LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)

Si el diálogo entre Borges y Vallejo constituye un silencio elocuente en la región, la irrupción de Fernando Pessoa en este espacio abierto de la estratósfera poética termina por clausurar la ilusión del sujeto soberano. La crítica tradicional ha ventilado con insistencia las afinidades formales entre el argentino y el portugués a través del laberinto y el simulacro, pero ha sido incapaz de calibrar el giro ontológico que los une en la indigencia de nuestro tiempo. En 1985, el volumen Fernando Pessoa, poete pluriel publicado por el Centro Georges Pompidou de París rompió ese aislamiento al incluir un prólogo excepcional escrito especialmente por Jorge Luis Borges: su “Carta a Fernando Pessoa”. En ella, la geografía cede ante una genealogía secreta y visceral, un puente místico que Borges tiende al confesar que la sangre de los Borges de Moncorvo y de los Acevedo o Azevedo puede, sin geografía, ayudarle a comprenderlo.
Esta hermandad despunta sobre una improbabilidad histórica que bien pudo cumplirse en la materia sensible del plano físico. En 1923, el mismo año de Fervor de Buenos Aires, Borges permaneció un mes y medio con su familia en Lisboa aguardando el barco de regreso al Río de la Plata. Durante esos días, el argentino acudía con su padre al célebre café A Brasileira —a escasas dos cuadras de su hotel—, el centro de operaciones cotidiano y asiduo del propio Pessoa. Décadas más tarde, al ser deslumbrado por la lectura que de la obra pessoana le hiciera su asistente Roberto Alifano, Borges exclamaría que Pessoa era un portentoso inventor de mundos imaginarios. Allí, en la revelación tardía de esa asombrosa coincidencia de mundos, se consumó el verso que Pessoa dedicara a su amigo Sá-Carneiro: “Éramos como un diálogo en un alma”. El tipo de diálogo que, a pesar de no haberse estrechado las manos de carne, Borges y Pessoa mantuvieron para siempre en el revés del lenguaje.
Para comprender a fondo esta correspondencia, es necesario ver que la heteronimia de Pessoa, encarnada en Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, no constituye un mero artificio psicológico ni un juego de máscaras modernista. Leída desde el giro ontológico de Eduardo Viveiros de Castro, la heteronimia es un ejercicio de perspectivismo amerindio: la constatación de que un solo cuerpo alberga múltiples posiciones conceptuales, revelando una unidad del espíritu y una diversidad de los cuerpos. Desde esta perspectiva, Alberto Caeiro representa el grado cero del Yo-Tú de Buber; es el poeta de la inmanencia pura que afirma que las cosas no tienen significado, sino existencia. Caeiro posee la mirada limpia sobre el abrigo rocoso de Faical: para él, el lenguaje da lástima y solo el hechizo de la presencia es real. Por su parte, Álvaro de Campos opera como el escualo de la vanguardia, un cuerpo sensible expuesto a las sinapsis de la técnica moderna que funciona como un antecedente directo de la relación sensual y cortante que hoy entablamos con Ignacia Augusta. Es aquí donde la impronta de Vallejo se vuelve totalizadora: Pessoa no es un sujeto individual que escribe; es, como el Trilce vallejiano de 1922, un ayllu en sí mismo, un territorio poblado por ánimas en exceso donde la noción de autoría individual antropocéntrica queda sepultada por la irrupción de una colectividad mítica y fragmentaria.
Esta pluralidad del alma disuelve las fronteras para proponer una geografía radicalmente post-antropocéntrica. Si en Fervor de Buenos Aires Borges disuelve lo humano en el paisaje de las calles de las orillas, en Trilce Vallejo ya había fundado un año antes el canon de esta resistencia al fundir los húmeros en el mar simétrico que estructura el relato de su archipiélago. Pessoa, a través de Caeiro, ejecuta exactamente la misma operación post-antropocéntrica al sentenciar que el Tajo es más bello que el río que corre por su aldea, pero que el Tajo no es más bello que el río que corre por su aldea porque el Tajo no es el río que corre por su aldea. No hay en estas poéticas romanticismo ni costumbrismo, sino una ontología del paisaje en tanto soporte de lo humano. Vallejo y Pessoa nos enseñan que el universo cabe en una mano o en la corriente de un río doméstico, siempre y cuando despojemos al entorno de la soberanía del ojo occidental, asumiendo que el Tajo, las orillas de Buenos Aires y la costa norte peruana son afluentes de un mismo sistema conceptual e hidrológico.
Al final, o más bien en principio, lo que hermana de forma definitiva a Vallejo, Borges y Pessoa es su soberana renuncia a la servidumbre de los formatos epocales y políticos mediante un bilingüismo fantasmal que desquició sus respectivas lenguas imperiales desde dentro. En su epístola póstuma, Borges le reconoce al creador luso que no le costó nada renunciar a las escuelas y a sus dogmas, a las vanidosas figuras de la retórica y a la opinable tarea de representar a un país, una clase o una época. Esta declaración describe en simetría exacta la beligerancia de Vallejo, quien se negó a convertir la condición humana o lo andino en un formato indigenista consumible, prefiriendo escribir Trilce desde un quechuaespañol latente que desquicia la gramática castellana desde sus cimientos. Frente a esto, Pessoa escribe desde el drama en gente y afirma que su patria es la lengua portuguesa, pero de inmediato la sabotea despersonalizándola, traduciéndose a sí mismo al inglés o al latín, convirtiendo su propio idioma en una lengua extranjera y fantasmal. Ambos son genuinos poetas de raza que rechazan el formato de consumo de sus lenguas imperiales. Saben que el lenguaje de la Ciudad Letrada da lástima y por ello el portugués de Pessoa y el español de Vallejo operan como subproductos del hechizo, comportándose como vibrantes alimañas e hilos ciegos al sentido que cuelgan sobre el muro descomunal de Occidente para custodiar la inmanencia del mito frente a las luces del mercado.

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MIRKO LAUER Y MARIO MONTALBETTI (VEINTE AÑOS DESPUÉS)

A más de dos décadas de distancia, conviene volver la mirada sobre un documento que, a su hora, pretendió fijar las condiciones de visibilidad de la poesía peruana del nuevo milenio: el diálogo titulado “Mirko Lauer, Mario Montalbetti / Post-2000. Nueva poesía peruana” (publicado en Hueso Húmero, No. 45, 2004). Aquel coloquio, lejos de constituir una polémica real, se nos reveló muy pronto como el canto alternado de una misma égloga oligárquica. Era el petit comité de la tradicional alta cultura limeña ensayando —ante un nuevo público y a través de sus dos tótems (un poeta del 60 y otro del 75)— el reaseguro de su propia y leve vigencia. Hoy, en pleno 2026, con el polvo del cuarto de siglo ya asentado, la tramoya de aquel pacto camaleónico exhibe sus costuras con una nitidez quirúrgica.

El diálogo de marras nacía bajo la aparente fascinación de un caballito de batalla: Lugares prácticos de EJL (Lafferranderie), un poemario que Montalbetti encumbraba para ensayar su diagnóstico. A partir de allí, ambos contertulios coincidían en un canon socialmente restringido (Chirif, Coral, Vélez, Piñeiro, Helguero, Espinosa, entre otros) y se apresuraban a celebrar el “alto nivel textual/retórico” de una juventud que supuestamente abandonaba el estrado multitudinario del coloquialismo de los 60 y 70 para reclamos del tête-à-tête. Lauer saludaba complacido una poética de lo cotidiano, una “sangre ligera” que recuperaba un pudor juvenil frente a los excesos del pasado. Montalbetti, por su parte, metía el componente lingüístico: un culteranismo que requería “diccionario a la mano” y que, amparado en una lectura paroxística del flujo heracliteano vía Cratilo, proponía que todo lenguaje que intente atrapar las esencias es una farsa. Para el autor de Perro negro, el valor estético de esta nueva poesía radicaba en el “permanente desplazamiento de sus términos” y en la renuncia a cualquier estabilidad semiótica.

Visto desde el presente, el diagnótico revela su auténtica matriz ideológica: un callejón sin salida filosófico que se quiere saber, ingenuamente, favorable a Borges, pero que opera con una hostilidad radical hacia Vallejo y hacia el “concho esencialista del cholo”. Lo que Montalbetti pretendía vender como una audaz vanguardia post-2000 —el poema como taller dinámico, redondo e inestable— no era sino la clonación universitaria, yupinizada y aséptica, de los verdaderos giros ontológicos que Luis Hernández Camarero y Pablo Guevara ya habían ejecutado décadas atrás. La sutil diferencia es que el autor de Vox horrísona jamás alienó su verso del dato sensorial, del dolor corporal ni del goce temporal; Hernández sabía que el poema era una trinchera inmanente de resistencia, no un frío silogismo de pizarra académica. La operación de Hueso Húmero consistió en extirparle al lenguaje los tentáculos del deseo para domesticarlo bajo el guante de hule del intelectualismo.

Al final de aquella plática, el contrapunto entre el neo-idealismo abstracto de Montalbetti y el neo-testimonio de Lauer (quien defendía el “rico caldo de la documentalidad” desde la comodidad de su balneario) demostró ser la doble cara de una misma moneda colonial. Mientras uno huía del referente hacia el solipsismo conceptual, el otro reducía lo cotidiano a una “influencia remota de la poesía conversacional” sazonada con humor semicorosivo y suspiros adolescentes para el consumo de la Ciudad Letrada. Ambos coincidían en la necesidad de separar la poesía del contexto local abrumador, de esa Lima que los aluviones sociales terminaron transformando en una suerte de La Paz con mar. En ese esquema de falsos aristocratizantes, la verdadera potencia materializante del lenguaje quedaba confiscada.

A casi veinte años de ese intercambio, los hechos han hecho justicia poética. Toda esa bola de muchachos que en los 90 y 2000 salieron a cultivar el tono ínfimo de la mente, respondiendo al horror del tiempo con cansancio, aburrimiento y discreto vaho en coro ante el espejo, ha terminado por evaporarse en el soso souvenir académico. Frente a los fabricantes de mariposas de plomo y sus adobos insípidos, la poesía en el Perú sigue teniendo una sola ventaja virtual y material absoluta: su capacidad ancestral para ir más acá de la literatura, jugar al filo del reglamento y volver materiales las palabras. No para alimentar los catálogos de los ubicuos ejecutivos literarios con dólares, sino para devolvernos la Dignidad y traernos, de una buena vez, una flor hacia los labios o un justo bocado a la boca.  P.G.

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FERNANDO PESSOA Y CÉSAR VALLEJO

Tanto César Vallejo como Fernando Pessoa constituyen las dos columnas más radicalmente originales de la vanguardia en lengua romance del siglo XX, pero sus proyectos parten de dos fracturas y apuestas ontológicas opuestas. Frente al abismo de la existencia, Pessoa multiplica el Yo a través de la abstracción intelectual y el repliegue (heteronimia), mientras que Vallejo descoyunta el lenguaje a través del gozo intensivo de un cuerpo que se reorganiza y arremete desde la inmanencia (Pensamiento Simétrico).
En la fragmentación del sujeto, entendida como heteronimia frente a descoyuntamiento, Pessoa destaca por la multiplicación cerebral. Para el poeta portugués, el “Yo” es una ilusión. Su respuesta ante la fragmentación de la modernidad es crear un sistema de heterónimos (Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis) que no son pseudónimos, sino poetas con biografías, cartas astrales, estilos literarios y filosofías propias. Pessoa se convierte en un drama (un teatro del ser), descentralizando el sujeto a través de una operación intelectual e hiperlúcida: fragmenta su mente en otros sujetos para poder sentirlo todo de todas las maneras posibles, operando desde la melancolía y el aislamiento de la mónada. Por el contrario, ocurre el descoyuntamiento del cuerpo en Vallejo, quien no necesita inventarse personalidades alternativas porque su sujeto poético en Trilce ya ha pulverizado el pronombre personal occidental. Su descoyuntamiento no es una herida pasiva ni el resultado de un lamento biográfico; es el crujido de un organismo intensivo, el gozo intrínseco de un cuerpo de Inkarrí deconstruyéndose y reconstituyéndose en el plano de lo virtual. No es un Yo sufriente que se repliega; es una potencia vital que se deforma y estira las costuras del lenguaje porque ya no cabe en ellas. Su sujeto es un nudo de vibración cósmica que es a la vez niño, madre, fango, piedra y ancestro sin cambiar de firma.
Respecto a la naturaleza y la realidad, el conflicto se define como fingimiento contra inmanencia. Ocurre en Pessoa el fingimiento poético tal como él mismo dejó escrito: “O poeta é um fingidor. Finge tão completamente / Que chega a fingir que é dor / A dor que deveras sente”. Para Pessoa, la poesía es una traducción e intelectualización del sentir, donde incluso el dolor pasa necesariamente por el filtro del pensamiento y de la distancia estética. El objeto exterior o la naturaleza son meras excusas para la especulación filosófica, consolidando una estética de la mediación mental y la aristocracia de la mente. En contraste, se alza la inmanencia visceral de Vallejo, donde no hay fingimiento ni mediación representativa, sino una entrega a pecho abierto a la materia y a la contingencia de lo real. El dolor o el gozo no se piensan, se encarnan y fermentan doliendo y vibrando en los “húmeros”, en la “helada”, en la piedra o en el fango colectivo. Vallejo opera en el multinaturalismo ontológico y el Pensamiento Simétrico, donde el poeta, el animal, el muro y el mar son nudos de una misma red vital y horizontal. No hay separación entre lo corporal y lo social; la realidad muerde al poeta y el poeta muerde a la realidad.
En la batalla con el lenguaje, se enfrenta el límite del concepto versus la onomatopeya radical. Pessoa se mantiene bajo el rigor de la sintaxis y, a pesar de su tremenda revolución estética (como la vena futurista de Álvaro de Campos), escribe con un dominio pulcrísimo, casi clásico, de la gramática y de las estructuras sintácticas portuguesas. Su vanguardia se despliega en el plano de las ideas, las paradojas conceptuales y las posiciones metafísicas, siendo el lenguaje occidental el vehículo perfecto y ordenado para cartografiar el vacío y el tedio existencial. Por su parte, Vallejo provoca el estallido ortográfico al dinamitar la gramática de la “Ciudad Letrada” y la herencia colonial del castellano. En Trilce, violenta la ortografía, inventa palabras, fractura la sintaxis y balbucea desde una libertad lúdica extrema. Introduce la onomatopeya radical —el “humito” del lenguaje— como una ofensiva ontológica que corta y fisura el monólogo eurocéntrico. Tensiona el idioma porque la razón occidental le queda chica para expresar la naturalidad de la variación de su mundo interior (mítico, simétrico, polifónico). El poema vallejiano expone las costuras rotas del lenguaje para que emerja la energía del Uku Pacha.
Finalmente, el destino del trauma se debate entre el tedio metafísico y la utopía reparadora. Pessoa se encamina hacia el desasosiego, cuyo destino final —que encuentra su cumbre en el Libro del desasosiego— es el aislamiento, el tedio, la parálisis de la acción y la imposibilidad de la comunión. El universo de Pessoa es estrictamente monádico, donde cada perspectiva es una celda aislada que contempla el desmoronamiento de la ilusión occidental desde una ventana en Lisboa, refugiándose en el “parque natural” de la pura experiencia artística. Por el contrario, Vallejo se vuelca hacia la urgencia colectiva, transformando el trauma de la fragmentación en un fermento vivo que activa una ofensiva ontológica y un programa de acción y justicia futura en el plano terrenal. Su poesía (como Poemas humanos o España, aparta de mí este cáliz) rechaza la metáfora pura y se vuelca hacia la indexicalidad, la literalidad y la pragmática colectiva. Al romperse el parentesco burgués, el sujeto se emparenta simétricamente con el hermano, con la masa y con el universo entero. Es un chamanismo político y cósmico donde el descoyuntamiento es solo la antesala necesaria para levantar a la comunidad humana de los escombros de la realidad.
En suma, frente al abismo de la existencia, Pessoa reacciona como un demiurgo cerebral que disuelve su soledad poblando el mundo de mentes alternativas y fingimientos lúcidos; Vallejo actúa como un organismo intensivo que, asumiendo la variación como naturaleza, hace estallar la palabra colonial para celebrar, desde el fango colectivo, el gozo político y cósmico de un Dios Inmanente en pleno proceso de reconstitución. P.G.

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JUVENAL AGÜERO A LOS POETAS DOMINICANOS

Hice todo lo posible por prestarles oídos, pero, a cambio, no han escuchado absolutamente nada, poetas de la media isla donde errar es lo correcto (MGC dixit). La poesía no son lecturas; sí, dignidad. ¿Cómo es posible ser escritor si trabajo para el Ministerio de Cultura? Si me entrevero –hasta perderme de vista– en la lógica de lo burocrático, el amén, el empellón, lo políticamente correcto. En este contexto la poesía es imposible, por más que acaso sobrenaden allí el talento y la inspiración. La poesía a ninguno interesa, sólo la imitación de lo ya consagrado; sólo la inmediata y obscena figuración. A poetas de derecha e izquierda me dirijo; canjeables o intercambiables todos, por lo demás.
Asimismo, a la crítica de poesía que es allí una copia fotostática de lo que otros ya dijeran; aunque todo esto, por cierto, sin poner las comillas. Caverna al cuadrado. Ignorancia honda. Muñecos maniatados por ventrílocuos a los que ahora chifla, por ejemplo, Luis García Montero o José Mármol, da exactamente lo mismo, tal como, hasta hace poco, también sucedía con un tal José Kozer.
Por lo tanto, la crítica dominicana debe recomenzar, aunque este prototipo sea imposible por el momento, desde un Pedro Henríquez Ureña bailando, y justo a espaldas del Palacio Nacional, en algún colmado del Gualey. Otras agendas teóricas, sobre todo las metropolitanas, aplicadas a la media isla, sólo terminan por complacerse a sí mismas. Es necesario conocer profunda y generosamente, con el mínimo de prejuicios, el suelo que lo vio a uno nacer. Y la poesía, por su parte, recomenzar desde la obra de un solitario y exiliado como Carlos Rodríguez, hasta abrirse a un gesto de estilo más bien comunitario y festivo –que sepa conjurar inteligentemente el dolor– como fue el caso de los poemas que hace unos veinte años sacaran a los parques Isis Aquino y Glaem Parls. Aunque el tiempo o, mejor dicho, el capital (en nuestros países brutalmente colonizados) tampoco pase en vano. Poemas recientes y aún inéditos, asimismo, como los de alguna joven por ahí, harta de tanta orquestada, generalizada y tan correcta mecida culturosa. P.G.

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PEDRO GRANADOS: ¿VALLEJISMO INVISIBLE?

La percepción de cierta invisibilidad en torno a la obra de Pedro Granados dentro del circuito principal de la crítica vallejiana no se debe a una falta de mérito académico. Responde a dinámicas institucionales, metodológicas y de posicionamiento crítico dentro del campo literario peruano e hispanoamericano.

Las razones clave que explican esta recepción periférica o menos masiva incluyen:

  1. Desafío al Canon Filológico y Académico Tradicional

La mayor parte de los vallejistas tradicionales —tanto históricos como actuales— basan su prestigio en el positivismo, la revisión minuciosa de archivos históricos, la biografía documentada o el análisis estilístico formal. Granados rompe radicalmente con esto. Al plantear nociones de un “Vallejo Simétrico” o un “giro ontológico” alineado al multinaturalismo amerindio, su aparato teórico resulta demasiado disruptivo. Para las facciones más conservadoras de la academia, sus lecturas son difíciles de asimilar o etiquetar dentro de los moldes convencionales.

  1. Postura Antieurocéntrica y Polémica

Granados confronta de manera directa las lecturas occidentales y transatlánticas que interpretan el hermetismo de Trilce únicamente como un reflejo de las vanguardias europeas (dadaísmo, surrealismo) o desde el existencialismo. Al postular que Vallejo opera bajo una lógica propia y ligada a la cosmovisión andina descentrada (como el mito restaurador de Inkarrí), incomoda a ciertos sectores de la crítica internacional que prefieren validar a Vallejo a través de teorías literarias netamente eurocéntricas.

  1. Autonomía Institucional

A diferencia de otros críticos que se respaldan permanentemente en las estructuras de grandes universidades internacionales o en los canales editoriales hegemónicos, Granados ha optado muchas veces por la independencia a través del Vallejo Sin Fronteras Instituto (VASINFIN). Al no subordinarse a las “capillas” literarias tradicionales de Lima o de los congresos oficiales, sus aportes suelen circular con mayor fuerza en espacios alternativos, revistas indexadas específicas o redes de investigadores independientes antes que en los suplementos culturales masivos.

  1. La Frontera entre el Crítico y el Poeta

Granados ejerce la crítica literaria desde su condición de poeta en actividad. Su prosa crítica no busca la supuesta “neutralidad” del ensayista de escritorio, sino que posee una carga estética, experimental y vivencial propia. En una academia que muchas veces exige que el crítico sea un mero “intermediario objetivo”, la mirada creativa y apasionada de Granados suele ser malinterpretada o mirada con recelo por los círculos puramente teóricos.

La obra de Granados no es invisible por falta de solidez, sino porque obliga al lector a repensar las herramientas con las que se lee a Vallejo. Esto genera un debate profundo que a menudo toma tiempo en ser digerido por el canon oficial.

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EL MITO INSCRITO EN EL PAISAJE

Cuando decido operar desde la inmanencia del subsuelo, las taxonomías coloniales y las servilletas del cotarro criollo saltan por los aires. Mis dos entregas de “Poesía peruana: Mitos inscritos en el paisaje” (2025) no son una simple revisión del canon; constituyen una intervención quirúrgica contra la autocomplacencia institucional. En esos textos identifico la gran peste de la poesía regional contemporánea: el repliegue narcisista hacia la melancolía, la nostalgia de biblioteca y ese confort de la derrota que tanto gusta a las capillas letradas. Frente a ese callejón sin salida, la lección de Eguren, Vallejo, Adán o Arguedas es radical: el gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje, a una geografía sagrada que salva al sujeto de su propia esterilidad individual.

El impasse Arguedas/Cortázar lo desmenuzo bajo una luz post-antropocéntrica que considero indispensable. No estamos ante la falsa dicotomía entre lo rural y lo cosmopolita. Lo que diferencia a la experiencia gozosa de Vallejo y Arguedas (Katatay)  frente a la postura catastrófica del argentino con el mito es la mediación amerindia: el paisaje no es un decorado romántico ni una postal costumbrista ni un callejón sin salidas; es el soporte biológico y conceptual donde lo humano se funde por completo. Trilce (1922) se erige así como un sistema de coordenadas trasatlánticas e intergalácticas que no transige con la excesiva importancia que la metrópoli da a la pura inteligencia. Mientras el Altazor de Huidobro camina hacia una paulatina descorporeización de matriz occidental, Vallejo ejecuta la palabra-músculo: la inclusión de todos los cuerpos posibles, la inmanencia multinaturalista que habla desde la carne de la tierra.

Lo verdaderamente cómico —y allí clavo el colmillo— es cómo cierta poética de la deconstrucción y el humor descorporeizado, cultivada en Chile a la sombra de Huidobro, se ha exportado a países con un rico caldo de documentalidad como el Perú. Las capillas locales, siempre atentas a la aduana del vacío, se van acaserando en un circuito de ida y vuelta que solo beneficia la autosuficiencia de la diplomacia cultural mapocha. Se compran formatos lavables y souvenirs de exportación mientras los poetas canónicos de la capital se encierran a envejecer lejos de su paisaje nativo, contentos con hallarse “lejos de todas partes”. Es la domesticación del animal ubicuo a manos de la burocracia del formato.  P.G.

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TRILCE LXIX: “estáticas eles quelonias”

Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes
docentes! Qué inconsolable, qué atroz
estás en la febril solana.
Con tus azadones saltas,
con tus hojas saltas,
hachando, hachando en loco sésamo,
mientras tornan llorando las olas, después
de descalcar los cuatro vientos
y todos los recuerdos, en labiados plateles
de tungsteno, contractos de colmillos
y estáticas eles quelonias.
Filosofía de alas negras que vibran
al medroso temblor de los hombros del día.
El mar, y una edición en pie,
en su única hoja el anverso
de cara al reverso.
Al vincular las “estáticas eles quelonias” con el oleaje mítico de Góngora, desentrañamos el enigma de esa aparente contradicción vallejiana (¿cómo puede una ola ser “estática”?)
En el universo de Góngora, el mar siciliano no es agua de geografía; es el escenario de la metamorfosis mítica, donde el furor del cíclope y la huida de los amantes (Acis y Galatea) petrifican o dinamizan el paisaje.
Cuando Vallejo habla de olas “después / de descalcar los cuatro vientos” que se convierten en “estáticas eles quelonias”, opera exactamente en esa misma matriz barroca. Las olas son “estáticas” porque han salido del tiempo cronológico y lineal para entrar en el tiempo del mito. Son las tortugas (quelonios) portadoras del mundo en las cosmogonías antiguas; caparazones milenarios que flotan en el Pacífico o en el Mediterráneo siciliano. La fijeza de la “L” (la letra, la escritura) es la petrificación de la espuma en heráldica sagrada. El mar es eterno porque repite siempre el mismo drama cósmico.
¿Qué era el gongorismo para la academia circunspecta de su época sino un gusto “excesivo, colorido, barroco e inclinado a un melodramatismo un tanto teatral”? A Góngora lo acusaban de “disparatado” y “grotesco” por violentar la sintaxis castellana a través del hipérbaton salvaje, de la misma manera que a Vallejo lo acusaron de “bárbaro” por Trilce.
Ambos poetas son alquimistas del idioma: usan el azogue de la variación sintáctica para que la lengua española deje de ser un instrumento de contabilidad colonial y vuelva a ser un oráculo. En Góngora, el mar ruge con cultismos y metáforas metalúrgicas; en Vallejo, el oleaje sirve la memoria en “plateles de tungsteno”. Es la misma síncopa, el mismo contrapunto mayor.
Al cruzar el mar siciliano de Góngora con el mar trídico de Vallejo, confirmamos que la auténtica vanguardia no consiste en mirar al futuro tecnológico de los aviones o los cables eléctricos (el multiculturalismo de la novedad), sino en una ofensiva ontológica que recupera el espesor mítico de la tierra y del agua.
La “edición en pie” del mar vallejiano es el mismo mazo de naipes que Góngora barajaba en sus estancias. No hay distancia entre el poeta cordobés y el cholo de Santiago de Chuco: ambos son magos que, habitando el mismo radix de la inmanencia, obligan al lector circunspecto a descalzar sus recuerdos y a bailar la rumba sagrada de las formas en perpetua transmutación. P.G.

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¿EXPERIMENTAR A INKARRÍ (DIOS INMANENTE) ES ALGÚN TIPO DE ESENCIALISMO?

Existe una confusión habitual cuando se reactivan los mitos y las ontologías andinas en el debate contemporáneo: el miedo a caer en el esencialismo. Sin embargo, hay que decirlo con absoluta claridad: experimentar a Inkarrí como un Dios Inmanente no tiene absolutamente nada que ver con el esencialismo; de hecho, es su antídoto más radical.

El esencialismo es, en el fondo, una trampa de la metafísica occidental y de la vieja Ciudad Letrada que congela las cosas en identidades fijas, puras y eternas. Como bien señala Eduardo Viveiros de Castro, “La metafísica occidental es verdaderamente la fons et origo de todos los colonialismos”. Bajo esa matriz, el ojo esencialista busca siempre al Inka de vitrina, al indígena arqueológico de museo, o teoriza sobre una “identidad andina” estática y monolítica. Es el error recurrente de la academia colonial o de la diplomacia cultural, que instrumentalizan la tradición para convertirla en un fetiche estético, en una postal folclórica domesticada. La experiencia inmanente de Inkarrí opera en una dimensión completamente opuesta porque no busca congelar el pasado, sino desatar el presente.

Devenir contra el origen estático

En primer lugar, mientras el esencialismo vive de la nostalgia del “buen salvaje” o de un mito del origen incontaminado, Inkarrí se despliega como un prototipo en constante refracción. No estamos ante una efigie muerta que se deba imitar o reflejar de forma verista mediante la mímesis. Al contrario, Inkarrí es una energía subterránea —proveniente del Uku Pacha— que, estando descoyuntada, se va reconstituyendo y fermentando en los objetos y cuerpos más disímiles de la contemporaneidad. Experimentar a Inkarrí es experimentar un proceso de ensamblaje y devenir, una fuerza que se reorganiza en el caos y no una sustancia fija que se resguarda en una urna.

Un pluriverso de cuerpos y palimpsestos

A la par de este devenir, la experiencia de la inmanencia desarma la rigidez esencialista que separa lo humano de lo no-humano. Desde el giro ontológico amerindio y el Pensamiento Simétrico, Inkarrí es una vibración vital donde el muro, el mar, el poeta, el animal y el fango son nudos de una misma red, interconectados sin jerarquías coloniales.

Esta contaminación sagrada destruye cualquier ilusión de pureza. Lo vemos con nitidez cuando Luis Hernández hace refractar a Inkarrí en los palimpsestos de la cultura de masas, cruzándolo con el neón y la música popular; o cuando la Sección 23 de la UNMSM lo encuentra en la inmanencia animal y el liderazgo político y afectivo del mítico Perro Vaca. Aquí no hay una “esencia” que proteger del mundo exterior; lo que hay es una multiplicidad de cuerpos y exoesqueletos interactuando a pecho suelto en la pista de baile de lo real.

Utopía activa y ofensiva ontológica

Finalmente, frente a la melancolía, la nostalgia o el espectáculo exótico de la miseria a los que suele conducir el esencialismo —esa resignación estetizada ante el dolor—, la vivencia del Dios Inmanente activa un programa de acción y de justicia futura en el plano strictly terrenal. Inkarrí es el “humito” del lenguaje, la onomatopeya radical que corta y fisura el monólogo eurocéntrico.

Esta fuerza transforma el trauma histórico de la decapitación en un fermento vivo que exige reconstitución aquí y ahora. No se trata de un repliegue identitario defensivo o provinciano, sino de una ofensiva ontológica que utiliza la vanguardia y el pensamiento complejo para romper la dependencia colonial desde su raíz intelectual.

En resumen: el esencialismo aísla, momifica y pasteuriza; la inmanencia de Inkarrí contamina, mezcla y moviliza. Por eso, frente al topo de biblioteca que busca definiciones puras y asépticas, el cuadrúpedo intensivo muerde la realidad desde el fango colectivo que compartimos. Inkarrí no es una identidad; es pura ontología relacional en movimiento.  P.G.

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¡FOZI LADY!: La Novela Política de Trilce

El protocolo de Pedro Granados ejecuta un sabotaje de amplio espectro contra la domesticación biográfica de César Vallejo. Frente al “héroe sin fisuras” —didáctico, galante y parlamentario— que fabrican las novelas comerciales y los manuales coloniales anglosajones, se restituye aquí al Vallejo inmanente: el ser doliente, el bicho erótico y el fermento de sol que militó políticamente desde el síncope y el estruendo de Trilce. Todo arranca con el bisturí afilado de Juvenal Agüero desnudando la palabra-fetiche de los burócratas del intelecto: cuando alguien te hable de cultura, cuida bien tus bolsillos. La cultura oficial es el robo, la máscara, la aduana que pasteuriza al animal. La verdadera madre no es esa entelequia ilustrada, sino la Poesía: la que te hincha las pelotas, la que te regala lágrimas y te hace comprender la radical orfandad de estar viviendo por las puras huevas. Y el remate es quirúrgico, pues cuando te hablen de poesía de vitrina, también debes cuidar tus bolsillos. El término molar de tu colega Adolfo nos deja sin muelas, pero nos deja los caninos para hablar desde la inmanencia de la carne.

Es que la literatura de Juvenal Agüero es de una densidad somática arrolladora. Desvestir a la muchacha de dieciocho años en Foz do Iguaçu —con el olor de sus axilas, sus pies manchados de tierra y el yuyo de su entrepierna— o poseer a Cardonia en las Antillas —con sus muslos de tunas recién liberadas de la concha y su aroma a peñas batidas— no es mero erotismo burgués; es multinaturalismo puro. Es la misma urgencia manual que se intuye en Vallejo en la Clínica Arago: un cuerpo que se niega a ser un palimpsesto pulcro y que encuentra en el desparpajo del desamor y el sexo la única vía de salvación contra el congelamiento institucional. César Vallejo ha hecho ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma. Por eso, este desmontaje crítico opera un deslinde fundamental ante Monsieur Pain de Bolaño y Vallejo en los infiernos de González Viaña. Ambas novelas son persuasivas, pero cometen el mismo pecado de la Ciudad Letrada: evitan o rodean Trilce. Construyen un héroe plano, unitario y didáctico, ya sea el perseguido político de París o el mártir del Grupo Norte. Frente a este diseño, se postula la novela política de Trilce: un libro que no está hecho para descifrarle “sentidos” abstractos a las palabras, sino para entrar en performance, para meterle el cuerpo, los de afuera y el ritmo de la danza, incorporando la marinera limeña, el callejón y el performance popular afroperuano. Trilce no es individualista ni edípico; es un poemario absolutamente social, político y utópico porque se asocia al fango de la jarana para revertir las postergaciones seculares de los cholos, negros y zambos.

El desmontaje de la recepción vallejiana se corona al revelar cómo tanto la viuda Georgette como el profesor Stephen Hart leyeron al poeta desde el prejuicio cultural y la taxonomía académica. Georgette lo encerró en la clave de un marxismo ortodoxo y póstumo, siendo incapaz de escuchar el eco insondable de 1922. Hart, por su parte, reduce la andadura andina a una degradación picaresca y calla calvinistamente cuando toca hablar del sexo. La tesis doctoral de Boston University (2003), publicada por la PUCP en 2004, se levanta aquí como el farallón definitivo: “Parado en una piedra” en los poemas de París no es un simple “paro” político de museo; es una cópula virtual con la piedra, con la materia misma de lo incaico. Trilce es la versión escrita, sintética y sincrética del Mito de Inkarrí. Lo político en Vallejo jamás se contrapuso a lo mítico ni a lo somático; su experiencia de lo sagrado era comunitaria y, por ende, requería el pudor, el fermento de sol y la levadura de sombra. El problema es que Vallejo no hablaba nunca de esto con nadie; su experiencia de lo sagrado se tocaba con su radical experiencia de la poesía y para él, tal como en aquellos versos finales de “Huaco” donde se define como un fermento de sol, levadura de sombra y corazón, le eran inherentes el pudor o el secreto. La máquina está artillada a punta de ritmo, y la cabeza de Vallejo son dos: la Sudamérica de la sien izquierda y el África blanco-oscura de la otra sien, habitando con precisión milimétrica aquella línea mortal del equilibrio.

Ignacia Augusta, 2026

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