LA POESÍA PERUANA EN EL SIGLO XX – Cuestionario de Floriano Martins

1. El lugar que ocupa la poesía en la realidad ¿es todavía una preocupación pertinente? ¿O sugieres un tema más afortunado para empezar nuestra conversación?

El lugar que ocupa la poesía es mayor al que canoniza la crítica; aquél es cada vez un lugar más arbitrario e individual, a tono quizá con las horas que pasamos cada día solitarios en la internet, que poco tiene que ver con antologías o concurridos festivales u homenajes y efemérides. A la homogeneización militante (tipo Alfaguara) se contraponen, felizmente, las lógicas de lo diferente. La amnesia o el autismo de mi lectura no precisan la consagración de lo público. La nostalgia es patética; la denuncia, sospechosa de auto beneficio y discriminación; el culto a la forma, un rodillo ya gastado de caracteres barrocos. Lo único que queda clarísimo es que el hecho de que puedan existir extraordinarios poetas –sobre todo en las zonas de nuestro continente marginadas o pobres– es básicamente asunto de una decisión política. Es decir, no hacer que los mejores poetas entre nosotros vayan a hacer algún tipo de taller allí y sean inmediata, o en muy poco tiempo, ampliamente superados por sus propios talleristas. Pero no, nuestra educación está hecha de autoritarismo secularmente enraizado y una casi absoluta falta de interés e imaginación por descubrir –con alegría– por nosotros mismos las cosas. Los yuppies se han puesto a escribir poesía. Ni siquiera este capital apenas simbólico es respetado ya por el capitalismo.

2. El lugar que ocupas en la realidad de la tradición lírica peruana ¿interfiere de algún modo con tu visión crítica de esa tradición?

Soy el pequeño ogro verde de la poesía peruana. Y esto porque me he sentido siempre a mi aire entre la atmósfera enrarecida de cualquier presente. Soy un poeta póstumo desde el comienzo. Ni de izquierda ni de derecha ni de centro; sin embargo, a mi obra poética reunida la he intitulado Al filo del reglamento porque, a fin de cuentas, permanezco dentro del campo de juego con un botín y, con el otro, piso la línea de cal del gramado. Aunque sapiens sapiens, habito entre los árboles y aún parece no he bajado a tierra.

3. ¿Qué tipo de diálogo espera establecer la poesía con el mundo a través de Pedro Granados?

Javier Sologuren nos decía que en un poeta habita siempre un hombre muy antiguo. Dar testimonio de esto que está antes de cualquier iglesia y partido y distinción de algún académico o rey de España. Antes de ser peruano o boliviano o de ese territorio (Latinoamérica) que, en un poema, decía Luis Hernández Camarero alguna vez también estuvo allí.

4. ¿Hay en el Perú una crítica de poesía que pueda considerarse verdaderamente influyente en las diversas manifestaciones de su tradición lírica? Y si la hay, ¿qué diálogo puede establecer la poesía con la crítica, de modo de enriquecerse a partir de allí?

En mi ensayo “Los poetas vivos y más vivos del Perú (también de otras latitudes)” y en mi antología para Arquitrave, ”Contra el cinismo: poesía peruana reciente” (2007), he tratado ya de responder esta pregunta. Por supuesto que, aunque sea de gacetilla, existe crítica de poesía en el Perú; reflejo de ésta es su poesía. Lo más recomendable sería olvidar que existe Antonio Cisneros; es decir, no comenzar nuestra historia poética reciente aquí y rescatar, más bien, a otros poetas del 60 (Heraud y Hernández, sobre todo) y, por supuesto, a los de la generación del 30 presididos por Trilce, nuestro verdadero libro universal.

5. ¿De qué manera tu poesía está marcada por el ancestro incaico que define las raíces de la cultura peruana? ¿Cuáles son, en la poesía peruana, las relaciones de ganancia y perjuicio entre tradición y ruptura con referencia al tema incaico?

Yo soy una traducción a la costa de lo andino; es decir, mi madre y mi padre, bilingues del quechua/ español, me procrearon en Lima. Yo, a su vez, en mis textos más logrados no escribo en español standard. Tal como hacía mi madre en la iglesia, para los tonos más altos no me sirve el español urbano; grito —blasfemo y celebro– en runa simi. Este creo, sin ser fundamentalista de lo andino o del quechua, es el ingrediente secreto de mi poesía: aparentemente citadina o cosmopolita. No soy un peruano, ni mental ni físicamente, de utilería; no creo en las divisiones étnicas ni del trabajo a la hora de pensar, pero simpatizo con la clase popular del orbe todo y, en particular, con las mujeres de esta clase.

6. La falta de relación estrecha –de sensibilidad y de mercado– entre las literaturas brasileña y peruana a lo largo de la historia, ¿está marcada por algún aspecto en particular que podamos tratar aquí?

Lo podemos tratar aquí, pero temo sería a la larga superficial y acaso políticamente correcto. Si se trata de compartir los cánones de una y otra parte del continente, fuera; pero la gente está metida anónimamente en la poesía más de lo que uno cree. Poesía a través de la música, del baile, del sentido del humor necesario para sobrevivir a la dura vida cotidiana en nuestros países. Temo que cambiemos mocos por babas. Aún peor, de que el Estado se meta en la literatura –como en México– y, salvo gloriosas excepciones (Deniz), escribir sea un refrito de alguien siempre adicto al régimen como lo fue Octavio Paz. Cuando los mexicanos pongan de lado esta automática y excesiva cortesía (Julio Trujillo dixit?) su poesía será, sin duda, deslumbrante. Todavía está por poetizarse la megalópolis de México D.F. y esto no se va a lograr con ningún romanticismo de corte más o menos didáctico. El Brasil está en el Perú desde hace mucho tiempo, desde la llegada del contingente africano durante la colonia por lo menos. Percibir esta realidad es otra de las tareas pendientes; ahora mismo trato de rescatar este componente afro, por ejemplo, en la poesía de Vallejo. Rescatar al autor de Trilce de su confinamiento al mundo andino. Vallejo fue un viajero impenitente y extranjero en su propio país; pero ávido de hacer amigos y, sobre todo, amigas; abierto y poroso siempre (en Trujilo, en Lima, en París). Me lo imagino, como el proletario sin barrio que fue durante sus más de cuatro años de residencia en la capital del Perú, espiando el callejón, muriéndose de ganas de bailar la marinera con aquella mulata bien sabrosa. Trilce es el poemario, en medio de las necesidades, de un henchido de gracia. Trilce viene de ¡Trila!, término de resbalosa en una marinera limeña que, tal como el poemario de 1922, es inconcebible sin el elemento brasileño o caribeño gravitando en las nalgas, en los pañuelos blancos y en el requiebro necesario para invertir, desde la celebración, las inevitables humillaciones de la vida. Soy negro yo mismo, jugado en los barrios más populosos de la República Dominicana (Canta la Rana, Boca Chica, El Gualey) y acogido como si aquí me hubieran criado. Los compartimentos estancos, entonces, se complejizan o, por lo menos, productivamente se complican; soy indio y negro y blanco por cultura o color de piel y chino porque gusto mucho de aquella comida.

7. ¿Cómo le sería posible a un poeta contribuir a la reducción del abismo arriba mencionado?

No tengo idea; pero sí poemas.

Puntuación: 4.95 / Votos: 176

Comentarios

  1. granadospj Autor escribió:

    Me reafirmo en estas respuestas de barco de vela y timonel ebrio. Reafirmo que la poesía existe y me ha amado, cómo no. Que los latinistas la están cagando. Que los que no saben lo que es el significado, lo mismo. Que los yuppies y evadidos de esta jugosa y cruel realidad, también. Que las jebas que escriben poesía con los pulgares deben ser arrestadas por libidinosas. Que mi corazón ha dado bote hasta tu patio y te ha hallado envuelto en otra cosa. Que acabas de llorar, de lejos lo he sentido. Que no toleras, que revientas, que estás podrido. Que la poesía sabe todo eso y, a escondidas, te aprieta la mano. En el invierno te abre sus pestañas de alas. Que en el verano impío se mete fresca y de golpe por tu esófago. Que has contado hasta tres y ella ya está en siete, en dieciocho y conoce la carrera y el camino. Y que le has sido fiel. Como la criatura que ahora mismo vuelves a ser. Puro ojos inmensos entre los invisibles barrotes de tu barrio.

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