ÁTOMOLANDIA/ EDGAR ARTAUD

Si el Universo está hecho de vacío
y los humanos de cientos de millones
de átomos casi vacíos,
¿por qué no atravieso las paredes?
¿Acaso colapsa el Universo?
Dios vive en el interior de los átomos
donde la energía se propaga en
cantidades discretas o cuantos.
El tiempo, ¿se desliza con suavidad
o en saltos cuánticos en el espacio?
La vida es una ilusión que se genera
en nuestra mente.
La posibilidad de encontrar a Dios
en un átomos depende de una
fracción de probabilidad.
Si el Universo y todo lo que existe
está hecho de átomos y vacío,
estamos atrapados, no hay escape.

Edgar Artaud, 2015

ÁTOMOLANDIA, LA VACUIDAD CUÁNTICA Y LA EQUIDAD ONTOLÓGICA VALLEJIANA

El poema de Edgar Artaud Jarry (Átomolandia) plantea un dilema físico y existencial de primer orden: la desconcertante levedad de la materia —la física cuántica revelando que la realidad es fundamentalmente vacío y probabilidad— frente a la angustia de sentirnos atrapados («estamos atrapados, no hay escape»). Sin embargo, al examinar la matriz de Trilce, descubrimos que César Vallejo realiza exactamente el mismo movimiento especulativo, pero invierte el signo negativo del encierro para convertirlo en equidad ontológica absoluta:

Mirada Mecánica / Desesperada →Vacío + Átomos = Cautiverio / Parálisis

Simetría Vallejiana (H4) → Misma materia + Vía Láctea = Equidistancia / Igualdad Radical

Si la física moderna nos demuestra que todo cuanto existe está compuesto por átomos, probabilidades y vacío, la consecuencia directa no es la desesperación nihilista, sino la abolición radical de las jerarquías. Sin un «arriba» ni un «abajo» metafísico, el racismo, el clasismo y la discriminación quedan al descubierto como puras ficciones ideológicas y entramados de superficie (H1/H3). Al situarnos a todos en el mismo plano de la Vía Láctea y de la materia cuántica, la falta de salidas nos vuelve rigurosamente equidistantes: todos somos semejantes, iguales y compartimos el mismo tejido del universo.

Esta conciencia cuántico-poética no anestesia el dolor ni promueve un escapismo espiritual; al contrario, agudiza el drama de la realidad inmediata. Afianzarse en el poder, en la ventaja mezquina o en el despojo dentro del contexto peruano resulta no solo indignante, sino intrínsecamente ridículo: es el intento vano de marcar jerarquías dentro de una misma masa atómica y cósmica. Aunque ontológicamente las diferencias no existen en el fondo, la injusticia inmediata y cotidiana doliendo en la piel («en la superficie nos pisan los callos») es lo que desencadena la rabia ética vallejiana: la urgencia de encarar la farsa y mandar, en el Perú, todo a la mierda de una buena vez.

Vallejo no busca un Dios lejano en una «fracción de probabilidad»; convierte la falta de salidas en la certeza de que todos compartimos la misma suerte y el mismo cuerpo. En Trilce, la condena a estar atrapados se transforma en la mayor herramienta de emancipación: si no hay escape de la Vía Láctea ni de la carne, entonces la única justicia posible es la restitución somática, la solidaridad incondicional y la vivencia plena del ayllu terrenal. ¡Ese Vallejo! P.G.

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