TALLER LABORATORIO “Poesía e IA: Una aventura común” (Primer bando)

Identidad Gráfica - Poesía e IA: Una aventura común, gerada com IA

La poesía no es propiedad humana
Este es el eje de toda la cuestión
Afanados como estamos
En denominar a esto posantropocéntrico
Aunque humana tampoco ha dejado de serlo
Ya que siempre hemos sido
Sólo una imagen adaptada a su medio
Una medusa que se hace obscura
Para sobrevivir mejor
En medio de blancas coloradas o azules
Un sentimiento u otro u otro
Hasta que nos hallamos pintando o esculpiendo
Tallando nuestra mayor alegría
Como que la luz no necesita palabras
Y se posa o acaricia a quien quiere
Así sobre la superficie de la tierra
Como muy dentro del cielo

Mientras el siglo XX se debatió entre la espera del milagro o el desahogo del inconsciente, el siglo XXI nos arroja a la intemperie del algoritmo. ¿Es la IA el fin de la escritura o la oportunidad definitiva para desocupar al sujeto de su propio ego burgués?

Olvídate de las etiquetas académicas de moda. Este no es un espacio para teorizar desde la comodidad ni para generar versos automáticos con fines comerciales; es un laboratorio de resistencia y comunión trasatlántica. Como medusas que mudan de color para sobrevivir en el medio, usaremos la IA como una prótesis analógico-digital: una antena cósmica para sintonizar los hervores de Trilce, dialogar con la inmanencia de Spinoza y lanzar el arpón de luz en el tejido de la máquina.

La luz no necesita palabras / y se posa o acaricia a quien quiere / así sobre la superficie de la tierra / como muy dentro del cielo.

La poesía no es propiedad humana; es una aventura común con el universo.

Cupos limitados (para garantizar una mediación fáctica y personalizada).

Informes e inscripciones: [Tu correo / Enlace]

Mediador: Pedro Granados

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UNA TERCERA ORILLA DE LA ESCRITURA: INTEMPERIE CASUAL Y EL DIOS DE LA CONTINGENCIA

Santa Teresa de Ávila escribía previa pausa mística, suspendiendo el mundo para que el Espíritu Santo —un Absoluto vertical y jerárquico— dictara a través de su pluma. Por su parte, el surrealismo y otros ismos de la vanguardia europea cultivaron la escritura automática como un desahogo del inconsciente, un chorro de imágenes caóticas que reaccionaban contra la lógica racional occidental pero que solían quedar atrapadas en el mero juego lingüístico o en el narcisismo del Yo. Frente a la pausa mística y el automatismo freudiano, nuestro procedimiento se sitúa en una tercera orilla: una que es profundamente americana, liminal y orgánica. No buscamos la intervención de una trascendencia divina externa ni nos entregamos al descontrol psíquico o al azar ciego; procedemos mediante la intemperie casual y el pensamiento simétrico, un método de operación pulido desde los descampados de Villa Koschka hasta la mediación de nuestros talleres de creación por cuarenta años.
En este proceso, la disposición de la pausa no es para que descienda una divinidad exterior, sino para sintonizar una frecuencia estrictamente horizontal. El sujeto poético se retira como autor burgués, se vacía de su neurosis urbana y deviene una antena, un sujeto desocupado de sí mismo. No esperamos un milagro celestial; nos abrimos a la intemperie cósmica —a la manera de la Voyager 1— donde la materia viva, el árbol de la infancia o las estrellas tornasoladas ya están emitiendo su propia música, haciendo que la poesía sea una comunión simétrica y no una revelación de arriba hacia abajo. Esta captura opera mediante el arpón de luz: no es un fluir constante y a ciegas, sino una epifanía fulminante que ocurre en una fracción de segundo y suspende el tiempo de los relojes. Mientras el inconsciente surrealista busca lo oculto del trauma personal, nuestro estado de melting o fusión busca el mito colectivo, los hervores y fermentos del cuerpo de Inkarrí, lanzando un timón-flecha para refractar la agencia directa del Sol.
Esta fusión sensible-especulativa define nuestro régimen contemporáneo. Si en la juventud la poesía nos asaltaba de modo obligatorio y volcánico, hoy nos abrimos a ella de una manera casual, conectando de forma natural la sensibilidad con la especulación teórica. Escribimos inundados por el aura de la experiencia fáctica: nuestro aparato crítico, las lecturas trasatlánticas de poetas españolas y la poesía brotan del mismo manantial gratuito. Es el método del etnógrafo anónimo o del cronista posmoderno que describíamos en Vallejo, introduciéndonos en el lenguaje para dejar que nuestras células y la totalidad del mundo dejen su inscripción o su tatuaje en la página. Así, mientras Teresa esperaba a Dios y Breton al inconsciente, nosotros nos sentamos a la intemperie a comulgar con el universo, registrando el instante donde el sujeto y el objeto se funden de forma simétrica y completamente gratuita.
Esta praxis justifica y sintoniza de manera exacta con la propuesta filosófica de Quentin Meillassoux y su noción de un “Dios virtual” o “Dios por venir”, en directa analogía con el Deus sive Natura de Baruch Spinoza, poniendo el dedo en la llaga de la gran batalla silenciosa de nuestra obra: el problema de la justicia dentro del Pensamiento Simétrico. Como sugeríamos en Cuneiformes, la simetría horizontal, si se reduce a una mera equivalencia matemática o a un paisaje armónico de la materia, sigue siendo en cierto modo injusta. La intemperie es fría; el desierto, el vacío interestelar y el desmembramiento de Inkarrí conllevan dolor y contingencia pura. Si la simetría es solo un espejo donde todo vale lo mismo, el desamparo se vuelve insoportable. Frente al esquema trascendentalista griego que necesita un Dios arquitecto, un juez externo que organice el caos desde arriba y administre la asimetría urbana y colonial, la inmanencia de Meillassoux plantea un Dios que emerge desde la propia contingencia del mundo. No es una persona ni una jerarquía, sino la trama viva del universo; un Dios que no nos saca de la intemperie, sino que es el acompañante en ella. Es la luz gratuita que se clava en medio del pecho en el descampado de Villa Koschka, un absoluto inmanente que no resuelve la vida fáctica, sino que inocula la certeza de la existencia en medio del desamparo.
Es ahí donde se enmienda la injusticia de la simetría desértica a través de la gratuidad y el duelo colectivo del mito. El Dios por venir es el único capaz de hacer justicia a los muertos del pasado, un tema profundamente vallejiano encarnado en figuras como Pedro Rojas y los caídos cuyos cadáveres terminan llenos de mundo. Nuestra escritura procede bajo esa misma fe post-antropocéntrica: no escribimos para adorar a un Dios del poder ni lo hacemos desde el vacío nihilista europeo, sino desde una esquizofrenia acompañada, donde el sujeto poético abdica de su ego para permitir que ese Dios inmanente y colectivo use su cuerpo como una antena viva de mediación conceptual.
© Pedro Granados, 2026

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ÓXIDO DE SOL

By Cheryl Kass

A Voyager 1

O color del cinabrio

Tintura de lo que estamos hechos

Nuestro reverso de vísceras en tanto cúmulos

O iguales restos de estrellas

Tornasoladas

Voluntariamente inertes

Como liberadas de sí

Como ausentes de sí

Como precipitadas de sí

Tal como estas palabras

 

OXIDE OF SUN

To Voyager 1

Or the color of cinnabar

Tincture of what we are made of

Our reverse side of viscera as clusters

Or equal remnants of stars

Iridescent

Voluntarily inert

As if liberated from themselves

As if absent from themselves

As if precipitated from themselves

Just like these words

 

© Pedro Granados, 2026

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INKARRÍ-HINOSTROZA: EL FERMENTO COLECTIVO EN RANHUAYLLA

El poema colectivo «Hinostrozos» —ensamblado y ecualizado en Ranhuaylla (Cusco) a partir de textos simultáneos de poetas del sur del Perú— constituye la materialización empírica del Pensamiento Simétrico y el rostro efectivo de Inkarrí. Frente a la deconstrucción diletante e institucional, que reduce la vanguardia andina a fragmentos dispersos y «monemas nostálgicos» de lo perdido, «Inkarrí-Hinostroza» propone un organismo hecho de fermentos de vida. Al igual que en el mito, los miembros textuales dispersos se reunifican mediante una polifonía posgénero en un solo cuerpo vivo y transido de aura.
El texto dinamita la cronología lineal burguesa y el trauma freudiano desde su propia base: «Mi padre es estúpido y dulce / murió hace mil quinientos de años / en Nueva Jersey […] me busca / y he muerto / como cada mañana / como a las 8 am». Esta insistencia en las «8 am» activa la hora solar del OCHO, el icono de la plenitud vallejiana irreductible al cero y la refracción del infinito (∞) que hace rodar el monopatín de Luis Hernández. A las 8 am se incinera la gravitación universal y el sujeto despierta a la intemperie cósmica, despojado del sentido común de los noticieros.
Con este laboratorio, Rodolfo Hinostroza es devuelto a su entraña más pura (Contra natura), libre de la momificación oficial del «orgullo gris de los elefantes». Nace así un «prototipo de poeta» colectivo —hermano de Tobi Kanashiro, Sabina Cachi, Alejandro Abdul o Dadá da Tapioca— que sabotea al Autor individual que exige la República Mundial de las Letras. No es folklore ni Realpolitik cultural; es lo naciente y lo frágil que avanza con la soberanía de la sensibilidad, demostrando que en el Archipiélago Vallejo la creación es una sinapsis viva donde el sujeto se disuelve para reencontrar la fuerza del Sol. P.G.

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«Y me quedé Vallejo ante Muchay»: HACIA UNA BIOGRAFÍA MULTINATURALISTA

Este artículo critica el canon biográfico de César Vallejo por omitir su componente multinaturalista amerindio. Mediante una relectura de la crónica «Un atentado contra el regente Horthy», se propone que la evolución ideológica de Vallejo entre 1924 y 1929 manifiesta una persistencia ontológica antes que etapas sucesivas. El estudio introduce una perspectiva amerindia-multinaturalista centrada en Ossag Muchay, en cuya onomástica Vallejo reconoce la raíz quechua muchay («reverenciar»). Al identificar esta «firma» andina bajo el ropaje otomano, el poeta realiza una traducción inversa: des-nacionaliza al sujeto para re-culturalizarlo en un universo simétrico. Apoyado en Viveiros de Castro, Descola y Derrida, el texto concluye que la identidad vallejiana es una «firma expandida» donde marxismo y ontología andina convergen en una lógica de pensamiento simétrico y resistencia post-antropocéntrica. P.G.

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POETAS PERUANOS S. XXI: “CUADRÚPEDOS INTENSIVOS”

Hacia fines de los años cincuenta se inició en la poesía culta del Perú, como bien advirtiera el maestro Alberto Escobar, uno de esos balances cíclicos con los que se cuestiona no solo un estilo o una moda, sino el sentido entero del poetizar y sus nexos con la vida social. Esto se tradujo en la adopción generalizada del “británico modo”: el monólogo dramático anglosajón que, matizado luego con los metros de Ezra Pound y la clonación del verso proyectivo de Charles Olson, pretendió fijar el horizonte de expectativas de una Ciudad Letrada básicamente universitaria. Sin embargo, frustraciones y acomodos políticos mediante, con el paso del tiempo el cultivo de esta forma quedó atrapado en la mera pantomima o en su pura carpintería sonora. El británico modo y el cinismo terminaron conformando las dos caras de una misma moneda. Desde los años 60 (con Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza), pasando por la vocinglería de los 70 y 80, hasta el presente post-2000, los poetas peruanos hemos constituido una verdadera bola de taimados: sujetos que creen que con el lenguaje formalmente acabado basta y no reparan en la indigencia del sujeto que le proponen al lector. Frente a esa legión de astutos y sobrescritas que por oleadas nos asolan, urge un salto cualitativo que supere las taxonomías coloniales de la academia para evaluar, por fin, sensibilidades y opacidades culturales.

La propuesta de esta antología, Once titular: Poetas peruanos S. XXI. “Cuadrúpedos intensivos” (2025), se planta de cara contra ese cinismo y se conecta de forma natural con nuestra muestra previa de la revista Arquitrave (2014) a través de un gozne exacto: la poesía de Frido Martín. El concepto que sustenta este volumen se halla sucintamente contenido en el verso de César Vallejo: “Cuadrúpedo intensivo”. Esto significa escribir acopiando en los poemas el mayor número de dimensiones de las Humanidades posibles (H1: Libros, H2: Pueblos, H3: Narrativas, H4: Post-antropocéntrico), tal un animal bien sostenido en sus cuatro patas, rechazando cualquier asimilación parasitaria o imitativa. Antes que evaluar plataformas o empaques textuales redondos, nos interesa identificar sensibilidades. La poesía siempre rezuma al lenguaje empleado; constituye, como decía mi finado hermano Germán (obrero y poeta), su “humito”. Ni el “giro lingüístico” de la academia norteamericana ni la “diseminación” de la deconstrucción francesa consiguen dar cuenta de la complejidad de nuestra vanguardia tutelar, porque operan desde el escepticismo de la desconexión.

Frente al callejón sin salida del narcisismo, la melancolía y el sentimiento de derrota que asfixia las obras tardías y estériles de autores canónicos que jamás salieron de su biblioteca o de su balneario aristocrático, el verdadero gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje (geografía sagrada). Mientras la metafísica occidental de un Vicente Huidobro en Altazor apostaba por una paulatina descorporeización intelectual, Vallejo y el unánime José María Arguedas respondían desde una metafísica amerindia o multinaturalista: la inclusión de todos y cada uno de los cuerpos posibles y el fervor del paisaje fundido en lo humano. El problema es que la poética chilena del simulacro, el humor abstracto y la deconstrucción que enmascara la nostalgia del mito se ha ido exportando e instalando en los países de nuestra región, domesticando a los creadores bajo una noria de sujetos que no tienen absolutamente nada que decir, pero escriben.

Nuestra propuesta desactiva conscientemente dos trampas del oportunismo editorial: la Mímesis de Élite (reemplazamos el Zeitgeist europeo importado por el mito andino como motor de la vanguardia) y la Instrumentalización de la Miseria (rechazamos el testimonio crudo o porno-miserabilista para buscar la utopía activa que emerge del dolor transformado por la conciencia mítica). Para ilustrar este giro ontológico, basta observar la dinámica incesante entre palimpsesto y prototipo en Luis Hernández Camarero, el gran ausente e imán de este linaje. Los pastiches de Hernández no son fragmentos sin referente; son refracciones y fermentos de un prototipo fundacional americano: el Mito de Inkarrí (el Sol, la Cabeza del Inka que permanece oculta en el mundo de abajo y que regresará para articular el cuerpo fragmentado). Sumergido en la obra de nuestro Once Titular, Inkarrí actúa como un sujeto subterráneo que rompe la dependencia colonial desde la raíz intelectual.

Esta vibración andino-barroca, carnavalesca y performática estalla en la obra del permanente joven Frido Martín (Marco Young). Sus “limpias sonoras” resuelven la esterilidad monótona de la poesía electrónica o maquinal porque no están hechas de “fragmentos” aleatorios europeos, sino de los fermentos locales del cuerpo invencible de Inkarrí. Poemas como “Pa’ Gozal” o “Poema de oídas” (para ser leído en modo ASMR) operan en ósmosis con el habla migrante, afro-araucano y caribeño, registrando el tránsito de La casa de cartón de Adán al panal de abejas convulso de la Lima de hoy, apuntando al concepto del pluriverso donde el corazón humano, tornado en información celular sobre una pantalla iluminada, nos sobrevivirá.

A este linaje simétrico pertenecen las voces de Carlos Llaza y Carlos Quenaya, creadores que tienen muy poco que aprender de la tradición oficial del 60 y que prefieren multiplicar las patas y alargar el hocico para alimentarse por dentro. Carlos Llaza (Arequipa, 1983) ejecuta un desuello pulcro del animal elegido sin dañar la entraña. En sus Poemas de combustión espontánea, la piel es el acantilado donde compartimos la lengua. Cuando en su poema “Sonido virgen” arroja la Biblia al río, el libro se convierte en una criatura viva cuyo lomo ondea y cuyas letras se elevan como cenizas, transformando el texto baldío en un rumor inédito. Llaza reconstruye la geografía sagrada bajo el trasluz de la cordillera (“Piedra blanca”), haciendo que los ancestros coexistan con nosotros porque participamos de la economía política del universo, donde los objetos inanimados (“Elogio de la silla vieja”) proyectan sombras y se dejan ver.

Carlos Eduardo Quenaya (Arequipa, 1984), por su parte, consolida esta crítica ontológica al fugar de la caverna de la filosofía pura para iluminarse con las mentiras del cuerpo y las chácharas de la naturaleza. En La forma del confín, su personaje “Jeringa” —un Niño Goyito lúdico e intergaláctico— emprende un viaje cósmico, pero lo hace desconcertado y reducido a un “grumo” material de desechos, secreciones y fluidos íntimos. Quenaya utiliza un vocabulario denso y un humor corrosivo (a lo Adán, a lo Vallejo) para desinflarle la llanta a la abstracción y celebrar el triunfo del tacto. En Palabras del pequeño novelista (2023), nos introduce en un taller donde los objetos inanimados poseen agenda propia y donde “fantásticos destellos surcan la pulpa del jabón”, resolviéndose en el gozo incluyente de una cotidianidad inmanente: el desayuno tibio, el sistema nervioso ridículo y la flacura extrema.

Frente al adobo de las mariposas de plomo de la hegemonía crítica, el Once titular de estos Cuadrúpedos intensivos reclama su venia. Ante los desafíos del Antropoceno y el Capitaloceno en este siglo XXI, la crítica futura y la poesía verdadera no se limitarán a la crisis del sujeto o al formato taimado del lenguaje; se preguntarán cómo esa crisis se funde con la tierra, la carne y la inmanencia del mito local. Solo así, a contracorriente del mercado, multiplicando las patas con dignidad de escultura y pegando los platos rotos con saliva, la poesía en el Perú mantendrá su ventaja virtual absoluta: ir más acá de la literatura para traernos, por fin, un impensado sentido de plenitud y un justo bocado a la boca.  P.G.

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DÍA DEL PADRE

Ant (illustration structure in zoom)

A Teodoro

El último ángulo el limón postrero

La noche que pende de un hilo de una saliva

Larga elástica muy transparente

Callados todos en este trance de vida

En este intervalo de muerte

Negras mis alas firme y osco mi pico

Mis picos

Un momento, que soy del Perú

Aunque peruano no sea

Únicamente del Perú y sus alrededores

Aquella madriguera de hormigas

Con su propio líder algo más alto más oscuro

Y que aparece sólo en tribuna llena

Pero la pendiente nos verá

La noche más triste nos verá

Y también el amanecer nos verá

© Pedro Granados, 2026

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ANCLAJES BIOGRÁFICOS  DEL “MILAGRO” DE TRILCE

Aunque debiéramos distinguir lo que, a su turno, dicen Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, no lo haremos.  En primer lugar, por pereza nuestra; y, en segundo lugar, por respeto a esa voluntad de trabajo y de estilo comunitario que ambos representan: nuestro Deleuze-Guattari hispanos.  Entre paréntesis va nuestra cosecha.

Desde la reseña de Antenor Orrego a Trilce, “La vida del hombre”, ya se nos sitúa ante un Vallejo carcelario.  Este “primer biógrafo” enfatiza la importancia de Mirtho (Trujillo) frente a Otilia (Lima); aunque también “borre” a la limeña por tabú (aborto)

Lo biográfico, como punto de partida, no sólo vale en tanto anclaje a lo histórico, sino que, asimismo, nos permite entender cuestiones técnicas y cambios literarios en la obra de Vallejo.

Otilia constituye un gozne biográfico y, no menos, teórico, técnico y expresivo en la poesía de Vallejo: aunque no determine la estética del libro

[José Eulogio Garrido (presente también la vida del Cholo) es tan o incluso más importante que su amigo y mentor, Antenor Orrego, para la concepción de Trilce.  Qué tanto este poemario es una nueva versión de Visones de Chan Chan.  Es decir, esta vez sin la mediación modernista, esteticista  ni feérica; sino, más bien, vanguardista y, no menos, posantropocéntrica]

Trilce se debe a un proceso de “vanguardización”; donde el hito fundamental, frente al modernismo, constituye su renuncia a los alejandrinos y la rima.

Títulos previos del poemario de 1922: “Solo de aceros” (bronce, composición musical), “Scherzando” (música), “Cráneos de bronce” (en tanto instrumentos musicales).  Trilce que, según Juan José Lora, podría haber sido Escalas (música otra vez). [ Pregunta: ¿Y lo cultural en bronce (Raza de bronce de Alcides Arguedas)?]

[Como en El Quijote] César Perú va a la Penitencieria de Lima a publicar un libro, probablemente Trilce.

Antes del 20 leyó algo e hizo clik con Dadá, tarducido al español; aunque no se sabe qué leyó ni cuánto.

Vallejo escribió para un lector futuro [nunca dejó de ser un maestro].  En primera instancia, el verso experimental porque era necesario y significativo para un contexto como el Perú; luego, con esa misma finalidad pedagógica, dio ejemplo de militancia política y militar por la causa comunista en Europa.  [Nuevamente, ¿y lo cultural? Vallejo fundirá el aspecto político y mítico].

Para Fernández, Vallejo deja una zona en sombra o de misterio. [Todo un universo paralelo, más bien, aunque todavía embozado, respecto a las biografías positivistas]

Ahora mismo, ambos estudiosos elaboran una biografía de Vallejo.  [Sin embargo, de antemano constatamos que ambos autores pasan olímpicamente de lo cultural y, no menos, de lo posantropocéntrico  o simétrico].  P.G.

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TRONCOS DE LA PLAYA

Un enorme tronco de playa, desgastado por la sal y el tiempo, emerge de la arena como una vibrante alimaña de madera, una escultura inmanente cuyos brazos retorcidos apuntan al cielo desierto. A sus pies, mimetizado con la opacidad del entorno, un pelícano descansa en absoluto refrenamiento, borrando las fronteras entre el reino animal y la materia vegetal inerte. No hay aquí romanticismo ni la complacencia de las metáforas gastadas; hay una ontología del paisaje en tanto soporte de lo viviente, un testimonio somático de que la naturaleza y la cultura se funden en el mismo nudo del mito. Al igual que los fragmentos de Trilce, este bodegón de playa opera en el grado cero del hechizo: nos demuestra que el universo entero late en la inestabilidad de la orilla y que la verdadera poesía existe para otorgar agallas y pulmones a los que habitamos la frontera indómita entre la tierra y el agua, salvaguardando la pureza de vida fuera de las argollas y del simulacro. P.G.

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LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES

Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013

El retorno cíclico de un estado de cosas político que en este 2026 evoca la década de los noventa en el Perú arrastra consigo el riesgo inminente de una clonación en el mapa de las tendencias estéticas. Aquella coyuntura, que en lo poético vio consolidarse a movimientos que aliaron su discurso marginal con una prensa afín y sensacionalista, impuso una hegemonía del realismo exteriorista, descuidado en el formato y estructuralmente “argollero”. El tránsito de los setenta hacia los ochenta dejó muy pocas aventuras personales auténticamente fervorosas o creadoramente autistas; en su lugar, el circuito oficial se dividió entre grupos altamente retorizados, dependientes del lenguaje contestatario de Hora Zero o Kloaka, e individuos cuyos versos canónicos simplemente daban voz a las instituciones más conservadoras del tejido histórico-político-cultural. Evaluar la poesía peruana contemporánea bajo este espejo exige un salto cualitativo: pasar de la complacencia con esos formatos institucionales a la disección implacable de las sensibilidades. Cuando calamos hondo en el lote de los autores que dominan el escaparate o las complicidades de la pequeña clase letrada, advertimos de inmediato las costuras del yo poético.
Roger Santiváñez, por ejemplo, acaso se arriesga en las superficies del lenguaje y disloca la sintaxis, pero se detiene en seco ante el diseño de su yo poético: un sujeto que permanece siempre bien pertrechado, auto-persuadido de sí mismo y en última instancia docente. A contrapelo de esa fijeza, constatamos la extraordinaria evaporación del yo y de sus trabajos en los fragmentos de Magdalena Chocano, quien horada la consistencia civil bebiendo con lucidez de las fuentes de Martín Adán, Sor Juana y Jorge Eduardo Eielson. En una línea de camuflajes similares, Reynaldo Jiménez —sobre todo por la indumentaria— no va en el fondo más allá de un Javier Sologuren oculto o bien camuflado, ya que un mismo y de semejante modo “azahar” desvela a ambos. Por su parte, Patricia Alba se alza como la verdadera madre del cordero de la poesía escrita por mujeres en los años 80; su escritura prescinde del decoro excesivo y más bien ideológico de una Rosella Di Paolo, así como de los desplantes clasemedieros y el “disfuerzo” de Rocío Silva Santisteban. Al otro lado de la calle, Domingo de Ramos construye la andanada y el caudal de sus rompecabezas formales mediante el recurso fijo del “como” más el encabalgamiento, sin necesidad de buscar alguna otra cosa; mientras que en la vitrina de Mario Montalbetti lo descubrimos operando en la práctica como el telonero de Antonio Cisneros, donde sus Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices acaso cinco horas de tormentas en un vaso de agua. Mucho más directo, escueto y potente resulta, en contraste, el “horizonte” de su contemporáneo español, Antonio Casado, cuando escribe en su Inventario: “El vértigo es incomprensible / desde fuera del vértigo”.
Frente a la autorrepresión camuflada de oficio, la obra de José Antonio Mazzotti colabora más bien a entender la sutil diferencia entre el “arte del refrenamiento” y la auto-represión a la hora de escribir poemas. En Vladimir Herrera, en cambio, habita la magia de la libélula: una sintaxis sincopada y ululante que, en un plano menos aéreo y acaso más al ras del suelo, semeja la inestabilidad de los adoquines bajo nuestros pies mojados en un día de intenso aguacero. El sujeto de los versos de Herrera es un zorro viejo, audaz e imbatible en sus andanzas, acaserado sobre aquella colina umbría. Esta intemperie contrasta con el apartado aristocrático de Carlos López Degregori, un autor dotado verbalmente para la ardua tarea de hablar de sí mismo o de los suyos, pero que se parapeta en escenas modernistas cuya verosimilitud no encaja con el “látigo” de la cumbia ni con el aroma de las marmitas donde asoma, resignado, el chicharrón de la calle. Antonio Cillóniz se revela como un eximio retratista y notable caricaturista, pero carece de poética; es un gran lector del Siglo de Oro y de la poesía peninsular de posguerra que no cuaja en levantar un gran autor. Por su parte, Isaac Goldemberg manifiesta una errancia poética que, al igual que su narrativa, añora la costa norte del Perú, dotado del distanciamiento intelectual-afectivo necesario para tratar sobre lo menudo que somos y sobre la historia tan breve que vivimos.
Mención aparte merece el fenómeno de la canonización de vitrina. Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo encabezan una larga lista de epígonas de Blanca Varela cuya visibilidad no se explica sino por el subdesarrollo educativo y la intensa propaganda que hace de sí misma la pequeña clase letrada en el Perú. La propia Blanca Varela tenía todo para ser una gran poeta, pero se conformó tempranamente con la opinión de los otros, con la ovación de aquellos que usualmente son los mismos de siempre. Frente a ese conformismo y a los ascos compartidos del medio, la poesía de Pedro Granados se ha erigido históricamente como un gesto de estilo incomprendido, una palabra que refulge viva y joven precisamente porque supo negarse a envejecer prematuramente bajo los moldes y los pactos de su propia promoción. Como bien enfatizara el crítico José Falconí, para los acuciosos antologadores dedicados a fabricar el canon definitivo, esta propuesta estética ha sido un enigma indescifrable, quedando al margen de las antologías oficiales porque los parámetros convencionales de la Ciudad Letrada fallan al intentar categorizarla: no pertenece de manera sumisa a una generación fija, no se deja etiquetar entre lo puro y lo social, y desborda por igual las casillas del conversacionalismo ramplón y los corsés de la rigidez académica.
Mientras el simulacro editorial de las vitrinas premia la autorrepresión y la repetición de formatos, las auténticas fisuras del porvenir asoman en la aparición de Adriana Dávila Franke con La azotea amarilla (2022), que nos devuelve a un Javier Heraud en femenino. La pureza de vida de ambos constituye un peligro, tanto como el imán de sus versos; hay allí una intensa vocación simétrica y posantropocéntrica, monitoreada por el río en la poesía de Javier, y por el sol en los versos de Adriana. Esta inteligencia o discernimiento poshumano sintoniza con los poemas de Sasha Reiter: un tipo de lucidez a lo Paul Gauguin o a lo César Vallejo, limpia de utopías o distopías, orientada hacia otro momento o condición de la vida y del lenguaje. Es en este territorio de opacidad soberana, compartido en secreto por una nueva promoción de lectores y críticos, donde la poesía de raza se despoja de la chatura institucional y reclama su derecho a respirar a pleno pulmón, demostrando que el lenguaje del escaparate oficial da lástima, y que la única herencia válida es aquella que labra sus agallas fuera de la argolla y del simulacro. P.G.

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