ARCHIVO VALLEJO VOL. 1 Nº 1 ENERO- JUNIO 2018. REVISTA DE INVESTIGACIÓN DEL CENTRO DE ESTUDIOS VALLEJIANOS (Reseña II)

De manera semejante a como Stephen Hart, sin querer queriendo, intentó sugerirnos en su ensayo, “El cadáver exquisito de César Vallejo”, aquello de que cuando leemos la poesía del peruano levantamos un cuerpo –tal cual en una curaduría, tridimensional o multidimensional–, de uno muerto y simultáneamente vivo (Inkarrí o Túpac Amaru o su madre o cualquier animal o el voluntario de España mucho más que el de un Cristo crucificado);  del mismo modo, otros ensayos de este mismo volumen, giran alrededor de algo más o menos equivalente.  Es decir, giran alrededor, aunque sin mencionarlo, del impacto de la lectura vallejiana y multinaturalista de Pedro Granados.  Para intentar fundamentarlo, no nos parece ocioso recordar que este crítico ya encontró y demostró la continuidad –enmadejando su aparente y no menos canónico abismo teórico– entre Los heraldos negros y Trilce; tanto como permitió percatarnos, en cuanto a los “Poemas de París I”, que el semen humano puede también copular y fecundar una piedra, y su virtual producto –huevo cigoto– pasar a constituirse en primicia de un nuevo proceso evolutivo o de una nueva humanidad (post-antropocéntrica).  Todo esto en la tesis de PhD de Granados para Boston University (2003) (capítulos 1 y 2)  y publicada al año siguiente tanto en México (BUAP) como en el Perú, Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo (Lima: Fondo editorial PUCP, 2004).  Aparte de libros y artículos más recientes que inciden, sobre todo, en el patrimonio cultural –jamás decorativo, melancólico, chauvinista o profesional– del “Cholo” nacido en Santiago de Chuco.

De este modo también ya estamos reseñando, aunque de manera sucinta, el interesante ensayo de Dominic Moran, “Trilce XXXVII: arte poética de la evolución”; citamos a esta docente de la University of Oxford:

“Según Bergson, la naturaleza esencialmente creadora de la duración evolucionista significaba que su curso no era ni inevitable ni previsible, que en principio pudo haber seguido una numerosidad de caminos […] Esta concepción radicalmente ingeniosa de la evolución podría explicar la aparentemente extravagante conficuración de los elementos ‘boca’, ‘dientes’ y ‘cristal’ [Trilce XXXVII: ‘Este cristal aguarda ser sorbido’] que de tan familiares hemos llegado a considerar fijos y necesarios y no transitorios y sujetos al cambio” (63)

Huelgan comentarios, en conexión de lo que más arriba decíamos sobre los “Poemas de París I”.  Sin embargo,  lo que sí quisiéramos destacar es que a partir del texto de Moran podríamos postular el siguiente esquema respecto a las diferentes perspectivas, finalmente interrelacionadas, con las que se aborda ahora mismo el estudio de la poesía de César Vallejo y, en general, acaso toda la obra vallejiana:

A         Metamorfosis – Cultura

B         Ciencia

C         Mito: Cultura (A) + Ciencia (B)

Esquema que es un poco por donde van o retornan –y asimismo se reelaboran– los tiros críticos recientes.  Si no, vayamos a esta conclusión de Alain Sicard sobre su propio ensayo, “La épica como pasión: reflexión sobre el exordio de España, aparta de mí este cáliz”:

“No nos parece exagerado decir que Vallejo vive la guerra de España como una visión histórica de la Pasión.  Histórica, queremos decir, sin dios, sin trascendencia.  Desde este punto de vista toman toda su importancia las ‘caídas de arquitecto’, y la inflexión que dan al poema hacia una ‘crucifixión a lo humano’”

Aunque infelizmente, van a disculpar si insistimos en esto, perspectivas y aportes de los vallejólogos, alrededor de la complejidad, que formatean –una y otra vez– al poeta como si éste fuese no universal, sino nada más otro de los suyos y  cuya obra bastaría a ser descrita del modo suficiente :

“podemos rastrear en su escritura [de Vallejo] las huellas de un discurso que conduce su pensamiento desde las teorías de Taine, Rodó, Haeckel o Max Müller (etapa de Los heraldos negros), pasando por Maeterlinck, Nietszche, Shopenhauer, Hegel y los positivistas-evolucionistas (Trilce), hasta llegar al materialismo dialéctico de los Poemas Póstumos (Merino 250-251) [Antonio Merino, “Las estaciones de lo Real.  César Vallejo y la (no) poética del 27”].

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ARCHIVO VALLEJO VOL. 1 Nº 1 ENERO- JUNIO 2018. REVISTA DE INVESTIGACIÓN DEL CENTRO DE ESTUDIOS VALLEJIANOS (Reseña I)

 

Nuevo formato de las Actas del “Vallejo Siempre”, congreso bianual (2014, 2016, 2018), y hoy por hoy “Revista de Investigación del Centro de Estudios Vallejianos”; cuyo primer número reúne las actas del congreso llevado a cabo recientemente en Salamanca.  Catadura del conjunto que, aunque pretende ser especializado, constituye más bien una miscelánea; esto por la factura muy desigual de los contenidos.  Sin embargo, y para contento de todos, no faltan ensayos o pasajes de artículos en este mismo número que reflejan  compromiso con la investigación, frente a refritos u obviedades, más una palabra viva, frente a una escritura moribunda.

Acaso el más intenso y logrado de todos sea el de Stephen Hart, “El cadáver exquisito de César Vallejo”, y que tratándose de cadáveres vivos y del brillo del oro (‘metal’ y ‘plegaria’) y de los colores del crepúsculo, “!Oh botella sin vino [vida, verdad, verdadismo, Sol, “gracia incaica”, vaso de sangre]! ¡O vino que enviudó de esta botella!…” Hart no se remite a Inkarrí ni cita siquiera algo de nuestros libros que se regodean alrededor de ello, Trilce: húmeros para bailar (2014) ni Trilce/teatro: guión, personajes y público (2017).

Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza

Vallejo dice hoy la Muerte [la Vida] está soldando cada

lindero a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta

de un frontal , donde hay algas, toronjiles…

En un aspecto importante, el rechazo de Vallejo al Surrealismo en tanto burgués, efectista, políticamente oportunista y finalmente “muerto” (‘sin vida’) es análogo al de Alejo Carpentier (El reino de este mundo) en su crítica a André Breton; pero resulta exclusivo del peruano, en su debate con aquella escuela europea, rescatar y encumbrar   –aunque de modo sutil o casi a manera de un secreto– el aspecto cultural solar, amerindio o andino, y no menos multinaturalista (animal, vegetal, post antropocéntrico en suma).  Herencia o legado, absolutamente vivo en Vallejo, y sin el cual, aunque demos con el manubrio [“crea, en efecto, otro cadáver del material del cadáver exquisito, pero el cadáver de Vallejo es vivo y, en algún sentido, eterno” (Hart 345)], no acertaremos a abrir del todo la puerta de su poesía.  Como hemos dicho en otro lugar –en concreto en la conclusión de  Trilce: húmeros para bailar— el “vanguardismo” del poeta peruano no está constituido realmente de fragmentos (desde Apollinaire); sino más bien, como en el caso del cuerpo de Inkarrí, de redes o fragtales.  No se trata de algo en ruinas, devastado o absurdo; sino de algo radicalmente actual y vivo.  No se trata de folklore (“me friegan los cóndores”), se trata de patrimonio inmaterial.  No se trata de Darwin, se trata de pensamiento amerindio o multinaturalismo. No se trata de ser glocal (global-local) para entender mejor al poeta; como si esto consistiera en aumentar o multiplicar las miradas en un mismo rasero dimensional o sintagma coordinado (Europa + USA + América Latina, etc.).   Se trata, más bien, de subir y bajar ontológica o culturalmente; a modo de los Zorros de José María Arguedas y donde el autor de Trilce, según el propio José María, es el primero entre todos ellos: no dos seres o dos personas o un consumado “hipócrita” (culpable/inocente, surrealista/no surrealista…).  Aquello de global/local se haya sobrepasado a la hora de leer a Vallejo.  “Botella” es icónicamente un ser humano, tal como “vino” constituye el color de la luz del crepúsculo (no aquélla todavía melancólica o rubendariana de Los heraldos negros, sino la abrumadoramente epifánica y simétrica de Trilce) que llenaba a dicho ‘ser humano’; pero lejos de ya no estar habitándolo, el “Vino” se siente viudo de la “botella”.  Ética del cuidado o de la compasión –bien observada por Alain Sicard, otro crítico que se queda sólo en el manubrio,  aunque para otro texto y recreando un contexto más bien místico-cristiano– del “vino” ante el nihilismo en que derivaron Bretón y los suyos y, en general, también la cultura europea (¿de los 20′ del siglo pasado, de los años 20 del actual?).  Esta dialéctica que, aunque ambas convivan en Vallejo, no es la marxista, es fundamental para leer también, y acaso sobre todo, los Poemas humanos.

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Chuponeo a los biógrafos de César Vallejo

La muy reciente publicación de los Manuscritos poéticos de César Vallejo, por parte de Enrique Ballón Aguirre, ha traído consigo, aparte del tan significativo acceso a aquellos papeles junto a un minucioso estudio –de más de seiscientas páginas firmados por el lingüista peruano–, el destape de un auténtico submundo en lo que atañe a los vallejólogos o biógrafos de nuestro “Cholo” universal. Libelo, mejor convendría denominarlo, el que  Ballón ventila en su “Preámbulo” (páginas 5-26) y torna al desconcertado lector en un escéptico radical   –todos los vallejólogos terminan por ser gente de muy baja estofa–; incluido el propio autor del libelo.  Estudioso que acaba de hacer público, aunque por la misma fecha ya lo supieran Pablo Macera y Fernando de Szyszlo (p. 25), que en 1978 recibió en calidad de donación los manuscritos del poeta.  Aunque, más que donación, mejor cabría hablar de canje, dados los buenos oficios de Ballón en tanto estudioso de Vallejo, abogado y facilitador editorial de la mayor consideración y complacencia por parte de la autora de Masque de Chaux (Máscara de cal).  Es más, desde aquel “Preámbulo”, pareciera que su autor se aproximó y brindó apoyo a la viuda de Vallejo en tanto y en cuanto ya conocía –por intermedio de E. González Bermejo desde 1976 (p. 23)– de la existencia de aquellos manuscritos.  Obvio, Ballón intenta en primer lugar  –no con cierta inmodestia o sostenido auto exhibicionismo intelectual de su parte– limpiarse de la acusación de apropiación ilícita de  un trabajo ajeno y que hasta hoy lo toca, aquel de la reunión de las crónicas vallejianas por obra de Jorge Puccinelli.  El asunto es que, con sus luces y sombras, Ballón  logra que Puccinelli (fallecido el 2012) caiga bajo sospecha de hurto impune.  Para el efecto, convoca y se apoya en la autoridad de Luis Alberto Sánchez y, constituye una constante, en la complicidad de Georgette de Vallejo.  ¿Ladrón que roba ladrón?  Según aquel “Preámbulo”, fue otra vez la viuda la que proporcionó a Ballón –y por lo tanto no tenía necesidad de hurtárselas a nadie– las crónicas que publicara nuestro “autor sin derechos de autor” en el Diario El Norte (1923-1926) y que constituyen el eje del problema.  Librados aquí de culpa no queda casi nadie, con excepción de Georgette y el propio Ballón por supuesto.  Evidentemente, Juan Larrea, André Coyné, Gonzalo More, conocidos enemigos de la viuda, son pasto del fuego.  Pero algo semejante ocurre, por enemistad con una o con otro, con José Miguel Oviedo, Antonio Cornejo Polar y alguno más.  Algo semejante, con el prurito de no haber contextualizado sus minuciosos hallazgos, ocurre con la crítica de Ballón a los trabajos de  Giovanni Meo Zilo y Roberto Paoli.  Crítica, esta última, para nada gratuita ya que el perfil de ambos estudiosos italianos es relativamente semejante al del propio Ballón.  Es decir, un tanto, aunque no del todo, al margen del libelo, la “clamorosa falta de interpretación del sentido contextualizado de cada composición” (p. 22) es únicamente la de ambos peruanistas y de ninguna manera la de Enrique Ballón.  Hecho, este último, que por nuestra parte hemos debatido hace muy poco al reseñar un artículo de nuestro compatriota y ahora más famoso todavía gracias a los manuscritos vallejianos, “Diglosia poética: Vallejo/Verlaine“.

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Enrique Ballón Aguirre, “Diglosia poética: Vallejo/Verlaine” [Reseña]

Ensayo de Enrique Ballón; el mismo que, en la sumilla, declara su objeto de estudio: “mostrar los modos en que se manifiesta el cambio de diglosia literaria castellano-quechua por la intervención del francés en la poesía vallejiana a partir del análisis del poema sin título [“Calor, cansado voy con mi oro, a donde”] incluido en Poemas humanos” (133).  Es decir, bajo “Diglosia poética: Vallejo/Verlaine”, tenemos aquí tratadas: “diglosia literaria”, cultura y poesía.  Enfoque complejo, aunque acaso no menos necesario hoy en día, que intenta trascender –tarea ardua y, no menos, imaginativa por delante — la actual y dominante lectura al “británico modo” en lo que se refiere a la vida y obra del poeta peruano (v.g. Stephen Hart, César Vallejo.  Una biografía literaria.  Lima: Cátedra Vallejo, 2014).  Para ilustrar  su propuesta, Ballón Aguirre recala en el análisis puntual de aquel poema de 1937; tarea para la cual le resulta fundamental la edición César Vallejo. Obra poética completa (1968), porque básicamente ésta incluye los famosos mecanografiados o “tiposcritos” de los poemas[1]

[1] Aunque ahora sabemos –mejor dicho, justo ayer: 15 de julio de 2018– que desde 1978 Enrique Ballón ha tenido acceso privilegiado no sólo a los tiposcritos, sino también a los manuscritos del poeta.  Los cuales les fueron donados, aquel  último año, por Georgette de Vallejo: “Apreciado Dr. Ballón: Me es muy grato dirigirle la presente carta para hacerle entrega en calidad de donación de los manuscritos y tiposcritos originales que conservo de César Vallejo, los mismos que constan de dos legajos correspondientes al  teatro y el resto a Poemas en Prosa, Poemas Humanos y España, aparta de mí este cáliz” (Ballón 24).  ENRIQUE BALLÓN-AGUIRRE (2018) «Manuscritos Poéticos de César Vallejo», [En línea], Volume XXIII – n° 2 (2018). Coordonné par Carine Duteil-Mougel.

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Los poetas vivos y más vivos del Perú (y de otras latitudes) (I, II, III, etc.)

Ud. conoce tan bien como yo la sociedad que caracteriza a los intelectuales de nuestros países.  Intelectuales frenéticos de ignorancia y de arribismo, los peores enemigos de la poesía y siniestros simuladores…”

(Carta de César Moro al poeta chileno Enrique Gómez Correa. 10/12/1942)

“40 años de helante soledad [desde la muerte de César Vallejo], 26 años [los que Georgette estaba viviendo en Lima], en esta tierra ingrata y cruel, de calvario interior sangriento y mancillado con indirectos ataques de barriada, no habiendo más repugnante y cobarde que esa hampa…letrada [intelectuales, editores y profesores que, de un modo u otro, hacían que sus derechos de autor fueran un mito]”

Pasaje de una carta de Georgette de Vallejo a Jorge Wilson Izquierdo, fechada el 23/ 10/ 78, de la Asociación Periodística WARPA de Celendín (Cajamarca)

I: https://www.babab.com/no15/poetas_peru.htm

II: http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2016/05/18/coda-a-los-poetas-vivos-y-mas-vivos-del-peru/

III: http://www.letras.mysite.com/pg270605.htm

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Narradores (y poetas) animales

“Respecto de los narradores animales, o en proceso de devenir-animal, hemos ya intentado argumentar cómo, mediante la elaboración de esa suerte de habla anónima, de lenguaje sin sujeto, Kafka ha contribuido a desideologizar, es decir, a denunciar la ideología que operaba en la gran mayoría de las fabulaciones teriomorfas de la tradición occidental.  Esos amaestramientos antropomórficos que utilizan a las bestias como pretexto para afirmar, mediante la figura de la prosopopeya, la moral y la ideología humanistas. “Siempre un discurso del hombre; sobre el hombre, incluso sobre la animalidad del hombre, pero para el hombre y en el hombre”, dice Derrida (2008, 54) refiriéndose a la fábula clásica. En Kafka, el discurso animal, lejos de someterse al rigor de la metáfora, produce un desvío: sosteniendo la figuración a medio camino entre lo animal y lo humano, en el territorio intermedio y potencial de lo viviente, crea un hiato entre el sujeto de la enunciación y su discurso. Consigue así que lo que dicen estos animales no les pertenezca –que no hablen en nombre de una identidad, que no construyan un marco personal para sus palabras–, sin que, sin embargo, puedan ser considerados autómatas, títeres o ventrílocuos del hombre o de la voluntad divina. De ese modo, la metáfora animal es desmantelada y el sentido es sometido a un proceso de variación anómala (Sauvagnargues 2006, 69) cuyo resultado son esas extrañísimas criaturas kafkianas, hablantes que exponen con crudeza su relación de impropiedad respecto del yo y del mundo. Los narradores animales resisten la personificación, la cristalización de la imagen, la representación; niegan la relación intrínseca entre “pertenencia” y sujeto, y de ese modo cuestionan el fundamento metafísico sobre el que se asienta la estructura jerárquica del discurso de la especie.

Si Kafka nos enseña a leer es precisamente porque su obra engendra una multitud de imágenes que emergen de encuentros con la vida. Y en ella esa forma de encuentro y de pensamiento se relaciona de modo directo, al igual que en la filosofía nietzscheana, con la presencia de los animales. Sus roedores, monos, perros, caballos, chacales, buitres, insectos indeterminados, siempre ligados a situaciones de transición entre el sueño y la vigilia, generan las impresiones más extrañas y duraderas de los relatos, y tal vez por eso le permiten al lector vivenciar lo estrecha que es su olvidada relación con su propia animalidad”

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