Seres de la playa

*

La rama verde no puede contra la arena

A la tierra fértil el desierto devora 

Nada vemos que no sea duna y mar 

*

Una lagartija de la arena

No se parece a una iguana de la tierra

De aquellas lentas y tan fértiles

E indeleble máscara de carnaval

Ambas no son los mismo

Aunque sí mis dedos detenidos

Sobre este charco

Abrevando con los labios lo que escucho

Apurando con la lengua aquello que bebo

Desde niño bebí al sol

Como a través de un ombligo

*

No toco la arena tan sólo como arena

Bemoles y notas  permanecen allí

Arcos de sal transparentes

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NO PERDER DE VISTA A PEDRO GRANADOS/ Juan Javier Rivera Andía*

La clave de Vallejo son precisamente sus heterodoxias.

Pedro Granados (2008)[1]

En Bearn o La sala de las muñecas, Lorenzo Villalonga hace decir a su joven protagonista, el capellán y quizá hijo natural del señor de Bearn, que la comunidad de criterio es una de las gracias más preciadas que Dios puede darles a sus hijos. Podríamos agregar, si nos atreviéramos, que esa gracia suele ser concedida —si lo es—sobre todo (o quizá únicamente) en la juventud; ese “riesgo bendito” de otro cura rural, aquel de R. Bresson.

Fue entonces que tuve yo la fortuna de conocer a Pedro Granados, en ese momento de la vida que otro personaje ficticio —una estudiante algo intrascendente de una película de Éric Rohmer—[2] considera sabiamente como “quizá el más importante: aquel en el que uno se desprende de sus influencias del pasado y en el que su personalidad finalmente se define”.

Venido de la sierra, de las barriadas, de la guerra, de la precariedad y del abandono —pero siempre cobijado por el amor de las madres del Perú—, encontré, pues, a Granados; muy probablemente el más memorable profesor que tuviera la suerte de encontrar en mis primeros años de estudiante universitario de primera generación. Pocas manos más sinceras y honestas, aquel joven maltrecho habría podido encontrar en ese refugio semiabierto, en ese oasis efímero del Perú de los noventa: “el lugar más triste del mundo era la playa de estacionamiento de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica del Perú”. Fue, además, a la vista de esa palabra y esa mano tendida que aquel capellán en resentido peregrinaje —de las avenidas polvorientas con dementes abandonados hurgando en la basura de Carabayllo a los jardines con venados paseándose lánguidamente entre los rosales de Pando— concibiera y osara, por primera vez, publicar lo que escribía.

Pero aquella gracia inesperada provenía no solo de su pluma —sus poemarios y novelas como inversiones de su a veces intrincada ensayística—; sino también de su lúcida palabra y su vital enjundia. Fueron estas sobre todo las que encandilaron y deslumbraron, hace ya más de un cuarto de siglo, a aquel Nadja limeño y oscuro que, desde entonces, decidió no perder de vista nunca a Pedro Granados.

Ahora bien, el libro que el lector tiene en sus manos mantiene aquella gracia y aquella promesa. Las mantiene intactas, pues, como la del Arguedas que evoca en sus páginas, la de Granados es también una —nunca más necesaria que en los tiempos actuales— “mirada vagabunda”.[3] Su siempre difícil y suicida ejercicio de la libertad frente a un mundo —el de sus colegas coetáneos y connacionales— escandalosamente fosilizado (si no, como reza alguno de sus poemas, de meros ganapanes) bien lo demuestra. El espíritu autónomo de estas reflexiones de Pedro Granados, de sus referencias explícitas y de la sensibilidad que las anima, así lo prueban.

Tal fue y es, en el fondo, su ejemplo y herencia: casi una arenga para aquellos que no pueden sino aparecer desenfocados en los lentes de las cámaras autorizadas, un oasis para aquellos a quienes su naufragio en las borrascas de las miserias sureñas no terminaron de convencerlos de asir cualquier cuerda que prometiera, a cualquier precio, sacarlos a flote; en suma, un refugio improbable en medio de las ruinas que la violencia no ha cesado de acrecentar. Un violencia, de hecho, que estos versos retratan íntimamente:

La violencia existió siempre,

pero también existimos nosotros.

La violencia sin todas las variables en la palma de la mano,

justo así como nosotros y como cada uno de ustedes.

La violencia que no controla todo, que felizmente no sabe

lo que sus hijos piensan. La violencia temerosa del futuro

y de las calles tan violentas. La pudorosa violencia que no llama

a las cosas por su nombre, que no se atreve a amar.

La violencia con sus males de ojo. Con su tarde o temprano.

Porque largo la hemos mirado y le hemos sobrevivido.

Porque largo le hemos dado a comer directamente de la mano

y conocemos su hendidura, su hedor, aquello que la hace más feliz.

Por eso pendeja (en peruano) nos reconoce y nos teme,

y se está aquí cerrándonos las piernas. Tal como si no

supiéramos,

ya de sobra.

Tal como si hubiéramos olvidado.[4]

No desfallecer, pues, bajo el peso de la miseria. No quedarse agazapado frente a la sombra de su violencia. Todo lo contrario. Es decir, si alguna salida honrosa hubiera para los linajes de esclavos, es la de la osadía y el lujo, la del lujo y la osadía, intelectuales y, ya puestos a ello, poéticos. El presente libro sobre Vallejo —aquel a quien algunos jóvenes de Carabayllo, Canto Grande o Villa el Salvador todavía podíamos darnos el lujo de admirar incluso desde la novísima aventura limeña que nos veíamos obligados a emprender—, su tenacidad reflexiva, su explosión de conexiones y exploraciones —incluyendo recientes propuestas analíticas y dispositivos políticos genialmente lanzados desde Sudamérica tales como el multinaturalismo—, así lo demuestran.

Al leer la poesía de Vallejo nos constituimos o tomamos consciencia de ser “huacas” también nosotros mismos.  Y, a imitación del poeta, encontramos el motivo para educar y educarnos alrededor de esta multinaturalista e intensa invitación del Sol y también de esta poesía. Una suerte de honda alegría y autoestima amerindia, no menos mundial, por la “línea de mira compartida”.

Por momentos, verá el lector, sus osadías pueden tornarse odiseas. En estas páginas se despliega un conocimiento íntimo de la obra de Vallejo; y se la coteja, honestamente, no solo con la de otros emblemas de nuestra América (como Arguedas y sus titubeos) sino también con el todavía insondable mundo amerindio (asediado desde las versiones andinas del perspectivismo o del estructuralismo). Estas páginas muestran bien cómo tales osadías del pensamiento pueden exigir verdaderas odiseas de la escritura en pos de un lenguaje nuevo. Algo de ello está ya en una de las respuestas de Granados a aquel interrogatorio al que generosamente se sometiera mientras, en una de mis involuntarias huidas, merodeaba yo algo apesadumbrado entre los canales de Leiden. Aquí, por ejemplo, recordando a su hermano obrero:

…cada vez que le exponía cosas demasiado articuladas él decía que no me entendía; pero una vez que fragmentaba mi discurso y liberaba mi lenguaje valiéndome de onomatopeyas y de glosolalias, se le iluminaba el rostro y decía que me entendía perfectamente. “Sellones”, era el epíteto con que motejaba literalmente a toda la sociedad; es decir, adocenados, domesticados y predecibles.[5]

Y puede entonces uno preguntarse: ¿A dónde nos conduce, finalmente, la tenacidad de Pedro Granados? Dejemos que cada lector lo decida al enfrentarse a estas páginas. Claro, ojalá, en este terriblemente desigual Perú, osar por la autonomía —sin venir ni beber de sus también terriblemente ignorantes élites— no significara todavía el silenciamiento gratuito, inexorable, apabullante. Pero aun si lo fuera por muchas más décadas (y masacres y mentiras); en todo caso, obras como la de Pedro Granados nos muestran que, al fin y al cabo, bien vale la pena osar así.

Powiśle, verano de 2021

[1] “Peruano brujo: Interrogatorio a Pedro Granados o digresiones entre un poeta (en Lima) y un antropólogo (en Leiden)”, 2008, Pedro Granados & Juan Javier Rivera Andía. URL: https://triplov.com/Agulha-Revista-de-Cultura/2008/Pedro-Granados/index.htm

[2] “Nadja à Paris” (1964).

[3] Alejandro Ortiz Rescaniere (2002): “Una mirada vagabunda. Vigencia de la antropología de Arguedas”. Anthropologica 20: 13-18. URL: http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/anthropologica/article/view/394/389

[4] De: “El corazón y la escritura” (Lima: Fondo Editorial Banco Central de Reserva del Perú, 1996).

[5] Ver nota 1.

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Cuadro

Una curva amarillo-naranja

sobre la noche oscura.

Son nuestros los sentimientos.

Son nuestras estas texturas de amor,

estas manchas iridiscentes de delicadeza.

Son nuestros los recuerdos. Todos.

En gruesas pinceladas cerca de un vértice

está mi madre. Es viento y es tierra

y es agua mi madre.

Al centro del cuadro está mi padre

insinuado por un color evasivo. Es fuego mi padre.

Nuestros son los viajes, los adioses

y acaso la soledad.

Una curva amarillo-naranja. O más bien

una hendidura. Una materia apenas entreabierta.

Una reciente cicatriz

acaso.

EL CORAZON Y LA ESCRITURA (Lima: BCRP, 1996)

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Prepucio carmesí, de Francisco Vílchez

Pero no de Pedro Ganados, la cual es una novela breve que publicáramos el año 2000 (New Jersey: ENE)[1]; aunque ésta y el título de la muestra del cajamarquino Francisco Vílchez, Profundo Carmesí (2021), honran también una película homónima del director mexicano Arturo Ripstein (1996).  Es decir, aquel praeputium es la brújula o la rosa de los vientos tanto en novela como en plástica; aunque ambas, de modo simultáneo, de tan sexuadas, finalmente propongan lecturas que podríamos denominar asexuadas.  A una pregunta de Diana Mery Quiroz Galván:

Mi pintura es como una jauría de personajes que emergen del subconsciente. Que tiene mucho de las experiencias vividas. Todos hemos pasado por situaciones donde hemos desbordado de imaginación en diferentes aspectos. Mis personajes son seres antropomorfos, asexuados, pueden ser hombres o mujeres, tienen algo de bestia. Hay otros más juguetones que son los arlequines. Está presente el bien y el mal, lo profano y lo sagrado (Vílchez 2021).

Ergo, no me queda sino asentir y, asimismo, suscribir esta respuesta.

Pero hoy, luego de muy pocos años, nos topamos con el catálogo de ADUMBRATIO (2023).  Aquí Francisco Vílchez continúa tan amerindio como en Profundo carmesí; aunque sus pinturas rindan ahora un mayor o más claro homenaje al cubano Wilfredo Lam, al mexicano José Luis Cuevas y, sobre todo, a los esbozos o borradores de Leonardo; de algún modo este gesto de estilo –formato sin formato o carácter de obra in progress del borrador– decide y encamina la actual propuesta de Vílchez.  Del patio local, se rinde homenaje, entre otros, a la Escuela Cuzqueña, a Carlos Revilla y comparte lo feérico con la obra tanto de su “discípulo” Ronald Companoca y, no menos, análogo tanteo multinaturalista (Eduardo Viveiros de Castro) o simétrico con los grabados de otro “discípulo”, Israel Tolentino.  En realidad, este tanteo simétrico y conceptual (post folklórico), el del multinaturalismo, sería lo más destacado y revelador de su propuesta: ni utopía ni distopía, y sí, posantopocentrismo.  Con esto dialogarían los actuales “borradores” (dibujo, tinta y pintura) de Vílchez; lo cual, al menos sesgadamente o en algún grado, constituye un acierto crítico del curador del catálogo, Juan Peralta Berríos. Sin embargo, no estaríamos de acuerdo con este último, en tanto y en cuanto esta pintura aluda ante todo a una crisis, deterioro o carencia que, de modo dialéctico, eventualmente recobraría signos más promisorios:

Gracias a “Adumbratio” reconocemos que, la historia del desarrollo humano es dialéctica. Momentos donde se muestra el lado en penumbra. El punto crítico de la condición irracional de la humanidad. Instantes de fusión del mundo onírico con el real. La revelación de la belleza. Imperfecta y brutal (Peralta Berríos 2021)

Para nosotros esto no es suficiente y, tampoco, creemos sea –el asunto de esta cita– la perspectiva a puntualizar. Más bien, consideramos que los elementos, formatos e imaginería de Vílchez, constituyen o dan lugar ya a un arca sin retorno.  Es decir, se ha empoderado en el arte del cajamarquino, palpita más focalizada en su núcleo, aquella reflexión del antropólogo brasileño, Eduardo Viveiros de Castro: Compartimos un alma o cultura común tanto humanos como animales (César Vallejo, añadiría, incluso a los objetos[2]), y lo que nos diferencia son los cuerpos. Aquí radica la mirada atónita y, al mismo tiempo, tan persuasiva de esta propuesta.

 © Pedro Granados, 2023 

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TALLER DE ESCRITURA CREATIVA EN LOBOLUNAR (QUITO-ECUADOR)

EL BOLIVARIANO

Mis zapatos son planchas

De cuero

Y nubes

Con lanzas en las risas

Para volver al hastío sin zapatos

A la brisa que calma o eriza

 

Dolores afluentes

Sinónimos y flores

Mora con pepas amargas

Me gustan esas moras

Tienen unas ruedas feroces

Que sin girar terminan en el sol

 

Me gustas cuándo?

Cuando callas

Te esfuerzas demasiado

Tú sales al sol sin guayabera

A la playa sin bandera

Y en silencio me abrazas, compañera

Campanas que ya no suenan

 

Fibonacci en tren

Todos vuelven con error

A donde resurge la calma

Contando en series infinitas

Mi almohada recuerda tu suspiro

Un elefante

El horizonte

Verde y azul como el viento

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Mini curso: “Trilce y ¿trilceanas ciudadanías?”

Trilce y ¿trilceanas ciudadanías?/ Pedro Granados, PhD

¿Existe una lectura correcta de Trilce (1922)?

¿Cuál o cuáles son las nociones de las humanidades predominantes allí?

¿A qué tipo de lectores, y futuros ciudadanos, este poemario apelaría?

Referencias (textos del facilitador)

Trilce manifiesto (Lima: VASINFIN/ AME, 2022). ISBN: 978-65-00-53912-7

SIEN EN TRILCE (DOSSIER 1922 – 2022).  VASINFIN/ MAR CON SOROCHE

Trilce/Teatro: guión, personajes y público (Aracaju, Brasil: Editora ABH, 2017). Prêmio Mario González de la Associação Brasileira de Hispanistas (2016).

-Trilce: húmeros para bailar (Lima: VASINFIN, 2014).

-“Ciudad Trilce, ¿y trilceanas ciudadanías?”. Mitologías hoy, Vol 22 (2020) 357-368.

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Riechmann: Poesía y autoayuda

Un García Montero puesto a filosofar, sin que se lo solicitemos, porque íbamos en busca de poesía.  Uno de los signos de la decrepitud, con la cual no tiene que coincidir necesariamente la vejez, son estas sopas que nos ponemos a cocinar porque hemos perdido los dientes, al parecer Riechmann los ha perdido todos, y consideramos que es apetecible al lector nuestro bebedizo, puesto a cocinar por horas como a la antigua.  Una lástima por el tiempo dedicado a esta escritura, acaso se hubiera cuidado mejor el jardín; una lástima por los folios que Tusquest dedicó a esto, la cual,  en los últimos años, de dudosa a pasado a dudosísima editorial; una lástima por el ex-antipoeta, que aquí confirma que nunca fue, el decidor de estos versos de autoayuda. P.G.

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[En el Ecuador hay lugar todavía]

En el Ecuador hay lugar todavía 

Para el toque de anís en las comidas

Y para el saludo de cortesía

En la vía pública

Sin embargo y muy pronto

Ambas cosas serán arrasadas

Por un baño de realidad

Uno no puede andar por ahí así

Indefinidamente

La poesía troca por auto exigencia

La autenticidad de las canciones del campo

No es necesaria ni tampoco es tal

Ni la idea de un “puente” cultural o musical

A JMA le quedó corta la teoría

En vez de “puente” o mediación

El mascarón de proa del montaje

Es lo más genuino desde Trilce

No le alcanzó la teoría pero sí la poesía

Lo legal lo puro lo esencial

Siempre con su guiño travieso

Trilce es el actual canto en quechua o en aymara

Nuestro más íntimo jopará

Un baño de realidad empieza siempre

Con una escrupulosa limpieza de oídos

Así que adiós a los desorejados

A los albaceas de otros que pensaron antes

Por nosotros

Adiós a los amos de llaves

Y funcionarios del sentido común

Los andes se revuelven entre sus cantos

Con un exceso de especería

Y delicados aromas a romero o anís

La poesía es sólo un tablero de sal desnudo y liso

Sobre este liviano marco dejamos nuestra entraña

La audacia y técnica de nuestras rápidas huellas

Un horizonte díscolo donde no caben intermediarios

Y donde se baila sin zapatillas ni tijeras

Ni otras luces cocidas contra nuestra pechera

Más altas o distintas al ocaso

 

© Pedro Granados, 2023

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POESÍA ECUATORIANA: “YA EN EL SIGLO XXI”

Nueva antología de poesías ecuatoriana edita la UDA

POESÍA ECUATORIANA (ANTOLOGÍA ESENCIAL) / Sara Venégas Coveña (Prólogo y selección)

SARA VANÉGAS COVEÑA (1950)

PÁJAROS

los pájaros han vuelto con su brío

inundan el jardín / el viejo patio

desde el balcón

yo los miro aletear bajo mi sombra

aprisionados

SUEÑO II

blanca daga sobre mi pecho oscuro

llegas como de espaldas a algún sueño triste

lames mi sangre entre las rocas

y te precipitas al mar …

ROY SIGüENZA (1958)

YUKIO MISHIMA SE ARREPIENTE DE LA MUERTE

El espíritu del Hagakuré exige «que los hombres tengan una tez de

flor de cerezo, inclusive en la muerte»

No sabía yo que duraría

–apenas– 45 años,

ni que sería así

–vaciada en sangre–

como se iría mi vida;

ni yo ni Masakatsu Morita,

a quien tampoco

Ie advirtieron nada

–tenía 25 años–

cuando el amor que nos unía

nos empujó a practicar Seppuku.

Ahora que los dos llevamos

una tez de flor de cerezo

quién me dirá dónde resplandece

aquella imperativa belleza

TODO EL MAR SE PARECE

(FRAGMENTO)

El agua haciendo que la vida corra,

que vacile al filo de la orilla como un desnudo

trozo de mangle;

que vaya a la playa como una deidad poseída

por el furor del nacimiento:

la semilla de la fruta de sal

El agua anunciante de su certeza

Mañana será lo mismo: el mar es un fósil despierto.

RAÚL VALLEJO (1959)

MIS HERMANOS EN LA MADRE PATRIA

(FRAGMENTO)

Trabajan en todo lo que esos niños pijos jamás harían aunque les

cayera el ajuste del PP, la severidad de la Merkel y la abolición de la

siesta.

Viven amontonados, ahorrando euros, con la sonrisa digna del honrado, Hablan con faltas de ortografía al pronunciar las ces y las zetas

putean con arrogancia cuando exigen sus derechos en los consulados

tocan guitarra y cantan en los condominios para escándalo de sus

vecinos se visten de Zara y han aprendido el arte del cachondeo y la

caña de mediodía.

Los domingos se multiplican en el Retiro y mis hermanos persisten

celebrando la vida, mezclando a Sharon con Julio Jaramillo,

llevando en procesiones a la virgen Churona,

maldiciendo y extrañando y llorando al paisito, imaginario y real; ¡ah!

y una foto de Barcelona Sporting Club, de Guayaquil, en la sala del

piso en Lavapiés.

A veces, alguno de ellos, contempla desde el mínimo balcón de su

piso el atractivo vacío que besa el asfalto húmedo de Otoño

por si llegaran los alguaciles con el apremio de la orden de desahucio.

VICENTE ROBALINO (1960)

SOBRE LA HIERBA EL DÍA

XVIII

Es verdad que mañana

todas las cosas estarán

donde tu memoria las dejó.

Pero si insistes en llamarlas

morirán apenas las nombres.

CRISTOBAL ZAPATA (1968)

PLEIN SOLEIL

En la terraza de un bar dos putas gastan su tiempo libre bebiendo

cerveza. Desatendidas de su presunta clientela, se dedican a olisquear burlonas, los perfumes ajenos, a repasar anécdotas, ahorros

y ganancias. Modosamente vestidas, y austeras de maquillaje, las

delata su cháchara efusiva, y acaso también, sus carteras saturadas de

chatarras estivales.

Ahora, decidida, Ella se aproxima al Escriba. Tal vez, desde el instante en que sus miradas chocaron hacia el mediodía, no ha pensado en

otra cosa que abordarlo -emboscándolo, sitiándolo, elaborando un

recorrido perifrástico-, o quizá, recién acaba de descubrirlo: exhalando, sin ganas, salomónicas columnas de humo; volcado, en ademán

de escritura, sobre una mesita del Plein Soleil.

Cuando la ve arribar, el Escriba finge serenidad. Ella se hace de una

silla y al sentarse deposita el sombrero en el perfecto hueso de su rodilla. Es irreprochable y nítida, como un celentéreo. El pelo abatido

y oscuro, los ojos sagaces, la boca deseante y lustrosa para decir “ya

vine”, con la resolución de la que llega para siempre.

Ella y el Escriba, juntos, abandonan el local. Atrás queda el heroico

afiche de Alain Delon –músculos, yodo y bronce- manipulando el

cedroso volante de un yate…

Es temprano en la noche. Sobre la playa, los veraneantes empiezan

a improvisar brasas alrededor de las cuales habrá convites y bailes.

El mar ha desaparecido, invisible presencia, ahora es sólo una furia

ruidosa, un eterno bullicio de agua.

(Para Ivette Ferretti, Notre Dame des Fleurs)

PEDRO GIL (1970)

LA POZA

(FRAGMENTO)

Yo, Celestino, un dios maldito,

no he cumplido mi sueño de asaltar bancos,

pero he dormido en sus portales

y he asaltado los bancos del Parque De La Madre.

Esta noche habitaré en La Poza,

hotel cero estrellas,

con huéspedes no muy amables,

vista al mar, eso sí.

Vista al mal.

La pipa con polvo y ceniza filma una versión de Nido de ratas.

El niño criminal narra la importancia de llamarse niño criminal,

la importancia de matar y matarse por odio al amor.

LUIS CARLOS MUSSÓ (1970)

EPÍSTOLA A LOS HABITANTES DE LA CIUDAD I

2

una anchísima negrura nos cubre como la tela de un viejo fotógrafo

de parque. beware: en sus tierras encharcadas de sombra,

pavese [lavorare stanca] ya lo sabía y bostezaba, frenético.

así es como mejor se penetra en la jungla de los espejos.

así es como mejor te tragas la utopía de tu país.

así es como mejor la espina se asoma a una hoguera de tatuajes.

así es como mejor se despeña una piara de bandoleros para la nostalgia:

recuerdo una extraña música mientras se llevaba mi rostro consigo

como una perra con su cría entre los dientes como perra

que se hace una sola negrura con la oscurana.

porque mi pecho es crucigrama de neón no resuelto ni por la fiebre

ni por las hebras de fuego fusionadas con el miedo

–estiro las palabras para que alcancen a nombrar nuestra casa–.

ALEYDA QUEVEDO ROJAS (1972)

ARRODILLADA YO

Pongo las manos

al Hermano Gregorio

él es mi intermediario

Centrípeta

llena de mí

riñones

uréter

vejiga

Me entrego a la más honda fe.

SENTIMIENTOS DE LOS DEDOS. Te hueles los dedos. Únicamente los dos sabemos donde estuvieron hundidos antes de llegar

a la casa de Dios. De dónde sacaron ese olor que se esconde obsesivo bajo tus uñas y el sudor natural de las manos. Hueles el aroma

impreciso del sexo. Tus dedos largos estuvieron antes entre el mar

de secreciones y vellos voluptuosos que me niego a rasurar. Penetrante olor metálico, marino, apenas frutal, que reconozco y

que ahora guardas inocente, en tus dedos todos los sentimientos.

Así se deletrea, con el cedazo de los dedos, el fondo de una mujer

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