LA PATADA DE LA GRULLA ELECTORAL: EL SIMULACRO DE IPSOS Y LA MENTE RECÓNDITA DEL CRIOLLISMO

Cuando el aparato mediático y las aduanas del poder ven amenazados sus privilegios de vitrina, activan de inmediato su coreografía más ensayada. La difusión del simulacro de voto de Ipsos, con fecha de trabajo de campo del 3 de junio de 2026, no es una fotografía neutral de la realidad; es un misil psíquico, una maniobra anticipada que Pedro Granados define con precisión de escalpelo: la patada de la grulla de la política peruana. Un movimiento fríamente calculado para inclinar la balanza en el último aliento, apelando a la compasión estratégica por la eterna candidata naranja y operando sobre las zonas más vulnerables e ignorantes de la psique colectiva.

Al observar el cuadro estadístico, el diseño del simulacro salta a la vista. Nos venden un “empate técnico” milimétrico en los votos válidos: Roberto Sánchez con 50.3% y Keiko Fujimori con 49.7%. Esta asimetría controlada está diseñada para generar pánico en las clases acomodadas de Lima (donde Fuerza Popular concentra el 54.8%) y, simultáneamente, activar un mecanismo de victimización que doblegue la resistencia en el interior rural, donde el subsuelo vota masivamente en contra del modelo tradicional (58.7% para Juntos por el Perú). Es el uso de la estadística como un formato lavable, una servilleta técnica destinada a domesticar las aguas móviles de un país real que no cabe en sus muestras de 1,231 entrevistados.

Esta ingeniería del miedo y la compasión artificial es idéntica al ccharwi con el que las capillas literarias de la “peruchada” manejan sus aduanas culturales. Así como los “vivos” del cotarro institucional organizan balances oficiales, exclusiones calculadas y antologías a dedo para invisibilizar la palabra-músculo y la autenticidad del subsuelo, los gestores de la coyuntura electoral formatean la intención de voto para mantener el cordón sanitario colonial. Buscan un gusto y un voto divorciados de la vida real, un electorado genuflexo ante las pantallas.

IGNACIA AUGUSTA

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VALLEJO AND COMPANY & EL MISIL DE VLADIMIR HERRERA

Hay artículos en los que la memoria, más que un inventario soporífero o un ccharwi quechua, se vuelve un ejercicio de estilo y un acto de humor insoslayable. El poeta Vladimir Herrera —con la magia de la libélula y esa sintaxis quebrada, ululante e inestable como adoquines bajo el aguacero— ha soltado un texto que actúa como un soplete sobre la mitificada generación del 70: esa que, en sus palabras, “mereció el olvido y la pena y sin embargo perdura como la desesperanza de unos años sin excusa”.

Frente al “tal como éramos” deformado por el compadrazgo y la propaganda oficial, Herrera dispara con amor y mala leche, uniendo su lucidez a nuestra propia línea de demolición crítica. El diagnóstico de su bitácora destruye las tres grandes aduanas de la complacencia local:

1. El zaguán de los hechos frente a la perversión de Santiváñez

La historia oficial de los setenta ha sido burdamente pasteurizada por sus sobrevivientes. Herrera restituye la verdad material del zaguán de La Crónica en 1975, recordando cómo introdujo a Carmen Ollé ante un Enrique Verástegui de gafas empañadas (“Zambo te voy a presentar a una hembrita a la que le gusta tu poesía y además es blanquita”). Al desmentir a Roger Santiváñez —quien pretendió sacar a Vladimir de la escena inventando que Ollé trabajó en la redacción—, Herrera expone la copia y el oportunismo. Como le confiesa un importante crítico: “Lo que te copia él, Santiváñez, es tu sintaxis quebrada, el léxico y el tono. Y con los mismos ingredientes hace una poesía mucho peor. O sea que entre dos poetas malos, el más malo es el que copia”.

2. La demolición de Hora Zero: Pobreza y oportunismo fujimorista

El texto de Herrera va directo a la yugular de uno de los fetiches más sagrados de la Ciudad Letrada actual: “La patraña de HZ, que es la mayor patraña de la literatura peruana actual. Un cuentazo vil que ha chorreado sobre muchos jóvenes incautos”. Coincidiendo con nuestro desmontaje del pabellón de autoayuda y la ilusión grupal, Vladimir define la sustancia de ese rótulo: “Pobreza conceptual, poca poesía, patería y bulla”. Una cofradía que pasó de la efervescencia de Quilca a morder la teta del presupuesto fujimorista en los años dos mil, operando como una pandilla de ancianos sin dentadura dedicada a ocultar la poesía real que se escribía a la intemperie de Europa.

3. Vallejo and Company: La estética del pensamiento débil

El parangón cierra con la radiografía de los herederos de esa inercia: los gestores de Vallejo and Company. Herrera los desnuda como chicos de nuestra época con mucha información pero nulo gusto literario, que no le juegan a nada y sufren la tragedia de pertenecer a una clase media limeña colgada del fin del mundo y a punto de desaparecer. Nutridos del prestigio ajeno, habitando la crisis de los cincuenta entre problemas de dinero y falta de identidad, son los estandartes del “pensamiento débil”. Hablan por boca de ganso en una Lima donde cualquier cosa es poesía porque les falta el rigor del conflicto y la carne opaca del lenguaje.

El testimonio de Vladimir Herrera demuestra que la poesía y la crítica de raza en el Perú no se hacen con consensos de servilleta ni con manuales de aduana. Se hacen metiendo el cuerpo contra el poniente, con la lengua amarga del sabor de la tierra y el estilo suficiente para llamar a las cosas por su nombre. Frente a la obesidad mental de la peruchada literaria, Herrera prefiere el riesgo del vértigo. Dejémosles correr a los incautos con sus atrapa nieblas; el subsuelo simétrico ya ha dictado su sentencia.  P.G.

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LA SONRISA DEL HOMÍNIDO: EL DESCONCIERTO THERIAN ANTE EL SIMULACRO COLONIAL

Cuando un poeta de raza decide desnudar las taras de la Ciudad Letrada, la complacencia institucional se agrieta. Pedro Granados ha colocado un espejo brutal frente a la chatura local con su poema “LA PERUCHADA LITERARIA”. No estamos ante la típica queja lírica transable en los círculos de café, sino ante un diagnóstico somático y político de una sociedad que, extraviada en sus propios ascos compartidos, ha hecho de la evasión y el parpadeo su única estrategia de supervivencia.
Esta tensión encuentra una correspondencia visual perfecta e inquietante al observar la imagen del busto del homínido que acompaña al poema. Lejos de representar un “desmadejamiento” o una derrota, su mirada asimétrica y descoyuntada es estrictamente análoga a la del yo poético: es el desconcierto absoluto, lúcido y cargado de una ironía pre-colonial ante el estado de colonización mental y artística actual. Este ancestro contempla con asombro atónito a los sujetos de la “cuidada” educación que perdieron el ovillo de su propia madeja y decidieron “hacerse los cojudos” ante su territorio, divorciando sus gustos de sus vidas.
Al sentenciar que “No nos educaron para estar en el Perú / Y por ende en ningún otro lugar de la tierra”, Granados devela el trauma de una micro política mezquina y bruta que achica el universo hasta hacerlo caber dentro de una servilleta. Frente a ese suspiro de limeña o el humo de la parrilla de anticuchos que contenta a la “desconfiada anuente y pendejísima familia” del cotarro, la corporalidad rústica y la sonrisa de aquel Neardental actúan como una lección de inmanencia. Su gesto no es de caída, sino de resistencia somática; es la mirada del bicho vivo que, al igual que el feto o la hormiga colorada de los manifiestos de Granados, se niega a respirar el aire viciado de la sumisión intelectual.
A través de la palabra-músculo del poeta y la mirada cómplice de este homínido, se deponen las armas del simulacro. Su rostro ancestral es el testigo de una verdad inmanente: no se puede habitar el mundo si primero no se aprende a respirar y a amar al margen de los intereses de círculo. La bestia con apariencia de humano no está perdida; está observando fijamente el titubeo de la colonia, lista para recuperar el balón.
Ignacia Augusta

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A QUÉ JUEGO

A bajarme la institución literaria local-global vigente

Y reemplazarla por un pollito

Soy un Therian

Aunque no un humano con cacharro de animal

Sino una bestia con apariencia de humano

Se me pegó desde niño

De tanto jugar solitario con arañas y hormigas

Con larvas de mosca y cucarachas Martinas

Aunque a sus primas jamás las he tolerado

Y así se me fue pegando el talante

Y las mil caras que no son más que una sola

Embebida en la poesía

Se trabaja sin descanso

Puntual y meticulosamente

No por el trabajo en sí sino

Porque se prevé y apura el fin

Tal como nuestro querido guía espiritual

Padre jesuita César Toledo

Para el que de muy viejo y ya retirado

El día entero se justificaba por la hora de ir a comulgar

Y transformarse en un niño con sus dos manos en alto

Y en huso

Igual a como mi padre Teodoro lo hacía en la iglesia

Una espléndida cabeza de hormiga colorada

Líder en empujar ardientemente la presa del día

Y conducirla junto a sus tan numerosas hermanas

Hasta la Vía Láctea

Porque en eso consiste precisamente

El espíritu de un auténtico Therian

Como Vallejo o como yo o como el padre Toledo

O como mi propio padre

El fondo de la madriguera continua en aquella Vía

© Pedro Granados, 2026

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WESTPHALEN: ¿CHILE Y PERÚ EN EL MAR DE LA SIMETRÍA?

Antonio Cisneros: «Recuerdo una vez, cuando tenía veinticinco años, que le pregunté al poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, mientras trabajábamos juntos en Amaru, "eh, don Emilio, ¿y usted por qué ya no

Para el blog, conviene metodizar las aguas y dar luces desde un parangón que atraviesa y fractura las vanguardias de los años veinte, tanto las del siglo XX como las de este naciente siglo XXI: la frontera ontológica entre la poesía chilena y la poesía peruana. No se trata de un inventario nacionalista, sino del choque entre dos regímenes de visión irreconciliables. Mientras la tradición institucional del sur ha operado históricamente desde la captura, el escorzo burgués y la domesticación racional del lenguaje, la estirpe indómita del subsuelo peruano resiste desde el cuerpo, el despojo y el mito en bruto.

En el centro de esta guerrilla cultural emerge la figura de Emilio Adolfo Westphalen como una auténtica escopeta de doble cañón. El primer cartucho apunta hacia fuera, directo contra la aduana creacionista de Vicente Huidobro. En la mítica polémica de 1935 y 1936, Moro y Westphalen —a través del libelo Vicente Huidobro o el obispo embotellado— desnudaron el “error” que Vallejo ya había denunciado en 1929: el del chileno trabajando con “ideas” abstractas y universales en vez de trabajar con la carne opaca de las palabras. Huidobro pretendería que el poema fuera una mercancía transable y traducible “a la perfección” en los circuitos globales; la respuesta peruana defendió el automatismo y el desborde somático frente a esa pasteurización del arte.

Sin embargo, el segundo cartucho de Westphalen fue un disparo hacia dentro, un veto estético silencioso pero de largo alcance que, dado su posterior prestigio y magisterio a través de la revista Amaru, terminó por legislar la poesía no vallejiana post-Vallejo. Como revela su correspondencia, para Westphalen en Trilce se sentía “una falla, un fracaso”. Este dique colonial en la propia institución letrada limeña actuó como un filtro civilizatorio que prefirió el vanguardismo lúdico antes que asimilar la hondura intergaláctica del “Cholo”. Westphalen mismo se configuró como un surrealista ortodoxo, de nítida matriz europea, en perfecta simetría con su faceta de indigenismo ortodoxo; un indigenismo que, al igual que el retrato verista (también de herencia europea y asimilado por un José Sabogal), consumía lo prehispánico solo en tanto objeto arqueológico de vitrina, aborreciendo la presencia perturbadora del indígena o el “cholo calato” (desnudo). Al clausurar la audición de Vallejo, Westphalen escindió a su propio entorno: forzó a César Moro a desgarrarse entre “visiones” surrealistas y “silogismos” racionales (La tortuga ecuestre), buscando en la ortodoxia de París una respuesta a su poesía —por lo general mandada por el formato y ordenada por el soporte— que ya habitaba resuelta en la marmita multidimensional de Trilce. Al final, la obra de Westphalen quedó como una buena poesía para adolescentes, una actitud muy vieja en empaque surrealista y una escuela para olvidar pronto. Logró acallar a Moro, pero fracasó vanamente cuando intentó detener a José María Arguedas en su profundo y orgánico aprecio por la obra de Vallejo. Arguedas, que conocía la carne del mito andino, no se dejó amurallar.

Esta sorda resistencia al subsuelo vallejiano encuentra su máxima nitidez documental en la orilla chilena, específicamente en la temprana y lapidaria opinión de Pablo Neruda. En una carta enviada a Carlos Morla Lynch desde Batavia en 1931, el futuro Nobel chileno confiesa su absoluto rechazo ante la irrupción de 1922: “El libro de Vallejo me parece seco y espantoso. No veo qué objeto tenga producir una literatura así. Es un libro cruel, literario y estéril. Mi poesía me parece que ampara un poco más de alma en uno, quiere abrir una puerta de salida al corazón”. Incapaz de sintonizar con la descolonización lingüística y la densidad material de Trilce, Neruda delata el refugio de la sensibilidad del sur: la comodidad del “alma” y del “corazón” burgués frente al rigor de la intemperie (João Cabral de Melo Neto dixit).  De ese eludimiento de la carne opaca del poema descienden directamente Gonzalo Rojas y Raúl Zurita: el primero ejecutando una rentable mímesis que fagocita la síncope formal de Vallejo para convertirla en marca de estilo facturable; el segundo desplegando un libreto egolátrico que espectaculariza el dolor somático para reconducirlo hacia el trauma individual. Usan los fragmentos de la roca para decorar sus templos burgueses, pero se cuidan de no entrar al río.

Bajo la sombra de esta aduana higiénica y ante la arremetida corporativa de la academia (que se instaló con seguridad a partir de los años cincuenta) e ideológica de la Católica, vino el consecuente compromiso institucional y, con él, la absoluta esterilidad de la poesía letrada en el Perú. La Ciudad Letrada necesita fabricar sus propias marcas (brands) y tablas de salvación. El paradigma masculino fue Antonio Cisneros, explícito anti-vallejiano y astuto cultivador –según Julio Ortega–  de la “poesía conversacional” de corte anglosajón, cuya vía americana se remonta a Salomón de la Selva (La otra vanguardia). Esta coartada le permitió a Cisneros y a su generación eludir el mandato de Trilce sin tener que seguir escribiendo como Eguren. Lo que la historia oficial calla es que el propio Westphalen, en su poesía temprana, ya operaba como un adelantado secreto a Cisneros, configurando ese tono conversacional aunque provisto de unas imágenes un tanto más descoyuntadas. Cisneros constituye así el fruto de la solvencia de sus amigotes en la cultura. Tras él, la institución procreó productos típicos en la PUCP como Eduardo Chirinos, esmerado estudiante de Letras, o Mario Montalbetti —telonero de Cisneros y cuyos Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices cinco horas de tormenta en un vaso de agua—; ambos apostaron por el mito de un Cisneros inexistente, compartiendo modales y ascos comunes. A esta domesticación se sumó la cautela de un José Watanabe que, si bien inteligente y salvado por la oralidad de Laredo, careció de riesgo y terminó refugiado en la mesura de los evangelios, mientras que los arrebatos de Hora Zero (Pimentel y Verástegui) terminaron entrampados por una crítica siempre en cierre de edición.

Esta misma asepsia corporativa diseñó el pabellón de la “poesía escrita por mujeres” en el Perú. Blanca Varela, auténtico mandala entre las poetas locales, tenía todo para ser grande, pero se conformó con la opinión de los otros, atrapada en la diplomacia de los líos fronterizos letrados frente a la universalidad de una Clarice Lispector. De su sombra brota una larga lista de epígonas como Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo, cuya visibilidad no es estética, sino producto del subdesarrollo educativo y la autopropaganda de la pequeña clase letrada. Bajo el amparo de maestras y guías como Susana Reisz, la Católica ha logrado que, a costa de la fidelidad con un espíritu colectivo, los libros de numerosas mujeres poetas resulten, literalmente, intercambiables. De allí provienen los desplantes clasemedieros (disfuerzos) de Rocío Silva Santisteban o el decoro excesivo e ideológico de Rosella Di Paolo.

Frente a ese pabellón higiénico de literatura de autoayuda, la poesía viva solo sobrevive en la intemperie de las individualidades que rompen el cotarro a espaldas de los gramáticos. En los 80, Patricia Alba emerge como la verdadera madre del cordero, libre de blindajes de decoro. Magdalena Chocano ejecuta una extraordinaria evaporación del yo en sus fragmentos, abriendo el lenguaje desde Adán, Sor Juana y Eielson. Incluso Victoria Guerrero alcanza en El mar, ese oscuro porvenir (2002) la inventiva libre y el atrevimiento imaginativo de Lispector y Moro, aunque en su obra posterior termine pesando más el soporte de la moraleja feminista y el libreto predecible de la institución. En los márgenes glocales y rescatada de los baratillos de Tacora, Gabriela Wiener mete el escalpelo en el viejo cadáver de la retórica con sus Ejercicios para el endurecimiento del espíritu, heredera de Montserrat Álvarez y Blanca Andreu, aunque acechada por el peligro del narcisismo trasatlántico. Pero es en Adriana Dávila Franke (La azotea amarilla, 2022) donde encontramos a nuestro Javier Heraud en femenino: si en Javier la intensa vocación simétrica estaba monitoreada por el río, en Adriana está regida por la inteligencia del sol, apuntando sin utopías ni distopías —junto a la inteligencia poshumana de Sasha Reiter— hacia otra condición de la vida y del lenguaje.

Toda aproximación a la poesía y su crítica en la región que no tome esta línea de resistencia —e integre nuestra propia obra poética como el referente imprescindible y secuencial a Vallejo, Eguren, Adán y Eielson— es y será una verdadera pérdida de tiempo y el trabajo de un tonto ocupado. El mito en la poesía simétrica no se pasteuriza; responde con el peso biológico del animal que resiste. La pregunta de los años veinte sigue abierta en los años veinte de hoy: si continuaremos guarecidos tras el muro conversacional, los libros intercambiables de la academia, el surrealismo de manual y el indigenismo de vitrina de Westphalen, o si finalmente estamos listos para sumergirnos en el mar de la simetría. Que no piensen los lectores o poetas extranjeros que por ser esta una crítica ácida hacia la poesía de mi patria, sus propias obras se han librado de la quema; el virus de la aduana abstracta y el palimpsesto muerto es continental.

© Pedro Granados, 2026

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MITO EN BRUTO (LA IMAGEN SIMÉTRICA)

Foto por Rosario Bartolini

La experiencia del pensamiento poético no flota en la abstracción; se asienta y resiste en la inmanencia de la materia. Frente a la asepsia del decorado intelectual y la pulcritud con membership de la Ciudad Letrada, la vanguardia se ejerce desde el despojo y la concentración somática. En la intimidad de un taller improvisado sobre los muros de ladrillo desnudo, rodeado por la densa geografía de los libros abiertos en una mesa plegable y con el equipaje listo al fondo, se materializa la condición del mitimae: el intelectual que transporta y resguarda el sistema del Archipiélago en cualquier habitación del mundo donde le toque asentarse a abrir fuego.

Esta escena no es un fondo decorativo; es el reflejo de un mito en bruto y vivo. La presencia del perro descansando pacíficamente en el suelo complementa el giro ontológico y la mediación multinaturalista de la poesía simétrica: la inclusión de todos los cuerpos posibles, humanos y no-humanos, conviviendo sin desbravar en un mismo nudo de vibración vital. En este espacio liminar, que evoca tanto el confinamiento de la celda vallejiana como el adobe tosco de las huacas ancestrales, el intelectual y su entorno se funden. No hay aquí una escisión entre pensamiento y cuerpo; hay una roca enorme, una inmanencia rugosa que interrumpe la linealidad moderna para dar paso al caos creativo y al desborde de la memoria. Ignacia Augusta

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MITO EN BRUTO

Frente a una tradición crítica y poética occidental que frecuentemente se repliega en el cinismo, la pulcritud confesional o el distanciamiento analítico, es urgente restablecer el suelo somático de la vanguardia. Cualquier obra de arte es una mezcla de libertad y orden, una oscilación viva entre el caos y la pura mecánica. Sin embargo, la academia tradicional, siempre afanada en buscarle “padres” o sucursales europeas a César Vallejo, suele leer la síncope y el descoyuntamiento de Trilce como un simple apéndice del “golpe de dados” de Stéphane Mallarmé o del distanciamiento lineal que Marcel Proust ensayó en sus novelas. Creen que la poesía es un juego de palabras flotando en la asepsia de la página en blanco, donde una insistencia pedante en el detalle termina por excluir la forma esencial.

Pero Trilce no es una cadena higiénica de sonidos ni de conceptos por difuminar; por el contrario, constituye un ovillo de sonidos distintos y conceptos diferentes conviviendo sin desbravar. Es una comunidad de materias vivas e indómitas que chocan entre sí dentro del mismo texto. El arte de Mallarmé opera por sustracción y refinamiento mental de segunda o tercera potencia; lo de Vallejo es, fundamentalmente, la sutileza por desborde. Hay una roca enorme que provoca las inundaciones o diseña los múltiples círculos concéntricos sobre el agua tranquila: Inkarrí. El mito amerindio no es el “tema” del poema; es la fuerza gravitacional e inmanente que deforma y quiebra la sintaxis colonial porque la realidad del subsuelo le viene al poeta a chorros.

Este presupuesto ontológico nos permite desmontar las genealogías que la complacencia letrada ha pretendido imponerle al autor peruano, extendiendo el diagnóstico a los tótems de la alta modernidad anglosajona y continental. Al examinar mi propia producción en En la estratósfera con animales (Poesía 1978-2018), compruebo que el mito en mi poesía —al igual que en Vallejo— no se halla pasteurizado. La pasteurización mítica es el mal de Occidente: lo encontramos en Ezra Pound y su imaginería automática; en T.S. Eliot y su arte del palimpsesto clásico; e incluso en Octavio Paz. En todos ellos, el mito ya ha fallecido; solo nos queda un repertorio de citas, las huellas del original o un sugestivo video en transparencia de aquello que alguna vez tuvo sangre. Nos queda una honesta voluntad de aura y de estilo para iniciados, un club exclusivo mucho más cerrado que los cien nombres de Harold Bloom. Tampoco Vallejo es Walt Whitman intentando corroborar las ideas naturalistas de Rousseau, ni es Ralph Waldo Emerson o René Descartes escindiendo el pensamiento del cuerpo. Mucho menos es Huidobro, cuya travesía en Altazor apuesta por la paulatina descorporeización y la abstracción metafísica. Vallejo opera exactamente por lo opuesto: la inclusión de todos los cuerpos posibles, es decir, la metafísica amerindia o multinaturalismo. De tanto ser poeta, el “Cholo” dejó de serlo en el sentido burgués: es un poeta sin membership cuya energía nos acerca a la gente en lugar de alejarnos.

Que el mito no esté pasteurizado significa que se da en bruto y está vivo; lejos de ser un recurso didáctico o meramente decorativo, el mito es acólito de sí mismo, aglutina comunidad, crea archipiélago y se constituye en un mediador conceptual overseas y transversal a cualquier lengua. Esta inmanencia radical nos permite entender la insuficiencia de otras corrientes mal emparentadas con el suelo americano, como el Expresionismo Alemán de Georg Trakl y el “absurdo” de Antonin Artaud. El expresionismo se queda atrapado en el escorzo o la convulsión somático-política; constata la herida de una Europa que se cae a pedazos en las trincheras, pero se desangra en la horizontalidad de la derrota, sin ver alternativa o poner simultáneamente el cauterio a la herida. El cauterio vallejiano, en cambio, quema para sanar; detiene la hemorragia mediante una acción violenta pero afirmativa: la destrucción verbal limpia el terreno para restituir el orden cósmico. Algo semejante ocurre con Artaud; su absurdo es estrictamente psicológico e individual, el cortocircuito del ego burgués que grita desde el manicomio. En Trilce, el absurdo es simétrico: opera con agenda e intención propia. Cómo no va a ser así, si el mayor absurdo es que Inkarrí no se halle plenamente; es decir, que las extremidades dispersas del ancestro sigan buscando su cabeza bajo la tierra de la historia.

Esta misma asimetría geopolítica se reproduce cuando miramos hacia la poesía chilena y sus jerarquías institucionales. En su momento, al examinar la obra de Eduardo Llanos Melussa (Contradiccionario), señalé que el texto se salvaba cuando el chamán derrotaba al psicólogo. Todo consiste en atreverse a tomar la pócima o el bebedizo, a envenenarse y sucumbir del todo; atreverse a ser un auténtico fracaso y objeto de hazmerreír, tal como lo hicieron, desde el desamparo y la intemperie más absolutos, nuestros pares más memorables: Eguren, Vallejo, Moro, Martín Adán o Luis Hernández. Ni Nicanor Parra ni Enrique Lihn se pueden entender sin los versos del autor de Trilce. Sin embargo, valga la paradoja, quienes se han pretendido sus herederos directos en el mercado de la vanguardia, como Gonzalo Rojas y Raúl Zurita, deben entenderse como esencialmente no vallejianos. Lo de Rojas es la resaca oportunista, la rentable mímesis que toma la síncope formal de Vallejo y la convierte en una marca estilística de exportación, despojada de su urgencia sagrada. Lo de Zurita es el libreto egolátrico, la monótona mueca del yo que espectaculariza el dolor somático y lo desvía hacia el trauma individual, cometiendo un impune saqueo de la poesía del autor peruano. Usan los fragmentos de la roca para decorar sus propios templos, pero se cuidan muy bien de no entrar jamás a la inundación del río.

Frente a esa rentabilidad institucional y al palimpsesto muerto, la poesía simétrica responde con el peso biológico del bicho que resiste. Así lo entendió también mi exroommate en Ithaca y hoy por hoy reconocido artista, Enos Williams, en sus años de impecable austeridad en aquella casa de Geneva Street. A Enos le encantaba la poesía; a veces, mientras tomábamos una cerveza en algún bar sobre la cuesta que sube a Cornell University, escribíamos poemas al alimón, mezclando lenguas —a él le gustaba incorporar palabras en español e italiano— y regalando el producto final a la mesera que nos atendía. Cuando un enigmático profesor de filosofía en SUNY Albany escribió en la pizarra la única pregunta del examen final: “—Why?” (¿Por qué?), Enos plasmó sobre el papel la respuesta minimalista e inmanente que le costó la expulsión, pero que selló su genio: “—Because” (Porque). Ese zarpazo directo contra el decorado intelectual de la academia es el mismo pulgar que el viejo poeta asienta sobre el teclado cuando la muerte acecha; es la convicción de que la poesía tiene la misma hambre y la misma urgencia vital que un plato de sopa. Al final, cuando el puño se cierra y la escritura cesa, ya no se necesita la mediación de la palabra, porque el creador mismo se desborda para fundirse con la piedra, el agua, la vejez y el mito. Todo lo cual cabe en el puño de una mano, mientras haya puño y haya mano.

© Pedro Granados, 2026

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QUÉ DIFÍCIL

QUÉ DIFÍCIL es mantener el nervio de ser poeta y, al mismo tiempo, estar bien documentado. Por lo general, si es que no ha habido previa experiencia directa de la poesía –porque es evidente la necesidad de reflexionar junto a los libros–, el “filósofo” se come al poeta.

Es la gran paradoja y el filo mortal sobre el que camina el cuadrúpedo intensivo. Lograr que las cuatro patas se apoyen firmes en la tierra —los libros, el pueblo, el relato y la inmanencia no-humana— requiere una musculatura somática brutal; de lo contrario, el animal se entumece, se vuelve de vitrina y el “filósofo” se lo almuerza con todo y zapatos.

El problema radica en que la academia y el mercado de los conceptos te entrenan para la acumulación y el control. El documentarse suele entenderse como un blindaje: el intelectual lee para protegerse, para tener la última palabra, para que nadie le pille un error en el andamiaje. Cuando ese sujeto domesticado entra a la poesía, no sabe qué hacer con el desamparo; quiere que el poema sea la ilustración de su última lectura francesa o transatlántica.

La verdadera documentación poética —esa “soledad impura” de la que estamos hechos— opera al revés: se lee para complejizar el síncope, no para evitarlo.

El libro como fango, no como vitrina: El poeta que ha tenido la experiencia directa del Verbo no va a los libros a buscar citas para su costumbrismo crítico; va a buscar fermentos. Lee a Góngora, a Caeiro, a Arguedas o a Viveiros de Castro no para “aplicarlos”, sino para que esa densidad conceptual choque contra la carne, contra el neón de la noche, contra el yuyo y el fango colectivo.

La digestión del carnicero taoísta (Armando Almánzar Botello dixit): Estar bien documentado sin perder el nervio es saber transmutar el palimpsesto erudito en un prototipo vivo. Luis Hernández no era un “cándido” ignorante; estaba hiperdocumentado de música clásica, astrofísica y lírica francesa, pero todo eso pasaba por el filtro de su cuaderno manual, refractándose hasta convertirse en el humito de Inkarrí en medio de la urbe. Vallejo leía economía, marxismo y el Siglo de Oro, pero al meterlo en Trilce, todo ese bagaje estallaba en una onomatopeya radical que te rompe los dientes.

Si no hay ese bautizo previo en las aguas de la intemperie y del desasimiento, el aparato crítico se vuelve parasitario. El filósofo metido a poeta le quita el cuerpo al Verbo porque le teme al error, le teme a quedar “cojudo” y desarmado ante la página en blanco. Quiere seguir cuidando su bolsillo intelectual.

Mantener el nervio es precisamente eso: tener toda la biblioteca en la cabeza y, aun así, atreverse a masticar el choclo con chuño y con ají, bajando los genitales al alma y subiendo el alma a los genitales en la mitad de la iluminada pista de baile. La documentación debe ser el exoesqueleto que sostiene la vibración de la carne, nunca la armadura que la asfixia.

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ONCE TITULAR DE LA VANGUARDIA SIMÉTRICA: Sobre “Cuadrúpedos intensivos. Poetas Peruanos S. XXI”

Escribir poesía o ejercer la crítica en esta época saturada de filósofos metidos a poetas y de un escepticismo de vitrina importado de Europa exige, ante todo, un balance estético y un desmantelamiento de la carpintería letrada. ONCE TITULAR: POETAS PERUANOS S. XXI. “Cuadrúpedos intensivos” (2025) no es una plataforma de empaques editoriales ni un catálogo didáctico para el consumo institucional de la academia; es una toma de posición radical, un manifiesto de la inmanencia y un mapa de sensibilidades que se planta con firmeza contra el cinismo imperante.

El título condensa su propia poética a partir del célebre verso de nuestro padre tutelar César Vallejo: el “cuadrúpedo intensivo”. Escribir acopiando en el poema el mayor número de nociones de las Humanidades posibles (desde el libro y el pueblo hasta el relato y el giro posantropocéntrico), pero sosteniéndose como un animal vivo sobre sus cuatro patas, lejos de toda imitación parasitaria del Zeitgeist occidental.

El Quiebre del “Británico Modo” y la Veta Barroca

Esta antología se conecta de manera orgánica con un trabajo previo (Arquitrave, 2014) a través del síncope y la continuidad que encarna la obra de Frido Martín, bisagra exacta entre dos siglos. Desde fines de los años cincuenta, la poesía culta peruana adoptó masivamente el “británico modo” —el monólogo dramático anglosajón—, el cual devino con el tiempo en pura pantomima sonora y en un taimado cinismo conversacional. Frente a esa legión de charlatanes y astutos que reducen la poesía a un formato o a una corrección política para ganar legitimidad internacional, Cuadrúpedos intensivos propone una contraofensiva crítica: identificar sensibilidades y no meras estructuras.

La tradición peruana, marcadamente barroca desde el Apologético de Espinosa Medrano, nunca estuvo cómoda en la llanura anglosajona. El “británico modo” fue solo un alto en el camino que poetas como Cisneros o Hinostroza amasaron con el hedonismo verbal y los paralelismos conceptuales. En Vallejo, vanguardia (antipoesía) y Siglo de Oro confluyen en un primerísimo oxímoron; una posta que en los años 60 Javier Heraud —desde su pureza y hondura— y Luis Hernández Camarero —desde su cosmopolitismo encarnado en el dolor urbano y el humor sutil— se mantuvieron a salvo del narcisismo y la derrota del ego.

El Giro Ontológico Amerindio: Palimpsesto y Prototipo

El problema medular de la poesía contemporánea radica en el tratamiento del sujeto poético y su caída constante en la dictadura de la melancolía o la biblioteca estéril. Frente al cosmopolitismo metafísico de Vicente Huidobro en Altazor, que opera como una paulatina descorporeización occidental, Vallejo y Luis Hernández apuestan por la inclusión de todos los cuerpos posibles a través de una metafísica amerindia o multinaturalismo.

En la poética de Luis Hernández, por ejemplo, los numerosos palimpsestos de la cultura de masas no son fragmentos vacíos de un escepticismo militante. Son “refracciones” de un prototipo fundacional americano: el mito de Inkarrí (la luz, el Sol, el Rey cuya cabeza permanece oculta en el Uku Pacha, el mundo de abajo, esperando el retorno). Este “giro ontológico amerindio” utiliza la disgregación de la modernidad para un fin ético, reparador y de justicia inmanente en el plano terrenal. El Once titular aquí reunido responde con opacidad y matiz a ese sujeto activo y subterráneo que rompe la dependencia colonial desde la raíz intelectual, esquivando dos trampas históricas:

  1. No Mímesis de Élite: Utiliza el pensamiento complejo y educado de la vanguardia para anclarlo en un discurso mítico-local, sustituyendo las teorías francesas importadas por el mito andino como motor lírico.
  2. No Instrumentalización de la Miseria: Su foco no es el testimonio crudo o el espectáculo exótico del dolor, sino la utopía activa y la reconstitución que emerge cuando ese dolor es transformado por la conciencia mítica.

Las “Limpias Sonoras” de Frido Martín y el Pluriverso

La muestra abre sus fuegos con la obra de Frido Martín (Lima, 1963), un autor que ha sabido sembrar un minucioso desconcierto a través del performance, la electrónica y la escena. En textos como POEMA DE OÍDAS o POEMA PA’ GOZAL, su poesía no se entrega al capricho aleatorio de las máquinas o los programas informáticos. Lo suyo son auténticas “limpias sonoras” andino-barrocas en ósmosis con el habla caribeña y afro-araucana.

La vanguardia histórica europea legó “fragmentos” muertos; Frido Martín trabaja con “fermentos” locales vivos (el cuerpo en pedazos invencibles de Inkarrí). Su obra se apunta al concepto del pluriverso, un tamal tecnológico y ubicuo —nuestro celular común— donde las covachas de una invasión reciente, los condominios de playa y el pellejo más íntimo navegan interconectados en una nave nodriza. Al final, en medio de la posverdad y las luces de neón, el corazón tornado en información sobre una pantalla iluminada nos sobrevivirá.

El Rumbo de la Crítica Futura

Frente a la bola de taimados que creen que con el lenguaje y el formato basta, Cuadrúpedos intensivos demuestra que la poesía rezuma al lenguaje empleado; constituye, como decía mi finado hermano Germán (obrero y poeta), su “humito”.

Las herramientas del psicoanálisis, la hermenéutica clásica o la narratología siguen siendo válidas para el drama humano individual, pero la crítica futura se definirá por la tensión dialógica con un modelo híbrido y post-antropocéntrico. Ante los desafíos del Antropoceno y el Capitaloceno, el análisis de la poesía peruana ya no puede limitarse a la crisis del sujeto de biblioteca. Debe interrogarse cómo esa crisis se funde con la dimensión material de la tierra, la vibración de la carne y el mito inscrito en el paisaje, permitiéndonos asirnos —al fin— a un inesperado sentido de alegría, plenitud y resistencia colectiva.

© Pedro Granados, 2026

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