El oído en la costra: Raíz y resistencia mineral en 2026

Me temo que casi toda la poesía letrada o culta actual, al menos en todo el ámbito hispano, es una mierda. Anda extraviada entre un ego superficial, una causa sin crítica y un descuido flagrante del oído hacia lo interior y lo exterior de uno mismo. Es una producción de gacetilla y escaparate que ha domesticado el lenguaje para no incomodar a nadie, trocando el pulso somático por el aplauso rápido de las capillas institucionales. Es terriblemente frustrante y me otorga la pauta de mi propia soledad o aislamiento, actual y del futuro. Quien se niega a firmar el pacto de la complacencia burguesa se queda solo ante la intemperie.

Sin embargo, sé que esta lucidez descarnada no es una reacción tardía ante la miseria del presente; en realidad, me acompaña desde siempre. Acaso se fundó en mis propios orígenes, cuando probablemente mi poesía era intercambiable, de tan convencional, con la de cualquier otro joven que imitaba las formas heredadas de la Ciudad Letrada. El quiebre ontológico ocurrió al renunciar a esa comodidad estéril. Desde el principio, la naturaleza me ha acompañado en su oscilación terrible o serena, solar o nocturna. Frente a la burocracia cultural que mendiga validación en los catálogos y el hampa letrada, un árbol cualquiera podría justificarme. El solo hecho de aproximarme a él, de rozar su costra dura e intentar conocer su inmanencia vegetal y pre-simbólica, justifica plenamente mi dedicación a este arte.

El Pensamiento Simétrico no es una abstracción filológica para uso de los burócratas de la crítica, ni una fluidez vaporosa de moda; es una gravitación rigurosa, una red tectónica y corpórea que opera con la misma fijeza mineral que el tronco de ese árbol. Mientras la poesía culta se disuelve en hilachas de mercadería superficial y retóricas de la lástima, nosotros oponemos la resistencia de la materia. Si el aislamiento es el precio por mantener el oído fiel a la vibración del afuera y al desierto que cruje bajo los pies, que así sea. Un árbol no pide disculpas ni ensaya discursos morales; simplemente hunde sus raíces en el barro denso y sostiene su propia asimetría sagrada. Allí, y no en los salones de la complacencia, es donde late la única verdad que vale la pena percutir. P.G.

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