Adán – Mejía Baca – Granados

“[Responde Juan Mejía Baca] No quería leer nada ni saber nada del mundo exterior. Después, en Santo Toribio, se repuso notablemente…¿Qué leía?… Sobre todo diarios y revistas como Caretas. Naturalmente El Comercio…Reía mucho con Monos y Monadas. Lo último que leyó fue el poemario de Pedro Granados, Juego de Manos…Le gustó mucho”

El Comercio. Lima, domingo 10 de febrero de 1985.

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LAVAR LA POESÍA (Manifiesto para completar)

 

Contra el desmadre de la media del ego
Y contra la literatura de auto-ayuda
Que se va tomando las paredes de las calles
No, a la acción poética
Sí, a la acción de la poesía
Entre nuestros muros
No, al exótico que se jacta de su exotismo
Ni al renacentista que no la ve
Sí, al díscolo,
Que no cuenta sus versos y le atina
Sí, al que no luce su letrero de post-autónomo
Porque antes ya muchos hicieron poesía por él
Entre los primerísimos, su propia madre

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Ayer fui a la “FIL de Lima” a firmar autógrafos

Ayer fui a la “FIL de Lima” a firmar autógrafos.  La cita era, por más señas, en el kiosko de “Distribuidora Peruana de Libros”, al lado del auditorio “César Vallejo”.  Obvio, aunque esto ya lo había previsto y sólo merodié como por media hora por allí, no se acercó nadie por mi firma.  Sin embargo, de puro curioso entré un par de veces al concurrido “Cesar Vallejo” donde Juan Villoro se despachaba sobre  la crónica y el oficio del cronista.  Hombre elocuente. Rápido de reflejos.  Muy bien adaptado a su rol de difusor y mediador cultural; quiero decir, acostumbrado a formatear y ecualizar su vasta cultura literaria para las grandes audiencias.  El público estaba cautivado hasta la risa; aquella que el respetable brinda rendido y de modo espontáneo ante el conocimiento, inteligencia y buen humor del expositor.  Caballero andante más escudero, mejor cabría decir.  Juan Villoro se las arreglaba muy bien con un joven moderador que le tenía, previamente, ya bien picada la verdura y la carne; con un lateral que le servía como con la mano el balón para que anotara de cabeza; con un telonero dichoso de su labor.  Eficaz canto alterno ante el cual el público quedaba imantado; mientras yo iba y venía atisbando si alguno o alguna caía por aquel kiosko con mis libros.  De una vez por todas, abandoné la idea de que alguien viniera por mi autógrafo y así se lo hice saber al amable encargado de la “Distribuidora”.  Entonces, aunque esta vez poemario en mano, retorné donde lo de Villoro a ver si atinaba a obsequiarle un ejemplar. Pero, de repente, me di contra las dos hojas abiertas de par en par del “Cesar Vallejo”; contra los concurrentes, apurados, solos o en parejas; y contra un Juan Villoro, no menos de prisa, que salía tan alto como es y apoyado como sobre un lazarillo –¿uno nuevo, el mismo?– a perderse entre el gentío y hacia otro impostergable compromiso.  Aunque él parecía que no se desplazara únicamente por Lima; sino, aunque dentro de similar trasatlántico, lo hiciera también, y de modo simultáneo, por Barcelona, Buenos Aires o Guadalajara.

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Poesía peruana post-Vallejo: De los indigenismos a las opacidades

César Vallejo sepultó con su obra poética –aunque valiéndose también de sus persuasivas crónicas y ensayos– todos los indigenismos; y sacó adelante un concepto y una práctica que podríamos motejar como Indigenismo-3, pero que preferimos –junto con Édouard Glissant– denominar “opacidad”.  Esto en primer lugar.  Luego, o en segundo lugar, aunque acaso sea lo más importante aquí, proponer una metodología de lo “opaco” lo más discreta posible y, esperamos, lo más productiva también.  Por último, o en tercer lugar,  aplicar dicho método en nuestro análisis de algunos hitos de la poesía post-Vallejo: Magdalena Chocano (1957), Vladimir Herrera (1950), Rocío Castro Morgado (1959) y  Juan de la Fuente Umetsu (1963), fundamentalmente.

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10 años de “De lo neobarroco en el Perú”

En el presente trabajo hemos partido, de modo no gratuito, con Julio Ortega; desde la perspectiva actual, consideramos que -entre los otros poetas de su generación, llámense estos Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza- es el que se ha distraído menos con el “británico modo”. Consideramos además que éste, y aceleradamente, una vez superadas la parafernalia política de época y una vez mejor informado el lector, sólo va quedando en sus huesos. Lo mismo, obviamente, sucede con el performance textual de los de Hora Zero y, sus epígonos, un grupo como Kloaka y Cia. Como una suerte de indagación en la honda continuidad de la poesía peruana, la tesis de Martín Adán se perfila como un hito; o, al menos, es un corte oblicuo en el corazón mismo del más influyente, después de César Vallejo, de los poetas peruanos contemporáneos. Nuestro texto no se propuso sino dar un paso más, actualizar una tarea, no por aparentemente arbitraria, menos brillante y entendida. Es con los 80, le corresponde el mérito a esta variopinta promoción, donde las fuerzas barrocas adquieren nuevos bríos en el Perú y, justamente, a partir de la poesía conceptista/ coloquial del autor de Diario de poeta. Claro está, en un neobarroco que, asimismo, ha ido incorporando otros gustos de moda y, es lo más remarcable, otros gestos de estilo hasta hacerse casi irreconocible canónicamente.

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15 años de los “Poetas vivos y más vivos del Perú”

“Los poetas vivos y más vivos del Perú (y también de otras latitudes)” es un texto de 2002, aunque creemos que luego de 15 años sigue fresco.  En general, me reafirmo en lo que escribí allí.  Aunque añadiría que también ya me hastió, en tanto poeta, Carlos López Degregori (el cual se “salvó” en el texto primigenio), por unidimensional; es decir, por no dar pistas de que saldrá algún día de su monólogo y conflictos de clase media, de su narcisismo ya rancio.  Y, también, agregar que el mayor aporte de Mario Montalbetti a la literatura y al pensamiento del Perú, fue el haber llevado –hacia los años ochenta– los recitales de poesía al Olivar de San Isidro.  Asimismo, que la noria del “Taller de poesía de San Marcos” –que dirigen o dirigieron Marco Martos con Hildebrando Pérez por cerca de medio siglo– fue lo segundo peor que le ocurrió a la poesía peruana; por contentarse y fomentar –bueno, acaso los tiempos no daban para otra cosa– el hipo-realismo bajo todas sus formas, prototipos de poetas incluido.  Decimos lo segundo peor, porque lo primero siguen siendo los versos y la crítica de poesía o de arte que publica los domingos El Comercio; verbigracia, los párrafos de porfiado de J.C. Yrigoyen o los del invariablemente precoz S. Pimentel.  Lo que urge más en nuestra poesía trasatlantica es talento y, en seguida, valentía, imaginación y buen humor para sacarla adelante.  La poesía es un don, pero al mismo tiempo “la poesía es dignidad” (acaso el mejor verso de Luis Hernández Camarero).  Por lo tanto, debemos hacernos dignos de ese don que constituye, a la larga, una sensibilidad que se sabe colectiva –como en su radical individualidad lo supo siempre César Vallejo– aunque ni políticos ni asesores de alguna cosa ni comerciantes ni profesores, de puro metidos, van a reconocer que no son poetas.  Por más teoría de la recepción que en su descargo los socorra o post-autonomía de la literatura que intente ampararlos.

En fin, de cara al futuro, me provoca establecer un balance de la crítica de la poesía peruana, digamos, post-Mariátegui.  Y, también, de la crítica a nivel de la región o, más bien, trasatlántica.  La poesía es su crítica.  Labor por ahora complicada porque –para variar– carezco de auspicios; aunque de algún modo mi manuscrito engavetado, “Autismo comprometido: sobre poesía hispana reciente”,  brinde ya algunas luces*.   Lo que sí podría anticipar es que en este periodo hemos tenido la suerte de tener pésimos lectores de poesía; gracias a los cuales reaccionamos e intentamos cultivar  nuestro propio huerto.  Entre tozudos reaccionarios/ as –que no aceptan, por ejemplo, sea el “cholito” César Vallejo, y no el clan Cisneros, el que realmente da la cara al mundo por el Perú — o lectores “comprometidos”  que, de modo invariable,  confunden la poesía con un discurso de ocasión.  Fascistoides que trajinan a Eguren, hombre humilde y poeta probo, lo jalonan de aquí para allá para oponerlo a Vallejo; como si  éste no hubiera sido el primero en reconocer la grandeza de Eguren, y dejara a nosotros percatarnos que este último está ya íntegro como una parte de Vallejo (sobre todo en Los heraldos negros).  Sin embargo, es justo advertirlo, en el periodo también hemos contado con algunos excelentes lectores  de poesía: Beatriz Sarlo, Julio Ortega, Amálio Pinheiro, Boris Schnaiderman o Teresa Guillén, a modo de muestra.

* Una versión menos ambiciosa de este último ya fue publicada, Autismo comprometido: Sobre poesía peruana reciente (Lima: Paracaídas Editores, 2013); libro que mereció –al margen del incisivo denuesto por los gazapos ortográficos allí colados–  una muy generosa lectura por parte del finado y recordado  Marco Aurelio Denegri.

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GLAEM PARLS/ PEDRO MIR

Es poeta, músico y activista cultural. Miembro del Movimiento Erranticista, fundador del colectivo Poetas pal Colmado y organizador del Festival de la Cucaracha Aplastada y del Festival Intergaláctico de Música y Poesía. Sus poemas aparecieron publicados por primera vez en el Blog de Pedro Granados (blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj). Fue incluido en 2017. Nueva Policía Contemporánea. Tomo 2 (Milena Caserola, Buenos Aires, 2013) y en la antología 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (ES, EMR y CCPE/AECID, Rosario, 2014). A los quince años de edad fue ungido por el poeta Pedro Mir con la famosa frase “¡Nunca serás un gran poeta!”.  [Obvio, preferimos a Parls que a Mir] »Leer más