Archivo por meses: Junio 2017

Convocatoria del XLII CONGRESO IILI 2018 Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá

ENCUENTRO DE BOGOTÁ: INTERSECCIONES, DESACUERDOS, PERTENENCIAS

Siguientes áreas temáticas y campos de estudio:

.Lecturas de la literatura latinoamericana desde el siglo XXI: de la Colonia a la Modernidad

.La literatura y sus límites.Discusiones sobre la definición y el valor de lo literario en los siglos XX y XXI

.Literatura y mercado. Ficciones económicas. Políticas de la edición y la traducción

.Nuevas estéticas latinoamericanas. Escritores y artistas de las dos últimas décadas

.Literaturas somáticas y corporales: perspectivas de género y sexualidades

.Transoceánicas: crítica y literaturas hispanófonas y lusófonas de África y Asia

.Expresiones indígenas y afrodescendientes en América Latina: diferencias, convergencias e influencias

.Literatura latina en los Estados Unidos: herencias y deslindes, localizaciones y desplazamientos

.Las Antillas: las tramas de las diásporas y sus historias interpretadas

.Escrituras de la intimidad: diarios, testimonios, crónicas y formas de autoficción

.Figuraciones del ayer: tensiones entre la memoria, la historia y sus prótesis archivísticas

.Crisis de lo común y precariedad de lo público: lugares de la ciudadanía y de la comunidad .

Nuevos modos de pertenencia: (des)territoriedades físicas y culturales

.Sistemas de inscripción: literatura (y nuevas)tecnologías

.Registros del sensorio: visualidad, sonoridad y otros espacios de lapercepción

.Intercambios y negociaciones: interculturalidad, contactos, fronteras, exilios

.Autobiografía de los objetos:materialidades, inmaterialidades

.Singularidades y formas de existencia: pensar lo humano, lo inhumano y lo animal

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Átomos observando átomos: Poesía de Edgar Artaud

“Somos contos contando contos, nada” (Fernando Pessoa)

“Átomos observando átomos”, podría titularse este papelito sobre la poesía de Edgar Artaud… Persona, de por sí inventada, con mucho mayor proyección que los puntos seguidos precedentes.  Gesto extraordinario en la poesía hispanoamericana (la española y la chicana y la escrita en portunhol selvagem, incluidas) de juego de espejos paralelos.  Pero que no sólo reflejan, sino también refractan: penetran cual un cuchillo sobre nuestra pulida y resbalosa piel.  Es decir, Edgar no es sólo una máscara, una mancha expandida ya sobre una millonésima porción de la ubicua Internet; esto es lo de menos.  Una poesía divertida o entretenida, he escuchado decir por ahí.  Lo de más, queda librado a la varilla con que nos toca a cada uno para volvernos, incluido nuestro fuero más sagrado o más interno, puro átomos.  Acto de magia –acaso también de terror para algunos demasiado prendidos a sus propiedades, a su patrimonio– a través de explicaciones científicas.  Todo un naturalista posmoderno, pero cuyo resabio truculento queda aplacado por el cauterio suave del humor (“Marte es para poetas”). Una lluvia de fuego que llevaría al  héroe de Lugones a resucitar en átomos y ponerse al lado nuestro: otro aliento de estrellas u otra productiva jornada más de microbios extra-resistentes.  Esto le faltó a Leopoldo Lugones, pero esto mismo le sobra a Artaud Jarry; el que incluso, en su versión de Edgar Altamirano, es un hombre de ciencias  con mucho mayor crédito.  Y en tanto poeta, y en medio de la aparente ligereza retórica en sus textos,  esta última, más bien, elaborada con un refinamiento sin par (“La tierra es plana”); despliegue de velas semejante al del peruano Luis Hernández Camarero en su “novela kitsch”, Una impecable soledad.    Sutileza, sofisticación instrumental u oído –obvio, no sólo esto– que lo perfila un ser extraño ante los infrarrealistas los cuales, de manera usual,  y un tanto también al modo de los surrealistas, confiaban en un solo golpe de suerte o hallazgo metafórico para intentar ganar por nocaut el poema. Nada de esta cortedad de registros en Edgar Artaud Jarry, aunque insista –por empatía con el grupo o por sana modestia de su arte– en también apellidarse Papasquiaro o Méndez o acaso incluso Granados.  Extraterrestre ante los infrarrealistas y paisano de los contemporáneos en la poesía de México; nuestro poeta ha sabido elevar la azotea de su casa en   Chilpancingo –en complicidad con la inolvidable “esposa” de sus versos–  en común mirador de todos.  Un elevado donde leve sopla el viento y esparce y  conjuga todos nuestros átomos.

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César Vallejo ante la crítica en el siglo XXI: Fichas para una reseña

Rosas Martínez, Alfredo (coordinador)

2016    En la costa aún sin mar.  César Vallejo ante la crítica en el siglo XXI.  México: UAEM.

En general, destacamos de entre esta colección de artículos: “La mitad constituida por trabajos de autores mexicanos; la otra, por autores de Perú” (p. 11), aquello que se vincula directamente con nuestro propio trabajo.  Por lo tanto, más es una forma de refrescarnos la cabeza o de volver a apretar algunos cabos entre un volumen destinado al especialista; aunque no menos a un público más amplio –es de suponer, fundamentalmente mexicano– que acaso recién se entera de Vallejo.  Muy en particular, el cabo cultural o multinaturalista –mejor, si no es evidente– que atraviesa, reclama o va levantando su propia curaduría con la obra del peruano.  De este modo, el ensayo de Francisco Xavier Solé Zapatero es uno con el que probablemente guardamos mayor afinidad; obvio, texto en debate con uno de coordenadas estéticas, epistémicas e ideológicas distintas, y firmado aquí por Ricardo Silva Santisteban.  Luego, compartimos con Miguel Ángel Humán lo de la catadura performática y/o teatral de los poemas del “cholo”; está por salir este mismo año (2017), editado por la Associação Brasileira de Hispanistas (ABH), “Trilce/Teatro: guión, personajes y público” y aquí se refrendan también [antes en nuestro artículo “Trilce: muletilla del canto y adorno del baile de jarana” (2007) y en nuestro libro Trilce: húmeros para bailar (2014)], en un sentido amplio,  aquellas ideas. Asimismo, coincidimos también con Huamán en aquello de la relevancia extraordinaria de la metonimia en toda esta poesía; metonimia, asimismo, en tanto estado de identificación del sujeto poético con una ecología  o “mito inscrito en el paisaje”.

Del ensayo de  Luis Quintana Tejera hemos seleccionado varios breves pasajes.  Pertinentes y sugestivos aquellos donde dialoga con Pablo Guevara; pero que no trascienden a André Coyné u otros plañideros críticos, los restantes.  Es decir, lo hemos seleccionado, en lo fundamental, como un caso de lugar común de la crítica que debemos urgentemente renovar y trascender.

Por último, respecto al valioso ensayo de Alfredo Rosas Martínez: “Algunos críticos han destacado dicha importancia en relación con el número 3: Neale-Silva (1975), Guillermo Sucre (1985); con los números 0 y 8: Pedro Granados (2004), por mencionar algunos” (p. 21).  Sólo puntualizar que el “8” (ocho) no sólo es un número tabú o, al menos, encriptado por auténtica modestia –ya que icónicamente representa la continuidad del “0” o lo solar, incluso durante el crepúsculo– en Trilce; sino que asimismo representa contacto, cualquiera que este sea, y que deberíamos interpolar o reproducir también en la vida o convivencia cotidianas.  No nos encontramos con la epifanía del “8” leyendo a Pitágoras ni, menos, a través de Neale-Silva; pero sí enamorándonos y contemplando activamente el paisaje de nuestro entorno.

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Un mango sinuano/ RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ PACHECO

Alegra saber que alguien se acuerda de Raúl Gómez Jattin.

Lo digo, porque de vez en cuando imagino que el poeta sinuano y cartagenero hizo todo lo posible para que lo desterraran de  la memoria. Y al mismo tiempo alcanzaba cotas de genialidad como para que se siguiera hablando de él en todas las posteridades.

Cuando se empeñaba en que lo olvidaran, se le daba por caminar semidesnudo por las calles de Cartagena, sucio y en evidente indefensión ante los alucinógenos.
Pero cuando se le daba por convertirse en inmortal, escribía portentos de poesía como “Los hijos del tiempo” y “Amanecer en el valle del Sinú”. Solía armarse con la hondura de su voz para interpretarse a sí mismo en los salones a media luz de Bogotá o de la Calle del Arsenal, donde el silencio del público era la mayor prueba de admiración que podía prodigársele a sus criaturas literarias.

Cuando se le daba por hacer que lo olvidaran, se presentaba al Festival de Poesía de Medellín cargando en el bolsillo papeles arrugados donde estaban sus más recientes poemas, pero se extraviaba en divagaciones sobre el hospital para locos donde pasó una temporada alejado del asfalto y de los químicos baratos que le quemaban la sangre.

Pero cuando resolvía que su existencia no era para que se perdiera en algunas líneas de la prensa cultural, lograba que el poeta Pedro Granados viniera expresamente de Providence a sentenciar que Raúl era el único poeta exportable de Colombia, una afirmación que siempre me sonó temeraria y absolutista, pero que hasta el mismo Gómez Jattin compartía: “soy el mejor, aunque sean otros los que salgan en la televisión”.

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[Apenas unas yemas sobre el papel]

A Edgar Altamirano

Apenas unas yemas sobre el papel

La pantalla de la computadora

Una luz delante como un aura

El aura misma

Tu madre misma

La inmortalidad

El amor

La más terrible belleza

No hay otra

Y esto no es lo de menos

Cuando veas por la escotilla de la nave

La nube errante la isla errante

La tierra pequeña y desnuda

El mismo brillo de aquella entrañable presencia

Le escribo al insecto

Y al hocico de mi perro

Y al amigo

Y al que ahora mismo está solo

Y en un sitio remoto

Entre pantallas brillantes

Entre auras entre bellas

Entre madres entre verdades

Escribo al mono

Al que conmigo va

A  mi recién nacida estrella

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César Vallejo: Mediador multinaturalista (Testimonio)

Comprobamos en la UFAC (Acre, Rio Branco, Brasil), y de modo fehaciente, que César Vallejo no es sólo un gran poeta; sino también –por cierto, no únicamente entre los Andes y la Amazonía–  un extraordinario mediador conceptual.  Sobre todo cuando propusimos poner en paralelo, en el aula, nuestras lecturas autobiográficas o auto-ficcionales de “Borges y yo” (El hacedor, 1960) y “Huaco” (Los heraldos negros, 1918).  A través de este ensayo fue patente ver cómo tenemos en la poesía del peruano una alternativa al “giro lingüístico” que representa la obra de Jorge Luis Borges.  Por lo tanto, percibir cómo del humanismo (autobiografía en tanto “autenticidad”, susceptible de evaluarse por la historia, psicología, sociología, etc.), pasamos al concepto de autobiografía como “escritura” (personificación o prosopopeya). Y de aquí al posthumanismo o mejor cabría denominar multinaturalismo o “giro ontológico” –que no tiene ya más al hombre como centro, sino que junta cultura y naturaleza– el cual ilustra, repetimos, sobremanera la obra de César Vallejo.  Tercera vía –respecto al humanismo y al “antihumanismo”– la advertida ya por los estudiosos brasileños Tânia Stolze Lima y, de modo acaso más sostenido, Eduardo Viveiros de Castro desde 1996.  En este sentido, no dudamos que en los próximos años –aunque para bien, porque se va en busca del  sentido— se configure todo un fenómeno epistémico global; algo semejante a un “Ayahuasca Vallejo”.  Que esto último no constituya depredación y poesía.  Que queden algunos réditos por aquí y que aquello no se patente –en exclusiva– en el primer mundo, depende únicamente de nosotros.

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