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Ensayo

LA SOLEDAD IMPURA DE PEDRO GRANADOS/ Juan Carlos de la Fuente Umetsu

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De la Fuente

Pedro Granados (Lima, 1955) ha publicado una antología de sus poemas escritos entre 2003 y 2009 bajo el título “Soledad Impura”. Dividido en cuatro partes, el libro transita el encuentro inevitable con la muerte –principio y fin del ser-, la presencia del amor como constatación de la vida, el viaje hacia uno mismo y hacia el mundo, así como el regreso a la poesía como único hogar del poeta, como auténtica patria de la que nunca se fue. Y, además de la que nunca podrá irse.

Desde el inicio, Granados nos habla sin medias tintas, apuntando al blanco y dándonos en el centro del pecho. Su narrativa y sus reflexiones se valen de las ideas como vehículo de contención y de la emoción como una puerta abierta para la sensibilidad, sin límites (quien pueda sentir, que sienta). Un tajo de verdad, de autenticidad, de sinceridad en el punto vital de este reino de las apariencias y de los estados unidos virtuales.

No hay nada político en lo que dice, pero todo es político. Como los herméticos italianos se vale de la poesía para denunciar, pero se asienta más allá de lo panfletario, en la esencia de la poesía, en ese lugar que trasciende épocas como un río perpetuo, y que va recorriendo las diversas realidades históricas a través de un hilo conductor: custodiar la belleza-verdad, cuya peculiaridad es cambiar siempre de rostro: somos uno siempre, y esta es la razón por la que podemos realmente ser todos.

En la nota de prensa que nos invita a la presentación del libro, el poeta Julio Heredia señala sobre Pedro Granados, lo siguiente: “Desde que publicará en 1978 su primer poemario, “Sin motivo aparente”, no ha dejado de producir guiado por una ética de la justicia y una vocación innata por explorar las entrañas de la palabra. “Soledad Impura” es su más reciente aventura literaria y el décimo libro de poesía que publica. Se trata, una vez más, de constatar la realidad mediante la inasible palabra. Nombrar las cosas y el acontecer es aquí otorgarles unas alas que llevan más allá de lo tangible”.

El libro será presentado este miércoles 1ero. de julio a las 7.30 pm en la sala Lumières de la Alianza Francesa por el crítico y escritor Juan Carlos Mústiga y por el poeta Julio Heredia, quien oficia además de anfitrión.

Granados ha publicado anteriormente los poemarios Juego de manos (1984); Vía expresa (1986); El muro de las memorias (1989); El fuego que no es el sol (1993); El corazón y la escritura (1996); Lo penúltimo (1998); Desde el más allá (2002) y, virtualmente, Al filo del reglamento.

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100 años de Lunario sentimental

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Luna cíclope (sobre la poesía de Leopoldo Lugones)

Si bien es cierto el yo modernista se inscribe en el paisaje del yo romántico, aunque desmitificándolo; tampoco constituyen un secreto las conexiones entre Modernismo y Barroco, aunque la naturaleza de este vínculo –literario y cultural– quizá esté aún por hacerse . El presente breve ensayo desea contribuir, como una discreta vuelta de tuerca, con esto último. Para tal fin vamos a analizar “La muerte de la luna” que es, en estricto, el último poema de la colección “Lunas” del Lunario sentimental (Buenos Aires: Centurión, 1961 [1909]) de Leopoldo Lugones.

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Literatura a cuatro manos/ Pedro B. Rey

Historias apasionantes sobre grandes narradores que hicieron obras maestras y no tanto, deponiendo el ego y la soledad. Una asociación creativa con colegas, editores, amigos y hasta musas. Desde Dumas, Flaubert y Conrad hasta Borges, Bioy y Cortázar

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Un escritor solo frente al papel, la máquina de escribir o la pantalla resulta, para un observador casual, un ente curioso e impenetrable. Pero acaso más curiosos todavía sean los dúos literarios. El tráfico entre un autor y otro debería dejar rastros que expliquen el modo en que se fue conformando la obra, pero semejante tarea resulta inextricable y engañosa. Las colaboraciones literarias (que en ocasiones implican a más de dos personas y se vuelven plurales) suelen contradecir la más elemental de las sumas: en ellas, uno más uno suele dar tres, un texto que ninguno de los autores individuales podría haber dado a luz en soledad.

En Escribir en colaboración (Beatriz Viterbo), volumen elaborado, por afinidad y por programa, a cuatro manos, los franceses Michel Lafon y Benoît Peeters cartografían ese territorio sin desmalezar que la historia de la literatura observa por encima del hombro con prejuicio vergonzante, como si esos textos sólo reflejaran la displicencia del divertimento, la experimentació n calculada o la lisa y llana impostura. Los diecisiete ejemplos que seleccionaron representan, al mismo tiempo, diferentes clases de colaboración: de la fusión simbiótica (los hermanos Goncourt) a los placeres de una escritura mutante (Borges y Bioy Casares), del editor que guía las tramas de su autor estrella (el brillante Pierre-Jules Hetzel con Jules Verne) a la admirativa abnegación (la de Engels frente a Marx), de las elucubraciones psico-filosóficas compartidas (Gilles Deleuze y Felix Guattari) al vértigo de la escritura automática (que trabajaron los surrealistas) .

La colaboración, como recuerdan Lafon y Peeters, fue un recurso natural a lo largo de la historia. Detrás de Homero se escudan seguramente varios aedos y rapsodas; la suma de relatos de diversos orígenes que constituyen Las mil y una noches recibieron en Occidente el aporte de traductores tan distintos como Antoine Galland o Richard Burton; la literatura isabelina fue un frenético caldero de intercambios.

Con su fetichismo del genio, el romanticismo es el acusado de haber establecido una suerte de dictadura del autor único. La literatura es, sin embargo, afecta a las paradojas: el propio romanticismo en sus comienzos dio curso legal a diversas obras en colaboración. Impulsado por su necesidad de recabar obras populares y folklóricas que respaldaran sus teorías, el romanticismo alemán (el romanticismo originario) dio algunos ejemplos, como el de los hermanos Grimm, recopiladores, recreadores e inventores de historias.

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Poesía dominicana en tiempo real: “El que fuera secreto mejor guardado del Caribe”

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“Tan sugestiva y, creemos, no menos afortunada frase de Alexis Gómez-Rosa, La poesía dominicana: “el secreto mejor guardado del caribe”, nos da pie y sirve de marco para reflexionar sobre los trabajos de algunos de los poetas dominicanos más interesantes de las últimas promociones. Y aquello de “en tiempo real”, ilustra –por un lado– la actualidad del corpus de nuestro trabajo (poetas que escriben su obra desde los años 80 al presente) y, por otro lado, la difusión ascendente y no menos merecida que va teniendo en la web [y también ahora mismo fuera de ésta, ejem. BLANCO MÓVIL NÚM. 110, ‘POETAS DOMINICANOS’ ] dicha poesía (por ello lo de “que fuera secreto mejor guardado del Caribe”). Esto, para no remarcar que una fuente de consulta fundamental –y ya ineludible para cualquier estudioso– ha sido precisamente la Internet.” (p. 3)

Índice

INTRODUCCIÓN

Capítulo I: Gestación, matices y límites de la “poesía del pensar”. Representantes:
Armando Almánzar Botello (1956), José Mármol (1960), Marta Rivera (1960), Manuel García-Cartagena (1961), Aurora Arias (1962), Rannel Báez (1963), León Félix Batista (1964), Ylonka Nacidit-Perdomo (1965), Nan Chevalier (1965), Basilio Belliard (1966)

Capítulo II: “Muchachos del barrio de Gazcue para el mundo”: La poesía neo-testimonial. Representantes:
Juan Dicent (1969), Néstor E. Rodríguez (1971), Homero Pumarol (1971), Rita Indiana Hernández (1976), Rosa Silverio (1978), Frank Báez (1978) , Patricia Minalla (1983)

Capítulo III: “Erranticistas”: El retorno de la plaza pública. Representantes:
Glaem (“Pippen”) Parls, Isis Aquino, Carlos Ortiz

CONCLUSIÓN

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El oro y la paz, de Juan Bosch: En busca de un líder latinoamericano

Ponencia leída el día de ayer, viernes 29 de mayo, en el marco de la Celebración del Centenario de Juan Bosch en Lima; que organizara la Embajada de la República Dominicana en el Perú junto a un Comité Peruano conformado para tan singular evento.

www.juanbosch.org

“es en medio de este contexto simbólico –inhóspito e indomable, pero tal vez no menos humano o humanizable (la selva, nuestro sub continente americano)– que Juan Bosch mueve sus fichas en busca de representar o imaginarse, y no menos proponer al lector, un héroe civilizador a la medida de las circunstancias. Acaso un “príncipe” latinoamericano, en referencia a la obra de Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1513), adecuado a nuestros tiempos; pero cuyo trazado del perfil no quiere ser obra didáctica de un solo individuo o autor (Maquiavelo), sino –al escribirse El oro y la paz en clave de novela y no de tratado — elaboración acaso mancomunada, libre de autoritarismo o imposición; en suma, solicitando para ello tan solo una buena voluntad y un buen entendedor” (p. 2-3)

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“Soledad impura” entre pulp fiction y la gripe A/ Juan Carlos Ramiro Quiroga

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J.C.R.Q.

1. Vivimos tiempos violentos y rápidos en un mundo regido por la velocidad y por las conexiones infinitas, donde acaso no existiría ni la autoridad ni los valores de la ética. Un tiempo de múltiples espasmos y convulsiones, sin centro ni poesía y acaso sin poetas. Enfermo, cada vez más enfermo de sí mismo.

2. En otras palabras, vivimos el tiempo de la “Soledad impura (poemas 2003-2009)”. “Con las heces/ de la poesía”, diría Pedro Granados (54), quien ha trepado a La Paz para darnos un regalo de dos palabras, que son cuatro, que son toda una vida vivida en la intemperie de Lima, la horrible, o en cualquier otro punto del Planeta.

3. “Con eso es que escribo”, remataría el poeta limeño, acaso para que estemos más seguros de lo que avizoramos en su poemario.

4. ¿Qué hemos hecho para merecer este tipo de éxtasis?

5. Ni la poesía de “Soledad impura” nos salva de ese estremecimiento verbal esgrimido por Granados que parece tantear las alturas de Samaypata, Lima y Santa Cruz de la Sierra en un instante, Perú y la República Dominicana de Haití en un momento.

6. Una y otra vez nos fatigamos en encontrar el punto de reposo a ese vértigo llamado “Soledad impura” en la que yacemos generalmente o la mayoría de las veces conscientes, muy conscientes o con los ojos abiertos, muy abiertos a lo Naranja Mecánica.

7. Imposible la sordera o la ceguera o la insensibilidad ante este espectáculo que nos ofrece “Soledad impura”, que atraviesa nuestra humanidad y nos deja adelantados a nuestro cuerpo, emocionalmente siempre salvaje y torpe al movimiento del espíritu.

8. Allí donde creemos que anida la poesía, las palabras de Granados nos desmiente y nos dice enfático: “no han sido”.

9. “Soledad impura” es la ola de la tormenta perfecta que está por tumbarnos en su aparente quietud, pero que contrariamente nos mantiene maniatados en la zozobra: la de nuestra memoria, la de nuestra experiencia amorosa y la de nuestra vagancia trascendental por el mundo.

10. “Soledad impura”, de Pedro Granados, es eso: un tiempo violento y rápido. Violento porque amordaza las palabras a una sensatez insensible, casi realista (la vida); y rápido porque compendia el tránsito existencial en el mundo a meras caducidades de aquí y acullá (la familia, los amores pasajeros, los viajes).

11. El mayor atributo de “Soledad impura” no es ninguna palabra en especial, salvo aquella palabreja excrementicia, mero pellejo verbal, que está despojada precisamente de lo que hace que la vida no sea sólo pasión y muerte, sino otra cosa más humana, quizás demasiado humana.

12. En esa otra cosa, despojado de metáforas y barroquismos, Pedro Granados bordea el descontento verbal o ese cinismo poético made in Rimbaud ante lo que otros (la legión de poetas chirles o célebres de Lima o del mundo) consideran que es lo sagrado e inmutable de la poesía:

“Hemos llegado a la conclusión
Que no escribimos poesía.
Que no somos poetas.
Es más, que la poesía
Para nada nos interesa.”

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En la muerte de Idea Vilariño/ Ana Inés Larre Borges

www.ucm.es

Sola, sola y triste, lejos de todas las almas, / De todo lo tierno, de todo lo suave. Idea Vilariño, 1937, a sus 17 años.

Sola de toda soledad estará Idea. A pesar de la altivez delicada con que supo buscarla, esa soledad duele ahora porque somos nosotros los huérfanos. Aunque estuviese retirada del mundo y reticente, saber que estaba todavía y era, daba intensidad a la vida. Y cierta fuerza sabernos sus contemporáneos. De pronto se hacía presente en una nota sobre los que se buscan alimento en la basura de los contenedores, porque “como dice Idea, acaso tiene delicadeza, vivir, romperse el alma”, o privadamente la convocaba una secreta pérdida, el fin de algo, o aparecía, en cambio, su imagen proyectada sobre las multitudes en un concierto de rock, como una marca de la renovada adolescencia de sus lectores que, en ella como en Onetti, encuentran en estos tiempos de hastío y desencanto, una fuerza subversiva ajena a programas, porque nace desde la más honda subjetividad. Ese universo sin dioses es el legado de Idea. Esa poesía nocturnal hecha también de silencios, es la piedra pulida, dura y contundente que nos arroja desafiante al rostro. Pero esa dureza no lastima, sino que tienta (¿alienta?) a pedir lo imposible, a vivir sin cálculo, a amar sin reposo. Y a sufrir bellamente. Sí a enamorarse del dolor, esa invitación de juventud y rebeldía que procura lo más puro de cada uno de nosotros. Es por eso quizás que a pesar del pesimismo y la amargura, su poesía libera. No consuela, pero da dignidad y derecho al dolor de vivir. Y reivindica la olvidada pasión.

Contra corrientes hegemónicas en la poesía de su tiempo, Idea fue también en eso una figura solitaria y escribió de los grandes temas de la gran poesía de siempre (no del lenguaje que los dice). Tal vez por eso es difícil advertir la evolución de una obra que parece nacida enteramente ya, de una poeta que no exhibe fácilmente sus aprendizajes. Y aunque haya ordenado sus poemas en las ya famosas categorías de Poemas de amor, para sus cantos de desamor y sensualidad (Un pájaro me canta y yo le canto/ me gorjea al oído y le gorjeo/…y me vence y lo venzo/ y me acaba y lo acabo”; “Te estoy llamando amor, como a la muerte”) , Nocturnos para los más metafísicos, “Noche sin nadie, noche en la espesura..”; “Como una sopa amarga, como una dua cucharada atroz/ empujada hasta el fondo de la boca”…; Pobre Mundo para la poesía social y el éxtasis de la naturaleza (“Con los brazos atados a la espalda/ un hombre/ feo y joven…/ lo hundían en el agua de aquel río…/ahora mismo/ hoy/ lo están pateando”);y No para el brevísimo escepticismo, su decir es siempre incondundible, su obra sostiene una desusada unidad. Eros y thanatos, el amor y la muerte sutilmente enredados, fueron dichos, sin ampulosidad con las palabras sencillas del español rioplatense, con el tono austero y delicado de una música interior. Construyó así una poesía antiretórica y lacónica, -del temblor austerio, la llamó Gelman- hecha también de silencios, de espacios vacíos. Con ella la grandeza se hacía cercana y doméstica. Ahí en sus versos, decía su amigo argentino Gregoric “está el amor, puro, elemental y condenado, no ya en el jardín del Paraíso, ni en el pasado vertiginoso, sino en el duro presente de la ciudad americana, asediado por la tristeza, la ropa sucia, la rutina y el dinero”.

Tal vez su ausencia, la lectura de Idea sin Idea, permita otras interpretaciones de su obra. Tal vez, liberada de su presencia poderosa (y soberana), la crítica de su poesía aprenda a articular una evaluación más rica y compleja y conflictiva. Queda todavía por explorar su tarea de traductora, sus filiaciones inconfesas, sus diálogos con otros poetas. Beatriz Végh ha hecho un estudio revelador sobre Idea traductora festiva de Quéneau. Queda por explorar su biografía, atravesar el corpus espiralado de una correspondencia inmensa y rica. Queda la herencia del diario que inició a sus 18 años, y dispuso que fuera publicado a su muerte. Otra Idea nos espera. Intuyo, sin embargo, que cuando todo pase, estas piedras pulidas de sus poemas, estos golpes como de dios, volverán a imperar, sobre su tránsito, sobre la leyenda que también construyó, sobre lo que hayamos podido desplegar de su tránsito. Y quedarán las palabras simples e irrevocables para que aprendamos a amar y a sufrir bellamente. A aceptar el deseo de “loco amor, que todos o que algunos, siempre, tras la serena máscara pedimos de rodillas”

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La poesía acéntrica de Carlos Oquendo de Amat* / Gema Areta Marigó

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“Oquendo resuelve el misterio poético que Eguren había planteado transformando el humorismo trágico de su innegable grotesco en un paisaje desdoblado por una modernidad optimista y desinhibida. De la canción de las figuras y el gótico modernista del poeta de Barranco a la composición de espacios subconscientes / exteriorizadamente inconcretos, la poesía de Oquendo con la misma austeridad verbal conseguirá el restablecimiento de la concordia perdida, posición estética abierta a una determinada vocación política y activismo revolucionario que lo llevó en 1935 a ser nombrado secretario general del Partido Comunista en Arequipa. Junto a la ascendencia materialista de los objetos o lo real absoluto aparece el poema acéntrico: ese readymade captado por el poeta, porque “somos buenos / y nos pintaremos el alma de inteligentes” para transformar las imágenes económicas (“nos llenamos la cartera de estrellas / y hasta hay alguno que firma un cheque de cielo”) y limpiar todos los paisajes en una comprensión más precisa de las fuentes y los límites del pensamiento: “se ha desdoblado el paisaje / todos somos enanos / Las ciudades se habrán construido / sobre la punta de los paraguas / (Y la vida nos parece mejor / porque está más alta)”

* Este ensayo, con algunas correcciones imperceptibles [por parte de la autora], ha sido publicado con anterioridad en Poesía Hispanoamericana. Imagem, imagem, imagem, Edición de Mariluci Guberman, Río de Janeiro, Universidad Federal de Río de Janeiro, 2006, pp. 69-80.

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Dialéctica ciudad-campo en 5 metros de poemas/ Carlos Germán Belli

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Carlos Oquendo de Amat

“En cuanto al paisaje campestre oquendiano, hay una particularidad que lo diferencia de la concepción renacentista, y es que en este escritor contemporáneo se opera la abolición del beatus ille, o sea, se esfuma el campo como ideal de reposo o apartamiento del mundanal ruido, porque en sus versos aparece constantemente refundido con el más opuesto de los mundos, como es el de la metrópoli moderna.
Así, los elementos propios del campo desmembrados, están presentes hasta en las piezas en que la experimentación llega a extremos. En esta casi perenne contemplación de la naturaleza, el poeta elige los caracteres más esenciales, como los del reino vegetal, que aparecen aún en los momentos imprevistos; y son, por lo demás, imágenes pertenecientes a la tradición lírica” (66)

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