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Ensayo

La soledad impura de Pedro Granados/ Juan Carlos de la Fuente Umetsu

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Desde el inicio, Granados nos habla sin medias tintas, apuntando al blanco y dándonos en el centro del pecho. Su narrativa y sus reflexiones se valen de las ideas como vehículo de contención y de la emoción como una puerta abierta para la sensibilidad, sin límites (quien pueda sentir, que sienta). Un tajo de verdad, de autenticidad, de sinceridad en el punto vital de este reino de las apariencias y de los estados unidos virtuales.

No hay nada político en lo que dice, pero todo es político. Como los herméticos italianos se vale de la poesía para denunciar, pero se asienta más allá de lo panfletario, en la esencia de la poesía, en ese lugar que trasciende épocas como un río perpetuo, y que va recorriendo las diversas realidades históricas a través de un hilo conductor: custodiar la belleza-verdad, cuya peculiaridad es cambiar siempre de rostro: somos uno siempre, y esta es la razón por la que podemos realmente ser todos.

En la primera parte “De nuevo a casa”, hay un poema notable el número 3 (A Germán, i.m.). Me tomo la libertad, de citar un fragmento:

“Estás muerto. Muertísimo.
Hecho todo un cadáver
No lo niegues.
Muertos tus recuerdos.
Muerto el amor
desde hace mucho tiempo.
Mano que se abre
y exhibe las entrañas.
Mano que se cierra
y escribe,
Has dosificado las palabras.
Pero tu corazón gira
sobre la estepa. Va dando tumbos.
Pero ahora es solo la muerte.
Te llamo porque me muero.
Te digo adiós para siempre.
Juntos y disciplinados
todos. Calzados incómodamente
para esta nueva civilización.
Te llamo desde una ventana.
El Perú ha sido una trampa.
Trampa para los afectos,
para dejar la lengua
a la intemperie.”

En la nota de prensa que nos invita a la presentación del libro, el poeta Julio Heredia señala sobre Pedro Granados, lo siguiente: “Desde que publicará en 1978 su primer poemario, “Sin motivo aparente”, no ha dejado de producir guiado por una ética de la justicia y una vocación innata por explorar las entrañas de la palabra. “Soledad Impura” es su más reciente aventura literaria y el décimo libro de poesía que publica. Se trata, una vez más, de constatar la realidad mediante la inasible palabra. Nombrar las cosas y el acontecer es aquí otorgarles unas alas que llevan más allá de lo tangible”

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ARMANDO ALMÁNZAR BOTELLO/ Pedro Granados

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Armando Almánzar Botello, al centro de la fotografía

«…Armando Almánzar Botello da un resuelto paso adelante desde una estética del pensar de la que él constituye —es un secreto a voces— un no bien reconocido agente o precursor literario. Buenos oficios los suyos…»

«…Armando Almánzar Botello, en la República Dominicana; de lejos el mejor poeta actual de su país y uno de los más destacados de entre todas las Antillas…»

«…En este poemario singular [“Cazador de agua y otros textos mutantes”], poco a poco vamos entendiendo que nos hallamos en plenas Antillas del futuro, pero donde el sujeto poético es ya también una máquina él mismo; observador privilegiado de un aleph, aunque esta vez caótico y no menos preñado de horror. Imagen elíptica, pues, de nuestro kafkiano presente. Leída así esta obra pone en evidencia su auténtico valor y relieve —la pertinencia de su crítica y testimonio— no menos que su gesto de libertad imaginativa y su, bienvenida sea, sangre ligera u oportuno sentido del humor…»

«…La poesía de León Félix Batista, probablemente junto con la de Armando Almánzar Botello, debiera ser el auténtico ícono de la generación dominicana de los 80; en el sentido de un rompimiento y superación, al interior mismo de su generación, de la “poesía del pensar”. Ambas son, a su modo, complementariamente neobarrocas: más culterana la de Almánzar-Botello (analógica y llena de referencias eruditas), más conceptista la de Félix Batista (analógica y centrada en la elipsis de la frase y el cultismo del vocabulario). Además, es particularmente relevante en las dos propuestas poéticas su auscultamiento del tema de lo andrógino…»

«…En todo caso creemos que, frente al burdo conservadurismo generalizado en los 80, los versos de Armando Almánzar Botello y León Félix Batista lucen, a contracorriente, una sutil aclimatación de la cultura y sensibilidad popular (incluso marginal o lumpen); lo cual, ya de por sí, no solo es una propuesta distinta sino también fundadora…»

«…La poesía de Armando Almánzar Botello (escribe sus versos entre 1977 y 2012, aunque publicó su primer libro en el año año 2003) presenta, junto con la de Pastor de Moya, afinidades muy significativas. Aunque Pastor de Moya es menos “intelectual”, de algún modo ambos poetas ensayan en sus respectivas obras una constante metamorfosis de escenarios e identidades: El cyborg o lo andrógino parecieran ilustrar esta sostenida vocación. Y con esto volvemos, por cierto, una y otra vez –y en uno y otro poeta– a la condición o naturaleza misma del carnaval. Espacio de lo múltiple, por excelencia, y no menos de lo inclusivo. Tiempo donde las identidades se hallan suspendidas, están en intercambio, y no funcionan ya los roles —tampoco las formas de pensar o dividir a la gente— institucionalizados. Es en este sentido que, frente a una postura unidimensional, canónica y clasista como la “poesía del pensar” (a la cual motejaremos como apolínea) tenemos aquella otra (dionisíaca) mucho más tolerante y aglutinante; en una palabra, más democrática, sin restarle con esto un ápice su rigor y calidad literarios…»

«…Percibimos por primera vez en la República Dominicana un grupo poético, entre las expresiones recientes, en abierta negación del refrito estético anterior; que —con algunas honrosas excepciones (Leon Felix Batista, Ylonka Nacidit Perdomo o Armando Almánzar Botello, por ejemplo)— ha continuado hasta muy avanzados los 90…»

«…Nos alivia y llena de fe, eso sí, encontrar el modo tan natural como se antologa y cita, últimamente, la obra de Armando Almánzar Botello, auténtico émbolo cultural al interior del cuerpo poético de la media isla en los últimos treinta años… reconocido a regañadientes o no; saqueado, hasta hace poco, y pirateado en su propio país todavía impunemente…»

 

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William Rowe contra sí mismo

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Poeta Magdalena Chocano

William Rowe*: “No se debe tomar por sincera la sinceridad del poeta

“No hay una especie de temporalidad única y homogénea en la poesía”.

“Hoy, no se debe tomar por sincera la sinceridad del poeta [hoy ni tampoco antes; ni mucho menos  la del crítico]”

“El público para la poesía está todavía con la cabeza en las modalidades tradicionales”

El asunto es relativamente simple: de qué público y de qué tradición nos habla William Rowe.  La novedad fundamental y más positiva para la poesía y su crítica, en el mundo globalizado de hoy, es la emergencia de lo particular: de la pertinencia de los saberes y prácticas locales versus los saberes y prácticas cosmopolitas, coloniales y tradicionalmente dominantes y canónicas (llámense europeas o norteamericanas).  Mundos lejanos a Adorno (Doris Sommer dixit) a los que asimismo, pareciera, no atina a entender William Rowe.  Cómo es posible, existiendo ya el descentramiento del yo vallejiano –obra sobre la que el profesor inglés pasa como un especialista– donde es más pertinente concebir al sujeto poético en tanto “archipiélago” y donde no falta el intercambio u opacidad de roles genéricos ni la parodia, tener que ampararse –para describir todo aquello– en referentes tan dudosos como Raúl Zurita o Eduardo Milán**… porque  a Olvido García Valdéz recién la estamos leyendo en la página digital “Poemas del Alma”.  O William Rowe no la ve (hablando del Perú, el aporte extraordinario de Luis Hernández que inagura su poesía postmoderna; o la magnitud, popular y poética, de los versos de Magdalena Chocano) o, en buen peruano, sencillamente se hace aquí el cojudo.

 

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ACTAS DEL CONGRESO INTERNACIONAL ‘Vallejo Siempre’ (Reseña)

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Este espléndido congreso internacional (Lima, Trujillo, 20-24 de octubre de 2014) tuvo, entre otros aciertos, la feliz idea de publicar sus actas por anticipado y en dos tomos: Gladys Flores Heredia (ed.) Vallejo 2014 (Lima: Cátedra Vallejo), quedando pendiente incluso la publicación de un tercero, con el objetivo de: “cartografiar el estado de la cuestión respecto a los estudios vallejianos en lo que va de estos dos primeros decenios del siglo XXI”.  Ambos volúmenes constituyen una selección generosa de las ponencias presentadas en aquel evento.  Estructuradas, a su vez, entre aquéllas dedicadas al estudio de la poesía y narrativa del autor de Trilce(Tomo I).  Y los artículos correspondientes a “Tesis, artículos periodísticos y crónicas”; “”Recepción crítica, traducción y representaciones vallejianas”; tanto como “Vallejo: vida, educación, política y otras constantes” (Tomo II).  Nuestra reseña, por su lado, ventila algo semejante a una inevitable segunda selección entre aquellos casi sesenta estudios compendiados en estos dos  interesantes volúmenes.
            En general, respecto a una dialéctica que nos animaríamos a describir entre saberes y prácticas cosmopolitas (George Lambie, Alain Sicard, Ricardo Silva-Santisteban, etc.) vs. saberes y prácticas locales (Enrique Foffani, Gonzalo Espino Relucé, Stephen Hart, etc.), constatamos que en dichas ponencias existe un balance entre ambas maneras de situarse ante el estudio de la obra de César Vallejo; con acaso mayor expectativa, en cuanto significación o interés de los artículos antologados, de la segunda frente a la –canónicamente predominante– primera manera.  No es que, dado el caso, detectar la presencia Pitágoras o Ernst Haeckel en la poesía de Vallejo sea prescindible o irrelevante, ni mucho menos.  Es más, en particular el texto de Alfredo Rosas Martínez (UAEM), “Destrucción de la armonía pitagórica en Trilce”, se muestra aquí incluso necesario –en su insularidad o “esoterismo”– frente a la abrumadora mayoría de trabajos volcados a la biografía, al hogar, a la madre o, sobre todo, a la filiación política del poeta.  Sin embargo, a estas alturas del adentramiento en el conocimiento de la vida y obra del autor peruano, pareciera que nuestro criterio y sensibilidad actuales –sobre todo desde la óptica de los estudios post-coloniales– se inclinan o requieren situar aquella obra en su contexto literario, político-ideológico y cultural sean estos peruanos o regionales.  De esta manera, por ejemplo, un texto tan bien articulado y sugestivo como el de George Lambie (“La política de César Vallejo en el siglo XXI”), sobre todo en aquello de vincular a Vallejo (tal como lo estuvieran Orwell o Malraux) con la causa del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) –democrático y liberal, frente a fascistas y comunistas– nos puede resultar hoy en día  ontológicamente insuficiente, por más interés o pertinencia que guarde aquí, según Lambie,  la relación Vallejo-Gramsci.  Por qué no incluiríamos en el escenario de la concepción política vallejiana del siglo XXI, por ejemplo, un mito como el de Inkarrí. Pareciera que un punto de vista crítico urbano no se sostiene por sí solo sin incluir el saber o herencia cultural locales: “mapeado por la tendencia de los pueblos amerindios a la incorporación barroquizante de lo exógeno asimétrico” (Amálio Pinheiro).  Más aún si nos proponemos comprender a un autor como el nacido en Santiago de Chuco.
            Otro tanto de lo anterior sucede con la filología del reconocido profesor Alain Sicard (“Avatares de la carencia”); donde, una vez reconocida su deuda con el binomio conceptual “abundancia/ carencia” de Julio Ortega, el profesor francés se propone estudiar: “la carencia [solidaria] a partir de la cual la poesía de César Vallejo realiza su propia secreción”.  En el interín de su trabajo, Sicard coteja conceptos y ensaya análisis de textos no menos pertinentes y persuasivos; por ejemplo: “El 1 de Trilce es un Jano bifronte: culpable de la pesadilla numérica (‘No deis el 1…’), es a la vez su víctima emblematizada, el 1 de la orfandad”. O, asimismo, aquello de la “dialéctica agónica” de esta poesía –en particular de España, aparta de mí este cáliz–que los marxistas de los años treinta hubieran mirado con recelo.  Sin embargo, tal como en el caso del bien documentado y honesto  trabajo de Lambie, nunca es de un polo único esta poesía; más bien, a la orfandad, vacío, no ser –obvios o deducidos– se suman siempre la alegría y la plenitud por lo general sutiles: opacos o implícitos.  En pocas palabras, el fragmento vallejiano (Los heraldos negros, Trilce oEspaña, aparta de mí este cáliz) sería el cuerpo mismo del Inca restituyéndose; obvio, en tanto proceso actuante y mesiánico, un motivo extraordinario de gozo.  Distante o incluso a contracorriente del fragmento europeo de la vanguardia que representa, cual denominador común: destrucción, absurdo o vacío.   Aquella “dialéctica o revolución de la carencia”, que intenta demostrarnos con su trabajo Alain Sicard, adquiriría incluso de esta otra manera una idónea –en tanto más icónica y  mejor aclimatada– explicación: “Si es posible hallarle al dolor un aspecto positivo es que por primera vez, gracias a él [César Vallejo], la carencia tiene cuerpo” (p. 169).
            He incluso otro tantito de lo mismo lo constituye el inspirado artículo de Antonio Melis, “El laboratorio del poeta: las libretas de apuntes de César Vallejo” [Contra el secreto profesionalEl arte y la revolución], donde el estudioso italiano famoso por aquello de: “en su marxismo [el de la poesía de Vallejo] se percibe un énfasis en el materialismo biológico, concebido como algo anterior, por supuesto no cronológicamente sino ontológicamente, al materialismo histórico”–  insiste que en el Vallejo de los años de los “apuntes”: “se encuentra un auténtico enamoramiento por la dialéctica”; y enfatiza ahora: “esta forma de pensamiento alimenta en profundidad el estilo poético de Vallejo, configurando una estructura de la imagen y de la metáfora, que no admite comparación alguna en la poesía contemporánea, resultando, por eso mismo, inimitable”.   El problema con Melis, y no menos con la mayoría de los vallejólogos actuales, es el prejuicio –cultural, racial, social, político– de que Vallejo recién empieza a pensar una vez salido del Perú; y, de modo paralelo, de que existe una especie de “progreso” ético en su obra sólo después de Los heraldos negrosy Trilce.  Obvio, son resultas de nuestras profundas limitaciones actuales para leer “dialécticamente”, o en su especificidad, sobre todo Trilce.  Es decir, leerlo también como un pensamiento híbrido y complejo –cultural, política y socialmente situado– que se debe añadir al debate entre los indigenismos y europeismos estrechos o gaseosos de la época: Riva Agüero, Gálvez, Sánchez, etc.; y, por qué no, tener su propio lugar entre aquellos más canónicamente aceptados hoy en día como los de Mariátegui o Churata.  Y de este modo, no continuemos incurriendo en la división internacional del trabajo que reedita en su artículo Antonio Melis: “Benjamin [piensa] de manera sistemática; Vallejo, por medio de intuiciones”.
            Son varios más los textos que ameritan un comentario, pero acaso sea el de Stephen Hart uno que –para bien– lo torna ineludible.  Este estudioso inglés, a cuyos trabajos desde hace unos años hemos ido  observando de modo puntual y crítico, merece  –tanto como James Higgins o Alain Sicard, también premiados por su comprobado vallejismo– la distinción que, en el ámbito del Congreso Internacional “Vallejo Siempre”, le otorgara la Universidad Nacional de Trujillo.  El crítico inglés ha multiplicado las aristas de su acercamiento a la obra vallejiana, se ha complejizado; pero sobre todo ha ido –a punta de privilegiar los saberes y prácticas locales– matizándose culturalmente… tornando incluso cada vez un poquito más híbrido su propio enfoque académico.  En su artículo, “Las ‘tres potencias’ de César Vallejo: homo philosophicus, homo politicus, homo sacer” [“Oh revolcarse, estar, toser, fajarse,/ fajarse la doctrina, la sien, de un hombre al otro,/ o por siete o por seis, por cinco o darlo/ por la vida que tiene tres potencias”], sostiene lúcidamente: “Para Vallejo, el pensamiento era un proceso poético, filosófico y también político.  Para él, no había una distinción irrevocable entre los tres campos del saber”.  A lo que, en otro significativo pasaje, este mismo crítico añade: “El yo poético de Vallejo –si no el Vallejo empírico que tenía convicciones políticas y se unió al partido comunista– veía a todo el mundo como su camarada [el hombre entendido en su totalidad], y no solamente a la clase trabajadora, según señala en su tercera estrofa de ‘Quisiera hoy ser feliz de buena gana…’: Hermano persuasible, camarada,/ padre por grandeza, hijo mortal,/ amigo y contendor, inmenso documento de Darwin”.  Asimismo, respecto a la obsesión de Hart por el poema “Ascuas”, donde en apariencia se ventila el amor incestuoso del poeta por su sobrina Otilia Vallejo Gamboa, también la óptica del crítico inglés ha dado como un salto dialéctico: “A diferencia del homo sacer pagano cuya muerte no tenía valor, la muerte del poeta Vallejo proyectada en este poema sí tiene valor, porque se convierte en una tragedia del ‘amor prohibido’: el amor es un Cristo pecador (“Amor prohibido”) […] lo ‘sagrado’ vallejiano supera y trasmuta la fórmula girardiana al fusionar los dos sentidos del homo sacer (el ‘paria’ junto con el ‘hombre sagrado’), según leemos en ‘Espergesia’: Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo” […] Finalmente, concluye: “el homo sacer es una túnica que le cae muy bien a Vallejo, paria sagrado de la cultura peruana”.  Como es usual en Stephen Hart, conclusión ésta última con su tanto –simultánea al fervor– de desapego por la obra del poeta peruano; este tipo de talante, y no tanto su positivismo que a veces es muy soso, pensamos va por buen camino.
            Por último, quizá no vale la pena ni siquiera destacarlo, confluyen también en esta cartografía otros tipos de textos, podríamos decir no académicos.  Aquellos demasiado en agraz o que son un refrito, más bien emotivo, de lo ya suficientemente ventilado por la crítica; otros que actúan como estandarte de alguna fe; e incluso alguno que ha sido escrito, entre líneas y al final de cuentas, sólo para restar simpatías a otros poetas “limeños” [Blanca Varela, Javier Sologuren, Rodolfo Hinostroza, Julio Ortega, etc.] en cuanto su supuesta indiferencia, en los años sesenta, por la obra vallejiana: “al parecer, les resultaba poco útil en su ascenso profesional”.   En fin, existirá siempre un autor y un público para todo.

Conviene concluir poniendo énfasis en la línea directriz de este sumario ensayo: saberes y prácticas cosmopolitas vs. saberes y prácticas locales; con la salvedad de que es precisamente su dialéctica lo más pertinente y urgente tanto en el vallejismo actual como en el de los años por venir.

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BROZOVICH, MÁLAGA, GRANADOS: altas notas híbridas

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Para Vladimir Herrera Delgado

Referí  alguna vez la extraña angustia que pasaba de niño durante la misa cuando  mi madre, devota y conmigo en la primera fila de la iglesia, alcanzaba las notas más altas de “Dios está aquí” o algún otro de los cantos del misal dominical.  Esto era en Lima, donde ella junto con mi padre eran migrantes andinos hablantes gozosos del quechua y del español.  Muchos años después, en un viaje que hice al lejano pueblo de mi madre, y durante una procesión donde se acompañaba al Cristo de Lampa, reconocí entre los alaridos devotos entonados en runa simi –en honor  del Hijo de Dios– el mismo tono  y la misma tesitura de las notas  que alcanzaba mi madre, los domingos y en nuestro barrio limeño,  en las canciones  de la iglesia.  Es decir, para las notas más altas, mi madre no sólo apelaba a una mayor  intensidad, sino –sin abandonar para nada las pegajosas  letras en español– también se cambiaba de cultura.  Semejante caso de intensidad y de opacidad, de sutil entrecruzamiento cultural, creo percibir también en BROZOVICH MÁLAGA GRANADOS, tres escritores andinos reunidos en AUQUI por la mano sabia de Vladimir Herrera.  El tema fundamental y final de dichos autores es la poesía misma y, en este estado de plenitud o madurez en el recorrido de sus respectivas obras, han logrado el destilado, la mixtura o –siempre por el pudor radical inherente a todo gran poeta– el más adecuado  camuflaje.   Poesía es siempre no revelar el secreto a riesgo de perder o malograr el poema.  Muchas palabras la aniquilan, acierta a decirnos por su parte Óscar Málaga.  Y Raúl Brozovich la engasta, acaso ya para siempre, en la tornasolada sortija del tiempo:

Yo quiero hablar de la gardenia oscura

que adorna la patria estival de la piedra congelada

y de su fina arquitectura

 

Yo apenas supe del espeso lenguaje de la

   lluvia

y me echo a dormir en esta ribera del tiempo

(melancólico – confuso – desafiante)

 

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Lima: Tumi e insondable

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El joven crítico cordobés Bernardo Massoia acaba de publicar Lima y sus poetas.  Agravios y desagravios (Buenos Aires: Edición del autor, 2014).  Aquello de “Tumi” viene de un poema de Pablo Guevara (“En la vía sigue caída la Luna/ Luna llena o cuarto creciente o cuarto menguante/ Luna Tumi/ todos amanecen degollados en un mundo de ceremoniales/ los vagones parecen piscinas de sangre”) cuya obra, junto a las  de César Vallejo, José María Arguedas, José Gálvez y otros, son ventiladas también en esta segunda entrega del estudioso argentino (la primera fue Absurdo pero en Lima.  Universal pero Vallejo, 2012).  Como apreciamos, los últimos versos citados parecieran ilustrar la crisis y violencia  inherentes al hondo y complejo –aunque por lo de “Luna Tumi”, no menos mágico– proceso de migración del Perú profundo hacia su capital; proceso observado desde una perspectiva poético-crítica que, en el caso de Guevara: “es una de las más diacrónicas de la literatura peruana” (29).  Aunque no obstante, y muy significativamente, el mismo Guevara califique a César Vallejo como nuestro “primer migrante [en relación al poema liminar de Trilce]” (28).

Aquello de “insondable”, alude al final mismo de este nuevo libro de Massoia donde, a contrapelo de melancolías culturales y traumas históricos propios de la migración, se elabora lo siguiente: “No habrá relato poético de re-apropiación y edificación de un mundo nuevo en Lima sin ternura lúdica, mas no por ello inocua: ‘ganadito será la gente/ chacritas los parques’ [Óscar Colchado], la infantil, la de Trilce, la de Los ríos profundos, la de Gregorio, la del Perú insondable, poco a poco señor de Lima” (91). Es decir, desde este punto de vista, la capital del Perú a través de su literatura constituye todavía una obra abierta o en proceso de experimentación; aunque los migrantes sean de suyo los agentes, y de ninguna manera los entes pasivos, de éstas entre duras, trabajosas, reconfortantes e imaginativas metamorfosis.

Obvio, en el interin, el autor establece nuevas calas [cierta afinidad entre Una Lima que se va, de José Gálvez, y Trilce; o entre Lima, hora cero (1954) de Enrique Congrains Martin, y A Nuestro Padre Creador Túpac Amaru (1962) de José María Arguedas; o incluso otra implícita, no menos sugestiva, entre los antinerudianos versos de El Paseo Ahumada de Enrique Lihn y La mano desasida de Martín Adán] y lúcidas interpolaciones; y las apunta, nos alegra decirlo, con honestidad crítica y libertad de espíritu.  Sin embargo, sus fuentes  primarias (libros y revistas) habría que pasarlos todavía por un tamiz crítico algo menos crédulo o principista; aunque esto no se ha hecho  ni siquiera en el Perú.  Es decir,  por ejemplo, qué tanto no hemos integrado todavía Trilce –cuya propuesta poética prácticamente  coincide con la Constitución de 1920 de Augusto B. Leguía: “donde se reconoce la existencia legal de la comunidad indígena, técnicamente el viejo ayllu prehispánico” (18)– en el debate de los indigenismos de la época.  Aunque la propuesta vallejiana, fruto de su radical perspectiva oximorónica, desafíe cualquier “indigenismo oficial”.  U otro debate absolutamente menor, pero pertinente en cuanto desorienta un poco la lectura del presente post-arguediano o, mejor diríamos, post-trilceano: qué tanto Hora Zero, y sobre todo Kloaka (y sus simpatizantes), fueron movimientos poético-políticos absolutamente conservadores y retardatarios en tanto se tornaron oficiales o canónicos (respecto a otras propuestas poéticas de la época) y homogeneizaron –con la anuencia de los medios de comunicación– la poesía culta del Perú incluso  hasta los años finales del siglo pasado.  Todavía no tenemos una lectura crítica de nuestra pretendida izquierda intelectual; pareciera tan arrogante y ciega a los matices (que a la larga son los grandes claro oscuros) como lo suele ser, de modo ya caricaturesco, la derecha.  En este sentido, sería conveniente que Massoia integre en su estudio o preguntas a Lima y sus poetas aquel repertorio que nos informa, por ahora, deja de lado: Luis Hernández Camarero, la poesía de la propia Magdalena Chocano y, por qué no, acaso también pudieran resultar ilustrativos los poemarios de éste su servidor y ahora mismo puntual reseñista (1978, Sin motivo aparente; hasta el poemario Activado, a presentarse este 17 de noviembre en el Cuzco bajo la Editorial Auqui, nueva época).

 

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Magín, conmilitones y alacridad o las poéticas de César Vallejo

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Para mi condiscípulo Luis Rebaza Soraluz

Nos acercamos curiosos a esta antología de ensayos breves, de Marco Martos (Poéticas de César Vallejo. Lima: Cátedra Vallejo, 2014), buscando alguna ampliación sobre la dialéctica o performance –entre los dígitos 1 y el 0– que leímos alguna vez muy productivamente en el libro del cual aquél es coautor con Elsa Villanueva: Las palabras de Trilce (1989).   Cala intuitiva,  aquella percepción de la metamorfosis entre los números en el espacio de la página, a la catadura multidimensional de Trilce que quizá sea una de las líneas críticas vallejianas –en tanto teoría, metodología y contextualización del libro de 1922– todavía por desarrollarse.  Es decir, a la manera del cine tan de moda y en tanto paradigma artístico de la época, considerar Trilce como un teatrín incluyente –donde los lectores debemos participar– que pone en escena  la capital del Perú en las coordenadas de su modernización (consolidación del capitalismo, migración interna, multiculturalidad, etc) en los años 20 de siglo pasado.  Y lo que básicamente encontramos en Poéticas de César Vallejo,  es como una exudación de “madurez” en el criterio y un exceso de lugar común en las calas, aunque en la bibliografía –al final de cada uno de estos ensayos– escaseen las referencias puntuales de los autores discutidos.

Acaso no sea ocioso puntualizar que, en el Perú, el estructuralismo pasó sin fortuna para los estudios de su literatura, y en particular de su poesía.  Obvio, no nos referimos a aquella sarta de galimatías (sememas, arborizaciones y gráficos amnésicos de su temática) que hacían insufrible leer algunos libros de crítica y la mayoría de textos sobre lingüística durante  los años 70 y 80.  Nos referimos a leer paradigmas de modo proyectivo, es decir, de modo íntimo, dinámico y creativo; incluso aceptando que en aquella escuela por lo general se descuida el contexto.  El caso es que el grueso de la crítica literaria peruana jamás abandonó el positivismo y la filología; o la variable estilística y peninsular de esta última.  Y de este modo, hasta el presente, no penetra los textos literarios a no ser por un chispazo o golpe afortunado; o un talento muy particular, por ejemplo, Antenor Orrego leyendo  Trilce o Edmundo Bendezú Aybar leyendo a Martín Adán.  Nos quedamos, impotentes, observando el hecho poético como a través de un fanal; y narramos –junto a bibliografía más o menos pertinente — como en tercera persona y cual un culebrón decimonónico nuestra experiencia.  Así sucede de modo abrumador hasta nuestros días  donde, a guisa de estar a tono con los estudios culturales o post coloniales de moda, nuestro desconectado relato se tiñe abundantemente de color local.

 

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Hipervivientes de Luis Rebaza Soraluz

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Está circulando entre nosotros el segundo libro de Luis Rebaza Soraluz bajo el sello de Ruray Editores.  Se trata de Hipervivientes, poemario que funciona como una muestra retrospectiva de poemas publicados entre 1975 y 1979.  Obviamente, se incluyen en este nuevo libro una selección de textos pertenecientes a un anterior poemario, Población activa, aparecido en 1978…

Podemos comprobar en el oficio de este joven autor, estudiante de literatura en la Universidad Católica, que algunos usos del lenguaje van encontrando su lugar más preciso.  El in crescendo, la paradoja, el rigor de las imágenes son características para destacar en cualquier poeta; en el caso de Luis Rebaza son su arco más firme y se interrelacionan con sutileza, citamos: “Dónde acabar/ Resonado los pasos/ Nada más esta calle/ El rumor de explicar una demora/ Hacia dónde la carrera los ecos/ Quién que sube del asfalto/ hacia tus pies/ El lugar aún el silencio/ Donde las paredes pesan el polvo que seremos/ Y más/ O nosotros/ o la luz que parece/ seguirnos a este cuarto” (“Poema”).

También es evidente un mayor aliento en los versos e inclusive se experimenta con la prosa poética; lo cotidiano y un interesante buceo en la historia otorgan el relieve temático a estos nuevos textos.   Creemos que la modulación más personal de Rebaza va en consonancia con los poemas breves.  Son notables entre estos “Mentira de la verdad romántica” y “Para Claudia”, del cual citamos los siguientes versos: “Sin haber susurrado a tus sueños/ vienes de la muerte que diluye/ el recuerdo/ un dios empieza y acaba en tus cuadernos/ de hojas de colores/ Regreso al lugar que tú has dejado”.  Aquí la fisonomía no es preciosista y repetitiva como en los poemas largos; llámense estos “Quinto viaje a desaparición de Cristóbal en curso de rutina” o “Infierno”, y  además  se reconoce con más cabalidad a un joven creador, un aliento y tono más propios.

Cabría todavía destacar las bondades formales del libro, la excelente fotografía de la carátula debida a Carlos López Degregori, y los dibujos y diagramación del propio Luis Rebaza Soraluz, de probada sensibilidad inclusive en este campo de las artes.

 

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