Un enorme tronco de playa, desgastado por la sal y el tiempo, emerge de la arena como una vibrante alimaña de madera, una escultura inmanente cuyos brazos retorcidos apuntan al cielo desierto. A sus pies, mimetizado con la opacidad del entorno, un pelícano descansa en absoluto refrenamiento, borrando las fronteras entre el reino animal y la materia vegetal inerte. No hay aquí romanticismo ni la complacencia de las metáforas gastadas; hay una ontología del paisaje en tanto soporte de lo viviente, un testimonio somático de que la naturaleza y la cultura se funden en el mismo nudo del mito. Al igual que los fragmentos de Trilce, este bodegón de playa opera en el grado cero del hechizo: nos demuestra que el universo entero late en la inestabilidad de la orilla y que la verdadera poesía existe para otorgar agallas y pulmones a los que habitamos la frontera indómita entre la tierra y el agua, salvaguardando la pureza de vida fuera de las argollas y del simulacro. P.G.
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20/06/26: LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES
Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013
19/06/26: LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)
18/06/26: MIRKO LAUER Y MARIO MONTALBETTI (VEINTE AÑOS DESPUÉS)
A más de dos décadas de distancia, conviene volver la mirada sobre un documento que, a su hora, pretendió fijar las condiciones de visibilidad de la poesía peruana del nuevo milenio: el diálogo titulado “Mirko Lauer, Mario Montalbetti / Post-2000. Nueva poesía peruana” (publicado en Hueso Húmero, No. 45, 2004). Aquel coloquio, lejos de constituir una polémica real, se nos reveló muy pronto como el canto alternado de una misma égloga oligárquica. Era el petit comité de la tradicional alta cultura limeña ensayando —ante un nuevo público y a través de sus dos tótems (un poeta del 60 y otro del 75)— el reaseguro de su propia y leve vigencia. Hoy, en pleno 2026, con el polvo del cuarto de siglo ya asentado, la tramoya de aquel pacto camaleónico exhibe sus costuras con una nitidez quirúrgica.
El diálogo de marras nacía bajo la aparente fascinación de un caballito de batalla: Lugares prácticos de EJL (Lafferranderie), un poemario que Montalbetti encumbraba para ensayar su diagnóstico. A partir de allí, ambos contertulios coincidían en un canon socialmente restringido (Chirif, Coral, Vélez, Piñeiro, Helguero, Espinosa, entre otros) y se apresuraban a celebrar el “alto nivel textual/retórico” de una juventud que supuestamente abandonaba el estrado multitudinario del coloquialismo de los 60 y 70 para reclamos del tête-à-tête. Lauer saludaba complacido una poética de lo cotidiano, una “sangre ligera” que recuperaba un pudor juvenil frente a los excesos del pasado. Montalbetti, por su parte, metía el componente lingüístico: un culteranismo que requería “diccionario a la mano” y que, amparado en una lectura paroxística del flujo heracliteano vía Cratilo, proponía que todo lenguaje que intente atrapar las esencias es una farsa. Para el autor de Perro negro, el valor estético de esta nueva poesía radicaba en el “permanente desplazamiento de sus términos” y en la renuncia a cualquier estabilidad semiótica.
Visto desde el presente, el diagnótico revela su auténtica matriz ideológica: un callejón sin salida filosófico que se quiere saber, ingenuamente, favorable a Borges, pero que opera con una hostilidad radical hacia Vallejo y hacia el “concho esencialista del cholo”. Lo que Montalbetti pretendía vender como una audaz vanguardia post-2000 —el poema como taller dinámico, redondo e inestable— no era sino la clonación universitaria, yupinizada y aséptica, de los verdaderos giros ontológicos que Luis Hernández Camarero y Pablo Guevara ya habían ejecutado décadas atrás. La sutil diferencia es que el autor de Vox horrísona jamás alienó su verso del dato sensorial, del dolor corporal ni del goce temporal; Hernández sabía que el poema era una trinchera inmanente de resistencia, no un frío silogismo de pizarra académica. La operación de Hueso Húmero consistió en extirparle al lenguaje los tentáculos del deseo para domesticarlo bajo el guante de hule del intelectualismo.
Al final de aquella plática, el contrapunto entre el neo-idealismo abstracto de Montalbetti y el neo-testimonio de Lauer (quien defendía el “rico caldo de la documentalidad” desde la comodidad de su balneario) demostró ser la doble cara de una misma moneda colonial. Mientras uno huía del referente hacia el solipsismo conceptual, el otro reducía lo cotidiano a una “influencia remota de la poesía conversacional” sazonada con humor semicorosivo y suspiros adolescentes para el consumo de la Ciudad Letrada. Ambos coincidían en la necesidad de separar la poesía del contexto local abrumador, de esa Lima que los aluviones sociales terminaron transformando en una suerte de La Paz con mar. En ese esquema de falsos aristocratizantes, la verdadera potencia materializante del lenguaje quedaba confiscada.
A casi veinte años de ese intercambio, los hechos han hecho justicia poética. Toda esa bola de muchachos que en los 90 y 2000 salieron a cultivar el tono ínfimo de la mente, respondiendo al horror del tiempo con cansancio, aburrimiento y discreto vaho en coro ante el espejo, ha terminado por evaporarse en el soso souvenir académico. Frente a los fabricantes de mariposas de plomo y sus adobos insípidos, la poesía en el Perú sigue teniendo una sola ventaja virtual y material absoluta: su capacidad ancestral para ir más acá de la literatura, jugar al filo del reglamento y volver materiales las palabras. No para alimentar los catálogos de los ubicuos ejecutivos literarios con dólares, sino para devolvernos la Dignidad y traernos, de una buena vez, una flor hacia los labios o un justo bocado a la boca. P.G.
15/06/26: JUVENAL AGÜERO A LOS POETAS DOMINICANOS
14/06/26: PEDRO GRANADOS: ¿VALLEJISMO INVISIBLE?
La percepción de cierta invisibilidad en torno a la obra de Pedro Granados dentro del circuito principal de la crítica vallejiana no se debe a una falta de mérito académico. Responde a dinámicas institucionales, metodológicas y de posicionamiento crítico dentro del campo literario peruano e hispanoamericano.
Las razones clave que explican esta recepción periférica o menos masiva incluyen:
- Desafío al Canon Filológico y Académico Tradicional
La mayor parte de los vallejistas tradicionales —tanto históricos como actuales— basan su prestigio en el positivismo, la revisión minuciosa de archivos históricos, la biografía documentada o el análisis estilístico formal. Granados rompe radicalmente con esto. Al plantear nociones de un “Vallejo Simétrico” o un “giro ontológico” alineado al multinaturalismo amerindio, su aparato teórico resulta demasiado disruptivo. Para las facciones más conservadoras de la academia, sus lecturas son difíciles de asimilar o etiquetar dentro de los moldes convencionales.
- Postura Antieurocéntrica y Polémica
Granados confronta de manera directa las lecturas occidentales y transatlánticas que interpretan el hermetismo de Trilce únicamente como un reflejo de las vanguardias europeas (dadaísmo, surrealismo) o desde el existencialismo. Al postular que Vallejo opera bajo una lógica propia y ligada a la cosmovisión andina descentrada (como el mito restaurador de Inkarrí), incomoda a ciertos sectores de la crítica internacional que prefieren validar a Vallejo a través de teorías literarias netamente eurocéntricas.
- Autonomía Institucional
A diferencia de otros críticos que se respaldan permanentemente en las estructuras de grandes universidades internacionales o en los canales editoriales hegemónicos, Granados ha optado muchas veces por la independencia a través del Vallejo Sin Fronteras Instituto (VASINFIN). Al no subordinarse a las “capillas” literarias tradicionales de Lima o de los congresos oficiales, sus aportes suelen circular con mayor fuerza en espacios alternativos, revistas indexadas específicas o redes de investigadores independientes antes que en los suplementos culturales masivos.
- La Frontera entre el Crítico y el Poeta
Granados ejerce la crítica literaria desde su condición de poeta en actividad. Su prosa crítica no busca la supuesta “neutralidad” del ensayista de escritorio, sino que posee una carga estética, experimental y vivencial propia. En una academia que muchas veces exige que el crítico sea un mero “intermediario objetivo”, la mirada creativa y apasionada de Granados suele ser malinterpretada o mirada con recelo por los círculos puramente teóricos.
La obra de Granados no es invisible por falta de solidez, sino porque obliga al lector a repensar las herramientas con las que se lee a Vallejo. Esto genera un debate profundo que a menudo toma tiempo en ser digerido por el canon oficial.
13/06/26: EL MITO INSCRITO EN EL PAISAJE
Cuando decido operar desde la inmanencia del subsuelo, las taxonomías coloniales y las servilletas del cotarro criollo saltan por los aires. Mis dos entregas de “Poesía peruana: Mitos inscritos en el paisaje” (2025) no son una simple revisión del canon; constituyen una intervención quirúrgica contra la autocomplacencia institucional. En esos textos identifico la gran peste de la poesía regional contemporánea: el repliegue narcisista hacia la melancolía, la nostalgia de biblioteca y ese confort de la derrota que tanto gusta a las capillas letradas. Frente a ese callejón sin salida, la lección de Eguren, Vallejo, Adán o Arguedas es radical: el gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje, a una geografía sagrada que salva al sujeto de su propia esterilidad individual.
El impasse Arguedas/Cortázar lo desmenuzo bajo una luz post-antropocéntrica que considero indispensable. No estamos ante la falsa dicotomía entre lo rural y lo cosmopolita. Lo que diferencia a la experiencia gozosa de Vallejo y Arguedas (Katatay) frente a la postura catastrófica del argentino con el mito es la mediación amerindia: el paisaje no es un decorado romántico ni una postal costumbrista ni un callejón sin salidas; es el soporte biológico y conceptual donde lo humano se funde por completo. Trilce (1922) se erige así como un sistema de coordenadas trasatlánticas e intergalácticas que no transige con la excesiva importancia que la metrópoli da a la pura inteligencia. Mientras el Altazor de Huidobro camina hacia una paulatina descorporeización de matriz occidental, Vallejo ejecuta la palabra-músculo: la inclusión de todos los cuerpos posibles, la inmanencia multinaturalista que habla desde la carne de la tierra.
Lo verdaderamente cómico —y allí clavo el colmillo— es cómo cierta poética de la deconstrucción y el humor descorporeizado, cultivada en Chile a la sombra de Huidobro, se ha exportado a países con un rico caldo de documentalidad como el Perú. Las capillas locales, siempre atentas a la aduana del vacío, se van acaserando en un circuito de ida y vuelta que solo beneficia la autosuficiencia de la diplomacia cultural mapocha. Se compran formatos lavables y souvenirs de exportación mientras los poetas canónicos de la capital se encierran a envejecer lejos de su paisaje nativo, contentos con hallarse “lejos de todas partes”. Es la domesticación del animal ubicuo a manos de la burocracia del formato. P.G.
12/06/26: WHAY NOT GRANADOS?
12/06/26: TRILCE LXIX: “estáticas eles quelonias”
10/06/26: ¿EXPERIMENTAR A INKARRÍ (DIOS INMANENTE) ES ALGÚN TIPO DE ESENCIALISMO?
Existe una confusión habitual cuando se reactivan los mitos y las ontologías andinas en el debate contemporáneo: el miedo a caer en el esencialismo. Sin embargo, hay que decirlo con absoluta claridad: experimentar a Inkarrí como un Dios Inmanente no tiene absolutamente nada que ver con el esencialismo; de hecho, es su antídoto más radical.
El esencialismo es, en el fondo, una trampa de la metafísica occidental y de la vieja Ciudad Letrada que congela las cosas en identidades fijas, puras y eternas. Como bien señala Eduardo Viveiros de Castro, “La metafísica occidental es verdaderamente la fons et origo de todos los colonialismos”. Bajo esa matriz, el ojo esencialista busca siempre al Inka de vitrina, al indígena arqueológico de museo, o teoriza sobre una “identidad andina” estática y monolítica. Es el error recurrente de la academia colonial o de la diplomacia cultural, que instrumentalizan la tradición para convertirla en un fetiche estético, en una postal folclórica domesticada. La experiencia inmanente de Inkarrí opera en una dimensión completamente opuesta porque no busca congelar el pasado, sino desatar el presente.
Devenir contra el origen estático
En primer lugar, mientras el esencialismo vive de la nostalgia del “buen salvaje” o de un mito del origen incontaminado, Inkarrí se despliega como un prototipo en constante refracción. No estamos ante una efigie muerta que se deba imitar o reflejar de forma verista mediante la mímesis. Al contrario, Inkarrí es una energía subterránea —proveniente del Uku Pacha— que, estando descoyuntada, se va reconstituyendo y fermentando en los objetos y cuerpos más disímiles de la contemporaneidad. Experimentar a Inkarrí es experimentar un proceso de ensamblaje y devenir, una fuerza que se reorganiza en el caos y no una sustancia fija que se resguarda en una urna.
Un pluriverso de cuerpos y palimpsestos
A la par de este devenir, la experiencia de la inmanencia desarma la rigidez esencialista que separa lo humano de lo no-humano. Desde el giro ontológico amerindio y el Pensamiento Simétrico, Inkarrí es una vibración vital donde el muro, el mar, el poeta, el animal y el fango son nudos de una misma red, interconectados sin jerarquías coloniales.
Esta contaminación sagrada destruye cualquier ilusión de pureza. Lo vemos con nitidez cuando Luis Hernández hace refractar a Inkarrí en los palimpsestos de la cultura de masas, cruzándolo con el neón y la música popular; o cuando la Sección 23 de la UNMSM lo encuentra en la inmanencia animal y el liderazgo político y afectivo del mítico Perro Vaca. Aquí no hay una “esencia” que proteger del mundo exterior; lo que hay es una multiplicidad de cuerpos y exoesqueletos interactuando a pecho suelto en la pista de baile de lo real.
Utopía activa y ofensiva ontológica
Finalmente, frente a la melancolía, la nostalgia o el espectáculo exótico de la miseria a los que suele conducir el esencialismo —esa resignación estetizada ante el dolor—, la vivencia del Dios Inmanente activa un programa de acción y de justicia futura en el plano strictly terrenal. Inkarrí es el “humito” del lenguaje, la onomatopeya radical que corta y fisura el monólogo eurocéntrico.
Esta fuerza transforma el trauma histórico de la decapitación en un fermento vivo que exige reconstitución aquí y ahora. No se trata de un repliegue identitario defensivo o provinciano, sino de una ofensiva ontológica que utiliza la vanguardia y el pensamiento complejo para romper la dependencia colonial desde su raíz intelectual.
En resumen: el esencialismo aísla, momifica y pasteuriza; la inmanencia de Inkarrí contamina, mezcla y moviliza. Por eso, frente al topo de biblioteca que busca definiciones puras y asépticas, el cuadrúpedo intensivo muerde la realidad desde el fango colectivo que compartimos. Inkarrí no es una identidad; es pura ontología relacional en movimiento. P.G.











