Archivo de la categoría: Poesía

Poesía

«EL LAGO» (1938) O LA RATIFICACIÓN POÉTICA DE «VALLEJO EN ARGUEDAS: AHORA Y SIEMPRE»

(Pedro Granados, Vallejo sin Fronteras Instituto — VASINFIN)
El hallazgo y la lectura del poema «El Lago» (La Prensa, 17 de julio de 1938) por parte de Luis Chueca no viene a inaugurar desde cero la discusión ni a corregir el rumbo de la crítica, sino a sellar con una pieza poética inapelable la cartografía teórica que trazamos desde nuestra tesis doctoral (Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo, BU 2003 / PUCP 2004) y que consolidamos conceptualmente en nuestro ensayo «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» (2023)[1].
En Poéticas y utopías… demostramos rigurosamente que el paso de Los heraldos negros (1918) a Trilce (1922) no obedeció a un «salto al vacío» ni a una desgarradura gramatical o lingüística traumática, sino al despliegue orgánico de la Cadena B («Los heraldos blancos»), una corriente inmanente y descolonizada que ya operaba soterradamente desde el primer libro de Vallejo frente a la Cadena A (modernista y tutelada). Asimismo, en «Vallejo en Arguedas: Ahora y siempre» establecimos que Vallejo le enseñó a Arguedas —a través de la asimilación del ritmo de LHN y la prosa de El Tungsteno— a disolver el pretendido “conflicto lingüístico y socio-cultural”. Vallejo le probó que el idioma español no era una camisa de fuerza inoperante para el sujeto andino, sino una materia maleable, conquistada y dispuesta a ser engullida por el cosmos indígena.
¿Qué aporta, entonces, el rescate de «El Lago» realizado por Chueca a este mapa ya ventilado y fundamentado por nosotros? Aporta la evidencia material y empírica de la lección vallejiana encarnada en la praxis poética de Arguedas en el preciso año bisagra de 1938.
Hasta antes de este hallazgo, la intuición de Arguedas sobre Vallejo en 1938 se leía principalmente en el plano crítico-conceptual mediante su nota en Hoz y Martillo[2], donde proclamaba al santiaguino como «el más grande poeta del Perú». El poema exhumado por Chueca otorga a esa proclamación su reverso creativo exacto: prueba que, en el mismo año de la muerte de Vallejo, un Arguedas de 27 años no solo teorizaba sobre la eficacia del español descolonizado, sino que ya lo estaba escribiendo y ejecutando en verso fluido. «El Lago» es el taller en vivo donde la Cadena B vallejiana se pone a operar en la poesía de Arguedas. En lugar de un español paralizado por la “angustia de la traducción” o por la retórica del dolor colonial, el poema despliega un castellano que nombra las abras, las gargantas, la totora y la pariona con absoluta naturalidad, inmanencia y soberanía.
Asimismo, «El Lago» confirma la validez de la Matriz H4 (Posantropocentrismo / Multinaturalismo) enunciada en nuestro ensayo de 2023. Frente a las lecturas del indigenismo de gabinete (Lienhard, Cornejo Polar) que encasillaron a Arguedas en las Humanidades de la identidad y el folclore (H2), este poema de 1938 revela que la geografía viva —donde el viento bajaba por las gargantas y el pasto y la totora se agachaban con postura y gravedad— no fue una invención teórica tardía de los años 60 (Dioses y hombres de Huarochirí o Los zorros), sino una intuición multinaturalista desplegada desde el primer momento como fruto directo de la tracción vallejiana.
En rigor, «El Lago» constituye la puesta en escena de una compleja arquitectura cosmológica andina (Pacha) articulada sobre ejes verticales y horizontales de alta precisión. En el plano vertical de la geografía, el lago se erige como el espacio de mediación ontológica donde el alto (cumbre, nieve, sol) y el bajo (lago, sombras, orilla) entran en contacto físico mediante la intersección de dos agentes en estricta simetría: el sujeto en segunda persona («Bajas», que territorializa las nubes y sus sombras sobre las pampas) y la fuerza biológica del viento («bajaba», que desciende por las abras y gargantas obligando a la materia terrestre a doblarse y ceder).
En el plano horizontal de la superficie, el poema instala el nudo de la Poesía Encarnada mediante la doble simetría de la isla y la pariona: la isla desnuda como cuerpo emergido pero enraizado en el subsuelo y en el agua —la condición doble terrestre que actúa como centro de resistencia y refugio con todos los nidos entre el viento y el frío—, y la pariona como la irrupción de un cromatismo sagrado que opera como el eje de luz y sangre («alas rojas / alas tan blancas»). Este flamenco andino rompe el dominio monocromático del mundo sombrío («entre las negras aves») al encarnar el rayo solar retenido en el cuerpo del animal, en contraste absoluto con las sombras del Uku Pacha a donde el sol no penetra. Se establece así una homología estructural profunda donde la isla en el lago resulta morfológica y funcionalmente equivalente al Sol: ambas son estructuras de luz, exposición y vida exterior (Hanan Pacha) que se erigen frente a la masa opaca de las rocas negras y las sombras sumergidas.
En definitiva, la exhumación de «El Lago» por parte de Luis Chueca funciona como el «eslabón perdido» que sincroniza la crítica y la creación en 1938. Ratifica que Arguedas no necesitó pasar por un rupturismo violento para adueñarse de la lengua castellana, y otorga la prueba poética de que la Cadena B de Vallejo fue heredada y puesta a funcionar por Arguedas desde el primer día, consolidando la gran sutura ontológica de la Poesía Encarnada en el Archipiélago.

»Leer más

[VER AL OTRO ENVEJECER]

Puede ser una imagen de perro
Al recuerdo de mi madre
Ver al otro envejecer
Como un estilo como una canción
Como una película que te dio
A la salida del cinema
Un resto de inspiración fuerza u orgullo.
No vale lo que sentirás luego
Antes que el cuerpo incline la cabeza
Y apague el aliento
Y tú no acredites lo que ves
Ni menos a lo que ahora te aplicas:
Poner horizontal al cuerpo
Y juntar sus como lejanas manos
Mientras su corazón aún te mira.
Entre el tiempo pasado
Y el futuro más remoto
Todavía
Entre el vértigo de lo que uno no es
Sino sólo nuestra madre
Y su émbolo
Y el carrusel de sus brazos
Para mirar
Entre las musarañas y el mal
Entre lo mío lo propio
O el desasosiego
Una mano abierta
Mariposa o picaflor
Nos revolotea y nos hace reír.
Escribo pero no te escribo
Es redundante
Restauro el cordón umbilical
Que está partido
Que está enterrado
Y a eso me avoco
Porque así se está dando
Y porque he llegado a viejo
Mi perro muy inquieto
Ausculta mi cabeza
Ausculta mi mirada
Ausculta mis lágrimas
Y por fin se sosiega
Y mueve blandamente la cola
Y se esfuma como una lagartija
Pedro Granados, ROXOSOL (Arequipa: Cascahuesos, 2018)

»Leer más

LA INSPIRACIÓN COMO DISPONIBILIDAD: ENTRE EL CHISPAZO Y LA MESA DE TRABAJO

Existe la idea persistente de que el poema auténtico es únicamente aquel que brota de un solo trazo, dictado por un trance irreflexivo. Sin embargo, en el oficio de la escritura sabemos que la inspiración no pertenece en exclusiva al primer chispazo: recae con la misma intensidad sobre el acto de la revisión. A veces el texto nace casi listo, con la forma entera y pulida desde el primer impulso; otras veces, el peso verdadero del poema exige la paciencia del artesano que vuelve a la mesa de trabajo para limar la aspereza, ajustar la clavija y hallar la tensión exacta de la materia verbal.

En ambos casos —tanto en el alumbramiento intempestivo como en la corrección minuciosa— se requiere estar en estado de «inspiración». Pero no se trata de una iluminación etérea, sino de una postura ética y espiritual frente al lenguaje. Se exige una síntesis compleja de actitudes: estar deseoso y al mismo tiempo contenido; lúcido en la atención a la forma y meditativo en la escucha del ritmo; amoroso hacia la vida y los seres que pueblan el verso, pero profundamente consciente de la propia condición insignificante ante la vastedad del universo.

Cuando el texto atraviesa esa depuración, incluso un cambio en apariencia mínimo —como pasar del énfasis de «mucho» a la contención de «algo»— reorganiza la arquitectura interna del poema. Esa pequeña modificación frena la pretensión del ego y afina la ironía, dejando que el decir no se sobreponga a la materia, sino que desemboque con sobriedad en la pausa, el monosílabo y el silencio. Corregir no es traicionar el impulso inicial; es habitar esa lucidez donde la palabra aprende a replegarse para rozar aquello fundamental.

Granados, 2026

»Leer más

[SOY EL MEJOR POETA DEL PERÚ]

Soy el mejor poeta del Perú

Sobre cualquier otro de mis contemporáneos

Contemporáneas

Por eso no me invitan a ninguna Feria del Libro

Mucho menos a recitales

(dejo constancia de ello)

Ni de los Ice-Cream ni, si los hubiere,

Aquellos más clandestinos

Y nosotros muriéndonos de ganas

De recitar nuestros versos donde fuere

Y como fuere

Espolvorearlos tal canela para la buena onda

Ruda más chancapiedra contra el odio

El canon local e internacional

Lo ocupan los demás

Y yo gasto todos mis minutos

-en una imaginada presentación-

Hablando de mi infancia

Y recordando mis numerosos amores

Aunque tuve algo más que decirles

Y espolvorearles y ungüentos para sobarles

Junto a un par de monosílabos y vastísimo silencio

 

Pedro Granados, 2026

»Leer más

ABC DE TRILCE: DESCLANDESTINIZAR EL MISTERIO EN 4 SESIONES

El desafío central del ABC de Trilce es «desclandestinizar» el libro sin quitarle un ápice de su misterio, alejándonos del frío análisis filológico para entrar de lleno en la experiencia vital y sensorial de la lectura. Se trata de invitar al lector a que no se asuste si no «entiende» a la primera, sino que aprenda a «escuchar» la falla del lenguaje.

Sesión 1: Lima y el estallido de la «Modernidad» El objetivo es entender que Trilce no nace en el vacío, sino en una ciudad que empieza a ir más rápido que las palabras. El lenguaje tradicional (el de los periódicos, el de las leyes) ya no servía para describir la vida en 1919; Vallejo siente que las palabras son un «hechizo» o una máscara que oculta la verdadera vida. En la práctica de lectura, leeremos poemas donde Vallejo rompe la gramática como si rompiera un juguete para ver qué hay dentro, observando cómo el ritmo de la ciudad (el ruido, el cine, la prisa) se mete en los versos. La clave consiste en leer por capas: no buscar un «mensaje» único, sino sentir la vibración del texto. Como bibliografía de apoyo, revisaremos los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui (el capítulo sobre el proceso de la literatura) y una selección de Artículos y crónicas del propio Vallejo sobre la vida en Lima.

Sesión 2: El amor por Darío y la «Demolición Cariñosa» Buscamos desmitificar la idea de que la vanguardia odia el pasado; Vallejo rompe el lenguaje porque lo conoce a la perfección. Rubén Darío era el maestro de la precisión, y Vallejo no lo rechaza, sino que lo usa como base: si Darío construyó palacios de cristal con las palabras, Vallejo toma esos cristales para tallar algo más humano y rugoso. En la lectura, compararemos un poema musical de Darío con uno de Trilce para notar cómo Vallejo mantiene la «precisión» del maestro, pero la aplica a temas que el Modernismo no quería ver: el hambre, el cuerpo que duele, el error. La clave radica en entender la «precisión» no como claridad de diccionario, sino como la palabra exacta para un sentimiento exacto, aunque esa palabra sea inventada. Contaremos con la lectura en voz alta de Prosas profanas de Rubén Darío y fragmentos de Los hijos del limo de Octavio Paz.

Sesión 3: El mito y la fiesta detrás de la celda Esta sesión sitúa la cárcel de Trujillo no como una biografía trágica, sino como el lugar donde el lenguaje se desnuda. En el encierro, Vallejo se da cuenta de que las palabras «normales» no sirven para la libertad; aunque allí solo se escribieron algunos poemas, el aislamiento le permitió llegar al «mito»: esa verdad profunda que el lenguaje cotidiano suele esquivar o «soslayar». Analizaremos el poema XVIII no como una queja de preso, sino como una exploración de los límites: ¿qué pasa cuando solo tengo cuatro paredes y mi propio cuerpo? La clave es ver la cárcel como una metáfora de los límites que todos compartimos (el tiempo, la muerte, el cuerpo). La bibliografía de apoyo incluye César Vallejo: Itinerario del hombre de Juan Espejo Asturrizaga y el estudio de André Coyné sobre la soledad y la metafísica vallejiana.

Sesión 4: El Archipiélago y la Fiesta del Sentido El propósito final es dejar de ver poemas sueltos y empezar a contemplar un sistema vivo. Trilce no es un caos; es un archipiélago donde cada poema es una isla, pero lo que realmente importa es el «mar» (el pensamiento) que las une. Es una fiesta de significados donde el lector es invitado a participar completando los vacíos. Conectaremos los temas que han aparecido a lo largo del taller para observar cómo el libro se cierra con una sensación de totalidad orgánica. La clave final: aprender que leer Trilce es como entrar en una fiesta donde no conocemos a nadie, pero después de un rato, empezamos a reconocer la música y terminamos bailando. Nos apoyaremos en César Vallejo en su fase trílcica de Eduardo Neale-Silva y La movediza modernidad de Saúl Yurkievich.

INFORMES E INSCRIPCIONES

  • Público: General. Modalidad online en pequeños grupos.
  • Fechas (Mes de octubre, 4 sesiones): Martes 8, 15, 22 y 29 / Jueves 3, 10, 17 y 24.
  • Horario: 7:30 – 9:00 pm.
  • Inversión: 120 soles (vía Plin), abono por adelantado por las cuatro fechas.
  • Contacto: vasinfin@gmail.com

»Leer más

EL HUAYNO Y LA “TECNOLOGÍA TRÍLCICA”

Cuzco, Perú – 16 de abril de 2016: Bailarines y espectadores en un festival de danza tradicional en la Plaza de Armas de Cuzco, Perú.

De cierta manera, de Trilce parte una nueva época del huayno; tal como intuyó Walter Benjamin para el arte en la era de su reproductibilidad técnica, aquí la tecnología rehace el arte atávico sin privarlo de su aura.

Plantear que de Trilce nace una nueva etapa de la música y la lírica andinas no implica entender la vanguardia de César Vallejo como un experimento sintáctico occidentalizante, sino como la reevaluación técnica de la materia telúrica. Mientras Benjamin advertía que la técnica moderna tiende a desactivar el aura —el aquí y ahora de lo sagrado—, en la matriz vallejiana ocurre lo inverso: la síncopa, los quiebres ortográficos, los números y el montaje no destruyen el aura, sino que la liberan de la estampa folclórica y la restituyen como una fuerza viva e inmanente.

Antes de 1922, el huayno corría el riesgo de quedar atrapado en el cuadro de costumbres o el lamento pastoral. Vallejo no pretendió «modernizarlo» con adornos cosmopolitas; somete la estructura misma del poema a un proceso de desarticulación que funciona como una nueva tecnología del afecto. El aura en Vallejo no reside en la distancia intocable del templo o el museo, sino en el peso de la materia: los huesos, el concho de la chicha, la quena o la guitarra rasgueada hasta el límite de la cuerda. Trilce anticipó así la transformación del sonido andino al chocar con el disco, la radio, la amplificación eléctrica y la masa migrante. El huayno post-Trilce es ese canto que puede sonar en un altavoz de mercado o en una cinta magnetofónica: la máquina le da velocidad cinemática, pero la densidad del dolor y el goce del ritmo permanecen intactos.

Este canto queda, además, liberado del peaje de ser ejecutado en una lengua nativa. Mis padres, bilingües en quechua y español, cantaban cada cinco o seis años desgarradores yaravíes en quechua hasta la anagnórisis. Mi infancia no memorizó una gramática; absorbió la tesitura, la densidad del desgarro y la sobria gravedad del afecto andino. Por eso, en mis mejores poemas me sitúo en esas coordenadas y escribo con esa misma frecuencia sin saber el idioma quechua y, me atrevería a decir, sin necesitarlo.

Escribo desde mi «bastardía» lingüística. Reivindicar esta postura es el acto de mayor fidelidad a la lección de Vallejo, quien no escribió Trilce desde un quechua purificado ni desde un castellano académico aséptico, sino desde la herida y la tensión de un castellano masticado por el pulso subterráneo de los Andes. La bastardía desmonta la aduana del neoindigenismo purista y la esterilidad del culteranismo de pizarra. La energía del idioma paterno no se transmite por el diccionario, sino por la resonancia del afecto en el cuerpo.

Por eso la conexión con Inkarrí es inmanente. El mito del rey decapitado que junta sus miembros bajo la tierra no exige una credencial lingüística para manifestarse: es una lógica de reconstitución y simetría. Al escribir desde mi tesitura bastarda no estoy «traduciendo» a Inkarrí, sino encarnando su movimiento en el barro del castellano. El mito irrumpe por su propia soberanía, demostrando que la poesía sigue siendo el canto que sabe vibrar en el engranaje de la máquina sin perder la gravedad de la tierra.

Pedro Granados, 2026

»Leer más

LOS POETAS HIPORREALES Y LA ADUANA NEOINDIGENISTA

César Vallejo, ni hiporreal ni neoindigenista (ni mallarmeano)

A primera vista, el poeta hiporreal —aquel que reduce la poesía a un inventario sociológico, a la anécdota urbana o al registro fotográfico de consumo inmediato— y el poeta neoindigenista o purista de las lenguas nativas parecen habitar orillas opuestas. El primero presume de un pragmatismo secularizado que nombra la mercancía, la pancarta o el dato cotidiano; el segundo se ostenta como el guardián de una reserva moral, ritual o lingüística descontaminada. Sin embargo, en el mapa de la poesía contemporánea, ambas figuras terminan abrazándose en el mismo punto de ceguera: la incapacidad radical para habitar el mito como una fuerza inmanente, viva, impura y en conflicto. Ambos operan desde un mismo achatamiento que reemplaza la densidad material de la palabra por una representación aséptica, tranquilizadora y perfectamente empaquetada para el consumo letrado.

Esta alianza involuntaria se sostiene sobre la neutralización del mito. Mientras el poeta hiporreal mira el mito con condescendencia y lo cataloga como «folklore», «color local» o un anacronismo inservible para el reporte de lo real, el neoindigenista purista le hace un favor idéntico pero en sentido inverso: lo sacraliza congelándolo en la vitrina del museo. En lugar de encarnar la fuerza telúrica y la violencia del mito en el presente del cuerpo que sufre, trabaja y migra, el purismo lo convierte en una estampa identitaria, un souvenir pastoral o una reliquia descontaminada del devenir histórico. En ambos casos, el mito es despojado de su soberanía e inmanencia. Para el hiporrealismo es una nota al pie; para el neoindigenismo, una credencial de pureza. Ninguno de los dos se atreve a tocar la masa hirviente de la historia porque ambos le temen al fango, al «concho» y a la fricción barroca que transubstancia la materia verbal.

Tanto el poeta hiporreal como el neoindigenista purista son trágicamente funcionales al mercado cultural y a la aduana académica. Le ofrecen a la institución letrada productos con etiqueta limpia y clasificable: o bien la «denuncia sociológica de superficie» o bien la «reserva autóctona inofensiva». Ambas tendencias eluden la lección fundamental del Pensamiento Simétrico y de la vanguardia vallejiana: que la poesía no se valida por la exhibición de expedientes urbanos ni por la preservación de pedestales folclóricos. El verdadero archivo de la historia no es el papel oficial ni la vitrina etnocráfica, sino los huesos y la memoria atávica encarnadas en el lenguaje. Frente a esta doble desmaterialización —la de la anécdota plana y la de la pureza arcaica—, la poesía de verdad sigue siendo aquella que golpea el caleidoscopio de cartón (legado de mi hermano Germán), rasga la superficie aséptica de la época y permite que el mito irrumpa como una fuerza autónoma, impura y soberana, devolviendo al signo su peso de presencia viva, la gravedad de su propia estructura y la soberanía inmanente del mito. P.G.

»Leer más

DEL POEMA CAPCIOSO AL POEMA ENCARNADO

En su célebre manifiesto La acción subversiva de la poesía, Aldo Pellegrini sentenciaba con vigor surrealista que «en el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos», concluyendo con André Breton que la aprobación del público debe rehuirse por encima de todo para no convertirse en un «león domesticado». Sin embargo, vista hoy en perspectiva, esa dicotomía tajante entre popularidad y subversión peca de un purismo idealista. Al aislar al poeta en un altar de marginación pura, termina por castrar su rol político-estético sobre el tejido social. Si la poesía no circula, si no toca cuerpos ni resuena en la plaza, en la barra de un bar o en la pantalla, se reduce a un ejercicio solipsista. Un poema inaudible no subvierte nada. La clave no está en esconderse del mundo, sino en la posición desde la cual se ocupa la esfera pública: no para halagar la asepsia del establishment, sino para intervenir la realidad con la materia cruda de una voz situada.

Este problema atañe directamente a la madurez de la escritura. Es necesario dar el salto decisivo del poema capcioso al poema encarnado. Mientras un autor permanece en lo primero, se encuentra aún aprendiendo, ensayando o copiando modelos prestados. El poema capcioso opera como un mecanismo cerrado, una demostración de destreza retórica o una trampa de gabinete donde los instrumentos —la métrica, la pirotecnia verbal o la jerga teórica de moda— se repliegan sobre sí mismos en el vacío. Los instrumentos no se inventaron para jugar entre sí, sino para hallar finalmente una sustancia real en la cual aplicarse.

El poema encarnado marca, por el contrario, la verdadera mayoría de edad para un autor e, idealmente, para toda una cuenca cultural. Ocurre cuando la herramienta deja de contemplarse al espejo y golpea sobre la materia viva: el cuerpo, el territorio, la herida, el deseo o la fricción del habla cotidiana. Se pasa, en suma, de lo general a lo particular; o, como bien señalaba Luis Cernuda, se pasa de la «literatura» a la «poesía». Mientras la literatura acumula moldes, formas abstractas y pretensiones de época, la poesía irrumpe en la singularidad irreductible de la experiencia humana. No teoriza la orfandad en abstracto, sino que la encarna en el calor de un caldo, en la mirada de una mujer tras la barra o en la luz enraizada de una palabra. Alcanzar esta encarnación implica dejar atrás la pirotecnia inofensiva para asumir el poema como una epistemología viva, capaz de reconstruirnos y sostenerse de pie en mitad de la intemperie.  P.G.

»Leer más

[MI CUESTIÓN CON EL INGLÉS]

Mi cuestión con el inglés

Y con el idioma inglés

Vuelo Boston – Madrid

Un señor mayor al lado

Al que no sé por qué

Confié que escribía poesía

Un señor cuya especialidad había sido

Sopesar (testar) el paso del conocimiento

De oriente hacia occidente

Pero que no tenía empaque académico

Y me sugiriera no regresar a los Estados Unidos

O viera quedarme en mi lengua materna

Si es que en realidad me interesaba la poesía

Que ser profesor ya no era lo de antes

Al menos eso creí entender

Y hoy por hoy tan sólo

Un modo de estar comprobadamente ocupado

La conversación quedó allí

Unas horas más tarde tomaba ya el autobús

Que me llevaría del aeropuerto al centro de la ciudad

Y de aquí a mi primer café con leche madrileño

Adicción tenaz de mi espíritu

Pero las palabras de aquel bello viejo

Todo un caminante sobre el desierto del aire

No las olvidaría

Escribir en español y dedicarse a la poesía

Viviendo en los Estados Unidos

O es una humorada o peor un auto engaño

Cosa muy distinta consiste en traducir

Aunque esto sea siempre a posteriori

Y ya constituya otro poema

Y otra historia

Y muy distinta economía

Modo en que se troza un pescado

Y se abre una mujer

Una lengua y una mujer

Pedro Granados, 2026

»Leer más

EL ETERNO RETORNO AL DEBATE VALLEJO / MALLARMÉ

A la larga, haciendo una epojé de los accidentes y matices coyunturales, la fractura de la institución literaria peruana y continental nos devuelve al núcleo de una disputa inconclusa e inacabable: la tensión entre el modelo Mallarmé y la lección radical de César Vallejo. Un debate que expone la resistencia de autores, críticos y academias a entregarse sin reservas a la poesía, prefiriendo la trinchera del «control» antropocéntrico.

Por un lado, la estirpe de Mallarmé, concibe la página como un templo o un laboratorio de asepsia. Es la fe en el libro absoluto, en el juego de las ausencias, en la falla del signo o en la ingeniería de los tropos. En esta orilla, el poeta se atrinchera en la soberanía de la mente: controla el dispositivo, administra el tropo, teoriza la carencia y mantiene una distancia higiénica con el mundo. Es la poesía como especulación de gabinete, donde el lenguaje habla sobre el lenguaje sin mancharse las manos.

Por el otro lado, la lección de Vallejo representa la quiebra absoluta de esa ilusión de control. En Vallejo, la palabra no flota en la nada mallarmeana ni se agota en la taxonomía retórica; se encarna en el hueso, en el hambre, en el barro, en la orfandad y en el territorio. Entregarse a la poesía desde esta orilla implica renunciar a la seguridad del «creador antropocéntrico» para someterse a la fuerza del cuerpo y de la materia: mascar el monte, sentir la osamenta y asumir que la lengua materna es un tajo vivo que no se deja empaquetar por el canon.

La preferencia de la institución literaria por la vertiente mallarmeana no es casual: es una coartada de clase y de poder. Entregarse a la poética vallejiana exige desnudarse, perder la pose del intelectual «comprobadamente ocupado» y aceptar la disolución del ego en la materia inmanente. Al no poder —o pudiendo, no querer— asumir ese riesgo, autores, periodistas y académicos prefieren quedarse del lado de la norma y el fetiche, reafirmando una y otra vez la vieja muralla colonial que protege al salón de la vida que cruje fuera de sus fronteras. P.G.

»Leer más