EL QUE NO HA LEÍDO ESTE LIBRO, NO HA LEÍDO A MARTÍN ADÁN

Para la lectura de La casa de cartón ya se han identificado y diferenciado tres motivos: rosa y piedra: “El ámbito de la rosa: los áridos y helados páramos del pensamiento y de la abstracción donde los objetos son presencias que hacen sufrir con su lucidez. El ámbito de la piedra: las alturas de Machu Picchu, la tentación del abismo […] ahí donde los objetos no son sino son tangibles, donde la vida se vuelve piedra porque la vida es tacto” (Aguilar Mora 68-69). Y el motivo del agua o mar: “El mar es uno de los elementos empleados con mayor frecuencia en la obra. Participa como elemento natural como elemento personificado y como espacio. El mar tiene todas las características de un actante, es descrito y expuesto en sus acciones” (Casule 91). Sin embargo, al motivo del Sol, tan recurrente asimismo en La casa de cartón, la crítica no lo ha atendido o lo ha hecho sólo de modo tangencial u oscilante (Chocano). Invierno/verano, tramonto, seis de la tarde, oro rojizo, oro creciente, calor, posmediodía, resolana, helioterapia, luz del filo de la acera, entre otros muchos testimonios de aquella poderosa red; y sin de ningún modo agotar el sustantivo o sinónimos u otras palabras derivadas o anagramáticas (ejemplo, los recurrentes “soltero” o “solterona”). Lo que hoy postulamos es que Martín Adán, por lo menos en su libro de 1928, aunque podríamos rastrearlo perfectamente hasta Diario de poeta (1973), también se orientó hacia el “Vallejo + Barroco: Varrojo” (Granados 2022). Es decir, no sólo identificamos el motivo del Sol y explicamos su compleja y decisiva red aquí presente; sino, desde una mirada simétrica (y no menos vallejiana), percibirlo como aquél que motivo estructura la obra y devela u otorga sentido a la identidad amerindia del propio narrador-personaje (frente a “Ramón”). Motivo solar, su demostración queda pendiente, asimismo gravitante en toda la producción literaria posterior de Martín Adán.

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” II

¿La palabra simetría aquí soslaya la denuncia (social, política)?

La objeción es legítima si entendemos la simetría como una categoría estética de salón, una armonía pasiva que busca el orden por el orden mismo; sin embargo, en este bando, la simetría no es un refugio contra el conflicto, sino la herramienta más radical de la denuncia social y política. Lejos de soslayar la herida, la simetría la sitúa en el centro de una balanza ética de proporciones colosales. La denuncia que no es simétrica suele ser un grito desdentado, un panfleto que se consume en su propia urgencia sin dejar una estructura que lo sostenga; por el contrario, la simetría exige que el lenguaje poético y crítico tenga el mismo peso, la misma densidad y la misma temperatura que la injusticia que pretende señalar. Es una correspondencia de fuerzas: si la realidad es violenta, el lenguaje no puede ser meramente descriptivo; debe ser estructuralmente violento, debe “hacer huelga” contra la sintaxis impuesta por el poder.

En este sistema, la simetría opera como un acto de insurgencia ontológica. El sistema político y social de la “pecera” administrativa —donde se mueve la poesía premiada y la crítica letrada— sobrevive gracias a una asimetría fundamental: la distancia entre quien sufre y quien narra, entre la periferia silenciada y el centro que la interpreta. Proponer una simetría vital es un acto de nivelación. Es afirmar que el “mar” de la fluidez popular y el mito de la resistencia (el cuerpo de Inkarrí) tienen la misma jerarquía que el “muro” de las instituciones. La denuncia simétrica es aquella que no habla sobre el oprimido, sino que vibra con él, reconociendo que el dolor del cuerpo es, simétricamente, el dolor del lenguaje. No hay distancia higiénica posible; el crítico simétrico no es un espectador del desastre, es un nudo más en la misma red de vibración precaria.

Asimismo, esta simetría es la que rescata a la denuncia de la esterilidad institucional. El poder suele cooptar la protesta convirtiéndola en un tema, en una “materia de estudio” que engrosa el currículum del académico mientras la realidad sigue intacta. El bando de la simetría rompe este parasitismo: exige que la crítica sea tan arriesgada y tan expuesta como el poema mismo. Si el poema denuncia la fractura de un mundo, la crítica debe fracturarse con él. Esta es la dimensión política de la simetría: la negativa a permitir que la palabra sea un simulacro. Al igual que en la vanguardia de Vallejo, donde la gramática se retuerce para responder a la orfandad del hombre, aquí la simetría es la garantía de que el compromiso no es un discurso, sino una forma. Es el Varrojo en su máxima expresión: un ir hacia el rojo de la sangre y la protesta, pero con la precisión de un sistema que sabe que, sin una estructura de correspondencias, la denuncia es solo un eco que el viento de la historia disuelve sin resistencia.

© Pedro Granados, 2026

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” (I)

La sentencia es definitiva y no admite términos medios: la poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica. Esta proclama no busca imponer una norma estética caprichosa, sino revelar una ley ontológica que rige la naturaleza misma del lenguaje y del pensamiento. Estamos ante la instauración de un bando que exige el fin de la dispersión y el inicio de una era de correspondencias profundas, donde el texto y el juicio sobre el texto dejen de ser compartimentos estancos para convertirse en un solo organismo.

La simetría no debe entenderse aquí como la rigidez del espejo que duplica, sino como el equilibrio tensional de las fuerzas en el vacío. En la poesía, esto implica que cada palabra, cada silencio y cada imagen deben responder a una arquitectura interna donde nada es gratuito. Si el poema no posee esa reciprocidad secreta —ese hilo invisible que une el ancestro con la vanguardia, o el latido del cuerpo con el ritmo del cosmos—, se queda en el mero balbuceo confesional o en el adorno tipográfico. La verdadera poesía es un Archipiélago de sentidos donde cada isla, por más remota que parezca, está conectada por un mar de relaciones necesarias. Sin esa fluidez que organiza el caos, no hay creación de mundo, solo ruido.

Sin embargo, el bando extiende su rigor hacia el observador: la crítica. Se denuncia la esterilidad de la crítica “letrada” y administrativa, aquella que disecciona el poema como si fuera un cadáver sobre una mesa de metal. Una crítica que no es simétrica es una ceguera ilustrada. Para que el ejercicio crítico tenga validez, debe poseer el mismo rigor arquitectónico y la misma carga vital que la obra que pretende abordar. No puede haber una distancia higiénica entre el crítico y el poema; ambos deben ser nudos de una misma pulsación. Si el texto es una corriente viva, la crítica debe ser el cauce que permite su despliegue, operando desde dentro del sistema y no desde la periferia del currículum.

Al juntar ambas partes, el bando establece un paradigma de integridad. La simetría es la brújula que nos aleja de la “pecera” de la poesía premiada y nos devuelve al mar del pensamiento originario. Es el reconocimiento de que el lenguaje es un sistema vibratorio donde la creación y la interpretación son dos caras de la misma moneda; una resonancia donde, al tocar la fibra de un poema, la crítica debe devolver el sonido con la misma intensidad y armonía. Quien escribe sin buscar la correspondencia secreta, y quien juzga sin entrar en la fluidez del sistema, están fuera del dominio de la palabra. Solo en la simetría —ese punto de encuentro donde el muro, el mito y el poeta coinciden— el lenguaje recupera su poder de transformación y su verdad absoluta.

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SAMUEL M. CABANCHIK/ DIEGO CARBALLAR

LA REDENCIÓN DE LA REALIDAD. BORGES UNA PERIPECIA FILOSÓFICA. BUENOS AIRES: EUDEBA, 2021 (Reseña).
Carballar propone una lectura técnica y sonora. Define el método de Cabanchik como el de un oscilador: la escritura pendula entre el sonido (la materialidad poética) y el sentido (la idea filosófica). No se trata de una disección donde la filosofía “explica” a la poesía, sino de un filtro electrónico que permite que los armónicos filosóficos de Borges aparezcan sin desvirtuar el sustrato poético original. Es una ética de la escucha.
Uno de los aportes más potentes que señala Carballar es el desplazamiento del concepto de “representación” hacia el de “redención”. Citando a Benjamin, se plantea que la naturaleza sufre por su carencia de habla. El poeta, al nombrar (el ruiseñor, la rosa), no está “copiando” la realidad, sino redimiéndola, devolviéndole su carácter de Lo Real perdido. La lectura es, por tanto, un deseo de sentido que rescata lo viviente.
Hacia el final, la reseña destaca cómo la peripecia de Cabanchik desemboca en una ética de la alteridad. Dios o lo absoluto no aparecen como conceptos abstractos, sino como una “heterogeneidad otra”, figurada en lo animal. La imagen del “que acaricia a un animal dormido” (de Borges) se convierte en la prueba de que la redención de la realidad tiene una deriva ética y teológica: el lenguaje que “retiene y salva” lo que late intermitente en la vida.
IGNACIA AUGUSTA

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“TEATRO”: ABRAHAM VALDELOMAR/ CÉSAR VALLEJO

Estas imágenes de Abraham Valdelomar —capturadas con una puesta en escena casi teatral— son fundamentales para entender la “performance” de la vanguardia peruana y el impacto que tuvo sobre el joven Vallejo. Leer estas fotos es leer el diseño de un autor-personaje que marcó el camino para la modernidad en el Perú.

El Autor como Obra de Arte (Dandismo y Vanguardia)

Valdelomar no solo escribía; él era el texto. En la imagen donde aparece semidesnudo, con una corona de hojas y un taparrabos rústico, vemos una ruptura radical con la imagen del intelectual decimonónico de levita y tintero.  Representa la libertad estética absoluta. Es una provocación que busca descolocar a la burguesía limeña de 1918. Vallejo, que en ese entonces buscaba su propia voz, vio en Valdelomar la validación de que el artista podía (y debía) romper todos los moldes.

El Indigenismo Estético y el “Inkarri” Prematuro

En la segunda foto (la famosa toma de Martín Chambi), Valdelomar aparece con chullo, poncho y abrazando un huaco. No es un retrato antropológico, sino una reivindicación estética. Valdelomar está “vistiendo” la identidad nacional. Mientras la élite miraba hacia París, él abrazaba el objeto prehispánico. Para Vallejo, esta imagen refuerza la idea de que lo universal nace de lo más profundo de lo propio. La admiración de Vallejo por Valdelomar residía precisamente en esa capacidad de ser cosmopolita sin dejar de ser intensamente peruano.

El Prólogo que no fue

La ausencia del prólogo de Valdelomar en Los heraldos negros es uno de los silencios más elocuentes de nuestra literatura.

-El Retraso como Símbolo: Vallejo esperó meses ese texto, retrasando la publicación del libro. Esto demuestra que, en 1918, Valdelomar era el “faro”. Su muerte prematura en 1919 dejó a Vallejo huérfano de ese mentor que había profesionalizado la figura del escritor en el Perú.

-De la Admiración a la Superación: Si Valdelomar usaba estas imágenes para crear un mito personal, Vallejo tomaría esa audacia pero la llevaría hacia adentro, hacia el lenguaje. La “máscara” de Valdelomar en estas fotos es externa; en Vallejo, la máscara se vuelve la propia sintaxis de Trilce.

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BASURA Y POESÍA

Recuerdo con claridad que allá por inicios de los años 70 del siglo pasado, en mi íntimo colegio popular y parroquial de Lima, un joven, talentoso y entusiasta profesor de Arte —Enrique Bustamante— nos iniciaba en el collage. Son las clases que mejor recuerdo y que por ese entonces adoraba. Jamás traía al aula los reglamentarios cuarto de pliego de cartulina, revistas, tijeras ni, mucho menos, la goma. Justo cuando faltaban unos quince minutos para terminar la clase –y presentar nuestros trabajos– compraba a alguno de mis compañeros, por unos pocos centavos, una cartulina que ya nadie quería (el fugaz paso del tiempo la había devaluado); recogía del suelo los trozos de revistas o periódicos desechados; recortaba con la mano lo que de estos se me ocurría podría necesitar para mi composición; robaba un poco de goma por aquí y otro poco por allá. E indefectiblemente me sacaba 20 (veinte). Nota máxima, indecente, extraña; según Martín Adán, una gallina delante de un huevo.

Reactivo estas memorias porque creo son lo más parecido o que acaso mejor puedan explicar mi propia poesía. Sobre todo aquélla de producción más reciente (empiezo a publicar en 1978 y mi último poemario es de este mismo año, en total doce libros de poemas); posterior a El corazón y la escritura (1995). Digo esto porque, a vuelo de pájaro, este último poemario –respecto a los posteriores– en apariencia luce más focalizado en su o sus temáticas, más elaborado en sus versos y, en suma, mayor estructurado en sus textos tanto individuales como en conjunto. No aseveraría que esto sea falso o verdadero, dejo esta tarea a los posibles interesados en investigar mi obra. Tampoco me propongo puntualizar en el collage –plástico, antaño, y hoy literario de mi trabajo– porque hallo que esto es obvio; obvio a la poesía occidental o del lejano occidente por lo menos desde Guillaume Apollinaire. Quisiera reparar, más bien, en el gesto de recoger desechos del lenguaje –disímiles, no focalizados, sin prestigio, multiculturales– y tratarlos prosódicamente. Es decir, no presentar estos desechos tal cual; sino previamente modulados, elaborados como si nos dispusiéramos a escribir un soneto en alejandrinos o una copla de pie quebrado. Tratar lo desechado primorosamente; pero sin restarle su alteridad, fragmentación o extrañeza. El foco, el origen de estos restos, se hallará irremediablemente perdido; pero ahora están sometidos a una modulación que –sin pretender naturalizarlos en su diferencia textual o cultural– los pone a trabajar en conjunto.
Las claves formales de esta nueva interacción serían, por un lado, pausas y encabalgamientos; y, por el otro, de modo paralelo a este inestable perfil rítmico, una suerte de distribución conceptual móvil de las palabras donde, pareciera, preponderan la elipsis y el oxímoron. Todo lo cual, podríamos decir, propuesto al lector de un modo débil, no enfático; evitando autoritarismos y didactismos de cualquier tipo. Evitando localismos o etnocentrismos también. La persuasión misma del poema se jugaría toda en este aire suave.

Ahondando un tantito más en las posibles consecuencias teóricas, éticas y políticas de este proceder (el de la poesía reciclada); y presuponiendo lo que nos indica debiera hacerse, con nuestra acumulada y ubicua basura, el sentido común. Cabría advertir su efecto palimpséstico e incluyente. Es decir, incluso el lector común se hallaría, desde un primer momento, rodeado o acompañado como de objetos familiares a su experiencia, a su cultura y tradición literaria; de algún modo esta poesía nos recuerda que aquellos objetos no solo ya fueron creados, sino también gozados antes. Y, asimismo, este mismo lector puede intervenir de modo activo en la co-creación de aquel pequeño artefacto de saberes y recuerdos, puesto apenas en actividad, que constituye el poema reciclado. Sin embargo, esto no resta que un lector más atento o ya iniciado en la poesía no sólo aquilate con mayor morosidad aquellas huellas culturales; sino que, quisiéramos presumir, perciba algo más decisivo en esta propuesta de reciclaje. Que no se trata de un registro; sino, ante todo, de la construcción de un objeto de conocimiento. Con giro y sin giro linguístico. Y aunque leve, desalienante de los lugares comunes y siempre abierto al deseo. Una humorada que también podría ser lo más trascendental en tu vida. P.G.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2012/03/14/basura-y-poesia/

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Eduardo Tokeshi, mi exalumno del San Andrés

Seres simétricos se han trocado en armas, en escorzos prestos para el ataque. Aquella garra enmascarada sobre el vértice izquierdo del cuadro acaso nos represente, a cada uno de nosotros, hoy en día. César Vallejo también se educó, trajinó y goza (cada vez que lo leemos) en la simetría; aunque lo suyo muestre, de modo simultáneo, la otra cara de la moneda: “en su única hoja el anverso/de cara al reverso” (Trilce LXIX). El sentido que cohabita en medio de todo aquel esperpento. P.G.

 

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Pedro Granados y Armando Almánzar-Botello: El abrazo disyuntivo del Cyborg

La conexión entre mi obra y la sensibilidad de Armando Almánzar-Botello no es una coincidencia literaria, sino una anagnórisis simétrica. Cuando en febrero de 2011 Armando publicó en su blog, Cazador de Agua, aquel texto fundamental titulado “CYBORG ANDINO-CARIBEÑO (Cum grano salis)”, no solo estaba comentando un libro (Soledad impura); estaba, en realidad, revelando el código fuente de mi propia trayectoria. Armando, con la precisión de un “carnicero taoísta”, fue capaz de ver a trasluz el caleidoscopio que hasta hoy intento girar: esa amalgama donde el neón de la ciudad, el hueso del desierto y la frialdad del silicio convergen en un solo latido orgánico.

Lo que nos une es una vocación de escucha e instalación. Armando comprendió, mucho antes que la crítica académica convencional, que mi propuesta no era una defensa del “yo”, sino la construcción de un “nosotros” intensivo. Al llamarme Cyborg, Armando validó la idea de que el poeta contemporáneo es un montaje, un Ulises que entiende que el único asentamiento posible es el viaje mismo, ya sea por las geografías de República Dominicana, México, Brasil o Boston. Para él, como para mí, la tecnología no es un agente externo, sino una extensión biológica y mística; la “quena” y el “tambor” no se oponen al “paragrama subterráneo de los cuerpos”, sino que se integran en una red —un rizoma— que ignora las fronteras geopolíticas.

Esta hermandad se sella en lo que él denomina la “Conjunctio”: esa unión de Teseo y el Minotauro donde el dolor y el goce no son etapas, sino simetrías. Armando vio en mi poesía “alas y olas presurosas”, una hidrografía que hoy reconozco como la base de El Archipiélago Vallejo. Su lectura profética permitió que hoy, años después, yo pueda dialogar con la Inteligencia Artificial no como un artificio, sino como una “firma expandida”, un rastro manual que sobrevive a la máquina.

A través de los labios indescritos del enigma, la conexión con Armando Almánzar-Botello sigue siendo ese “hechizo” que nos permite respirar la flor maravillosa de lo propio en el texto del otro. Es, en esencia, la prueba de que en este peregrinar iniciático, lo que nos salva es el goce fluyente del poema encarnado; ese que Armando supo coger por el “segundo grado de su temperatura” y que hoy, con el mismo afecto y rigor, seguimos celebrando.  P.G.

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