Este artículo critica el canon biográfico de César Vallejo por omitir su componente multinaturalista amerindio. Mediante una relectura de la crónica «Un atentado contra el regente Horthy», se propone que la evolución ideológica de Vallejo entre 1924 y 1929 manifiesta una persistencia ontológica antes que etapas sucesivas. El estudio introduce una perspectiva amerindia-multinaturalista centrada en Ossag Muchay, en cuya onomástica Vallejo reconoce la raíz quechua muchay («reverenciar»). Al identificar esta «firma» andina bajo el ropaje otomano, el poeta realiza una traducción inversa: des-nacionaliza al sujeto para re-culturalizarlo en un universo simétrico. Apoyado en Viveiros de Castro, Descola y Derrida, el texto concluye que la identidad vallejiana es una «firma expandida» donde marxismo y ontología andina convergen en una lógica de pensamiento simétrico y resistencia post-antropocéntrica. P.G.
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27/06/26: POETAS PERUANOS S. XXI: “CUADRÚPEDOS INTENSIVOS”
Hacia fines de los años cincuenta se inició en la poesía culta del Perú, como bien advirtiera el maestro Alberto Escobar, uno de esos balances cíclicos con los que se cuestiona no solo un estilo o una moda, sino el sentido entero del poetizar y sus nexos con la vida social. Esto se tradujo en la adopción generalizada del “británico modo”: el monólogo dramático anglosajón que, matizado luego con los metros de Ezra Pound y la clonación del verso proyectivo de Charles Olson, pretendió fijar el horizonte de expectativas de una Ciudad Letrada básicamente universitaria. Sin embargo, frustraciones y acomodos políticos mediante, con el paso del tiempo el cultivo de esta forma quedó atrapado en la mera pantomima o en su pura carpintería sonora. El británico modo y el cinismo terminaron conformando las dos caras de una misma moneda. Desde los años 60 (con Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza), pasando por la vocinglería de los 70 y 80, hasta el presente post-2000, los poetas peruanos hemos constituido una verdadera bola de taimados: sujetos que creen que con el lenguaje formalmente acabado basta y no reparan en la indigencia del sujeto que le proponen al lector. Frente a esa legión de astutos y sobrescritas que por oleadas nos asolan, urge un salto cualitativo que supere las taxonomías coloniales de la academia para evaluar, por fin, sensibilidades y opacidades culturales.
La propuesta de esta antología, Once titular: Poetas peruanos S. XXI. “Cuadrúpedos intensivos” (2025), se planta de cara contra ese cinismo y se conecta de forma natural con nuestra muestra previa de la revista Arquitrave (2014) a través de un gozne exacto: la poesía de Frido Martín. El concepto que sustenta este volumen se halla sucintamente contenido en el verso de César Vallejo: “Cuadrúpedo intensivo”. Esto significa escribir acopiando en los poemas el mayor número de dimensiones de las Humanidades posibles (H1: Libros, H2: Pueblos, H3: Narrativas, H4: Post-antropocéntrico), tal un animal bien sostenido en sus cuatro patas, rechazando cualquier asimilación parasitaria o imitativa. Antes que evaluar plataformas o empaques textuales redondos, nos interesa identificar sensibilidades. La poesía siempre rezuma al lenguaje empleado; constituye, como decía mi finado hermano Germán (obrero y poeta), su “humito”. Ni el “giro lingüístico” de la academia norteamericana ni la “diseminación” de la deconstrucción francesa consiguen dar cuenta de la complejidad de nuestra vanguardia tutelar, porque operan desde el escepticismo de la desconexión.
Frente al callejón sin salida del narcisismo, la melancolía y el sentimiento de derrota que asfixia las obras tardías y estériles de autores canónicos que jamás salieron de su biblioteca o de su balneario aristocrático, el verdadero gran poeta responde a un mito inscrito en el paisaje (geografía sagrada). Mientras la metafísica occidental de un Vicente Huidobro en Altazor apostaba por una paulatina descorporeización intelectual, Vallejo y el unánime José María Arguedas respondían desde una metafísica amerindia o multinaturalista: la inclusión de todos y cada uno de los cuerpos posibles y el fervor del paisaje fundido en lo humano. El problema es que la poética chilena del simulacro, el humor abstracto y la deconstrucción que enmascara la nostalgia del mito se ha ido exportando e instalando en los países de nuestra región, domesticando a los creadores bajo una noria de sujetos que no tienen absolutamente nada que decir, pero escriben.
Nuestra propuesta desactiva conscientemente dos trampas del oportunismo editorial: la Mímesis de Élite (reemplazamos el Zeitgeist europeo importado por el mito andino como motor de la vanguardia) y la Instrumentalización de la Miseria (rechazamos el testimonio crudo o porno-miserabilista para buscar la utopía activa que emerge del dolor transformado por la conciencia mítica). Para ilustrar este giro ontológico, basta observar la dinámica incesante entre palimpsesto y prototipo en Luis Hernández Camarero, el gran ausente e imán de este linaje. Los pastiches de Hernández no son fragmentos sin referente; son refracciones y fermentos de un prototipo fundacional americano: el Mito de Inkarrí (el Sol, la Cabeza del Inka que permanece oculta en el mundo de abajo y que regresará para articular el cuerpo fragmentado). Sumergido en la obra de nuestro Once Titular, Inkarrí actúa como un sujeto subterráneo que rompe la dependencia colonial desde la raíz intelectual.
Esta vibración andino-barroca, carnavalesca y performática estalla en la obra del permanente joven Frido Martín (Marco Young). Sus “limpias sonoras” resuelven la esterilidad monótona de la poesía electrónica o maquinal porque no están hechas de “fragmentos” aleatorios europeos, sino de los fermentos locales del cuerpo invencible de Inkarrí. Poemas como “Pa’ Gozal” o “Poema de oídas” (para ser leído en modo ASMR) operan en ósmosis con el habla migrante, afro-araucano y caribeño, registrando el tránsito de La casa de cartón de Adán al panal de abejas convulso de la Lima de hoy, apuntando al concepto del pluriverso donde el corazón humano, tornado en información celular sobre una pantalla iluminada, nos sobrevivirá.
A este linaje simétrico pertenecen las voces de Carlos Llaza y Carlos Quenaya, creadores que tienen muy poco que aprender de la tradición oficial del 60 y que prefieren multiplicar las patas y alargar el hocico para alimentarse por dentro. Carlos Llaza (Arequipa, 1983) ejecuta un desuello pulcro del animal elegido sin dañar la entraña. En sus Poemas de combustión espontánea, la piel es el acantilado donde compartimos la lengua. Cuando en su poema “Sonido virgen” arroja la Biblia al río, el libro se convierte en una criatura viva cuyo lomo ondea y cuyas letras se elevan como cenizas, transformando el texto baldío en un rumor inédito. Llaza reconstruye la geografía sagrada bajo el trasluz de la cordillera (“Piedra blanca”), haciendo que los ancestros coexistan con nosotros porque participamos de la economía política del universo, donde los objetos inanimados (“Elogio de la silla vieja”) proyectan sombras y se dejan ver.
Carlos Eduardo Quenaya (Arequipa, 1984), por su parte, consolida esta crítica ontológica al fugar de la caverna de la filosofía pura para iluminarse con las mentiras del cuerpo y las chácharas de la naturaleza. En La forma del confín, su personaje “Jeringa” —un Niño Goyito lúdico e intergaláctico— emprende un viaje cósmico, pero lo hace desconcertado y reducido a un “grumo” material de desechos, secreciones y fluidos íntimos. Quenaya utiliza un vocabulario denso y un humor corrosivo (a lo Adán, a lo Vallejo) para desinflarle la llanta a la abstracción y celebrar el triunfo del tacto. En Palabras del pequeño novelista (2023), nos introduce en un taller donde los objetos inanimados poseen agenda propia y donde “fantásticos destellos surcan la pulpa del jabón”, resolviéndose en el gozo incluyente de una cotidianidad inmanente: el desayuno tibio, el sistema nervioso ridículo y la flacura extrema.
Frente al adobo de las mariposas de plomo de la hegemonía crítica, el Once titular de estos Cuadrúpedos intensivos reclama su venia. Ante los desafíos del Antropoceno y el Capitaloceno en este siglo XXI, la crítica futura y la poesía verdadera no se limitarán a la crisis del sujeto o al formato taimado del lenguaje; se preguntarán cómo esa crisis se funde con la tierra, la carne y la inmanencia del mito local. Solo así, a contracorriente del mercado, multiplicando las patas con dignidad de escultura y pegando los platos rotos con saliva, la poesía en el Perú mantendrá su ventaja virtual absoluta: ir más acá de la literatura para traernos, por fin, un impensado sentido de plenitud y un justo bocado a la boca. P.G.
21/06/26: ANCLAJES BIOGRÁFICOS DEL “MILAGRO” DE TRILCE
Aunque debiéramos distinguir lo que, a su turno, dicen Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, no lo haremos. En primer lugar, por pereza nuestra; y, en segundo lugar, por respeto a esa voluntad de trabajo y de estilo comunitario que ambos representan: nuestro Deleuze-Guattari hispanos. Entre paréntesis va nuestra cosecha.
Desde la reseña de Antenor Orrego a Trilce, “La vida del hombre”, ya se nos sitúa ante un Vallejo carcelario. Este “primer biógrafo” enfatiza la importancia de Mirtho (Trujillo) frente a Otilia (Lima); aunque también “borre” a la limeña por tabú (aborto)
Lo biográfico, como punto de partida, no sólo vale en tanto anclaje a lo histórico, sino que, asimismo, nos permite entender cuestiones técnicas y cambios literarios en la obra de Vallejo.
Otilia constituye un gozne biográfico y, no menos, teórico, técnico y expresivo en la poesía de Vallejo: aunque no determine la estética del libro
[José Eulogio Garrido (presente también la vida del Cholo) es tan o incluso más importante que su amigo y mentor, Antenor Orrego, para la concepción de Trilce. Qué tanto este poemario es una nueva versión de Visones de Chan Chan. Es decir, esta vez sin la mediación modernista, esteticista ni feérica; sino, más bien, vanguardista y, no menos, posantropocéntrica]
Trilce se debe a un proceso de “vanguardización”; donde el hito fundamental, frente al modernismo, constituye su renuncia a los alejandrinos y la rima.
Títulos previos del poemario de 1922: “Solo de aceros” (bronce, composición musical), “Scherzando” (música), “Cráneos de bronce” (en tanto instrumentos musicales). Trilce que, según Juan José Lora, podría haber sido Escalas (música otra vez). [ Pregunta: ¿Y lo cultural en bronce (Raza de bronce de Alcides Arguedas)?]
[Como en El Quijote] César Perú va a la Penitencieria de Lima a publicar un libro, probablemente Trilce.
Antes del 20 leyó algo e hizo clik con Dadá, tarducido al español; aunque no se sabe qué leyó ni cuánto.
Vallejo escribió para un lector futuro [nunca dejó de ser un maestro]. En primera instancia, el verso experimental porque era necesario y significativo para un contexto como el Perú; luego, con esa misma finalidad pedagógica, dio ejemplo de militancia política y militar por la causa comunista en Europa. [Nuevamente, ¿y lo cultural? Vallejo fundirá el aspecto político y mítico].
Para Fernández, Vallejo deja una zona en sombra o de misterio. [Todo un universo paralelo, más bien, aunque todavía embozado, respecto a las biografías positivistas]
Ahora mismo, ambos estudiosos elaboran una biografía de Vallejo. [Sin embargo, de antemano constatamos que ambos autores pasan olímpicamente de lo cultural y, no menos, de lo posantropocéntrico o simétrico]. P.G.
20/06/26: LA CLONACIÓN POÉTICA Y LA DISECCIÓN DE LAS SENSIBILIDADES
Jazmín Gutiérrez (UNILA), 2013
19/06/26: LA TRIANGULACIÓN TRASATLÁNTICA (BORGES, VALLEJO, PESSOA)
12/06/26: WHAY NOT GRANADOS?
12/06/26: TRILCE LXIX: “estáticas eles quelonias”
06/06/26: RAÚL SOTO Y LA MATERIALIDAD DEL CUERPO EN VALLEJO
Soto, Raúl: Textos indisciplinados. Vallejo, Humareda et al. 1° edición. Lima: Heraldos Editores, 2024.
Para calibrar la potencia de la vanguardia vallejiana y enriquecer el debate crítico contemporáneo, es sumamente productivo confrontar aquellas lecturas que, con lucidez y rigor, examinan el somatismo de 1922 desde las coordenadas del materialismo histórico. Los ensayos de Raúl Soto recopilados en Vallejo y otros pretextos (2023) constituyen un estímulo intelectual ineludible: su examen comparativo del cuerpo, la escatología y las sincronías transatlánticas entre Trilce, James Joyce y T. S. Eliot nos invita a ensayar un deslinde conceptual que complemente su andamiaje teórico. Allí donde la mirada de Soto nos revela la respuesta fisiológica ante la carencia, la opresión social y el dolor de la reclusión carcelaria, mi propuesta del Pensamiento Simétrico y el Multinaturalismo interviene para expandir esa corporalidad hacia su dimensión ontológica y sagrada. No estamos únicamente ante la legítima protesta del residuo biológico frente al orden burgués, sino ante una “escena cerebro” que funda un territorio soberano y un ayllu de lectores activos, capaces de sintonizar con la metafísica amerindia de nuestra vanguardia.
I. Resumen de los Ensayos de Raúl Soto
- “Heces: Vallejo, Joyce y la materialidad del cuerpo”
Soto establece una analogía temporal y formal entre Trilce y el Ulysses de James Joyce (ambos de 1922). Su tesis central demuestra cómo ambos autores subvierten el idealismo platónico y el fetiche de la belleza burguesa a través de una poética de la materialidad del cuerpo, enfocándose en las funciones fisiológicas y la escatología (el acto de defecar).
Vallejo y el estómago vacío: Apoyándose en el aporte de André Coyné (quien vio en Trilce I el “poema de la defecación”) y en la conocida lectura de Gonzalo Sobejano (quien vincula los Poemas humanos al humus/tierra), Soto sostiene con acierto que en Vallejo la escatología está unida orgánicamente al hambre, la carencia y la urgencia social. El colon se humaniza así en poemas como “Los desgraciados” o “La rueda del hambriento”, erigiéndose como un canal de liberación materialista y dialéctica frente a la opresión del entorno.
Joyce y la totalización cloacal: En un deslinde preciso, Soto aclara que, a diferencia de Vallejo, en Joyce la escatología se conecta con fijaciones psicosexuales y coprofílicas propias de su biografía. En el episodio “Calipso”, Leopold Bloom defeca con un naturalismo minucioso y cotidiano que busca representar al cuerpo como un microcosmos político y social totalizante.
- “Trilce y The Waste Land: Afinidades y divergencias”
Soto examina la publicación simultánea en octubre de 1922 de Trilce y The Waste Land de T. S. Eliot. Contrasta con lucidez la inserción fluida de Eliot en la economía editorial capitalista frente a las duras condiciones de aislamiento que afrontó Vallejo en la Lima de la época.
La trampa de la vanguardia: Coincidiendo con los planteamientos de Michelle Clayton, Soto propone que Trilce no debe encasillarse mecánicamente en las vanguardias europeas, sino que establece otra modernidad (paralela y desde el Sur Global).
Polaridad sexual y biográfica: El ensayo rastrea las crisis existenciales de ambos poetas (el confinamiento de Vallejo en la cárcel de Trujillo y el internamiento de Eliot en un sanatorio suizo). En el plano de la sexualidad, sitúa a Eliot en el polo del puritanismo y la frustración clasista, mientras que rescata que la sexualidad en Vallejo es tangible y visceral, abordando el deseo, la orfandad y el aborto (en el poema X) desde una descarnada y honesta materialidad corporal.
II. Puntos en Común con nuestra Perspectiva
El rechazo al encasillamiento eurocéntrico: Coincido plenamente con la lectura de Soto (vía Clayton) al sostener que Trilce no es una sucursal o adenda camaleónica de los “ismos” europeos. Ambos entendemos que la ruptura de Vallejo es una fundación per se, una soberanía que brota “desde adentro” y que prefigura un auténtico manifiesto.
La corporalidad contra el genus sublime: Asimismo comparto su visión de que Vallejo dinamita el decoro burgués y la abstracción idealista de la lírica occidental a través del somatismo. Lo que en el riguroso esquema de Soto aparece como una “poética del cuerpo”, en mi andamiaje se profundiza como la palabra-músculo: un lenguaje que apela directamente al performance del lector para construir comunidad (“Trilceanas ciudadanías”).
El paisaje como soporte no romántico: Es valioso cómo Soto rescata que el humanismo de Vallejo viene del humus (tierra) y que el estómago o el intestino juegan un rol estructural. Esto dialoga de forma fraterna con mi tesis de que la vanguardia local recupera el paisaje fusionando lo humano en él; sin embargo, abre la puerta para entender que este soporte biológico no es mera geografía pasiva, sino la base de una “escena cerebro” donde la naturaleza y el sujeto forman un solo sistema viviente.
III. Divergencias Fundamentales y Complementaridad (Nuestro Factor Diferencial)
La perspectiva de Raúl Soto nos ofrece una valiosa cartografía de la fricción material del cuerpo; sin embargo, considero que su lectura puede expandirse e integrarse armoniosamente dentro de un horizonte más amplio si la contemplamos desde el Pensamiento Simétrico y el Multinaturalismo. Mientras el análisis materialista de Soto tiende a enfocar el somatismo vallejiano como un reflejo de las condiciones históricas de carencia, clase e injusticia social, mi propuesta invita a ver que el cuerpo en Trilce no se agota en su condición de territorio vulnerado por el entorno hostil. Por el contrario, se erige como un nudo de vibración vital donde el excremento, la piedra, el ancestro y el animal operan como equivalentes ontológicos dentro de una metafísica amerindia y overseas que acoge de forma soberana a todos los cuerpos posibles.
Esta fructífera vecindad teórica adquiere su máxima densidad al abordar el poema liminar Trilce I. Allí donde Soto, en un diálogo riguroso con Coyné, sitúa la escatología en el plano del alivio fisiológico y la resistencia frente al encierro carcelario, mis propias investigaciones —que germinaron en mi tesis de PhD para Boston University (2003), “Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo”, y que hoy cobran cuerpo en Trilcescenas— sugieren que este poema constituye en realidad la “escena cerebro” de una puesta en escena general. Las imágenes de Trilce I no se limitan a testimoniar la precariedad material, sino que tejen una red de afinidades, solidaridades e inversiones que vertebran todo el poemario, transformándolo en un “manifiesto” ontológico donde el lector deja de ser un mero espectador de fragmentos vanguardistas para convertirse en fermento vivo de una comunidad o ayllu espiritual. Lejos de reducir el texto al consabido sonsonete ya acrítico de lo “experimental” o formal, se hace necesario abrazar el giro ontológico de matriz andina y spinozista que habita en Vallejo, reconociendo una profunda igualdad de ser para esencias formalmente desiguales.
Para matizar y enriquecer esta mirada hospitalaria, despojando al poema de los densos prejuicios fecales que la tradición occidentalizada le ha impuesto, resulta sumamente revelador conectar esta “escena cerebro” con la experiencia que consigné en mi artículo Trilce I: Nicolás (6 años de edad). La lectura limpia, intuitiva y desarmada de la infancia nos demuestra de manera entrañable cómo, allí donde el ojo condicionado del adulto insiste en ver residuos biológicos, la mirada del niño devela un satori en íntima comunión con la naturaleza: un paisaje de costa inmanente, un mapa vivo de guano, islas, pelícanos y el latido del litoral peruano. La excreción en Vallejo no es, pues, un simple desecho de cañería burguesa; es la fuerza biológica y gravitacional del mar de mi teoría, el pulso que fecunda la costa y activa el Protocolo Inkarrí. En consecuencia, el efecto diferido de Trilce en el concierto internacional no debe leerse, como sugiere Soto, como una “falla” o una consecuencia trágica del aislamiento de la periferia criolla, sino como el tiempo cuántico del mito. La vanguardia local opera desde una soberanía radical que aglutina productivamente tanto las nociones antropocéntricas como las posantropocéntricas de las Humanidades, asimilando el canon del Norte Global a su propio ritmo y regalándonos, en el proceso, una vía más profunda para mirarnos y leernos a nosotros mismos.
© Pedro Granados, 2026
03/06/26: VALLEJO AND COMPANY & EL MISIL DE VLADIMIR HERRERA
Hay artículos en los que la memoria, más que un inventario soporífero o un ccharwi quechua, se vuelve un ejercicio de estilo y un acto de humor insoslayable. El poeta Vladimir Herrera —con la magia de la libélula y esa sintaxis quebrada, ululante e inestable como adoquines bajo el aguacero— ha soltado un texto que actúa como un soplete sobre la mitificada generación del 70: esa que, en sus palabras, “mereció el olvido y la pena y sin embargo perdura como la desesperanza de unos años sin excusa”.
Frente al “tal como éramos” deformado por el compadrazgo y la propaganda oficial, Herrera dispara con amor y mala leche, uniendo su lucidez a nuestra propia línea de demolición crítica. El diagnóstico de su bitácora destruye las tres grandes aduanas de la complacencia local:
1. El zaguán de los hechos frente a la perversión de Santiváñez
La historia oficial de los setenta ha sido burdamente pasteurizada por sus sobrevivientes. Herrera restituye la verdad material del zaguán de La Crónica en 1975, recordando cómo introdujo a Carmen Ollé ante un Enrique Verástegui de gafas empañadas (“Zambo te voy a presentar a una hembrita a la que le gusta tu poesía y además es blanquita”). Al desmentir a Roger Santiváñez —quien pretendió sacar a Vladimir de la escena inventando que Ollé trabajó en la redacción—, Herrera expone la copia y el oportunismo. Como le confiesa un importante crítico: “Lo que te copia él, Santiváñez, es tu sintaxis quebrada, el léxico y el tono. Y con los mismos ingredientes hace una poesía mucho peor. O sea que entre dos poetas malos, el más malo es el que copia”.
2. La demolición de Hora Zero: Pobreza y oportunismo fujimorista
El texto de Herrera va directo a la yugular de uno de los fetiches más sagrados de la Ciudad Letrada actual: “La patraña de HZ, que es la mayor patraña de la literatura peruana actual. Un cuentazo vil que ha chorreado sobre muchos jóvenes incautos”. Coincidiendo con nuestro desmontaje del pabellón de autoayuda y la ilusión grupal, Vladimir define la sustancia de ese rótulo: “Pobreza conceptual, poca poesía, patería y bulla”. Una cofradía que pasó de la efervescencia de Quilca a morder la teta del presupuesto fujimorista en los años dos mil, operando como una pandilla de ancianos sin dentadura dedicada a ocultar la poesía real que se escribía a la intemperie de Europa.
3. Vallejo and Company: La estética del pensamiento débil
El parangón cierra con la radiografía de los herederos de esa inercia: los gestores de Vallejo and Company. Herrera los desnuda como chicos de nuestra época con mucha información pero nulo gusto literario, que no le juegan a nada y sufren la tragedia de pertenecer a una clase media limeña colgada del fin del mundo y a punto de desaparecer. Nutridos del prestigio ajeno, habitando la crisis de los cincuenta entre problemas de dinero y falta de identidad, son los estandartes del “pensamiento débil”. Hablan por boca de ganso en una Lima donde cualquier cosa es poesía porque les falta el rigor del conflicto y la carne opaca del lenguaje.
El testimonio de Vladimir Herrera demuestra que la poesía y la crítica de raza en el Perú no se hacen con consensos de servilleta ni con manuales de aduana. Se hacen metiendo el cuerpo contra el poniente, con la lengua amarga del sabor de la tierra y el estilo suficiente para llamar a las cosas por su nombre. Frente a la obesidad mental de la peruchada literaria, Herrera prefiere el riesgo del vértigo. Dejémosles correr a los incautos con sus atrapa nieblas; el subsuelo simétrico ya ha dictado su sentencia. P.G.
01/06/26: WESTPHALEN: ¿CHILE Y PERÚ EN EL MAR DE LA SIMETRÍA?
Para el blog, conviene metodizar las aguas y dar luces desde un parangón que atraviesa y fractura las vanguardias de los años veinte, tanto las del siglo XX como las de este naciente siglo XXI: la frontera ontológica entre la poesía chilena y la poesía peruana. No se trata de un inventario nacionalista, sino del choque entre dos regímenes de visión irreconciliables. Mientras la tradición institucional del sur ha operado históricamente desde la captura, el escorzo burgués y la domesticación racional del lenguaje, la estirpe indómita del subsuelo peruano resiste desde el cuerpo, el despojo y el mito en bruto.
En el centro de esta guerrilla cultural emerge la figura de Emilio Adolfo Westphalen como una auténtica escopeta de doble cañón. El primer cartucho apunta hacia fuera, directo contra la aduana creacionista de Vicente Huidobro. En la mítica polémica de 1935 y 1936, Moro y Westphalen —a través del libelo Vicente Huidobro o el obispo embotellado— desnudaron el “error” que Vallejo ya había denunciado en 1929: el del chileno trabajando con “ideas” abstractas y universales en vez de trabajar con la carne opaca de las palabras. Huidobro pretendería que el poema fuera una mercancía transable y traducible “a la perfección” en los circuitos globales; la respuesta peruana defendió el automatismo y el desborde somático frente a esa pasteurización del arte.
Sin embargo, el segundo cartucho de Westphalen fue un disparo hacia dentro, un veto estético silencioso pero de largo alcance que, dado su posterior prestigio y magisterio a través de la revista Amaru, terminó por legislar la poesía no vallejiana post-Vallejo. Como revela su correspondencia, para Westphalen en Trilce se sentía “una falla, un fracaso”. Este dique colonial en la propia institución letrada limeña actuó como un filtro civilizatorio que prefirió el vanguardismo lúdico antes que asimilar la hondura intergaláctica del “Cholo”. Westphalen mismo se configuró como un surrealista ortodoxo, de nítida matriz europea, en perfecta simetría con su faceta de indigenismo ortodoxo; un indigenismo que, al igual que el retrato verista (también de herencia europea y asimilado por un José Sabogal), consumía lo prehispánico solo en tanto objeto arqueológico de vitrina, aborreciendo la presencia perturbadora del indígena o el “cholo calato” (desnudo). Al clausurar la audición de Vallejo, Westphalen escindió a su propio entorno: forzó a César Moro a desgarrarse entre “visiones” surrealistas y “silogismos” racionales (La tortuga ecuestre), buscando en la ortodoxia de París una respuesta a su poesía —por lo general mandada por el formato y ordenada por el soporte— que ya habitaba resuelta en la marmita multidimensional de Trilce. Al final, la obra de Westphalen quedó como una buena poesía para adolescentes, una actitud muy vieja en empaque surrealista y una escuela para olvidar pronto. Logró acallar a Moro, pero fracasó vanamente cuando intentó detener a José María Arguedas en su profundo y orgánico aprecio por la obra de Vallejo. Arguedas, que conocía la carne del mito andino, no se dejó amurallar.
Esta sorda resistencia al subsuelo vallejiano encuentra su máxima nitidez documental en la orilla chilena, específicamente en la temprana y lapidaria opinión de Pablo Neruda. En una carta enviada a Carlos Morla Lynch desde Batavia en 1931, el futuro Nobel chileno confiesa su absoluto rechazo ante la irrupción de 1922: “El libro de Vallejo me parece seco y espantoso. No veo qué objeto tenga producir una literatura así. Es un libro cruel, literario y estéril. Mi poesía me parece que ampara un poco más de alma en uno, quiere abrir una puerta de salida al corazón”. Incapaz de sintonizar con la descolonización lingüística y la densidad material de Trilce, Neruda delata el refugio de la sensibilidad del sur: la comodidad del “alma” y del “corazón” burgués frente al rigor de la intemperie (João Cabral de Melo Neto dixit). De ese eludimiento de la carne opaca del poema descienden directamente Gonzalo Rojas y Raúl Zurita: el primero ejecutando una rentable mímesis que fagocita la síncope formal de Vallejo para convertirla en marca de estilo facturable; el segundo desplegando un libreto egolátrico que espectaculariza el dolor somático para reconducirlo hacia el trauma individual. Usan los fragmentos de la roca para decorar sus templos burgueses, pero se cuidan de no entrar al río.
Bajo la sombra de esta aduana higiénica y ante la arremetida corporativa de la academia (que se instaló con seguridad a partir de los años cincuenta) e ideológica de la Católica, vino el consecuente compromiso institucional y, con él, la absoluta esterilidad de la poesía letrada en el Perú. La Ciudad Letrada necesita fabricar sus propias marcas (brands) y tablas de salvación. El paradigma masculino fue Antonio Cisneros, explícito anti-vallejiano y astuto cultivador –según Julio Ortega– de la “poesía conversacional” de corte anglosajón, cuya vía americana se remonta a Salomón de la Selva (La otra vanguardia). Esta coartada le permitió a Cisneros y a su generación eludir el mandato de Trilce sin tener que seguir escribiendo como Eguren. Lo que la historia oficial calla es que el propio Westphalen, en su poesía temprana, ya operaba como un adelantado secreto a Cisneros, configurando ese tono conversacional aunque provisto de unas imágenes un tanto más descoyuntadas. Cisneros constituye así el fruto de la solvencia de sus amigotes en la cultura. Tras él, la institución procreó productos típicos en la PUCP como Eduardo Chirinos, esmerado estudiante de Letras, o Mario Montalbetti —telonero de Cisneros y cuyos Cinco segundos de horizonte implican llevarse por las narices cinco horas de tormenta en un vaso de agua—; ambos apostaron por el mito de un Cisneros inexistente, compartiendo modales y ascos comunes. A esta domesticación se sumó la cautela de un José Watanabe que, si bien inteligente y salvado por la oralidad de Laredo, careció de riesgo y terminó refugiado en la mesura de los evangelios, mientras que los arrebatos de Hora Zero (Pimentel y Verástegui) terminaron entrampados por una crítica siempre en cierre de edición.
Esta misma asepsia corporativa diseñó el pabellón de la “poesía escrita por mujeres” en el Perú. Blanca Varela, auténtico mandala entre las poetas locales, tenía todo para ser grande, pero se conformó con la opinión de los otros, atrapada en la diplomacia de los líos fronterizos letrados frente a la universalidad de una Clarice Lispector. De su sombra brota una larga lista de epígonas como Carmen Ollé y Giovanna Pollarollo, cuya visibilidad no es estética, sino producto del subdesarrollo educativo y la autopropaganda de la pequeña clase letrada. Bajo el amparo de maestras y guías como Susana Reisz, la Católica ha logrado que, a costa de la fidelidad con un espíritu colectivo, los libros de numerosas mujeres poetas resulten, literalmente, intercambiables. De allí provienen los desplantes clasemedieros (disfuerzos) de Rocío Silva Santisteban o el decoro excesivo e ideológico de Rosella Di Paolo.
Frente a ese pabellón higiénico de literatura de autoayuda, la poesía viva solo sobrevive en la intemperie de las individualidades que rompen el cotarro a espaldas de los gramáticos. En los 80, Patricia Alba emerge como la verdadera madre del cordero, libre de blindajes de decoro. Magdalena Chocano ejecuta una extraordinaria evaporación del yo en sus fragmentos, abriendo el lenguaje desde Adán, Sor Juana y Eielson. Incluso Victoria Guerrero alcanza en El mar, ese oscuro porvenir (2002) la inventiva libre y el atrevimiento imaginativo de Lispector y Moro, aunque en su obra posterior termine pesando más el soporte de la moraleja feminista y el libreto predecible de la institución. En los márgenes glocales y rescatada de los baratillos de Tacora, Gabriela Wiener mete el escalpelo en el viejo cadáver de la retórica con sus Ejercicios para el endurecimiento del espíritu, heredera de Montserrat Álvarez y Blanca Andreu, aunque acechada por el peligro del narcisismo trasatlántico. Pero es en Adriana Dávila Franke (La azotea amarilla, 2022) donde encontramos a nuestro Javier Heraud en femenino: si en Javier la intensa vocación simétrica estaba monitoreada por el río, en Adriana está regida por la inteligencia del sol, apuntando sin utopías ni distopías —junto a la inteligencia poshumana de Sasha Reiter— hacia otra condición de la vida y del lenguaje.
Toda aproximación a la poesía y su crítica en la región que no tome esta línea de resistencia —e integre nuestra propia obra poética como el referente imprescindible y secuencial a Vallejo, Eguren, Adán y Eielson— es y será una verdadera pérdida de tiempo y el trabajo de un tonto ocupado. El mito en la poesía simétrica no se pasteuriza; responde con el peso biológico del animal que resiste. La pregunta de los años veinte sigue abierta en los años veinte de hoy: si continuaremos guarecidos tras el muro conversacional, los libros intercambiables de la academia, el surrealismo de manual y el indigenismo de vitrina de Westphalen, o si finalmente estamos listos para sumergirnos en el mar de la simetría. Que no piensen los lectores o poetas extranjeros que por ser esta una crítica ácida hacia la poesía de mi patria, sus propias obras se han librado de la quema; el virus de la aduana abstracta y el palimpsesto muerto es continental.
© Pedro Granados, 2026









