-¿Cómo se reconoce inmediatamente un buen poema?
Si al leerlo anda como en otra parte.
-¿Cómo reconocemos uno malo?
Si se empecina en deleitarnos, enseñarnos, enternecernos, sujetarnos a la pata de su alegría o de su dolor.
-¿Cómo se reconoce inmediatamente un buen poema?
Si al leerlo anda como en otra parte.
-¿Cómo reconocemos uno malo?
Si se empecina en deleitarnos, enseñarnos, enternecernos, sujetarnos a la pata de su alegría o de su dolor.
Al pasar las páginas del libro de Michel Perrin, las bellezas de las imágenes le seducen a uno de un solo golpe. Casi trescientas obras maestras de textiles ejecutadas por las indias kuna (o cuna, ortografía tradicional) de Panamá están reunidas aquí por primera vez, reproducidas a colores. Pero Michel Perrin hizo más que ofrecernos para su admiración. Él las ubica en la cultura y en la historia, transcribe los mitos mediante los cuales los indios rinden cuenta de su origen y de los tatuajes y las pinturas corporales que realizaron en tiempos remotos; él explica las conexiones que estas piezas de corpiños, en apariencia puramente decorativas, mantienen con las actividades rituales. Reiteradas estadías durante los últimos veinte años le han permitido crear relaciones familiares con estas sorprendentes artistas indias, de observarlas en el trabajo, de discutir con ellas los principios de su arte, de comprender sus juicios estéticos. Solo alguien que, como él, supo asociar estas investigaciones a pacientes pesquisas en los museos y en las colecciones privadas, y recoger en el mismo sitio gran parte de las piezas que presenta, pudo llevar a cabo la muestra que hace el objeto principal de su libro: corrientemente consideradas como lo que en inglés se llama tourist art (su venta procura ingresos significativos a los kuna), las molas constituyen un arte de inspiración y de tradición auténticamente amerindia. Merece que los antropólogos, los historiadores y los críticos les den en sus estudios el lugar que les corresponde.
Caribe, para sacudirse de Pablo Neruda.
Cono Sur, para que en nuestro pacto con el lector no intentemos, desde un principio, pasar por sujetos poéticos listos.
Brasil, para que nuestro performance (cuerpo y ritmo) aterrice mejor en nosotros mismos y luego, y con más potencia, en el papel u otro soporte a través de la escritura. No estamos conminados a la poesía de autoayuda (“acción poética”); ni, tampoco, limitados a trascribir en portunhol selvagem.
Área andina, para que leamos en su real dimensión y expresión, de modo gozoso, a nuestro César Vallejo.
Amazonía, para sacudirse del espejismo y culto de los formatos –exotismo, multiplicidad de lenguas u otros mimetismos– y optemos siempre, más bien, por las sensibilidades (ejemplo, la poesía de Luis Urteaga Cabrera); éstas, nuestra lengua común.
Latina (USA), para, a modo de Tino Villanueva, dialoguemos más fluidamente con las demás cuencas culturales; y encontremos que nos ligan más afinidades que nos separan diferencias.
España, para que una vez superadas la “poesía de la experiencia” y la “poesía de la conciencia” y la “poesía de la chocolatina”, etc., percibamos todo ello como desde otra margen, la de América Latina; para, luego, permitir filtrarse a borbotones toda esa oralidad y poesía –a cada paso y a cada minuto y también a cada lectura de los clásicos– del territorio de España.
México, porque no todo fue Octavio Paz ni todo debe ser ahora infrarrealismo o un Bukowski, no de sótano, sino de vitrina. Porque en nuestro contrato con el lector no empecemos por apuntarle con un revólver.
En español, portunhol selvagem, spanglish y un largo etcétera.
Puntualidad de lo cotidiano y abrigo de lo siempre presente, la poética de Pedro Granados es como una doble conjunción de espacio y tiempo. En ella, el mundo se despliega como un mapa de las emociones, pero, a la vez, como el esfuerzo por la conquista del lenguaje “otro”. Geografía de la pasión e inserción de ésta en la geografía material de los objetos que de alguna manera nos pueblan.
Uma nota
Sustentada ao longo
De 16 compassos
Nota #
Sobe e desce
Em oitavas
Uma nota
Suicida
Menor
Ao inferno mais Intimo
Mar de janaina
Terreiro de Minas
Meu hotel se chama
Solidão
Minha pensão se chama
solidão
Minha rua se chama
Solidão
Minha casa se chama
Solidão
Em tom menor
A metafísica dos passos felinos
A boca aberta
À espera de mel
Decrescendo até o silêncio
“acaso es tarea de la academia, hoy más que nunca, intentar superar —a modo de un salto cualitativo— las clasificaciones y taxonomías y atrevernos a evaluar la «poesía nueva» en cuanto y en tanto «sensibilidades nuevas» en o para un contexto determinado. Y, asimismo, atrevernos a trabajar en el aspecto cultural con opacidades (mixturas, hibridaciones, simultaneidades) ya que, de modo casi unánime, partimos de esencialismos o privilegiamos temas o motivos: esta poesía es andina — incluso ‘quechua’— porque habla de determinados temas o con determinado vocabulario; esta otra es del «lenguaje» porque es más o menos metalingüística; o esta otra es «meramente» coloquial o anticuada; etc. Así no llegamos a ninguna parte; salvo a que nos editen el libro porque cumple de antemano con una agenda de intereses más o menos políticamente correctos; peor aún, más o menos concertados con la institución literaria vigente o dominante”
ENCUENTRO DE BOGOTÁ: INTERSECCIONES, DESACUERDOS, PERTENENCIAS
Siguientes áreas temáticas y campos de estudio:
.Lecturas de la literatura latinoamericana desde el siglo XXI: de la Colonia a la Modernidad
.La literatura y sus límites.Discusiones sobre la definición y el valor de lo literario en los siglos XX y XXI
.Literatura y mercado. Ficciones económicas. Políticas de la edición y la traducción
.Nuevas estéticas latinoamericanas. Escritores y artistas de las dos últimas décadas
.Literaturas somáticas y corporales: perspectivas de género y sexualidades
.Transoceánicas: crítica y literaturas hispanófonas y lusófonas de África y Asia
.Expresiones indígenas y afrodescendientes en América Latina: diferencias, convergencias e influencias
.Literatura latina en los Estados Unidos: herencias y deslindes, localizaciones y desplazamientos
.Las Antillas: las tramas de las diásporas y sus historias interpretadas
.Escrituras de la intimidad: diarios, testimonios, crónicas y formas de autoficción
.Figuraciones del ayer: tensiones entre la memoria, la historia y sus prótesis archivísticas
.Crisis de lo común y precariedad de lo público: lugares de la ciudadanía y de la comunidad .
Nuevos modos de pertenencia: (des)territoriedades físicas y culturales
.Sistemas de inscripción: literatura (y nuevas)tecnologías
.Registros del sensorio: visualidad, sonoridad y otros espacios de lapercepción
.Intercambios y negociaciones: interculturalidad, contactos, fronteras, exilios
.Autobiografía de los objetos:materialidades, inmaterialidades
.Singularidades y formas de existencia: pensar lo humano, lo inhumano y lo animal
“Somos contos contando contos, nada” (Fernando Pessoa)
“Átomos observando átomos”, podría titularse este papelito sobre la poesía de Edgar Artaud… Persona, de por sí inventada, con mucho mayor proyección que los puntos seguidos precedentes. Gesto extraordinario en la poesía hispanoamericana (la española y la chicana y la escrita en portunhol selvagem, incluidas) de juego de espejos paralelos. Pero que no sólo reflejan, sino también refractan: penetran cual un cuchillo sobre nuestra pulida y resbalosa piel. Es decir, Edgar no es sólo una máscara, una mancha expandida ya sobre una millonésima porción de la ubicua Internet; esto es lo de menos. Una poesía divertida o entretenida, he escuchado decir por ahí. Lo de más, queda librado a la varilla con que nos toca a cada uno para volvernos, incluido nuestro fuero más sagrado o más interno, puro átomos. Acto de magia –acaso también de terror para algunos demasiado prendidos a sus propiedades, a su patrimonio– a través de explicaciones científicas. Todo un naturalista posmoderno, pero cuyo resabio truculento queda aplacado por el cauterio suave del humor (“Marte es para poetas”). Una lluvia de fuego que llevaría al héroe de Lugones a resucitar en átomos y ponerse al lado nuestro: otro aliento de estrellas u otra productiva jornada más de microbios extra-resistentes. Esto le faltó a Leopoldo Lugones, pero esto mismo le sobra a Artaud Jarry; el que incluso, en su versión de Edgar Altamirano, es un hombre de ciencias con mucho mayor crédito. Y en tanto poeta, y en medio de la aparente ligereza retórica en sus textos, esta última, más bien, elaborada con un refinamiento sin par (“La tierra es plana”); despliegue de velas semejante al del peruano Luis Hernández Camarero en su “novela kitsch”, Una impecable soledad. Sutileza, sofisticación instrumental u oído –obvio, no sólo esto– que lo perfila un ser extraño ante los infrarrealistas los cuales, de manera usual, y un tanto también al modo de los surrealistas, confiaban en un solo golpe de suerte o hallazgo metafórico para intentar ganar por nocaut el poema. Nada de esta cortedad de registros en Edgar Artaud Jarry, aunque insista –por empatía con el grupo o por sana modestia de su arte– en también apellidarse Papasquiaro o Méndez o acaso incluso Granados. Extraterrestre ante los infrarrealistas y paisano de los contemporáneos en la poesía de México; nuestro poeta ha sabido elevar la azotea de su casa en Chilpancingo –en complicidad con la inolvidable “esposa” de sus versos– en común mirador de todos. Un elevado donde leve sopla el viento y esparce y conjuga todos nuestros átomos.
Rosas Martínez, Alfredo (coordinador)
2016 En la costa aún sin mar. César Vallejo ante la crítica en el siglo XXI. México: UAEM.
En general, destacamos de entre esta colección de artículos: “La mitad constituida por trabajos de autores mexicanos; la otra, por autores de Perú” (p. 11), aquello que se vincula directamente con nuestro propio trabajo. Por lo tanto, más es una forma de refrescarnos la cabeza o de volver a apretar algunos cabos entre un volumen destinado al especialista; aunque no menos a un público más amplio –es de suponer, fundamentalmente mexicano– que acaso recién se entera de Vallejo. Muy en particular, el cabo cultural o multinaturalista –mejor, si no es evidente– que atraviesa, reclama o va levantando su propia curaduría con la obra del peruano. De este modo, el ensayo de Francisco Xavier Solé Zapatero es uno con el que probablemente guardamos mayor afinidad; obvio, texto en debate con uno de coordenadas estéticas, epistémicas e ideológicas distintas, y firmado aquí por Ricardo Silva Santisteban. Luego, compartimos con Miguel Ángel Humán lo de la catadura performática y/o teatral de los poemas del “cholo”; está por salir este mismo año (2017), editado por la Associação Brasileira de Hispanistas (ABH), “Trilce/Teatro: guión, personajes y público” y aquí se refrendan también [antes en nuestro artículo “Trilce: muletilla del canto y adorno del baile de jarana” (2007) y en nuestro libro Trilce: húmeros para bailar (2014)], en un sentido amplio, aquellas ideas. Asimismo, coincidimos también con Huamán en aquello de la relevancia extraordinaria de la metonimia en toda esta poesía; metonimia, asimismo, en tanto estado de identificación del sujeto poético con una ecología o “mito inscrito en el paisaje”.
Del ensayo de Luis Quintana Tejera hemos seleccionado varios breves pasajes. Pertinentes y sugestivos aquellos donde dialoga con Pablo Guevara; pero que no trascienden a André Coyné u otros plañideros críticos, los restantes. Es decir, lo hemos seleccionado, en lo fundamental, como un caso de lugar común de la crítica que debemos urgentemente renovar y trascender.
Por último, respecto al valioso ensayo de Alfredo Rosas Martínez: “Algunos críticos han destacado dicha importancia en relación con el número 3: Neale-Silva (1975), Guillermo Sucre (1985); con los números 0 y 8: Pedro Granados (2004), por mencionar algunos” (p. 21). Sólo puntualizar que el “8” (ocho) no sólo es un número tabú o, al menos, encriptado por auténtica modestia –ya que icónicamente representa la continuidad del “0” o lo solar, incluso durante el crepúsculo– en Trilce; sino que asimismo representa contacto, cualquiera que este sea, y que deberíamos interpolar o reproducir también en la vida o convivencia cotidianas. No nos encontramos con la epifanía del “8” leyendo a Pitágoras ni, menos, a través de Neale-Silva; pero sí enamorándonos y contemplando activamente el paisaje de nuestro entorno.