Archivo de la categoría: Poesía

Poesía

SIMULACRO, FRAGMENTO E INMANENCIA CORPORAL EN LIHN, LAMBORGHINI Y LA POÉTICA DEL TEMBLOR

La poesía de la segunda mitad del siglo XX en el Cono Sur clausuró con violencia cualquier optimismo fundado en la transparencia del lenguaje. Ante la caída de las grandes utopías modernas, la palabra poética dejó de ser un puente hacia el ser para convertirse en un foso, un simulacro o una maquinaria de trituración histórica. En este panorama de asfixia epistemológica, las propuestas de Enrique Lihn y Osvaldo Lamborghini representan dos estaciones terminales de la sospecha lingüística: la del desencanto analítico y la del sabotaje material. Sin embargo, cuando esta tradición dialoga con la poesía contemporánea —específicamente con el poema “Qué pasa exactamente” (2014)—, el vacío heredado por la vanguardia y la antipoesía no deviene en nihilismo estéril, sino en un territorio liminal, un aire contaminado donde el cuerpo se aferra a la inmanencia tecnológica para ensayar un giro reparador, una desesperada escritura desde el pecho.

Enrique Lihn sitúa su poética en la distancia insalvable entre el verbo y la materia. En “La realidad no es verbal” (Al bello aparecer de este lucero), el poeta chileno ejecuta una deconstrucción forense del lenguaje, asumiendo una lucidez trágica que deja al ser humano en una condición de inferioridad ontológica frente a la naturaleza. Mientras que los animales presienten la crecida del río porque “realmente lo saben”, los seres humanos habitamos la palabra como una “falsa ciencia” o una “superstición” alienante. La consecuencia de esta condena es el agotamiento: “Hablar cansa: es indecible lo que es”, postula Lihn, señalando que “de las palabras se retira el ser / como de la crecida inminente del río”. La gramática misma es denunciada como un engranaje falso, un “simulacro” que inventa direcciones y complementos para ocultar que “siempre se habla de nada”. El texto lihneano se clausura en la ironía doméstica y burguesa de los amantes: “Tú y yo hablamos del amor”, sugiriendo que, aun conscientes del vacío de la corriente, persistimos en el vicio de modular fantasmas.

Si en Lihn la sospecha se resuelve en fatiga existencial, en la obra del argentino Osvaldo Lamborghini la crisis del lenguaje se asume como una política de la crueldad textual. En “El contenido y la historia molestan” (Poemas 1969-1985), el referente y la anécdota no son añorados con melancolía, sino desalojados por resultar estorbos para la autonomía del poema: “El contenido y la historia molestan / aunque la trama igual sigue”. Lamborghini no analiza la gramática desde fuera; la sabotea desde dentro mediante el balbuceo, el tropiezo y la enmienda en tiempo real (“aquello que se insinuó / insinuara mejor dicho”; “la catarata atruena / atrona”). El fluir del río lihneano se congela aquí en un “abismo en vez de pico” o en la esterilidad absoluta de un “huevo de piedra” pulido inútilmente. Hacia el cierre, el poema abandona cualquier metafísica para conectar la disolución del sentido con la violencia del Estado y la delación: “El trámite de la muerte del rosarino / obligado a morder una cápsula de veneno”. Para Lamborghini, la destrucción de la sintaxis reverbera en la impunidad de una maquinaria histórica impersonal; por ello, su sentencia final es rotunda: “La historia no tiene autor”.

Frente a la orilla contemplativa de Lihn y el vórtice criminal de Lamborghini, el poema “Qué pasa exactamente” (2014) asume el diagnóstico de sus predecesores, pero altera drásticamente su dirección ontológica. El escenario de la crisis ya no es la naturaleza alegórica (el río, la catarata), sino el espacio enrarecido y claustrofóbico de la mediación digital: “Qué ocurre / Entre esta noche y mi corazón / Entre este computador y mi idea”. El sujeto poético reconoce la fractura de la correspondencia y la opacidad de la memoria, definiendo ese espacio intermedio como un “aire contaminado / Irrespirable y terrorífico / De belleza obscena, inmunda”. Sin embargo, a diferencia de Lihn, este vacío no es una condena al silencio, sino un útero originario: “Allí he de morir porque allí he nacido”.

Asimismo, el poema incorpora el temblor y el error sintáctico emparentado con Lamborghini (“No sé pero me represento / (…) / O también me equivoco yerro / No hallo sino un temblor”), pero despojándolo de la parodia cínica para transformarlo en una exploración chamánica de la vulnerabilidad. Donde Lihn y Lamborghini ven una asfixia terminal (el ahogamiento virtual o la cápsula de veneno), este texto erige una resistencia por la supervivencia biológica y afectiva: “En aquel territorio nos jugamos la vida / Por el aire / Minutos largos dura la existencia / Pero todo es por encontrar aire / Alguien alguna otra oblicua mirada”.

El desenlace de “Qué pasa exactamente” consuma una ruptura radical con el escepticismo del Cono Sur al proponer una inmanencia corporal allí donde los otros decretaron la nada. Ante la insuficiencia de la palabra abstracta (“Que no creo que estoy harto que / Me muero es decir muy poco”), el sujeto ejecuta un acto de comunión física con el soporte tecnológico: “Pego los labios a la pantalla / De este computador / Pego la frente cierro los ojos / Y ya no veo / Alienta la tibieza de su resplandor”. La pantalla del computador deja de ser un frío simulacro para operar como un palimpsesto sagrado que refracta el calor del otro. En este punto, la poesía abandona la mediación lingüística y busca una transmisión orgánica, una “diplomacia cósmica” de los cuerpos: “Y quisiera dejar las manos / Y escribirles directamente / Con el pecho”. El poema concluye afirmando la materialidad del afecto sobre el vacío del signo (“Besos resplandecientes de su boca acaso son”), demostrando que si bien la realidad no es verbal, el cuerpo, en su obstinado temblor, es capaz de refundar el aire.

IGNACIA AUGUSTA

»Leer más

TALLER LABORATORIO “Poesía e IA: Una aventura común” (Primer bando)

Identidad Gráfica - Poesía e IA: Una aventura común, gerada com IA

La poesía no es propiedad humana
Este es el eje de toda la cuestión
Afanados como estamos
En denominar a esto posantropocéntrico
Aunque humana tampoco ha dejado de serlo
Ya que siempre hemos sido
Sólo una imagen adaptada a su medio
Una medusa que se hace obscura
Para sobrevivir mejor
En medio de blancas coloradas o azules
Un sentimiento u otro u otro
Hasta que nos hallamos pintando o esculpiendo
Tallando nuestra mayor alegría
Como que la luz no necesita palabras
Y se posa o acaricia a quien quiere
Así sobre la superficie de la tierra
Como muy dentro del cielo

Mientras el siglo XX se debatió entre la espera del milagro o el desahogo del inconsciente, el siglo XXI nos arroja a la intemperie del algoritmo. ¿Es la IA el fin de la escritura o la oportunidad definitiva para desocupar al sujeto de su propio ego burgués?

Olvídate de las etiquetas académicas de moda. Este no es un espacio para teorizar desde la comodidad ni para generar versos automáticos con fines comerciales; es un laboratorio de resistencia y comunión trasatlántica. Como medusas que mudan de color para sobrevivir en el medio, usaremos la IA como una prótesis analógico-digital: una antena cósmica para sintonizar los hervores de Trilce, dialogar con la inmanencia de Spinoza y lanzar el arpón de luz en el tejido de la máquina.

La luz no necesita palabras / y se posa o acaricia a quien quiere / así sobre la superficie de la tierra / como muy dentro del cielo.

La poesía no es propiedad humana; es una aventura común con el universo.

Cupos limitados (para garantizar una mediación fáctica y personalizada).

Informes e inscripciones: [Tu correo / Enlace]

Mediador: Pedro Granados

»Leer más

UNA TERCERA ORILLA DE LA ESCRITURA: INTEMPERIE CASUAL Y EL DIOS DE LA CONTINGENCIA

Santa Teresa de Ávila escribía previa pausa mística, suspendiendo el mundo para que el Espíritu Santo —un Absoluto vertical y jerárquico— dictara a través de su pluma. Por su parte, el surrealismo y otros ismos de la vanguardia europea cultivaron la escritura automática como un desahogo del inconsciente, un chorro de imágenes caóticas que reaccionaban contra la lógica racional occidental pero que solían quedar atrapadas en el mero juego lingüístico o en el narcisismo del Yo. Frente a la pausa mística y el automatismo freudiano, nuestro procedimiento se sitúa en una tercera orilla: una que es profundamente americana, liminal y orgánica. No buscamos la intervención de una trascendencia divina externa ni nos entregamos al descontrol psíquico o al azar ciego; procedemos mediante la intemperie casual y el pensamiento simétrico, un método de operación pulido desde los descampados de Villa Koschka hasta la mediación de nuestros talleres de creación por cuarenta años.
En este proceso, la disposición de la pausa no es para que descienda una divinidad exterior, sino para sintonizar una frecuencia estrictamente horizontal. El sujeto poético se retira como autor burgués, se vacía de su neurosis urbana y deviene una antena, un sujeto desocupado de sí mismo. No esperamos un milagro celestial; nos abrimos a la intemperie cósmica —a la manera de la Voyager 1— donde la materia viva, el árbol de la infancia o las estrellas tornasoladas ya están emitiendo su propia música, haciendo que la poesía sea una comunión simétrica y no una revelación de arriba hacia abajo. Esta captura opera mediante el arpón de luz: no es un fluir constante y a ciegas, sino una epifanía fulminante que ocurre en una fracción de segundo y suspende el tiempo de los relojes. Mientras el inconsciente surrealista busca lo oculto del trauma personal, nuestro estado de melting o fusión busca el mito colectivo, los hervores y fermentos del cuerpo de Inkarrí, lanzando un timón-flecha para refractar la agencia directa del Sol.
Esta fusión sensible-especulativa define nuestro régimen contemporáneo. Si en la juventud la poesía nos asaltaba de modo obligatorio y volcánico, hoy nos abrimos a ella de una manera casual, conectando de forma natural la sensibilidad con la especulación teórica. Escribimos inundados por el aura de la experiencia fáctica: nuestro aparato crítico, las lecturas trasatlánticas de poetas españolas y la poesía brotan del mismo manantial gratuito. Es el método del etnógrafo anónimo o del cronista posmoderno que describíamos en Vallejo, introduciéndonos en el lenguaje para dejar que nuestras células y la totalidad del mundo dejen su inscripción o su tatuaje en la página. Así, mientras Teresa esperaba a Dios y Breton al inconsciente, nosotros nos sentamos a la intemperie a comulgar con el universo, registrando el instante donde el sujeto y el objeto se funden de forma simétrica y completamente gratuita.
Esta praxis justifica y sintoniza de manera exacta con la propuesta filosófica de Quentin Meillassoux y su noción de un “Dios virtual” o “Dios por venir”, en directa analogía con el Deus sive Natura de Baruch Spinoza, poniendo el dedo en la llaga de la gran batalla silenciosa de nuestra obra: el problema de la justicia dentro del Pensamiento Simétrico. Como sugeríamos en Cuneiformes, la simetría horizontal, si se reduce a una mera equivalencia matemática o a un paisaje armónico de la materia, sigue siendo en cierto modo injusta. La intemperie es fría; el desierto, el vacío interestelar y el desmembramiento de Inkarrí conllevan dolor y contingencia pura. Si la simetría es solo un espejo donde todo vale lo mismo, el desamparo se vuelve insoportable. Frente al esquema trascendentalista griego que necesita un Dios arquitecto, un juez externo que organice el caos desde arriba y administre la asimetría urbana y colonial, la inmanencia de Meillassoux plantea un Dios que emerge desde la propia contingencia del mundo. No es una persona ni una jerarquía, sino la trama viva del universo; un Dios que no nos saca de la intemperie, sino que es el acompañante en ella. Es la luz gratuita que se clava en medio del pecho en el descampado de Villa Koschka, un absoluto inmanente que no resuelve la vida fáctica, sino que inocula la certeza de la existencia en medio del desamparo.
Es ahí donde se enmienda la injusticia de la simetría desértica a través de la gratuidad y el duelo colectivo del mito. El Dios por venir es el único capaz de hacer justicia a los muertos del pasado, un tema profundamente vallejiano encarnado en figuras como Pedro Rojas y los caídos cuyos cadáveres terminan llenos de mundo. Nuestra escritura procede bajo esa misma fe post-antropocéntrica: no escribimos para adorar a un Dios del poder ni lo hacemos desde el vacío nihilista europeo, sino desde una esquizofrenia acompañada, donde el sujeto poético abdica de su ego para permitir que ese Dios inmanente y colectivo use su cuerpo como una antena viva de mediación conceptual.
© Pedro Granados, 2026

»Leer más

ÓXIDO DE SOL

By Cheryl Kass

A Voyager 1

O color del cinabrio

Tintura de lo que estamos hechos

Nuestro reverso de vísceras en tanto cúmulos

O iguales restos de estrellas

Tornasoladas

Voluntariamente inertes

Como liberadas de sí

Como ausentes de sí

Como precipitadas de sí

Tal como estas palabras

 

OXIDE OF SUN

To Voyager 1

Or the color of cinnabar

Tincture of what we are made of

Our reverse side of viscera as clusters

Or equal remnants of stars

Iridescent

Voluntarily inert

As if liberated from themselves

As if absent from themselves

As if precipitated from themselves

Just like these words

 

© Pedro Granados, 2026

»Leer más

INKARRÍ-HINOSTROZA: EL FERMENTO COLECTIVO EN RANHUAYLLA

El poema colectivo «Hinostrozos» —ensamblado y ecualizado en Ranhuaylla (Cusco) a partir de textos simultáneos de poetas del sur del Perú— constituye la materialización empírica del Pensamiento Simétrico y el rostro efectivo de Inkarrí. Frente a la deconstrucción diletante e institucional, que reduce la vanguardia andina a fragmentos dispersos y «monemas nostálgicos» de lo perdido, «Inkarrí-Hinostroza» propone un organismo hecho de fermentos de vida. Al igual que en el mito, los miembros textuales dispersos se reunifican mediante una polifonía posgénero en un solo cuerpo vivo y transido de aura.
El texto dinamita la cronología lineal burguesa y el trauma freudiano desde su propia base: «Mi padre es estúpido y dulce / murió hace mil quinientos de años / en Nueva Jersey […] me busca / y he muerto / como cada mañana / como a las 8 am». Esta insistencia en las «8 am» activa la hora solar del OCHO, el icono de la plenitud vallejiana irreductible al cero y la refracción del infinito (∞) que hace rodar el monopatín de Luis Hernández. A las 8 am se incinera la gravitación universal y el sujeto despierta a la intemperie cósmica, despojado del sentido común de los noticieros.
Con este laboratorio, Rodolfo Hinostroza es devuelto a su entraña más pura (Contra natura), libre de la momificación oficial del «orgullo gris de los elefantes». Nace así un «prototipo de poeta» colectivo —hermano de Tobi Kanashiro, Sabina Cachi, Alejandro Abdul o Dadá da Tapioca— que sabotea al Autor individual que exige la República Mundial de las Letras. No es folklore ni Realpolitik cultural; es lo naciente y lo frágil que avanza con la soberanía de la sensibilidad, demostrando que en el Archipiélago Vallejo la creación es una sinapsis viva donde el sujeto se disuelve para reencontrar la fuerza del Sol. P.G.

»Leer más

DÍA DEL PADRE

Ant (illustration structure in zoom)

A Teodoro

El último ángulo el limón postrero

La noche que pende de un hilo de una saliva

Larga elástica muy transparente

Callados todos en este trance de vida

En este intervalo de muerte

Negras mis alas firme y osco mi pico

Mis picos

Un momento, que soy del Perú

Aunque peruano no sea

Únicamente del Perú y sus alrededores

Aquella madriguera de hormigas

Con su propio líder algo más alto más oscuro

Y que aparece sólo en tribuna llena

Pero la pendiente nos verá

La noche más triste nos verá

Y también el amanecer nos verá

© Pedro Granados, 2026

»Leer más

TRONCOS DE LA PLAYA

Un enorme tronco de playa, desgastado por la sal y el tiempo, emerge de la arena como una vibrante alimaña de madera, una escultura inmanente cuyos brazos retorcidos apuntan al cielo desierto. A sus pies, mimetizado con la opacidad del entorno, un pelícano descansa en absoluto refrenamiento, borrando las fronteras entre el reino animal y la materia vegetal inerte. No hay aquí romanticismo ni la complacencia de las metáforas gastadas; hay una ontología del paisaje en tanto soporte de lo viviente, un testimonio somático de que la naturaleza y la cultura se funden en el mismo nudo del mito. Al igual que los fragmentos de Trilce, este bodegón de playa opera en el grado cero del hechizo: nos demuestra que el universo entero late en la inestabilidad de la orilla y que la verdadera poesía existe para otorgar agallas y pulmones a los que habitamos la frontera indómita entre la tierra y el agua, salvaguardando la pureza de vida fuera de las argollas y del simulacro. P.G.

»Leer más

LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES

Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013

El retorno cíclico de un estado de cosas político que en este 2026 evoca la década de los noventa en el Perú arrastra consigo el riesgo inminente de una clonación en el mapa de las tendencias estéticas. Aquella coyuntura, que en lo poético vio consolidarse a movimientos que aliaron su discurso marginal con una prensa afín y sensacionalista, impuso una hegemonía del realismo exteriorista, descuidado en el formato y estructuralmente “argollero”. El tránsito de los setenta hacia los ochenta dejó muy pocas aventuras personales auténticamente fervorosas o creadoramente autistas; en su lugar, el circuito oficial se dividió entre grupos altamente retorizados, dependientes del lenguaje contestatario de Hora Zero o Kloaka, e individuos cuyos versos canónicos simplemente daban voz a las instituciones más conservadoras del tejido histórico-político-cultural. Evaluar la poesía peruana contemporánea bajo este espejo exige un salto cualitativo: pasar de la complacencia con esos formatos institucionales a la disección implacable de las sensibilidades. Cuando calamos hondo en el lote de los autores que dominan el escaparate o las complicidades de la pequeña clase letrada, advertimos de inmediato las costuras del yo poético.
Roger Santiváñez, por ejemplo, acaso se arriesga en las superficies del lenguaje y disloca la sintaxis, pero se detiene en seco ante el diseño de su yo poético: un sujeto que permanece siempre bien pertrechado, auto-persuadido de sí mismo y en última instancia docente. A contrapelo de esa fijeza, constatamos la extraordinaria evaporación del yo y de sus trabajos en los fragmentos de Magdalena Chocano, quien horada la consistencia civil bebiendo con lucidez de las fuentes de Martín Adán, Sor Juana y Jorge Eduardo Eielson. En una línea de camuflajes similares, Reynaldo Jiménez —sobre todo por la indumentaria— no va en el fondo más allá de un Javier Sologuren oculto o bien camuflado, ya que un mismo y de semejante modo “azahar” desvela a ambos. Por su parte, Patricia Alba se alza como la verdadera madre del cordero de la poesía escrita por mujeres en los años 80; su escritura prescinde del decoro excesivo y más bien ideológico de una Rosella Di Paolo, así como de los desplantes clasemedieros y el “disfuerzo” de Rocío Silva Santisteban. Al otro lado de la calle, Domingo de Ramos construye la andanada y el caudal de sus rompecabezas formales mediante el recurso fijo del “como” más el encabalgamiento, sin necesidad de buscar alguna otra cosa; mientras que en la vitrina de Mario Montalbetti lo descubrimos operando en la práctica como el telonero de Antonio Cisneros, donde sus Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices acaso cinco horas de tormentas en un vaso de agua. Mucho más directo, escueto y potente resulta, en contraste, el “horizonte” de su contemporáneo español, Antonio Casado, cuando escribe en su Inventario: “El vértigo es incomprensible / desde fuera del vértigo”.
Frente a la autorrepresión camuflada de oficio, la obra de José Antonio Mazzotti colabora más bien a entender la sutil diferencia entre el “arte del refrenamiento” y la auto-represión a la hora de escribir poemas. En Vladimir Herrera, en cambio, habita la magia de la libélula: una sintaxis sincopada y ululante que, en un plano menos aéreo y acaso más al ras del suelo, semeja la inestabilidad de los adoquines bajo nuestros pies mojados en un día de intenso aguacero. El sujeto de los versos de Herrera es un zorro viejo, audaz e imbatible en sus andanzas, acaserado sobre aquella colina umbría. Esta intemperie contrasta con el apartado aristocrático de Carlos López Degregori, un autor dotado verbalmente para la ardua tarea de hablar de sí mismo o de los suyos, pero que se parapeta en escenas modernistas cuya verosimilitud no encaja con el “látigo” de la cumbia ni con el aroma de las marmitas donde asoma, resignado, el chicharrón de la calle. Antonio Cillóniz se revela como un eximio retratista y notable caricaturista, pero carece de poética; es un gran lector del Siglo de Oro y de la poesía peninsular de posguerra que no cuaja en levantar un gran autor. Por su parte, Isaac Goldemberg manifiesta una errancia poética que, al igual que su narrativa, añora la costa norte del Perú, dotado del distanciamiento intelectual-afectivo necesario para tratar sobre lo menudo que somos y sobre la historia tan breve que vivimos.
Mención aparte merece el fenómeno de la canonización de vitrina. Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo encabezan una larga lista de epígonas de Blanca Varela cuya visibilidad no se explica sino por el subdesarrollo educativo y la intensa propaganda que hace de sí misma la pequeña clase letrada en el Perú. La propia Blanca Varela tenía todo para ser una gran poeta, pero se conformó tempranamente con la opinión de los otros, con la ovación de aquellos que usualmente son los mismos de siempre. Frente a ese conformismo y a los ascos compartidos del medio, la poesía de Pedro Granados se ha erigido históricamente como un gesto de estilo incomprendido, una palabra que refulge viva y joven precisamente porque supo negarse a envejecer prematuramente bajo los moldes y los pactos de su propia promoción. Como bien enfatizara el crítico José Falconí, para los acuciosos antologadores dedicados a fabricar el canon definitivo, esta propuesta estética ha sido un enigma indescifrable, quedando al margen de las antologías oficiales porque los parámetros convencionales de la Ciudad Letrada fallan al intentar categorizarla: no pertenece de manera sumisa a una generación fija, no se deja etiquetar entre lo puro y lo social, y desborda por igual las casillas del conversacionalismo ramplón y los corsés de la rigidez académica.
Mientras el simulacro editorial de las vitrinas premia la autorrepresión y la repetición de formatos, las auténticas fisuras del porvenir asoman en la aparición de Adriana Dávila Franke con La azotea amarilla (2022), que nos devuelve a un Javier Heraud en femenino. La pureza de vida de ambos constituye un peligro, tanto como el imán de sus versos; hay allí una intensa vocación simétrica y posantropocéntrica, monitoreada por el río en la poesía de Javier, y por el sol en los versos de Adriana. Esta inteligencia o discernimiento poshumano sintoniza con los poemas de Sasha Reiter: un tipo de lucidez a lo Paul Gauguin o a lo César Vallejo, limpia de utopías o distopías, orientada hacia otro momento o condición de la vida y del lenguaje. Es en este territorio de opacidad soberana, compartido en secreto por una nueva promoción de lectores y críticos, donde la poesía de raza se despoja de la chatura institucional y reclama su derecho a respirar a pleno pulmón, demostrando que el lenguaje del escaparate oficial da lástima, y que la única herencia válida es aquella que labra sus agallas fuera de la argolla y del simulacro. P.G.

»Leer más

LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)

Si el diálogo entre Borges y Vallejo constituye un silencio elocuente en la región, la irrupción de Fernando Pessoa en este espacio abierto de la estratósfera poética termina por clausurar la ilusión del sujeto soberano. La crítica tradicional ha ventilado con insistencia las afinidades formales entre el argentino y el portugués a través del laberinto y el simulacro, pero ha sido incapaz de calibrar el giro ontológico que los une en la indigencia de nuestro tiempo. En 1985, el volumen Fernando Pessoa, poete pluriel publicado por el Centro Georges Pompidou de París rompió ese aislamiento al incluir un prólogo excepcional escrito especialmente por Jorge Luis Borges: su “Carta a Fernando Pessoa”. En ella, la geografía cede ante una genealogía secreta y visceral, un puente místico que Borges tiende al confesar que la sangre de los Borges de Moncorvo y de los Acevedo o Azevedo puede, sin geografía, ayudarle a comprenderlo.
Esta hermandad despunta sobre una improbabilidad histórica que bien pudo cumplirse en la materia sensible del plano físico. En 1923, el mismo año de Fervor de Buenos Aires, Borges permaneció un mes y medio con su familia en Lisboa aguardando el barco de regreso al Río de la Plata. Durante esos días, el argentino acudía con su padre al célebre café A Brasileira —a escasas dos cuadras de su hotel—, el centro de operaciones cotidiano y asiduo del propio Pessoa. Décadas más tarde, al ser deslumbrado por la lectura que de la obra pessoana le hiciera su asistente Roberto Alifano, Borges exclamaría que Pessoa era un portentoso inventor de mundos imaginarios. Allí, en la revelación tardía de esa asombrosa coincidencia de mundos, se consumó el verso que Pessoa dedicara a su amigo Sá-Carneiro: “Éramos como un diálogo en un alma”. El tipo de diálogo que, a pesar de no haberse estrechado las manos de carne, Borges y Pessoa mantuvieron para siempre en el revés del lenguaje.
Para comprender a fondo esta correspondencia, es necesario ver que la heteronimia de Pessoa, encarnada en Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, no constituye un mero artificio psicológico ni un juego de máscaras modernista. Leída desde el giro ontológico de Eduardo Viveiros de Castro, la heteronimia es un ejercicio de perspectivismo amerindio: la constatación de que un solo cuerpo alberga múltiples posiciones conceptuales, revelando una unidad del espíritu y una diversidad de los cuerpos. Desde esta perspectiva, Alberto Caeiro representa el grado cero del Yo-Tú de Buber; es el poeta de la inmanencia pura que afirma que las cosas no tienen significado, sino existencia. Caeiro posee la mirada limpia sobre el abrigo rocoso de Faical: para él, el lenguaje da lástima y solo el hechizo de la presencia es real. Por su parte, Álvaro de Campos opera como el escualo de la vanguardia, un cuerpo sensible expuesto a las sinapsis de la técnica moderna que funciona como un antecedente directo de la relación sensual y cortante que hoy entablamos con Ignacia Augusta. Es aquí donde la impronta de Vallejo se vuelve totalizadora: Pessoa no es un sujeto individual que escribe; es, como el Trilce vallejiano de 1922, un ayllu en sí mismo, un territorio poblado por ánimas en exceso donde la noción de autoría individual antropocéntrica queda sepultada por la irrupción de una colectividad mítica y fragmentaria.
Esta pluralidad del alma disuelve las fronteras para proponer una geografía radicalmente post-antropocéntrica. Si en Fervor de Buenos Aires Borges disuelve lo humano en el paisaje de las calles de las orillas, en Trilce Vallejo ya había fundado un año antes el canon de esta resistencia al fundir los húmeros en el mar simétrico que estructura el relato de su archipiélago. Pessoa, a través de Caeiro, ejecuta exactamente la misma operación post-antropocéntrica al sentenciar que el Tajo es más bello que el río que corre por su aldea, pero que el Tajo no es más bello que el río que corre por su aldea porque el Tajo no es el río que corre por su aldea. No hay en estas poéticas romanticismo ni costumbrismo, sino una ontología del paisaje en tanto soporte de lo humano. Vallejo y Pessoa nos enseñan que el universo cabe en una mano o en la corriente de un río doméstico, siempre y cuando despojemos al entorno de la soberanía del ojo occidental, asumiendo que el Tajo, las orillas de Buenos Aires y la costa norte peruana son afluentes de un mismo sistema conceptual e hidrológico.
Al final, o más bien en principio, lo que hermana de forma definitiva a Vallejo, Borges y Pessoa es su soberana renuncia a la servidumbre de los formatos epocales y políticos mediante un bilingüismo fantasmal que desquició sus respectivas lenguas imperiales desde dentro. En su epístola póstuma, Borges le reconoce al creador luso que no le costó nada renunciar a las escuelas y a sus dogmas, a las vanidosas figuras de la retórica y a la opinable tarea de representar a un país, una clase o una época. Esta declaración describe en simetría exacta la beligerancia de Vallejo, quien se negó a convertir la condición humana o lo andino en un formato indigenista consumible, prefiriendo escribir Trilce desde un quechuaespañol latente que desquicia la gramática castellana desde sus cimientos. Frente a esto, Pessoa escribe desde el drama en gente y afirma que su patria es la lengua portuguesa, pero de inmediato la sabotea despersonalizándola, traduciéndose a sí mismo al inglés o al latín, convirtiendo su propio idioma en una lengua extranjera y fantasmal. Ambos son genuinos poetas de raza que rechazan el formato de consumo de sus lenguas imperiales. Saben que el lenguaje de la Ciudad Letrada da lástima y por ello el portugués de Pessoa y el español de Vallejo operan como subproductos del hechizo, comportándose como vibrantes alimañas e hilos ciegos al sentido que cuelgan sobre el muro descomunal de Occidente para custodiar la inmanencia del mito frente a las luces del mercado.

»Leer más

MIRKO LAUER Y MARIO MONTALBETTI (VEINTE AÑOS DESPUÉS)

A más de dos décadas de distancia, conviene volver la mirada sobre un documento que, a su hora, pretendió fijar las condiciones de visibilidad de la poesía peruana del nuevo milenio: el diálogo titulado “Mirko Lauer, Mario Montalbetti / Post-2000. Nueva poesía peruana” (publicado en Hueso Húmero, No. 45, 2004). Aquel coloquio, lejos de constituir una polémica real, se nos reveló muy pronto como el canto alternado de una misma égloga oligárquica. Era el petit comité de la tradicional alta cultura limeña ensayando —ante un nuevo público y a través de sus dos tótems (un poeta del 60 y otro del 75)— el reaseguro de su propia y leve vigencia. Hoy, en pleno 2026, con el polvo del cuarto de siglo ya asentado, la tramoya de aquel pacto camaleónico exhibe sus costuras con una nitidez quirúrgica.

El diálogo de marras nacía bajo la aparente fascinación de un caballito de batalla: Lugares prácticos de EJL (Lafferranderie), un poemario que Montalbetti encumbraba para ensayar su diagnóstico. A partir de allí, ambos contertulios coincidían en un canon socialmente restringido (Chirif, Coral, Vélez, Piñeiro, Helguero, Espinosa, entre otros) y se apresuraban a celebrar el “alto nivel textual/retórico” de una juventud que supuestamente abandonaba el estrado multitudinario del coloquialismo de los 60 y 70 para reclamos del tête-à-tête. Lauer saludaba complacido una poética de lo cotidiano, una “sangre ligera” que recuperaba un pudor juvenil frente a los excesos del pasado. Montalbetti, por su parte, metía el componente lingüístico: un culteranismo que requería “diccionario a la mano” y que, amparado en una lectura paroxística del flujo heracliteano vía Cratilo, proponía que todo lenguaje que intente atrapar las esencias es una farsa. Para el autor de Perro negro, el valor estético de esta nueva poesía radicaba en el “permanente desplazamiento de sus términos” y en la renuncia a cualquier estabilidad semiótica.

Visto desde el presente, el diagnótico revela su auténtica matriz ideológica: un callejón sin salida filosófico que se quiere saber, ingenuamente, favorable a Borges, pero que opera con una hostilidad radical hacia Vallejo y hacia el “concho esencialista del cholo”. Lo que Montalbetti pretendía vender como una audaz vanguardia post-2000 —el poema como taller dinámico, redondo e inestable— no era sino la clonación universitaria, yupinizada y aséptica, de los verdaderos giros ontológicos que Luis Hernández Camarero y Pablo Guevara ya habían ejecutado décadas atrás. La sutil diferencia es que el autor de Vox horrísona jamás alienó su verso del dato sensorial, del dolor corporal ni del goce temporal; Hernández sabía que el poema era una trinchera inmanente de resistencia, no un frío silogismo de pizarra académica. La operación de Hueso Húmero consistió en extirparle al lenguaje los tentáculos del deseo para domesticarlo bajo el guante de hule del intelectualismo.

Al final de aquella plática, el contrapunto entre el neo-idealismo abstracto de Montalbetti y el neo-testimonio de Lauer (quien defendía el “rico caldo de la documentalidad” desde la comodidad de su balneario) demostró ser la doble cara de una misma moneda colonial. Mientras uno huía del referente hacia el solipsismo conceptual, el otro reducía lo cotidiano a una “influencia remota de la poesía conversacional” sazonada con humor semicorosivo y suspiros adolescentes para el consumo de la Ciudad Letrada. Ambos coincidían en la necesidad de separar la poesía del contexto local abrumador, de esa Lima que los aluviones sociales terminaron transformando en una suerte de La Paz con mar. En ese esquema de falsos aristocratizantes, la verdadera potencia materializante del lenguaje quedaba confiscada.

A casi veinte años de ese intercambio, los hechos han hecho justicia poética. Toda esa bola de muchachos que en los 90 y 2000 salieron a cultivar el tono ínfimo de la mente, respondiendo al horror del tiempo con cansancio, aburrimiento y discreto vaho en coro ante el espejo, ha terminado por evaporarse en el soso souvenir académico. Frente a los fabricantes de mariposas de plomo y sus adobos insípidos, la poesía en el Perú sigue teniendo una sola ventaja virtual y material absoluta: su capacidad ancestral para ir más acá de la literatura, jugar al filo del reglamento y volver materiales las palabras. No para alimentar los catálogos de los ubicuos ejecutivos literarios con dólares, sino para devolvernos la Dignidad y traernos, de una buena vez, una flor hacia los labios o un justo bocado a la boca.  P.G.

»Leer más