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Poesía

DEL POEMA CAPCIOSO AL POEMA ENCARNADO

En su célebre manifiesto La acción subversiva de la poesía, Aldo Pellegrini sentenciaba con vigor surrealista que «en el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos», concluyendo con André Breton que la aprobación del público debe rehuirse por encima de todo para no convertirse en un «león domesticado». Sin embargo, vista hoy en perspectiva, esa dicotomía tajante entre popularidad y subversión peca de un purismo idealista. Al aislar al poeta en un altar de marginación pura, termina por castrar su rol político-estético sobre el tejido social. Si la poesía no circula, si no toca cuerpos ni resuena en la plaza, en la barra de un bar o en la pantalla, se reduce a un ejercicio solipsista. Un poema inaudible no subvierte nada. La clave no está en esconderse del mundo, sino en la posición desde la cual se ocupa la esfera pública: no para halagar la asepsia del establishment, sino para intervenir la realidad con la materia cruda de una voz situada.

Este problema atañe directamente a la madurez de la escritura. Es necesario dar el salto decisivo del poema capcioso al poema encarnado. Mientras un autor permanece en lo primero, se encuentra aún aprendiendo, ensayando o copiando modelos prestados. El poema capcioso opera como un mecanismo cerrado, una demostración de destreza retórica o una trampa de gabinete donde los instrumentos —la métrica, la pirotecnia verbal o la jerga teórica de moda— se repliegan sobre sí mismos en el vacío. Los instrumentos no se inventaron para jugar entre sí, sino para hallar finalmente una sustancia real en la cual aplicarse.

El poema encarnado marca, por el contrario, la verdadera mayoría de edad para un autor e, idealmente, para toda una cuenca cultural. Ocurre cuando la herramienta deja de contemplarse al espejo y golpea sobre la materia viva: el cuerpo, el territorio, la herida, el deseo o la fricción del habla cotidiana. Se pasa, en suma, de lo general a lo particular; o, como bien señalaba Luis Cernuda, se pasa de la «literatura» a la «poesía». Mientras la literatura acumula moldes, formas abstractas y pretensiones de época, la poesía irrumpe en la singularidad irreductible de la experiencia humana. No teoriza la orfandad en abstracto, sino que la encarna en el calor de un caldo, en la mirada de una mujer tras la barra o en la luz enraizada de una palabra. Alcanzar esta encarnación implica dejar atrás la pirotecnia inofensiva para asumir el poema como una epistemología viva, capaz de reconstruirnos y sostenerse de pie en mitad de la intemperie.  P.G.

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[MI CUESTIÓN CON EL INGLÉS]

Mi cuestión con el inglés

Y con el idioma inglés

Vuelo Boston – Madrid

Un señor mayor al lado

Al que no sé por qué

Confié que escribía poesía

Un señor cuya especialidad había sido

Sopesar (testar) el paso del conocimiento

De oriente hacia occidente

Pero que no tenía empaque académico

Y me sugiriera no regresar a los Estados Unidos

O viera quedarme en mi lengua materna

Si es que en realidad me interesaba la poesía

Que ser profesor ya no era lo de antes

Al menos eso creí entender

Y hoy por hoy tan sólo

Un modo de estar comprobadamente ocupado

La conversación quedó allí

Unas horas más tarde tomaba ya el autobús

Que me llevaría del aeropuerto al centro de la ciudad

Y de aquí a mi primer café con leche madrileño

Adicción tenaz de mi espíritu

Pero las palabras de aquel bello viejo

Todo un caminante sobre el desierto del aire

No las olvidaría

Escribir en español y dedicarse a la poesía

Viviendo en los Estados Unidos

O es una humorada o peor un auto engaño

Cosa muy distinta consiste en traducir

Aunque esto sea siempre a posteriori

Y ya constituya otro poema

Y otra historia

Y muy distinta economía

Modo en que se troza un pescado

Y se abre una mujer

Una lengua y una mujer

Pedro Granados, 2026

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EL ETERNO RETORNO AL DEBATE VALLEJO / MALLARMÉ

A la larga, haciendo una epojé de los accidentes y matices coyunturales, la fractura de la institución literaria peruana y continental nos devuelve al núcleo de una disputa inconclusa e inacabable: la tensión entre el modelo Mallarmé y la lección radical de César Vallejo. Un debate que expone la resistencia de autores, críticos y academias a entregarse sin reservas a la poesía, prefiriendo la trinchera del «control» antropocéntrico.

Por un lado, la estirpe de Mallarmé, concibe la página como un templo o un laboratorio de asepsia. Es la fe en el libro absoluto, en el juego de las ausencias, en la falla del signo o en la ingeniería de los tropos. En esta orilla, el poeta se atrinchera en la soberanía de la mente: controla el dispositivo, administra el tropo, teoriza la carencia y mantiene una distancia higiénica con el mundo. Es la poesía como especulación de gabinete, donde el lenguaje habla sobre el lenguaje sin mancharse las manos.

Por el otro lado, la lección de Vallejo representa la quiebra absoluta de esa ilusión de control. En Vallejo, la palabra no flota en la nada mallarmeana ni se agota en la taxonomía retórica; se encarna en el hueso, en el hambre, en el barro, en la orfandad y en el territorio. Entregarse a la poesía desde esta orilla implica renunciar a la seguridad del «creador antropocéntrico» para someterse a la fuerza del cuerpo y de la materia: mascar el monte, sentir la osamenta y asumir que la lengua materna es un tajo vivo que no se deja empaquetar por el canon.

La preferencia de la institución literaria por la vertiente mallarmeana no es casual: es una coartada de clase y de poder. Entregarse a la poética vallejiana exige desnudarse, perder la pose del intelectual «comprobadamente ocupado» y aceptar la disolución del ego en la materia inmanente. Al no poder —o pudiendo, no querer— asumir ese riesgo, autores, periodistas y académicos prefieren quedarse del lado de la norma y el fetiche, reafirmando una y otra vez la vieja muralla colonial que protege al salón de la vida que cruje fuera de sus fronteras. P.G.

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ÚNICAMENTE CON LOS DIENTES

Unos versos únicamente con los dientes

Tristes prensados no sé cómo

Dados por aptos insensatamente

Para mascar el monte

Y salir invictos

Junto al pómulo liberado

O la media luna de la ceja

Triunfante siempre

Feliz de vuelta a casa

Pero esta vez no hay vuelta

Que darle

Se enamoró de ellos la naturaleza

Un viejo amor los recordó

Un mago acertó a comenzar desde allí

Su fatal hechizo

Y me los robaron

Como el resto de todo

Mi amor por Lastenia

Mi madre

Mi amor por mi amor

Mi esposa

A la expectativa estoy de lo que ellas fueron

A la espera estoy de verlas en otra manera

Devastados estos pulmones

Estas manos escribientes

Mis labios susurrantes

Aquello que fuera o creía ser

Que soy todavía

Mientras la sonaja del cielo anuncia la lluvia

Para facilitar mi ser escurra

Fluya mi osamenta

Mi sol tan pequeño

Sin lamentarlo demasiado

Vi voz al fin también se diluya

Sobre un tumbo una onda vasta

Que atisba la playa

 

Pedro Granados, 2026

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POSEÍA / POESÍA: LA CONSPIRACIÓN DEL LENGUAJE EN VLADIMIR CONDORCCALLO

Puede ser una imagen de libro, hierba y texto que dice "Carios Edluardo и Ensayo filosofia de imaginada cuartoge espera #15IR1"

La irrupción de Vladimir Condorccallo en el panorama de las poéticas contemporáneas plantea una radical impugnación a la solemnidad de la biografía canónica y a las imposturas del «poeta profesional». En las páginas de Ensayo de filosofía imaginada (Lima: Cuarto de espera, 2026) —un artefacto que fluctúa de manera caleidoscópica entre la biografía, el autorretrato, la crónica y el poemario—, Condorccallo no se presenta como la figura iluminada del vate tradicional, sino como la encarnación misma del verbo Poesía hallado desde un anagrama entre los pliegues del idioma. A pesar de su condena explícita a quienes andan «inspirados» por el mundo exhibiendo su estatus, Condorccallo abriga la certeza inconmovible de poseer una inspiración interior, una determinación óntica que habita «ladinamente al margen de la ley».

Esta revelación descansa sobre un pliegue etimológico y conceptual decisivo: la poesía deriva aquí de poseía. La poesía no se busca como un trofeo en el exterior ni se ejerce como un título de propiedad sobre el mundo; el acierto radicará siempre en encontrarla no fuera, sino dentro del lenguaje mismo. Quien pretende poseer la poesía la reduce a fetiche o gesticulación; en cambio, asumir que ya la poseía implica que el sujeto no es dueño del sentido, sino el lugar de paso donde la lengua cobra conciencia de su propia materia y de sus accidentes cotidianos.

Esta tensión vital coloca de inmediato a Condorccallo en sintonía con la órbita de Luis Hernández. En Hernández, la poesía jamás fue una carrera ni un objeto de dominio, sino un estado de conspiración afectiva, una forma de vida al margen de los salones que se desplegaba en libretas manuscritas, regalos y paseos solitarios. Al igual que el héroe sin carácter o el Macunaíma andino, Hernández entendió que la verdadera dignidad de la palabra no se conquista afuera, sino en la inmanencia del estar situado. No hay en Hernández diletantismo ni afán de adorno, sino la rotunda negativa a permitir que la institución literaria arrebate el calor de la experiencia real.

Es en la oscilación semántica del propio nombre del personaje donde esta herencia se vuelve más evidente. El apellido «Condorccallo» evoca esa síntesis trágica y satírica tan propia de la mejor tradición peruana, desde la anagnórisis solar de César Vallejo («Pero he venido de Trujillo a Lima / Pero gano un sueldo de cinco soles») hasta la lucidez fronteriza de Hernández. El «cóndor» evoca el ave majestuosa que domina los vientos de la alta cultura, el mito y la astronomía; pero al descender al suelo del día a día, delata de inmediato sus ridículos y terrestres «callos». Esta capacidad para cruzar lo sublime con lo pedestre —el nombre de «Vladimir» carnavalizado entre la gloria de gobernar y acaso la intimidad de masturbarse antes de dormir— revalida la mirada de Hernández, para quien la música clásica o un planeta distante convivían sin jerarquía con las playas de Lima, la jerga de barrio y la vulnerabilidad de la carne.

Aunque Ensayo de filosofía imaginada, reciente libro de Carlos Quenaya, apela al ensamblaje, al collage y a la captura de voces del entorno, estas herramientas no funcionan como una sustracción de la materia ni como una farsa metatextual. Por el contrario, en Vladimir Condorccallo el lenguaje no se fuga hacia la abstracción: echa raíces. Cada fragmento recortado y cada verso derivado de ese hallazgo interno responden al impulso orgánico de un sujeto que duele, ríe y tropieza sobre su propio territorio, demostrando que la poesía no es poseer una verdad externa, sino la gracia de re-conocer que la palabra siempre estuvo encarnada en el barro y la luz del propio idioma.

Pedro Granados, 2026

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DEL HAIKU MÍSTICO A LA MASA SITUADA

Existe la falsa creencia de que la matriz del haiku o la síntesis de tradición oriental representan un refugio de contemplación aséptica, un mero ejercicio de desapego neoplatónico o una forma de orfebrería verbal ajena al conflicto. Sin embargo, al examinar tanto la valiosa tradición nikkei peruana —encarnada en la poesía de José Watanabe, el trabajo plástico y literario de Eduardo Tokeshi y la pintura tutelar de Tilsa Tsuchiya— como las poéticas que desde los años 80 han tensionado esa misma economía del lenguaje, la forma adquiere un peso radicalmente distinto: se transforma en un haiku geopolíticamente situado y modificado, una estructura de resistencia donde la síntesis del instante se estrella contra la memoria migratoria, la infancia de barro y la violencia histórica de nuestra América.

La pertenencia a esta estirpe no depende de una adscripción étnica o biológica, sino de una precisa operación sobre la materia. En la obra de José Watanabe, esa «curiosa mezcla de criollismo y Tao» nace de la lectura viva de los haikus que su padre inmigrante le transmitía en el campamento agrícola de Laredo. Pero ese satori o epifanía no busca la fuga hacia un mundo trascendental. Por el contrario, la contención del poema se ensucia con la tracción de la tierra y la marca de la violencia política: bajo el puente de Chosica, el río se embalsa y se vuelve sangre, obligando al poeta a asumir su estilo como una represión frente al horror. La brevedad en Watanabe no es un adorno exótico, sino una «palada de órganos enterrados en la arena», una lección de sobrevivencia que exige la resignación y la dureza de la cabra en el bosque de espinos.

Por su parte, Eduardo Tokeshi lleva esta micro-estructura al terreno del relato-haiku y de la masa simétrica visual. En su texto «La Ballena», la brevedad no transcurre en la abstracción, sino en un mapa territorial con nombres, fechas y archivos coloniales: el abuelo okinawense que llega en 1928 a Chilca a los 23 años y desaparece en el mar. Al cumplir el nieto esa misma edad en 1983, la ballena varada en Paracas vomita la indigesta materia marina (algas, peces y basura) para devolver al abuelo desnudo. En un canje de cuerpos donde el nieto le entrega su ropa y entra desnudo en las entrañas del animal, Tokeshi ejecuta una operación de Pensamiento Simétrico impecable: la memoria de la migración no se contempla desde afuera, sino que se habita desde la entraña misma de la geopolítica local.

Esta misma matriz del haiku expandido y tensionado se reconoce de manera categórica en la poética costeña y urbana de Juego de manos (1984). Aquí, la iluminación no ocurre en la contemplación del pino o de la luna, sino en la rugosidad del adobe, en la masa viva y en la precariedad de la infancia: «Porosidad. Textura. Muchedumbre. Avidez. / Botes. / Arena. Espinas. Altorrelieves.» La historia universal no se aprende en la biblioteca ni en los salones parisinos, sino sobre la pared desnudísima, jugando vanamente con una pelota de jebe mientras el entorno impone sus límites. Es la modulación del haiku que, al igual que en la pintura de Tilsa Tsuchiya, convierte a la madre en materia cósmica —«Es viento y es tierra y es agua mi madre»— y al trazo del poema en una cicatriz sobre la noche.

Es en el choque con el paisaje donde el haiku situado alcanza su formulación geopolítica más implacable. El kigo o imagen de estación deja de ser la hoja de otoño para ser la visión urbana de un «jirón de cometa descolorido, abandonado, sujeto a los cables de la calle de siempre», mientras la tensión del mapa entre la costa y el exilio estalla en la evidencia ontológica: «Ser peruano en cualquier parte del mundo es imposible. Ser peruano huaco y católico, cachero y manatí. Ser peruano brujo. Porque harto han andado la disuasión y el poder… No hemos visto y olido y palpado por gusto».

Frente a la pose de la retórica importada, el simulacro de la vanguardia de catálogo o el haiku aséptico de taller, la  poesía que permanece demuestra que la síntesis no existe para huir del mundo, sino para apretar en cuatro o cinco trazos secos la densidad del territorio. Sea desde la memoria okinawense de Laredo y Paracas o desde la pared desnudísima del barrio costeño, el haiku situado es la masa viva, cósmica y geográfica que resiste al simulacro, afirmando la verdad del cuerpo y el peso irreductible de ser huaco en medio de la historia.

Pedro Granados, 2026

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PROSPECTIVA DE LA POESÍA PERUANA PARA LO QUE RESTA DEL SIGLO

Foto por Pedro Granados

El mapa que dibujamos no es solo un diagnóstico de la coyuntura presente; es la descripción de una hipertrofia institucional donde conviven la burocracia estatal, la corrección política de consumo de catálogo, la estetización aséptica del lenguaje y el advenimiento de la máquina. Ante una fauna donde el libro de poemas funciona como credencial parlamentaria, las poéticas se elaboran mediante algoritmos o la academia premia la simulación, proyectar la poesía peruana en lo que queda del siglo XXI exige abandonar las ilusiones del mercado literario para observar la tensión entre el simulacro y la materia irreductible.

En la superficie del sistema, la poesía oficial y de consumo institucional tenderá a una inocuidad absoluta. Asistiremos a la consolidación de la poesía-burocracia, financiada por fondos públicos o promovida por estamentos políticos que no buscan la conmoción estética, sino la figuración social y el cumplimiento de agendas ideológicas precalculadas. A ello se sumará la saturación de libros generados por inteligencia artificial: artefactos impecables, «mallarmeanos» o «glosemáticos» por ensamble sintáctico, pero desprovistos de sombra, de masa corporal y de riesgo existencial. La máquina superará con creces al diletante en la orfebrería del adorno verbal, dejando al descubierto la vacuidad del juego puramente formal.

Frente a esta marea de prótesis y poses, la intuición de Carlos Quenaya —ese deseo de que un poemario no sea literatura— opera como un síntoma de época y una línea de fuga. Cuando la «literatura» se reduce a un formato negociable, la verdadera poesía peruana del resto del siglo tendrá que definirse, precisamente, por su capacidad de desacato al formato. La ruptura ya no pasará por la gesticulación del «neo-kloakismo», cuyas imitaciones tardías de la rabia noventera quedarán expuestas como melodramas extemporáneos ante el colapso real de las ficciones urbanas.

La poesía peruana que logre mantener un peso gravitacional en las próximas décadas se fracturará decisivamente de la mercancía estética para regresar a la dimensión fisiológica, orgánica y política que Vallejo señaló a inicios del siglo XX. En un siglo crecientemente inmaterial y virtualizado, el poema válido no será el que mejor maneje la pirotecnia del lenguaje o la corrección de la agenda, sino el que se sostenga en la evidencia del cuerpo: en la masa corporal que come, escucha y observa, en la vibración de la entraña y en la convivencia de los opuestos. Como la lección de Piel de asno o la sabiduría vegetal de Tilsa Tsuchiya, la poesía que permanezca será aquella que rehúse ser un fantasma inofensivo en los salones de la cultura para afirmarse como una materia viva que no ha terminado de crearse ni de conjugarse. P.G.

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LA SOMBRA DE PIEL DE ASNO

Al volver a Piel de asno como matriz de lectura primera y activa, se vuelve evidente la exigencia ética que debe gobernar a la poesía y a su crítica: la exigencia de convivencia. Una poesía que no convive con su propio reverso —con la sombra, con la podredumbre, con la pérdida o con la muerte— es apenas un artificio desintegrado, una estampa de postal burguesa. La literatura no es un juego de abstracciones puras ni una utopía higienizada; es un territorio donde los opuestos se sostienen y se metabolizan mutuamente.

Esta necesidad de convivencia entre la luz y el límite se manifiesta con fuerza en diversas tradiciones del pensamiento y del arte. En las telas de Paul Gauguin, bajo la exuberancia de los paisajes tahitianos, el sol deslumbrante y los colores amables, nunca falta una figura oscura en cuclillas, un espectro vegetal o la presencia viva de la muerte. El paraíso de Gauguin no es una evasión idílica; es un espacio donde la belleza solo cobra densidad porque la muerte acecha desde la esquina del lienzo. La luz no borra la tiniebla: convive con ella.

Del mismo modo, para Carl Gustav Jung, la psique humana que pretende quedarse únicamente en el territorio de la conciencia luminosa cae en la neurosis y la falsedad. A toda luz le corresponde, por ley ontológica, una «sombra». La plenitud del individuo no consiste en extirpar el lado oscuro, sino en reconocerlo, dialogar con él e integrarlo en la totalidad del ser.

En el mito andino del Inkarri, esta dialéctica alcanza una dimensión aún más radical. La muerte o la decapitación del Rey Inca no significan el fin de la existencia ni una simple condena trágica; implican la premisa de una vida todavía mejor. La muerte no es la antítesis de la vida, sino su pariente simétrico: la masa subterránea donde el cuerpo mutilado se está reorganizando y reuniendo. En el horizonte andino, la vida no ha terminado de crearse ni de conjugarse; es un proceso orgánico en continua reescritura.

Volver a la lección de Piel de asno es recordar que la princesa no existe sin la piel infecta del animal que la cubre. Pretender una poesía puramente decorativa es amputarle al arte su mitad respiratoria. La poesía que permanece, la crítica que de verdad lee la entraña de la materia, es aquella que sabe que la muerte, la sombra y el dolor no son el final del camino, sino la masa germinal de una vida que todavía se está creando.

Pedro Granados, 2026

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Zambrano, Vallejo y la desobediencia de existir

Pia Valentinis

Existe una distancia insalvable entre el fantasma que la institución tolera y el cuerpo que insiste en comer, escuchar y observar. Cuando María Zambrano formula la «razón poética», intenta restañar la herida originaria de Occidente: la separación violenta entre el saber y el sentir, entre el logos y la entraña. Nos demostró que existen verdades a las que solo se llega mediante la intuición y el asombro. Sin embargo, cuando los marcos institucionales —sea la academia metropolitana, el público anglosajón o la recepción peninsular— leen este tipo de poéticas, suelen realizar una operación de neutralización quirúrgica: convierten la entraña en categoría abstracta y al sujeto que la enuncia en un espectro inofensivo, convidándolo con refinada urbanidad a la trastienda de lo inmaterial.

Intentar conectarse el chip de Zambrano en esos entornos es equivalente a invocar un fantasma. Es la misma sensación de ajenidad que surge al leer poesía ante un auditorio que escucha con distancia educada: el gesto de quien te invita, con impecable elegancia, a habitar el limbo de los no nacidos, un espacio donde la palabra es bienvenida siempre y cuando no reclame densidad ni interfiera con la razón hegemónica.

Es allí donde la coincidencia entre la razón poética y el pensamiento simétrico vallejiano deja de ser una mera afinidad conceptual para convertirse en una trinchera ontológica. En Zambrano, la verdad exige descender a los ínferos del sentir, pero al ser procesada por la diplomacia cultural corre el riesgo de ser estetizada como un mito flotante. Vallejo, por el contrario, nos recuerda que el lenguaje no se deja volatilizar. Frente al riesgo del espectro, el universo de Trilce opone la masa corporal, la física del pan cotidiano, la tracción de la tierra y la fricción de la materia. Si la razón poética desciende a la entraña, el pensamiento simétrico le otorga un anclaje, una geopolítica y una geometría que no se deja evaporar.

La trampa de la recepción canónica consiste en ofrecer un limbo amigable: una cortesía que celebra la poesía siempre que esta se mantenga como un adorno inofensivo o una abstracción flotante. Frente a esa inducción al repliegue, la respuesta no es el debate teórico abstracto, sino la afirmación irreductible de la materia: pero resulta que ya yo nací, como, escucho y observo. Es el desacato directo de la existencia. La poesía, cuando nace de la entraña y se sostiene en la masa corporal, no pide permiso para habitar el presente ni acepta la copa de cortesía de la invisibilidad.  P.G.

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[CÓMO HA ENDULZADO A LOS INCAUTOS]

Cómo ha endulzado a los incautos

A los de entraña y vocación de congresistas

La oficial poesía chilena

La peor de nuestro continente

Ni chicha ni limonada

Ni Vallejo ni Borges

Una postal de un cerro y  sus habitantes

Que es Neruda que es Mistral

Que a intrincados saltos elude serlo Huidobro

Nada más ni nada menos

Poesía del que tiene algo muy importante que decir

Justo antes de recibir su premio

La poesía chilena y sus imitadores

Acomplejados de ser peruanos o bolivianos

Huevos infértiles de Inkarrí

Detrás de un iluminado lienzo

Los dedos truncos

La crispada mano

El estéril brazo políglota

 

Pedro Granados, 2026

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