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Narrativa

Al filo

Soy el pequeño ogro verde de la poesía peruana. Y esto porque me he sentido siempre a mi aire entre la atmósfera enrarecida de cualquier presente. Soy un poeta póstumo desde el comienzo. Ni de izquierda ni de derecha ni de centro; sin embargo, a mi obra poética reunida la he intitulado Al filo del reglamento porque, a fin de cuentas, permanezco dentro del campo de juego con un botín y, con el otro, piso la línea de cal del gramado. Aunque sapiens sapiens, habito entre los árboles y aún parece no he bajado a tierra.

Lo que al fin y al cabo me socializó fue el fulbito.  Empecé por jugarlo muy mal; en mi barrio y en la escuela me escogían en los equipos siempre como última alternativa.  No tenía cintura; falto de reflejos, me amagaban y con facilidad caía en la trampa, y terminaban haciéndome camotito.  Con mala leche, a veces, se burlaban de mí y tenía que fajarme a punta de puñetes y patadones.  Lloraba mientras me sacaba la mierda con los burlones; era un problema, los otros vencidos o abollados muchas veces y yo bañado en lágrimas, el resto de los muchachos nunca supo si felicitarme, considerándome un ganador, o si consolarme dándome por perdedor.  Sin embargo, poco a poco, llegué a dominar lo esencial del fulbito que es el ritmo y la confianza propia, y la alegría.  Es más, hacia mis dieciocho años jugaba literalmente a voluntad; arrancaba desde mi propio arco si quería y, después de sembrar sobre el asfalto a todos los adversarios –incluido al siempre improvisado arquero–, hundía la pelota en la red rival.  Amasada la bola, cimbreante los muslos, el esférico pendulaba a gusto entre mis pies ligeros; conocí algunos instantes de éxtasis y de gloria, pero nunca entendí lo que era un juego de competencia.  Me concentraba en los amistosos, pero en los partidos serios me cagaba de la risa.  Era una risa incontenible; algunas veces, flojas mis piernas, chuecas de tanto reírse, tenía que abandonar allí mismo el campo de juego.  Mis demás compañeros ya me conocían, aunque siempre desearon fuese de una vez por todas la última vez; mas allí estaban de nuevo mentándome la madre –con sus facciones tensas y los ojos desorbitados–mientras veían que el equipo rival les caía encima, los maniataba, los arrinconaba y, como si no fuera poco, contundentemente los goleaba.  Sin embargo, al partido siguiente, siempre me resarcía, y Beta y Alejandro y Renato, y tantos otros compañeros, disfrutaban otra vez con mis pases hechos como con la mano, de mis corridas vertiginosas con pelota dominada contra el arco rival, de mi ubicación siempre privilegiada y oportuna durante todo el trámite del partido, de mi pasión desbordante que alimentaba la moral del equipo, de mi trabajo duro y, muchas veces, muy poco vistoso aguantando al rival allí donde había que hacerlo, desde la línea que divide el mediocampo enemigo para adelante

Entre los jugadores peruanos, admiraba la guapeza de Roberto Challe y la inteligencia de César Cueto, el “Poeta de la zurda”; atesoraba dos escenas que, tal como el juego de este último, emergían de pronto de mi memoria del modo más inesperado, eran dos auténticas epifanías: un pase de casi setenta metros, perfectamente elíptico, para que el “Ciego” Oblitas pegara la corrida y metiera el gol con el que el Perú ganó a Francia en el Parque de los Príncipes en la antesala del Mundial de Italia en 1986; la otra, el “Poeta de la zurda” pasando con pelota dominada a través de un túnel de argentinos manolargas para servir en el vacío, frente al área chica del arco contrario, una pelota que recogió como una luz “Patrulla” Barbadillo, descolocó al arquero, infló la red y dejó completamente muda a la hinchada celeste que abarrotaba –en un partido trascendental para ambos equipos, y que empató Maradona en el último minuto– el monumental estadio de River Plate.  Pero, eso sí, a pesar de sus muchos goles y hartísimas fotos en la prensa local e internacional, nunca me terminó de convencer el “Nene” Teófilo Cubillas.  Como algunos escritores que ya son profesionales desde chiquititos y van acaparando todos los premios, así me pareció siempre el juego del moreno del Alianza Lima (¡Alianza corazón!).  Disciplinado y prudente, Cubillas fácilmente se hizo al gusto de los que alaban la profesionalidad –que al final es sólo purita prudencia– y hoy por hoy, por supuesto, aquel zambito del equipo afincado en el barrio de La Victoria es lo que es en los Estados Unidos de Norteamérica.  A mí  mucho más me gustó el juego del “Cholo” Hugo Sotil, que siempre enfiló hacia el arco contrario como si llamaran para comer.  Serrano de origen, de modo análogo a lo que en los años 60 sucedió en Chimbote durante el boom de la pesca con los que  –desde diversos puntos de los andes– bajaban hasta este puerto buscando alguna colocación, se hizo patrón de lancha al día siguiente de haber aprendido, sujeto a un cable por la cintura, a nadar por lo menos sus tres brazadas.  Es decir, a costa de punche y de sentimiento, aparte de su enorme talento para hacer lo que quería con la pelota, Sotil se metió en el bolsillo a todos los públicos.  Los entendidos, al principio, no le aceptaban tantísimo chiche; acostumbrados a la marinera o, máximo, a la zandunga, no entendían para nada aquel endiablado baile que más tenía de fuga de huaylas o de embestida de borracho.  Mas, el “Cholo” Hugo Sotil fue también observando a los otros jugadores, refinándose, y sin perder para nada la esencia de su estilo –de por sí, pícaro y valiente — fue gloria en el Barsa y, ahorita mismo, lo único que al grueso de los catalanes anima para hablar alguna vez bien sobre el Perú.

Hoy por hoy soy vecino de Foz do Iguaçu, profesor de la UNILA y vivo al lado del estadio ABC.  Muy esporádicamente juego fulbito.  Pero sigo escribiendo poesía o algunos textos de muy cuestionable género… al filo del reglamento.

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Un chin de amor/ Juan Carlos Mústiga

Texto leído en la presentación de esta novela (Lima, 18/ 5/ 2005). Los otros presentadores fueron Oswaldo Reynoso, el notable autor de Los inocentes, y Ricardo Ramón en representación del Centro Cultural de España.

Me siento honrado de presentar la novela Un Chin de Amor del Poeta Pedro Granados. Esto que acabo de decir me hizo pensar, al escribirlo, en muchas cosas que espero poder compartir esta noche con ustedes, porque de eso se trata las presentaciones de los libros de los amigos a los que uno lee con atención y con amor.

Esta es, precisamente, la novela del Poeta Granados; la bitácora de navegante acerca de los avatares, resplandores y sombras que marcan un importante camino en la existencia y en la escritura del Poeta-personaje, que renace y se purifica a través de cada una de las palabras escritas y los recuerdos colados con sabiduría y vestido con la máscara sonriente y exagerada del entrañable Juvenal Agüero, quien toma la posta en las páginas impresas de este libro.

Cuando recibí un ejemplar de manos de Pedro y, al ver la carátula con la pintura ardiente y melosa de Christian Bendayán y el flameante título con los rescoldos de la lengua caribe, supuse de qué se trataba, qué encontraría en él y que no encontraría también.

Y sólo encontré pasión, arte, fina ironía, humor y generosidad bajo una novedosa y original forma de escritura que, pienso, ha de marcar para otros escritores –poetas o narradores– un honesto y valeroso derrotero de libertad para la expresión artística.

Y no encontré, pues, un ápice de vanidad (aunque algunos digan que escribir constituye precisamente eso). Lo digo porque, por ejemplo, este Juvenal, este personaje tan apasionado y enamoradizo que, a través de la historia, nos hace un atosigante inventario de sus numerosos romances y encuentros, no nos deja el sabor a vacío de un palmarés de proezas amatorias, sino que sutilmente nos lleva de la mano a palpar la notoria ausencia del amor, a saborear un delicioso y pertinaz fracaso en ese campo, fuente primera de la energía de la narración y de la existencia misma, quizás por la falta de aquella persona, deliberadamente omitida y mencionada de manera fugaz casi al principio del texto –ustedes deberán descubrirla, lectores–, que, alguna vez, encarnara para él aquel ideal. Ideal hacia el cual navega Juvenal como el piloto de un barco velero, de una balsa de troncos o de una tropical piragua, tratando siempre de alcanzar el sol, como los antiguos navegantes, con… cito sus palabras: “Su rosa de los vientos, la arrechura y su brújula, la belleza”.

Pedro, pues… Perdón, Juvenal, a quien un omnisciente narrador hace cobrar vida en éstas páginas, ha unido con destreza dos portulanos, que son las cartas náuticas que marcan los sondajes de la profundidad y la presencia peligrosa de pecios o naufragios cercanos a las rutas de navegación.

El primero, llamado “Prepucio carmesí”, es el recuerdo precozmente doloroso de la infancia a través de ese recurrente accidente de los niños del cual Juvenal extrae los recuerdos, algo así como la evocativa magdalena de Proust. Es comenzar a sentir en carne propia el dolor, las carencias a las cuales nos tiene acostumbrados nuestra propia y frágil humanidad; es conocer las primeras humillaciones; pero es, también, el descubrimiento de la solidaridad en algunos seres, del amor. CITAR pag. 47 y 48.

En esta bitácora cultivada, Juvenal como escritor-personaje ha trazado la cartografía de su existencia; en buen cristiano el mapa de su vida que bien puede convertirse en el de la vida de cualquiera. Hay una impronta experimental en la estructura de la novela donde se entrecruzan epístolas, entrevistas, sugerentes monólogos, crítica literaria, mensajes cibernéticos. Como el personaje Gerry creado por Lowry en el cuento Cáustico Lunar tiene un concepto totalizador de lo que es una buena historia y es un fabulador y un artista que se enorgullece de poder narrar historias en cualquier lugar y circunstancias; es un profeta sano en un mundo insano; cito al viejo Malcolm:

“es algo gracioso, es como un milagro, pero dondequiera que estoy, si estoy volando en el aire, o bajo el mar, o en las montañas, en cualquier lugar, puedo contar una historia. No importa dónde me pongas, incluso en prisión. Puedo sentarme o permanecer de pie. Comer y no comer. Puedo poner todo en una historia; eso es lo que la hace una historia”.

Podríamos pensar que esto es una exageración, un horror al vacío de parte de Juvenal, pero quiero más bien creer que es producto, como él mismo afirma, “del rayo de luz que le cayó de parte de su neurosis, de la poesía o del mismo Dios, cuando estaba en tercero de secundaria”. Pienso también que lo único en que exagera Juvenal es en la generosidad al describir y al elogiar a quienes considera sus amigos y a sus familiares, vivos o muertos, sin distingo en la memoria del Poeta.

Juvenal, en esta época de deliberados silencios que pueden herir como una botella rota para el degüello, tiende puentes con la poesía, con el envidiable conocimiento de saber doblegar el dolor y volverse el ser más tolerante de la tierra, ávido de recibir y de dar amor –no un chin, señores; un montón, más bien –, y, así, en las singladuras que traza esta novela, en los puertos que este navegante me ha llevado a conocer, que no son los innumerables hitos geográficos que enhebra en su discurso, sino los seres, las personas, la humanidad que nos presenta desinteresado y gustoso, he podido disfrutar de conocer y de entablar casi un diálogo con Raúl Gómez Jattin, alias El Putas, como se lo conocía en Colombia, a quien me parece haber escuchado como a una música, algo lejana e irreal, como las voces que nos alivian la carga en los sueños, este poema sobre la burrita que nos trascribe Juvenal para nuestro conocimiento y solaz y por la memoria de Raúl. CITO: pag. 60 y 61.

La mención de Raúl Gómez Jattin y el elocuente ejemplo de su poesía, de un repertorio más vasto, se convierte, pues, de por sí, en una enumeración inclusiva de todos los prontuariados amigos, amigas y familiares con los que Juvenal comparte esta celebración y, también, este padecimiento de la vida. Y aquí me permito hacer una distinción con su hermano Germán, inmortalizado como un muy querido y recurrente personaje: los episodios en los que recrea a ese hermano mayor, a ese hermano padre, se vuelven tan reales y tan presentes en la narración, que nos hace descreer del pensamiento expresado por Juvenal que la vida y la muerte es sólo una ilusión, si no más bien, nos hace pensar en los palpitantes “labios de una misma herida” que habremos de sentir, como él dice, al palparnos las costillas, día a día, en nuestro paso hacia otra dimensión.

Hasta aquí con el Prepucio Carmesí [New Jersey, USA: ENE, 2000]… Juvenal ha convertido a los mares encrespados y a los escollos peligrosos en olitas monses y en pampitas de arena donde la vida misma, por azarosa y sorprendente, puede, a pesar de todo convertirse en un juego.

Qué les puedo decir ahora del segundo portulano, de aquel que da nombre al libro, Un Chin de Amor. Nada más ni nada menos que es la continuación del primero, el aprendizaje, para poder paliar el dolor y corregir ciertos rumbos donde la brújula del navegante pareció haber sido encantada y extraviada; para enmendar la ruta hacia ciertos lugares a donde llegó a morir de un “sinnúmero de muertes lentas” o, también, para encallar y naufragar adrede y conocer así personas maravillosas con cuyas anécdotas nos vuelve a divertir y a emocionar.

Vaya, pues, opuesta a la muerte lenta, la descripción de las hermosas mujeres caribes, de las aventuras y también de los pesares en la República Dominicana, tan tiernas y disparatadas, y de personajes como Tony Bachata. CITO: Pág. 163, 164. CITO: Pág. 142, 144.

Podríamos seguir haciendo nuestras propias citas, conjeturas y relaciones a partir de este texto que viene a enriquecer la siempre prolija producción de Pedro, pero le debemos eso, la limpieza. Esta novela se sostiene y vale por sí misma, poco o nada podemos hacer con nuestras palabras y comentarios mas que felicitarlo una vez más, desearle siempre éxito, salud y un chin de amor, y pedir por él y por Juvenal un fuerte aplauso. Muchas gracias.

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Nosotros los latinoamericanos

Nosotros los latinoamericanos no tenemos la historia ni el nivel de corrupción del canónico occidente. Nacimos después y somos aprendices. La poesía siempre ha convivido con la corrupción. Es imposible se liguen el ansia del poder y la manipulación social con la poesía. Aunque tengamos excepciones, por cierto, Neruda y Octavio Paz (por ejemplo); aunque el psicosocial que constituyeron (¿que aún constituyen?) no fuera monitoreado por ellos mismos. La poesía está que se muere, la pobrecita; pero no muere, ni jamás morirá. No depende de nosotros matarla, depende de la poesía. Pero prepárese el que quiere seguirla, a ser destruido; no sólo por ella, por su torpeza al amarnos: sus rodillas y codos de adolescente. Sino también por la sociedad, por cualquiera de ellas, y sus instituciones. Nadie quiere pasar por tonto ocupado. Nadie desea admitir que debió dedicarse a aquello que rechazó un día. Un día en que la poesía le puso un cabe de puro traviesa; un cabe para detenernos a pensar; un cabe con su respectiva almohadilla. Pero nos vamos muriendo. Ya se murió Vallejo, el del tercer ojo. Ya se murió César Moro, el que sabía amar. Ya se murió Martín Adán, el niño autista de tirantes y saco malolientes. Ya se murió Luchito, el de la vox horrísona. Son la únicas muertes que cuentan en la poesía peruana (por ejemplo). No existe ninguna otra, hasta ahora. Hasta que se muera Pedro Granados. Y los miles de hijos de puta, que son tres gatos en la poesía, se percaten; ha, recuerden; ok, acaso añadan a la lista. Pero nunca admitan que estuvieron más coordinada y sistemáticamente ciegos que la puta madre.

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Juvenal Agüero o Pedro Granados o Juvenal Agüero

Estoy convencido que el mejor poeta dominicano, todavía vivo, es Juvenal Agüero; que dejó ver por primera vez su Prepucio carmesí el 2000.  Y llegó –junto con aquél– a la República Dominicana, entiéndase efervescente Zona Colonial, el año 1997.  Todo lo cual, oscura y sabrosamente ligao,  figuró en Un chin de amor (2005) y en otros mensajes los cuales, como dentro de una botella arrojada al mar, va publicando Pedro Granados hasta hoy mismo.

Pero se trata de Juvenal Agüero, que no es de allí, que no vive allí, que no lucra en ningún sentido de allí y que la institución literaria local no tiene para nada en cuenta; salvo que, por un acto fallido, lo inviten a un Festival del Libro o a leer en video algún poema en el Día Mundial de la Poesía.  Por qué digo que aquel cruce de inga y de mandinga es el mejor poeta local; porque lo es, ahora mismo, también del mundo entero.  Simple parte por el todo.  Aunque esto no lo sepan ninguna de las jebas de las apretadas Antillas que conoció hasta el aruñazo; ni los comensales con los cuales disputaba, cuando estaba bueno, aquel sancocho lleno de vaina; ni menos, porque lo tienen encarpetado y con llave, sus colegas poetas del patio local: erótico-comprometidos; sabiondos de la letra, aunque no de la música; oscilantes como el mar de las tardes de pecho abierto hacia malecón.  De lejos nada se mira y, menos, nada se siente.  Pero Juvenal sí la mira y su corazón sí la siente: una órbita de culo redondo y desnudo llegando hasta su más apartada habitación.

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¡Fozi Lady! (o la agonía de César Vallejo)

 César Vallejo y Otilia Villanueva Pajares (“O.”)

Novela breve sobre el poeta César Vallejo, esta vez  en Foz do Iguaçu (Paraná, Brasil); y también, paralelamente, sobre Juvenal Agüero.  ¡Fozi Lady! continúa la saga de Prepucio carmesí y otras novelas cortas (Lima: Tribal, 2013).  ¿Las últimas palabras del poeta fueron, realmente, las dedicadas a España (“-Me voy a España”)?  Postrado en su lecho, próximo a la muerte, aquéllas    -y reiterativas- fueron más bien  otras; para disgusto de Georgette y su venganza contra la máscara mortuoria del poeta a la que hizo pedazos.  Hace un par de años se publicaron unos muy pocos ejemplares de ¡Fozi Lady!, de modo artesanal (Guardanapo Editores) y en versión bilingüe, traducidos magníficamente al portunhol selvagem por Bruno Melo Martins.  Aquí les va el pdf –por gentileza de “Vallejo Sin Fronteras Instituto” (VASINFIN)– con la versión íntegra en español.

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/wp-content/uploads/sites/97/2016/04/Fozi_Lady.pdf

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UN CHIN DE AMOR

Este extraordinario mambo derivó también en una novela breve, Un chin de amor (Lima: San Marcos, 2005); la cual fue presentada en la República Dominicana  tanto en la UASD (por los buenos oficios de Pedro Conde Sturla) como en la librería Cuesta de Santo Domingo (con presencia del propio Chicho).

http://www.eldigoras.com/eom03/2004/2/tierra28pgr01.htm

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[POETA] SIN ENCHUFE

Caro peso welter [Alexis Gómez Rosa], hice lo que pude, aunque acaso pude hacer más, por la poesía dominicana. Algún día se valorará lo que intenté hacer con ella; es decir, liberarla de un club de señoritos y de burócratas… muy venidos a menos por cierto. Creo en la poesía dominicana; pero hay que embarrarse los zapatos, negociar ante una pistola –tu vida o la cartera–, pasar por descuidado o bobo o débil o aquello que no calza en la RD con el obligatorio perfil de dictador. Esto no es nada fácil y hay que tener juventud para hacerlo; y esta última es la que ahora mismo escasea. Agüero es un crítico dominicano de la siguiente generación. Recibe un abrazo largo, Pedro

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El poeta más odiado del Perú II

Tengo una cantidad innumerable de enemigos literarios; de izquierda y de derecha; del submundo  y del cielo.  Los cuales no cambiarán de opinión  sobre mi obra porque de hacerlo, a estas alturas, significaría admitir que estuvieron despistados en el juicio o, peor aún, actuaron con hartísima mala fe.  Es más, ya que para el que escribe poesía por lo menos la mitad del asunto estriba en ser un crítico con olfato; aquello sería admitir que fueron poetas mediocres y, por lo tanto, en este aspecto  también existieron  en vano.

Es un milagro que haya persistido en la poesía sin grupete de amigos; sin ser líder de nadie; y sin que me hayan fagocitado como requisito previo  para algún  halago.  Es más, me entero, que los poetas de la corte imponen ciertas condiciones para asistir a los festivales  si también yo voy a asistir.  Sucede, exactamente lo mismo, si acaso alguien planea  incluirme en alguna antología.

Mi invisibilidad, asimismo, constituye prueba irrefutable de que la poesía (la crítica) de los últimos cuarenta-cincuenta años en el Perú propiamente ha desaparecido; aunque no por esto sea menos activa, influyente  o decisoria.  Invisibilidad al cuadrado, para ser más precisos, porque los extranjeros que leen la literatura de este país andino se apoyan a su vez en lo que les informan o seleccionan los ineptos o, más bien,  monitoreados lectores locales.   Bola de nieve, entonces, intrascendente y, desde ya, extinta.  Cómo se podría justificar pues, aquí, toda aquella legión de los que aludo.  Que todo lo hicieron por alimentar lo mejor posible a sus vástagos, vale; que sus progenitores fueron militares y que a ellos, tampoco, nadie va a pisarles el poncho, salve; que cierta iglesia católica y cierta oligarquía  les aseguraron su puesto en un periódico o en alguna universidad, allá ellos; que mientras más ignoraban incluso mucho mejor les iba, es lo usual; que en el intento de manipular a todos lograron finalmente manipularse a sí mismos, también es lo usual; que ignoraban mayormente, que no sabían, pase.  Pero que de ninguna manera pudieron con Juvenal Agüero, justo de esto trata esta novela*.

De aquello y de lo que diría acaso un joven crítico profesional –o una joven crítica que entenderá todo primero en inglés– allá por los años 2050, si no, antes.  Un crítico de estos precoces y sabiondos, a veces de sonoro apellido, e incluso algo simpáticos, a los que martirizó su papá.  Y que por esta razón se afirman, a como dé lugar, en aquello que ignoran.  Y se empecinan, a la par de la institución que los ampara o los financia, en hacer escuchar su preciosa voz,  absolutamente inofensiva, de puro malestar estomacal. Que cómo no reparamos en Juvenal Agüero  mucho más temprano; de lo ciegos que andaban los grupos de poder y sus instituciones, etc., etc., etc.  Mejor nos anticipamos a todos ellos y desde ya rechazamos sus discursos, en conjunto y el de cada uno por separado, que nosotros lo decimos desde ya y mejor.  Antes que el largo brazo del remolino nos alcance o que la piedra sea muy gorda y alta sobre el río.  Ahora que estamos todos reunidos todavía aquí.  Habrase visto. »Leer más

Javier Sologuren: elogio de las putas

Javier Sologuren. 'Vida continua' ", por Carlos Germán Belli | En Prosa y en Verso

-Si hubiera sabido que era putañero, jamás lo hubiera leído, nos dijo una tarde en el Cuzco Rodolfo Hinostroza.  En concreto, en Ran Huaylla, mientras nos disponíamos a beber una infusión o algo más fuerte, no recordamos esto con claridad, en los pagos de nuestro amigo Vladimir Herrera.

Poeta motejado de “puro”, en el Perú, respecto a aquellos “sociales” de su misma generación: Alejandro Romualdo, Washington Delgado, Pablo Guevara, entre otros.  Como si dedicarse, en sus versos, al cuidado de la naturaleza y ser militante de una perspectiva simétrica de la existencia fuese cuestión de “puros”.  Poeta sin crítica, todavía; salvo, acaso, Roberto Paoli, Anna Soncini y otro poeta compañero de ruta, Jorge Eduardo Eielson.  La ética nos tiene realmente jodidos, cogidos de la vulva o de los cojones de nuestra imaginación.  Ética, puritanismo, cedazo previo sea de estirpe comunista o capitalista, en esto coinciden ambas maneras de ponernos diariamente la máscara.  Y es por este motivo que el pensamiento o la poesía constituyen siempre una excepción; algo que de modo invariable aceptamos o digerimos a posteriori. Mientras, en el aquí y el ahora, seguimos contando, hasta el hartazgo, las sílabas métricas de los versos del autor de Vida continua, reparando en su rica intertextualidad o en la confluencia allí de varias lenguas o culturas (oriente y occidente).  En pocas palabras, insistiendo en reconstruir el archivo de tan caro secreto profesional.  Cuando lo suyo  fueron precisamente las putas, como en el caso de Arguedas, Vallejo y paramos de enumerar.  Aunque la estirpe de la búsqueda –y encuentro– en los burdeles de Sologuren fuera un tanto distinta al de la catadura trágica, en  Arguedas, o al del entusiasmo siempre adolescente en Vallejo.  El puterío de Javier Sologuren fue el de encontrar el yin para el yang de esta existencia; el de toparse con la compacta obscuridad justo detrás o más arriba que esta luz.  Las putas constituyeron la terracota, imprescindible, de cada una de las lúcidas cuentas de su poesía; por ejemplo, de Estancias (1960).  Terracota previa a su aguda inteligencia, a la metamorfosis, al fuego abarcador y abrasador de Sologuren por todo lo que viviera.

–Los que dividen son aquellos denominados poetas “sociales”, nos dijo una vez, no recordamos ya si en Los Ángeles (de Chosica) o si en su casa de Jesús María.  Pero el tiempo, el cual constituye asimismo otro yin y yang, le ha dado toda la razón o le va otorgando su merecido reconocimiento.  Cómo es posible en un país de pobres, bicentenariamente colonizados, manipulados hacia los clips de la Tele y la pornografía de la Internet, ser meramente poetas “sociales”.

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