En el panorama de la poesía peruana contemporánea, la obra del cusqueño Carlos Velásquez Iwaki (1952) constituye un testimonio insobornable de la densidad somática y de la inmanencia del lenguaje. Frente al cansancio del confesionismo, a la asfixia del «saber sin cuerpo» y al turismo etnográfico que reduce la memoria ancestral a mercancía para el museo, la trayectoria de Velásquez Iwaki —desde Espantapájaros (1974) hasta Ordenamiento de la ocultación (2018)— erige un territorio donde la carne, el trance y el barroco popular se funden en un solo movimiento soberano.
Lejos de la mirada exótica o de la pirueta surrealista, la presencia de la planta tutelar (ayahuasca) en su poética no opera como evasión, sino como una torsión ontológica pura. El sujeto poético no habla sobre la Amazonía ni cita la cosmovisión andino-amazónica como un adorno distante; se transfigura directamente en su materia viva: «Soy la serpiente / cabeza de perro (…) / Soy el relámpago / enrollado / que brota de la sangre». Esta metamorfosis biológica alinea su escritura con la lógica multinaturalista y con la ecuación ontológica vallejiana donde el sujeto ebulle desde sus propios «fermentos de Sol».
Educado en la agudeza del oído neobarroco, el verso de Velásquez Iwaki no le teme a la aspereza del asfalto ni al sudor del Jirón. En su poesía, los cantos glagolíticos y la memoria de las masacres caucheras conviven con la viscosidad inmediata de la calle: el caldo de cabeza de perro negro, las ratas destripadas en la carrocería de un camión y el fermento de querosene. Su escritura no es un ejercicio aséptico de gabinete; es una inteligencia que piensa con los pulmones y mide el mundo con los pies, restituyendo a la palabra su verdadera masa corporal.
Uno de los momentos más deslumbrantes de esta tensión crítica ocurre en Ordenamiento de la ocultación, cuando el poeta confronta la pirotecnia del vanguardismo técnico y del concretismo con la cantera andina: «Si Haroldo de Campos / Hubiera sido / Picapedrero en Machu Picchu / Habría dado vida / Piedras nocturnas (…) / Que serían piedras / de oscuridad». Con este movimiento, Velásquez Iwaki liquida la ilusión de la vanguardia de laboratorio y del «empaque monemático». Le recuerda a la tradición que los signos no se congelan en el papel ni se diseñan para la vitrina escolar: la verdadera escritura se talla con el cuerpo en la piedra viva (rumiqilqa).
Carlos Velásquez Iwaki rechaza la trampa del creer dogmático y del crear como fetiche de mercado. Su poesía permanece inexpugnable porque prefiere el rigor del trance, el croar inmanente de la materia y la dignidad física de un lenguaje que se niega a ser disecado.
Pedro Granados, 2026

