La poesía contemporánea ha sido colonizada por dos corporaciones transnacionales del signo, dos maquinarias de mercado perfectamente institucionalizadas, expansionistas y rentables que los Notarios del Pacto Letrado administran con un celo policial:
-La Franquicia de la “Poesía de la Experiencia” (El modelo García Montero): Un realismo dócil, burgués y de fin de semana que confunde la poesía con el “periodismo” tibio o la crónica de costumbres para lectores bien portados. Una estética que pasteuriza el lenguaje para que no huela a fango, a bicho ni a pezuña, reduciendo el poema a un pacto de sala de estar.
-La Corporación de la “Poesía del Dolor” (El modelo Zurita): Un monumentalismo del lamento que convierte el sufrimiento y el trauma histórico en una mercancía espectacular de exportación académica. Una épica del desastre que monumentaliza la herida para tornarla monumentalmente rentable en los circuitos internacionales del aplauso mutuo.
Frente a estas dos vertientes de la domesticación, oponemos la “soledad impura” del animal puro y el micro-eclipse de la azotea. Lo amerindio y posantropocéntrico irrumpe aquí para demostrar que la poesía de vanguardia —aquella que se gesta desde la escena cerebro vallejiana— no trafica con el dolor ni decora la experiencia: desestabiliza el paisaje. Invierte las jerarquías del sentido común para que la piedra de Madrid sea más dúctil que el dedo del burócrata, y para que el cartón de la casa sea el combustible que aguarda el fuego del Sol/Inkarrí. Bajarse a la institución García Montero-Zurita significa exhibir que sus “grandes firmas” no son más que de Funcionarios del Sentido Común operando oficinas de aduana. La verdadera poesía es un contrabando somático, un canje de fluidos con la intemperie que no le pide permiso a la policía ni a los notarios del canon. P.G.
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