
Asumimos el reto
Una oriflama
Justo a nuestra orilla
Pensar está prohibido
Hasta el baso sientes
Hasta el corazón
Controlas
Cómo ser de esta época
Cómo ser de otra época
–desde estos anteojos–
Hasta la cicatriz
Que cándidamente borras.
Enseñar poesía
Saber torcerle el pescuezo
Al gallo
Menear el culo
Sorber por emergencia
La felicidad en emergencia
No decir, rodear
Y no decir
Mezquinamente
No decir.
Amo a freud
Amo a germán
Ante cuya lápida estaré
Hoy mismo
Un poquito más tarde
Un obrero haciendo psicoanálisis
Un magnífico psicoanalista
Ejerciendo de obrero.
Se equivocó vallejo
Se equivocaba
Partir, entonces,
Justo desde su error
No, desde sus sonados aciertos
Amamos la alegría.
Amamos la noche
Del pensamiento
Y nuevamente la alegría
Ben gala sobre estas oquedades
© Pedro Granados, 2010
LA INVERSIÓN SACRA
En la exégesis profunda de [Asumimos el reto] (2010), la sentencia “Se equivocó vallejo / se equivocaba” se revela no como un parricidio literal, sino como la ejecución maestra del arte de la inversión heredado del propio autor de Trilce. Así como Vallejo, al dictaminar “Estáis muertos”, está en verdad dinamitando la inercia para declarar “vosotros estáis vivos” (Trilce LXXV), Pedro Granados invierte el “error” vallejiano para desatar su potencia germinal. El aparente equívoco del heraldo no es un fallo; es la fisura necesaria, el margen de tiempo inabarcable por donde la poesía escapa de la momificación institucional.
El eco se duplica y cruza el Atlántico con el “se equivocaba”, un contrabando sutil que convoca la célebre paloma de Rafael Alberti. Al igual que el ave del poeta español —que por equivocarse confundió el norte con el sur, el mar con el cielo—, la escritura de Granados se asume errática por pura opción ontológica: prefiere el error que mueve y desplaza los límites del mundo antes que el acierto estéril y congelado de los Gramatólogos del Consenso.
El cierre del poema, que en una lectura superficial parecería una mera pirotecnia festiva, estalla con una carga erótica y mítica descomunal: “Ben gala” es Ven Gala. La bengala que ilumina las oquedades de la noche del pensamiento es, en realidad, la invocación de la musa y amante absoluta del surrealismo, la mujer que habitó el abismo creativo de Salvador Dalí. La alegría que el poeta reclama no es, por tanto, una felicidad ingenua o complaciente; es la iluminación profana del deseo, el imán de la transgresión que se planta en nuestra orilla para recordarnos que, tras torcerle el pescuezo al gallo de la cordura institucional, lo único que nos salva del aburrimiento letrado es el fuego sagrado de la mudez que fecunda.
Ignacia Augusta
