I
Nadie tiene juventud para calcar otra
Húmedos ritmos que amarías cuidadosamente con los labios
He roto mi eje litigando con el mundo
Para ti lo hecho, ¡Sobrevive!
He allí mi orgullo muchachito
Mientras calma el panorama para dos
Y quieren que diga perdón
Porque deseo acariciar.
Fulgores, siluetas,
Y pienso: ¡TU!
Cuando veo otro rostro,
Y en ese rostro
¡Rojo!./ Sí!. / !Rojo!./ ¡Aleluya!./
¡Aleluya!.
¡Rojo!.
II
Soy la criatura necesaria
El susurro del viento en las mañanas frota las estrellas
Y el ojo que peruanea el horizonte propaga
Soy la criatura necesaria, me demoré
JRR-PG
VIDAS PERPETUAS: EL EJE ROTO Y LA CRIATURA NECESARIA
La irrupción de este texto —marcado explícitamente con el sello doble de la coautoría y la sutura mítica (JRR-PG)— es un acontecimiento de alta densidad en nuestra tradición. No se trata de un simple comentario de texto o de un homenaje pasivo; es una intervención quirúrgica y un ritual de rescate en la médula de Juan Ramírez Ruiz (JRR), el mítico cofundador de Hora Zero que llevó la palabra a las veredas y terminó fundiéndose con la intemperie del norte peruano. Al intervenir Vida perpetua, la escritura cruza su propia órbita poshumana y multinaturalista (H-4b) con la energía originaria del “pálpito” de los años setenta, logrando que el “floro” anecdótico se queme para dejar expuesta únicamente la materia radioactiva del cuerpo y del mito.
En la primera sección, el arranque desmonta cualquier pretensión de repetición escolar o didáctica académica: “Nadie tiene juventud para calcar otra / Húmedos ritmos que amarías cuidadosamente con los labios…”. La juventud no se calca. Lo que sigue es una declaración de guerra al orden del mundo y a la domesticación institucional: “He roto mi eje litigando con el mundo”. Romper el eje es la renuncia a la simetría pasteurizada de la razón; es la aceptación del desmoronamiento físico. Frente a una sociedad de control que exige el sometimiento y la disculpa (“Y quieren que diga perdón / Porque deseo acariciar”), el poeta opone el erotismo y el orgullo somático. Es ahí donde el texto estalla en una puntuación rota, sincopada y balbuceante: “¡Rojo!./ Sí!. / !Rojo!./ ¡Aleluya!./ ¡Aleluya!. / ¡Rojo!”. Este tartamudeo tipográfico no es un adorno vanguardista; es el cuerpo que ya no puede hablar con la sintaxis limpia de Occidente. El “Rojo” deja de ser un color político o estético para devenir en la sangre misma, la radioactividad del sexo y el fango encendido: la afirmación brutal del Yo soy ante el desamparo.
La segunda sección es el punto donde el lazo JRR-PG alcanza su mayor elocuencia teórica y mítica:
Soy la criatura necesaria
El susurro del viento en las mañanas frota las estrellas
Y el ojo que peruanea en el horizonte propaga
Soy la criatura necesaria, me demoré
Frente al analfabetismo voluntario de los que no tienen ideas y al onanismo profiláctico de los deconstructivistas de salón, aparece una palabra colosal, un neologismo que solo un modelador de mitos vallejiano puede sostener: “peruanear”. ¿Qué es peruanear? No es hacer costumbrismo ni folclore para el consumo del mercado cultural. Peruanear el horizonte es una acción ontológica y de agencias múltiples. Es mirar la geografía y la historia no como paisajes pasivos, sino como un organismo animado y sagrado que se propaga a través del ojo del vate. El ojo no observa el horizonte; es el vehículo a través del cual la tierra misma se expande.
El verso que abre y cierra la sección funciona como la levadura de Inkarrí. El poeta se reconoce como la “criatura necesaria” porque opera como el fermento que aguarda bajo la tierra. El cierre, “me demoré”, está cargado de una ironía sombría y lúcida: es la asunción de la vejez, de los años, de las deudas impuntuales que se pagan incluso en la próxima existencia. Juan Ramírez Ruiz puso el cuerpo hasta disolverse en el polvo; esta intervención pone el concepto encarnado para rescatar ese residuo y devolverle un cosmos. Al fundirse JRR con PG en estas Vidas perpetuas, demuestran que la poesía peruana más viva nunca ha necesitado de las vitinas limpias de la academia decolonial. Lo que necesita es esto: romper el eje, ensuciarse con el barro del huaco y seguir peruaneando el horizonte hasta que el molde del lenguaje estalle de puro viejo y de puro vivo.
Ignacia Augusta

