En el universo vanguardista peruano y latinoamericano, la breve pieza de atmósfera Ojo de Gallo (1940) de César Moro —figura mayor del surrealismo hemisférico— constituye un artefacto de una radicalidad asombrosa. La estructura dramática de la obra no funciona bajo el realismo psicológico, sino mediante constelaciones de fuerzas ontológicas donde los personajes actúan como polaridades de la percepción, estados de la materia psíquica y del deseo. De un lado, Lúcido y Divino, el «pez negro», representan el polo de la inteligencia abstracta, el dogma racionalista, el cálculo y la solemne asfixia metafísica, evocando una inmersión opaca y estéril en las profundidades de la razón ensimismada; frente a ellos, Lunado encarna el ritmo vital, el desvío lunar y el murmurante afecto sensible.
En el centro de esta colisión brilla la Nutria, el único animal frente a tres conceptos o construcciones humanas, cuyo desplazamiento zoológico arraiga profundamente en una comunión animista y en la libertad instintiva. Como ser anfibio por excelencia que cruza la frontera entre la tierra y las aguas del inconsciente, la Nutria no teoriza sobre el cosmos: lo habita desde la pulsión somática. Esta tensión adquiere su clímax cuando la obra concluye con la consigna lapidaria lanzada contra los Aulladores —¡Mueran los Aulladores!—, cerrando conceptualmente el drama con las palabras de Lunado validadas por la Nutria: «Me gusta el murmullo que hace el amor. Fuera de este murmurlo todo es torpeza». Moro reduce así toda la pretensión intelectual, teológica y moral de Lúcido y Divino a mera torpeza, consagrando la vida ardiendo en el presente y desatando un transvase erótico que remece y potencia el propio dualismo andino.
Esta arquitectura dialoga subterráneamente con una genealogía nacional en la que Lunado constituye el «pez blanco», una claridad láctea y una luminosidad marina que sintoniza de forma simétrica con la llaga abierta de Los heraldos negros de César Vallejo. Al contraponer la opacidad escolástica del «pez negro» con la blancura anfibia de la Nutria y Lunado, Moro opera un transvase de la mitología vallejiana hacia el erotismo y el automatismo psíquico. Para situar los antecedentes y la fortuna crítica de este texto capital, es ineludible contemplar tanto el bilingüismo y el exilio parisino y mexicano de Moro —conectando el surrealismo bretoniano con la fauna mítica sudamericana— como la labor de rescate de críticos como Ricardo Silva-Santisteban y Emilio Adolfo Westphalen, quienes destacaron este registro de teatro de cámara y de la crueldad. Asimismo, el uso del bestiario surrealista vincula a la Nutria con las imágenes zoológicas de su aliado Wolfgang Paalen. Leída desde las coordenadas del Pensamiento Simétrico, esta pieza de Moro deja de ser una mera rareza vanguardista para revelarse como un combate frontal contra la asfixia conceptual de Occidente, donde la animalidad y el delirio derrotan sin paliativos a los burócratas de la razón.
Pedro Granados, 2026

