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Ensayo

Carta abierta de Marco Fonz

Sobre poesía mexicana reciente.

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Marco Fonz de Tanya

Y creo que ya teníamos suficiente con las divas mexicanas como para ahora soportar a las divas latinoamericanas con todo y su Zurita y demás caciques y malos poetas y malas personas. Es una pena que nadie pueda detener esta avalancha de mala poesía con dinero público y que Jocelyn y otros justifiquen ese gasto cuando lo que hacen es contactos para ser invitados a otros países y que vivan como sanguijuelas durante todo su pequeño reinado y que no se de la calidad que dicen tener.
La otra pregunta es si en realidad los poetas mexicanos crecen en calidad y en conciencia escuchando a tanto vividor de premios poéticos y tanta lacra latinoamericana que a veces ni en sus países los conocen completamente y que al final sólo traen una visión todavía más provinciana que la que hay en México. Y además todavía los publican y los presentan como POETAS con libros muy malos como el del mismo Montecinos. ¿Quién les lavó el cerebro? ¿En qué momento se pierde la autocrítica, y la crítica y todavía publican a otros amigos más? ¿Qué pasa?

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JAIME GIL DE BIEDMA (1929-1990)/ Harold Alvarado Tenorio

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Muchos años antes de su muerte, ocurrida el 8 de Enero de 1990, Jaime Gil de Biedma se había convertido en un mito para la literatura española y su consagración como el más renovador de los poetas peninsulares de la segunda mitad del siglo pasado era evidente. Tanto para sus compañeros de viaje y generación, como para los poetas mas jóvenes, fueran novísimos o posteriores a ellos, el alto ejecutivo y el poeta catalán había revolucionado con sus escasos cien poemas, la lírica escrita en español. “Con su muerte se va una parte de mi vida” dijo José Manuel Caballero Bonald. “Nadie, en la poesía de este siglo, nos ha dejado tal cantidad de poemas y versos memorables” expresó Francisco Brines. “La poesía de Jaime Gil de Biedma es una de las mejores del siglo XX” sostuvo Ángel González.

Hijo de una familia vinculada a la aristocracia castellana, -su abuelo paterno fue Javier Gil y Becerril, senador vitalicio por el partido conservador; y el materno, Santiago Alba y Bonifaz, gobernador de Madrid y ministro de Marina, Estado, Instrucción Pública y Hacienda-, pasó los años de la Guerra Civil Española en una finca cercana a Segovia, estudiaría en Barcelona el bachillerato y parte de su carrera de abogado que concluiría en la Universidad de Salamanca, para luego hacer estudios de especialización en economía en Oxford, donde descubrió la poesía inglesa, una de las fuentes definitivas de su prehistoria poética. Desde muy joven ingresó como ayudante de su padre a la Compañía de Tabacos Filipinas, cargo que le llevó a todos los rincones del planeta, pero fundamentalmente al oriente, donde forjó cierto definitivo desprecio por su propia clase y su afecto y atracción hacia la belleza de los marginados y excluidos, donde encontró el placer y la justificación a una existencia maltratada por el dinero, el paso del tiempo, las excelencias de un gran poeta y un secreto y perverso amante de su propia imagen platónica.

En Compañeros de viaje (1959) puede encontrarse la arqueología del personaje poético que creó en sus libros posteriores.

Muy pobre hombre ha de ser uno —dice en el prefacio— si no deja en su obra —casi sin darse cuenta— algo de la unidad e interior necesidad de su propio vivir. Al fin y al cabo, un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia de un hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos, atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual— de unos cuantos entre ellos.

Al publicar Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) el Otro, «Jaime Gil de Biedma», había encontrado su voz. En el primero se amplían los temas de Compañeros de viaje, con una conciencia definitiva de su concepción poética. Gil de Biedma abandona toda esperanza de solidaridad colectiva y se queda consigo mismo. No es que presuma su condición única, sino que, por saber qué ha sucedido en la historia colectiva y no encontrar, en la cultura del franquismo, una respuesta a sus expectativas, sus miradas e inteligencia se vuelvan sobre el todo social. De allí que pueda hablarse de poesía política, creada desde la íntima experiencia.

En Moralidades predomina el tema erótico. Gil de Biedma sostuvo que sólo había escrito un poema de amor, y que los demás, son poemas sobre la experiencia amorosa, «un diálogo entre la historia amorosa, o entre la escena amorosa que retrata, y mi conciencia, es decir, yo». El amor en sus poemas es casi siempre un encuentro fugaz en un bar, una noche de prostíbulo o en casa ajena, con personajes que, como en Kavafis, existieron para perdurar en el texto.

En el ensayo que dedicó a Jorge Guillén dice que el amor, siendo tema literario habitual en Occidente, se halla en relación distinta a otros, como la nostalgia de la infancia, el sentimiento de caducidad de la vida o la esperanza de un mejor mañana. El amor—«que termina siempre mal»—, es una invención literaria que sin dejar de ser experiencia, sería lo que los franceses de entre siglos llamaron belle passion.

Poemas póstumos ofrece un personaje, conflictivo y matizado sicológicamente, que sabe de la pérdida de la juventud y el acercamiento de la muerte. La ironía del título remite a alguien que no es él mismo, que no puede reconocerse en la imagen que sus poemas anteriores le habían impuesto. Ha sucedido una transición, el tiempo ha hecho desaparecer al Otro, al que en Moralidades estaba en conflicto con su clase, con el tiempo y la historia. Ahora el conflicto es consigo mismo: los fracasos, las resacas, la destrucción de los mitos personales y colectivos y la ruina de Eros. El «paso del tiempo y yo» es su leimotiv. El protagonista de estos poemas es un adulto que padece los sentires del poeta joven, con un sabor a poesía maldita que enfatiza en los encuentros pagados, terminando por certificar la desaparición de ese «embarazoso huésped» juvenil, sin tener por quien reemplazarle y sin saber «como será sin ti mi poesía». El presente ya no es suyo, ni la vida, de la que se recuerda sin saber dónde está. La derrota es definitiva.

Lo que hizo de la poesía de Gil de Biedma un resultado pleno de su tiempo, no fue sólo la comprensión del papel y la conciencia del individuo en sociedades contemporáneas, sino la distancia, el alejamiento, con que se mira a sí mismo, a sus actos y pasado. Como si hubiese sido vigilado por la moral, la lengua y los ojos, del Otro que nos acompaña. Ironía, aliteraciones, desenfado, rimas internas, máscaras, asonancias, sordina, cambios rítmicos, refracciones, parodia y desdoblamientos son las claves de su lenguaje.

La fundamental experiencia del vivir —escribió en El pie de la letra — está en la ambivalencia de la identidad, en esa doble conciencia que hace que me reconozca —simultánea o alternativamente— uno, unigénito, hijo de dios, y uno entre otros tantos, un hijo de vecino. El juego de esas contrapuestas dimensiones de la identidad, que sólo en momentos excepcionales logran reposar una en otra, que incesantemente se espían y se tienden mutuas trampas, cuando no se hallan en guerra abierta, configura decisivamente nuestra relación con nosotros mismos y nuestras relaciones con los demás. Era ésa la experiencia, creía yo, que debe servir como supuesto básico de todo poema contemporáneo.

Poesía de la experiencia que continuó una tradición no «española», pero si «occidental», desde los tiempos cuando López Velarde y Cernuda, Eliot y Manuel Machado hicieron de la ironía y la dicción coloquial laforguiana, los instrumentos literarios de la modernidad. El orden y las melodías de los poetas del dieciocho desaparecieron al ser arrojados de la historia sus valores y sentido de la vida. El poeta moderno inventó nuevos signos, descubrió otros significados para dar imagen a un mundo sin rostro, y como remedio a su abandono, volvió sobre sí mismo, sobre lo único que posee, su adentro, su otro yo, que ofrece a todo el mundo para salvarse con las palabras, no sacralizadas, como uno mas entre la multitud. Poesía de la experiencia que no imita la realidad o las ideas, sino que propone un simulacro de ellas en el poema.

«He sido de izquierdas —confesó Gil de Biedma a un periodista— y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo». Vivió los últimos años en Ultramort, un pueblo de unos trescientos habitantes, en el Alto Alpurdán.

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir cono un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

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máximogómezbajando/ Mónica Volonteri (1964)

acuaticas.blogspot.com

El caso de esta escritora, nacida en la Patagonia argentina y afincada en la República Dominicana, no deja de resultar singular. Obvio, pareciera no tener que ver con el grupo generacional (poetas dominicanos del 80) donde por fines didácticos ahora la ubicamos. Por el contrario, una de las aristas –exhibe muchas y distintas– de su poemario titulado máximogómezbajando (San Juan/ Santo Domingo: Isla Negra, 2006) cuestiona, junto a neobarrosos e íconos del Cono Sur como Alejandra Pizarnik, aquella tendencia poética más bien petit committee: “Quiero escribir un poema épico/ porque me da la gana/ por que nunca se acaba de vivir/ y estoy harta/ de los géneros literarios/ de las cucharitas de café/ que ya no miden las vidas de los empleados de banco” (19). El mundo todo –en un momento pensábamos sólo Santo Domingo, la República Dominicana o, por extención, las Antillas en su conjunto– es un carnaval absurdo que pareciera gobernarlo un ser deforme y arbitrario (Quasimodo). Es decir, a través de sucesivos círculos concéntricos pasamos de lo local a lo cosmopolita, de lo privado a lo público. Miguel D. Mena, para variar, creemos acierta en el prólogo al libro de Volonteri con el significado que otorga a este épico movimiento envolvente y proliferante, lo mismo que a la pregunta por la autora; es decir, por la presencia de esta gaucha –de países enésimos– dando tumbos, esta vez, entre la sonora Villa Mella y la, siempre efervescente, Zona Colonial:

Ciertamente se habla de la “Máximo Gómez bajando”, toda una metáfora-clave secreta del capitaleño –o dominicano–. Bajar por esa Avenida es deslizarse por la historia dominicana de la modernidad, es chocar contra el mar, el mar que no es ese espacio que nos comunica sino ese muro que nos sumerge en cierta conciencia de burbuja. Mónica Volonteri está disponiendo en estas calles todos los mitos occidentales, desde Eurípides hasta Brecht, sin descontar toda aquella liviandad que podrían ser el ratoncito Mickey y su bandada […] Si se dice que su autora proviene del lejano Sur argentino, que hará homenaje a sus ancestros tribales israelíes, que ha estado andando por aquí y por allá y que tiró anclas en nuestra isla dominicana. Leyendo estos poemas debo confesar la borradura de todos estos datos (7-8)

Frente a lo cual, y siempre a favor del libro, debemos añadir el guiño vinculante o solidario hacia su género; por la Máximo Gómez bajando se ubica también el Instituto Oncológico donde, cito: “esperamos el resultado de la biopsia”. En síntesis, desmontaje semiótico, documento social, lectura feminista, catarsis íntima –todo esto junto y yuxtapuesto– conformarían este ambicioso poemario. Poema total que, sin embargo, no carece de desniveles; algunos de estos concernientes a la letra (exceso de versos, descuido del lenguaje, atiborramiento de las referencias, etc.) otros, los más importantes, referentes a la voz (talante del yo poético). Mónica Volonteri, urgida por la denuncia social, escéptica y sumida en el trance de su dolor (“con una sentida vocación por la lágrima”), confina la lectura general de su poemario a un gesto patético que, paralelamente, clama por un lector ético o humanista. Es precisamente por este gesto –conclusivo o sin salidas y carente de sentido del humor– que Volonteri no encaja con los poetas “neo-testimoniales” de los 90; los cuales, más bien, deploran el humanismo. Y sí, paradójicamente, con los literatos –de los 80– de los que pretendía la autora tomar radical distancia. Pensamos que Volonteri victimiza aquello que no entiende; entre esto, las relaciones de los hombres y las mujeres en el contexto del mundo de la bachata. Ésta no constituye, de modo necesario, el escenario sórdido, injusto para las mujeres o existencialista que el poemario nos propone. Mónica Volonteri no baila la bachata, tiene acaso los oídos sordos para esta música, aunque sí la entrevé, como en este refrescante pasaje de su máximogómezbajando: “Preferimos ser/ Antígona/ Medea/ Madre coraje/ Mamá Tingó/ Alfonsina/ Salomé/ Pizarnik/ cualquier enfermera soviética/ o bailarina lastimada en el codo/ que aceptar/ una bola del chico de la moto”. Pasaje refrescante y ligado a una subterránea vena socarrona del libro que, modestamente, pensamos la autora debiera sacar de modo más decidido también al exterior (pensamos en otras escritoras argentinas, y de ascendencia judía, como Alicia Borinsky, Ana María Shua o Luisa Futuransky). Preparación, curiosidad y mundo no le faltan.

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‘Segmentos’ de Eugenio García Cuevas (República Dominicana, 1961)

dominicanaonline.org

Estricto contemporáneo de Manuel García-Cartagena, aunque con toda una vida hecha en Puerto Rico (reside aquí desde hace más de tres décadas), los “segmentos” del profesor García Cuevas –45 de ellos, a modo de un único poema, constituyen su último libro, descendientes del sonido (San Juan/ Santo Domingo: Isla Negra, 2007)– son la antípoda del autor de “Antillas”. Motivo, este último, que también seduce e incluso obsesiona a García Cuevas, pero convirtiéndolo –a través de la catadura solemne y canónica de sus versos, típica de los de la “poesía del pensar” (generación de los 80)– en un guión espléndidamente banal. A pesar de morar en el Caribe, la visión de García Cuevas sobre su propio entorno es melancólica y estereotipada; carente de sentido del humor, su carnaval ha sido montado en un fatal día de lluvia… y allí no asiste o no se queda nadie. Sus poemas parecieran constituir un manual de inmersión en cultura antillana para extraterrestes… “fosco”, “pétreos”, añil” son algunos de sus gazapos modernistas, para no hablar de su insufrible retórica de utilería: “¿Quién oye la cortadura hiriendo los pulmones/ de los miserables que caen de la empapada yola / …/ ¿Qué papel soporta las partituras que garabatean/ en notas sombrías el sonido de esos ojos aguados/ cuando los pejes salvajes los explotan allá abajo? (“40”).

Hacemos mención de este escritor sólo para ilustrar las excepciones a la regla de lo que enfatizábamos en la Introducción de un trabajo anterior (Poesía dominicana en tiempo real: el que fuera secreto mejor guardado del Caribe); aquello de que el exilio físico de los poetas dominicanos fue o es, en general, beneficioso para desarrollar sus obras. Como podemos observar, esto no siempre es así y, más bien, en la distancia corremos el peligro de ya no conjugar el subjuntivo de nuestra cultura y quedar atrapada nuestra mente –si desde antes ya no lo estaba– en un museo de cartón piedra.

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Leopoldo Mª Panero: ¿Quién pone el punto de corte?/ María José Pastor*

elboomeran.com

¿La obra de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) es poesía? Si Panero es poeta, ¿lo es por su esquizofrenia o a pesar de la misma? ¿Actúa la esquizofrenia a favor o en contra de la poesía? Esquizofrénico y poeta no son sinónimos ni tienen una relación causa-efecto unívoca ni constante. Se puede ser esquizofrénico y no ser artista y viceversa. Pero ¿se puede ser ambas cosas a la vez?

Julia Kristeva, semióloga, poeta y psicoanalista, considera que la poesía surge de una violenta lucha por sostener/disgregar el lenguaje, entre lo simbólico y lo semiótico. ¿Cuándo la vuelta al plano semiótico pone en riesgo al sujeto? Mientras el creador arriesga su posición e inestabiliza el orden simbólico, el psicótico (se) disuelve (en) la significación. (1)

En su ensayo sobre Sade, Panero se refiere a la paranoia como algo desagradable, pero encumbra la esquizofrenia como algo exquisito e inofensivo.

La esquizofrenia puede abrir las puertas de la creatividad poética en la medida en que la percepción difiere de la percepción de una población normal. Si es que existe población normal, percepción normal, percepción estándar. ¡Qué difícil definir! Y la escritura poética puede estar favorecida por la pulsión semiótica de desestructuración del lenguaje. En Panero junto a las drogas, el alcohol y los fármacos antidepresivos, la esquizofrenia condiciona su visión/ liberación/ marginalidad. “Tal vez sean la causa de su canto desigual, desvencijado, trabado en ocasiones, pero impar, personalísimo impregnado de fuerza y provocación” (2)

Condicionan la percepción del yo y un distanciamiento que le permiten reconocer la falacia del mismo: “No es que esté solo, es que no existo /es que no hay nadie en esta playa / y ya ni yo aun me acompaño / son estos ojos cual dos cuevas / y en mi cabeza sopla el viento: / será la muerte como un vino?” (La canción del indio crow). Un yo que se relaciona con la realidad de forma vocacionalmente literaria: “Vivo bajo la fantasía prosaica del fin del mundo y no sólo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella”.(3). “Pero aventura no hay, lo sabes,/ más que por alguien, para alguien, como un poema,/ como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito.” (Pavane pour un enfant défunt). “Ni grito ni silencio sino algún canto cierto / y estar aquí los dos, al amparo del Verbo.” (Vaso).

Una realidad literaria que finalmente también es una farsa: “Hoy las arañas me hacen cálidas señas desde / las esquinas de mi cuarto, y la luz titubea, / y empiezo a dudar que sea cierta / la inmensa tragedia / de la literatura.” (Mutis).

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Prepucio Carmesí/ Edson Pacheco Briceño (reseña)

editorial-ene.com

Prepucio Carmesí es una obra que utiliza toda una diversidad de géneros para entregarnos a los lectores la “biografía apócrifa” del escritor Pedro Granados cuyo seudónimo es Juvenal Agüero. Asimismo nos ofrecerá el relato de sus relaciones con sus bellas y elásticas mujeres. Por tal razón su nombre: Juvenal. Porque su vida es una eterna juventud.

La obra presenta la técnica de alternancia múltiple. Es decir, son pequeños capitulillos donde no existe una secuencia lineal pero que se encuentran artísticamente entrelazados. Sin embargo parece claro que la historia comienza con el niño Juvenal a quién se le ha quedado prendido el prepucio en la cremallera y repite enojado “Nadie es feliz”. De este modo el narrador por momentos aparece en primera persona y otras veces en tercera persona. Este guiño parece indicar que la obra es como un blog y debería ser leído como tal.

La confluencia de diversos géneros en una sola obra viene a significar esencialmente la hibridez. Esta hibridez se observa también en el lenguaje, Granados alterna frases coloquiales y formales. Hibridez en las mujeres que elige o lo eligen. Hibridez o mestizaje en el origen étnico de Juvenal. Diversidad en los lugares donde vive. Este último rasgo le otorga a Juvenal la categoría de cosmopolita, aunque él es más “feliz” en los países del sur.

Por otro lado no debemos dejar de observar que Juvenal está inmerso en un contexto histórico que determina su modo de pensar. En esta historia se puede probar el discurso materialista que afirma que la materia antecede y determina el devenir del sujeto. Juvenal es hijo de padres quechua-hablantes y nacido en un barrio popular de la “blanca” ciudad de Lima. Véase página 89 y 90 del libro para entender a qué alude el término blanca. Tal situación determina que en su discurso haga énfasis en las complicadas relaciones de las clases sociales.

La obra a su vez es una mezcla de erotismo, humor, crítica social y juventud. Juvenal Agüero es una persona que se relacionará con muchas mujeres. Alejandra, Rosa, Ramsa y entre otras que entrarán a la vida de Juvenal enseñándole sobre la vida o los secretos del cuerpo. Digo “entrar” porque él no las olvida e incluso se lamentará por haberlas dejado, bajo esta perspectiva Juvenal no utiliza a las mujeres y tampoco las cosifica. El erotismo será solo una puerta de entrada para algo más esencial e incorruptible.

El humor en Prepucio Carmesí es uno de los rasgos más logrados. El autor emplea y dosifica el humor a lo largo de la obra. Incluso en los momentos de mayor seriedad hay una pequeña cuota de ingenio humorístico. Por ejemplo, cuando el pequeño juvenal ha leído su poema en la clase y el profesor le ha dicho que sus versos son tan tristes que parecen hechos por Inca Pachacutec. Todos sabemos que si el Inca Pachacutec hubiese escrito poemas estos no serían nada tristes puesto que este inca fue uno de los personajes decisivos en la construcción del Tahuantinsuyo. Por esta razón su nombre puede ser traducido como “El transformador de la tierra”.

La crítica social será un aspecto sustancial. Juvenal crítica entre otras cosas, el racismo de los limeños, por lo cual llamará “blanca” a la ciudad de Lima, no solo por la niebla característica de su clima si no también porque su gente tiene ganas… corrijo, compulsivas ganas de ser blanca. Pese a ello debo decir que muchas de las afirmaciones de Juvenal no poseen pretensiones de verdad, de lo contrario tanta seriedad aburriría al lector.

La intertextualidad es un rasgo recurrente en la novela de Pedro Granados. Aunque novela es un término que no termina por definir el texto como lo he mencionado al inicio. Juvenal nos menciona libros como el de Carlos Malpica “Los Dueños del Perú” o algún poema de Jattin como el famosísimo “te quiero burrita”. Este elemento apoya la historia y al mismo tiempo le otorga dinamismo pues el lector por unos momentos divagará en sus recuerdos sobre los textos citados.

Prepucio Carmesí es una obra singular e interesante. El título esconde un símbolo esencial en el ser humano. El Prepucio viene a significar la cubierta que nos separa del mundo y nos mantiene encerrados y sin luz. La ruptura de ese prepucio es la salida al mundo para desenvolvernos como pensamos y sentimos y sobretodo para ejercitar nuestra libertad.

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AL FILO DEL REGLAMENTO: ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA POÉTICA DE PEDRO GRANADOS, UN AVIS RARA EN LA POESÍA PERUANA/ Maurizio Medo

lasiega.org
Maurizio Medo (Lima, 1965)

Con los oficios, ocurre, que estos alguna vez contrastan con la actitud que asume el sujeto quien lo desempeña. Cuando imaginamos a un filósofo inmediatamente le asociamos con la imagen de un sujeto en pasmosa quietud, buceando dentro de su psiquis en procura de la Episteme. Su acción, el “pensar”, la establecemos inmersa en la pasividad, en un estado de perpetua meditación, casi de practica ascética. Solos, el filósofo con su silencio escudriñará la real naturaleza de las cosas y, tal vez, de otros planos más elevados en su existencia. Cuán contrastaste resulta la figura de E. M. Cioran desafiando al mundo (y sus preceptos) desde el manubrio de su bicicleta, eludiendo peatones y automóviles, mientras, sí, filosofaba a contracorriente de los estereotipos. A los físicos les armamos toda una parafernalia donde su espacio es repletado por hatos y hatos de planos colmados de cálculos y probabilidades. Quizá hasta un anacrónico alambique adornaría con decoro su laboratorio, más próximo a lo que podría ser, o de lo que se supondría es, que de la misma realidad. Así, poco creíble, casi fabulesca, se nos aparece la manzana, caída del árbol sobre la testa de Newton para convertirse no sólo en un fruto sino en su ascesis a la existencia de la Gravedad.

Al poeta, siguiendo con las imágenes que forja nuestro subconsciente, lo alucinamos de tamaño insignificante ante la enormidad de su biblioteca –espacio de encuentro entre los espíritus, desde la perspectiva borgeana– o, de lo contrario, enorme y furibundo junto a los trasnochados parroquianos del bar. De acuerdo al mito, el oficio poético (casi como el filosófico) es vinculado con el sedentarismo. Algunos anecdotarios dan cuenta de cómo algún autor hacíase atar a la silla para no claudicar en su obligación con las masas. Si nuestro poeta se viera obligado a viajar su destino ya está prefijado en la bitácora, ¿dónde sino Paris, la Ciudad Luz e inspiradora? Ahora, si su necesidad por poetizar resulta inconmensurable, ya no París, sino que, estoico, alejaríase del mundanal ruido citadino extraviándose en algún caserío, no consignado en la cartografía.

Divago sobre las imágenes y estereotipos para aproximarme a un poeta, quien con su actitud los derrumbaría, Pedro Granados, un “avis rara” en el bestiario de nuestro Parnaso. No lo ubicamos entre peruanísimos carajos, entregado a sendas francachelas con anónimos borrachos en el infierno de Quilca. Tampoco sorbiendo embobado un capuccino con crema mientras, de reojo, es hechizado por la belleza de una musa miraflorina, con quien compartiría la mesa, edulcorándola con coquetona prosodia. Granados puede amanecer bien en Madrid o en Cartagena de las Indias, mañana a orillas del río Charles o entre los anillos de Santa Cruz de la Sierra. Viajero sin bitácora, habitante solitario de su paisaje interior, Pedro Granados (Lima, 1955) se inició en la poesía junto a José Antonio Mazzotti, Rossella Di Paolo y Jorge Eslava, es decir, en los albores de los 80 –generación que, como explicáramos alguna vez– optó por escribir desde las márgenes, desconcertada por el vacío, ocupando el centro retórico. Cada uno de ellos en vez de practicar el parricidio (típico deporte en nuestras letras), se aproximó a la tradición poética de acuerdo a su instinto, asumiéndola desde particulares preceptos. Lo curioso está en que sus compañeros de ruta son una presencia constante en las antologías “oficiales”, denominadas alguna vez como creaciones literarias- mientras que Granados, en esas páginas (muy sospechosas, por cierto) aparece como una ausencia la que, contradictoriamente, conviértese en una presencia necesaria para otorgarle legitimidad pues, con el paso (y el peso) de los años, encontramos resonancias de su obra en la que van construyendo los poetas mas jóvenes. No se trata, como otros de sus contemporáneos, en un sembrador de epígonos, vía talleres literarios, mas sí en una lectura “secreta”, para algunos de cabecera pues, junto a Carlos López Degregori, es el autor de una de las Obras (con mayúsculas) mas sólidas en la ultima poesía peruana.

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‘PRÓLOGO’/ RAFAEL SOTO VERGÉS

www.elpais.com
Poeta gaditano, Rafael Soto Vergés

Desde la publicación de su primer libro de poemas (Sin motivo aparente, Cuadernos del Hipocampo. Lima, 1978) hasta el postrer editado, por ahora, (Lo Penúltimo, Edic. Asaltoalcielo. Massachussets, 1998), la producción poética del autor peruano Pedro Granados no sólo ha mantenido una línea ascendente de calidad expresiva, sino que ha conservado los caracteres estilísticos por los que su poesía ganó, desde el comienzo, una indudable y noble carta de alta naturaleza lírica.

Pedro Granados nació en Lima (Perú) en 1955. Su vocación de escritor corrió siempre pareja con su labor docente. De la época de su primera entrega poemática (1978), consta ya su experiencia como asesor de los talleres de creación literaria, en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Podría temerse que, como Jefe de Prácticas Literarias en dicha Universidad, o como crítico literario, en revistas especializadas y diarios de Latinoamérica, su propio quehacer poético quedase contaminado por los arrastres de material retórico, o por las hojarascas de perceptivas literarias que, lamentablemente, suelen acompañar al poeta/docente y, también, al crítico/creador. Sin embargo, si hay algo que a primera vista destaca en su poesía, es una forma de frescura elocutiva, un decoroso sello de emocionada y espontánea, sabia sinceridad. El bagaje académico (el poeta verdadero nace: no se hace ni deshace), como vimos en la excelsa tropa de los poetas/profesores de nuestra muy apreciada Generación del Veintisiete española, no hizo sino acrisolar (podría decirse inculturizar) su genuino etymon creador, sus visiones del mundo, el más profundo centro y fundamento de su rica estilística genética. En 1988, Pedro Granados viajaría a Madrid (fue entonces cuando le conocimos), becado al “XXII Curso Iberoamericano para profesores de español”. Más tarde, entre los años 1990 y 1993, residió becado en Brown University, donde obtuvo un Master of Arts en Hispanic Studies. Durante los años 1995 y 1996, tendría a su cargo los cursos de Creación Literaria en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde 1997, él se encuentra becado en Boston University, donde está culminando un doctorado en Literatura Hispanoamericana.

Entre tanto avatar académico, a nuestro viajero le ha seguido siempre, como una propia sombra natural, esa mochila de conceptos propios, de ideas claras y entrañables, de acepción muy íntima y profunda sobre la poesía que siempre, por naturalidad y convicción, ha deseado hacer. Ello ha sido posible (no podía ser de otra manera) porque mantuvo siempre abierto aquel rojo teléfono de urgencias, aquel sagrado hilo conductor, entre las peripecias y la esencia, entre la cultura y la pasión, y sobre todo (ése ha sido el título de uno de sus más valiosos libros), entre El corazón y la escritura.

LOS SUPUESTOS HISTÓRICOS DEL ESTILO

La primera vez que encontraremos a la poesía de Granados inserta en algún cuadro generacional ha sido en la antología titulada El baile de los que sobran. Poesía peruana de los años ochenta (Edic. “Banco Móvil”, N° 58. México, 1993). Cierto atisbo de marginalidad se advierte ya en el título de la citada antología poética. Sobre este aspecto puede correr mucha tinta. Los poetas de grupo, de algún modo, procuran institucionalizar su coro en algún molde igualatorio. Las promociones y generaciones tal vez tan sólo sirvan para rescatar a algunas voces singulares, personales, coladas al descuido por el tamiz del grupo. Se teoriza mucho sobre la eficacia de ese método histórico de los esquemas generacionales. Se saca a colación, por ejemplo, la pauta establecida sobre los estudios de Ortega, Julián Marías, Bousoño, Wilhelm Pinder, o Julius Petersen, entre otros. Pero frente a la relatividad, a la confusión conceptual, y a las contradicciones de los métodos, preferimos abandonar este debate. A la poesía oficial le conviene la norma de unos determinados usos estilísticos, y hasta el imperativo de las modas, la adecuación ideo/histórica, marcada por su efímera vigencia. Pero un poeta auténtico, como es Pedro Granados, suele vivir su vida intrínseca, nunca la de un grupo o una generación.

Como es sabido, la totalidad de los movimientos poéticos peruanos tiene dos fuentes iniciales: una, la de la fractura formalista (entiéndase modernista), que consumó Eguren; otra, la de una eclosión intimista (¿convendría decir expresionista?), aureolada por una rica fronda de motivos indígenas, influencias sociales y, sobre todo, la novedosa y ágil potenciación semántica del puro sentimiento, exacerbado en aras de la propia creación. César Vallejo, padre de esta segunda fuente, aún sigue discurriendo con sus aguas, purificadoras y briosas, por todos los meandros y regatos de la poesía iberoamericana contemporánea).

Estamos intentando despejar una forma de entidad estilística en la poesía de Pedro Granados. No viene mal, entonces, recordar, por ejemplo, el industrialismo de Juan Parra del Riego, o los variados ismos de Alberto Guillén, o las impresiones surrealistas de Emilio Adolfo Westphalen, o los vanguardismo de Xavier Abril, o el neogongorismo de Martín Adán, o los indigenismos de Alejandro Peralta, por citar algunos casos importantes de evidentes desviaciones estilísticas. Con el paso del tiempo, los líricos peruanos siguieron fluctuando entre motivaciones indigenistas y sociales y un renovado formalismo que, a veces, tiende hacia la factura estetizante. No olvidemos, por fin, esa revolución profunda del lenguaje que, a mediados de los años sesenta, parece un acarreo de la poesía inglesa; ni los radicalismos vanguardistas que, en su última hora, deambularon hacia unos estilos personales más atemperados, reflexivos.

La tradición historiográfica y de crítica literaria dirá la última palabra en el establecimiento de valores, dialécticos y expresivos, entre tanta variedad creadora. En nuestro intento de aproximación a las peculiaridades estilísticas que informan la poesía de Granados, convendría citar el marco promocional, tal vez generacional, constituido por poetas como E. Chirinos, J.A. Mazzotti, G. Pollarollo, R. di Paolo y L. Rebaza, entre otros compañeros también formados, como nuestro autor, en las aulas de la Universidad Católica.

Con frecuencia se observa la paulatina descomposición del concepto unitario y emblemático que ostentaron muchas generaciones del pasado. La revisión llegó a sus filas, que no eran completas ni verdaderamente representativas. Consecuentemente, el estigma de marginación es un valor de cambio fluctuante. De cualquier modo que se mire, la cuestión capital radica en la escasez de voces personales. Por todo ello, creemos sobre todo en el concepto de poeta isla. La crítica historicista y sociológica frecuentemente se equívoca. Una sociología poética no aumentará la gloria del Vallejo. Ni borrará los gozos y las lágrimas de este eterno viajero que es Granados.

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‘Perú, España y el tema del exilio en la poesía de Pedro Granados: El corazón y la escritura‘/ Rafael Cabañas Alamán

En síntesis, y haciendo un breve recuento de la obra poética de Granados, notamos lo siguiente: En Juego de manos ya aparece una temática que se centra más en lo cotidiano, al contrario que sucede en Sin motivo aparente, donde se reflexiona sobre la poesía. Ambos poemarios tienen en común el tema de la naturaleza. En Juego de manos llegamos a ser partícipes del amor a la naturaleza. La idea del destierro está ya en “Ballenas blancas.” Hallamos un erotismo comparable al que leemos en poemas de Jorge Eduardo Eielson, cuyos versos en Noche oscura del cuerpo son también duros y espontáneos. Sin embargo, al contrario que Eielson, en Juego de manos Granados no recae en el narcisismo casi obsesivo del cuerpo (25). Como Nicanor Parra, Granados escribe sin el propósito de crear un falso estigma de endiosamiento: “líbrenos de poetas y prosistas / que sólo buscan fama personal” (5-6), dirá Parra en “Nuevos sermones y réplicas del Cristo de Elqui” (26).

El muro de las memorias es un poemario del dolor. En palabras del poeta: “El muro de los lamentos,” (27) de manera similar a como lo expresa Luis Cernuda ya en “Primeras poesías,” quien escribe: “No quiero estos muros.” (28). En la primera parte, “Del hogar,” la familia adquiere un papel importante. Versos como “Toledo” ensamblan dicha sensación con el tema de la soledad. Sin embargo, empezamos a percibir lapsos de optimismo, momentos que van haciendo aflorar un conformismo endulzado por la satisfacción de libertad que respira el poeta en el exilio: “Qué bueno es sentirse ampliado / desparramado sobre esta ciudad” (págs. 44-45).

En la segunda parte, “De la literatura,” el poema se consuela por medio de literatura y teniendo presente la literatura. Intenta combatir su propia ira y agresión:
“Si alzando la manos,
formando una garra,
pudiera desgarrar
mi cielo mas próximo” (29)
palabras subversivas que nos llevan a Parra: “Si todavía tiene poder el Señor / que nos libre de todos esos demonios” (10-11) (30).

En la tercera parte del mismo poemario, “Del amor,” continúa el tono de amargura. Su corazón es “un saco de odio,” y aparece el terna de la muerte:
“Me fui al cementerio
para constatar
que no estaba
entre los muertos (31)
humor negro que recuerda a Ramón Gómez de la Serna, el gran humorista de los cementerios, quien habla “del cementerio de la vida.” (32). Sin embargo, la tristeza sigue patente en Granados: “ya se que soy un hombre muerto” dirá en el poema “Es media noche” (60). Rememorando a Quevedo leemos en A N.K: “La muerte esta tiernamente/ siempre con nosotros” (6-7).

En su antología personal El fuego que no es el sol, (1982-1992), la segunda parte es una colección de poemas inéditos. El tono de tenue amargura sigue candente, y resuenan ecos de un misticismo que no llega a resultar anacrónico: ¿Cómo salvar mi alma ahora de esta prisión?” (33). Domina el poemario una gran fuerza de expresión. Son versos del exiliado que se siente desolado y que exige compañía. Su Perú está siempre en él: “Días del Perú, no me abandonen” (l0) (34). Afloran versos como luces intermitentes que iluminan su patria o a su amada, y en ocasiones convergen simultáneamente ambos recuerdos en su pensamiento, como leemos en el verso (35) “El Perú y mi amor” (7). Hay confluencia de imágenes del Perú y de los EE.UU., como en “Hace más de quince años.” (36). Los indicios de amargura se van disipando. Hallamos testimonios de una postura de aceptación: “Mi lugar es la incomodidad” (44) (37).

El tema del amor adquiere connotaciones más generales. El poeta se siente como un niño, como “lobezno sin madre” (5), como declara en “Después de herirme con tu belleza.” (38)

La diferencia entre estos tres poemarios y El corazón y la escritura es notable. Esta es una poesía de madurez y superación. Pedro Granados nos ofrece una mayor amplitud del prisma personal que compone su propia perspectiva poética. Son versos motivados a raíz de experiencias concretas que se comparten desde el exilio voluntario, exterior e interior. Es una poesía sincera, reiterativa, sencilla y mucho más rica en matices expresivos que la que ofrecen sus libros anteriores.

La trayectoria poética que sigue el autor es sin duda de superación en todos los sentidos. Se siguen tratando temas de siempre, pero las vivencias del viajero incansable, del poeta en el exilio y del profesor de universidad, quedan poetizadas con una pluma de cuya tinta se desprenden palabras menos sensibleras. Hallamos diferentes tonos de voz, percibimos diversas fuentes de influencia y se evocan diversos, recónditos y significativos parajes para el poeta.

El fondo apolíneo y la vena de los clásicos también está en estos versos, pero es un poemario de aceptación, mucho mas diverso y colorido que los escritos anteriormente. El deseo de hallar un ente, que pasa a ser indefinible e inexistente en El Aleph de Borges podría compararse al tema de la búsqueda en la poesía de Granados, búsqueda por un algo que no llega. Sin embargo, hallamos un sentimiento de noble aceptación. A la preocupación existencial se solapa lo anecdótico. Lo lúdico pasa a ocupar parte importante en El corazón y la escritura, rememorando a Martín Adán, Luis Hernández, Nicanor Parra, o a Ramón Gómez de la Serna. Humor combinado con lo serio, como está sucediendo en algunos escritores importantes en la narrativa actual peruana, como es el caso de Alfredo Bryce y de Mario Vargas Llosa (39) y de la narrativa latinoamericana escrita por mujeres bajo influencia de Cortázar, tipo Ana María Shua.

La variedad de temas tratados va a la par con un colorido espectro de tonos poéticos. A cada idea o memoria le corresponde una estrofa, que normalmente corresponde a un poema. Abundan los diminutivos, típicos del lenguaje hablado, coloquial y afectivo. Los juegos de palabras descubren un ingenio interesante y fuertemente arraigado en los clásicos. Es una poesía ecléctica, de contrastes, y al mismo tiempo sencilla. Todo queda poetizado en El corazón y la escritura, poemario que deja traslucir un nítido sesgo clásico ingeniosamente adaptado a unos poemas actuales, intensos y sinceros. Son versos que brotan del corazón de un poeta peruano culto y que configuran el carisma de una nítida voz que se alza libremente en el exilio.

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Vallejo sin fronteras (Vallejo without borders)

andes.missouri.edu

INTRODUCCIÓN

ARTÍCULOS
2009 “Mujer, fatal, compañera y madre en la poesía de César Vallejo” (Inédito)

2008 “El Taller Literario César Vallejo en la República Dominicana”. pp. 123-136 IN: Berroa, Rei (ed.); Aproximaciones a la literatura dominicana, 1981-2008. Santo Domingo, Dominican Republic: Banco Central de la República Dominicana; 2008. 338 pp. (book article)

2007 “Trilce: muletilla del canto y adorno del baile de jarana”. Lexis, October. And [www.ucm.es/info/especulo/numero36/ – 23k -]

2007 “El diálogo Borges-Vallejo: un silencio elocuente”. Variaciones Borges, No 23. Abril. 183-205.

2006 “Compromiso y magia en la poesía de agitación política: El caso de Roque Dalton”. V Congreso Internacional de Literatura Hispánica. Lima, March 8-10. [http://blog.pucp.edu.pe/item/11990]

RESEÑAS Y CRÓNICAS

2008 “Trilce y Georgette”. Blog de Pedro Granados [http://blog.pucp.edu.pe/item/40741]

2008 STUMBLING BETWEEN SEVERAL ENEMIES? (Reseña a libro de Stephen Hart, Stumbling between 46 stars) Blog de Pedro Granados [http://blog.pucp.edu.pe/item/20436]

2005 “César Vallejo y su pensamiento cuantitativo”. Escritores y poetas en español [www.letras.s5.com]

2005 “Crónica de Santiago de Chuco. César Vallejo: al filo del reglamento”. Escritores y poetas en español. [http://www.omni-bus.com/n2/chuco.html]

CONCLUSIÓN

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