MAMBO, AL CONSORCIO DE POETAS Y CRÍTICOS DOMINICANOS DE POESÍA

“Querido Pedro es un momento luctuoso para todos [lo de Alexis]. Aprovecho la ocasión para preguntarte donde te envió algunas publicaciones y agradecer tu opinión acerca de mi poesía.   Ojalá podamos vernos pronto espero noticias tuyas”

Nos veremos en el Teatro Nacional, todos de Armani, cuando reconozcan mi labor como difusor de la poesía dominicana en el mundo.  Y adicionen a ello un cheque suculento .

Nos veremos cuando se repita, en la UASD, la lectura de Un chin de amor, y lo publique la Editora Nacional; mejor dicho, cuando las andanzas de Juvenal Agüero sean tan conocidas, por todos sus estudiantes, como los versos de Pedro Mir, y cuidado.

Coño, cuando aprovechen mi estadía por ahí y me inviten a leer poesía en un sitio un tanto más adecentado que El Torito de Villa Mella, La Tacita de la Zona Colonial o El Blanco de Boca Chica, lugares que hasta no hace mucho he frecuentado.  Aunque dedicado a la poesía de la bachata; yo que, siendo también derecho, debía inventarme allí  siempre dos pies izquierdos.

Nos veremos cuando pongan comillas a lo que me pertenece y no pertenece ni su sentir ni a su pensamiento.

Cuando entre todos me conviden una buena cena… un bizcocho.

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Alexis Gómez-Rosa (1950 – 2019)

Il miglior fabbro dominicano ha muerto.  Y con él se cierra y, al mismo tiempo se abre, toda una época en la poesía  y la cultura letrada de su país: la desubicación del Canto General, frente a la ubicación de Trilce.  La insignificancia, en el tiempo, de la ideología y del verbo desmesurado; frente al “giro ontológico” que nos ha legado el peruano.  Ni utopía ni distopía, entonces, y sí post antropocentrismo.  Aquello de su “máquina hilandera”; aquello de que seres humanos y naturaleza salimos de semejante y cíclico turbillón de olas.  Tal como Ovidio en sus Metamorfosis, Alexis Gómez-Rosa captó y honró en su poesía el endiablado perspectivismo de su Caribe.  Un ligao es una jeba; y ésta, puede ser un bizcocho.  “!-Dulce!”, según el primer tip, sobre la vida en la República Dominicana, que aprendí de parte de un taxista.  Gómez-Rosa entendió, como Rancière, que la ética no pertenece o, en propiedad, es independiente de la literatura; y que es en el lenguaje y en la identificación (melting) con las cosas donde se juega la política de la poesía.  Y, en este asunto de la política, flecha transversal a toda su obra, estuvo cada vez más atinado, sobre todo en sus últimos libros:

Reencuentro de unos viejos poemas a los que “he lavado la cara”, según nuestro autor. Escritos desde el diámetro y hondura del volcán de los años. La emoción no gana al fabbro, aunque aquella sobrepuje como una ventolera; ráfaga muy próxima a una esquina o, mejor dicho, al que a la larga ha constituido su ángulo en el ring: Duarte con Paris. Que es como decir el cruce entre las antillas mayores y menores; la raya que divide lo conocido, de lo otro; el punto brillante, aunque desdibujado, porque allí se concentra todo lo vivido.

La poesía dominicana, e incluiría aquí a la del caribe insular hispano en pleno, tiene en la obra de Alexis la posibilidad de retomar sus raíces más poderosas, aunque aparentemente también más obscuras: las islas subterráneas que suben –y bajan– hasta lo más escarpado de los andes.  Mayor que Pedro Mir, cuyo discurso comprometido constituye hoy, y en privado, una monótona  eufonía.  Más palpable que “la poesía del pensar”, la cual –se hallaba entre sus aristas ideológico-estéticas– de algún modo inventó.  Más femenino, a lo Vallejo: “y hembra es el alma de la ausente/ y hembra es el alma mía”, que las propias feministas.  La poesía de nuestro recordado poeta atraerá siempre mucha agua de mar.

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AUTISMO COMPROMETIDO: SOBRE POESÍA PERUANA RECIENTE

A manera de prólogo

Artículos

Los poetas vivos y más vivos del Perú, y también de otras latitudes

José Watanabe y las trampas de la fe

“Spasmo-Dolviran”: ¿el último cuaderno de Luis Hernández?

‘Mirko Lauer y Mario Montalbetti / POST-2000’

Hitos del erotismo en la poesía de Javier Sologuren

Algunos gestos de estilo en la poesía arequipeña: 1950 al presente (1)

De lo neobarroco en el Perú

Apuntes sobre la actualidad “teórica” de la poesía de César Vallejo

¿César Vallejo, por bulerías?

Eielson – Vallejo: El des/ nudo en la más reciente poesía de J. E. Eielson(1)

Reseñas

Cadáveres/ Alejandro Susti

Tratado de arqueología peruana/ Roberto Zariquiey

Poemas de Juan W. Yufra

Poesía ilustrada y Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI) en el Perú

Víctor Coral o la nada visible

Octubre/ Manuel Fernández

“FELIZ – ID – ASS”/ Lawrence Carrasco

Nuevos poemas italianos/ Renato Cisneros

Indicios de José Luis Falconí: Poemas 1996-2006

Premio Copé Internacional de Poesía 2007: por una lúcida amnesia

Sobre Elogio de otra vana invención de Carlos Eduardo Quenaya

Poemas de Juan Carlos de la Fuente Umetsu

Extravío personal de Bruno Mendizábal

Hipertiroidismo y diabetes en el último poemario de Antonio Cisneros

Raúl Brozovich, El duro oficio de vivir

Reseña del Congreso Trilce y la Vanguardia Internacional

Sobre “César Vallejo y la música popular peruana” de Juan Carlos Garay

El César Vallejo que no conoció Julio Ortega

Poesía y acción, el caso de Trilce de César Vallejo

“César Vallejo, el acto y la palabra” por William Rowe

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Últimas canciones de Emilio Estrella, de Roberto Zariquiey*

R. Zariquiey junto a un niño y al maestro kakataibo, Emilio Estrella

desde el principio

la selva era selva

Sobre Tratado de arqueología peruana (2005), un poemario anterior del autor,  decíamos ya lo siguiente:

En la tradición de la poesía peruana y latinoamericana se han sucedido buenos ejemplos que han intentado dar cuenta de la arqueología de la región. El modernismo la trabajó como una escenografía lujosa más para devolver a París. Neruda la abrumó de adjetivos que terminaron recubriéndola y alejándonosla. Martín Adán la trató como si fuera su propia alma de piedra aristocrática, aunque no por eso menos húmeda y hospitalaria: “y bañarnos con la india desnuda/ en chorro/ donde sólo alguna agua nos vea”. En los sesenta –de Ernesto Cardenal o Antonio Cisneros– formó parte de una prenda de marca (más o menos verde oliva), y la arqueología también se dividió simplistamente en dos, como todo, como todos. En el Perú, algo después, Javier Sologuren se planteó el ir a ella de nuevo y desenterrarla. Pero el que ha emprendido la tarea con el recogimiento, temblor y gozo propios –de quien se adentra en un auténtico tabú– es el presente libro de Roberto Zariquiey. Y en esto acierta el poeta, no se pueden tratar las cosas realmente significativas sino con el respeto que inspira un auténtico candor.

Hoy, con Últimas canciones de Emilio Estrella (2019), luego de casi tres lustros, Zariquiey pareciera haber pasado o estar en proceso de pasar del multiculturalismo –noción de las humanidades en tanto pueblos, minorías o culturas– a un decidido multinaturalismo o sobrio pasmo post-antropocéntrico.  Es decir, en la inercia misma de un “giro ontológico”: comprobar que todos somos seres humanos, pequeños animales de monte y cochas o caños incluidos.  Como es lógico, van quedando algunos resabios de filantropía en el camino; aunque Roberto desde ya esté  llamado a convertirse en una lechuga o, más bien, y tal como una famosa tela de Tilsa Tsuchiya: “en una hermosa col/ con sus hojas frescas y calladas”.  No hay destino más noble que este, dejar de ser alguna lengua o, tal como lo que es, alguna traducción de un mito (“un idioma nuevo pero parecido al de la gente”) para convertirnos directamente en oficiantes eternos de un duelo (“Las lágrimas son un ave”) o, no menos eternas, las nupcias entre un jaguar y los pechitos que ya despuntan en aquella muchachachita de “Ucayali”.  Tránsito donde se hacen simétricas las huellas de una mariposa y las de un distraído tractor.  Contra correlacionalismos ya superados, aquello de que las cosas sólo existen en mí y de que no hay centro ni sentido, tránsito –el de Roberto– donde se comprueba que el ser es acaso contingente hasta la médula; pero es ser,  pero hay ser.  Ni utopía ni distopía, entonces, y sí post-antropocentrismo desplegado y batiente.

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Poesía, dipsomanía y corrupción/ Harold Alvarado Tenorio

Acaba de aparecer en Bogotá, en medio de un extraordinario jubileo y ruido de panderetas, publicado por el Gimnasio Moderno y la Universidad Central, un volumen titulado Una antología de una generación sin nombre, seleccionado y prologado por María Paz Guerrero, una señorita licenciada en una de esas universidades secuela de los motines y revueltas de los años sesenta, cuyas reales protestas y destrozos tuvieron más que ver con las dificultades de vastos sectores de ladinos, que nunca alcanzaban el puntaje forzoso, para atender clases en las rancias academias parisinitas. 

Esta miscelánea incluye, en un descosido desperdicio de 400 páginas que van cayendo a medida que se consumen, sin cosa distinta a un discurso falaz que llaman archipiélago [Conjunto de islas próximas entre sí con un origen geológico común], a Alvaro Miranda, Augusto Pinilla Vargas, Dario Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, Elkin Restrepo, Giovanni Quessep, Henry Luque Muñoz, Jaime García Mafla, José Luis Diaz Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, María Mercedes Carranza, Martha Canfield y Miguel Méndez Camacho. 13 criaturas nacidas entre 1939 y 1949. 

La mayoría de ellos, hijos de la clase media, educados en colegios oficiales o de baja estofa y apenas uno o dos, cachorros de ricos comerciantes o terratenientes. Otros pocos profesores universitarios y la mayoría empleados estatales, carga ladrillos de caciques políticos o escribanos de presidentes. Una cofradía inventada por las ambiciones de gloria de José Luis Díaz-Granados, padre de Federico Díaz-Granados, el gerente cultural del Gimnasio Moderno y la Tertulia de Gloria Luz. Una falacia que nada tiene ver con la historia literaria nacional, ni los eventos que pueden configurarla. Una patraña, un camelo, un tour de force para despistar ingenuos. Un acto más de corrupción, la médula que nutre a Colombia desde la aparición del Frente Nacional y su fruto perverso: el narcotráfico.

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NO ES LO MISMO SER CACHIMBO SIN TI (novela breve y colectiva, in progress)

Era ya de noche cuando, la puerta 1, se estaba desolando.  Los ambulantes se retiraban, pasaban pocos autos y solo quedaban los wachimanes. Un niño llorando con una caja que emitía sonoros chillidos caminaba sin rumbo, se detuvo en la puerta 1. El wachimán, al percatarse del llanto del niño, le preguntó el motivo; éste le respondió:

-Mis padres no quieren que tenga este cachorro. El wachimán abrió la caja, allí estaba el futuro símbolo de San Marcos.

El niño rogó al wachimán para que se lo quedara y lo adoptara, pero éste se negaba rotundamente.  Sin embargo, al verlo con los ojos llorosos, preocupación, desesperación; el wachimán decidió quedárselo.  Aunque con una condición, que al día siguiente el muchacho debía regresar.

El niño se fue tranquilo, sabiendo que su cachorro estaba ahora en buenas manos y con un techo donde vivir. El wachimán observó aquella caja deteriorada y cuidó al cachorro toda la noche. Pero llegó el día siguiente y el niño no regresaba.  El wachimán se preocupaba más y más; ya le tocaba el cambio de turno.  Llegó su reemplazo  y, como el niño no venía,  decidió dejar la caja, entre unos arbustos, con el animalito dentro.

La noche ya caía y el wachimán, preocupado por el cachorro, fue al lugar donde lo dejó y, para su sorpresa, ya no estaba; no había rastro del cachorro ni de la caja. ¿Qué había sucedido?, se preguntó y no volvió a saber nada del asunto.

Al día siguiente la caja apareció, como por arte de magia, en la parte trasera del comedor universitario de la UNMSM.  Percy,  el cocinero, lo había recogido de entre aquellos arbustos de la puerta 1, cuando ingresaba como todos los días, para preparar al almuerzo para los estudiantes. El le daba de comer las sobras que los “cachimbos” desperdiciaban. ¿Cómo te llamaré?, se preguntó.  Sobre la caja que, como un caparazón protegía al cachorro, estaba impresa la marca de un reconocido aceite, “Olga”. Desde ahora te llamarás Olga, exclamó Percy, abrazando a la perrita.

Percy crió generosamente a Olga hasta  que falleció, esto sucedió apenas unas semanas después.  Pero luego todos la cuidamos o, más bien, ella nos fue cuidando incansablemente a cada uno.

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LIMIARES de Gerson Albuquerque

Sussurros, balbucios e outras artes do diz: La poesia de Gerson Albuquerque

A noite me devora por inteiro

Morri ali

Um corpo da noite

Minha voz ecoa significados vazios.

Lugar de coisas, gestos, silêncios, cores,

sentidos que palavras não dizem.

E como não tenho alma,

digo não com o corpo em riste,

sangue nos olhos e as mãos em chamas.

Um corpo nu desfazendo a ordem,

reinventando o verbo,

distante da origem.

Vidas Secas”, de Graciliano Ramos, más “A Noite Dissolve os Homens”, de Carlos Drummond de Andrade, sumados a la oralidad y los cuidados que brinda a sus buenos habitantes la Amazonía — resistencia vital y cultural, lucidez y consuelo e incluso alegría (“Nestas tardes de caldeira, sopra uma brisa de sabiás em meu rosto”) un tanto al modo de Manoel de Barros– constituyen  los insumos de esta nueva entrega poética de Gerson Albuquerque.  O, esta vez incluso, del  propio “Cuerpo” del poeta.  Poesía multinaturalista por excelencia; pero que no sólo planea sobre los elementos de la naturaleza (incluido el mismo sujeto poético), sino que se fija a uno de ellos, se agarra a él con uñas y dientes, y penetra, bucea o profundiza.  El elemento aquí es la noche, libre de romanticismo;  aunque éste aparezca como uno entre otros topoi.  Como otros tópicos o alimentos suculentos que se va tragando la noche; entre estos Ramos y Drummond y el propio De Barros.  Sin embargo, menos a la amazonía.  Porque es la amazonía misma en la que aparece convertido el propio sujeto poético.  Amazonía que de tan tupida se parece a la noche.  Sonidos y ruidos que de tan apretados simulan el más vasto silencio.  Desgracias e injusticias seculares, aunque, todas ellas juntas, menos potentes que la noche.  Tristeza emotiva que la lucidez trueca en alegría:

PANFLETEIRO

Eu panfleto

Tu panfletas

Eles rasgam os panfletos

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