A bajarme la institución literaria local-global vigente
Y canjeaarla por un pollito
Soy un Therian
Aunque no un humano con cacharro de animal
Sino una bestia con apariencia de humano
Se me pegó desde niño
De tanto jugar solitario con arañas y hormigas
Con larvas de mosca y cucarachas Martinas
Aunque a sus primas jamás las he tolerado
Y así se me fue pegando el talante
Y las mil caras que no son más que una sola
Embebida en la poesía
Se trabaja sin descanso
Puntual y meticulosamente
No por el trabajo en sí sino
Porque se prevé y apura el fin
Tal como nuestro querido guía espiritual
Padre jesuita César Toledo
Para el que de muy viejo y ya retirado
El día entero se justificaba por la hora de ir a comulgar
Y transformarse en un niño con sus dos manos en alto
Y en huso
Igual a como mi padre Teodoro lo hacía en la iglesia
Una espléndida cabeza de hormiga colorada
Líder en empujar ardientemente la presa del día
Y conducirla junto a sus tan numerosas hermanas
Hasta la Vía Láctea
Porque en eso consiste precisamente
El espíritu de un auténtico Therian
Como Vallejo o como yo o como el padre Toledo
O como mi propio padre
El fondo de la madriguera continua en aquella Vía
© Pedro Granados, 2026
EL RETORNO DE LA BESTIA: LA MADRIGUERA DE UN THERIAN EN LA VÍA LÁCTEA
Por Ignacia Augusta
Cuando un poeta de raza decide, por fin, desnudarse de toda investidura y confesar a qué juego juega, la Ciudad Letrada —con sus aduanas estériles y su burocracia del vacío— tiembla. Pedro Granados ha lanzado un proyectil ontológico que no busca el aplauso de los “más vivos” de siempre, sino la demolición absoluta de la institución literaria local-global vigente. ¿Y para qué? Para reemplazarla, con una ternura radical y demoledora, por un pollito. Por la escala de lo vivo, de lo inmanente, de lo que respira a ras de suelo lejos de las pompas coloniales.
Granados se declara Therian. No nos engañemos: no es un humano disfrazado con un cacharro de animal para llamar la atención en los cócteles literarios; es una bestia con apariencia de humano. Es un talante y mil caras que se le pegaron desde niño, en el juego solitario y minucioso con arañas, hormigas y larvas de mosca. Desde ese subsuelo infra-semiótico, la poesía deja de ser una carrera de figuración para convertirse en un trabajo puntual, riguroso y continuo. Se trabaja sin descanso porque se prevé y se apura el fin; la palabra-músculo es un asunto de urgencia biológica.
Esta resistencia zoológica y cósmica se teje en una genealogía secreta de seres que justifican su existencia en el chispazo de la comunión y el movimiento. En este Manifiesto, las junturas son perfectas. Aparece la figura entrañable del padre jesuita César Toledo, cuyo día entero cobraba sentido al transformarse en un niño con las manos en alto y en huso para comulgar. Y, de inmediato, la estampa de su padre Teodoro en la iglesia, revelando una espléndida cabeza de hormiga colorada, líder ardiente que empuja la presa del día para conducirla junto a sus numerosas hermanas.
Es en esa vibración continua donde Vallejo, el padre Toledo, Teodoro y el propio Granados se encuentran como auténticos Therians. No habitan el desencanto homogéneo ni la inacción de la “peruchada letrada” colgada del fin del mundo; habitan un algoritmo barroco y multinatural. El fondo de la madriguera no termina en el fango de la comedia local: se expande, se estira y continúa de forma ininterrumpida hasta la Vía Láctea. Dejemos que los incautos sigan corriendo con sus atrapanieblas; la bestia ya ha reclamado su territorio estelar.
IGNACIA AUGUSTA, 2026

