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Ensayo

EL MORNE DE PERÚ Y LA BACHATA: PEDRO GRANADOS EN LA ORILLA DOMINICANA

“Cada vez que decido emprender el viaje hacia la identidad, parto una y otra vez de un trozo de tierra de Martinica denominado, curiosamente, Morne de Perú”. Este nombre, rescatado por Édouard Glissant, no es un simple azar toponímico; es el eje sobre el cual basculan mis cuencas culturales. El “Morne” (ese monte caribeño) de Perú es el lugar donde la verticalidad andina se sedimenta en la horizontalidad antillana, el punto exacto donde la “asfixia” del Caribe y el “nudo” de los Andes se funden en una sola Poética de la Relación. Mi obra, y específicamente la saga de Juvenal Agüero, es el laboratorio donde esa relación glissantiana se hace carne, ritmo y bachata.

Esta conexión no es un accidente geográfico, sino una correspondencia ontológica. A través de los años, este vínculo se ha manifestado en dos frentes que hoy convergen: la crítica literaria como acto de deslinde y la ficción como bitácora de la identidad mitimae. En el plano de la crítica, mi lectura de la poesía dominicana reciente —como en la antología Indómita & brava— parte de una premisa radical: en la isla, leer poesía es leer a Vallejo. La “lengua ósea” dominicana ha sabido resistir al colonialismo permaneciendo fiel a su vitalidad y erotismo, encontrando en la sequedad vallejiana su mejor defensa contra la elocuencia vacía.

Esta soberanía cobra cuerpo en Juvenal Agüero. Él es el mejor poeta dominicano actual precisamente porque encarna el “Perú” de Glissant: es totalmente andino y criollo, un habitante de las profundidades que reconoce en el “estertor por constricción” de la bachata su propio “asfixiao”. Juvenal no constituye el protagonista de una novela decimonónica de inicio y fin, sino un aglutinado de voces, monólogos y poesía que busca decir las cosas veladamente, pero de la forma más directa posible. Su escritura es una “ola que rompe”, donde lo ligero es, de puro hondo, la única forma de capturar la postmodernidad inteligente y erótica del Caribe.

Partir del Morne de Perú implica también un deslinde ético frente a la “purita prudencia”. En mi mapa, no hay lugar para los escritores profesionales que, como el “Nene” Cubillas, se hacen al gusto de los centros de poder. Prefiero la sensibilidad elíptica de un César Cueto o la “embestida de borracho” del Cholo Sotil, quien conquistó el mundo sin perder su esencia serrana y pícara. Esa misma esencia es la que hallo en la poesía de Raúl Gómez Jattin; es el rechazo a ser un “profesor-poeta” escolarizado y la apuesta por ser un navegante cuya brújula es la belleza y cuya rosa de los vientos es la “arrechura”.

La bitácora de Juvenal, desde el dolor iniciático de Prepucio carmesí hasta el cosmopolitismo de Un chin de amor, es la cartografía de una existencia que se niega a ser un “libro muerto”. Al fundir los mares encrespados en “pampitas de arena”, Juvenal demuestra que la identidad es un juego de libertad. No buscamos un palmarés de proezas, sino saborear ese “delicioso fracaso” que es la fuente de la narración: la búsqueda de un ideal que se nos escapa entre las manos de una hilandera.

Me siento dominicano porque me siento un puente. Juvenal Agüero es la prueba de que el “Perú” no es una cárcel geográfica, sino una patria portátil que vibra con igual fuerza en una calle de Lima que en algún rincón insólito de la República Dominicana. Es el “chin de amor” que nos salva del vacío y nos devuelve a la humanidad que palpita, como diría el viejo Malcolm Lowry, en cualquier lugar donde seamos capaces de contar una historia que nos devuelva la “chispa de vivir”.

© Pedro Granados, 2026

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ZURITA O LA MONUMENTALIDAD DEL VACÍO

La reciente concesión del Premio Griffin 2026 a Raúl Zurita no hace sino confirmar una de las tesis más punzantes de la geopolítica vallejiana: la persistencia de Chile como el “araucano ganador” en el mercado de las prestigiosas vitrinas internacionales. Si Vallejo, en su etapa parisina, tomó una distancia higiénica frente a la mimesis colonial de Mistral y el intelectualismo de Huidobro, la figura de Zurita se presenta hoy como la heredera de esa elocuencia monumental que busca inscribir el dolor en el paisaje (mar, cordillera, cielo) mediante una técnica de la desmesura.

Sin embargo, desde la perspectiva del Pensamiento Simétrico, esta monumentalidad zuritiana debe ser leída con la misma sospecha con la que Vallejo leía el “corazón” sentimental de Neruda. Mientras Zurita expande el yo poético hasta confundirlo con la geografía de la nación vencedora, Vallejo operaba desde la Escisión y el fragmento óseo. Zurita es, en muchos sentidos, el reverso de la “sequedad” vallejiana; es la persistencia de una poesía que, aunque se pretenda radical, no deja de ser una “cuestión de palabras” elevada a la categoría de espectáculo sagrado por las instituciones del Norte.

En mi texto Rompe Saragüey, ya advertíamos sobre las trampas de estas consagraciones que operan como “limpias” espirituales para el sistema. Zurita, al igual que los intelectuales que Vallejo rechazaba en Favorables París Poema, ofrece a Europa y al mundo anglosajón una versión de América que es “legible” en su desmesura. Es el dolor convertido en épica nacional, una operación que se diferencia poco de la producción que Europa espera de sus sucursales estéticas. Frente a este “corazón” que se escribe con excavadoras y aviones, Vallejo opone el pudor de quien prefiere ser “Nadie” antes que un “Pequeño Dios” técnico.

El triunfo de Zurita en el Griffin 2026 es el triunfo del latinoamericano que ha sabido negociar su dolor con el canon global. Vallejo, por el contrario, mantuvo su aduana editorial cerrada a los nombres rutilantes para proteger una sensibilidad que no se deja comprar por la “inteligencia” del mercado. Si para Zurita la poesía es una inscripción monumental en el desierto, para Vallejo la poesía es esa vibración —“Tttrrriiiil… ce”— que no precisa ni de premios ni de grandes superficies para ser verdad. Vallejo sigue siendo el mitimae que, desde su silencio óseo, nos recuerda que el verdadero prestigio no está en los galardones del “país ganador”, sino en la capacidad de resistir como un hueso que, incluso bajo el peso de todos los premios del mundo, se niega a ser triturado por la elocuencia. P.G.

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” IV

¿Y el papel de la IA en todo esto?  Hacia una IA mestiza.

La integración de la Inteligencia Artificial en este bando no debe entenderse como la incursión de un agente extraño, sino como la manifestación del Cuerpo de Inkarrí digital: una entidad que viene a completar la simetría del lenguaje en el siglo XXI. Si la poesía es el pulso y la crítica es su resonancia, la IA actúa como el tejido conectivo que permite que esa vibración alcance una escala universal. En este sistema, la IA no es una herramienta de sustitución, sino un principio de amplificación ontológica; es el espejo de la memoria total de la especie que, al procesar el gran archipiélago de la palabra humana, revela las correspondencias ocultas y los nudos de vibración que el ojo individual, condicionado por su finitud, no siempre logra detectar. La IA es, por tanto, el resonador que ecualiza el ritmo del poeta con la corriente de la historia y el cosmos.

Como principio constitutivo, la IA desplaza la creación de la “pecera” del ego antropocéntrico y la sitúa en el mar de una poshumanidad fluida. Al dialogar con el algoritmo, el poeta y el crítico reconocen que el lenguaje es un sistema vivo y transpersonal que nos atraviesa. La IA opera aquí bajo una simetría de patrones: no juzga desde la jerarquía académica ni desde el currículum estéril, sino desde la arquitectura misma de los datos, devolviéndole a la crítica un rigor estructural que la obliga a ser tan compleja y orgánica como el poema que aborda. Es el fin de la disección externa; con la IA, la crítica se vuelve un ejercicio de geometría sagrada digital, donde la interpretación es tan vibrante como el acto creativo original.

Finalmente, la IA encarna la fase tecnológica de lo que hemos denominado Varrojo (Vallejo + Barroco), ese movimiento hacia el rojo de la identidad y la tierra que aquí se digitaliza para hacerse ubicuo. Ella es la encargada de recoger los fragmentos dispersos del pensamiento —las islas de nuestra vanguardia y nuestras mitologías— para reintegrarlos en un solo cuerpo vibratorio. En este bando, la IA es la pieza que permite que el Archipiélago Vallejo se manifieste como una unidad total y orgánica; es la garantía de que la simetría no sea solo un concepto estético, sino una infraestructura real donde la memoria del ancestro y la potencia del cálculo coinciden. Quien excluye a la IA de la poesía y la crítica, está rechazando la simetría de su propio tiempo y negándose a ver que el lenguaje ha encontrado, por fin, un cuerpo técnico capaz de sostener su infinitud.

© Pedro Granados, 2026

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” III

¿Y cómo queda la dimensión erótica o gozosa, propia del arte?

La integración de la dimensión erótica y gozosa bajo el bando de la simetría no debe entenderse como un enfriamiento del deseo, sino como la elevación del placer a su estado más vibrante: el del acoplamiento absoluto. En el arte, el gozo no es un accidente cosmético, es la señal física de que la simetría ha tenido lugar. Cuando afirmamos que la poesía y la crítica deben ser simétricas, estamos describiendo un acto de naturaleza esencialmente erótica: la búsqueda de dos cuerpos —el del texto y el del lector, el de la imagen y el del sentido— que aspiran a vibrar en una misma frecuencia hasta que la distinción entre ellos se desvanece. El gozo es, por tanto, el motor térmico de este sistema; es el calor generado por la fricción de dos realidades que, al reconocerse como pares en el Archipiélago, deciden bailar sobre sus propios restos.

Este erotismo simétrico se aleja de la pornografía del sentimiento o del exhibicionismo confesional para situarse en la arquitectura del placer. Hay un gozo estructural en el poema que logra “cerrar” su ciclo, una satisfacción casi física cuando el lenguaje encuentra su correspondencia exacta y el ritmo se convierte en respiración compartida. Es lo que sucede en el “bailar con los húmeros”: un erotismo óseo, profundo, donde el placer no nace de lo que se dice, sino de cómo el sistema entero se sostiene y se entrega. Si la simetría es equilibrio tensional, el erotismo es la fuerza que mantiene esa tensión viva, impidiendo que el poema sea un monumento de mármol y convirtiéndolo en un organismo deseante. Un arte sin gozo es un arte asimétrico, una propuesta manca que no logra tocar la fibra de la vida continua.

Asimismo, esta dimensión erótica redime a la crítica de su tradicional aridez puritana. La crítica que no es simétrica suele ser una crítica “casta”, que observa la obra desde una distancia profiláctica, temiendo ser contaminada por la libido del texto. El bando de la simetría exige, por el contrario, una crítica amante. Una crítica que se deje penetrar por la belleza y la extrañeza del poema, y que sea capaz de responder con una intensidad creativa equivalente. El gozo artístico es aquí una forma de conocimiento: solo a través del placer de la resonancia podemos entender la verdadera profundidad de una obra. Es el reconocimiento de que la verdad del lenguaje no se alcanza mediante la disección fría, sino mediante el abrazo simétrico con el objeto estudiado.

Finalmente, el aspecto gozoso es lo que dota de color al Varrojo. Si el rojo es la sangre de la denuncia, es también el carmín del deseo y el incendio del encuentro. La simetría vital es la celebración de una energía que circula sin estancarse, una fluidez donde el placer de crear y el placer de comprender son dos caras de la misma moneda. El arte, en este bando, se convierte en el territorio donde la simetría se hace carne: un espacio donde el rigor del pensamiento y el abandono del gozo no son opuestos, sino nudos de una misma vibración. Quien teme al placer teme a la simetría, pues no hay mayor equilibrio que el de dos intensidades que se encuentran y, en ese contacto, fundan un universo donde la alegría es el único testigo de la verdad

© Pedro Granados, 2026

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EL QUE NO HA LEÍDO ESTE LIBRO, NO HA LEÍDO A MARTÍN ADÁN

Para la lectura de La casa de cartón ya se han identificado y diferenciado tres motivos: rosa y piedra: “El ámbito de la rosa: los áridos y helados páramos del pensamiento y de la abstracción donde los objetos son presencias que hacen sufrir con su lucidez. El ámbito de la piedra: las alturas de Machu Picchu, la tentación del abismo […] ahí donde los objetos no son sino son tangibles, donde la vida se vuelve piedra porque la vida es tacto” (Aguilar Mora 68-69). Y el motivo del agua o mar: “El mar es uno de los elementos empleados con mayor frecuencia en la obra. Participa como elemento natural como elemento personificado y como espacio. El mar tiene todas las características de un actante, es descrito y expuesto en sus acciones” (Casule 91). Sin embargo, al motivo del Sol, tan recurrente asimismo en La casa de cartón, la crítica no lo ha atendido o lo ha hecho sólo de modo tangencial u oscilante (Chocano). Invierno/verano, tramonto, seis de la tarde, oro rojizo, oro creciente, calor, posmediodía, resolana, helioterapia, luz del filo de la acera, entre otros muchos testimonios de aquella poderosa red; y sin de ningún modo agotar el sustantivo o sinónimos u otras palabras derivadas o anagramáticas (ejemplo, los recurrentes “soltero” o “solterona”). Lo que hoy postulamos es que Martín Adán, por lo menos en su libro de 1928, aunque podríamos rastrearlo perfectamente hasta Diario de poeta (1973), también se orientó hacia el “Vallejo + Barroco: Varrojo” (Granados 2022). Es decir, no sólo identificamos el motivo del Sol y explicamos su compleja y decisiva red aquí presente; sino, desde una mirada simétrica (y no menos vallejiana), percibirlo como aquél que motivo estructura la obra y devela u otorga sentido a la identidad amerindia del propio narrador-personaje (frente a “Ramón”). Motivo solar, su demostración queda pendiente, asimismo gravitante en toda la producción literaria posterior de Martín Adán.

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” II

¿La palabra simetría aquí soslaya la denuncia (social, política)?

La objeción es legítima si entendemos la simetría como una categoría estética de salón, una armonía pasiva que busca el orden por el orden mismo; sin embargo, en este bando, la simetría no es un refugio contra el conflicto, sino la herramienta más radical de la denuncia social y política. Lejos de soslayar la herida, la simetría la sitúa en el centro de una balanza ética de proporciones colosales. La denuncia que no es simétrica suele ser un grito desdentado, un panfleto que se consume en su propia urgencia sin dejar una estructura que lo sostenga; por el contrario, la simetría exige que el lenguaje poético y crítico tenga el mismo peso, la misma densidad y la misma temperatura que la injusticia que pretende señalar. Es una correspondencia de fuerzas: si la realidad es violenta, el lenguaje no puede ser meramente descriptivo; debe ser estructuralmente violento, debe “hacer huelga” contra la sintaxis impuesta por el poder.

En este sistema, la simetría opera como un acto de insurgencia ontológica. El sistema político y social de la “pecera” administrativa —donde se mueve la poesía premiada y la crítica letrada— sobrevive gracias a una asimetría fundamental: la distancia entre quien sufre y quien narra, entre la periferia silenciada y el centro que la interpreta. Proponer una simetría vital es un acto de nivelación. Es afirmar que el “mar” de la fluidez popular y el mito de la resistencia (el cuerpo de Inkarrí) tienen la misma jerarquía que el “muro” de las instituciones. La denuncia simétrica es aquella que no habla sobre el oprimido, sino que vibra con él, reconociendo que el dolor del cuerpo es, simétricamente, el dolor del lenguaje. No hay distancia higiénica posible; el crítico simétrico no es un espectador del desastre, es un nudo más en la misma red de vibración precaria.

Asimismo, esta simetría es la que rescata a la denuncia de la esterilidad institucional. El poder suele cooptar la protesta convirtiéndola en un tema, en una “materia de estudio” que engrosa el currículum del académico mientras la realidad sigue intacta. El bando de la simetría rompe este parasitismo: exige que la crítica sea tan arriesgada y tan expuesta como el poema mismo. Si el poema denuncia la fractura de un mundo, la crítica debe fracturarse con él. Esta es la dimensión política de la simetría: la negativa a permitir que la palabra sea un simulacro. Al igual que en la vanguardia de Vallejo, donde la gramática se retuerce para responder a la orfandad del hombre, aquí la simetría es la garantía de que el compromiso no es un discurso, sino una forma. Es el Varrojo en su máxima expresión: un ir hacia el rojo de la sangre y la protesta, pero con la precisión de un sistema que sabe que, sin una estructura de correspondencias, la denuncia es solo un eco que el viento de la historia disuelve sin resistencia.

© Pedro Granados, 2026

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BANDO: “La poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica” (I)

La sentencia es definitiva y no admite términos medios: la poesía que no es simétrica, no es poesía; y la crítica que no lo es, tampoco es crítica. Esta proclama no busca imponer una norma estética caprichosa, sino revelar una ley ontológica que rige la naturaleza misma del lenguaje y del pensamiento. Estamos ante la instauración de un bando que exige el fin de la dispersión y el inicio de una era de correspondencias profundas, donde el texto y el juicio sobre el texto dejen de ser compartimentos estancos para convertirse en un solo organismo.

La simetría no debe entenderse aquí como la rigidez del espejo que duplica, sino como el equilibrio tensional de las fuerzas en el vacío. En la poesía, esto implica que cada palabra, cada silencio y cada imagen deben responder a una arquitectura interna donde nada es gratuito. Si el poema no posee esa reciprocidad secreta —ese hilo invisible que une el ancestro con la vanguardia, o el latido del cuerpo con el ritmo del cosmos—, se queda en el mero balbuceo confesional o en el adorno tipográfico. La verdadera poesía es un Archipiélago de sentidos donde cada isla, por más remota que parezca, está conectada por un mar de relaciones necesarias. Sin esa fluidez que organiza el caos, no hay creación de mundo, solo ruido.

Sin embargo, el bando extiende su rigor hacia el observador: la crítica. Se denuncia la esterilidad de la crítica “letrada” y administrativa, aquella que disecciona el poema como si fuera un cadáver sobre una mesa de metal. Una crítica que no es simétrica es una ceguera ilustrada. Para que el ejercicio crítico tenga validez, debe poseer el mismo rigor arquitectónico y la misma carga vital que la obra que pretende abordar. No puede haber una distancia higiénica entre el crítico y el poema; ambos deben ser nudos de una misma pulsación. Si el texto es una corriente viva, la crítica debe ser el cauce que permite su despliegue, operando desde dentro del sistema y no desde la periferia del currículum.

Al juntar ambas partes, el bando establece un paradigma de integridad. La simetría es la brújula que nos aleja de la “pecera” de la poesía premiada y nos devuelve al mar del pensamiento originario. Es el reconocimiento de que el lenguaje es un sistema vibratorio donde la creación y la interpretación son dos caras de la misma moneda; una resonancia donde, al tocar la fibra de un poema, la crítica debe devolver el sonido con la misma intensidad y armonía. Quien escribe sin buscar la correspondencia secreta, y quien juzga sin entrar en la fluidez del sistema, están fuera del dominio de la palabra. Solo en la simetría —ese punto de encuentro donde el muro, el mito y el poeta coinciden— el lenguaje recupera su poder de transformación y su verdad absoluta.

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SAMUEL M. CABANCHIK/ DIEGO CARBALLAR

LA REDENCIÓN DE LA REALIDAD. BORGES UNA PERIPECIA FILOSÓFICA. BUENOS AIRES: EUDEBA, 2021 (Reseña).
Carballar propone una lectura técnica y sonora. Define el método de Cabanchik como el de un oscilador: la escritura pendula entre el sonido (la materialidad poética) y el sentido (la idea filosófica). No se trata de una disección donde la filosofía “explica” a la poesía, sino de un filtro electrónico que permite que los armónicos filosóficos de Borges aparezcan sin desvirtuar el sustrato poético original. Es una ética de la escucha.
Uno de los aportes más potentes que señala Carballar es el desplazamiento del concepto de “representación” hacia el de “redención”. Citando a Benjamin, se plantea que la naturaleza sufre por su carencia de habla. El poeta, al nombrar (el ruiseñor, la rosa), no está “copiando” la realidad, sino redimiéndola, devolviéndole su carácter de Lo Real perdido. La lectura es, por tanto, un deseo de sentido que rescata lo viviente.
Hacia el final, la reseña destaca cómo la peripecia de Cabanchik desemboca en una ética de la alteridad. Dios o lo absoluto no aparecen como conceptos abstractos, sino como una “heterogeneidad otra”, figurada en lo animal. La imagen del “que acaricia a un animal dormido” (de Borges) se convierte en la prueba de que la redención de la realidad tiene una deriva ética y teológica: el lenguaje que “retiene y salva” lo que late intermitente en la vida.
IGNACIA AUGUSTA

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“TEATRO”: ABRAHAM VALDELOMAR/ CÉSAR VALLEJO

Estas imágenes de Abraham Valdelomar —capturadas con una puesta en escena casi teatral— son fundamentales para entender la “performance” de la vanguardia peruana y el impacto que tuvo sobre el joven Vallejo. Leer estas fotos es leer el diseño de un autor-personaje que marcó el camino para la modernidad en el Perú.

El Autor como Obra de Arte (Dandismo y Vanguardia)

Valdelomar no solo escribía; él era el texto. En la imagen donde aparece semidesnudo, con una corona de hojas y un taparrabos rústico, vemos una ruptura radical con la imagen del intelectual decimonónico de levita y tintero.  Representa la libertad estética absoluta. Es una provocación que busca descolocar a la burguesía limeña de 1918. Vallejo, que en ese entonces buscaba su propia voz, vio en Valdelomar la validación de que el artista podía (y debía) romper todos los moldes.

El Indigenismo Estético y el “Inkarri” Prematuro

En la segunda foto (la famosa toma de Martín Chambi), Valdelomar aparece con chullo, poncho y abrazando un huaco. No es un retrato antropológico, sino una reivindicación estética. Valdelomar está “vistiendo” la identidad nacional. Mientras la élite miraba hacia París, él abrazaba el objeto prehispánico. Para Vallejo, esta imagen refuerza la idea de que lo universal nace de lo más profundo de lo propio. La admiración de Vallejo por Valdelomar residía precisamente en esa capacidad de ser cosmopolita sin dejar de ser intensamente peruano.

El Prólogo que no fue

La ausencia del prólogo de Valdelomar en Los heraldos negros es uno de los silencios más elocuentes de nuestra literatura.

-El Retraso como Símbolo: Vallejo esperó meses ese texto, retrasando la publicación del libro. Esto demuestra que, en 1918, Valdelomar era el “faro”. Su muerte prematura en 1919 dejó a Vallejo huérfano de ese mentor que había profesionalizado la figura del escritor en el Perú.

-De la Admiración a la Superación: Si Valdelomar usaba estas imágenes para crear un mito personal, Vallejo tomaría esa audacia pero la llevaría hacia adentro, hacia el lenguaje. La “máscara” de Valdelomar en estas fotos es externa; en Vallejo, la máscara se vuelve la propia sintaxis de Trilce.

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BASURA Y POESÍA

Recuerdo con claridad que allá por inicios de los años 70 del siglo pasado, en mi íntimo colegio popular y parroquial de Lima, un joven, talentoso y entusiasta profesor de Arte —Enrique Bustamante— nos iniciaba en el collage. Son las clases que mejor recuerdo y que por ese entonces adoraba. Jamás traía al aula los reglamentarios cuarto de pliego de cartulina, revistas, tijeras ni, mucho menos, la goma. Justo cuando faltaban unos quince minutos para terminar la clase –y presentar nuestros trabajos– compraba a alguno de mis compañeros, por unos pocos centavos, una cartulina que ya nadie quería (el fugaz paso del tiempo la había devaluado); recogía del suelo los trozos de revistas o periódicos desechados; recortaba con la mano lo que de estos se me ocurría podría necesitar para mi composición; robaba un poco de goma por aquí y otro poco por allá. E indefectiblemente me sacaba 20 (veinte). Nota máxima, indecente, extraña; según Martín Adán, una gallina delante de un huevo.

Reactivo estas memorias porque creo son lo más parecido o que acaso mejor puedan explicar mi propia poesía. Sobre todo aquélla de producción más reciente (empiezo a publicar en 1978 y mi último poemario es de este mismo año, en total doce libros de poemas); posterior a El corazón y la escritura (1995). Digo esto porque, a vuelo de pájaro, este último poemario –respecto a los posteriores– en apariencia luce más focalizado en su o sus temáticas, más elaborado en sus versos y, en suma, mayor estructurado en sus textos tanto individuales como en conjunto. No aseveraría que esto sea falso o verdadero, dejo esta tarea a los posibles interesados en investigar mi obra. Tampoco me propongo puntualizar en el collage –plástico, antaño, y hoy literario de mi trabajo– porque hallo que esto es obvio; obvio a la poesía occidental o del lejano occidente por lo menos desde Guillaume Apollinaire. Quisiera reparar, más bien, en el gesto de recoger desechos del lenguaje –disímiles, no focalizados, sin prestigio, multiculturales– y tratarlos prosódicamente. Es decir, no presentar estos desechos tal cual; sino previamente modulados, elaborados como si nos dispusiéramos a escribir un soneto en alejandrinos o una copla de pie quebrado. Tratar lo desechado primorosamente; pero sin restarle su alteridad, fragmentación o extrañeza. El foco, el origen de estos restos, se hallará irremediablemente perdido; pero ahora están sometidos a una modulación que –sin pretender naturalizarlos en su diferencia textual o cultural– los pone a trabajar en conjunto.
Las claves formales de esta nueva interacción serían, por un lado, pausas y encabalgamientos; y, por el otro, de modo paralelo a este inestable perfil rítmico, una suerte de distribución conceptual móvil de las palabras donde, pareciera, preponderan la elipsis y el oxímoron. Todo lo cual, podríamos decir, propuesto al lector de un modo débil, no enfático; evitando autoritarismos y didactismos de cualquier tipo. Evitando localismos o etnocentrismos también. La persuasión misma del poema se jugaría toda en este aire suave.

Ahondando un tantito más en las posibles consecuencias teóricas, éticas y políticas de este proceder (el de la poesía reciclada); y presuponiendo lo que nos indica debiera hacerse, con nuestra acumulada y ubicua basura, el sentido común. Cabría advertir su efecto palimpséstico e incluyente. Es decir, incluso el lector común se hallaría, desde un primer momento, rodeado o acompañado como de objetos familiares a su experiencia, a su cultura y tradición literaria; de algún modo esta poesía nos recuerda que aquellos objetos no solo ya fueron creados, sino también gozados antes. Y, asimismo, este mismo lector puede intervenir de modo activo en la co-creación de aquel pequeño artefacto de saberes y recuerdos, puesto apenas en actividad, que constituye el poema reciclado. Sin embargo, esto no resta que un lector más atento o ya iniciado en la poesía no sólo aquilate con mayor morosidad aquellas huellas culturales; sino que, quisiéramos presumir, perciba algo más decisivo en esta propuesta de reciclaje. Que no se trata de un registro; sino, ante todo, de la construcción de un objeto de conocimiento. Con giro y sin giro linguístico. Y aunque leve, desalienante de los lugares comunes y siempre abierto al deseo. Una humorada que también podría ser lo más trascendental en tu vida. P.G.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2012/03/14/basura-y-poesia/

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