Organiza “Vallejo sin Fronteras Instituto” (VASINFIN)
Presencial: mediados de noviembre-mediados de diciembre 2017.
En San Borja (Lima), lunes y miércoles de 3: 30 a 5: 30 pm.
Inscripciones:
Cupo limitado
Organiza “Vallejo sin Fronteras Instituto” (VASINFIN)
Presencial: mediados de noviembre-mediados de diciembre 2017.
En San Borja (Lima), lunes y miércoles de 3: 30 a 5: 30 pm.
Inscripciones:
Cupo limitado
Ciliado arrecife donde nací,
según refieren cronicones y pliegos
de labios familiares historiados
en segunda gracia.
Ciliado archipiélago, te desislas a fondo,
a fondo, archipiélago mío!
Duras todavía las articulaciones
al camino, como cuando nos instan,
y nosotros no cedemos por nada.
Al ver los párpados cerrados,
implumes mayorcitos, devorando azules bombones,
se carcajean pericotes viejos.
Los párpados cerrados, correo si, cuando nacemos,
siempre no fuese tiempo todavía.
Se va el altar, el cirio para
que no le pasase nada a mi madre,
y por mí que sería con los años, si Dios
quería, Obispo, Papa, Santo, o talvez
sólo un columnario dolor de cabeza.
Y las manitas que se abarquillan
asiéndose de algo flotante,
a no querer quedarse.
Y siendo ya la 1.
Jorge Esquinca, “la tercera vía”, tal como lo elaboró Eduardo Milán en su charla en el Cuarto Festival de Letras Jaime Sabines (21/ 9/ 10). Es decir, entre el diletante o el grafitero (cualquiera que escriba sus poemas sólo por joder) y el poseso o el aeda (por ejemplo, los cantos de un Efraín Bartolomé en la inaguración de aquel mismo Festival). “Tercera vía” (¿la de la propia poesía de Milán?) no de conciliación, ojo; probablemente, sí, de hibridez. Esquinca se juega la iluminación en el lenguaje. El yo no existe antes que la autobiografía. La prosopopeya instaurando hasta lo más sagrado y misterioso; ergo, también la poesía. Aunque los límites de este minucioso ejercicio –en parte emparentado con el neobarroco– parecieran no ser ya los del hermetismo (para nadie es ya un secreto nada). Sí, los del mero aburrimiento. Este es el gran reto de toda la poesía, iluminada o no; inmisericordemente banal o profunda… hacer de una rana un ciervo; de un ave, acaso mi actual mujer. No de un ciervo el mismo ciervo; no de una rana equivalente sapo.
Si alzando las manos,
formando una garra,
pudiera desgarrar
mi cielo más próximo…
Quizá esa sea la destreza
del hombre del futuro.
Comerse su propio cielo
Vía expresa (1986)
Como el perro que a veces
Saca sus ojos de perro
Y su hocico de perro
Y su pichula de perro
Así mismo te amo yo
Te agredo yo
Y desaparezco
Luego de tocar la luna
Una exaltación y un extravío
El tuyo
El mío
Nuestros hocicos de luna
Nuestras narices de muerte
Gritos contra la soga la varilla el cable
De arrastrar elefantes o navíos
Esta pesadísima espera
Me reviento contra el aire
Contra el reposo
De haber sido hasta esta hora esto
Una guitarra no hace dos tambores
Y tu voz es la que decide ahora mi suerte
Una navaja un pétalo de azucena corta
Todo lo que en esta vida nos ha ido atando
Y nos ha secuestrado
Un ejército un beso el nuestro una mutua mirada
Extendiéndose rápido y mucho más hondo que el aceite
La Vida no es más que un Electrón Buscando un Lugar para Descansar, de Edgar Artaud Jarry, se presentó en la Feria del Libro de la ciudad de México en el zócalo el pasado 13 de octubre último. Felicitaciones al poeta y cuate!!!
“Átomos observando átomos”, podría titularse este papelito sobre la poesía de Edgar Artaud… Persona, de por sí inventada, con mucho mayor proyección que los puntos seguidos precedentes. Gesto extraordinario en la poesía hispanoamericana (la española y la chicana y la escrita en portunhol selvagem, incluidas) de juego de espejos paralelos. Pero que no sólo reflejan, sino también refractan: penetran cual un cuchillo sobre nuestra pulida y resbalosa piel. Es decir, Edgar no es sólo una máscara, una mancha expandida ya sobre una millonésima porción de la ubicua Internet; esto es lo de menos. Una poesía divertida o entretenida, he escuchado decir por ahí. Lo de más, queda librado a la varilla con que nos toca a cada uno para volvernos, incluido nuestro fuero más sagrado o más interno, puro átomos. Acto de magia –acaso también de terror para algunos demasiado prendidos a sus propiedades, a su patrimonio– a través de explicaciones científicas. Todo un naturalista posmoderno, pero cuyo resabio truculento queda aplacado por el cauterio suave del humor (“Marte es para poetas”). Una lluvia de fuego que llevaría al héroe de Lugones a resucitar en átomos y ponerse al lado nuestro: otro aliento de estrellas u otra productiva jornada más de microbios extra-resistentes. Esto le faltó a Leopoldo Lugones, pero esto mismo le sobra a Artaud Jarry; el que incluso, en su versión de Edgar Altamirano, es un hombre de ciencias con mucho mayor crédito. Y en tanto poeta, y en medio de la aparente ligereza retórica en sus textos, esta última, más bien, elaborada con un refinamiento sin par (“La tierra es plana”); despliegue de velas semejante al del peruano Luis Hernández Camarero en su “novela kitsch”, Una impecable soledad. Sutileza, sofisticación instrumental u oído –obvio, no sólo esto– que lo perfila un ser extraño ante los infrarrealistas los cuales, de manera usual, y un tanto también al modo de los surrealistas, confiaban en un solo golpe de suerte o hallazgo metafórico para intentar ganar por nocaut el poema. Nada de esta cortedad de registros en Edgar Artaud Jarry, aunque insista –por empatía con el grupo o por sana modestia de su arte– en también añadirse, sin problemas, el apellido Papasquiaro o Méndez o acaso incluso Granados. Extraterrestre ante los infrarrealistas y paisano de los contemporáneos en la poesía de México; nuestro poeta ha sabido elevar la azotea de su casa en Chilpancingo –en complicidad con la inolvidable “esposa” de sus versos– en común mirador de todos. Un elevado donde leve sopla el viento y esparce y conjuga todos nuestros átomos.
Ubicar a Trilce dentro de un contexto político, social, económico y cultural, y como sucesos ocurridos en el espacio-tiempo en nuestra capital en la segunda década del siglo XX, representa, acaso, una de las propuestas más innovadoras y completas que sobre esta obra se ha realizado en los últimos tiempos. En ese sentido, Trilce/Teatro: Guión, personajes y público, de Pedro Granados, nos brinda una de las mejores luces para desentrañar en alguna medida este libro misterioso que no fue comprendido porque se adelantó a su época, y por el que Vallejo asumió toda la responsabilidad de su estética, diciéndonos: “Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡La de ser libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás”.
Tengo una cantidad innumerable de enemigos literarios; de izquierda y de derecha; del submundo y del cielo. Los cuales no cambiarán de opinión sobre mi obra porque de hacerlo, a estas alturas, significaría admitir que estuvieron despistados en el juicio o, peor aún, actuaron con hartísima mala fe. Es más, ya que para el que escribe poesía por lo menos la mitad del asunto estriba en ser un crítico con olfato; aquello sería admitir que fueron poetas mediocres y, por lo tanto, en este aspecto también existieron en vano.
Es un milagro que haya persistido en la poesía sin grupete de amigos; sin ser líder de nadie; y sin que me hayan fagocitado como requisito previo para algún halago. Es más, me entero, que los poetas de la corte imponen ciertas condiciones para asistir a los festivales si también yo voy a asistir. Sucede, exactamente lo mismo, si acaso alguien planea incluirme en alguna antología.
Mi invisibilidad, asimismo, constituye prueba irrefutable de que la poesía (la crítica) de los últimos cuarenta-cincuenta años en el Perú propiamente ha desaparecido; aunque no por esto sea menos activa, influyente o decisoria. Invisibilidad al cuadrado, para ser más precisos, porque los extranjeros que leen la literatura de este país andino se apoyan a su vez en lo que les informan o seleccionan los ineptos o, más bien, monitoreados lectores locales. Bola de nieve, entonces, intrascendente y, desde ya, extinta. Cómo se podría justificar pues, aquí, toda aquella legión de los que aludo. Que todo lo hicieron por alimentar lo mejor posible a sus vástagos, vale; que sus progenitores fueron militares y que a ellos, tampoco, nadie va a pisarles el poncho, salve; que cierta iglesia católica y cierta oligarquía les aseguraron su puesto en un periódico o en alguna universidad, allá ellos; que mientras más ignoraban incluso mucho mejor les iba, es lo usual; que en el intento de manipular a todos lograron finalmente manipularse a sí mismos, también es lo usual; que ignoraban mayormente, que no sabían, pase. Pero que de ninguna manera pudieron con Juvenal Agüero, justo de esto trata esta novela.
De aquello y de lo que diría acaso un joven crítico profesional –o una joven crítica que entenderá todo primero en inglés– allá por los años 2050, si no, antes. Un crítico de estos precoces y sabiondos, a veces de sonoro apellido, e incluso algo simpáticos, a los que martirizó su papá. Y que por esta razón se afirman, a como dé lugar, en aquello que ignoran. Y se empecinan, a la par de la institución que los ampara o los financia, en hacer escuchar su preciosa voz, absolutamente inofensiva, de puro malestar estomacal. Que cómo no reparamos en Juvenal Agüero mucho más temprano; de lo ciegos que andaban los grupos de poder y sus instituciones, etc., etc., etc. Mejor nos anticipamos a todos ellos y desde ya rechazamos sus discursos, en conjunto y el de cada uno por separado, que nosotros lo decimos desde ya y mejor. Antes que el largo brazo del remolino nos alcance o que la piedra sea muy gorda y alta sobre el río. Ahora que estamos todos reunidos todavía aquí. Habrase visto.