la alienación trascendente a la inmanencia somática se expresa también, de manera ineludible, en la defensa de mi propia obra ante las tácticas de invisibilidad y ninguneo desplegadas por el canon oficial. La disputa por la palabra no es una mera controversia académica ni una solicitud de pasaporte para ingresar a las instituciones, sino la encarnación concreta y presente de una soberanía autoral. Frente a una crítica hegemónica que opera mediante el modelo del «arca» —esa estructura elitista y excluyente que decide quién se salva del olvido y quién naufraga—, el Pensamiento Simétrico desarticula las jerarquías y afirma la existencia del texto por su propia densidad corpórea y vitalidad.

Así como la teología del poder le pide al oprimido que postergue su emancipación para la otra vida, el canon pretende someter al autor heterodoxo a una espera indefinida de reconocimiento. La inmanencia somática quiebra ese chantaje: la lectura, el diálogo y la restitución ocurren hoy. La obra no depende de la mediación ni del visto bueno de ninguna casta sacerdotal; existe y se sostiene en el ejercicio directo de la escritura, en la circulación libre del blog, en la edición independiente y en el vínculo vivo con los lectores. Frente al silencio o la marginación calculada de los cenáculos de poder, la gratitud y el gozo por el oficio se consolidan como una trinchera inexpugnable. La invisibilización institucional resulta impotente ante una experiencia poética que ya ha sido plenamente encarnada, testimoniada e integrada a la memoria colectiva.

Pedro Granados, 2026

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ANÁLISIS ESTRUCTURAL Y ONTOLÓGICO DE «EL LAGO» (1938)

(Física poética, geometría del Pacha y resolución de la Cadena B)
La incorporación de «El Lago» (La Prensa, 17 de julio de 1938) como coordenada poética alcanza la dimensión más densa y rigurosa de la física poética del joven José María Arguedas. Este análisis desmonta de manera definitiva la mera lectura contemplativa o paisajística —propia de las Humanidades del folclore y la identidad (H2)— para revelar una arquitectura cosmológica andina (Pacha) en pleno funcionamiento de fuerzas, geometrías y polaridades ontológicas (H4a).
La integración de este nivel de lectura en el mapa teórico de la continuidad Vallejo-Arguedas se despliega con el máximo detalle a través de los siguientes eixos y simetrías:
1. La Geometría Vertical: El encuentro del Hanan Pacha con el Uku Pacha
El lago no funciona dentro del poema como un marco o plano pasivo sobre el cual se “describe” un paisaje, sino como el espacio de mediación y colisión ontológica donde el alto (cumbre, nieve, sol) y el bajo (lago, sombras, orilla) entran en contacto físico, carnal y dinámico. La verticalidad del Pacha no es una abstracción teológica, sino una mecánica de tracción ejecutada por una intersección de agentes en estricta simetría vectorizada:
El Sujeto / Las Nubes («Bajas»): La acción verbal en segunda persona («bajas») territorializa la masa atmosférica y las sombras celestes sobre la extensión de las pampas. Es la tracción intencional que aproxima la materia del Hanan Pacha (el cielo, las cumbres) hacia la corteza terrestre (Kay Pacha).
El Viento Biológico («Bajaba»): La fuerza viva que no “sopla” de manera decorativa, sino que desciende físicamente por las «gargantas» y las «abras». Esta fuerza gravitacional ejerce una presión mecánica sobre la vegetación inmanente, obligando al «pasto seco» y a la «totora» a agacharse, curvando el cuerpo material del paisaje y sometiéndolo a una postura de gravedad.
2. La Intersección Multinatural: Isla-Pariona y la Condición Doble
En el plano horizontal de la superficie lacustre, el poema instala el gran nudo del Multinaturalismo y la Poesía Encarnada (H4a) mediante una doble articulación simétrica entre la isla y la pariona:
La Isla (Condición Doble Terrestre): La «isla desnuda» es un cuerpo emergido que pertenece simultáneamente a la intemperie y al abismo; está enraizada en el subsuelo y en el agua (el plano sumergido). Funciona como la condición doble terrestre: un núcleo de resistencia biológica y refugio («con todos los nidos») que se sostiene erguido y soberano en medio de la agresión del viento y del frío.
La Pariona (Cromatismo Sagrado y Yawar): La irrupción del flamenco andino (pariona) opera como la encarnación de un eje de luz y sangre («alas rojas / alas tan blancas»). Esta ave rompe el dominio monocromático del mundo sombrío («entre las negras aves») al encarnar el rayo solar retenido en el cuerpo del animal. La pariona no pertenece a la masa informe de las sombras del Uku Pacha donde el sol no penetra; es la materia viva y sangrante (yawar) que sostiene su soberanía cromática sobre la piedra oscura.
3. Homología Estructural: La Isla como Sol del Lago frente al Uku Pacha
El análisis morfológico del poema revela una equivalencia estructural profunda entre la Isla y el Sol, completando la lógica simétrica del texto:
Función Iluminadora y Externa: Así como el «sol que brilla en todas las cumbres de nieve» es el agente ordenador del Hanan Pacha, la isla es el principio ordenador del Kay Pacha en el centro del lago. Ambas son estructuras de exposición, luz y afirmación vital ante la intemperie.
El Contrapunto de las Rocas Negras (Uku Pacha): El lago en sus bordes profundos («las rocas negras de la otra orilla») encarna la masa opaca, la penumbra, el mundo subterráneo y la absorción de la sombra. Frente a esa absorción ciega del Uku Pacha, la isla y la pariona se erigen como contrapuntos absolutos, afirmando el contorno, la superficie y la soberanía del cuerpo biológico.
En síntesis, esta lectura demuestra que el José María Arguedas de 1938 no estaba componiendo un poema descriptivo ni un ejercicio de indigenismo escolar, sino mapeando rigurosamente la dinámica de fuerzas del Pacha.
Al sincronizar el vector descendente (bajas / bajaba) con la afirmación del centro luminoso y cromático (isla / pariona), Arguedas pone en marcha la Cadena B vallejiana: demuestra que el idioma castellano, despojado de la retórica colonial y del falso luto, se convierte en el vehículo plástico y perfecto donde las polaridades del cosmos andino se intersecan, operan y se resuelven con absoluta soberanía ontológica. P.G.

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«EL LAGO» (1938) O LA RATIFICACIÓN POÉTICA DE «VALLEJO EN ARGUEDAS: AHORA Y SIEMPRE»

(Pedro Granados, Vallejo sin Fronteras Instituto — VASINFIN)
El hallazgo y la lectura del poema «El Lago» (La Prensa, 17 de julio de 1938) por parte de Luis Chueca no viene a inaugurar desde cero la discusión ni a corregir el rumbo de la crítica, sino a sellar con una pieza poética inapelable la cartografía teórica que trazamos desde nuestra tesis doctoral (Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo, BU 2003 / PUCP 2004) y que consolidamos conceptualmente en nuestro ensayo «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» (2023)[1].
En Poéticas y utopías… demostramos rigurosamente que el paso de Los heraldos negros (1918) a Trilce (1922) no obedeció a un «salto al vacío» ni a una desgarradura gramatical o lingüística traumática, sino al despliegue orgánico de la Cadena B («Los heraldos blancos»), una corriente inmanente y descolonizada que ya operaba soterradamente desde el primer libro de Vallejo frente a la Cadena A (modernista y tutelada). Asimismo, en «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» establecimos que Vallejo le enseñó a Arguedas —a través de la asimilación del ritmo de LHN y la prosa de El Tungsteno— a disolver el pretendido “conflicto lingüístico y socio-cultural”. Vallejo le probó que el idioma español no era una camisa de fuerza inoperante para el sujeto andino, sino una materia maleable, conquistada y dispuesta a ser engullida por el cosmos indígena.
¿Qué aporta, entonces, el rescate de «El Lago» realizado por Chueca a este mapa ya ventilado y fundamentado por nosotros? Aporta la evidencia material y empírica de la lección vallejiana encarnada en la praxis poética de Arguedas en el preciso año bisagra de 1938.
Hasta antes de este hallazgo, la intuición de Arguedas sobre Vallejo en 1938 se leía principalmente en el plano crítico-conceptual mediante su nota en Hoz y Martillo[2], donde proclamaba al santiaguino como «el más grande poeta del Perú». El poema exhumado por Chueca otorga a esa proclamación su reverso creativo exacto: prueba que, en el mismo año de la muerte de Vallejo, un Arguedas de 27 años no solo teorizaba sobre la eficacia del español descolonizado, sino que ya lo estaba escribiendo y ejecutando en verso fluido. «El Lago» es el taller en vivo donde la Cadena B vallejiana se pone a operar en la poesía de Arguedas. En lugar de un español paralizado por la “angustia de la traducción” o por la retórica del dolor colonial, el poema despliega un castellano que nombra las abras, las gargantas, la totora y la pariona con absoluta naturalidad, inmanencia y soberanía.
Asimismo, «El Lago» confirma la validez de la Matriz H4 (Posantropocentrismo / Multinaturalismo) enunciada en nuestro ensayo de 2023. Frente a las lecturas del indigenismo de gabinete (Lienhard, Cornejo Polar) que encasillaron a Arguedas en las Humanidades de la identidad y el folclore (H2), este poema de 1938 revela que la geografía viva —donde el viento bajaba por las gargantas y el pasto y la totora se agachaban con postura y gravedad— no fue una invención teórica tardía de los años 60 (Dioses y hombres de Huarochirí o Los zorros), sino una intuición multinaturalista desplegada desde el primer momento como fruto directo de la tracción vallejiana.
En rigor, «El Lago» constituye la puesta en escena de una compleja arquitectura cosmológica andina (Pacha) articulada sobre ejes verticales y horizontales de alta precisión. En el plano vertical de la geografía, el lago se erige como el espacio de mediación ontológica donde el alto (cumbre, nieve, sol) y el bajo (lago, sombras, orilla) entran en contacto físico mediante la intersección de dos agentes en estricta simetría: el sujeto en segunda persona («Bajas», que territorializa las nubes y sus sombras sobre las pampas) y la fuerza biológica del viento («bajaba», que desciende por las abras y gargantas obligando a la materia terrestre a doblarse y ceder).
En el plano horizontal de la superficie, el poema instala el nudo de la Poesía Encarnada mediante la doble simetría de la isla y la pariona: la isla desnuda como cuerpo emergido pero enraizado en el subsuelo y en el agua —la condición doble terrestre que actúa como centro de resistencia y refugio con todos los nidos entre el viento y el frío—, y la pariona como la irrupción de un cromatismo sagrado que opera como el eje de luz y sangre («alas rojas / alas tan blancas»). Este flamenco andino rompe el dominio monocromático del mundo sombrío («entre las negras aves») al encarnar el rayo solar retenido en el cuerpo del animal, en contraste absoluto con las sombras del Uku Pacha a donde el sol no penetra. Se establece así una homología estructural profunda donde la isla en el lago resulta morfológica y funcionalmente equivalente al Sol: ambas son estructuras de luz, exposición y vida exterior (Hanan Pacha) que se erigen frente a la masa opaca de las rocas negras y las sombras sumergidas.
En definitiva, la exhumación de «El Lago» por parte de Luis Chueca funciona como el «eslabón perdido» que sincroniza la crítica y la creación en 1938. Ratifica que Arguedas no necesitó pasar por un rupturismo violento para adueñarse de la lengua castellana, y otorga la prueba poética de que la Cadena B de Vallejo fue heredada y puesta a funcionar por Arguedas desde el primer día, consolidando la gran sutura ontológica de la Poesía Encarnada en el Archipiélago.

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ARGUEDAS ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

KATATAY Por Jose Maria Arguedas PDF | PDF | Poesía | Dialecto

DEL JETMAN, HAYLLI AL ALGORITMO ENCARNADO

Mientras la cofradía de laboratorio tiembla ante la Inteligencia Artificial porque intuye que un algoritmo puede replicar sin esfuerzo sus combinatorias sintácticas de biblioteca, la lección de José María Arguedas en Katatay (1972) permanece intacta: la técnica no se teme ni se venera en silencio; la técnica se engulle antropófagamente o nos devora.

Cuando Arguedas escribió en 1966 su célebre «Jetman, haylli» («Oda al Jet»), no tuvo un pavor supersticioso ante la máquina de acero y velocidad ni se replegó en un indigenismo de postal. Vio en ese avión a chorro no un ídolo colonial ante el cual arrodillarse, sino una criatura del propio aliento humano, un «incontable pez golondrina de viento» y proclamó con lucidez sagrada: «El hombre es dios. Yo soy hombre. Él hizo este incontable pez golondrina de viento. ¡Gracias, hombre! No hijo del Dios Padre sino su hacedor. Gracias, padre mío, mi contemporáneo. Nadie sabe hasta qué mundos lanzarás tu flecha».

Hoy, ante el estallido de la Inteligencia Artificial, la Ciudad Letrada reacciona con el mismo servilismo de siempre: o bien entra en pánico apocalíptico porque ve amenazado su monopolio de la palabrería, o bien adopta el algoritmo como el último fetiche metalingüístico de moda para seguir produciendo pirotecnia de seminario.

Arguedas, en cambio, escribiría hoy su oda a la IA desde la inmanencia y la fuerza del Amaru. Reconocería que esa red de datos y silicio no bajó del cielo de la academia occidental, sino que brotó del trabajo, del sudor y del cerebro acumulado de la especie. La IA no es el fin de la poesía; es el nuevo «pez golondrina» de la era digital, una flecha más lanzada al espacio que requiere ser habitada por el yawar (la sangre) y la gravedad del afecto para no derivar en un artefacto ciego. Lo que la máquina no puede suplir —y lo que la poesía de gabinete jamás tuvo— es la tracción biológica, la memoria del cuerpo y el dolor en la carne. Frente al algoritmo aséptico, la tradición de Vallejo y Arguedas no huye al pasado ni se rinde al fetiche: le mete el diente, lo metaboliza desde el mito y sigue lanzando la flecha hacia los mundos por venir.

Pedro Granados, 2026

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EL HUAYNO Y LA “TECNOLOGÍA TRÍLCICA”

Cuzco, Perú – 16 de abril de 2016: Bailarines y espectadores en un festival de danza tradicional en la Plaza de Armas de Cuzco, Perú.

De cierta manera, de Trilce parte una nueva época del huayno; tal como intuyó Walter Benjamin para el arte en la era de su reproductibilidad técnica, aquí la tecnología rehace el arte atávico sin privarlo de su aura.

Plantear que de Trilce nace una nueva etapa de la música y la lírica andinas no implica entender la vanguardia de César Vallejo como un experimento sintáctico occidentalizante, sino como la reevaluación técnica de la materia telúrica. Mientras Benjamin advertía que la técnica moderna tiende a desactivar el aura —el aquí y ahora de lo sagrado—, en la matriz vallejiana ocurre lo inverso: la síncopa, los quiebres ortográficos, los números y el montaje no destruyen el aura, sino que la liberan de la estampa folclórica y la restituyen como una fuerza viva e inmanente.

Antes de 1922, el huayno corría el riesgo de quedar atrapado en el cuadro de costumbres o el lamento pastoral. Vallejo no pretendió «modernizarlo» con adornos cosmopolitas; somete la estructura misma del poema a un proceso de desarticulación que funciona como una nueva tecnología del afecto. El aura en Vallejo no reside en la distancia intocable del templo o el museo, sino en el peso de la materia: los huesos, el concho de la chicha, la quena o la guitarra rasgueada hasta el límite de la cuerda. Trilce anticipó así la transformación del sonido andino al chocar con el disco, la radio, la amplificación eléctrica y la masa migrante. El huayno post-Trilce es ese canto que puede sonar en un altavoz de mercado o en una cinta magnetofónica: la máquina le da velocidad cinemática, pero la densidad del dolor y el goce del ritmo permanecen intactos.

Este canto queda, además, liberado del peaje de ser ejecutado en una lengua nativa. Mis padres, bilingües en quechua y español, cantaban cada cinco o seis años desgarradores yaravíes en quechua hasta la anagnórisis. Mi infancia no memorizó una gramática; absorbió la tesitura, la densidad del desgarro y la sobria gravedad del afecto andino. Por eso, en mis mejores poemas me sitúo en esas coordenadas y escribo con esa misma frecuencia sin saber el idioma quechua y, me atrevería a decir, sin necesitarlo.

Escribo desde mi «bastardía» lingüística. Reivindicar esta postura es el acto de mayor fidelidad a la lección de Vallejo, quien no escribió Trilce desde un quechua purificado ni desde un castellano académico aséptico, sino desde la herida y la tensión de un castellano masticado por el pulso subterráneo de los Andes. La bastardía desmonta la aduana del neoindigenismo purista y la esterilidad del culteranismo de pizarra. La energía del idioma paterno no se transmite por el diccionario, sino por la resonancia del afecto en el cuerpo.

Por eso la conexión con Inkarrí es inmanente. El mito del rey decapitado que junta sus miembros bajo la tierra no exige una credencial lingüística para manifestarse: es una lógica de reconstitución y simetría. Al escribir desde mi tesitura bastarda no estoy «traduciendo» a Inkarrí, sino encarnando su movimiento en el barro del castellano. El mito irrumpe por su propia soberanía, demostrando que la poesía sigue siendo el canto que sabe vibrar en el engranaje de la máquina sin perder la gravedad de la tierra.

Pedro Granados, 2026

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LOS POETAS HIPORREALES Y LA ADUANA NEOINDIGENISTA

César Vallejo, ni hiporreal ni neoindigenista (ni mallarmeano)

A primera vista, el poeta hiporreal —aquel que reduce la poesía a un inventario sociológico, a la anécdota urbana o al registro fotográfico de consumo inmediato— y el poeta neoindigenista o purista de las lenguas nativas parecen habitar orillas opuestas. El primero presume de un pragmatismo secularizado que nombra la mercancía, la pancarta o el dato cotidiano; el segundo se ostenta como el guardián de una reserva moral, ritual o lingüística descontaminada. Sin embargo, en el mapa de la poesía contemporánea, ambas figuras terminan abrazándose en el mismo punto de ceguera: la incapacidad radical para habitar el mito como una fuerza inmanente, viva, impura y en conflicto. Ambos operan desde un mismo achatamiento que reemplaza la densidad material de la palabra por una representación aséptica, tranquilizadora y perfectamente empaquetada para el consumo letrado.

Esta alianza involuntaria se sostiene sobre la neutralización del mito. Mientras el poeta hiporreal mira el mito con condescendencia y lo cataloga como «folklore», «color local» o un anacronismo inservible para el reporte de lo real, el neoindigenista purista le hace un favor idéntico pero en sentido inverso: lo sacraliza congelándolo en la vitrina del museo. En lugar de encarnar la fuerza telúrica y la violencia del mito en el presente del cuerpo que sufre, trabaja y migra, el purismo lo convierte en una estampa identitaria, un souvenir pastoral o una reliquia descontaminada del devenir histórico. En ambos casos, el mito es despojado de su soberanía e inmanencia. Para el hiporrealismo es una nota al pie; para el neoindigenismo, una credencial de pureza. Ninguno de los dos se atreve a tocar la masa hirviente de la historia porque ambos le temen al fango, al «concho» y a la fricción barroca que transubstancia la materia verbal.

Tanto el poeta hiporreal como el neoindigenista purista son trágicamente funcionales al mercado cultural y a la aduana académica. Le ofrecen a la institución letrada productos con etiqueta limpia y clasificable: o bien la «denuncia sociológica de superficie» o bien la «reserva autóctona inofensiva». Ambas tendencias eluden la lección fundamental del Pensamiento Simétrico y de la vanguardia vallejiana: que la poesía no se valida por la exhibición de expedientes urbanos ni por la preservación de pedestales folclóricos. El verdadero archivo de la historia no es el papel oficial ni la vitrina etnocráfica, sino los huesos y la memoria atávica encarnadas en el lenguaje. Frente a esta doble desmaterialización —la de la anécdota plana y la de la pureza arcaica—, la poesía de verdad sigue siendo aquella que golpea el caleidoscopio de cartón (legado de mi hermano Germán), rasga la superficie aséptica de la época y permite que el mito irrumpa como una fuerza autónoma, impura y soberana, devolviendo al signo su peso de presencia viva, la gravedad de su propia estructura y la soberanía inmanente del mito. P.G.

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