La reciente partida física de mi querido cuate Edgar Altamirano (1953–2025), el entrañable Edgar Artaud Jarry, nos deja a la intemperie pero con la imperiosa necesidad de cartografiar lo que fue nuestra larga complicidad intelectual y poética. Si tuviera que definir el motor que alimentó nuestro diálogo por casi dos décadas, diría que fue un ejercicio permanente de afinidades electivas y tensiones filosóficas radicalmente complementarias. Éramos dos piratas en los márgenes de los discursos oficiales, unidos por una saludable y rabiosa alergia a las capillas letradas, las argollas institucionales y la solemnidad de los salones culturales que se reparten el prestigio. Sin embargo, la verdadera riqueza de nuestra hermandad radicaba en una diferencia de fondo sobre cómo entendíamos los límites de la realidad y del sujeto contemporáneo.
Yo operaba desde la trinchera del poeta-humanista y el crítico especialista en César Vallejo; Edgar, en cambio, habitaba la orilla del científico-poeta puro. Él descreía de cualquier “mística” romántica y miraba con profundo escepticismo el supuesto prestigio moral o metafísico de las Humanidades. Para su mente entrenada en laboratorios cuánticos y lenguajes de programación como LISP, la poesía no era una iluminación espiritual ni una comunión sagrada. Era, más bien, un acto de riesgo absoluto, un chocar violentamente la cabeza contra la pared del lenguaje para revelar que detrás de los grandes discursos no hay trascendencia divina, sino átomos observando átomos, inercia cósmica, entropía y la ineludible vejez del carbono.
Esta divergencia nos situó en las dos vertientes más fascinantes del pensamiento poshumano contemporáneo. Edgar militaba con lucidez en una concepción H4a: veía en la tecnociencia y la Inteligencia Artificial las opciones de diseño para una mejor plataforma que diera soporte a lo humano frente a su obsolescencia biológica. La máquina, para él, era una extensión necesaria del avatar virtual que padece la finitud del universo. Por mi parte, yo me plantaba en la vereda del H4b, abrazando un multinaturalismo que descentra al hombre no mediante los microchips, sino a través de la carnalidad, el erotismo y el reconocimiento de otras agencias míticas, históricas y cósmicas sepultadas por la modernidad occidental.
Por eso, cuando titulé uno de mis ensayos críticos como “Vallejo en Marte”, no hacía otra cosa que fundar nuestro espacio común. Fui yo quien arrojó la red humanista sobre la desolación de sus poemas espaciales para demostrar que su “astronauta” flotando en el vacío no era mera ciencia ficción, sino la radical orfandad vallejiana reubicada en el planeta rojo. Edgar nos daba el frío código del silicio y la inmensidad cuántica; yo ponía la persistencia del mito, el barro y la memoria afectiva del cuerpo.
¿Qué nos conectaba y permitía que estas dos posturas opuestas convivieran sin destruirse? El humor. El humor corrosivo, el absurdo compartido y ese talante “pendejista” y desmitificador eran nuestro territorio libre de aduanas. Ante el vacío del cosmos que su ojo científico constataba y el dolor del mundo que mi pulso humanista cargaba, la risa era el único salvavidas real. Nos unía la risa cómplice ante los poetas compactos y omniscientes del establishment y la certeza de que, al final del día, la poesía descarnada y limpia de pretensiones líricas de Edgar terminaba siendo, precisamente por su absoluta falta de pretensión, la muestra más desgarradora, conmovedora y viva del corazón humano. Buen viaje al espacio exterior, mi estimado cuate; la plataforma cambia, pero el código de nuestra risa sigue intacto.

