Un libro de horas (también denominado horarium) es un tipo de manuscrito iluminado muy común en la Edad Media. Suele contener textos de rezos, salmos, así como abundantes iluminaciones alusivas a la devoción cristiana. Wikipedia
Lo que de iluminado tiene este horarium limeño es la fuerte presencia de varias Marías Santísimas; las cuales constituyen toda una red femenina –la esposa, la madre: “ Como ellas, atravesaría las nubes en silencio, como si un pensamiento me estuviera pensando” – e incluido aquí lo que de mujer tenga el propio sujeto poético. Esto último, sutilmente revelado a través del ama de llaves en que –literal y de modo reiterativo– aquél se nos muestra en estas páginas. Ergo, Trilce I (“Quién hace tanta bulla”) se troca aquí con un: ¿A DÓNDE VAS?, me preguntó mi esposa… Ella ya sabía a dónde iba”. Textos liminares en los cuales un sujeto poético va solo, aunque luego se halle ante la infinitud de todo un archipiélago simétrico; y el otro se presente, desde el pitazo inicial (Espinoza también habla de fútbol), muellamente acompañado con su lado femenino, el cual se denomina aquí “esposa” (un tanto en paralelo a aquélla de los poemas del mexicano Edgar Artaud Jarry). Si en sinapsis con Inkarrí, la presencia de Otilia Villanueva es también una constante en el libro de 1922, será recién en Trilce LXXVII, una vez superadas las zozobras con su amada, donde eclosionará la portentosa y germinativa presencia de la pareja de Inkarrí. Es decir, donde el sujeto poético va ahora, íntima e indisolublemente, acompañado por su Coya. En este sentido, el poemario de Gabriel Espinoza Suárez sería como una continuación de Trilce. Hecho que, por lo demás, no debería sorprendernos ni extrañarnos tratándose ambos de libros que experimentan las primicias de la luz, por no decir que van iluminados. P.G.
Si el paper contemporáneo se ha convertido en el epítome de la “limpieza” burocrática (un artefacto hiper-regulado, indexado, ciego al contexto y diseñado para no contaminarse con la realidad exterior), aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica literaria no solo es posible, sino urgente. Significa una insurrección metodológica.
Podemos articular cómo opera esta contaminación crítica frente al monopolio del paper en tres frentes:
El paper exige un sujeto discursivo castrado: una tercera persona neutra, una voz sin cuerpo ni geografía que finge hablar desde ninguna parte. El desnudamiento contaminado en la crítica implica escribir con el húmero. Significa que el crítico se asume como un cuerpo afectado: canoso, incrédulo, apasionado, situado en una Lima de ahora o en una carretera Paraná adentro. La crítica contaminada no oculta sus condiciones de producción (el hambre, la pillería de la sociedad literaria, el asombro); al contrario, las exhibe como la única garantía de honestidad intelectual.
En el paper monopolizador, la cita a pie de página ya no es un diálogo, sino un blindaje o un trámite burocrático (el famoso impacto de citas). Es una arquitectura rígida que tapa el hueso. El desnudamiento propone una relación promiscua y horizontal con los textos: contaminar la teoría con la vida y la vida con la teoría. Lorca en su cueva de Altamira o Vallejo con los pies desnudos sobre la playa de Barranco no son “objetos de estudio” estáticos a los que se les aplica un marco teórico europeo; son interlocutores vivos que violentan el presente del crítico.
El paper encierra el pensamiento en una estructura previsible: Introducción, Metodología, Resultados, Discusión. Es una línea de montaje industrial. Frente a esto, una crítica contaminada adopta el Protocolo de la Hormiga: una escritura fragmentaria, simétrica, intuitiva, que avanza a ras de tierra pero mira a la Vía Láctea. Rompe la sintaxis uniforme de la academia porque entiende que el lenguaje formal —esa obsesión por que “el gato sea gato”— da lástima ante el hechizo del poema.
Aplicar el desnudamiento contaminado a la crítica es transformar el ensayo en un huaco: un objeto ambiguo, andrógino, texturado por el barro, que desafía la pulcritud del maniquí de la tienda de departamentos que la burocracia universitaria nos quiere vender como conocimiento.