Archivo por meses: septiembre 2026

EL SENO DE MONTALBETTI: LA CLAUSURA DEL SIGNO Y LA POLITIZACIÓN DE GABINETE

La declaración de Mario Montalbetti —«El poema no miente porque arma sus propias normas, una lógica en el seno del lenguaje, no de lo real»— condensa con precisión quirúrgica el proyecto de la escolástica lingüística y expone la fisura insalvable que la separa de una poética situada, territorial y encarnada.

En primer lugar, al decretar que la lógica del poema pertenece al «seno del lenguaje» y no a lo real, Montalbetti sanciona la clausura autonómica del signo. La poesía deja de ser un acontecimiento de la carne, un contacto visceral con el barro, la orfandad o la tierra, para convertirse en una ingeniería de reglas internas: un laboratorio higiénico donde las palabras solo conversan con otras palabras. Es la fe mallarmeana en su versión contemporánea más depurada, donde el mundo físico queda suspendido e inmunizado al otro lado de la página.

En segundo lugar, al equiparar la crisis de la representación lingüística con la imposibilidad de la representación política, esta postura ejecuta un movimiento desmovilizador. Al asumir que el lenguaje es incapaz de nombrar lo real, la experiencia del territorio y del cuerpo queda despojada de toda potencia testimonial o transformadora; cualquier intento de articulación situada se tacha de ingenuidad o de ilusión retórica. La resistencia que propone esta vertiente es de carácter estrictamente semiótico: la destrucción del poder no ocurre en el conflicto social ni en la masa crítica de la historia, sino en el sabotaje formal del sentido dentro del texto.

En última instancia, esta cita confirma el diagnóstico central sobre la institución literaria peruana. Montalbetti ofrece una política de gabinete: una insurgencia «limpia» y metalingüística que no arriesga la piel ni se mancha las manos. Frente a esta poética del encierro gramatical, la lección vallejiana y el pensamiento simétrico recuerdan que la palabra no se agota en la especulación de sus propias normas, sino en la fuerza inmanente con que se sostiene, contra la pared y sin amparo, únicamente con los dientes. P.G

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EL ETERNO RETORNO AL DEBATE VALLEJO / MALLARMÉ

A la larga, haciendo una epojé de los accidentes y matices coyunturales, la fractura de la institución literaria peruana y continental nos devuelve al núcleo de una disputa inconclusa e inacabable: la tensión entre el modelo Mallarmé y la lección radical de César Vallejo. Un debate que expone la resistencia de autores, críticos y academias a entregarse sin reservas a la poesía, prefiriendo la trinchera del «control» antropocéntrico.

Por un lado, la estirpe de Mallarmé, concibe la página como un templo o un laboratorio de asepsia. Es la fe en el libro absoluto, en el juego de las ausencias, en la falla del signo o en la ingeniería de los tropos. En esta orilla, el poeta se atrinchera en la soberanía de la mente: controla el dispositivo, administra el tropo, teoriza la carencia y mantiene una distancia higiénica con el mundo. Es la poesía como especulación de gabinete, donde el lenguaje habla sobre el lenguaje sin mancharse las manos.

Por el otro lado, la lección de Vallejo representa la quiebra absoluta de esa ilusión de control. En Vallejo, la palabra no flota en la nada mallarmeana ni se agota en la taxonomía retórica; se encarna en el hueso, en el hambre, en el barro, en la orfandad y en el territorio. Entregarse a la poesía desde esta orilla implica renunciar a la seguridad del «creador antropocéntrico» para someterse a la fuerza del cuerpo y de la materia: mascar el monte, sentir la osamenta y asumir que la lengua materna es un tajo vivo que no se deja empaquetar por el canon.

La preferencia de la institución literaria por la vertiente mallarmeana no es casual: es una coartada de clase y de poder. Entregarse a la poética vallejiana exige desnudarse, perder la pose del intelectual «comprobadamente ocupado» y aceptar la disolución del ego en la materia inmanente. Al no poder —o pudiendo, no querer— asumir ese riesgo, autores, periodistas y académicos prefieren quedarse del lado de la norma y el fetiche, reafirmando una y otra vez la vieja muralla colonial que protege al salón de la vida que cruje fuera de sus fronteras. P.G.

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EL PREMIO DONOSO Y LAS DOS RIVAS DE LA POESÍA PERUANA

El reciente otorgamiento del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026 al poeta y lingüista Mario Montalbetti marca un hito indudable de visibilidad para las letras peruanas, al tiempo que abre un campo de debate crítico ineludible sobre la hegemonía y la dirección de la poesía continental.

Por un lado, el fallo del jurado internacional —celebrado en el marco de los 25 años del galardón otorgado por la Universidad de Talca— convalida una trayectoria volcada de manera implacable a la indagación de los límites del signo y la gramática formal. Desde Perro Negro (1978) hasta sus intervenciones críticas y ensayísticas más recientes, la propuesta de Montalbetti ha convertido al lenguaje en un territorio de auscultación lingüística y laboratorio metapoético, dialogando fluidamente con la teoría de la disyunción y los marcos del conceptualismo occidental.

Sin embargo, contemplado desde la trinchera de una poética situada, del pensamiento simétrico y de la herencia vallejiana, este reconocimiento vuelve a poner en evidencia la distancia que separa a dos modos de entender el hecho poético. Mientras que la perspectiva formalista tiende a concentrar su atención en la falla del lenguaje como un problema eminentemente semiótico o conceptual, la poética del cuerpo —aquella que se afianza en el barro, la orfandad, el territorio y la lengua materna encarnada— entiende que el quiebre de la palabra no es un mero dilema formal, sino una herida social y existencial que se sostiene única y visceralmente con los dientes.

El Premio Donoso celebra la incontestable maestría técnica de Montalbetti dentro de los circuitos académicos de la región. Al mismo tiempo, reafirma la preferencia histórica de las instituciones por poéticas “limpias” o metalingüísticas que no desacomodan la jerarquía del canon ni cuestionan la división internacional del trabajo intelectual, dejando intacto el abismo que separa a la poesía concebida como especulación sobre el sentido de aquella que se vive como un tajo inmanente en la carne de la realidad.

Pedro Granados, 2026

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ÚNICAMENTE CON LOS DIENTES

Unos versos únicamente con los dientes

Tristes prensados no sé cómo

Dados por aptos insensatamente

Para mascar el monte

Y salir invictos

Junto al pómulo liberado

O la media luna de la ceja

Triunfante siempre

Feliz de vuelta a casa

Pero esta vez no hay vuelta

Que darle

Se enamoró de ellos la naturaleza

Un viejo amor los recordó

Un mago acertó a comenzar desde allí

Su fatal hechizo

Y me los robaron

Como el resto de todo

Mi amor por Lastenia

Mi madre

Mi amor por mi amor

Mi esposa

A la expectativa estoy de lo que ellas fueron

A la espera estoy de verlas en otra manera

Devastados estos pulmones

Estas manos escribientes

Mis labios susurrantes

Aquello que fuera o creía ser

Que soy todavía

Mientras la sonaja del cielo anuncia la lluvia

Para facilitar mi ser escurra

Fluya mi osamenta

Mi sol tan pequeño

Sin lamentarlo demasiado

Vi voz al fin también se diluya

Sobre un tumbo una onda vasta

Que atisba la playa

 

Pedro Granados, 2026

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POSEÍA / POESÍA: LA CONSPIRACIÓN DEL LENGUAJE EN VLADIMIR CONDORCCALLO

Puede ser una imagen de libro, hierba y texto que dice "Carios Edluardo и Ensayo filosofia de imaginada cuartoge espera #15IR1"

La irrupción de Vladimir Condorccallo en el panorama de las poéticas contemporáneas plantea una radical impugnación a la solemnidad de la biografía canónica y a las imposturas del «poeta profesional». En las páginas de Ensayo de filosofía imaginada (Lima: Cuarto de espera, 2026) —un artefacto que fluctúa de manera caleidoscópica entre la biografía, el autorretrato, la crónica y el poemario—, Condorccallo no se presenta como la figura iluminada del vate tradicional, sino como la encarnación misma del verbo Poesía hallado desde un anagrama entre los pliegues del idioma. A pesar de su condena explícita a quienes andan «inspirados» por el mundo exhibiendo su estatus, Condorccallo abriga la certeza inconmovible de poseer una inspiración interior, una determinación óntica que habita «ladinamente al margen de la ley».

Esta revelación descansa sobre un pliegue etimológico y conceptual decisivo: la poesía deriva aquí de poseía. La poesía no se busca como un trofeo en el exterior ni se ejerce como un título de propiedad sobre el mundo; el acierto radicará siempre en encontrarla no fuera, sino dentro del lenguaje mismo. Quien pretende poseer la poesía la reduce a fetiche o gesticulación; en cambio, asumir que ya la poseía implica que el sujeto no es dueño del sentido, sino el lugar de paso donde la lengua cobra conciencia de su propia materia y de sus accidentes cotidianos.

Esta tensión vital coloca de inmediato a Condorccallo en sintonía con la órbita de Luis Hernández. En Hernández, la poesía jamás fue una carrera ni un objeto de dominio, sino un estado de conspiración afectiva, una forma de vida al margen de los salones que se desplegaba en libretas manuscritas, regalos y paseos solitarios. Al igual que el héroe sin carácter o el Macunaíma andino, Hernández entendió que la verdadera dignidad de la palabra no se conquista afuera, sino en la inmanencia del estar situado. No hay en Hernández diletantismo ni afán de adorno, sino la rotunda negativa a permitir que la institución literaria arrebate el calor de la experiencia real.

Es en la oscilación semántica del propio nombre del personaje donde esta herencia se vuelve más evidente. El apellido «Condorccallo» evoca esa síntesis trágica y satírica tan propia de la mejor tradición peruana, desde la anagnórisis solar de César Vallejo («Pero he venido de Trujillo a Lima / Pero gano un sueldo de cinco soles») hasta la lucidez fronteriza de Hernández. El «cóndor» evoca el ave majestuosa que domina los vientos de la alta cultura, el mito y la astronomía; pero al descender al suelo del día a día, delata de inmediato sus ridículos y terrestres «callos». Esta capacidad para cruzar lo sublime con lo pedestre —el nombre de «Vladimir» carnavalizado entre la gloria de gobernar y acaso la intimidad de masturbarse antes de dormir— revalida la mirada de Hernández, para quien la música clásica o un planeta distante convivían sin jerarquía con las playas de Lima, la jerga de barrio y la vulnerabilidad de la carne.

Aunque Ensayo de filosofía imaginada, reciente libro de Carlos Quenaya, apela al ensamblaje, al collage y a la captura de voces del entorno, estas herramientas no funcionan como una sustracción de la materia ni como una farsa metatextual. Por el contrario, en Vladimir Condorccallo el lenguaje no se fuga hacia la abstracción: echa raíces. Cada fragmento recortado y cada verso derivado de ese hallazgo interno responden al impulso orgánico de un sujeto que duele, ríe y tropieza sobre su propio territorio, demostrando que la poesía no es poseer una verdad externa, sino la gracia de re-conocer que la palabra siempre estuvo encarnada en el barro y la luz del propio idioma.

Pedro Granados, 2026

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