Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013
El retorno cíclico de un estado de cosas político que en este 2026 evoca la década de los noventa en el Perú arrastra consigo el riesgo inminente de una clonación en el mapa de las tendencias estéticas. Aquella coyuntura, que en lo poético vio consolidarse a movimientos que aliaron su discurso marginal con una prensa afín y sensacionalista, impuso una hegemonía del realismo exteriorista, descuidado en el formato y estructuralmente “argollero”. El tránsito de los setenta hacia los ochenta dejó muy pocas aventuras personales auténticamente fervorosas o creadoramente autistas; en su lugar, el circuito oficial se dividió entre grupos altamente retorizados, dependientes del lenguaje contestatario de Hora Zero o Kloaka, e individuos cuyos versos canónicos simplemente daban voz a las instituciones más conservadoras del tejido histórico-político-cultural. Evaluar la poesía peruana contemporánea bajo este espejo exige un salto cualitativo: pasar de la complacencia con esos formatos institucionales a la disección implacable de las sensibilidades. Cuando calamos hondo en el lote de los autores que dominan el escaparate o las complicidades de la pequeña clase letrada, advertimos de inmediato las costuras del yo poético.
Roger Santiváñez, por ejemplo, acaso se arriesga en las superficies del lenguaje y disloca la sintaxis, pero se detiene en seco ante el diseño de su yo poético: un sujeto que permanece siempre bien pertrechado, auto-persuadido de sí mismo y en última instancia docente. A contrapelo de esa fijeza, constatamos la extraordinaria evaporación del yo y de sus trabajos en los fragmentos de Magdalena Chocano, quien horada la consistencia civil bebiendo con lucidez de las fuentes de Martín Adán, Sor Juana y Jorge Eduardo Eielson. En una línea de camuflajes similares, Reynaldo Jiménez —sobre todo por la indumentaria— no va en el fondo más allá de un Javier Sologuren oculto o bien camuflado, ya que un mismo y de semejante modo “azahar” desvela a ambos. Por su parte, Patricia Alba se alza como la verdadera madre del cordero de la poesía escrita por mujeres en los años 80; su escritura prescinde del decoro excesivo y más bien ideológico de una Rosella Di Paolo, así como de los desplantes clasemedieros y el “disfuerzo” de Rocío Silva Santisteban. Al otro lado de la calle, Domingo de Ramos construye la andanada y el caudal de sus rompecabezas formales mediante el recurso fijo del “como” más el encabalgamiento, sin necesidad de buscar alguna otra cosa; mientras que en la vitrina de Mario Montalbetti lo descubrimos operando en la práctica como el telonero de Antonio Cisneros, donde sus Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices acaso cinco horas de tormentas en un vaso de agua. Mucho más directo, escueto y potente resulta, en contraste, el “horizonte” de su contemporáneo español, Antonio Casado, cuando escribe en su Inventario: “El vértigo es incomprensible / desde fuera del vértigo”.
Frente a la autorrepresión camuflada de oficio, la obra de José Antonio Mazzotti colabora más bien a entender la sutil diferencia entre el “arte del refrenamiento” y la auto-represión a la hora de escribir poemas. En Vladimir Herrera, en cambio, habita la magia de la libélula: una sintaxis sincopada y ululante que, en un plano menos aéreo y acaso más al ras del suelo, semeja la inestabilidad de los adoquines bajo nuestros pies mojados en un día de intenso aguacero. El sujeto de los versos de Herrera es un zorro viejo, audaz e imbatible en sus andanzas, acaserado sobre aquella colina umbría. Esta intemperie contrasta con el apartado aristocrático de Carlos López Degregori, un autor dotado verbalmente para la ardua tarea de hablar de sí mismo o de los suyos, pero que se parapeta en escenas modernistas cuya verosimilitud no encaja con el “látigo” de la cumbia ni con el aroma de las marmitas donde asoma, resignado, el chicharrón de la calle. Antonio Cillóniz se revela como un eximio retratista y notable caricaturista, pero carece de poética; es un gran lector del Siglo de Oro y de la poesía peninsular de posguerra que no cuaja en levantar un gran autor. Por su parte, Isaac Goldemberg manifiesta una errancia poética que, al igual que su narrativa, añora la costa norte del Perú, dotado del distanciamiento intelectual-afectivo necesario para tratar sobre lo menudo que somos y sobre la historia tan breve que vivimos.
Mención aparte merece el fenómeno de la canonización de vitrina. Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo encabezan una larga lista de epígonas de Blanca Varela cuya visibilidad no se explica sino por el subdesarrollo educativo y la intensa propaganda que hace de sí misma la pequeña clase letrada en el Perú. La propia Blanca Varela tenía todo para ser una gran poeta, pero se conformó tempranamente con la opinión de los otros, con la ovación de aquellos que usualmente son los mismos de siempre. Frente a ese conformismo y a los ascos compartidos del medio, la poesía de Pedro Granados se ha erigido históricamente como un gesto de estilo incomprendido, una palabra que refulge viva y joven precisamente porque supo negarse a envejecer prematuramente bajo los moldes y los pactos de su propia promoción. Como bien enfatizara el crítico José Falconí, para los acuciosos antologadores dedicados a fabricar el canon definitivo, esta propuesta estética ha sido un enigma indescifrable, quedando al margen de las antologías oficiales porque los parámetros convencionales de la Ciudad Letrada fallan al intentar categorizarla: no pertenece de manera sumisa a una generación fija, no se deja etiquetar entre lo puro y lo social, y desborda por igual las casillas del conversacionalismo ramplón y los corsés de la rigidez académica.
Mientras el simulacro editorial de las vitrinas premia la autorrepresión y la repetición de formatos, las auténticas fisuras del porvenir asoman en la aparición de Adriana Dávila Franke con La azotea amarilla (2022), que nos devuelve a un Javier Heraud en femenino. La pureza de vida de ambos constituye un peligro, tanto como el imán de sus versos; hay allí una intensa vocación simétrica y posantropocéntrica, monitoreada por el río en la poesía de Javier, y por el sol en los versos de Adriana. Esta inteligencia o discernimiento poshumano sintoniza con los poemas de Sasha Reiter: un tipo de lucidez a lo Paul Gauguin o a lo César Vallejo, limpia de utopías o distopías, orientada hacia otro momento o condición de la vida y del lenguaje. Es en este territorio de opacidad soberana, compartido en secreto por una nueva promoción de lectores y críticos, donde la poesía de raza se despoja de la chatura institucional y reclama su derecho a respirar a pleno pulmón, demostrando que el lenguaje del escaparate oficial da lástima, y que la única herencia válida es aquella que labra sus agallas fuera de la argolla y del simulacro. P.G.

