Archivo de la categoría: Narrativa

Narrativa

Juvenal Agüero y el Brasil

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Olgaides Ribeiro de Olivença, era el nombre de la minina que Juvenal Agüero estaba reservando para el final; es más, incluso no íbamos a saber nada de ella porque nada pasó, al menos, en términos de las formas de comunicación descritas aquí hasta el momento. Pero si Juvenal tuviera que nacer otra vez, y pudiera elegir un territorio, se iría al Brasil, a Manaus –donde aún ella lo está esperando–, al barrio de Espíritu Santo; para dormir con ella y olvidarse absolutamente de todo, hasta del escribir, entre su peladinha y sus piernas y sus brazos larguísimos, aunque aún algo torpes, recién aparecidos –como la forma que el escultor arrancó de una materia preciosa — de entre el barro alborotado que es siempre la pubertad. Describir a Olgaides rebasa los límites de lo que un simple papel puede contener y, entonces, Juvenal queda simplemente agradecido a ella, eternamente obrigado. Asegura que esta muchacha, nacida en Belem do Pará y criada en Manaus, pertenece al futuro, no al suyo, por cierto, pero sí al del más auténtico Orpheu brasileiro o de cualquier otra nacionalidad.

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Para Charo

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No fue un amor a primera vista. Digamos que él era una piedra intrusa sobre el asfalto nuevo. Podía ser arremetida por algún neumático; podía ser recogida por cualquier prudente, o rechazada por un odiador de piedras. Lo cierto es que él tenía el brillo de las piedras, ese brillo.

Ella es bella, y en ese tiempo lo era más todavía; pero no fue un amor a primera vista. Digamos que ella era tierna y olorosa como el lodo, empleando una imagen cercana. Y esto es lo paradójico de toda la historia, ¿qué pasa cuando la piedra y el lodo se encuentran? Literalmente, él se adosó y se sumergió, y ella lo tragó y lo fue tragando como sólo ella podía hacerlo.

¿Qué sucedió después? o ¿qué ocurre ahora? No lo sé. Sólo escucho el estrépito de los autos, sólo siento el vibrar de esta masa resinosa debajo de mí, y percibo las voces, algunas fugaces voces. Estoy ciego, con una costra dura que me cubre todo el cuerpo, y casi sin poder respirar.

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Catábasis/ José Donayre Hoefken

Dante, atormentado por la lepra y la epilepsia, ha considerado que al mundo le queda muy pocos años. No más de treinta, calcula, mientras degusta su fiambre con un pan duro: un círculo de harina, agua, manteca y sal que le remueve la dentadura desde su raíz. Algún día, agrega a sus santas preocupaciones, escribiré sobre esta infernal tortura.

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Juvenal Agüero y la noche

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A Juvenal Agüero le cayó un rayo de luz de parte de su neurosis, de la poesía o del mismo Dios cuando estaba en tercero de secundaria. Fue en Villa Koschka, en realidad, una casa de campo casi abandonada que tenían los jesuitas a no más de hora y media de Lima. Esta casa no dejaba de ser un lugar interesante para alguien que venía del corazón de una urbe donde nunca llueve y donde, por las divisiones de clase trasladadas al mapa de la capital, su barrio de Breña no poseía ningún encanto ecológico, ni mar ni árboles ni nada que se le parezca, solamente tráfico –conectado como estaba al centro de la capital– y calles escasamente iluminadas.

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Juvenal Agüero en Bolivia

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En Santa Cruz de la Sierra, por los meses que van de Febrero a Noviembre de 1994, Juvenal Agüero trabajó al lado del psiquiatra más importante de Bolivia; psiquiatra y empresario, para ser más precisos. Fue en el marco de un sincero propósito para procurar instalarse de nuevo en Latinoamérica. Juvenal dejó inconclusos sus estudios del doctorado en una AB League norteamericana y, por cierta amistad que tenía con una señora cruceña que había conocido en un viaje anterior, se decidió por Bolivia antes que por el Bajo Perú. La verdad de la milanesa es que después de vivir cinco años seguidos en el país del norte y perder a Ramsa, el único y real estímulo que lo mantenía allí vivo, sufrió un shock cultural tan agudo que el solo hecho de escuchar hablar en inglés lo crispaba y le producía insoportables migrañas. Juvenal Agüero sujetó el timón de su existencia, pues, y se vino a trabajar de profesor de literatura en una escuela privada de la que era director aquel polifacético médico.

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La escritura en dominó de Eulogio Javier

Jugábamos al dominó, ese extraño juego en el cual se juega
al contrario de la vida, porque cada cual lucha por tener cada
vez menos
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Este breve pasaje de “La otra cara”, relato perteneciente a Odio a los espejos (Santo Domingo: Editorial Búho, 2006) –reciente libro de cuentos del autor dominicano Eulogio Javier (1963)– de algún modo resume tanto los temas como la carpintería de su arte verbal. Efectivamente, los siete cuentos que integran el libro son como otro igual número de partidas de dominó –de trámite expeditivo e impecable– que el narrador entabla con sus lectores. Y donde ganar, asimismo, es quedarse sin pieza ninguna; por un lado, sin pizca de certidumbre sobre la realidad y, por el otro, sin letra que no nos hayamos bebido casi sin darnos cuenta, tal la fluida calidad de la escritura de Javier. Es decir, lo único sobre lo que nos queda constancia es sobre el propio juego, en este caso, de desapariciones en las que se ha tornado la presente narrativa.
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Benito Pérez Galdós y la poesía

Benito Pérez Galdós (Óleo de Sorolla

ARTÍCULOS
Granados, Pedro, “La novela como responso y elegía: la distribución de lo lírico en Fortunata y Jacinta”, Anales Galdosianos,Queen’s University, Kingston, Ontario, Canadá – Casa-Museo Pérez Galdós, XXXVII (2002), pp. 103-112.
Granados, Pedro, “Poesía e historia en El doctor Centeno”, Anales Galdosianos, XXXVIII-XXXIX (2003-2004), pp. 93-102.

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“Plusvalía”/ Mario Guevara Paredes

Después de una acalorada discusión, el convicto y confeso troskista, poniendo en práctica su ideología marxista (conocimiento que le sirvió para salir airoso de incontables polémicas, que derivaban de que el mundo está jodido por los dictados del Tío Sam, que introduce sus pestilentes narices donde nadie se lo solicita, porque este viejo prepotente y manganzón se cree gendarme de la humanidad), intentó disuadir a su cónyuge para que no contratara los servicios de una “empleada doméstica”, porque consideraba que ese trabajo iba en contra de sus principios materialistas, dado que la explotarían como viles e infames capitalistas. La mujer, con la parsimonia de siempre, le contestó: ¿Y quién lavará tu mugrosa ropa?

De Usted, nuestra amante italiana (libro en preparación) »Leer más

Sobre Prepucio carmesí / Roberto Zariquiey*

Querido Pedro:

El fin de semana pude, al fin, leer Prepucio carmesí. La leí con especial emoción, ya que, como tú mismo lo dices, se trata de una autobiografía “apócrifa”. Pasajes sumamente intensos los entregados a tu hermano Germán, a tus recuerdos de Breña y a tus padres. Tambien así aquél que dedicas a la cultura norteamericana y a los poetas y la poesía. Pero me parece que no te quedas en el recuerdo, sino que lo trasciendes y lo haces otra cosa. Por ello, tal como ocurre con La casa de cartón, es difícil atribuirle un género a Prepucio. Díficil por la intercalación de poemas, la brevedad de los capitulillos o secciones o la emoción que tiñe a varios fragmentos, tornándolos poemas en prosa (poemas que, además, recogen la voz de tus libros de verso). A ello, debemos añadir los análisis casi sociológicos que muchas veces ofreces (citas de libros de teoría) y las referencias a otros poetas de latinoamérica y a su obra. En definitiva, me dejó una muy buena sensación y puso ante mis ojos la evidencia necesaria para confirmar algo que yo, desde hace tiempo, ya sabía: eres un escritor que, haga lo que haga, ha decidido no traicionarse y en verdad no lo hace.

un fuerte abrazo

roberto zariquiey

p.d. sigue mi deuda con Los poetas más vivos del Perú

*ROBERTO ZARIQUIEY (Lima, 1979). Ha publicado los poemarios Lo torpe (2001) y Tratado de arqueología peruana (2005). Lingüista. Actualmente estudia un doctorado en lenguas nativas en Australia.
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