Entre la entraña y la masa corporal: Zambrano, Vallejo y la desobediencia de existir

Pia Valentinis

Existe una distancia insalvable entre el fantasma que la institución tolera y el cuerpo que insiste en comer, escuchar y observar. Cuando María Zambrano formula la «razón poética», intenta restañar la herida originaria de Occidente: la separación violenta entre el saber y el sentir, entre el logos y la entraña. Nos demostró que existen verdades a las que solo se llega mediante la intuición y el asombro. Sin embargo, cuando los marcos institucionales —sea la academia metropolitana, el público anglosajón o la recepción peninsular— leen este tipo de poéticas, suelen realizar una operación de neutralización quirúrgica: convierten la entraña en categoría abstracta y al sujeto que la enuncia en un espectro inofensivo, convidándolo con refinada urbanidad a la trastienda de lo inmaterial.

Intentar conectarse el chip de Zambrano en esos entornos es equivalente a invocar un fantasma. Es la misma sensación de ajenidad que surge al leer poesía ante un auditorio que escucha con distancia educada: el gesto de quien te invita, con impecable elegancia, a habitar el limbo de los no nacidos, un espacio donde la palabra es bienvenida siempre y cuando no reclame densidad ni interfiera con la razón hegemónica.

Es allí donde la coincidencia entre la razón poética y el pensamiento simétrico vallejiano deja de ser una mera afinidad conceptual para convertirse en una trinchera ontológica. En Zambrano, la verdad exige descender a los ínferos del sentir, pero al ser procesada por la diplomacia cultural corre el riesgo de ser estetizada como un mito flotante. Vallejo, por el contrario, nos recuerda que el lenguaje no se deja volatilizar. Frente al riesgo del espectro, el universo de Trilce opone la masa corporal, la física del pan cotidiano, la tracción de la tierra y la fricción de la materia. Si la razón poética desciende a la entraña, el pensamiento simétrico le otorga un anclaje, una geopolítica y una geometría que no se deja evaporar.

La trampa de la recepción canónica consiste en ofrecer un limbo amigable: una cortesía que celebra la poesía siempre que esta se mantenga como un adorno inofensivo o una abstracción flotante. Frente a esa inducción al repliegue, la respuesta no es el debate teórico abstracto, sino la afirmación irreductible de la materia: pero resulta que ya yo nací, como, escucho y observo. Es el desacato directo de la existencia. La poesía, cuando nace de la entraña y se sostiene en la masa corporal, no pide permiso para habitar el presente ni acepta la copa de cortesía de la invisibilidad.  P.G.

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