El centenario de la fundación de la revista Favorables París Poema (1926–2026), dirigida en la capital francesa por César Vallejo y Juan Larrea, constituye el marco idóneo para revisar el mapa de la poesía hispanoamericana e implosionar la aduana del archivo positivista. Mientras las conmemoraciones oficiales y las academias devotas insisten en reducir la efeméride a la arqueología bibliográfica, a la anécdota de café o a la hagiografía panhispánica, una lectura desde el Pensamiento Simétrico exige reactivar la carga de insubordinación que habita en esa empresa editorial. Favorables París Poema no nació como un monumento letrado ni como un órgano de difusión de vacuidades vanguardistas; funcionó como un artefacto circulatorio y desestabilizador que expuso sin contemplaciones la intemperie de la modernidad.
La prueba de esa naturaleza insumisa quedó grabada en la célebre y revulsiva sección de sus «Colaboraciones rechazadas». Aquella nómina de exclusiones apócrifas y notas mordaces —donde se desestimaban textos ficticios de tótems consagrados como José Santos Chocano, Gabriela Mistral, José Vasconcelos o Azorín— no respondía a un mero exabrupto generacional o a un chiste de la bohemia parisina. Constituyó, en rigor, un gesto implacable de desautorización del canon: el ajusticiamiento simbólico de la tutela magisterial, de la solemnidad edulcorada y del fetichismo del nombre propio en las repúblicas de las letras. La revista operó así como un verdadero gorgojo obscuro sobre el límpido arroz del saber institucional, desarmando la pretendida objetividad de los legajos y anticipando que la poética vallejiana jamás se dejaría someter al tribunal de los especialistas, de los historiadores ni de los juristas de la Cátedra.
Este rechazo a la canonización edificante ilumina a su vez el deslinde histórico con la línea hegemónica de la poesía chilena y, por extensión, con la trayectoria dominante del Cono Sur. El desdén implícito hacia la matriz magisterial de Gabriela Mistral o las tempranas diferencias con la pose demiúrgica de Vicente Huidobro prefiguraron una fractura mucho más profunda. Años más tarde, en la célebre carta de Pablo Neruda a Carlos Morla Lynch escrita desde Batavia en 1931, el vate chileno juzgó a Trilce como un libro «seco, espantoso, cruel y estéril», oponiéndole su propia poética destinada a «amparar un poco más de alma» y «abrir una puerta de salida al corazón». Esta confesión de incomprensión nerudiana desnuda la distancia insalvable entre dos concepciones del mundo: por un lado, una poesía monumental, oratoria y sentimental, concebida para la pedagogía del consuelo y la diplomacia de las emociones; por el otro, la escritura vallejiana, que rechaza la coartada del bálsamo afectivo para instalarse en el desgarro inmanente y en la intemperie somática.
A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, esta deriva del Cono Sur se ha expandido transatlánticamente a través de figuras como Nicanor Parra, Raúl Zurita o Diego Maqueira, desplazando progresivamente la sensibilidad simétrica y la sincronía del Muchay en favor de una poesía dominada por la inteligencia sociológica, el cálculo metatextual y la hiperconciencia del lenguaje. Frente a este repliegue hacia el ingenio analítico y la especialización disciplinar —que termina convirtiendo al poema en un producto certificado para la burocracia académica o en un diagnóstico de laboratorio—, el centenario de 1926 reactiva la urgencia de una «poesía menos». Una poesía que, desprovista del ropaje del especialista y de la vanidad del bardo oficial, actúa como zarza impertinente sobre el monocultivo de las ciencias humanas, devolviendo al lenguaje su dimensión corporal, su capacidad de ruptura y su autonomía estética absoluta frente al control institucional.
Pedro Granados, 2026

