EL OFICIO DE ESCRIBIR SEGÚN PEDRO GRANADOS

Escribir no es un ejercicio de gabinete, una técnica aséptica ni un juego metalingüístico para el consumo académico o la complacencia institucional. Para Pedro Granados, el oficio de escribir es, ante todo, una experiencia somática, un cuerpo a cuerpo con la materia y una navegación en la intemperie.

  1. La escritura como desposesión y soberanía: Escribir exige renunciar a las lógicas de poder, al cálculo de la «cultura oficial» y a la validación del mercado. Es un acto de desposesión donde el poeta abdica de la centralidad antropocéntrica para dejarse guiar por las fuerzas del entorno, la memoria viva y el mito (el giro ontológico y el Pensamiento Simétrico).
  2. El caballito de totora y el tumbo: El acto creador equivale a montarse sobre la fragilidad de un caballito de totora y enfilar sin miedo hacia el tumbo que revienta. Escribir es asumir los accidentes de la cotidianeidad —el café que se desborda, la pelea por el desayuno, el afecto táctil— para transformar el fragmento disperso en una auténtica restauración vital.
  3. El teclado de alas negras: En esta poética, el poema no brota de la abstracción teórica, sino del rigor artesanal del cuerpo que busca la precisión de la tecla. La escritura es el lugar donde el dolor, el deseo y la memoria cobran masa elemental: son piedras, cicatrices, hendiduras y luz.
  4. Autonomía y gratitud: Lejos de los aplausos corporativos o la condescendencia académica, el oficio se sostiene sobre el reconocimiento otorgado por la propia obra. La poesía no sirve para adoctrinar ni para halagar el dogma; existe para salvar, para liberar y para atestiguar una felicidad incontenible que nace de un corazón agradecido.

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