TEA: LA POESÍA DE PATRICIA TEMPLE

Decíamos ya en otro lugar respecto de la poesía peruana que va del s. XX al s. XXI:

Los varones importaron sistemas de pensamiento totalizantes (Marxismo, Existencialismo, Vanguardias) para buscar una utopía universal.  Mientras las poetas mujeres importaron teorías de la deconstrucción y la identidad (Postestructuralismo, Feminismo) para desmantelar estructuras y afirmar el sujeto en el presente.

Aunque felizmente, dado este contexto, tenemos a la poeta Patricia Temple que se sale por la tangente, tal como César Vallejo, para Javier Sologuren, fuera aquella rueda volada de la carreta.  Es decir, mientras las autoras locales, a falta de un legado de escritura femenina en el Perú –caso muy distinto al del Cono Sur (Storni, Agustini, Ibarbourou)– volvieron sus ojos a Vallejo (“Y hembra es el alma del ausente/ Y hembra es el alma mía)” para decir sus cosas (Susana Reiz dixit), autoras como Temple entroncan directamente con las bacantes –con las lenguas y labios rosados del mito—para decir también sus cosas.  ¿Cuáles son éstas?  Retirar con una mano la nata de la teoría, el lastre intelectual que implica traducir a Vallejo en los años 60 a los 80 del siglo pasado, y beber directamente la leche espesa de la loba.  Aquella que nos hace entender las cosas profundamente en femenino porque son en masculino también y, asimismo, en animal y en escorzo de árbol.

Qué poesía tan refrescante la que esparce desde sus inacabables cabellos (ininterrumpidos versos) es la de Temple.  Ni una muchacha mala de la historia, ni varias noches de adrenalina, ni la zona más dark dibujan los pechos más turgentes y audaces y revolucionarios que este aparente simple decir.  Cuita para bendecidos. P.G.

 

 

 

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