El fallo del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026, presidido por Diamela Eltit y otorgado a Mario Montalbetti, no es un hecho fortuito ni una mera coincidencia de agenda institucional; es la consagración de una estricta coherencia estética e ideológica que lleva décadas articulándose desde la maquinaria crítica trasandina. Al revisar mi ensayo sobre El cuarto mundo (1988) a la luz de este dictamen, la filiación salta a la vista: lo que Eltit percibió, reconoció y premió en Montalbetti es el triunfo del significante despojado y la desmaterialización sistemática del referente.
En El cuarto mundo, Eltit ensayaba una subversión de la taxonomía patriarcal a través de una inmersión claustrofóbica, corporal y placentaria. Aquella promesa de una «obra sudaca terrible y molesta» se sostenía todavía en la fricción de la carne, el frote incestuoso y la «combinatoria de afinidad de desperdicios y excedentes evacuados por el desamparo del mundo». Si bien operaba en el límite de la legibilidad, la novela mantenía un ancla irreductible con la biología, la marginalidad y el residuo social.
Sin embargo, a lo largo de las últimas cuatro décadas, esa matriz teórico-creativa fue sufriendo un proceso de depuración e higienización. La experiencia del cuerpo doliente y la perversión del sentido cedieron terreno ante la fascinación por la técnica de la elisión, la tautología escolarizada y el repliegue abstracto sobre las imposibilidades del decir. Lo que Eltit legitima hoy en la poesía de Montalbetti es, precisamente, la perfecta ejecución de esa tecnología del vaciamiento: la consolidación de un culteranismo de aula que sustituye la densidad histórica, el aluvión popular y la herida corporal por un desplazamiento incesante de términos donde el lenguaje se celebra a sí mismo como una farsa incapaz de rozar la realidad.
El fallo del Premio José Donoso funciona así como una ilustración modélica de la geopolítica cultural en la región. La institucionalidad letrada chilena —con sus jurados, sus fondos de distribución y su prestigio académico— consagra en el Perú no a las poéticas del «concho», del «hueso» o de la inmanencia popular, sino a su propia réplica aséptica. El discurso que en los años 80 pretendía disputarle la objetividad al poder termina reconvertido en el protocolo oficial de validación regional: la confirmación de que, para el canon hegemónico, la única poesía «iluminada» es aquella que ha aprendido a extirparle al verso la materia viva, la memoria colectiva y los tentáculos del deseo.
Pedro Granados, 2026

