Archivo por meses: agosto 2026

LIBRO DE HORAS/ GABRIEL ESPINOZA SUÁREZ

Un libro de horas (también denominado horarium) es un tipo de manuscrito iluminado muy común en la Edad Media. Suele contener textos de rezos, salmos, así como abundantes iluminaciones alusivas a la devoción cristiana.  Wikipedia

Lo que de iluminado tiene este horarium limeño es la fuerte presencia de varias Marías Santísimas; las cuales constituyen toda una red femenina –la esposa, la madre: “ Como ellas, atravesaría las nubes en silencio, como si un pensamiento me estuviera pensando” – e incluido aquí lo que de mujer tenga el propio sujeto poético.  Esto último, sutilmente revelado a través del ama de llaves en que –literal y de modo reiterativo– aquél se nos muestra en estas páginas.  Ergo, Trilce I (“Quién hace tanta bulla”) se troca aquí con un: ¿A DÓNDE VAS?, me preguntó mi esposa… Ella ya sabía a dónde iba”. Textos liminares en los cuales un sujeto poético va solo, aunque luego se halle ante la infinitud de todo un archipiélago simétrico; y el otro se presente, desde el pitazo inicial (Espinoza también habla de fútbol), muellamente acompañado con su lado femenino, el cual se denomina aquí “esposa” (un tanto en paralelo a aquélla de los poemas del mexicano Edgar Artaud Jarry).  Si en sinapsis con Inkarrí, la presencia de Otilia Villanueva es también una constante en el libro de 1922, será recién en Trilce LXXVII, una vez superadas las zozobras con su amada, donde eclosionará la portentosa y germinativa presencia de la pareja de Inkarrí.  Es decir, donde el sujeto poético va ahora, íntima e indisolublemente, acompañado por su Coya. En este sentido, el poemario de Gabriel Espinoza Suárez sería como una continuación de Trilce.  Hecho que, por lo demás, no debería sorprendernos ni extrañarnos tratándose ambos de libros que experimentan las primicias de la luz, por no decir que van iluminados.  P.G.

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EL DESNUDAMIENTO CONTAMINADO EN LA CRÍTICA

Si el paper contemporáneo se ha convertido en el epítome de la “limpieza” burocrática (un artefacto hiper-regulado, indexado, ciego al contexto y diseñado para no contaminarse con la realidad exterior), aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica literaria no solo es posible, sino urgente. Significa una insurrección metodológica.

Podemos articular cómo opera esta contaminación crítica frente al monopolio del paper en tres frentes:

1. Contra la asepsia del “sujeto neutral” (El crítico encarnado)

El paper exige un sujeto discursivo castrado: una tercera persona neutra, una voz sin cuerpo ni geografía que finge hablar desde ninguna parte. El desnudamiento contaminado en la crítica implica escribir con el húmero. Significa que el crítico se asume como un cuerpo afectado: canoso, incrédulo, apasionado, situado en una Lima de ahora o en una carretera Paraná adentro. La crítica contaminada no oculta sus condiciones de producción (el hambre, la pillería de la sociedad literaria, el asombro); al contrario, las exhibe como la única garantía de honestidad intelectual.

2. El desmontaje de la cita-escudo

En el paper monopolizador, la cita a pie de página ya no es un diálogo, sino un blindaje o un trámite burocrático (el famoso impacto de citas). Es una arquitectura rígida que tapa el hueso. El desnudamiento propone una relación promiscua y horizontal con los textos: contaminar la teoría con la vida y la vida con la teoría. Lorca en su cueva de Altamira o Vallejo con los pies desnudos sobre la playa de Barranco no son “objetos de estudio” estáticos a los que se les aplica un marco teórico europeo; son interlocutores vivos que violentan el presente del crítico.

3. La forma-insecto frente a la forma-plantilla

El paper encierra el pensamiento en una estructura previsible: Introducción, Metodología, Resultados, Discusión. Es una línea de montaje industrial. Frente a esto, una crítica contaminada adopta el Protocolo de la Hormiga: una escritura fragmentaria, simétrica, intuitiva, que avanza a ras de tierra pero mira a la Vía Láctea. Rompe la sintaxis uniforme de la academia porque entiende que el lenguaje formal —esa obsesión por que “el gato sea gato”— da lástima ante el hechizo del poema.

Aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica es transformar el ensayo en un huaco: un objeto ambiguo, andrógino, texturado por el barro, que desafía la pulcritud del maniquí de la tienda de departamentos que la burocracia universitaria nos quiere vender como conocimiento.

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EL DESNUDAMIENTO CONTAMINADO (Y LA SOLEDAD IMPURA)

“Escribir no con la cabeza domesticada por el primor sintáctico, sino con los pulmones: un arte respiratorio que asume el abismo del papel desde la plenitud de la cotidianidad y los pozos de la zozobra”.
Nos topamos hoy con la necesidad urgente de renombrar al arte de la poesía. O, acaso, constatar que de esto se ha tratado siempre: un gran poeta no continúa una inercia lírica, sino que reinventa el arte desde sus cimientos a pesar de que las instituciones asimilen su propuesta a ese nombre secular y domesticado.
¿Qué es lo que hace o a qué denominamos usualmente “poesía” en el circuito oficial? A un dispositivo de autoafirmación burguesa y pacificación afectiva. Es el living donde el sujeto lírico enfoca directamente sus sentimientos de forma transparente y legible; echa mano de una sintaxis a la que trata con primor coreográfico; y construye un espacio de complacencia donde el yo finalmente se distiende y, pase lo que pase, siempre “tiene razón” y sale absuelto. Esa es la poesía como narcótico.
El reverso de la pancarta: La denuncia como indulgencia laica
Paradójicamente, la denominada poesía militante o de “denuncia” encaja a la perfección en este mismo formato utilitario, volviéndolo incluso más abstracto y descarnado. Lo que se presenta como el reverso radical de la boutique lírica comparte su misma estructura profunda. Aquí, la utilería de moda se cambia por la pancarta, pero el poema sigue operando como una transacción moral para la descarga del sentimiento de culpa.
Al apropiarse de una causa justa (la periferia, la opresión, la miseria), el yo no la encarna en su áspera y contradictoria materialidad, sino que la instrumentaliza para eximirse del desastre. Al denunciar el horror del mundo desde una atalaya resguardada, el intelectual limpia su conciencia y se sitúa en el lado correcto de la historia. El dolor real de los cuerpos se evapora, transformado en una entelequia teórica y en una consigna predecible. Si en la lírica confesional el yo tenía razón por su sensibilidad herida, en la poesía de denuncia tiene razón por su superioridad ideológica. En ambos casos, el tribunal de la complacencia queda intacto y la ontología del lector jamás es alterada.
La genealogía de la impureza: De la carne a la fijeza
Frente a este doble engranaje del consuelo —el del neón comercial y el del panfleto abstracto—, la operación de una vanguardia real y local postula el desnudamiento contaminado. Esta categoría teórica coincide significativamente con un núcleo fundacional que ha guiado mi praxis poética desde siempre: la soledad impura.
Pensar y escribir con los pulmones significa arrancar la palabra de la gimnasia verbal y el exhibicionismo culturoso para devolverla a su peso somático. La soledad no es impura por un capricho conceptual, sino porque está constitutivamente mezclada con la contingencia: está a medias sola y a medias acompañada; convive con el recuento de la historia familiar, la crónica de la trashumancia, el asalto del frío de Boston o el calor de Santa Cruz de la Sierra. Es una poética que prescinde de las nostalgias de espacios ideales o epifanías inmarcesibles. No hay un lugar ni un tiempo ideal: lo que hay es el abismo del papel y la inminencia de nuestra propia extinción.
Esta impureza es la que permite encabalgar con naturalidad el erotismo y la muerte, la zozobra y la verdad grabada a pulso, como cuando en el poema a mi hermano Eduardo la muerte se confunde con los ojos en blanco de una morena en cualquier esquina de la trampa que ha sido el Perú. El afecto se queda a la intemperie, sí, pero preserva su dignidad frente al reino de las apariencias y de los estados unidos virtuales.
La poética áspera y oblicua
El desnudamiento contaminado, arraigado en esa soledad impura, desmantela el tinglado letrado desde la raíz:
-El enfoque oblicuo: El sentimiento no se expone como una mercancía limpia; irrumpe distorsionado por la fricción de la materia. Es la boca atragantada con tierra en Pachacámac o Samaypata, donde el afecto está contaminado por el desconcierto biológico y la finitud.
-La sintaxis rota: No hay primor ornamental ni sumisión gramatical. La sintaxis se tuerce y colisiona porque el cuerpo del viviente, con su “cara de perro”, no cabe en los moldes higiénicos de la metrópoli.
-El Yo abofeteado: El sujeto poético no sale a ganar el debate ni a dictar sentencias morales desde el banquillo. Sale expuesto, desnudado en su limitación. Ante la muerte del hermano Germán, el poema no es una lección de filosofía, es una mano que se abre y exhibe las entrañas, una renuncia a toda distensión burguesa para abrazar la fijeza mineral de la pérdida.
La vanguardia vallejiana profunda —y la estirpe en la que nos reconocemos— no es revolucionaria por la corrección política de su tema, sino porque destruye la sintaxis misma que sostiene la ilusión de ese yo ordenado y virtuoso. El desnudamiento contaminado no busca que el yo tenga razón ni ofrece un callejón sin salida ideológico; mete la mano en el barro de la contingencia para tocar el húmero de la vanguardia, recordándonos que la verdadera transformación —el Pachakutiy— no nace de una idea bienintencionada, sino del vuelco ritual, descarnado y profundamente impuro de la materia.

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