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Ensayo

ANÁLISIS ESTRUCTURAL Y ONTOLÓGICO DE «EL LAGO» (1938)

(Física poética, geometría del Pacha y resolución de la Cadena B)
La incorporación de «El Lago» (La Prensa, 17 de julio de 1938) como coordenada poética alcanza la dimensión más densa y rigurosa de la física poética del joven José María Arguedas. Este análisis desmonta de manera definitiva la mera lectura contemplativa o paisajística —propia de las Humanidades del folclore y la identidad (H2)— para revelar una arquitectura cosmológica andina (Pacha) en pleno funcionamiento de fuerzas, geometrías y polaridades ontológicas (H4a).
La integración de este nivel de lectura en el mapa teórico de la continuidad Vallejo-Arguedas se despliega con el máximo detalle a través de los siguientes eixos y simetrías:
1. La Geometría Vertical: El encuentro del Hanan Pacha con el Uku Pacha
El lago no funciona dentro del poema como un marco o plano pasivo sobre el cual se “describe” un paisaje, sino como el espacio de mediación y colisión ontológica donde el alto (cumbre, nieve, sol) y el bajo (lago, sombras, orilla) entran en contacto físico, carnal y dinámico. La verticalidad del Pacha no es una abstracción teológica, sino una mecánica de tracción ejecutada por una intersección de agentes en estricta simetría vectorizada:
El Sujeto / Las Nubes («Bajas»): La acción verbal en segunda persona («bajas») territorializa la masa atmosférica y las sombras celestes sobre la extensión de las pampas. Es la tracción intencional que aproxima la materia del Hanan Pacha (el cielo, las cumbres) hacia la corteza terrestre (Kay Pacha).
El Viento Biológico («Bajaba»): La fuerza viva que no “sopla” de manera decorativa, sino que desciende físicamente por las «gargantas» y las «abras». Esta fuerza gravitacional ejerce una presión mecánica sobre la vegetación inmanente, obligando al «pasto seco» y a la «totora» a agacharse, curvando el cuerpo material del paisaje y sometiéndolo a una postura de gravedad.
2. La Intersección Multinatural: Isla-Pariona y la Condición Doble
En el plano horizontal de la superficie lacustre, el poema instala el gran nudo del Multinaturalismo y la Poesía Encarnada (H4a) mediante una doble articulación simétrica entre la isla y la pariona:
La Isla (Condición Doble Terrestre): La «isla desnuda» es un cuerpo emergido que pertenece simultáneamente a la intemperie y al abismo; está enraizada en el subsuelo y en el agua (el plano sumergido). Funciona como la condición doble terrestre: un núcleo de resistencia biológica y refugio («con todos los nidos») que se sostiene erguido y soberano en medio de la agresión del viento y del frío.
La Pariona (Cromatismo Sagrado y Yawar): La irrupción del flamenco andino (pariona) opera como la encarnación de un eje de luz y sangre («alas rojas / alas tan blancas»). Esta ave rompe el dominio monocromático del mundo sombrío («entre las negras aves») al encarnar el rayo solar retenido en el cuerpo del animal. La pariona no pertenece a la masa informe de las sombras del Uku Pacha donde el sol no penetra; es la materia viva y sangrante (yawar) que sostiene su soberanía cromática sobre la piedra oscura.
3. Homología Estructural: La Isla como Sol del Lago frente al Uku Pacha
El análisis morfológico del poema revela una equivalencia estructural profunda entre la Isla y el Sol, completando la lógica simétrica del texto:
Función Iluminadora y Externa: Así como el «sol que brilla en todas las cumbres de nieve» es el agente ordenador del Hanan Pacha, la isla es el principio ordenador del Kay Pacha en el centro del lago. Ambas son estructuras de exposición, luz y afirmación vital ante la intemperie.
El Contrapunto de las Rocas Negras (Uku Pacha): El lago en sus bordes profundos («las rocas negras de la otra orilla») encarna la masa opaca, la penumbra, el mundo subterráneo y la absorción de la sombra. Frente a esa absorción ciega del Uku Pacha, la isla y la pariona se erigen como contrapuntos absolutos, afirmando el contorno, la superficie y la soberanía del cuerpo biológico.
En síntesis, esta lectura demuestra que el José María Arguedas de 1938 no estaba componiendo un poema descriptivo ni un ejercicio de indigenismo escolar, sino mapeando rigurosamente la dinámica de fuerzas del Pacha.
Al sincronizar el vector descendente (bajas / bajaba) con la afirmación del centro luminoso y cromático (isla / pariona), Arguedas pone en marcha la Cadena B vallejiana: demuestra que el idioma castellano, despojado de la retórica colonial y del falso luto, se convierte en el vehículo plástico y perfecto donde las polaridades del cosmos andino se intersecan, operan y se resuelven con absoluta soberanía ontológica. P.G.

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«EL LAGO» (1938) O LA RATIFICACIÓN POÉTICA DE «VALLEJO EN ARGUEDAS: AHORA Y SIEMPRE»

(Pedro Granados, Vallejo sin Fronteras Instituto — VASINFIN)
El hallazgo y la lectura del poema «El Lago» (La Prensa, 17 de julio de 1938) por parte de Luis Chueca no viene a inaugurar desde cero la discusión ni a corregir el rumbo de la crítica, sino a sellar con una pieza poética inapelable la cartografía teórica que trazamos desde nuestra tesis doctoral (Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo, BU 2003 / PUCP 2004) y que consolidamos conceptualmente en nuestro ensayo «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» (2023)[1].
En Poéticas y utopías… demostramos rigurosamente que el paso de Los heraldos negros (1918) a Trilce (1922) no obedeció a un «salto al vacío» ni a una desgarradura gramatical o lingüística traumática, sino al despliegue orgánico de la Cadena B («Los heraldos blancos»), una corriente inmanente y descolonizada que ya operaba soterradamente desde el primer libro de Vallejo frente a la Cadena A (modernista y tutelada). Asimismo, en «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» establecimos que Vallejo le enseñó a Arguedas —a través de la asimilación del ritmo de LHN y la prosa de El Tungsteno— a disolver el pretendido “conflicto lingüístico y socio-cultural”. Vallejo le probó que el idioma español no era una camisa de fuerza inoperante para el sujeto andino, sino una materia maleable, conquistada y dispuesta a ser engullida por el cosmos indígena.
¿Qué aporta, entonces, el rescate de «El Lago» realizado por Chueca a este mapa ya ventilado y fundamentado por nosotros? Aporta la evidencia material y empírica de la lección vallejiana encarnada en la praxis poética de Arguedas en el preciso año bisagra de 1938.
Hasta antes de este hallazgo, la intuición de Arguedas sobre Vallejo en 1938 se leía principalmente en el plano crítico-conceptual mediante su nota en Hoz y Martillo[2], donde proclamaba al santiaguino como «el más grande poeta del Perú». El poema exhumado por Chueca otorga a esa proclamación su reverso creativo exacto: prueba que, en el mismo año de la muerte de Vallejo, un Arguedas de 27 años no solo teorizaba sobre la eficacia del español descolonizado, sino que ya lo estaba escribiendo y ejecutando en verso fluido. «El Lago» es el taller en vivo donde la Cadena B vallejiana se pone a operar en la poesía de Arguedas. En lugar de un español paralizado por la “angustia de la traducción” o por la retórica del dolor colonial, el poema despliega un castellano que nombra las abras, las gargantas, la totora y la pariona con absoluta naturalidad, inmanencia y soberanía.
Asimismo, «El Lago» confirma la validez de la Matriz H4 (Posantropocentrismo / Multinaturalismo) enunciada en nuestro ensayo de 2023. Frente a las lecturas del indigenismo de gabinete (Lienhard, Cornejo Polar) que encasillaron a Arguedas en las Humanidades de la identidad y el folclore (H2), este poema de 1938 revela que la geografía viva —donde el viento bajaba por las gargantas y el pasto y la totora se agachaban con postura y gravedad— no fue una invención teórica tardía de los años 60 (Dioses y hombres de Huarochirí o Los zorros), sino una intuición multinaturalista desplegada desde el primer momento como fruto directo de la tracción vallejiana.
En rigor, «El Lago» constituye la puesta en escena de una compleja arquitectura cosmológica andina (Pacha) articulada sobre ejes verticales y horizontales de alta precisión. En el plano vertical de la geografía, el lago se erige como el espacio de mediación ontológica donde el alto (cumbre, nieve, sol) y el bajo (lago, sombras, orilla) entran en contacto físico mediante la intersección de dos agentes en estricta simetría: el sujeto en segunda persona («Bajas», que territorializa las nubes y sus sombras sobre las pampas) y la fuerza biológica del viento («bajaba», que desciende por las abras y gargantas obligando a la materia terrestre a doblarse y ceder).
En el plano horizontal de la superficie, el poema instala el nudo de la Poesía Encarnada mediante la doble simetría de la isla y la pariona: la isla desnuda como cuerpo emergido pero enraizado en el subsuelo y en el agua —la condición doble terrestre que actúa como centro de resistencia y refugio con todos los nidos entre el viento y el frío—, y la pariona como la irrupción de un cromatismo sagrado que opera como el eje de luz y sangre («alas rojas / alas tan blancas»). Este flamenco andino rompe el dominio monocromático del mundo sombrío («entre las negras aves») al encarnar el rayo solar retenido en el cuerpo del animal, en contraste absoluto con las sombras del Uku Pacha a donde el sol no penetra. Se establece así una homología estructural profunda donde la isla en el lago resulta morfológica y funcionalmente equivalente al Sol: ambas son estructuras de luz, exposición y vida exterior (Hanan Pacha) que se erigen frente a la masa opaca de las rocas negras y las sombras sumergidas.
En definitiva, la exhumación de «El Lago» por parte de Luis Chueca funciona como el «eslabón perdido» que sincroniza la crítica y la creación en 1938. Ratifica que Arguedas no necesitó pasar por un rupturismo violento para adueñarse de la lengua castellana, y otorga la prueba poética de que la Cadena B de Vallejo fue heredada y puesta a funcionar por Arguedas desde el primer día, consolidando la gran sutura ontológica de la Poesía Encarnada en el Archipiélago.

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ARGUEDAS ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

KATATAY Por Jose Maria Arguedas PDF | PDF | Poesía | Dialecto

DEL JETMAN, HAYLLI AL ALGORITMO ENCARNADO

Mientras la cofradía de laboratorio tiembla ante la Inteligencia Artificial porque intuye que un algoritmo puede replicar sin esfuerzo sus combinatorias sintácticas de biblioteca, la lección de José María Arguedas en Katatay (1972) permanece intacta: la técnica no se teme ni se venera en silencio; la técnica se engulle antropófagamente o nos devora.

Cuando Arguedas escribió en 1966 su célebre «Jetman, haylli» («Oda al Jet»), no tuvo un pavor supersticioso ante la máquina de acero y velocidad ni se replegó en un indigenismo de postal. Vio en ese avión a chorro no un ídolo colonial ante el cual arrodillarse, sino una criatura del propio aliento humano, un «incontable pez golondrina de viento» y proclamó con lucidez sagrada: «El hombre es dios. Yo soy hombre. Él hizo este incontable pez golondrina de viento. ¡Gracias, hombre! No hijo del Dios Padre sino su hacedor. Gracias, padre mío, mi contemporáneo. Nadie sabe hasta qué mundos lanzarás tu flecha».

Hoy, ante el estallido de la Inteligencia Artificial, la Ciudad Letrada reacciona con el mismo servilismo de siempre: o bien entra en pánico apocalíptico porque ve amenazado su monopolio de la palabrería, o bien adopta el algoritmo como el último fetiche metalingüístico de moda para seguir produciendo pirotecnia de seminario.

Arguedas, en cambio, escribiría hoy su oda a la IA desde la inmanencia y la fuerza del Amaru. Reconocería que esa red de datos y silicio no bajó del cielo de la academia occidental, sino que brotó del trabajo, del sudor y del cerebro acumulado de la especie. La IA no es el fin de la poesía; es el nuevo «pez golondrina» de la era digital, una flecha más lanzada al espacio que requiere ser habitada por el yawar (la sangre) y la gravedad del afecto para no derivar en un artefacto ciego. Lo que la máquina no puede suplir —y lo que la poesía de gabinete jamás tuvo— es la tracción biológica, la memoria del cuerpo y el dolor en la carne. Frente al algoritmo aséptico, la tradición de Vallejo y Arguedas no huye al pasado ni se rinde al fetiche: le mete el diente, lo metaboliza desde el mito y sigue lanzando la flecha hacia los mundos por venir.

Pedro Granados, 2026

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EL HUAYNO Y LA “TECNOLOGÍA TRÍLCICA”

Cuzco, Perú – 16 de abril de 2016: Bailarines y espectadores en un festival de danza tradicional en la Plaza de Armas de Cuzco, Perú.

De cierta manera, de Trilce parte una nueva época del huayno; tal como intuyó Walter Benjamin para el arte en la era de su reproductibilidad técnica, aquí la tecnología rehace el arte atávico sin privarlo de su aura.

Plantear que de Trilce nace una nueva etapa de la música y la lírica andinas no implica entender la vanguardia de César Vallejo como un experimento sintáctico occidentalizante, sino como la reevaluación técnica de la materia telúrica. Mientras Benjamin advertía que la técnica moderna tiende a desactivar el aura —el aquí y ahora de lo sagrado—, en la matriz vallejiana ocurre lo inverso: la síncopa, los quiebres ortográficos, los números y el montaje no destruyen el aura, sino que la liberan de la estampa folclórica y la restituyen como una fuerza viva e inmanente.

Antes de 1922, el huayno corría el riesgo de quedar atrapado en el cuadro de costumbres o el lamento pastoral. Vallejo no pretendió «modernizarlo» con adornos cosmopolitas; somete la estructura misma del poema a un proceso de desarticulación que funciona como una nueva tecnología del afecto. El aura en Vallejo no reside en la distancia intocable del templo o el museo, sino en el peso de la materia: los huesos, el concho de la chicha, la quena o la guitarra rasgueada hasta el límite de la cuerda. Trilce anticipó así la transformación del sonido andino al chocar con el disco, la radio, la amplificación eléctrica y la masa migrante. El huayno post-Trilce es ese canto que puede sonar en un altavoz de mercado o en una cinta magnetofónica: la máquina le da velocidad cinemática, pero la densidad del dolor y el goce del ritmo permanecen intactos.

Este canto queda, además, liberado del peaje de ser ejecutado en una lengua nativa. Mis padres, bilingües en quechua y español, cantaban cada cinco o seis años desgarradores yaravíes en quechua hasta la anagnórisis. Mi infancia no memorizó una gramática; absorbió la tesitura, la densidad del desgarro y la sobria gravedad del afecto andino. Por eso, en mis mejores poemas me sitúo en esas coordenadas y escribo con esa misma frecuencia sin saber el idioma quechua y, me atrevería a decir, sin necesitarlo.

Escribo desde mi «bastardía» lingüística. Reivindicar esta postura es el acto de mayor fidelidad a la lección de Vallejo, quien no escribió Trilce desde un quechua purificado ni desde un castellano académico aséptico, sino desde la herida y la tensión de un castellano masticado por el pulso subterráneo de los Andes. La bastardía desmonta la aduana del neoindigenismo purista y la esterilidad del culteranismo de pizarra. La energía del idioma paterno no se transmite por el diccionario, sino por la resonancia del afecto en el cuerpo.

Por eso la conexión con Inkarrí es inmanente. El mito del rey decapitado que junta sus miembros bajo la tierra no exige una credencial lingüística para manifestarse: es una lógica de reconstitución y simetría. Al escribir desde mi tesitura bastarda no estoy «traduciendo» a Inkarrí, sino encarnando su movimiento en el barro del castellano. El mito irrumpe por su propia soberanía, demostrando que la poesía sigue siendo el canto que sabe vibrar en el engranaje de la máquina sin perder la gravedad de la tierra.

Pedro Granados, 2026

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LOS POETAS HIPORREALES Y LA ADUANA NEOINDIGENISTA

César Vallejo, ni hiporreal ni neoindigenista (ni mallarmeano)

A primera vista, el poeta hiporreal —aquel que reduce la poesía a un inventario sociológico, a la anécdota urbana o al registro fotográfico de consumo inmediato— y el poeta neoindigenista o purista de las lenguas nativas parecen habitar orillas opuestas. El primero presume de un pragmatismo secularizado que nombra la mercancía, la pancarta o el dato cotidiano; el segundo se ostenta como el guardián de una reserva moral, ritual o lingüística descontaminada. Sin embargo, en el mapa de la poesía contemporánea, ambas figuras terminan abrazándose en el mismo punto de ceguera: la incapacidad radical para habitar el mito como una fuerza inmanente, viva, impura y en conflicto. Ambos operan desde un mismo achatamiento que reemplaza la densidad material de la palabra por una representación aséptica, tranquilizadora y perfectamente empaquetada para el consumo letrado.

Esta alianza involuntaria se sostiene sobre la neutralización del mito. Mientras el poeta hiporreal mira el mito con condescendencia y lo cataloga como «folklore», «color local» o un anacronismo inservible para el reporte de lo real, el neoindigenista purista le hace un favor idéntico pero en sentido inverso: lo sacraliza congelándolo en la vitrina del museo. En lugar de encarnar la fuerza telúrica y la violencia del mito en el presente del cuerpo que sufre, trabaja y migra, el purismo lo convierte en una estampa identitaria, un souvenir pastoral o una reliquia descontaminada del devenir histórico. En ambos casos, el mito es despojado de su soberanía e inmanencia. Para el hiporrealismo es una nota al pie; para el neoindigenismo, una credencial de pureza. Ninguno de los dos se atreve a tocar la masa hirviente de la historia porque ambos le temen al fango, al «concho» y a la fricción barroca que transubstancia la materia verbal.

Tanto el poeta hiporreal como el neoindigenista purista son trágicamente funcionales al mercado cultural y a la aduana académica. Le ofrecen a la institución letrada productos con etiqueta limpia y clasificable: o bien la «denuncia sociológica de superficie» o bien la «reserva autóctona inofensiva». Ambas tendencias eluden la lección fundamental del Pensamiento Simétrico y de la vanguardia vallejiana: que la poesía no se valida por la exhibición de expedientes urbanos ni por la preservación de pedestales folclóricos. El verdadero archivo de la historia no es el papel oficial ni la vitrina etnocráfica, sino los huesos y la memoria atávica encarnadas en el lenguaje. Frente a esta doble desmaterialización —la de la anécdota plana y la de la pureza arcaica—, la poesía de verdad sigue siendo aquella que golpea el caleidoscopio de cartón (legado de mi hermano Germán), rasga la superficie aséptica de la época y permite que el mito irrumpa como una fuerza autónoma, impura y soberana, devolviendo al signo su peso de presencia viva, la gravedad de su propia estructura y la soberanía inmanente del mito. P.G.

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EL HILO INVISIBLE: DE «EL CUARTO MUNDO» AL PREMIO JOSÉ DONOSO 2026

El fallo del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026, presidido por Diamela Eltit y otorgado a Mario Montalbetti, no es un hecho fortuito ni una mera coincidencia de agenda institucional; es la consagración de una estricta coherencia estética e ideológica que lleva décadas articulándose desde la maquinaria crítica trasandina. Al revisar mi ensayo sobre El cuarto mundo (1988) a la luz de este dictamen, la filiación salta a la vista: lo que Eltit percibió, reconoció y premió en Montalbetti es el triunfo del significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.

En El cuarto mundo, Eltit ensayaba una subversión de la taxonomía patriarcal a través de una inmersión claustrofóbica, corporal y placentaria. Aquella promesa de una «obra sudaca terrible y molesta» se sostenía todavía en la fricción de la carne, el frote incestuoso y la «combinatoria de afinidad de desperdicios y excedentes evacuados por el desamparo del mundo». Si bien operaba en el límite de la legibilidad, la novela mantenía un ancla irreductible con la biología, la marginalidad y el residuo social.

Sin embargo, a lo largo de las últimas cuatro décadas, esa matriz teórico-creativa fue sufriendo un proceso de depuración e higienización. La experiencia del cuerpo doliente y la perversión del sentido cedieron terreno ante la fascinación por la técnica de la elisión, la tautología escolarizada y el repliegue abstracto sobre las imposibilidades del decir. Lo que Eltit legitima hoy en la poesía de Montalbetti es, precisamente, la perfecta ejecución de esa tecnología del vaciamiento: la consolidación de un culteranismo de aula que sustituye la densidad histórica, el aluvión popular y la herida corporal por un desplazamiento incesante de términos donde el lenguaje se celebra a sí mismo como una farsa incapaz de rozar la realidad.

El fallo del Premio José Donoso funciona así como una ilustración modélica de la geopolítica cultural en la región. La institucionalidad letrada chilena —con sus jurados, sus fondos de distribución y su prestigio académico— consagra en el Perú no a las poéticas del «concho», del «hueso» o de la inmanencia popular, sino a su propia réplica aséptica. El discurso que en los años 80 pretendía disputarle la objetividad al poder termina reconvertido en el protocolo oficial de validación regional: la confirmación de que, para el canon hegemónico, la única poesía «iluminada» es aquella que ha aprendido a extirparle al verso la materia viva, la memoria colectiva y los tentáculos del deseo.

Pedro Granados, 2026

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DEL POEMA CAPCIOSO AL POEMA ENCARNADO

En su célebre manifiesto La acción subversiva de la poesía, Aldo Pellegrini sentenciaba con vigor surrealista que «en el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos», concluyendo con André Breton que la aprobación del público debe rehuirse por encima de todo para no convertirse en un «león domesticado». Sin embargo, vista hoy en perspectiva, esa dicotomía tajante entre popularidad y subversión peca de un purismo idealista. Al aislar al poeta en un altar de marginación pura, termina por castrar su rol político-estético sobre el tejido social. Si la poesía no circula, si no toca cuerpos ni resuena en la plaza, en la barra de un bar o en la pantalla, se reduce a un ejercicio solipsista. Un poema inaudible no subvierte nada. La clave no está en esconderse del mundo, sino en la posición desde la cual se ocupa la esfera pública: no para halagar la asepsia del establishment, sino para intervenir la realidad con la materia cruda de una voz situada.

Este problema atañe directamente a la madurez de la escritura. Es necesario dar el salto decisivo del poema capcioso al poema encarnado. Mientras un autor permanece en lo primero, se encuentra aún aprendiendo, ensayando o copiando modelos prestados. El poema capcioso opera como un mecanismo cerrado, una demostración de destreza retórica o una trampa de gabinete donde los instrumentos —la métrica, la pirotecnia verbal o la jerga teórica de moda— se repliegan sobre sí mismos en el vacío. Los instrumentos no se inventaron para jugar entre sí, sino para hallar finalmente una sustancia real en la cual aplicarse.

El poema encarnado marca, por el contrario, la verdadera mayoría de edad para un autor e, idealmente, para toda una cuenca cultural. Ocurre cuando la herramienta deja de contemplarse al espejo y golpea sobre la materia viva: el cuerpo, el territorio, la herida, el deseo o la fricción del habla cotidiana. Se pasa, en suma, de lo general a lo particular; o, como bien señalaba Luis Cernuda, se pasa de la «literatura» a la «poesía». Mientras la literatura acumula moldes, formas abstractas y pretensiones de época, la poesía irrumpe en la singularidad irreductible de la experiencia humana. No teoriza la orfandad en abstracto, sino que la encarna en el calor de un caldo, en la mirada de una mujer tras la barra o en la luz enraizada de una palabra. Alcanzar esta encarnación implica dejar atrás la pirotecnia inofensiva para asumir el poema como una epistemología viva, capaz de reconstruirnos y sostenerse de pie en mitad de la intemperie.  P.G.

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EL SENO DE MONTALBETTI: LA CLAUSURA DEL SIGNO Y LA POLITIZACIÓN DE GABINETE

La declaración de Mario Montalbetti —«El poema no miente porque arma sus propias normas, una lógica en el seno del lenguaje, no de lo real»— condensa con precisión quirúrgica el proyecto de la escolástica lingüística y expone la fisura insalvable que la separa de una poética situada, territorial y encarnada.

En primer lugar, al decretar que la lógica del poema pertenece al «seno del lenguaje» y no a lo real, Montalbetti sanciona la clausura autonómica del signo. La poesía deja de ser un acontecimiento de la carne, un contacto visceral con el barro, la orfandad o la tierra, para convertirse en una ingeniería de reglas internas: un laboratorio higiénico donde las palabras solo conversan con otras palabras. Es la fe mallarmeana en su versión contemporánea más depurada, donde el mundo físico queda suspendido e inmunizado al otro lado de la página.

En segundo lugar, al equiparar la crisis de la representación lingüística con la imposibilidad de la representación política, esta postura ejecuta un movimiento desmovilizador. Al asumir que el lenguaje es incapaz de nombrar lo real, la experiencia del territorio y del cuerpo queda despojada de toda potencia testimonial o transformadora; cualquier intento de articulación situada se tacha de ingenuidad o de ilusión retórica. La resistencia que propone esta vertiente es de carácter estrictamente semiótico: la destrucción del poder no ocurre en el conflicto social ni en la masa crítica de la historia, sino en el sabotaje formal del sentido dentro del texto.

En última instancia, esta cita confirma el diagnóstico central sobre la institución literaria peruana. Montalbetti ofrece una política de gabinete: una insurgencia «limpia» y metalingüística que no arriesga la piel ni se mancha las manos. Frente a esta poética del encierro gramatical, la lección vallejiana y el pensamiento simétrico recuerdan que la palabra no se agota en la especulación de sus propias normas, sino en la fuerza inmanente con que se sostiene, contra la pared y sin amparo, únicamente con los dientes. P.G

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EL ETERNO RETORNO AL DEBATE VALLEJO / MALLARMÉ

A la larga, haciendo una epojé de los accidentes y matices coyunturales, la fractura de la institución literaria peruana y continental nos devuelve al núcleo de una disputa inconclusa e inacabable: la tensión entre el modelo Mallarmé y la lección radical de César Vallejo. Un debate que expone la resistencia de autores, críticos y academias a entregarse sin reservas a la poesía, prefiriendo la trinchera del «control» antropocéntrico.

Por un lado, la estirpe de Mallarmé, concibe la página como un templo o un laboratorio de asepsia. Es la fe en el libro absoluto, en el juego de las ausencias, en la falla del signo o en la ingeniería de los tropos. En esta orilla, el poeta se atrinchera en la soberanía de la mente: controla el dispositivo, administra el tropo, teoriza la carencia y mantiene una distancia higiénica con el mundo. Es la poesía como especulación de gabinete, donde el lenguaje habla sobre el lenguaje sin mancharse las manos.

Por el otro lado, la lección de Vallejo representa la quiebra absoluta de esa ilusión de control. En Vallejo, la palabra no flota en la nada mallarmeana ni se agota en la taxonomía retórica; se encarna en el hueso, en el hambre, en el barro, en la orfandad y en el territorio. Entregarse a la poesía desde esta orilla implica renunciar a la seguridad del «creador antropocéntrico» para someterse a la fuerza del cuerpo y de la materia: mascar el monte, sentir la osamenta y asumir que la lengua materna es un tajo vivo que no se deja empaquetar por el canon.

La preferencia de la institución literaria por la vertiente mallarmeana no es casual: es una coartada de clase y de poder. Entregarse a la poética vallejiana exige desnudarse, perder la pose del intelectual «comprobadamente ocupado» y aceptar la disolución del ego en la materia inmanente. Al no poder —o pudiendo, no querer— asumir ese riesgo, autores, periodistas y académicos prefieren quedarse del lado de la norma y el fetiche, reafirmando una y otra vez la vieja muralla colonial que protege al salón de la vida que cruje fuera de sus fronteras. P.G.

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EL PREMIO DONOSO Y LAS DOS RIVAS DE LA POESÍA PERUANA

El reciente otorgamiento del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026 al poeta y lingüista Mario Montalbetti marca un hito indudable de visibilidad para las letras peruanas, al tiempo que abre un campo de debate crítico ineludible sobre la hegemonía y la dirección de la poesía continental.

Por un lado, el fallo del jurado internacional —celebrado en el marco de los 25 años del galardón otorgado por la Universidad de Talca— convalida una trayectoria volcada de manera implacable a la indagación de los límites del signo y la gramática formal. Desde Perro Negro (1978) hasta sus intervenciones críticas y ensayísticas más recientes, la propuesta de Montalbetti ha convertido al lenguaje en un territorio de auscultación lingüística y laboratorio metapoético, dialogando fluidamente con la teoría de la disyunción y los marcos del conceptualismo occidental.

Sin embargo, contemplado desde la trinchera de una poética situada, del pensamiento simétrico y de la herencia vallejiana, este reconocimiento vuelve a poner en evidencia la distancia que separa a dos modos de entender el hecho poético. Mientras que la perspectiva formalista tiende a concentrar su atención en la falla del lenguaje como un problema eminentemente semiótico o conceptual, la poética del cuerpo —aquella que se afianza en el barro, la orfandad, el territorio y la lengua materna encarnada— entiende que el quiebre de la palabra no es un mero dilema formal, sino una herida social y existencial que se sostiene única y visceralmente con los dientes.

El Premio Donoso celebra la incontestable maestría técnica de Montalbetti dentro de los circuitos académicos de la región. Al mismo tiempo, reafirma la preferencia histórica de las instituciones por poéticas “limpias” o metalingüísticas que no desacomodan la jerarquía del canon ni cuestionan la división internacional del trabajo intelectual, dejando intacto el abismo que separa a la poesía concebida como especulación sobre el sentido de aquella que se vive como un tajo inmanente en la carne de la realidad.

Pedro Granados, 2026

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