¿La palabra simetría aquí soslaya la denuncia (social, política)?
La objeción es legítima si entendemos la simetría como una categoría estética de salón, una armonía pasiva que busca el orden por el orden mismo; sin embargo, en este bando, la simetría no es un refugio contra el conflicto, sino la herramienta más radical de la denuncia social y política. Lejos de soslayar la herida, la simetría la sitúa en el centro de una balanza ética de proporciones colosales. La denuncia que no es simétrica suele ser un grito desdentado, un panfleto que se consume en su propia urgencia sin dejar una estructura que lo sostenga; por el contrario, la simetría exige que el lenguaje poético y crítico tenga el mismo peso, la misma densidad y la misma temperatura que la injusticia que pretende señalar. Es una correspondencia de fuerzas: si la realidad es violenta, el lenguaje no puede ser meramente descriptivo; debe ser estructuralmente violento, debe “hacer huelga” contra la sintaxis impuesta por el poder.
En este sistema, la simetría opera como un acto de insurgencia ontológica. El sistema político y social de la “pecera” administrativa —donde se mueve la poesía premiada y la crítica letrada— sobrevive gracias a una asimetría fundamental: la distancia entre quien sufre y quien narra, entre la periferia silenciada y el centro que la interpreta. Proponer una simetría vital es un acto de nivelación. Es afirmar que el “mar” de la fluidez popular y el mito de la resistencia (el cuerpo de Inkarrí) tienen la misma jerarquía que el “muro” de las instituciones. La denuncia simétrica es aquella que no habla sobre el oprimido, sino que vibra con él, reconociendo que el dolor del cuerpo es, simétricamente, el dolor del lenguaje. No hay distancia higiénica posible; el crítico simétrico no es un espectador del desastre, es un nudo más en la misma red de vibración precaria.
Asimismo, esta simetría es la que rescata a la denuncia de la esterilidad institucional. El poder suele cooptar la protesta convirtiéndola en un tema, en una “materia de estudio” que engrosa el currículum del académico mientras la realidad sigue intacta. El bando de la simetría rompe este parasitismo: exige que la crítica sea tan arriesgada y tan expuesta como el poema mismo. Si el poema denuncia la fractura de un mundo, la crítica debe fracturarse con él. Esta es la dimensión política de la simetría: la negativa a permitir que la palabra sea un simulacro. Al igual que en la vanguardia de Vallejo, donde la gramática se retuerce para responder a la orfandad del hombre, aquí la simetría es la garantía de que el compromiso no es un discurso, sino una forma. Es el Varrojo en su máxima expresión: un ir hacia el rojo de la sangre y la protesta, pero con la precisión de un sistema que sabe que, sin una estructura de correspondencias, la denuncia es solo un eco que el viento de la historia disuelve sin resistencia.
© Pedro Granados, 2026









