Sobre este izquierdismo, Alberto Adrianzén (2011, 52), en el libro citado ha afirmado que:
“Fue prisionero de la ideología y, más concretamente, de las imágenes de otras revoluciones, particularmente de la china y de la cubana. En realidad, esta nueva izquierda no supo entablar un diálogo autónomo con estas revoluciones y con las otras corrientes del marxismo y de la cultura universal, como lo hizo Mariátegui, ni tampoco entender, pese a algunos esfuerzos meritorios pero por general al margen de los partidos, la compleja realidad nacional”.
Osmar Gonzales al respecto dice:
“Los militantes entendían que la actividad intelectual era secundaria por moverse solo en el campo de las ideas y lo que demandaba el momento crítico era acción; práctica, no filosofía. Además, Marx ya lo había dicho, se repetía con frecuencia: no se trata solo de entender cómo funciona el mundo, sino de cambiarlo. Pero obviaron lo que decía Lenin: no puede haber práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria, y lo afirmó —recordémoslo— en sus debates contra los revisionistas. Albert Einstein lo había expresado a su manera: no hay nada más práctico que una buena teoría. En resumen, la separación de los ámbitos intelectual y político atentó en contra de una presencia política más sólida y eficiente de la izquierda peruana” (2011,31)
“A diferencia de los casos de Argentina y Uruguay, donde las revistas fueron cruciales en la difusión de nuevas perspectivas sobre la cultura y los posicionamientos políticos, en el Perú en el periodo reseñado se produjo una involución, es decir, un retroceso si consideramos los antecedentes de inicios de siglo. El caso de José Carlos Mariátegui, primer marxista de América según muchos estudiosos, y la revista Amauta, devienen ejemplares en cuanto a su posición y proyección hacia el futuro, precisamente porque hacen de la expresión estética y la convicción política un diálogo mutuamente enriquecedor”

![huaman[1]](http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/wp-content/uploads/sites/97/2015/10/huaman1.jpg)









