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Ensayo

Rafael Courtoisie, veinte años después

Courtoisie

Ars poética: siempre el mar 

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi el mar. Quiero decir, no sabía que esa masa plana que se extendía hasta el horizonte y que se movía como un  animal inmenso, en cuyo lomo pastaban las ovejitas de las olas, era el famoso mar. Poco después descubrí sus adyacencias: los animales marinos reales e imaginarios: peces, caracoles, endriagos, marineros y bañistas.

Más tarde descubrí que la poesía era otro mar, aún más profundo.

Me acerqué a la poesía leyendo a los autores del Siglo de Oro (o de los siglos de oro, puesto que puede decirse que fueron varios). Luego descubrí una poesía de comunicación inmediata, sin efectismos, en la obra del uruguayo Líber Falco.

En la adolescencia estuvo siempre Lautreamont (L’autre a` Montevideo, el otro en Montevideo). Isidore Ducasse fue un abuelo literario, una sombra tutelar y un desafío: ¿qué era aquello? ¿poesía? ¿así que era posible hacer poesía de ese modo? Lautreamont fue liberador, pero fue también un enorme compromiso, con la irracionalidad humana pero a la vez con la lucidez y racionalidad para convertirla en producto estético, para “sublimarla”.

Vallejo es otra referencia ineludible. Cuando ya parecía que no se podía mucho más, Vallejo demostró que el más allá es móvil, que puede trazarse de nuevo siempre.

Ese horizonte, móvil como todo horizonte, es la única preceptiva posible.

https://sites.google.com/site/omnibusn51/antologia/rafael-courtoisie

 

Reseña de Estado sólido en El Comercio (Perú), 18/10/96

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Maurizio Medo, Limbo para Sofía

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Maurizio Medo (Lima, 1965) es un poeta entregeneracional (publicó su primer libro, Travesía en la calle del silencio,  en 1988).  Como sugiere su último título, también lo imaginamos en el “limbo”, entre aquellos poetas no ubicables ni entre lo canónico del “cielo” (Jorge Eslava, Eduardo Chirinos –falleció hace poco–, Rosella Di Paolo, sólo por citar a los más representativos) o del “infierno” (Rocío Silva Santisteban o Domingo de Ramos –hoy por hoy ambos más bien en el “purgatorio”–, por supuesto).  Entre estos dos ríos que van a dar a la mar…, que no son sino las oficiales generaciones poéticas peruanas de los 80 y los 90; ni ángel ni diablo, como decíamos, mas tampoco el típico pasota urbano de los 90.  La  obra de Medo, por el contrario, desde un inicio ha intentado  poner juntas –como en un caleidoscopio casero– aquellas dos tendencias; aunque sumando a esto, también desde un inicio, una personal necesidad indagatoria, autista o interrogativa que constituye, a la larga, su mejor y más sazonado perfil.  Perfil especulativo que de pronto se aglomera y se anuda en el hilo del poema, entre la extraordinaria facilidad de Medo para la fabulación,  la auto-fabulación y, aunque esto debería justificarse aún mejor en su propuesta, el elocuente aliento de su verso:

A veces callo el poema,

la luz fatiga el tacto

y queda suelto como un hilo.

No sé cómo atar

la palabra y el deseo

Aquí están todos y cada uno de los protagonistas de su poética en proceso, los pares binarios y paralelos de su sugerente logopoeia: luz-palabras/ tacto-deseo.  En el entrecruzamiento, preeminencia o permutación de estas variables se juega su poesía.  Y ya que uno no es, tal como nos dice el poeta: “aquel que las palabras eligieron”, entonces nos quedan el deseo y el tacto como apéndices de luz, como órganos generatrices del poema:

Reveo el cosmos con el tacto,

me abismo en lo ilegible

Y no puedo asir una partícula fugaz

de tan honda hermosura

Paradójica Sofía, entonces, curioso y particularísimo modo de amor al conocimiento; aunque su limbo puede ser, más bien,  sinónimo de lucidez.  Desde este lejano occidente reelaboramos, quizá invertimos, lo que son la doxa y la episteme griegas.  Y no nos falta razón, aunque en esto aludamos ahora a lo que de santo tenga el santo evangelio: el hombre no es para el sábado, sino el sábado para el hombre.  Es decir, y mucho menos tratándose de la creación literaria, no existe una ley o registro teórico inamovible, la doxa es posible se convierta en episteme y, éste –el conocimiento con mayúsculas o la verdad misma– en mera opinión, necia manipulación, bastarda ideología:

Despacio, despacito, que no te invada el estupor.

Tócame, no balbuceo ni trasciendo.

[…]

No soy San Juan ni otro mamífero místico.

En la penumbra rompo lo fugaz de la hermosura

Este específico modo de inversión o transculturación de Sofía ha sido, por lo demás, llevada ya a cabo en el terreno de la poesía contemporánea latinoamericana; pensemos nomás en dos ejemplos puntuales: la Muerte por el tacto (1967) del extraordinario poeta paceño Jaime Saenz (1921-1986) y los poemas, que también por los años sesenta, Martín Adán dedicara a Macchu Picchu.  En los dos últimos poetas, pero antes en la poesía de César Vallejo –presentísimo en Sáenz, opaco en Adán–,  un gesto es más elocuente que mil palabras; aquí reside el misterio de aquella honda antipoesía: crear cosas, situaciones, emociones con las palabras, jamás hacer un fetiche de estas últimas.  Es más, la poesía de Vallejo pareciera no estar hecha de palabras, digamos que sólo se vale de éstas para empezar una tarea de tipo harto manual: radicalmente espiritual y corporal.  Asimismo, y tal como también lo ilustran los versos del autor de Trilce, aquella poesía hace ascender el alma a los genitales y, viceversa, descender los genitales al alma.  El espíritu (el Verbo) habita ahora en la pinga y en la chocha.  Una suerte de teología negativa que no deja de ser quizá profundamente religiosa.

Local y globalizada, la poesía de Maurizio Medo posee a su favor, creemos, el gesto característico de lo que van haciendo los poetas del 2000 en el Perú.  Estos, al menos así lo percibimos, mantienen el propósito firme de no hacer más de pasotas, de no querer menear mueca flemática discursiva ninguna [ tipo Cansancio o Discreto vaho ante el espejo, dos poemarios de los 90], pareciera copiada ésta, más bien, de las declaraciones de  nuestros ya secularmente fracasados jugadores de fútbol.  La curiosidad y el amor y el odio están nuevamente vivos en la poesía del Perú, luego de un largo intervalo general de impostación cisnereana y vates al aburrido modo; los poemarios, por ejemplo, de Roberto Zariquiey, Nacho Infantas Moscoso o Manuel Fernández, así nos lo informan.

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WALLACE STEVENS: POÉTICA

Wallace

Es a la vida a donde intentamos llegar con la poesía.

Un poema es un meteoro.

La poesía no es personal.

Lo real es sólo la base. Pero es la base.

No hay nada bello en la vida excepto la vida.

Vivir en el mundo pero fuera de las concepciones actuales de él.

El clima es un sentido de la naturaleza.
La poesía es un sentido.

Toda poesía es poesía experimental.

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Las madres de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946)

PHU
Como sabemos, Pedro Henríquez Ureña (PHU), tuvo al menos dos madres: la propiamente suya y muy amada, biológica, Salomé Ureña –de quien quedó huérfano a los 13 años–; y la de crianza o aquella “la soñadora, la constante, sacerdotisa del ensueño” (“Íntima”)*, su tía Ramona Ureña. A las dos van dedicados sendos poemas y también algún otro a Salomé: “Tristezas (A la memoria de mis muertas)”*; escrito en 1897, estando el sabio dominicano todavía muy joven, y dentro del estilo dariano-dannunziano que, en general, caracteriza toda su poesía. Sin embargo, es el PHU adulto el que va a encontrar su expresión más intensa, mejor y más honda, cuando dedique a Ramona Ureña su poema “Íntima” (New York, 1904); tanto como ya, a los 31 años de su edad, haga lo propio con el poema “El niño (Idea de Rabindranath Tagore)” dedicado a su madre biológica. “El niño”, poema dramático en la senda del Ismaelillo, de su también muy admirado José Martí; es decir, composición capsiosa, heredada del Barroco, plena de paralelismos conceptuales. Entre estos últimos, el que el poema no es nostálgico y ni siquiera se halla restringido a su “madre” (aunque éste sea el vocativo expreso: “-¿De dónde vine, madre?); sino que, asimismo, incumbe la naturaleza e identidad del propio sujeto poético. Es decir, “El niño” es ante todo una conquista, no sólo afectiva, sino además epistemológica o de lucidez; en una palabra, y ya en el contexto del diálogo entre “madre e hijo” en el poema, una ocasión de auto-descubrimiento o anagnórisis:
¡Oh misterioso encanto!
¡Prodigio del amor
tener entre mis brazos
el tesoro mejor!*
Y, no menos, de sutil asunción de la maternidad por parte del propio sujeto poético; de una compasión y ternura universales y militantes (Miguel de Unamuno, César Vallejo, el mismo Tagore).

* Versos citados de: Pedro Henríquez Ureña, Obras completas.  Miguel D. Mena (ed.).  Tomo 1.  Santo Domingo, RD: Editora Nacional, 2013.

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(N)húmeros para (des)cifrar un pambiche/ Pedro Delgado Malagón

Humeos para bailar

Húmero (del lat. Humerus): Hueso del brazo, que se articula por uno
de sus extremos con la escápula y por el otro con el cúbito y el radio.
Diccionario de la RAE

Conocí hace poco a Pedro Granados, ensayista, poeta y novelista peruano (Lima, 1955), a quien el Ministerio de Cultura invitó para conducir en Santo Domingo un Taller sobre la gesta poética del gran César Vallejo. Granados es un penetrante exégeta del culto vallejiano, de sus modulaciones sensibles y del registro de un discurso con misteriosos influjos, casi míticos, en el que algunos piensan que “Vallejo no elige sus vocablos”.

Siempre me aproximé al poeta de Los Heraldos Negros bajo las nociones sombrías de José Carlos Mariátegui: “Nostalgia de exilio; nostalgia de ausencia”. Confieso que fue en el libro de Granados (Trilce: húmeros para bailar) donde por primera vez leí una reflexión (cierta, sorprendentemente clara) acerca de la chispa y del humor que subyacen (“…quizá sin que él lo sepa ni lo quiera”, agazapados y en ademán de saltar) en esa oscura melopoeia permutante de la palabra/cadencia que aflora en Trilce.

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Eduardo Milán, sobre poesía

milan

Ante un correo recibido ayer lunes:

“Me pregunto camarada si podrías desmontar esto”

https://instruccionesparaabrirunacajafuerte.files.wordpress.com/2009/07/entre-escuchas-perdida-digital.pdf

Respuesta:

El mejor escenario de Milán para ser Milán son sus entrevistas, no sus poemas. Por lo tanto, si se trata de intercambiar discurso (“verso”, en el Cono Sur) por poesía, Milán sería uno de los más grandes verseros del Uruguay; a mucha distancia, por cierto, de Filisberto Hernández o Marosa di Giogio, entre otros.

Hartos de deconstruir hasta lo previamente ya deconstruido, el movimiento tectónico hoy en día es el del sentido. Obvio, no el evidente; el pacto ético con los animales y plantas; o la realpolitik. Lo cual puede volvernos filántropos, ecologistas o ministros del interior, aunque para esto tenemos otros formatos de escritura; y el de la poesía no constituya necesariamente la opción mejor.

En fin, el asunto –acaso como siempre, por aquello de que la poesía “pone las cosas ante los ojos”– estriba en que si en tanto poetas nuestra escritura tiene poder metonímico o no. Y no obligatoriamente el metafórico que, incluso en tanto metáforas lexicalizadas, pueden serlo cualquiera de las palabras del diccionario.

Segundo, he invitados por la dominicana Ángela Hernández, reflexionar en aquello a lo que nos invitan, por ejemplo, sus versos de “Alma secreta”: “Es posible escapar a la convención y a la moda/ Más que andar por el mundo/ probar que nos habita”.

Y tercero, remitirnos a lo que ya César Vallejo –siguiendo a Charles Baudelaire– pensaba era la concepción del arte y la poesía moderna; es decir, que tiene dos mitades: La modernidad era tan sólo una de ellas. La otra mitad era aquello que era ‘eterno e inmutable’. Ergo, si tomamos Trilce, por un lado los fragmentos de la vanguardia; y, por el otro, el mito de Inkarrí.

¿Cuáles son las dos mitades en el discurso sobre la poesía de Eduardo Milán? Un único tango nostálgico de lo que se dejó por el exilio (aunque no de lo que se ganó en México por su amistad con Octavio Paz); o de lo que por esa misma diáspora nunca fue. Algo de lo más romántico en un empaque antiromántico. P.G.

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Respuesta al correo de una gran poeta dominicana y mejor amiga

JD

Queridísimo:

Me leí tu libro [Breve teatro para leer: Poesía dominicana reciente]. Agudo, diferente, apasionado. Insisto en que debe publicarse [en la República Dominicana]…

Un gran abrazo, amigo cevichero…

Siempre siempre

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Querida amiga:

Me has captado.  Parte esencial de mi amor a la Española es la crítica.  Milito, desde que era un muchacho y me enamoré por primera vez, en el encuentro cultural de lo andino y lo caribeño (incluido el Brasil).  Mi ejercicio crítico, aunque casi invisible, no es indiferente al poder institucional a nivel regional (el Perú a la cabeza).  Recuerdo que cuando destrocé una antología infrarrealista desde Lima, que salió con los mejores auspicios y de lo más contenta de sí misma en el DF, un escribiente mexicano dijo por ahí que “Granados, otra vez jodiendo desde su ratonera” (mi blog).  Y es que a una ratonera o a la posteridad estamos confinados los que ejercemos la poesía y la crítica de modo gratuito; es decir, y en primer lugar, agradecidos íntimamente de su propia epifanía y recurrencia.  Incondicionales.  Por lo tanto, ejerciendo una práctica por la cual no se cobra; ni se ahoga por un cupo académico ni poder mediático.  Obvio, sin soslayar asimismo que este tipo de postura creativa y crítica tenga –a fin de cuentas y a pesar de su opacidad o apariencia inocua– un peso político extraordinario.  Esto lo saben muy bien aquellos que dirigen las instituciones culturales –los cuales son los pocos que piensan y se ciñen a  una agenda política predeterminada, los demás son funcionarios que repiten y aplican– y por este motivo, y por lo general, Granados les jode.  Ojalá la poesía se nos siga presentando, hasta el final, como un regalo.  Gratuitamente.

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