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Ensayo

Ajuste de cuentas, una antología “a cuchilladas”

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Ajuste de cuentas.  La poesía colombiana del siglo XX (Palma de Mallorca: Agatha, 2014) de Harold Alvarado Tenorio, una antología “a cuchilladas” –como bien subraya Antonio Caballero en el Prólogo–, se abre con unos muy elocuentes epígrafes, acaso arbitrarios e injustos, pero no menos demoledores sobre la poesía colombiana: “En los artistas y poetas de Colombia hay un fatal divorcio entre su expresión y las raíces del pueblo” (Waldo Frank); “Tierra de copleros y serenateros, Colombia es un país cerrado a la poesía moderna” (X-504 o Jaime Jaramillo Escobar); “En Colombia el oficio de escritor está tan prostituido y tergiversado que se llega a designar como tales a éste o aquel por el hecho exclusivo de que proclame una determinada consigna política” (María Mercedes Carranza); entre otros tres e ilustrativos testimonios más.  Es decir, y a modo estrictamente personal, es como si este libro de Alvarado Tenorio se tocara y continuara con una breve nota que hace cuatro años (2010) escribiéramos en nuestro blog, bajo “Palotes de un autista comprometido”, y sobre semejante tenor:

Fervor de Cali

En un muy reciente viaje a Colombia visité, brevemente, Cali; ciudad que no conocía, aunque de la que tenía –acaso como todos ustedes– ya algunas buenas referencias. Llegué un sábado por la tarde y me alojé en el centro de la ciudad. Por la noche, en un local de rumba de la carrera cuarta, ocurrió la epifanía. En toda la poesía colombiana que he leído hasta el momento, salvo algunos memorables atisbos, aún no ha penetrado aquella tromba de conocimiento y de dicha que constituye una sesión de baile en Cali. Acontecimiento que si fuera llevado a la literatura –digo, no como mero referente, sino como evento en el lenguaje– superaría largamente y con creces, sólo por poner un par de ejemplos, lo conseguido por García Márquez y sus epígonos; por Mutis y, junto con él, sus soporíferos continuadores. La poesía colombiana –repito, con algunas notables excepciones (Gómez Jattin, J. M. Arango, Alvarado Tenorio, entre pocos otros)– en general anda encorsetada, maniatada dentro de una elegante camisa de fuerza. Camisa, esta última, hecha de irrelevante soliloquio, modales periclitados, y un prejuicio inmenso sobre lo que es la cultura, el pensamiento y el buen decir. Donde está la alegría, allí mismo hace morada la poesía. O, dicho también de otro modo, donde a costa de intensidad y sabiduría atinamos a conjurar el sufrimiento.

Así pues, invito a los poetas colombianos, muy en especial a los bogotanos –que simpaticen o no con este inca postrero–, a visitar las discotecas del centro de Cali; y ensayar cada uno sus pasitos de salsa… o como podamos denominar aquel baile endiablado. Grillos sobre una plancha caliente, elfos ubicuos, honores reencontrados, tauromaquia. Y un otro yo mejor, regalado de pronto para ti solito (poeta), entre tu utilería de corona de espinas y la grave lección de tus versos de oficio.

[http://blog.pucp.edu.pe/item/117465/palotes-de-un-autista-comprometido-ii]

Obvio, Ajuste de cuentas  no es una nota ni un artículo ligero, más o menos inspirado, sino un libro de casi de 700 páginas donde se ensaya una crítica pormenorizada del contexto ideológico-político-social-cultural y se ventilan también, con certera sensibilidad, los poemas aquí compilados.  De este modo se repasan los autores que van desde “El Modernismo” (1882-1915), escuela o estética vigente y acaso predominante incluso hoy mismo en Colombia (tanto en su poesía como en la crítica de ésta), hasta los poetas del periodo que Alvarado Tenorio califica como “La república del narcotráfico” (1985-2002).  Es decir, se recorre autores representativos de los grupos “Los nuevos”, “Piedra y cielo”, “Mito”, “El Nadaísmo” y el de “La generación desencantada” de la cual Alvarado Tenorio, sin auto-incluirse aquí, es un reconocido representante.

Propiamente ninguno de los poetas compilados queda  indemne  aquí.  A cada uno les ha caído su tanto de torta con crema directamente sobre la cara; aunque, eso sí, a algunos más que a otros.  Verbigracia, leamos la envergadura de la recibida por Juan Manuel Roca:

“Ha ocupado, sin intermitencia alguna, todos los espacios que ofrecieron a la poesía los inventores del Frente Nacional y sus ministros de Educación y Relaciones Exteriores, y su influencia moral como etílica, agresiva y poética, sólo puede medirse contando las veces que ha golpeado a botella a los poetas de su país (416) […] él fue el aparejo que cambió el rumbo de la poesía colombiana.  Roca, con la colaboración de los sindicatos de maestros y una secta de partidarios de la combinación de todas las formas de lucha contra el estado, lograron lo que nunca pudo hacer Gonzalo Arango: convertir en fanáticos de la catacresis [una metáfora sin un adecuado referente literal] a los ignaros aspirantes a poetas de su tiempo” (418).

Claro que en esta puya contra Roca, a todas luces aquí merecida, Alvarado Tenorio refracta también –así como en varios pasajes de este libro– su propia poética.  En el fondo se trata de  Modernismo (cultivo de la retórica, cuidado de la sintaxis y conciencia de la etimología… tan caras también a Borges) versus una Vanguardia que el autor de Ajuste de cuentas percibe, más bien, frustrante y frustrada en Colombia.  Por lo tanto, renovación de la poesía colombiana que no iría más allá de la “catacresis” que nuestro autor  repara como el legado de Roca a la poesía actual de su país.  Vanguardismo colombiano criticado también en otro momento, digamos estelar, cuando se ventila la poesía de Jaime Jaramillo Escobar (aquel que se fuera a Cali, lugar preferido de los antioqueños, porque “allá disque estaba el diablo”) cuya obra se halaga sin tapujos y cuya fotografía ilustra nada menos que la portada de Ajuste de cuentas:

“Sorprende, entonces, cómo en una sociedad y unas escuelas literarias como las colombianas de mediados del siglo pasado, que entendían, de muchas maneras, el propósito último de los vanguardismos como un elogio del progreso y los llamados avances de la tecnología, Jaime Jaramillo Escobar decidiera ignorar los lenguajes del presente y navegar por las aguas arriba de las edades eternas, haciendo de sus ritos y de sus movimientos, la forma de su poesía” (373)

“Ritos y movimientos” los de Jaramillo Escobar que, por otro lado, nos invitan a ilustrar una tesis segunda, complementaria a la anterior y acaso de estirpe no menos clásica, en la poética de Harold Alvarado Tenorio: “La muerte, en últimas, como lo más banal y cotidiano de nuestra existencia, porque de lo que se trata verdaderamente en la vida es de la carne y del espíritu, es decir, del cuerpo, donde se suman y se restan todas las posibilidades del poema, allí donde yace su origen y su fin” (374).   Ergo, y sumando ambas tesis, tenemos más Borges que Huidobro, más Neruda que Vallejo en la estética del autor colombiano.  Asunto que nos parece de lo más justificado y hasta natural de parte de alguien que piense la poesía desde su propio país.  En Colombia prosperó el Modernismo y ha sido posible encontrar epígonos de Neruda (o de un Kavafis muy latinoamericano) o incluso reproducir a Borges; pero un Vallejo allí no ha habido y pretender imitarlo, sin duda, resulta mucho peor.

En Ajuste de cuentas algo sucede sí con los poetas nacidos a partir de los años 60: “Un lenguaje libre de retóricas, sartas de metáforas, o las sandeces abyectas de ciertas poesías de festivales y concursos [Alvarado Tenorio piensa sobre todo en el Festival Internacional de Poesía de Medellín]” (641).  Figuran aquí Mauricio Contreras Hernández, Fernando Molano Vargas, Antonio Silvera y, acaso el más representativo de la camada, Toto Trejos: “La poesía tal vez la deba/ A mis años de infancia./ De pequeño, en vez de abatir pájaros,/ levantaba jaulas para atrapar nubes.// Las veía en el cielo,/ como aves exóticas/ que podían, de momento,/ transmutar en animales/ o asumir formas diferentes.// Ahora que sé que no hay musas ni hadas/ construyo palabras para atrapar del aire/ lo que dice el silencio” (“Trampas”).

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About Perros

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Tal como los textos de Hora Zero, la poesía infrarrealista y la que en específico compila esta antología “personal” (de Rubén Medina, autoincluido aquí) ha patéticamente envejecido.  De manera simultánea a Ginsberg, las muchachas, Rayuela, Fidel Castro, el LSD, la & y un amplio etcétera.  Enhorabuena.  Ahora sólo nos queda, siempre es la tarea pendiente, hacer poesía.  Los que se salvan aquí son Edgar Artaud Jarry, por su “esposa”, inteligencia y sentido del humor; y el mismísimo Mario Santiago Papasquiaro, el de  “mi patria es este cacto jugoso que arranco de la boca misma del desierto”, que siempre fue un gran poeta y de ninguna manera un grupo. El resto no es silencio, sino un murmullo apiñado y denso.  A esta antología ni la salva el sesudo, inofensivo  y aburrido texto introductorio del profesor  Medina, el de  “Applying for citizenship”, aunque cite y recite a Roberto Bolaño, asomando con un manifiesto (“Déjenlo todo, nuevamente”) también  por aquí.

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BREVE TEATRO PARA LEER: POESÍA DOMINICANA RECIENTE

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Prólogo de Miguel Ángel Fornerín – Universidad de Puerto Rico

Epílogo de Alan E. Smith Soto – Boston University

 Colección dirigida por René Rodríguez Soriano

 

La poesía que, agrupados en el Taller literario “César Vallejo” de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, realizan jóvenes venidos de distintas provincias, y la que viene después, es la que el colega Pedro Granados enjuicia de manera muy novedosa en Breve teatro para leer: poesía dominicana reciente. Por ser una obra que clasifica, contextualiza estéticamente las nuevas corrientes de la poesía dominicana de las últimas décadas, creo que es un esfuerzo de incalculable valor. Pocas veces se mira desde fuera a la poesía dominicana, que parece quedar detrás de otras en la literatura hispanoamericana. Las recuperaciones esteticistas o neorrománticas de los poetas del César Vallejo y la difusión que ha tenido su obra es analizada aquí por Granados, sin que le falte la chispa política, sin que podamos ponernos de acuerdo en la totalidad de sus juicios.

 

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Alvarado Tenorio paga sus cuentas/ Pablo Felipe Arango

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Debe leerse Ajuste de cuentas [Agatha, Palma de Mallorca, 2014] como una novela, lo es, pero una que además hace añicos los géneros literarios, incluido por supuesto el de la novela.  Tal vez sea incluso la forma adecuada para que uno de los más importantes estandartes de su generación no solo se manifieste sino además indique la única manera de expresarse de aquel grupo desencantado. Si Antonio Caballero para escribir poemas se lanzó a la escritura de Sin Remedio, Alvarado debía, para hacer la más íntima de sus obras, concebir una antología de la poesía colombiana, que, claro, lo es y no lo es al mismo tiempo.

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¿Qué proyecto, proyectaba o proyecté hacer en la UNILA*?

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A través de la creación colectiva en la escritura de poesía (y también de novela corta) –esta práctica atravesó y complementó  todas las disciplinas de Español o Literatura que formalmente dictamos allí desde 2011 al presente– nos fuimos percatando de las representaciones y de las identidades que los estudiantes construían de sí mismos en su proceso de interacción social.  Estudiantes brasileños, la mayoría, pero también extranjeros (paraguayos, uruguayos, colombianos, argentinos, bolivianos, peruanos, entre otros).  Es decir, desde la creación colectiva de la literatura, según Graciela Montaldo: “la única práctica cultural que sustenta los deseos” –a través de aquel flujo y reflujo de complejas mediaciones: personales, estéticas y culturales que con los estudiantes íbamos poniendo en común en aquellos talleres– notamos que se iba abriendo paso un prototipo de poeta “paranaense” entremezclado con uno  regional o latinoamericano que, obvio, una vez identificado, intentamos acompañar, potenciar y promover.  A  estas alturas para nadie es un secreto que, por ejemplo, una obra como Mar paraguayo (1992) de Wilson Bueno: “es una especie de punto alto de la denominada nueva escritura conosureña [afiliada al “neobarroso” y neobarroco que surgió en Cuba], que integra, ya sin restricciones por lo menos autorales, a la escritura conocida en aquella zona de la lengua castellana en abierto diálogo con la literatura más radical del Brasil” (Eduardo Milán).  Todo esto a buena hora.  Sin embargo, la potencia de este prototipo híbrido (multicultural, polilingüístico y socialmente trashumante) de la triple frontera brasileña-argentina-paraguaya, se halla en plena expansión, y a nivel de todo el continente.  Prueba de esto es, por ejemplo, la incorporación del inglés que ahora mismo ensaya –en sus poemas y en sus traducciones libres– un poeta tan identificado con el “portunhol selvagem” como Douglas Diegues (ej. “Open Eyes and otros poemas kaures, de Malcolm Lowry”).  Puntualizando que dicho prototipo asimismo ha recibido –y ahora devuelve con creces– la herencia de otras comarcas sociales y culturales; en particular creemos la andina a través de la referencia y magisterio de una poeta peruana afincada en Asunción desde la década de los 90, Montserrat Álvarez; y, a través de ella, del trasvase de una estética Kloaka y –aunque un tanto antes en el tiempo– también de una Hora Zero (años 70);  movimiento este último, debemos recordar, que en su momento se adelantó e influyó incluso a los infrarrealistas mexicanos.

En este contexto, acaso la primera cosecha o adelanto, más orgánico (2013), de nuestro trabajo en la UNILA ha sido la creación colectiva del poeta Alejandro Abdul, prototipo de autor híbrido, post-genérico y transfronterizo (brasiguayo que vive en Foz do Iguaçu, trabaja como agente turístico en  la triple frontera argentino-brasileña-paraguaya, tiene ascendencia árabe y compone sus versos en portunhol).  Cuya cristalización ha constituído, igualmente, un intento de no quedar constreñidos al performance, al graffiti o a recontar en voz alta los cuentos del canon; sino abiertos al reto de escribir poesía, crear literatura, de modo post-romántico (colectivo), crítico y a la vez “personal” o emotivo.

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“SIGO SIENDO”: Sob Manto Estelar do Peru/ Jorge Anthonio e Silva

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A recordação é a névoa perfumada que, lânguida, retira da mente o vivido. Nos entremeios do presente revive a débil lembrança do que se foi para que a vida, em seu moto continuo, reinvente a esperança.  “Sigo Siendo” é a corruptela do termo “kachkaniraqmi”, em quechua chanka, para significar “apesar de tudo continuo”. Apesar do progresso irrefletido que a tudo torna produto na volatilidade do consumo, os personagens do filme mostram a face de sua perpetuidade. Nesse itinerário de atualização do passado, o diretor Javier Corcuera compôs um fabuloso exercício de memorialística cinematográfica, garimpando dados culturais e estéticos nas três regiões daquele País: a Terra, a Costa e a Selva. Dos Andes o singelo traço de caminhos de terra, tão tortuosos quanto belos fotograficamente. Do mar os formais atavios florais dos negros, seu cadenciado sapateio de batidas vigorosas na terra e uma alegria solar que aquece a alma latina. Da Amazônia o velho canto indígena de louvação à pureza foliar já nem sempre perene, hoje asfixiantemente esmiuçada. Nos anos 40 do Século anterior, houve densa migração de todas as regiões para Lima, em cuja periferia ocultaram-se os peruanos excluídos do progresso material. Trouxeram consigo a sólida carga de suas culturas coletivas que o tempo enevoou e fez calar. Corcuera, com sua racionalidade técnica e abertura criativa, revisitou becos e ruas, bares e endereços transformados, ao modo de um Marcel Proust, “Em Busca do Tempo Perdido’. As falas desses antigos moradores que se tornaram respeitados ícones da música fora da acirrada dimensão mercantil da indústria cultural rememoram outros: Yma Sumac e sua voz de pássaro encantado, Chabuca Granda e as composições de métrica e poesia arrebatada e gentil. Apresenta o talento de Magali Solier, o respeitoso violino de Máximo Damián e tantos outros que emocionam. Entre o documentário e a ficção, Corcuera faz dos dois um instrumental inédito em termos de linguagem, ora retratando quem fala de si, na forma confessional, ora agilizando o desvelo de personagens, como quando Palomita e outro dançarino evoluem com as tesouras. A referência a José Maria Árguedas, escritor, tradutor da literatura quéchua louva as raças, seus encontros e embates, enquanto os vestígios de vidas antigas vão se revelando nos volteios dos de agora, perpetuando a história das tradições.

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[No soy un boy scout de la crítica]

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No soy un boy scout de la crítica.  Tengo malos pensamientos y turbios deseos.  No sé leer como si en los poemas hubiera malos y buenos; dignos e indignos; gente que merecería ser escuchada y otra impresentable.  Por lo general, pillo al que se camufla entre las palabras; lo hallo en paños menores desolado o masturbándose las más de las veces.  En la literatura no hay inocentes.  Mayores o menores hijos de puta, nada más.  Arribistas y cortesanos.  Tontos ocupados a montón.  Holistas por recóndito  acomodo.  Uno, cualquiera, consciente o no, escribe sobre esta base miserable; humana y deleznable.  Hasta que a veces aparece la poesía, directamente y en apariencia por un capricho, y levanta esa harina seca; de los desechos improvisa un manjar.  Así que lo que debería ser historiable es la presencia de la poesía entre nosotros; bola de escépticos, secularizados y violentos/ tas.  Lo que debería ser estudiado de un modo en que nuestros profesores no nos han enseñado y tendremos como que empezar de nuevo.  Letrada o no, estudiar la literatura y la poesía desde su acontecimiento.

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El más allá de Víctor Vich

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Leemos por ahí: “Este libro explora los últimos cuarenta años de la poesía peruana a partir de obras que encarnan significativos cambios, tanto en la subjetividad como en los lenguajes poéticos en curso. Es un estudio de doce poetas contemporáneos” (Luis Hernández, Abelardo Sánchez León, Jorge Pimentel, José Watanabe, Carlos López Degregori, Mario Montalbetti, Róger Santiváñez, Eduardo Chirinos, Rocío Silva Santisteban, Domingo de Ramos, Rossella Di Paolo y Lorenzo Helguero).

También en la Internet nos encontramos ya con un primer sesgado juicio de valor, “Callada poesía”: “los ensayos de este libro discurren por cauces que tienen menos que ver con la poesía que con lo que esta puede decir del poeta frente a su sociedad y su tiempo, y es aquí, fuera de lo simbólico, donde reside su mayor interés” (Abelardo Oquendo, La República, 26/10/2013)

Y otro más: “La poesía no es solo un discurso sobre el que se puedan aplicar armas teóricas pues su exceso, la emoción que textualiza, escapa a un andamiaje teórico cerrado. En este caso, sucede lo mismo. La lectura que se hace de Hernández puede ser la más polémica del libro” (Victoria Guerrero Peirano, buensalvaje). 

Es decir, los ensayos de Víctor Vich (conocido cultor de los estudios culturales, que seguro ardería si lo calificamos de crítico literario), por un lado, a decir de Oquendo,  se entretienen en la serie social y no penetran la poesía; por el otro, y según Guerrero, su agenda teórica saldría bien librada, aunque a costa de familiarizar o naturalizar –en sus complejas alteridades y temperatura emotiva– los mismos textos poéticos que analiza. Sobre todo si coincidimos en que la literatura parecería ser: “la única práctica cultural que sustenta los deseos” (Gabriela Montaldo). 

Puntualizamos que Vich aprueba el examen; su antología y la tesitura del narrador de Voces más allá de lo simbólico son las de una prueba escrita.  El vuelo (la puntual teoría que emplea y la selección de los poemas entre un canon realmente conservador) se halla asegurado.  Obvio, presenta a algunos poetas mejor que a otros.  Varias generalidades, lugares comunes la mayoría, por ejemplo sobre Jorge Pimentel o Domingo de Ramos; que asimismo constituyen, los poemas de ambos autores, como una pequeña fiesta de las correspondencias crítica; un ámbito donde el narrador se siente realmente a sus anchas.  Aunque el más “dialéctico” entre todos, y acaso también el que Vich aborda con más fervor, sea el estudio dedicado a la poesía de Lorenzo Helguero.  Aquí la trama entre el lugar (o lugares) de enunciación, la construcción del fuero interno del poeta y los poemas, lucen leves e incluso probablemente arbitrarios; pero metodológicamente resultan más convincentes y, el discurso, como más atractivo y vivo.  En cambio, en la mayoría de los otros abordajes, el lugar de enunciación tanto como el sujeto poético lucen como plataformas separadas y un tanto esquemáticas.

En este último sentido, el “dialéctico” o móvil o complejo o paradójico, cómo no apuntar, por ejemplo, que la del grupo Kloaka constituyó, en los años ochenta e incluso noventa, la poesía oficial del Perú.  Es decir, una que tuvo el apoyo de las tribunas universitarias y los medios de comunicación en Lima y provincias; llámese la institución literaria toda.  En contra de otras opciones o derroteros estéticos, no menos políticos (todo un fetiche en la mirada tozudamente holística de Vich), como por ejemplo las obras de Vladimir Herrera y Magdalena Chocano.  Aquí faltaría allanar, como de algún modo lo hace con Helguero, el origen pequeño burgués y hasta burgués de Kloaka y sus simpatizantes (con excepción de De Ramos, por supuesto); grupo oportunista y propagandístico que tuvo (¿tiene?) ahora mismo estudiosos que siguen soslayando aquella importante información y perfil social de sus miembros.  Kloaka, bastante como Hora Zero,  como un grupo que, ante todo, tomó por asalto a los ingenuos o urgidos de reconocimiento del barrio.  Un grupo radicalmente narcisista, mimético y argollero.

No existe el humor en este volumen; ni siquiera cuando se ventila la poesía de Luis Hernández Camarero.  Y nos extraña mucho que Víctor Vich no atendiera nuestros “Los poetas vivos y más vivos del Perú” o “Mirko Lauer y Mario Montalbetti/ Post – 2000”, recogidos junto a otros ensayos en nuestro Autismo comprometido: sobre poesía peruana reciente (Lima: Paracaídas editores, 2013).  Échele una mirada.

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Apostillas al Vallejo de González Vigil

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La bohemia de Vallejo en Trilce no es la de Ricardo Palma (romántica o “profunda”… de intelectuales y artistas) ni tampoco modernista o meramente anti-burguesa.  Es, precisa y paradójicamente, aquélla contra la cual nos  advierte el  prologuista; es decir, incorporaría “el desarreglo placentero en la farándula y la jarana criolla” (16).  Sino que a esta compleja e intensa marinera limeña de enjundia mestiza y afro-peruana –materiales impuros, híbridos, bastardos… todo el  proceso de modernización de la capital del Perú en los años 20 del siglo pasado–  se le añade la fuerza incluyente del mito vivo de Inkarrí.  Sin desarreglo, exceso e incluso perversión no existiría Trilce; todo esto forma parte de la amalgama a ser transmutada en esa alquimia de inversiones y metamorfosis que es el poemario de 1922. Obra o periodo artístico vallejano que, es cierto, no se hallaría en “búsqueda del sentido” (1923-1927) –a ser éste encontrado, para González Vigil, recién en los denominados Poemas humanos (1928-1938)– porque sentido existe ya pleno en Trilce; incluso en su aspecto de futuridad.  Un presente y un porvenir sin holismos en automático o políticamente correctos; un ciudadano tanto sano (Martha Nussbaum) como insano (Juan Duchesne Winter); unas humanidades que son literatura, pero simultáneamente también multiplicidad y heterogeneidad de personas concretas. Ya en Trilce, y no sólo en sus Poemas humanos, a Vallejo: “no le importan los códigos o las convenciones del contrato social, sino la justicia, la libertad y la dignidad de un hombre verdaderamente humano” (30).  Todo esto expresado a través de un envolvente y contagiante performance; retablos –cada uno de los poemas de Trilce y también el conjunto– de danza, música y canto.

Por lo tanto, tampoco: “Al alejarse del hogar y el medio andino, César padeció una inserción dolorosa y conflictiva en las urbes costeñas (Trujillo y Lima, básicamente), ante una ˈcultura occidentalˈ sin los valores andinos… esto lo han señalado James Higgins, José Cerna y Jorge Guzmán [y Bernardo Ignacio Massoia, según el mismo prologuista]” (35).  Esto último resulta exagerado o, por lo menos,  acaso sea cierto sólo parcialmente (en Los heraldos negros); pero en Trilce de ninguna manera… el sujeto poético  llega a Lima, pero gana “un sueldo de cinco soles” (Trilce XIV).  Es decir, más bien en el exilio se halla multidimensional y como multiplicada al cubo su compañía y protección; henchido de sol, pues, y de modo muy productivo. En medio tanto de lo afro-limeño, como después en las etapas iluminista y revolucionaria de su experiencia europea: francesa y soviética, respectivamente.

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