- Desarmar el control
La poesía no se adiestra. Quien intenta dominar el verso escribe un informe de su ego; quien suelta el mando deja hablar a la materia.
- La mano en off
Escribir no es exhibir destreza. La mano en off retira la soberanía del autor para que la memoria, el soporte y el instante dialoguen sin interferencias.
- Ceder al peso
Aflojar el cuello y entregar la cabeza a la gravedad de la tierra. El cuerpo descansa en la palabra como el perro en su siesta.
- Escucha y co-agencia
El poema no es propiedad del autor ni objeto frío en el papel. Nace del choque: la carne pone la herida y la saliva; el soporte verbal, el ritmo que los excede.
- El concepto encarnado
Las ideas en el poema no se explican: se padecen. El concepto respira cuando pasa por las sienes, el estómago y la sangre.
- Materia sobre retórica
Menos pirotecnia mental y más densidad física. El verso gana peso cuando desciende a los gramos de piel, los huesos y el remiendo sobre la herida.
- Habitar, no representar
El poema no es un espejo para peinarse ni una teoría sobre el mundo. Se limita a tenderse en la vida y ocupar su suelo.
- Igualdad somática
La iluminación no proviene del cálculo ni del automatismo, sino de romper las fronteras del yo. La voz se nivela con la ausencia, el barro y lo viviente.
- El cuerpo presente
Frente al saber sin cuerpo, la poesía sostiene su densidad en la presencia física: el organismo que resiste al tiempo y al museo.
- La órbita precisa
Al apagar la urgencia de figurar y dejar hablar a la carne con su carga de polvo y respiración, el poema encuentra solo su lugar.
Disolver el yo no significa dejar la página vacía ni convertir el poema en una fría maniobra de la lengua. Frente a la poética europea que busca la «ausencia» y la anulación del sujeto, el trance simétrico busca todo lo contrario: desactivar el ego para que al fin aparezca la carne. La mano en off no borra al poeta; retira la aduana de la razón para que el lenguaje dialogue directo con la temperatura de la piel, los músculos, la fatiga y el suelo. No escribimos para crear ausencias, sino para sostener la presencia insobornable del cuerpo que vive, padece y se tiende en la tierra.
El Decálogo del poema no-vigilado entronca con una vanguardia crítica americana que rechaza el ego y la asepsia letrada, sintonizando con:
- José Emilio Pacheco: Poética de la intemperie y la materia erosionada que renuncia al monumento del ego para actuar como lugar de paso y remiendo sobre la herida.
- Enrique Lihn: Desmitificación del vate y poética de la precariedad y el ensayo-error (mano en off).
- João Cabral de Melo Neto: Poesía mineral y orgánica, sin pirotecnia sentimental, nivelada con el barro y el hueso.
- Blanca Varela: Inmanencia física y carne indigente frente a la abstracción decorativa.
- Martín Adán: Antipoesía de la ruina donde el sujeto se disuelve en la gravedad y el barro.
- Carlos Drummond de Andrade: Poesía de la materia gastada del mundo que cede ante la masa material.

